miércoles, 14 de febrero de 2024

De las democracias cautivas

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. La incapacidad de construir políticas de Estado en cuestiones básicas, escribe en El País el analista de política internacional Andrea Rizzi, permite a grupos minoritarios en posición influyente obtener rendimientos descomunales, y los regímenes autoritarios observan encantados esta debilidad de las democracias polarizadas. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Democracias cautivas de las minorías
ANDREA RIZZI
10 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La protesta de los tractores que está sacudiendo varios rincones de Europa evidencia importantes problemas de las democracias, cuyos equilibrios de poder y mecanismos de funcionamiento son a menudo tan frágiles que basta la acción decidida de una minoría en posición estratégica para provocar trascendentales reacciones políticas. Independientemente de la mayor o menor validez de los varios argumentos de la protesta agraria, es notable cómo la movilización —instrumentalizada por las derechas— ha logrado ya un fuerte impacto en el debate político, con instituciones comunitarias y gobiernos nacionales enseguida dispuestos a hacer concesiones. La agricultura es sin duda un sector importante, con rasgos estratégicos, pero representa el 1,4% del PIB de la UE. Veremos en qué acaba la negociación, pero tiene mucha pinta de que afectará a políticas de enorme calado, como el cambio climático o las relaciones comerciales con Latinoamérica.
Es un episodio entre muchos. España exhibe en estos meses uno de los más significativos. Un partido que quedó quinto en número de votos obtenidos en una de las comunidades del país resulta, a la vista del estado de la política nacional, necesario para garantizar la gobernabilidad (salvo que se entienda que para ella no hace falta una mayoría parlamentaria capaz de legislar), y el crudo trueque que de ello deriva, todavía irresuelto, monopoliza el debate y paraliza en gran medida la capacidad política de la cuarta economía de la eurozona. Por supuesto, en la historia reciente de Europa hay más casos de puñados de escaños que ejercen una influencia absurda, o de sectores muy minoritarios que, por un motivo u otro, disponen de una capacidad de presión desorbitada.
Esto es la democracia, se dirá. Por supuesto, la democracia es la búsqueda de consensos políticos que permiten formar mayorías, y también escuchar el malestar de sectores socioeconómicos y reaccionar ante ello. La democracia es también evitar la tiranía de las mayorías, un asunto esencial. Los padres fundadores de la República Italiana diseñaron a conciencia una arquitectura constitucional que fragmentara el panorama político con una ley electoral de proporcionalidad absoluta y que dejara a los gobiernos muy expuestos ante la voluntad del Parlamento. Todos sabemos por qué.
Pero, ay, a veces el interés colectivo sucumbe de forma absurda ante las posiciones de minorías, lastrando la propia democracia, su eficacia, por el camino. Últimamente, cada vez más, por una razón muy simple: porque la brutal polarización y fragmentación política ha generado una guerra sin cuartel entre bandos opuestos. Ello impide hasta los consensos más elementales que escudarían a las democracias de los chantajes o presiones de ciertas minorías con ases en la manga. Estados Unidos, donde el desbloqueo de la ayuda a Ucrania se ha tornado en un calvario por mero politiqueo, es otro ejemplo de ello. Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, autores del célebre Cómo mueren las democracias, han publicado recientemente Tyranny of the Minority (”La tiranía de la minoría”), centrado en la disfuncionalidad política de ese país. Pero otros países, en otras formas, sufren problemas similares.
La democracia podría ser otra cosa. Podría ser que republicanos y demócratas se pelearan en muchos asuntos, pero no en la ayuda a un país agredido sin justificación ninguna por un dictador y en cuyo territorio se juega el equilibrio geopolítico mundial. Que PSOE y PP se pelearan en muchas cuestiones, pero pactaran con normalidad una política de Estado por la que, por ejemplo, España pueda participar con amplio respaldo parlamentario en una misión europea puramente defensiva en el mar Rojo, que es parte importante de la construcción de esa autonomía que Europa tanto necesita.
Sin llegar al extremo de gobiernos con grandes coaliciones, comunes y útiles en otros países, pero que tienen efectos colaterales y son impensables en otros, ¿es realmente imposible alcanzar pactos de Estado en asuntos como la gestión del agua, cómo ponderar la introducción de las nuevas tecnologías en los coles de nuestros niños y las universidades de nuestros jóvenes (no la cuestión de si pueden llevar móvil, sino pensar en el papel de la IA en la educación), o sobre cómo responder a un dictador que tiene una maquinaria de guerra lanzada hoy contra Ucrania, y mañana veremos?
Es prácticamente imposible cuando se han superado ciertos umbrales de politiqueo, de deslegitimación, de insulto, de medidas gruesas. Ante ello, conviene discernir bien varias cosas: quién empezó, quién tiene la mayor responsabilidad y también qué significa rebajar estándares, ya que el otro juega sucio, o directamente responder ojo por ojo y diente por diente.
Esta debilidad de las democracias, que se pliegan o se paralizan por los chantajes de minorías, que son incapaces de construir unas pocas, esenciales, políticas de Estado, que van lentísimas y timidísimas en asuntos clave, son una enorme alegría para los regímenes autoritarios que, hoy, plantean a las democracias su desafío más brutal en décadas. Putin está construyendo una economía de guerra. Si en EE UU gana Trump, el futuro de la OTAN es incierto. ¿Tendría sentido, al margen de la acción comunitaria, construir en los Estados europeos miembros políticas de Estado sobre esta cuestión, sobre cómo prepararse, cómo disuadir malas intenciones? Parece que sí.
Un funcionamiento más eficaz de las democracias está en el interés del conjunto de la ciudadanía. Pero especialmente para quienes creemos en una visión progresista de la sociedad, hecha de redistribución de la riqueza, cohesión social, ensanche de derechos, porque es solo a través de democracias funcionales que eso puede lograrse. Polarización y partidismo frentista pueden lograr victorias tácticas. Pero el deterioro y descreimiento democrático que producen poco a poco pueden convertirse en terribles descalabros estratégicos, y cuando la democracia sea muy disfuncional serán los más poderosos quienes se apañarán mejor. Ciertos cálculos deberían hacerse sobre balances de largo plazo, no de corto.
Por cierto: este jueves, Xi Jinping y Vladimir Putin volvieron a departir en conversación telefónica. Se han reunido más de 40 veces en una década. Y han puesto, por escrito, que derechos humanos y democracia son conceptos relativos y que quieren cambiar el orden mundial. ¿Convendría un poco más de unión y altura política, y un poco menos de politiqueo partidista de vuelo milimétrico, en nuestras democracias? Andrea Rizzi es analista de política internacional.































