miércoles, 24 de enero de 2024

De la era del conspiracionismo

 







Conspiración, conspiración, conspiración
JAVIER LÓPEZ ALOS
23 ENE 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro La era del conspiracionismo. Trump, el culto a la mentira y el asalto al Capitolio, de Ignacio Ramonet. Clave Intelectual, Madrid, 2023
La era del conspiracionismo. Trump, el asalto al Capitolio y el culto a la mentira combina con acierto los planos narrativo e interpretativo para explicar un acontecimiento que requiere un relato de los hechos, sí, pero también un análisis que desenmarañe su significado. Aunque el énfasis de la empresa no es teórico, sino informativo, se trata de una aportación relevante para cualquiera que desee abordar la tarea de una teoría del conspiracionismo y sus implicaciones para la democracia.
Es 6 de enero de 2021, en el Capitolio, Washington D. C.: además de la ostentosa violencia empleada por los asaltantes, de la indumentaria estrafalaria de algunos de ellos y de la perplejidad con que asistimos a unas escenas propias de una película, seguramente nos venga también a la cabeza una pregunta cuyos ecos se prolongaron durante días: pero ¿cómo es posible? La brutalidad del ataque; la simplicidad de los mensajes y de los discursos que los jalearon; lo primario, en fin, de las pulsiones que atraviesan tan triste episodio, no deben inducirnos a ignorar su complejidad. El último libro de Ignacio Ramonet (Redondela, 1943) la expone con rigor y claridad y, en el camino, ofrece descripciones e ideas que nos sirven para entender dinámicas similares en otros lugares del mundo donde el uso sistemático de la mentira y las teorías de la conspiración son también vectores políticos de primera magnitud. La obra condensa así más de dos años de indagación con el objetivo de, en palabras del autor, «realizar una observación con microscopio del asalto al Capitolio, como el ejemplo más elocuente y significativo del malestar actual de nuestra civilización (basada, en principio, en los valores democráticos, pero también en las tecnociencias, la razón y el progreso)» (p. 32).
La trayectoria profesional de Ignacio Ramonet, cuya sensibilidad a los movimientos tectónicos del (des)orden neoliberal está bien atestiguada desde hace décadas, presenta una doble vertiente muy reconocible en este volumen: por una parte, su faceta periodística (en la que destacan sus años al frente del semanario Le Monde Diplomatique y su atención a los asuntos internacionales y de alcance global); por otra, su condición académica como catedrático de Teoría de la Comunicación en la Universidad París Diderot. Del primer oficio distinguimos el reflejo en un pulso narrativo muy cercano al reportaje de investigación, aunque no pretenda serlo y además introduzca un par de ficciones literarias al principio y al final de la obra. Apoyándose también en fuentes periodísticas, Ramonet procura una síntesis cabal de lo acaecido en el Capitolio y de temas tan intrínsecamente confusos como el Pizzagate, elterraplanismo, la plandemia, la conspiración Qanon o la existencia de falsos pájaros que nos vigilan. Con el análisis crítico de estos materiales, acompañados por 368 notas, consigue organizar significativamente la caótica constelación del complotismo.
Para sostener que habitamos una era definida por (los efectos de) la creencia masiva en conspiraciones, el autor comienza por delimitar el contexto sociológico y cultural de su irrupción: dónde y de dónde sale todo esto. De otra forma no podría concluirse la singularidad histórica de nuestra época ni por qué los sucesos del 6 de enero de 2021 adquieren categoría de acontecimiento, esto es, cristalización de unas dinámicas sociales que llevaban años gestándose, y apertura de un panorama político electoral atravesado por variables ajenas al control democrático. En realidad, la novedad no radicaría ni en la ubicuidad de la mentira ni en la profusión de conspiraciones. Ni siquiera en la intervención de turbas incontroladas en la resolución de las disputas por el poder, sino en el modo en que se producen esos fenómenos, así como en la escala de sus consecuencias, incluida la legitimación de la violencia de los adeptos contra las instituciones. El libro deja claro que las fake news, más que mentiras, constituyen el resultado de una industria especializada en la fabricación y distribución de mentiras, procesos en los que la verdad de los hechos depende de las emociones que despierten y de la explotación de sesgos cognitivos. Por si fuera poco, la recepción de toda esta mercancía de falsedades y desinformación, en la que las redes sociales tienen un protagonismo sobresaliente, coincide con múltiples crisis (de índole económica, cultural, sanitaria…) y la normalización de discursos abiertamente antidemocráticos y anticientíficos, a la que no es ajena la documentadísima mendacidad del propio Donald Trump (más de 30.500 faltas a la verdad registró el Washington Post, recuerda Ramonet, p. 87).
Con relación a los antecedentes históricos de este culto a la mentira, existen tanto diferencias cuantitativas como cualitativas en su fabricación, consumo y efectos. A lo largo del libro, Ramonet subraya la componente tecnológica, fundamental en la producción a escala y difusión instantánea de bulos y todo género de noticias maliciosas, pero también en la aparición de comunidades de creyentes en (o activistas digitales contra, señala asimismo) conspiraciones. Siguiendo esta descripción, allí donde se extiende la atomización, el aislamiento y la sensación de haber sido abandonados en medio del fracaso, la militancia conspiracionista conecta a los individuos y les proporciona un vínculo de pertenencia. Al mismo tiempo, les permite afianzar su identidad como parte de algo por lo que aún merece la pena luchar. Para el autor, el crecimiento del conspiracionismo es inseparable de factores como la crisis de la clase media blanca empobrecida y el fin del sueño americano. La desigualdad, la pavorosa prevalencia de problemas de salud mental, y la zozobra insoportable con la que gran parte de la población se ve forzada a convivir (Ramonet cita tasas de ansiedad y depresión del 37% y el 30% respectivamente a finales de 2020, p. 44), propician que muchas personas encuentren en la conspiración de turno una canalización plausible de su desazón.
El universo conspiracionista está asociado con otras respuestas resentidas al malestar sistémico de nuestra época, como el racismo, la xenofobia, la homofobia o el machismo, por citar algunas de las que el semiólogo gallego menciona. La afinidad conspiracionista con la extrema derecha es deudora también de una desconfianza epistémica que confunde el cuestionamiento crítico de lo dado con la negación de la ciencia y de toda verdad no acomodada a los hechos que uno preferiría… en función de su libertad individual. La urgencia y la angustia derivadas de las revelaciones complotistas, así como las dimensiones del mal que se ha descubierto obrar en secreto, justifican cuanta violencia sea necesaria para detenerlo. Las premisas pueden ser falsas, pero la conclusión insurreccional tiene su lógica.
Además de en los orígenes del conspiracionismo trumpista y en las condiciones de posibilidad de su popularización, el libro se detiene en otra faceta imprescindible del fenómeno: cómo funciona. Mediante la exposición de ejemplos recientes de teorías de la conspiración (algunas no muy conocidas fuera de Estados Unidos, pero que sirven de inspiración en otros países), el autor se interesa por los mecanismos que rigen sus estructuras comunicativas. Ello nos brinda una suerte de catálogo razonado de presuntas conspiraciones en las que el «pánico moral» (término acuñado por el sociólogo Stanley Cohen en 1972) desempeña un papel decisivo. No en vano, en el repertorio analizado por Ramonet, entre toda clase de denuncias de conspiraciones contra «nuestra libertad» (destinadas a controlarnos, a imponernos ideas y límites), destacan las de naturaleza sexual. En especial, acusaciones de pedofilia, con redes criminales de poderosos que practican rituales satánicos y hasta antropofágicos. Cualquier aberración imaginable es atribuible al enemigo y resulta creíble; otro término central en el libro, pues la conspiración es una cuestión de fe y no de hechos. El valor supremo a proteger sería aquí la familia, en especial, los hijos, y la preocupación por ellos exige demostraciones a la altura de la amenaza. En definitiva, Ignacio Ramonet muestra en La era del conspiracionismo que lo que ocurrió aquella mañana de invierno en la sede del Congreso de Estados Unidos es un acontecimiento extraordinario, pero no inexplicable. Como comprobamos apenas dos años después en la plaza de los Tres Poderes de Brasilia, tampoco es irreplicable. Conocemos mejor cómo fue posible y por qué el peligro continúa ahí. Pero el texto puede leerse también como una invitación a reflexionar sobre las consecuencias de la miríada de mentiras, intoxicación y caos que es capaz de producir un modelo social insoportable para cada vez más gente. Un malestar del que, todo lo indica, millones de personas en todo el mundo tratan de huir por la estrecha pasarela del populismo reaccionario. Debajo de la cual ―conviene no olvidar―, el abismo. Ojalá comprender todo esto sea el primer paso para proponer otros caminos de salida. Este libro supone una contribución útil y a tener en cuenta en esa necesaria dirección. Javier López Alós es doctor en Filosofía y escritor. Tamaragua, amigos míos.










Del fantasma de la cancelación a secas





 



Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz miércoles. Artistas y obras, en su momento celebradas y hasta consideradas clásicas, comenta en El País el escritor Leonardo Padura, ahora son condenadas por sus ‘incorrecciones’ o corren el riesgo de sufrir la drástica censura que conocemos como cancelación. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com














Siempre un fantasma recorre el mundo
LEONARDO PADURA
21 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En la escena final de la maravillosa y tantas veces vista película The Kid (El chico), luego de que el vagabundo logra rescatar al niño que es conducido a un orfanato, se desarrolla una de las imágenes más conmovedoras de la historia del cine: Charlot besa en los labios al niño. Es un acto de puro amor filial, de una inmensa ternura, que estremeció la sensibilidad de millones de personas por muchísimo tiempo.
La película, estrenada en 1921, fue considerada en 2011 “cultural, histórica y estéticamente significativa” por la prestigiosa Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada para su conservación en el National Film Registry estadounidense. Pero, vista desde la perspectiva del presente, ¿podría hoy un director de cine incluir en su película una acción semejante? ¿Se atrevería a desatar los demonios de la corrección? ¿Ahora mismo esa misma obra sería distinguida con los reconocimientos mencionados sin provocar reacciones?
Ya se sabe: los tiempos cambian (a veces con mayor celeridad) y con ellos las percepciones y valoraciones de muchas cosas. El propio Charles Chaplin lo supo. Al final en su filme de 1940, El gran dictador, el actor pronuncia un memorable discurso y clama: “El odio de los hombre pasará. Y caerán los dictadores. Y el poder que le quitaron al pueblo, se le reintegrará al pueblo. Y así, mientras el hombre exista, la libertad no perecerá”. La alocución, lanzada ya en plena II Guerra Mundial y en el curso de la ofensiva fascista, fue aplaudida en casi todo el mundo. Sin embargo, unos pocos años después, en un tiempo histórico diferente, el discurso humanista se convirtió en uno más de los argumentos para las acusaciones maccartistas de simpatizante comunista que llevarían a Chaplin a radicarse en Suiza, mientras sobre él se lanzaban las diatribas nacionalistas del fiscal general de Estados Unidos, James P. McGranery y el inmediato dictamen del Departamento de Justicia de que el artista no podía regresar al país a menos que pudiera demostrar “su valor moral”.
Definitivamente los tiempos cambian la lectura de muchas cosas. Por ello, hace ya unos años la escritora y militante feminista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, refiriéndose a los peligros que los extremismos significan para la libertad creativa, se preguntaba si alguna editorial del mundo se lanzaría hoy a publicar Los versos satánicos de Salman Rushdie. ¿Después de la experiencia de Charlie Hebdo y su caricatura de Mahoma que se saldó con una decena de muertos? ¿Después de que el escritor británico fuera condenado a muerte por el integrismo islámico y, más recientemente, agredido en Nueva York a filo de cuchillo?
Artistas y obras, en su momento celebradas y hasta consideradas clásicas, ahora han sido condenadas por sus “incorrecciones” o corren el riesgo de sufrir la drástica censura que conocemos como cancelación. No deberíamos olvidar, por supuesto, que el ejercicio de semejantes marginaciones ha sido una práctica sostenida a través de la historia, con picos dramáticos de exaltaciones o fanatismo de muy diversa índole: religiosos, sexuales, sociales, étnicos, verbales, nacionales y, por supuesto, políticos. Y hoy, ahora mismo, con esa proyección magnificada que propicia la existencia de las muy democráticas redes sociales, vivimos uno de los más álgidos momentos de intransigencia cultural y social que se está convirtiendo en una amenaza contra la libertad no solo de expresión, sino incluso de pensamiento.
La inquisición, el estalinismo (y sus variantes nacionales y epocales), el fascismo, el macartismo son períodos significativos del desarrollo de estos procesos de censura de obras y cancelación de creadores (con hogueras físicas, espirituales y gulags incluidos). Pero no olvidemos que en la Francia ilustrada del siglo XIX —baste este botón de muestra que le debo a Milan Kundera— Gustave Flaubert fue duramente atacado por los críticos más influyentes de su momento por haber convertido a una adúltera en su heroína novelesca, en lugar de escoger a una señora ejemplar de las que había tantas en la campiña francesa, dijeron, una benefactora dedicada, por ejemplo, a educar a los niños. En algún momento el autor de Madame Bovary, para su descargo, declaró que él solo se proponía llegar “al alma de las cosas”.
Pero ahora las noticias de la existencia de listas negras de obras y creadores marginados no paran de llegar y crecer. Los motivos de las condenas son muchos: al David de Miguel Ángel por esa desnudez que exhibe desde hace más de quinientos años, a los textos contemporáneos para jóvenes de Roald Dahl por decirle “gordo” o “feo” a un personaje, a novelas de García Márquez o Isabel Allende y otros muchos autores por tener escenas consideradas inapropiadas para ciertos lectores pues alguien estima que su carácter es cercano a la pornografía (mientras en las redes pulula la verdadera pornografía).
La ola de requerimientos de una corrección política (que no atañe solo a los juicios políticos) hoy recorre el mundo. Y vienen lo mismo de las derechas recalcitrantes que de las izquierdas militantes. Su arrastre afecta a la libertad de creación y expresión tanto como los totalitarismos ideológicos o los fundamentalismos religiosos o nacionalistas o racistas, pues en esencia su práctica constituye otra manifestación de absolutismo, solo que ataviada con las galas de la corrección, los llamados a la inclusión, la defensa de la diversidad (étnica, sexual, cultural) y otros grandes valores éticos o sociales pero que, al aplicarse de forma despiadada por ciertos sectores de poder o de influencia, arrojan resultados y traumas muy semejantes a los de una inquisición moderna con su Index incluido, como el que ha formado la lista de más de 5.800 libros prohibidos, de 2021 a la fecha, en instituciones educacionales estadounidenses, según el conteo de PEN America.
Una de las más macabras manifestaciones de este proceso es la existencia, gracias a la difusión que garantizan las redes sociales, de jueces de la corrección (que en ocasiones funcionan o pretenden hacerlo como verdaderos gurús) que se realizan lanzando acusaciones, aprobando o desaprobando —sobre todo desaprobando. Dueños de la verdad, ejecutan alegremente fusilamientos de personas y actitudes, no con la bala estalinista en la nuca, pero con una furia que nos hace dudar de que “el odio entre los hombres pasará”, que “la libertad no perecerá”. Y que merecen likes por sus arrebatos.
Resulta hasta cargante recordarlo, pero en épocas y lugares precisos, sería necesario hacerlo: la libertad de pensamiento y expresión, tanto como la opción de disfrute de una vida digna, son los más sagrados derechos de los hombres, rubricados por decretos y manifiestos universales. Si poderes visibles u ocultos, si gobiernos, políticos y líderes con programas fundamentalistas y excluyentes, si tendencias sociales, religiosas, generacionales, incluso étnicas y sexuales, convenientemente alimentadas por fanatismos y peligros reales o infundados nos pueden hacer que dudemos hasta de la utilización de una palabra (¿para ser correcto e inclusivo debemos decirle presidenta a la mujer que preside?) la libertad del ciudadano y, por supuesto, del artista está en peligro. Lo puede asegurar un escritor cubano que ha vivido esa experiencia. Y por eso lamenta con más conocimiento de causa que haya otros colegas artistas sometidos a semejantes presiones.
Una manifestación de amor filial hoy puede ser fácilmente considerado un acto de pederastia, una caricatura costar una condena a muerte, la utilización del masculino genérico alimentar sospechas de una actitud misógina. La muy necesaria inclusión puede convertirse en exclusión, y por ello más valdría que pensemos dos veces si es atinado escribir columnas como esta. Leonardo Padura es escritor. Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015.































[ARCHIVO DEL BLOG] Terpsícore. [Publicada el 24/01/2009]











Soy capaz de recordar y reconocer casi cualquier fragmento de texto literario (o película) que haya leído (o visto), aunque solo haya sido una vez en la vida. Por el contrario, ni el Azar ni la Naturaleza, mis divinidades paganas preferidas, me han dotado del mismo talento para la música. La musa Terpsícore me ha negado sus favores, salvo en aquellas piezas que ya forman parte, por la amplitud de su difusión, del imaginario colectivo de la humanidad. Y esa incapacidad para recordar y reconocer piezas musicales, es una de las circunstancias que más dolor me producen, porque en contraste con ella la música es de todas las Bellas Artes la que más profundas emociones me provoca, muchas veces hasta el llanto.
Mi amiga Ana, conocedora y siempre al tanto de mis inquietudes intelectuales, me envía desde Ámsterdam el artículo que en El Cultiberio de hoy sábado pública Incitatus ("La Cuarta según San Juan"), en el que relata la impresión que le produjo la audición de la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky interpretada por la Orquesta Ciudad de Granada, bajo la dirección de Juan de Udaeta.
Su lectura, aparte de la consiguiente emoción, me ha traído hasta la memoria el comentario que sobre la Música realizara George Steiner en su libro "Errata. El examen de una vida" (Siruela, Madrid, 2001), uno de los más hermosos textos que he leído nunca.
Dice Steiner: "El canto (y la música) es, simultáneamente la más carnal y la más espiritual de las realidades. Aúna alma y diafragma. Puede, desde sus primeras notas, sumir al oyente en la desolación o transportarlo hasta el éxtasis. La voz que canta es capaz de destruir o de curar la psique con su cadencia".
Les dejo con el bello texto de Incitatus y el sonido del IV movimiento de la 4ª Sinfonía de Tchaikovsky intepretado por la The Chicago Symphony Orchestra, bajo la dirección de Baremboim. Disfrútenlos. Y sean felices. Tamaragua. HArendt












martes, 23 de enero de 2024

De Jorge Semprún, en su centenario

 











Jorge Semprún, la lucidez del superviviente
MANUEL SÁNCHEZ-CAMPILLO
23 ENE 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

El 10 de diciembre de 2023 se ha cumplido el centenario del nacimiento en Madrid de Jorge Semprún Maura, un intelectual que resume en sus avatares y en su persona lo que ha sido la historia del siglo XX. Si en el Renacimiento el ideal de caballero era el que se dedicaba a las armas y las letras, en la pasada centuria la figura más completa era aquella capaz de aunar política y escritura, como nuestro escritor al modo de su querido Goethe. Mientras estuvo en el campo de concentración de Buchenwald, Semprún no recuerda haber dejado de ver ni oler el humo que salía por las chimeneas de los crematorios donde eran incinerados los cadáveres. Buchenwald está a trece kilómetros de Weimar, la ciudad donde vivió y murió Johann Wolfgang von Goethe. En su libro La escritura o la vida (1994), Semprún traerá muchas veces a su memoria al padre de las letras alemanas, pues, como a muchos otros, se le hace difícil concebir que la experiencia del mal absoluto que se vivió en los lager nazis, es decir, la vivencia de la muerte, pudiera estar ocurriendo a escasa distancia de un lugar que representa la racionalidad, la civilización e incluso la democracia. Semprún solo atisba una cierta explicación si caemos en la cuenta de que el Mal no es la inhumanidad, pues los vigilantes, los kapo, los oficiales de las SS eran tan humanos como cualquiera de nosotros.
La personalidad de Jorge Semprún atraviesa el siglo XX con una mirada propia y libre. Concibe la política como participación, no como un simple juego de estrategas de salón. Por eso, la practica situándose en primera línea, sin renunciar a sus responsabilidades, pero sin abandonar un principio básico en su vida: después de vivir y sufrir los totalitarismos nazi y comunista, siempre creyó que la vida no era un valor absoluto, por encima de ella estaba la libertad. Formó parte del Partido Comunista, con poco más de treinta años era miembro de su Comité Central. Se le encargó ser el enlace en la clandestinidad con los comunistas españoles durante la dictadura de Franco. Por cierto, Sánchez Dragó, siempre tan lenguaraz, fue quien lo identificó a la policía en 1963, al verlo en una revista que tenían en la comisaría de Madrid donde, a su vez, permanecía él detenido. También es cierto que no sirvió de nada, pues ya en 1962 había decidido dejar la clandestinidad, que para él resultaba excitante, apasionante por lo aventurero. En sus últimos escritos se refirió a la revolución bolchevique de 1917 con el sintagma «ilusión lírica», dejando a un lado la habitual terminología política para sugerir con mayor precisión el final de un proyecto que se quería sustentar en un llamado materialismo científico e histórico, pero, en realidad, solo era una vana ilusión que escondía el sometimiento y la aniquilación del individuo. En 1964 fue expulsado del partido junto con Fernando Claudín. En verdad, Carrillo y La Pasionaria lo vieron siempre como un intelectual y un burgués: ya se sabe que pensar por uno mismo no suele estar bien visto en la disciplina de los partidos ―ni antes ni ahora―; a lo que habría que añadir el pecado de clase, pues su segundo apellido era el de su abuelo Antonio Maura, presidente del gobierno.
Se dedicó, entonces, con mayor empeño, a su labor literaria. El largo viaje, su primer libro, es de 1963; sin embargo, tuvo que esperar a 1994, con la mencionada La escritura o la vida, para afrontar su experiencia en Buchenwald. Una espera de casi cincuenta años desde que fue liberado el campo de concentración para dar con la estructura y el tono necesarios para poder escribir sin que la escritura supusiera una inmersión en la muerte que acabara ahogándolo. Tenía que escoger entre la escritura o la vida, y optó por la segunda. Solo dos obras están escritas directamente en español, Autobiografía de Federico Sánchez (1977) y la novela Veinte años y un día (2003). Federico Sánchez era el nombre que usaba en la clandestinidad, que vuelve a utilizar para Federico Sánchez se despide de ustedes (1993), en la que cuenta el tiempo que pasó siendo ministro de Cultura en el gobierno de Felipe González. Son jugosas las páginas en las que muestra su relación con Alfonso Guerra; más bien su no relación. La tensión en los consejos de ministros, donde Guerra se erige en guardián de las esencias del socialismo desde una escasa capacidad de análisis. Parece como si, para Alfonso Guerra, Semprún representara todo lo que él hubiera deseado ser.
Tal vez, la figura de Jorge Semprún no sea la más adornada para un tiempo, el nuestro, que solo valida a los personajes en función del éxito o del dinero, dos elementos que le interesaron muy poco; de hecho, no quiso acompañar al director de cine Costa-Gavras, de quien había sido guionista, a Hollywood, donde podría haber hecho una carrera en los años 70, para asistir, de primera mano, a los acontecimientos políticos de España tras la muerte del dictador. Semprún poco tiene que ver con el héroe típico que se nos suele administrar en esta época: ese personaje positivo que transita de la maldad, el sufrimiento o la crueldad al triunfante final feliz. En su caso, hay un paraíso perdido, el de la infancia, el de Adiós, luz de veranos (1998); una pérdida que se acentúa cuando la familia ha de marchar al exilio tras la Guerra Civil, hasta acabar en la vivencia de la barbarie más absoluta tras ser detenido por los nazis por pertenecer a la Resistencia francesa. «No soy un auténtico español ni un auténtico francés, no soy un escritor ni soy un político, soy un superviviente de Buchenwald», dijo al recibir el Premio de la Paz en Francfort en 1994. Pérdida, pero también la lucidez de quien ha visto el horror y el espanto de frente. Manuel Sánchez-Campillo es escritor y crítico literario. 















De la boca muda que pronuncia la ley

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz martes. El crédito del sistema judicial, comenta en El País la jurista Mariola Urrea,  no solo exige garantizar la independencia del citado poder, sino que también es imprescindible que jueces y magistrados cuiden que sus actuaciones sean (y se perciban) como imparciales. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







La boca muda que pronuncia la ley
MARIOLA URREA CORRES
20 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La máxima es de Montesquieu y cualquier estudiante de derecho se hartará de escucharla durante su paso por la facultad. Y es que nuestro modelo democrático, basado en la separación de poderes, determina claramente que corresponde al poder legislativo elaborar las leyes y al judicial su interpretación y aplicación. Ni más, ni menos. Para que la función jurisdiccional se desarrolle de manera adecuada la Constitución blinda la función de jueces y magistrados con algo tan valioso como la independencia y configura una pluralidad de mecanismos para hacerla efectiva. Este principio los protege frente a cualquier intento de injerencia de otros poderes del Estado. Todos los jueces tienen clara la necesidad de reivindicar este escudo de protección y lo expresan con determinación a través de su órgano de gobierno cuando entienden que puede estar siendo violentado.
En esta lógica de defensa corporativa debe interpretarse el posicionamiento que, por unanimidad y con exceso de celo, emitió ayer el Consejo General del Poder Judicial tras las declaraciones de Teresa Ribera en Televisión Española en las que llamaba la atención sobre “la querencia” de un magistrado por llevar a cabo actuaciones judiciales (volver a impulsar un caso después de cuatro años) en momentos políticos determinados (tramitación de la ley de amnistía) y con una calificación jurídica de hechos controvertida (terrorismo). Pues bien, ¿son estas palabras de la vicepresidenta un ataque a la independencia judicial? O, como dice en su comunicado el Consejo General del Poder Judicial, hablamos de una deslealtad institucional. Y en ese caso, ¿debe el Consejo General del Poder Judicial pronunciarse contra pretendidas deslealtades institucionales que no sean injerencias a la independencia judicial?
El crédito del sistema judicial no solo exige garantizar la independencia del citado poder. También, y como contrapeso, es imprescindible que jueces y magistrados cuiden que sus actuaciones sean (y se perciban) como imparciales. El juez no opera de oficio, ni por criterios de oportunidad, ni busca con su actuación subsumir de manera forzada hechos en tipos jurídicos con la consecuencia de dejar inoperante una ley en tramitación que previamente se ha criticado de manera pública. El juez no debe tener más agenda que la de resolver conforme a derecho problemas que le han sido sometidos por las partes. Y es que preservar la confianza en la actividad jurisdiccional exige de su titular un ejercicio permanente de autocontención especialmente sobre los instrumentos legislativos cuya elaboración le corresponde a otro poder del Estado ¿Acaso no compromete la imparcialidad de quien así se manifiesta cuando está llamado a juzgar hechos subsumibles en esa misma ley?
En las respuestas que demos a todas estas preguntas se configura, a mi entender, el espacio de crítica que admitiría la función jurisdiccional en una democracia plena como la española. Y es que parece claro que la independencia no puede convertirse en inmunidad de crítica para actuaciones judiciales que son jurídicamente controvertidas y generan dudas razonables de su auténtica intencionalidad. Tampoco sería propio de un sistema democráticamente depurado pretender que la única fórmula de cuestionar la función jurisdiccional pase por activar un proceso por prevaricación. Los jueces, sin necesidad de delinquir, también pueden dejar de ser esa boca muda que pronuncia la ley pervirtiendo con ello la noble función constitucional que tienen encomendada. Y en ese caso, resulta imprescindible disponer de espacios para la crítica. Mariola Urrea Corres es jurista.
































[ARCHIVO DEL BLOG] Cultura de la cancelación. [Publicada el 09/12/2019]









Ya no importa que la persona se avergüence de sus acciones; queremos que sea cancelada, ajusticiada con la inexistencia. Deberíamos hablar de “derecho al olvido”, no de la imposibilidad de redención, afirma en el A vuelapluma de hoy el escritor Andrés Barba. 
Cada día -comienza diciendo- aprendemos a convivir un poco más con dinámicas digitales que hace no tanto nos llenaban de pavor. Nos asustamos menos y establecemos menos enmiendas a la totalidad cuando un Kevin Spacey desaparece de una serie por haber cometido abusos sexuales hace años o se cancelan conciertos de R. Kelly, como si lo primero fuera el justo castigo por lo segundo. Sospechamos que en el fondo no debería haber motivo para privarnos de un buen actor que ha cometido un delito siempre y cuando salde sus cuentas con la justicia, pero algo en nosotros ha acordado que en este estado de la situación, la lógica fluya por otros caminos, o tal vez ni siquiera la lógica sino algo más poderoso: lo inevitable. Sabemos también que por muy justos que en ocasiones sean esos ataques, en otras no dejan de ser perfectamente extemporáneos y hasta aleatorios. Los derechos de las minorías, la reivindicación de justicia o el simple deseo de defenestrar a alguien se confunden en las redes en un caos tan colosal que requeriría un trabajo a jornada completa distinguir lo trivial de lo serio. Tal vez por eso nos inclinamos cada día un poco más a pensar que éste es el signo de nuestros tiempos: ganar por goleada en el territorio del embrollo, hacer que la pelota de hilo sea tan grande, que la simple idea de desarmar la madeja parezca una utopía.
Casi genera cierta nostalgia acordarnos de cuando opinábamos que la cultura de la denuncia en las redes era una forma de regular mediante un sano oprobio social los comportamientos e ideologías que “debían ser corregidos”, cuando nos parecía una democratización oxigenante que se ampliara la autoridad que decidía a quién se ponía en la picota digital. Pensábamos que al fin y al cabo de lo que se trataba era de abrir el marco del sancionador, y que cuantas más voces estuvieran habilitadas a sancionar, más probable sería que dejaran de irse de rositas los de siempre. La cultura de la denuncia suponía la victoria de David frente a Goliat: garantizaba que las minorías pudieran visibilizar e interrumpir comportamientos abusivos, por eso entendíamos también que, como tales, esas minorías solo pudieran ser intransigentes: no solo necesitaban protegerse, sino también, y por encima de todo, tenían que cohesionarse como comunidad. Hoy empezamos a estar más acostumbrados, pero también menos seguros. Un grado de incertidumbre que varía según la edad y el grupo social al que se pertenezca.
Hace unas semanas se produjo un pequeño encontronazo que ilustra bien esa brecha generacional. Durante un encuentro de la Obama Foundation, el expresidente advertía a los jóvenes de los peligros de un comportamiento demasiado radical y judicativo en las redes: deberíais abandonar lo antes posible esa idea de la pureza y de que hay que estar siempre “alertas” políticamente. El mundo es un caos. Existe la ambigüedad. La gente que hace cosas buenas también tiene debilidades. Esas personas a las que atacáis también quieren a sus hijos. La réplica no tardó en llegar. Dos días después, Ernest Owens, un reportero millennial del New York Times recordaba al expresidente que había sido su generación, con su incompetencia, la que había obligado a los millennials a una franqueza radical en temas como el medio ambiente, el feminismo o los derechos LGTBI, y afirmaba que lo que el expresidente no puede o no quiere entender es que las generaciones jóvenes no atacan por deporte, sino para defender a la gente desprotegida del daño que los poderosos ya han infligido.
Los dos tienen razón, evidentemente, Obama con su consejo de abuelo en pantuflas, el millennial Owens con su hacha de guerra diciéndole al viejo que juzga la vida con unos términos obsoletos, y aunque en ese desencuentro queda también nítida una premisa fundamental: la de que cuando las figuras del establishment afirman que se debería “moderar” la libertad de expresión se refieren siempre a la de los demás, no a la de ellos, lo que está claro es que la verdadera declaración es: esto no se va acabar mañana. Esto ha llegado para quedarse.
Cada día se van afinando también más los términos. Allí donde antes bailaban los eufemismos comienza ahora a hablarse abiertamente de una “cultura de la cancelación”. Un término que nace con el movimiento Me Too precisamente para hacer un llamamiento al boicot de las celebridades que manifiesten una opinión cuestionable o hayan tenido una conducta delictiva, machista, racista u homófoba. Bill Cosby, Michael Jackson, Roseanne Barr o Louis C. K. son solo una minúscula punta de lanza en la que no se distingue a los vivos de los muertos. El boicot de la cultura de la cancelación no pretende solo un tirón de orejas digital o un bloqueo profesional, sino algo más radical y en cierto modo verdaderamente utópico, borrar literalmente a esas personas, programar un paso del ser al no ser. Ya no importa que la persona se avergüence públicamente de sus acciones, ni que pague en moneda de carne o de sangre por sus errores o sus delitos, queremos que sea ajusticiada con la inexistencia: que sea cancelada.
El exiliado y la víctima propiciatoria son también, no lo olvidemos, instituciones basales de la comunidad humana, antecedentes pretecnológicos de esta cultura de la cancelación. Uno de los asuntos más peliagudos de la condición humana es a quién tenemos que pasar a cuchillo o a quién debemos expulsar de la aldea para ser quienes somos. El problema de Internet no es tanto que genere episodios inéditos en nuestra condición natural, como que legitima comportamientos atávicos de los que nos habíamos protegido mediante la promulgación de derechos. Si algo deja claro la declaración de los derechos humanos es que seguimos siendo dignos por mucho que otras personas afirmen que hemos dejado de serlo, y que “esa imposibilidad de dejar de ser dignos” es la base del consenso —de la ficción, si uno se pone muy cínico— que hemos acordado creer para construir una sociedad más ecuánime. Es un tanto dudoso por tanto que, sea lo que sea lo que hayamos hecho, alguien pueda decidir que no existimos más.
Pero la verdadera cuestión que pone sobre la mesa la “cultura de la cancelación” es la imposibilidad de redención, la clausura de una restauración a la vida previa al delito. Una huida hacia delante peligrosa, cuyas repercusiones son más difíciles de mesurar en el caso de que se instauren en nuestra manera de juzgar la realidad. Más que sobre los términos en los que deben permitirse esas campañas de oprobio digital o sobre la efectividad de las mismas, más que el debate sobre las defensas de las minorías o hasta dónde les favorecen esas campañas, tal vez deberíamos empezar a preguntarnos hasta qué punto los términos en los que planteamos esta cultura de la cancelación no estarán provocando lo contrario de lo que pretendíamos: restaurar lo que ha sido dañado, hacer justicia. Tal vez de lo que deberíamos estar hablando no es de cultura de la cancelación, sino de derecho al olvido. Puede que las personas no sean solo sus virtudes, pero desde luego no solo son sus defectos. En cualquier caso, como aconsejaba Rilke, más que apresurarnos por encontrar la respuesta, tal vez lo que tendríamos que hacer es formular bien la pregunta.
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt