sábado, 6 de enero de 2024

De la estupidez artificial

 








Hola, buenos días de nuevo a todos, feliz sábado y feliz día de Reyes. Lo tenebroso no son las nuevas formas de trabajar, escribe en El País refiriéndose a la inteligencia artificial el politólogo Víctor Lapuente, sino las viejas lecciones de vida que trajeron las tecnologías pasadas y que no hemos aprendido, pues para conseguir una prosperidad compartida no necesitamos tanto un cambio de política o economía, como de filosofía: poner a la persona en el centro de la máquina. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com













Estupidez artificial
VÍCTOR LAPUENTE
02 ENE 2024 - ​El País - hArendt.blogspot.com


Lo que da miedo de 2024 no es la inteligencia artificial, sino la estupidez humana. Lo tenebroso no son las nuevas formas de trabajar y relacionarnos que traerá la tecnología futura, sino las viejas lecciones de vida que trajeron las tecnologías pasadas y que no hemos aprendido. Y la principal es que cualquier cambio disruptivo ocasiona ganadores y perdedores y, si no te toman medidas proactivas, la enorme riqueza que genera una tecnología, como los molinos medievales o las máquinas de tejer en la revolución industrial, acaba en las manos de una élite y no de los campesinos, obreros o hiladoras.
Es la advertencia que Daron Acemoglu y Simon Johnson hacen en su libro Poder y progreso. Los datos apuntan a un aumento de la desigualdad tanto entre personas como entre territorios. Por ejemplo, en EE UU, el 90% del crecimiento en el sector de la innovación se produce en tan solo cinco ciudades (Boston, San Francisco, San José, Seattle y San Diego), cinco oasis cada vez más luminosos en el creciente desierto en el que se convierte el continente norteamericano.
La robotización está eliminando y precarizando trabajos a la velocidad de un nanosegundo en el metaverso, pero no es inevitable. La inteligencia artificial puede tener dos efectos contrarios sobre el mercado laboral: automatizar los trabajos que hacen los humanos para, así, sustituirlos (como con los cajeros de supermercados) o aumentar los trabajos facilitando dispositivos tecnológicos a las personas que hagan más valiosos sus puestos de trabajo. Es lo que ocurre cuando se facilitan aparatos de radio-imagen a los sanitarios para que los usen en visitas a domicilio, o software complejo a los mecánicos de coches.
Y, hasta ahora, automatizar ha sido la prioridad sagrada. Pero no es solo de las empresas privadas, obsesionadas por reducir costes laborales, sino también de las administraciones públicas y los organismos que financian los proyectos científicos de inteligencia artificial. El ingenio que se suele premiar con una beca o un trabajo es el de quien es capaz de desarrollar un algoritmo que haga lo mismo que una persona a un coste inferior. El objetivo es derrotar al ser humano, no hacerlo más productivo.
Para conseguir una prosperidad compartida no necesitamos pues tanto un cambio de política o economía, como de filosofía: poner a la persona en el centro de la máquina. Víctor Lapuente es politólogo.





























[ARCHIVO DEL BLOG] Palabras como regalo de Reyes. [Publicada el 06/01/2018]










“Pachuchos” puede ser una comida para perros; “aguacero”, ni gota de agua; y “universo”, un poema de una línea, escribe en El País Álex Grijelmo (1956), escritor y periodista, doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. El genio del idioma español también se divierte, comienza diciendo. Ya sabemos que, por un lado, ese personaje misterioso dicta ciertas normas mágicas que millones de hablantes obedecen sin darse cuenta. Por ejemplo, ha decidido que nuestros vocablos patrimoniales no formen plurales como “árbols” o “relojs”. Pero, por otra parte, el gran encantador de la lámpara maravillosa del lenguaje también es capaz de inventar juegos de palabras y poseer para ello las mentes desavisadas de José Luis Coll, Les Luthiers o Luis Piedrahita, sin excluir cualquier otra cabeza invadida por el ingenio del genio.
En el Diccionario de Coll (1975) supimos que “pateo” es “negar a Dios con los pies”: con Les Luthiers aprendimos que se dice “monólogo” cuando habla uno, pero que si lo hacen dos se trata ya de un “biólogo”, y Luis Piedrahita ha imaginado el término perfecto para definir la enfermedad de aquellas personas que acumulan en casa decenas de botes de gel robados en los hoteles: el síndrome de Diógeles. (Hallazgos como éste menudean en su espectáculo Las amígdalas de mis amígdalas son mis amígdalas o en su último libro: Cambiando muy poco, algo pasa de estar bien escrito a estar mal escroto).
Sin embargo, el aprendizaje de algo tan juguetón como la lengua se convierte para muchos escolares en un empeño desalentador. Ciertas gramáticas que sufren los alumnos incluyen frases como éstas: “El complemento de régimen verbal es un sintagma preposicional que se forma mediante la preposición que exige el verbo y un sintagma nominal”. “El complemento predicativo es un sintagma adjetivo que complementa a los verbos predicativos y concuerda en género y número con el sintagma nominal”. Ningún niño puede amar la lengua así.
La gramática no tiene por qué ser un potro de tortura en el que se exija a los alumnos clasificar oxítonas, paroxítonas y proparoxítonas; clíticos, enclíticos y proclíticos; las parasintéticas, los deícticos, los transpositores y otros sintagmas diversos.
Si niños y niñas disfrutan con los juguetes, hagamos primero que jueguen con la lengua. Y dejemos para mucho más adelante los términos técnicos y precisos con los cuales se entienden los gramáticos entre sí (mucho tiempo después de haber sido niños, claro).
Fue sorprendente el ejemplo de los escolares asturianos que participaron en los homenajes a Les Luthiers con motivo del premio Princesa de Asturias que recibieron en Oviedo el pasado octubre. Sus profesores y la fundación que organiza los galardones los convocaron a jugar con las palabras, y consiguieron recrear más de 4.000 términos.
Así, “pachuchos” pasó a ser una comida para perros; el “leotardo” da nombre a un leopardo de reacción tardía; la “buhardilla” representa una mezcla de ardilla y búho; la “encuesta” refiere una subida muy pronunciada; “aguacero” no puede significar otra cosa que “ni gota de agua”; el “universo” es un poema de una sola línea, y se llama “solfatear” a lo que hace el perro de un músico cuando está buscando el sol.
Vale la pena que en el año nuevo los niños jueguen con el lenguaje y con la gramática como con un amigo y una amiga, tal vez con el apoyo del Diccionario de Coll, los vídeos de Les Luthiers o los libros de Piedrahita. Tal vez así digan orgullosos en el colegio que los Reyes Magos les han traído unos juegos estupendos: los juegos del idioma. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt










viernes, 5 de enero de 2024

De la verdadera historia de un beso

 








Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz viernes. La comunidad tuitera comenta la muerte a los 93 años de Françoise Bornet, la mitad de la célebre foto del beso en París realizada por Robert Doisneau en 1950 que dio la vuelta al mundo, pero la imagen tenía truco, afirma en su artículo de El País la escritora Natalia Junquera. Merece la pena leerlo. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com










Historia de un beso
NATALIA JUNQUERA
05 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Las mejores ideas, como los Reyes Magos o el amor, suelen durar poco, o menos de lo que desearíamos. Crecer es, de alguna manera, dejar de creer, pero una vez perdida la fe, permanece el recuerdo, que es otra forma de ilusión. Las redes sociales dejan estos días buenos ejemplos de ello.
En varios idiomas (francés, inglés, alemán, portugués, español...), vecinos de distintos rincones del mundo comparten en X (antes Twitter) la misma noticia: ha muerto, a los 93 años, Françoise Bornet, la mitad de la célebre foto del beso en París realizada por Robert Doisneau en 1950. Es una de las imágenes más reproducidas y vendidas de la historia de la fotografía —figura en carteles, carcasas de móvil, fundas de cojín...— porque retrata —o porque se convirtió en— un patrimonio universal: la imagen mental que los parisienses y gente que jamás ha pisado la capital francesa tiene del amor. De ahí que para buena parte de la comunidad tuitera Françoise Bornet sea un personaje familiar, una muerte a lamentar en público.
La foto, magnífica, creció gracias a lo que espectadores de todo el mundo proyectaron sobre ella, pero, como en los Reyes Magos, que llevan varios días en el trending topic, detrás había más ilusión que realidad. Lo explicaba el historiador Fernando Siles (@itineratur, 113.000 seguidores) en un excelente hilo de X recuperado estos días y que acumula miles de retuits y favoritos. En él, relata resumidamente: “Un día, la revista Life le pide un reportaje de enamorados en París, y al día siguiente, está contratando unos actores porque no les vas a explicar a los americanos que eso no es nada fácil [corría 1950]. Hace como si estuviera sentado en la terraza de un café, con el Ayuntamiento al fondo, esperando que ocurriera algo extraordinario. Paga a los jóvenes, envía las fotos, cobra su dinero, archiva las fotografías y se olvida. Pasan 30 años. Le piden permiso para vender pósteres y, sin saber bien cómo, acaba en las paredes de las habitaciones de los adolescentes de medio mundo. Doisneau no para de recibir cartas de personas que se reconocen en la foto. Hasta se escribe una novela sobre ese fenómeno. La verdadera pareja se presenta. Son Françoise Bornet y Jacques Carteaud”.
Las hijas del fotógrafo custodian ahora su archivo. Una de ellas, Annette, ha explicado que odia con todas sus fuerzas la instantánea que dio fama mundial a su padre. El motivo es el juicio al que Bornet le llevó por los derechos de imagen. Doisneau ganó porque el tribunal estimó que a ella no se la reconocía en la foto y porque el hombre que la besaba entonces —y que le tapa buena parte de la cara— declaró a favor del artista. La pareja se había separado meses después del retrato. “A mi padre”, contaba Annette, aquello “le costó la vida. Nunca pudo entenderlo. Aunque murió de un problema hepático, en el fondo fue la tristeza lo que acabó con él”.
En su hilo de X, Siles recuerda que Doisneau, conocido como el fotógrafo de lo cotidiano, confesó una vez: “Yo no retrato la realidad como es, sino como me gustaría que fuera”. En el documental A través de la lente, un recorrido sobre su vida y obra, queda claro por qué: con siete años murió su madre, su padre se volvió a casar y su madrastra nunca fue cariñosa con él. Vivió dos guerras mundiales, la Gran Depresión... y poco después de empezar a hacer estupendos reportajes para periódicos de París, tuvo que irse a trabajar como fotógrafo al lugar menos romántico: una fábrica de coches. En cuanto pudo, buscó retener, con ayuda de su cámara, esa belleza que se escurría, al igual que se escapa la infancia, convirtiendo cada paseo en la oportunidad de encontrar algo extraordinario, como si todos los días fueran la mañana de Reyes. Natalia Junquera es escritora.
 












Del año en que se torció todo

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Un día quizá recordemos 2023 como el año que se torció todo, comenta en El País la escritora Marta Peirano, la crisis climática se hizo irreversible y la inteligencia artificial se descontroló, y podemos recordar el 2024 como el año en que luchamos por algo distinto. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Por una interpretación generosa del mundo
MARTA PEIRANO
02 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Un día quizá recordemos 2023 como el año que se torció todo. Entre noviembre de 2022 y octubre de 2023, la Tierra experimentó el periodo más caluroso jamás registrado. Los meteorólogos encontraron tormentas de categoría 5 en todas las cuencas oceánicas del mundo. El Amazonas empezó a producir más emisiones de las que captura. El hielo marino se desplomó hasta un mínimo histórico. El deshielo de glaciares terrestres y el suelo de los polos árticos ha elevado notablemente el nivel del mar.
Sin embargo, las emisiones procedentes de combustibles fósiles alcanzaron un máximo histórico: comimos más carne, compramos más ropa y viajamos en más aviones que nunca. Objetivamente, ya habíamos descartado el plan de mantener el aumento de temperatura por debajo de 1,5 grados centígrados cuando el presidente de la COP28, celebrada en Dubái, dijo que no hay evidencia científica que indique que es necesario eliminar los combustibles fósiles para limitar el calentamiento global.
En numerosas economías mundiales, el número de muertes había superado el número de nacimientos. Ni la covid-19 ni la guerra: fueron la dieta y la contaminación. La principal causa de muerte en el mundo son los accidentes cardiovasculares, causados por exceso de grasas hidrogenadas, azúcar y carne roja y procesada; y ausencia generalizada de fibra, semillas, frutas y verduras frescas. Pero nos da más miedo la inmigración. Nos preocupa tanto que preferimos renunciar a los pactos universales de derechos humanos que a la mortadela. El nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo cambia el sistema de cuotas por una acogida a la carta, donde los países pueden librarse de acoger migrantes pagando 20.000 euros por cabeza. La nueva ley europea de Inteligencia Artificial (IA) prohíbe los sistemas automáticos y remotos de reconocimiento biométrico, una tecnología racista, clasista y propensa a cometer errores, con excepción del contexto migratorio y policial.
Y nos preocupa la IA. Europa acordó esa primera ley de IA en noviembre, poco después de que Joe Biden emitiera una orden ejecutiva para someter su desarrollo a la seguridad nacional. El partido comunista chino prohibió entrenar modelos con contenidos que promuevan “el terrorismo, la violencia, la subversión del sistema socialista, el daño a la reputación del país” y acciones que “socavan la cohesión nacional y la estabilidad social”. Reino Unido reunió a 20 países en la primera Cumbre Internacional de Seguridad de la IA. Todos quieren controlar los usos y prevenir peligros que sólo existen en la fantasía colectiva propagada por los ejecutivos de las grandes empresas y la ciencia ficción. Pero nadie quiere contener el verdadero peligro: su rápida, aparatosa, sedienta e inflamable expansión.
El cuerpo de la IA es insaciable. Sus enormes infraestructuras de almacenamiento y procesamiento masivo crecen como una bacteria interplanetaria, metiendo sus gordos tentáculos en todas las fuentes de agua, energía, minerales y procesos administrativos y cognitivos disponibles. Come de todo: minas y salinas, plantas eléctricas, instalaciones nucleares, granjas solares, pueblos indígenas, estudiantes dispersos, periodistas estresados, poblaciones empobrecidas por la guerra, la sequía, el capitalismo y la globalización. Norteamérica aumentó un 25% su construcción de centros de datos, eso sin contar con los hiperescaladores: Google, Amazon, Meta y Microsoft. El CEO de Nvidia, el dealer de chips de alto rendimiento, calcula que van a gastarse mil millones de dólares en la expansión de una infraestructura capaz de alterar gravemente el precio y el suministro del agua y la electricidad. Eso tendrá consecuencias predecibles en el precio de la luz, la calefacción y el aire acondicionado, el transporte, los alimentos y el resto de la cadena productiva. Crece más rápido que las fuentes de energía sostenibles. Bebe más agua que la población mundial. Todas estas paradojas no son los síntomas de un brote psicótico colectivo ni los síntomas del declive cíclico e inexorable de la civilización occidental. Tampoco son los defectos del capitalismo. Son parte indispensable de su plan.
“El capitalismo es una máquina de inseguridad, aunque rara vez lo percibimos de esa manera”, escribió Astra Taylor en mayo de 2020 en la revista Logic Magazine. “Junto con las ganancias, los bienes de consumo y la desigualdad, la inseguridad es un producto fundamental del sistema. No es un subproducto incidental ni una consecuencia secundaria de la concentración de la riqueza; es una de las creaciones esenciales y habilitadoras del capitalismo”. La seguridad social favorece la empatía, la solidaridad entre vecinos y la colaboración. Favorece la ambición intelectual y espiritual sobre la económica y una interpretación generosa del mundo. Son valores en conflicto contra los principios fundamentales del sistema capitalista, como la competencia, la exclusión y la individualidad.
La máquina de inseguridad empieza 2024 habiendo metido muchos goles: la crisis medioambiental, la crisis mediática, el desencanto con la política. Las campañas oscuras de las plataformas digitales y la máquina de hechos alternativos de la inteligencia artificial. No es un buen año para que más de 2.000 millones de personas de unos 70 países salgan a votar. También podría ser que recordemos 2024 como el año que decidimos buscar una interpretación más generosa del mundo y luchar por él. Marta Peirano es escritora.



































[ARCHIVO DEL BLOG] Los peligros de la democracia actual. [Publicada el 02/01/2018]












La vida política da miedo, comenta en El Mundo el profesor Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU). Los de mi generación empezamos temiendo el comunismo, dice al comienzo de su artículo. Casi el primer recuerdo político que tengo es de fotos de los carros de combate soviéticos en las calles de Budapest en 1956. Vivíamos bajo la sombra de la bomba atómica, ante el temor al choque de los bloques que compartían el mundo. Experimentamos una serie de crisis, cada una de las cuales pudo acabar en el apocalipsis. Luego, en los 60, vinieron los excesos del imperialismo yanqui en Vietnam: estábamos entre dos aguas ideológicas. Entonces el maoísmo, tan admirado por los bienpensantes de aquel entonces, se mostraba como un totalitarismo más, tan cruel y agresivo como los demás. En 1968, todo daba miedo: el anarquismo de los hippies, el endurecimiento de los autoritarios. En los 70 nos enfrentamos al reto de las ambiciones de los países exportadores de petróleo y los funestos efectos económicos de los precios altos que impusieron. Tras un momento de optimismo, hacia el fin del milenio, con la caída de tantas dictaduras, volveríamos a sentir miedo, esta vez por el terrorismo, que nunca había dejado de amenazar la paz y la civilización pero que estalló de nuevo en 2001 con la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York. Desde entonces, los motivos de temor han ido acumulándose: los fanatismos religiosos, los nacionalismos, el populismo en Rusia, EEUU y los países marginales de la UE, con sus ecos de fascismo. 
Ahora, lo que más miedo me da es la democracia. O, mejor dicho, su fracaso, o los cambios corruptores que acaban por transformarla. Ya creíamos que se conocían perfectamente tanto los vicios de la democracia como sus virtudes. Aristóteles dio a conocer el gran peligro de que el vulgo confiara en un demagogo. Efectivamente, Atenas, la gran democracia del mundo antiguo, había elevado a Pericles, apoyado por las masas, para ser un dictador, suprimiendo a sus opositores y manteniendo bien atados a los aristócratas. Así que hasta la Ilustración, la democracia parecía poco apetecible a las élites europeas, que preferían dejar la elección de los líderes en las manos fiables de Dios, confiando en que el monarca se sometiera a los consejos divinos y evitara ser un tirano. El sistema funcionaba de una forma precaria. A Luis IX de Francia, por ejemplo, el cronista Philippe de Commynes lo calificó como el «mejor de los reyes, ya que, aunque oprimía a sus súbditos, no permitió que les oprimiese nadie más». 
Los filósofos del Siglo de las Luces sabían más y mejor, o eso creían. Inspirados por el "salvaje noble" de las selvas americanas y las arenas del Mar del Sur, descubrieron la supuesta sabiduría del "hombre común", a quien el romanticismo de fines del siglo XVIII prestó un matiz creativo, ensalzando la literatura popular, los cuentos de hadas y los poemas de Der Völk dichte. Los efectos fueron desastrosos. Cuando los aristócratas franceses cedieron poder al hombre común, éste a aquél le cortó la cabeza, no sé si por ejercer su sabiduría o su salvajismo. Menos en Norteamérica, exenta de los horrores de la Revolución francesa y los desastres de las guerras napoleónicas, el mundo civilizado decimonónico huyó de la democracia, encerrándose en los "edificios desmoronados" celebrados por Metternich.
El modelo de EEUU, empero, con sus grandes éxitos en comercios y conflictos, convencía poco a poco a los demás de que valía la pena ensayar la democracia representativa, recomendada por La democracia en América (1835) del liberal francés Alexis de Tocqueville, o El bien público americano (1880) del conservador inglés, James Bryce. Para frustrar los oráculos aristotélicos sólo hacía falta implementar las precauciones constitucionales estilo estadounidense: la separación de poderes, que no permitiera a ninguno de los órganos del Estado predominar sobre los demás, ni a un presidente convertirse en dictador; y el Estado de derecho, que restringiera los excesos de la plebe y previniera contra la tiranía de las mayorías.
Por supuesto, el sistema no podía ser perfecto: de allí el famoso chiste de Churchill, de que la democracia es el peor sistema de todos, menos los demás. A veces anomalías electorales en el sistema representativo dan mayorías legislativas a coaliciones minoritarias, tal como sucedió en Alemania en 1933 y en Cataluña en 2016, o favorecen a líderes apoyados por una minoría del electorado, como sucede a menudo en EEUU, con impudicia descarada en el caso de Donald Trump, que recibió tres millones de votos menos que su rival. A veces una alianza entre Ejecutivo y Judicial, como en la Venezuela de Maduro, o de Legislativo y Ejecutivo, como en la Cataluña de los secesionistas, se burla de la separación de poderes. La palabra democracia transpira un aire de legitimidad del que se abusa fácilmente, como en las repúblicas sedicientes democráticas de estalinistas y maoístas. 
Todos estos defectos, por graves que fueran, eran soportables. La gran democratización del mundo empezó en 1945, cuando Francia, Alemania e Italia volvieron a abrazar el sistema. Desde los años 70 del siglo pasado, con las transiciones de Grecia, España y Portugal, a los 90, cuando se disolvió el imperio soviético y la democracia volvió a establecerse en América Latina, Sudáfrica, y el resto de Europa, pareció que la dialéctica histórica tocaba a su fin y que la democracia era el destino inevitable del mundo. La última fase democratizadora fue la Primavera árabe. Casi en seguida, las nuevas democracias empezaron a deshacerse. Nos dimos cuenta de que el triunfo había sido ilusorio. A pesar de todo, hubiese sido razonable seguir creyendo en la democracia, por lo menos como un sistema ideal que quedaba por realizarse, salvo por dos circunstancias nuevas que se insinuaban casi sin detectarse en el nuevo milenio. 
En primer lugar, los medios sociales cambiaron las reglas del juego político, aumentando el poder de los demagogos, quienes ya pueden incitar a sus seguidores instantáneamente sin hacer caso ni a la verdad ni a la crítica. Con un toque al teclado se organiza una manifestación para inhibir y silenciar a los conciudadanos. Se llenan las calles de atropello. Se arma una revolución. Se ordena un referéndum ilegal: fue por su superioridad en manipular los teléfonos móviles que los secesionistas flanquearon los esfuerzos del Gobierno español del 1-O. Con el abuso de Twitter, Donald Trump domina los medios, y lanza mentiras que vuelan tan rápidas que han circulado por el mundo antes de que la verdad se haya puesto las botas. A sus seguidores les quita el tiempo de reflexionar. A sus opositores les sustrae la oportunidad de someter sus burradas e insultos a la crítica racional y detenida. 
Extravíos extremos -fanatismos políticos y religiosos- tienen el mundo a su alcance. Sectas y celdillas se convierten en movimientos y hasta en Estados islámicos. Piratas electrónicos intervienen en las elecciones y aspiran a controlarlas. Internet se disuelve en lo que llamo cibercélulas, donde los que comparten sentimientos se reafirman en los prejuicios. La democracia viable en su sentido tradicional depende del discurso racional, el debate público, la oportunidad de escuchar a todos los partidos y discrepar entre ellos. La oportunidad se ejerce cada vez menos. El discurso se silencia ante el ruido de los tuiteos. Los medios tradicionales -la prensa, las emisoras serias- están muriendo por falta de apoyo público. Cada vez que se les abandona, la democracia muere un poco.
Mientras tanto, el cambio más inesperado es algo que hubiera sorprendido mucho a Aristóteles. Sigue aliándose con los demagogos que Aristóteles temía. Pero ahora está surgiendo una nueva alianza absolutamente diabólica entre la democracia y la plutocracia, principios que el sabio griego creía opuestos e irreconciliables. En EEUU los electores ya no votan según sus intereses económicos sino para expresar su odio hacia élites tradicionales y minorías desgraciadas. El populacho confía en millonarios populistas que saben cómo explotar a sus obreros y clientes y siguen practicando la explotación cuando alcanzan el poder. El presidente Trump está convirtiendo el Gobierno de EEUU en un negocio más para aumentar su propia fortuna y la de sus familiares y compinches. Los oligarcas que dominan el Congreso acaban de aprobar un presupuesto que enriquece a los ya ricos. La democracia se ha vuelto temible. Pero no existe otro sistema mejor. Sólo hay que aguantar e intentar adaptarse. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt










jueves, 4 de enero de 2024

Del funcionamiento natural de las cosas

 








Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz jueves. “Nosotros tenemos hambre y ustedes dan de comer, ¿no? Pues nos tienen allí a las dos en punto”. A veces las cosas funcionan así, y es cuando funcionan mejor, comenta el escritor Manuel Jabois en El País. Que el 24 empiece en los mismos niveles de poesía y alucinación con los que transcurrió el 23 es todo lo que ya le pido a la vida, incluso con el listón por las nubes, concluye diciendo. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com










El universo sigue funcionando
MANUEL JABOIS
03 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El taxista se parecía al que nos recogió en el Etxebarri. Etxebarri es un restaurante con una lista de espera del demonio, pero mi amigo Óscar consiguió mesa hace poco y nos fuimos para allí unos cuantos. De vuelta, el taxista nos contó que él una vez llamó al Etxebarri porque su hijo quería comer, y avisó de que irían los dos ese mismo día. Le respondieron, estupefactos, que no había mesa. Y dijo con una lógica muy bilbaína: “Nosotros tenemos hambre y ustedes dan de comer, ¿no? Pues nos tienen allí a las dos en punto”. A esa hora tenían una mesa lista. A veces las cosas funcionan así, y cuando lo hacen, funcionan mejor. Mi teoría, dije al taxista, es que en el restaurante fueron sensibles a la expresión “dar de comer”. Mi amigo Manu Domínguez, del restaurante Lúa, también dice que él da de comer. Un día de tormenta, llegamos Patri y yo desde el Bernabéu casi a las doce, empapados y famélicos, y parecía que le había tocado el Gordo: “¡Para esto tengo una casa de comidas!”, gritó poniendo un caldo en la mesa.
El taxista se parecía al taxista bilbaíno pero no lo era; era sevillano y tenía una emisora puesta en la que sonaba Nothing Compares. Era 31 por la mañana, y el día anterior nos reunimos como en un milagro unas 20 personas que estábamos en Sevilla a nuestras cosas, que son comer, cantar y bailar (si me dicen hace un año que 2023 sería el año en que más bailase, me lo creería; yo me creo todo lo que tiene que ver conmigo).
El taxi se paró en un semáforo y a su lado paró otro. En él iba una mujer morena con unos airpods, sentada con la espalda muy recta, mirando de frente. Lloraba. Como yo escuchaba Nothing Compares, la escena era muy cinematográfica. ¿Por qué lloraba? Quizá lo necesitaba. Yo lloré desde que me desperté el 27 de abril hasta que me acosté el día 28, sin interrupción salvo para dormir —supongo—. En medio, participé en un podcast en el que fingía emocionarme para justificar las lágrimas, y entrevisté a Toni Kroos, que me preguntó si tenía mucho calor, porque por debajo de mis gafas de sol caía mucho sudor. Cuando digo que no paré, es que digo de verdad que no paré, y no es por dar pena: pena daba cuando no lloraba. ¿Por qué lloré? Creí que lo sabía entonces, pero ya no lo sé. Era algo que necesitaba y que tenía que ver solo conmigo; quizá necesitaba espacio en el cuerpo, como cuando expulsas una piedra del riñón a meada limpia.
La mujer, entonces, se giró y miró para mí; yo miré rápidamente a otra parte, pillado en falta. Pensé en que el último día del año siempre hay más razones por las que llorar que cualquier otro, y quizá la mujer estaba recordando a alguien. O es que le echó un ojo al taxímetro, hay gente para todo.
Al ponerse en verde el semáforo, nos fuimos cada uno para un lado. Ya no sonaba Nothing Compares. Me esperaba gente para comer. Por fin, este martes, cuando estaba en el aeropuerto, leí un mensaje que me había llegado por Instagram: “Estamos empatados. Yo te vi llorar hace meses en una terraza de Madrid, estaba en la mesa de al lado”. Que el 24 empiece en los mismos niveles de poesía y alucinación con los que transcurrió el 23 es todo lo que ya le pido a la vida, incluso con el listón por las nubes. Manuel Jabois es escritor.