[ARCHIVO DEL BLOG] Si cuela, coló... [Publicada el 14/02/2009]











Mi amiga Ana, a pesar de vivir en Ámsterdam, me mantiene muy al tanto de lo que se cuece políticamente en su Galicia natal. Es ella la que me envía el artículo que en La Voz de Galicia de hoy, publica Xosé Luis Barreiro, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de
Santiago de Compostela, y ex consejero de Presidencia del gobierno gallego (1982-1986) con el partido popular. Dice así: "Viendo el enfado de Federico Trillo, o contemplando la fúnebre foto -¡vaya onomatopeya!- del acto en el que Mariano Rajoy, rodeado de todos sus escuderos y de los que esperan un buen momento para darle la puñalada trapera, le declaró la guerra al Ministerio de Justicia, cualquiera diría que el PP jamás se fue de cacería para arreglar pequeños asuntillos, o que no utilizó la justicia para deshacerse de sus enemigos, o que no mantiene prietas las filas a los que integran su finca privada del Poder Judicial, o que no son los inspiradores de la expeditiva ley de partidos que, mediante el democrático sistema de la deducción concatenada y falaz, es capaz de ilegalizar a María Santísima.
Para quien no les conozca como yo los conozco, hasta podría parecer que jamás han roto un plato en los juzgados, o que nunca han cenado con un juez para inspirarle una sentencia, o que nada de lo sucedido en los aledaños del urbanismo mediterráneo -donde dominan el ránking de imputados en proporción 9 a 1- tiene que ver con su partido ni afecta lo más mínimo a su reputación política.
Por eso me parece intolerable que, quienes presumen en toda hora de acatar los pronunciamientos de la Justicia, y quienes no necesitan más que una citación o un rumor para abrir las compuertas de su ira y pedir que dimita el sursum corda, se permitan insultar a Garzón a caño abierto, y transmitir a la ciudadanía la extraña sensación de que la Justicia no tiene ninguna garantía de independencia cuando el ministro del ramo se propone hacer una marrullería.
La idea de que aquí no ha pasado nada, y de que todo es una conspiración arbitraria urdida en pareja de hecho por Bermejo y Garzón, es una obscenidad imperdonable, que en modo alguno puede quedar justificada por la imprudente fiesta cinegética protagonizada por los ahora despellejados. Mi opinión es que, partiendo de la idea de que la cultura política e institucional depende en gran manera del comportamiento de nuestras autoridades y personalidades públicas, no debería salir tan barato insultar a un determinado juez o ministro al¡ amparo de las inmunidades creadas para preservar la libre opinión y el control riguroso del poder.
Si a cualquier ratero que robó un jamón le multan por desacato al segundo estornudo, no tiene sentido que un diputado -y profesional del derecho- se pueda despachar a gusto haciendo entender que Garzón se inventa un caso en beneficio del PSOE, que vive en prevaricación continuada, y que el ministro le va a pagar los servicios en especie. Y por eso creo que Rajoy tiene que intervenir y poner orden. Porque, si todos percibimos que no sabe gobernar este galimatías, menos nos vamos a creer que puede gobernar el país."
A mi cada vez me da más grima hablar de política, y sobre todo de los políticos, y eso que ya llevo tres años hablando de ellos y de ella en este  su blog de ustedes, pero hay ocasiones en que los resortes le saltan a uno, aun sin querer. Una de las últimas, el esperpéntico espectáculo del líder de la oposición, don Mariano Rajoy, rodeado de todos sus acólitos, clamando al cielo y proclamando a voz en grito la inocencia de su partido. Inocencia que nadie pone en duda porque los que delinquen son las personas, no los partidos.
Como soy de Letras y leído, la imagen me trajo casi instantáneamente a la cabeza la famosa escena del Tenorio, en la que don Juan, tras seducir a doña Inés y matar al Comendador, decide poner tierra por medio y huir a Italia. Como buen sinvergüenza, don Juan culpa a los demás de sus problemas y hace responsable al cielo de sus desmanes: "Llamé al cielo y no me oyó, y pues sus puertas me cierra, de mis actos en la tierra, responda el cielo, y no yo". ("Don Juan Tenorio", de José Zorrilla (1844). Escena X, Acto IV, Parte I). Patético...
El profesor Barreiro, le saca al asunto su punto de ironía. Espero que hayan disfrutado de su artículo. Y sean felices, por favor, porque la verdad es que nos merecemos los españoles la clase política que padecemos. Y aunque sea cierto eso de que en todas partes cuecen habas, no acaba de consolarme... Tamaragua. HArendt













martes, 13 de febrero de 2024

De carlistas, señoritos y tractores

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Las élites urbanas se llevan las manos a la cabeza mientras ven como Vox se inflitra en el discurso del campo, comenta en El País el escritor Sergio del Molino, pero hasta ahora no han prestado la menor atención a sus quejas. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







  

Lecciones de las guerras carlistas para las tractoradas de hoy
SERGIO DEL MOLINO
07 FEB 2024 - 05:00CET


Mi colega Víctor Amela y yo compartimos una fascinación muy friqui por el carlismo del XIX, que en su caso se explica porque su familia procede de la comarca de Els Ports, territorio carlistón. Yo no tengo disculpas autobiográficas: me alucina el carlismo por su rareza, pertinacia y burricie. Si la historia de España fuera Star Trek, los carlistas serían los klingons. Hablando con Amela el otro día, me descubrió un libro de tres diputados liberales de tiempos de Espartero: Historia de la guerra última en Aragón y Valencia, publicado en 1845 y rescatado en este siglo en edición crítica por el profesor Pedro Rújula, uno de los mayores expertos en el carlismo histórico.
La lectura contiene enseñanzas muy actuales que enriquecen el debate de hoy sobre el campo, la extrema derecha y las sequías que avientan las tractoradas. Historia de la guerra última es obra de tres turolenses: Francisco Cabello, nacido en Torrijo del Campo; Francisco Santa Cruz, nacido en Orihuela, pero asentado en Griegos y la sierra de Albarracín, y Ramón María Temprado, de Villarluengo. Eran tres liberales en una provincia carlista, y vivieron la primera guerra ídem en sus carnes. Con su libro querían contarles a los liberales de Madrid, señoritingos que no habían visto a un carlista ni en retrato, a qué se enfrentaban y cómo podía un Estado liberal prevenir futuras guerras.
Su resumen: las élites tenían que dejar de mirarse el ombligo matritense y pisar más el campo, construir carreteras y ferrocarriles y hacerse presentes en esas comarcas. Los carlistas se alimentaban del resentimiento labriego de unos aldeanos que se sentían abandonados —con razón— en el culo del mundo. El único remedio era acogerlos en el cuerpo político de la nación.
Salvando todas las distancias históricas, en el fondo, seguimos en las mismas. Las élites urbanas se llevan las manos a la cabeza al ver cómo Vox se infiltra en los discursos y las organizaciones campesinas (el consejero voxero de Agricultura de Aragón, Ángel Samper, es un dirigente histórico de Asaja, por ejemplo), pero hasta ahora no han prestado la menor atención a sus quejas. Curiosamente, Cabello, Santa Cruz y Temprado eran muy críticos con los indultos y amnistías que el Gobierno isabelino otorgaba a los carlistas, y abogaban por ser menos generosos con los insurrectos y más atentos con los campesinos. Qué dirían hoy de un Gobierno paralizado por amnistiar a la carta a un señorito de la élite catalana, mientras los tractores de los agricultores arruinados cortan las carreteras porque nadie les ha hecho ni caso. Sergio del Molino es escritor.



































 


[ARCHIVO DEL BLOG] Republicanismo: la ética en la política. [Publicada el 23/02/2013]













Salvo los "hooligans" del partido Popular, inasequibles al desaliento, creo que la mayor parte de los espectadores televisivos del reciente debate "Sobre el estado de la nación" no hayan sacado otra conclusión que la de que nuestro presidente del gobierno, su grupo parlamentario, y casi todos los diputados del Congreso viven en un mundo irreal, como la Alicia de Carroll, ajeno a las preocupaciones reales de los ciudadanos españoles. Confieso que no lo he seguido en directo, mi índice de masoquismo no llega a tanto, pero sí a través de los resúmenes en prensa y televisión. Y me ha gustado especialmente el análisis que del mismo se hace en mi blog amigo "La república heterodoxa".
Nada nuevo: ese debate plurianual, que se celebra cuando al gobierno de turno le parece y le conviene, y en las condiciones que al gobierno de turno le parece y le conviene, es una mera pantomima de cara a la galería que no sirve para nada. La vida política española ya no está en las Cortes, está en las calles de sus ciudades.
Lo que los españoles de a pie están haciendo ahora mismo en la calle es una historia que no me siento en condiciones de contar, no por falta de ganas, sino por que no sé hacerla. Es en la calle donde la política real se está ejerciendo en estos momentos en España. Y aunque aparentemente no lleve a ningún lado, como prueba la iniciativa popular sobre los deshaucios aceptada a debate por el Congreso que con toda seguridad quedará como al PP le convenga, merece la pena intentarlo.
En Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política (Península, Barcelona, 2003) dice Hannah Arendt que "la acción política genera nuevos espacios de libertad, porque la acción es lo que hace surgir perpetuamente el milagro de lo distinto y lo inesperado incluso en un mundo dominado por los procesos automáticos y los comportamientos previsibles. Es la acción política la que genera libertad, aunque no la "produzca" en el mismo sentido que una mesa es el "producto" final de la actividad del carpintero. La acción no "hace", no "produce", y cuando oímos hablar de grandiosos objetivos políticos (construir un mundo democrático, por ejemplo) nos movemos en el malentendido de la fabricación en la que el fin (producto) sigue a los medios (fabricación). Pero esto es un tipo de pensamiento equivocado porque la acción es un fin en sí misma, es en ella y a través de ella que los seres humanos pueden aspirar a la libertad. Ésta no es el producto de instituciones o reglas, sino de la acción humana, inestable, contingente e impredecible, que es el único lugar donde se general y sobrevive. Los seres humanos contemporáneos están tan fascinados por las posibilidades del pensamiento técnico-productivo que lo usan en un campo en el que resulta sencillamente inaplicable: el de la acción humana. Y en eso reside buena parte de los malentendidos políticos actuales".
He tomado el largo párrafo anterior de un artículo del profesor Rafael del Águila, uno de los más grandes teóricos políticos españoles, fallecido en enero de 2009, que lleva el título de "Entre la acción y la reflexión" y en que comenta el citado libro de Hannah Arendt. Lo publicaba en el segundo número de Revista de Libros, hace justamente dieciséis años. Artículo y libro que no solo no han perdido actualidad sino que la ganan día a día.
¿Puede una persona declararse monárquico y partidario, simultáneamente, del republicanismo político sin caer en la incongruencia?. Yo lo soy: lo declaro expresa y públicamente en la presentación de este blog, en el apartado "Sobre el autor": "Monárquico por sentimiento, lealtad y convicción personal, se declara de izquierdas, progresista y socialdemócrata. En la estela del republicanismo cívico, entiende la política como ejercicio virtuoso de cosa pública, el federalismo como el marco idóneo donde desenvolver el autogobierno de los pueblos y los Estados y la democracia como procedimiento y fin en sí misma".
No creo ser incongruente. Y me atrevo a sacar esto a relucir porque declararse monárquico o republicano no es otra cosa que decantarse por una u otra forma de configuración de la Jefatura del Estado, no una opción para la acción política, en la que partidarios de una u otra forma de Estado pueden estar absolutamente de acuerdo
Hace pocas semanas leía en uno de los blogs del diario El País una interesante entrevista al catedrático de Sociología de la Universidad de Barcelona, Salvador Giner, en la que se mostraba muy crítico con la concepción de la sociedad actual acerca de la moral y la ética en la política, y en general, y se hacía referencia a su más reciente publicación al respecto: El origen de la moral. Ética y valores en la sociedad actual (Península, Barcelona, 2012). Me interesó lo que planteaba y pedí a la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas que me lo buscara, pues no lo tenían en depósito. Menos de una semana después estoy leyéndolo con fruición y provecho. Y lo que son las casualidades, en su capítulo noveno, "Ciudadanía", encuentro un apartado titulado "Virtud pública y republicanismo" (páginas 281-283), que refleja muy bien lo que expreso en la presentación de "Desde el trópico de Cáncer" y corrobora mi profundo sentimiento de admiración por Hannah Arendt. Perdónenme la insistencia, pero no me resisto a trascribirlo en su integridad:
"La concepción republicana de la politeia posee antiguas y profundas raíces. Tras un largo período de relegación, si bien no de completo olvido, experimentó un renacimiento notable, que se remonta a la obra de algunos filósofos morales del siglo XX como fuera Hannah Arendt. El esfuerzo por consolidar el republicanismo como alternativa a las otras concepciones democráticas del orden político tiene consecuencias de alcance para la teoría moral de la democracia.
El republicanismo comparte algunos rasgos con el liberalismo. Su énfasis principal, empero, recae sobre la fraternidad o solidaridad, así como sobre el altruismo. (Son las virtudes cívicas, las de su moral pública.) Ello sega sella su ligazón con la justicia social y la redistribución equitativa de recursos, así como con su visión del ciudadano como ser dotado de virtud cívica. Esto incluye participación en lo público, responsabilidad ante el interés común tal y como se plasma en la res publica y al que se llega a través de la deliberación. De igual modo, el republicanismo no se ciñe a la vida política, sino que suele preocuparse de que la actitud participativa penetre todos los niveles de la vida social: la empresa, la convivencia del barrio, la cultura en el espacio público, en las instituciones privadas y en el seno de los movimientos sociales. He aquí algunos de los elementos esenciales para una concepción genuinamente republicana de la buena sociedad.
Llama la atención en esta concepción de la politeia su afinidad con la interpretación multidimensional del ciudadano. No osaría afirmar que todos los amigos del recién descrito ciudadano "avanzado" sean republicanos implícitos o subconscientes. Me limito a indicar afinidades electivas, inclinaciones compartidas por ambos, es decir, entre la hipotética ciudanía republicana y lo que constituye una ciudadanía plena o avanzada. Las demandas que emanan de los ciudadanos que apoyan la multidimensionalidad para que se ejercite la fraternidad o solidaridad a través de una política social efectiva orientada sobre todo hacia quienes son ciudadanos precarios -por pobreza, marginación social o cualquier forma de discriminación regular- coinciden con las del republicanismo. Lo mismo ocurre con la exigencia de derechos participativos en la industria y la empresa, en la vida comunitaria, en la conversación pública y en la esfera política. Los avisos contra el exceso del profesionalismo en las instituciones que eliminan nuestra condición de partícipes y nos transforman en seres pasivos -pacientes tratados como objetos en la sanidad y medicina públicas, por ejemplo- responden también a una conciencia solidaria o civismo social, por así decirlo que es concomitante con la filosofía política del republicanismo. Todos, incluso los pacientes y hasta muchos condenados a prisión por la justicia, deben tener derecho a la voz y la palabra, y a ser tratados con respeto." 
Como ven, nada más alejado del republicanismo cívico que la teoría y la praxis de nuestro gobierno y de buena parte de la oposición.
Por cierto, hoy se cumplen treinta y dos años del más ignominioso hecho de la reciente historia política española: el intento de golpe de Estado de 1981. No voy a hacer referencia alguna más a él.
El vídeo que acompaña la entrada es el primero de una serie de cuatro en el que se recoge la conferencia pronunciada por el sociólogo Salvador Giner en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid, sobre la "Sociedad civil" y su relevancia en los tiempos actuales. Los tres restantes pueden verlos accediendo al canal YouTube desde el enlace anterior.
Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt