lunes, 1 de enero de 2024

De la diáspora invisible

 





Hola, buenos días de nuevo a todos, feliz lunes y feliz año nuevo. Para un profesional muy cualificado, comenta en  El País el escritor y académico de la Real Academia Española Antonio Muñoz Molina, irse de España es bastante fácil, lo difícil, lo imposible con frecuencia, es volver, porque el país que les costeó una educación no les ofrece ni la posibilidad de una vivienda digna. Biografías posibles que quedan truncadas, vidas que dejan de ser jóvenes mientras todo en ellas sigue siendo provisional e incierto. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com









Una diáspora invisible
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
30 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com 

Aquel bebé llorón al que sostuve con dificultad en brazos mientras lo bautizaban hace veintitantos años es ahora un joven reflexivo y cordial que terminó con brillantez la carrera de ingeniería biomédica en España y ahora apura sus vacaciones familiares antes de regresar a la ciudad alemana donde vive, completando estudios de posgrado en el departamento de investigación de una gran empresa. Trabajó un tiempo en España, en el último año de la carrera, pero me cuenta que las condiciones laborales eran peores, y que le costaba mucho desplegar sus iniciativas como investigador. Nada más llegar a Alemania todas las dificultades se convirtieron en ventajas. “Alemania está muy preparada para recibir emigrantes”, me dice. La beca que le dieron incluía una vivienda gratuita. Su novia viajó con él e investiga y trabaja en un campo parecido, la biotecnología. Los dos tuvieron una formación de alta calidad en España. Los dos saben que para progresar en sus carreras tendrán que vivir en otros países, Alemania, tal vez, Austria, Francia, Suiza. Mi ahijado aprovecha los últimos días de vacaciones para salir con los amigos y aprender de su padre recetas de cocina familiar que le alivien en el extranjero la nostalgia alimenticia, que es una de las más poderosas que existen. Quiere inventar cosas nuevas que mejoren la relación de los enfermos con los instrumentos tecnológicos de los que dependen la vida y la salud en momentos cruciales. Quiere investigar y quiere emprender, me dice, con una mezcla de vocación científica y de inquietud social, porque tiene el proyecto de una ONG dedicada al perfeccionamiento y la accesibilidad de las sillas de ruedas. También quiere consolarse de la extranjería, que suele agravarse los domingos, cocinando platos de cuchara españoles, arroces caldosos y potajes de legumbres.
He conocido a muchos y muchas como él en cada ciudad de Europa o de América en la que he vivido, o a las que he viajado. Gente joven, brillante, despierta, entusiasta, siempre muy apreciada en su ambiente de trabajo, dotada de un rigor intelectual y técnico igual al de cualquier colega de otro país, y muchas veces también de una flexibilidad y un talento para la improvisación quizás puramente hispánicos, o mediterráneos, o sudeuropeos, palabra ésta que no sé si existe. Salieron para hacer una maestría, o un doctorado, y ya no han vuelto, y no por decisión propia. Durante unos años han disfrutado de la exaltación y la novedad de estar fuera, descubriendo idiomas, ciudades, países, amistades, formas de vida y de trabajo. Irse lejos y hacerse una vida despierta el espíritu al liberarlo a uno de las rutinas de lo cotidiano y la comodidad de lo bien conocido. El progreso en el conocimiento de la especialidad elegida sucede en paralelo con la maduración personal, acelerada por el trato con los desconocidos y la amplitud de los horizontes y las posibilidades de aprendizaje.
Viene después una fase que no suele tener un comienzo preciso, porque se va insinuando incluso en las épocas de mayor entusiasmo. Quien se fue sin reparar mucho en lo que dejaba atrás encuentra en sí mismo una forma inesperada de añoranza que no se alivia con los regresos transitorios. Quizás ha pasado más tiempo del que calculó al principio que duraría la ausencia, o ha ido notando con mayor agudeza la falta de cosas que antes no apreciaba y la lejanía de personas que van cumpliendo años, y a las que el regresado les nota de repente la edad impresa en la cara. Y ahora se da cuenta de que está llegando a una frontera que todo expatriado descubre ante sí más pronto o más tarde: si continúa viviendo fuera, se convertirá en un extranjero permanente, no ya en el país de acogida, sino en el de su origen. La extranjería es más imperiosa cuando se ve encarnada en los hijos. He conocido a parejas de españoles bien instalados en Estados Unidos que regresaban antes de que los hijos entraran en la adolescencia para que no se les convirtieran definitivamente en americanos.
Para un científico, un profesional muy cualificado, un especialista universitario en Humanidades, irse de España es bastante fácil. Lo difícil, lo imposible con frecuencia, es volver. Se hacen tentativas que no cuajan, por falta de oportunidades a la altura de los méritos acumulados, y también de destreza en la sórdida picaresca española del tráfico de influencias. Un historial académico de logros internacionales puede no contar nada para el acceso a una plaza universitaria cuya convocatoria pública es una estafa consentida por todos, porque de antemano se sabe el nombre de quien va a ocuparla. En un país devorado por la mala hiedra de las relaciones clientelares, saber mucho y poder demostrarlo de manera fehaciente importa menos que conocer a alguien. Las únicas artes que no ha llegado a aprender quien se ha forjado en ambientes de máxima integridad profesional son las artes de la intriga.
En el deseo de volver, la querencia personal suele estar vinculada a una intención ética, una voluntad de devolver al propio país una parte de lo que se recibió de él gracias a una costosa educación pública. Como mi ahijado especialista en ingeniería biomédica, muchos otros jóvenes, al menos en el campo de las ciencias —sin duda no tan propensas al gato por liebre y a la marrullería como las humanidades— han logrado una formación de tal calidad que los capacita para ocupar puestos en las empresas o las universidades más exigentes de otros países, pero no las del suyo, que les costeó la educación pero no les ofrece ni la posibilidad de una vivienda digna.
En Nueva York, en Ámsterdam, en Berlín, en París, en Viena, he encontrado las caras y las voces de esta diáspora innumerable, que arreció después de la crisis de 2008 y no se ha mitigado nunca. Estén donde estén, y aunque se dediquen a saberes y tareas muy distintos, tienen un aire común, una cualidad entre festiva y melancólica, que se muestra en las celebraciones y en el desaliento sobre las perspectivas de una vida futura en España. Dicen: “Es un buen país para vivir, pero no para trabajar”. Algunos extreman un espíritu crítico cargado sin duda de razones, pero que tiene en el fondo algo del despecho de un amor no correspondido. En una columna reciente, el periodista económico Andreu Missé, a quien hay que leer cada semana para aprender cosas esenciales sobre la justicia y la injusticia social, ha explicado esta diáspora con la claridad desoladora de los números: en 2021 se marcharon de España 381.000 personas “con alta cualificación académica y formación profesional”; en 2022 fueron 426.000. Algo más de la mitad han encontrado trabajo en países de la Unión Europea; casi todos los demás han emigrado a Estados Unidos.
Son más de mil personas yéndose cada día. Y quizás serán todavía más cuando se sepan las cifras de 2023. Profesores, científicos, técnicos, ingenieros, cada uno y cada una con su dosis de arrojo y entusiasmo, con sus ganas de aprender y de hacer, con su ardorosa propensión a disfrutar de la vida y al mismo tiempo a sumergirse disciplinadamente en trabajos de investigación y descubrimiento. Andreu Missé hace el cálculo escalofriante de la riqueza que todos esos jóvenes dejan de producir al marcharse de España, pero como mi imaginación para los números es muy limitada yo pienso en las biografías posibles que se quedan truncadas, en vidas que dejan de ser jóvenes mientras todo en ellas sigue siendo provisional e incierto. Y me imagino a mi ahijado, en la quietud de un domingo de invierno alemán, preparando un arroz caldoso tan concienzudamente como si fuera un experimento biomédico, deshaciéndose de felicidad y nostalgia con la primera cucharada. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Real Academia Española.























[ARCHIVO DEL BLOG] La gran coalición. [Publicada el 08/01/2016]









Se les va a partir la punta a los lápices de tantas líneas rojas como se están poniendo unos a otros... Como saben los lectores de Desde el trópico de Cáncer, nunca comenta los resultados electorales. Me podrán gustar más o menos, o nada, pero son los que son, lo que han querido los dueños de esto que llamamos España, y ahora como muy bien dice el profesor Xosé Luis Barreiro en La Voz de Galicia, le queda administrar y traducir esos deseos, o ese error, que todo puede ser, a los políticos electos. Para eso se les paga: para resolver problemas, no para agravarlos. Y esa, y no otra, es su tarea: "La democracia se articula sobre ese momento sublime, periódico y frecuente en que los ciudadanos escogen y determinan la composición del Gobierno, dice el profesor Barreiro. Votando con libertad e inteligencia ejercemos un poder incontenible, que, por encima de condiciones mediáticas y estructurales, es capaz de optar por continuidad o cambio. Pero la consecuencia es prescindir de los chivos expiatorios, a los que siempre queremos transferir los errores, y asumir directamente la responsabilidad de nuestras decisiones".
Se equivocan lamentablemente todos: PP, PSOE, Podemos, Ciudadanos, lo que queda de IU y nacionalistas varios, poniéndose mutuamente líneas rojas imposible de franquear. Precisamente en eso consiste la política, en hacer posible el acuerdo mayoritario sin miedo a pisar las imaginarias líneas que cada uno se ha impuesto a sí mismo ni a pisar las de los otros.
Se equivoca el PP pretendiendo contra toda lógica la preeminencia política a la hora de formar gobierno por el hecho de tener más diputados que el segundo (el PSOE) pero menos que todos los demás juntos. No es así como funciona la democracia parlamentaria. Lo dejaba muy claramente expuesto Soledad Gallego-Díaz hace dos semanas en El País: "En teoría, (de conformidad con el artículo 99 de la Constitución) el Rey podría constatar en ese mes que tiene de plazo para proponer un candidato a la presidencia del gobierno, tras sus conversaciones con todos los grupos, que Rajoy no dispone de mayoría, ni absoluta ni relativa, y que otro candidato, de otro partido, sí es capaz de alcanzarla y, obrando en consecuencia, ignorar a Rajoy. La Constitución no indica en ningún momento que el Rey esté obligado a proponer al presidente del Congreso a quien obtuvo más votos, sino a quien estima que podrá conseguir la confianza del Congreso".
Se equivoca Podemos defendiendo una falacia como es la del supuesto derecho a decidir de los catalanes, aunque lo haga promoviendo el "no" en esa hipotética consulta. Lo explica muy bien Ramón Vargas Machuca-Ortega, catedrático de Filosofía Política, en un reciente artículo en El País: "Una afirmación tan genérica y equívoca (como la del supuesto derecho a decidir) pretende alterar el sentido y alcance del derecho de participación política. A partir de ella cualquier colectivo puede invocarla para decidir lo que le venga en gana, aduciendo que toda expresión de autogobierno es valiosa para engendrar legitimidad. Como si ésta no dependiese de la calidad moral de lo que se decida y cómo; como si el alcance y ámbito de nuestra capacidad de autogobierno no estuviese delimitada por los otros derechos y el derecho de los otros. Sin duda, el de participación política es básico e insustituible pero está circunscrito por un núcleo de razones sustantivas que se resumen en el repertorio de los Derechos Humanos y unos procedimientos que se sustancian en el buen funcionamiento del Estado de derecho. Sin ese horizonte moral y asiento institucional ninguna comunidad política deviene comunidad de justicia. Contra este fundamento arremete el proceso independentista, al tiempo que mina algunas de las condiciones que hacen viable la democracia".
Y se equivocan lamentablemente PSOE y Ciudadanos, segunda y cuarta fuerzas parlamentarias, limitando sus propias posibles opciones de gobierno. El primero, con su "no" tajante a cualquier tipo de pacto con el PP: ¿Incluso a un gobierno de coalición a tres (PP-PSOE-Ciudadanos) presidido por ellos? Los segundos, con su negativa a cualquier tipo de acuerdo con cualquier otra fuerza política que no comparta su visión de las cosas. Ambos ocupan el centro político del panorama parlamentario español. Uno por la izquierda y otro por la derecha. ¿Tan locos están ambos que van a desaprovechar la enorme oportunidad que se les abre de encarrilar la compleja situación que la voluntad de los españoles ha manifestado con su voto?
Siento una profunda admiración por Josep María Colomer, profesor de economía política en la Universidad de Georgetown (Estados Unidos). Autor de numerosas publicaciones, con estudios teóricos y comparativos sobre votaciones y elecciones, instituciones  políticas y cambio institucional, política europea y procesos de democratización. De él he leído con sumo interés, aunque no sé si con aprovechamiento, algunos de sus libros más famosos, entre ellos: Lecturas de teoría política positiva (1991); La transición a la democracia. El modelo español (1998); y su fascinante El arte de la manipulación política (1990)
Josep María Colomer defendía hace unos días en El País, en un más que interesante artículo, la magnífica oportunidad que "el nuevo pluralismo político crea para que la política española se acerque a los usos democráticos característicos de Europa mediante la formación de un Gobierno de super gran coalición con populares, socialistas y liberales, es decir, con el PP, el PSOE y C’s. Esta fórmula de gobierno permitiría desarrollar políticas públicas de consenso, llevar a cabo reformas institucionales que requieren acuerdos supermayoritarios y apuntalar la profesionalidad de los organismos independientes, especialmente la justicia. Para ello no basta con un acuerdo para la investidura, añadía. Se necesita un pacto para la formación de Gobierno, con documentos escritos y públicos en los que cada partido se moje, asuma compromisos concretos y rinda cuentas después".
El buen ejemplo viene de Europa, sigue diciendo: "En este momento, hay Gobiernos de coalición multipartidista en 21 de los otros 27 países miembros de la UE, 13 de los cuales, empezando por Alemania, son Gobiernos de gran coalición con partidos de derechas y de izquierdas. Asimismo, tanto la mayoría legislativa estable del Parlamento Europeo como la Comisión elegida por el Parlamento están formadas por los partidos Popular, Socialista y Liberal europeos, los cuales reúnen cerca de dos tercios de los votos y los escaños. La super gran coalición centrista europea es la base para la toma de decisiones con un amplio consenso y la cooperación interinstitucional"
España ha sido hasta ahora una chusca excepción, añade: "Es el único país de Europa en el que no ha habido nunca un Gobierno de coalición y en el que todos los Gobiernos de un solo partido se han apoyado en una minoría de votos populares. La media de apoyo electoral de los Gobiernos españoles desde 1977 ha sido del 41%. Ahora, el apoyo del partido más votado es menos del 29%, por lo que un Gobierno de un solo partido, aunque recabara apoyos parlamentarios, sería una receta segura para la frustración social, la polarización política, la ausencia de reformas, la parálisis institucional, la caída de la economía y las elecciones anticipadas".
Para el PSOE y C’s, concluía diciendo: "Una abstención conjunta sin entrar en el Gobierno, además de despedazar la gobernanza del país, sería una autoinmolación. La contribución de C’s, aunque numéricamente no sea estrictamente necesaria, es crucial: puede hacer viable el acuerdo entre la “vieja derecha” y la “vieja izquierda”, como dicen ellos, y evitar que la gran coalición se convierta en una colusión para bloquear el sistema y taparse mutuamente las vergüenzas. Asimismo, C’s solo podrá configurar con claridad su posición centrista si participa en el pacto con los otros dos. Una coalición de gobierno se basa en la cooperación entre los partidos. Pero en una configuración nueva y fluida como la actual, los partidos, mirando al futuro, querrán mantener también elementos de competencia. Por ello algunos cabezas de lista podrían preferir quedarse fuera del Gobierno, de modo que cada uno de los partidos mantenga su perfil, pueda vigilar el cumplimiento de los compromisos contraídos y apoyar, presionar y, en caso necesario, criticar e instar cambios. Esto puede crear una buena oportunidad para nombrar ministros independientes y expertos competentes y elevar la calidad de la gestión gubernamental". Comparto plenamente la opinión del profesor Colomer, pero tengo dudas razonables de que los políticos españoles estén a la altura que los españoles se merecen. Aunque por una vez, al menos una vez más, me gustaría equivocarme. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











domingo, 31 de diciembre de 2023

De la palabra fin

 










Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. Nos gustan los finales falsos, nos alientan, comenta en El País de hoy el escritor Martín Caparrós, nos inflan con la sensación de que podemos empezar de nuevo.  Esta noche, que esperamos, añade, será el final de algo, el fin de nada, el principio de nada. De nada pero tanto, y muchas gracias. Lo mismo les digo yo: Gracias mil por haber compartido conmigo este 2023 que por fin se acaba. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com






La palabra fin
MARTÍN CAPARRÓS
30 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Ya llega el fin. Hoy se acaba algo cuyo final dura tan poco que su principio se le superpone: fin de año, comienzo de año, todo en una noche vieja y repetida.
Pero en un rato lo celebraremos, chocaremos cavas y cabezas, nos atoraremos con campanas y uvas, nos diremos aquello de buen fin y mejor principio —aunque lo que nos importe no sea ni el fin ni el principio sino lo que vendrá después, la ilusión del reseteo y la esperanza de hacernos más o menos otros. Para eso precisamos creer que hoy, al fin y al cabo, por fin llegará un fin: algo debe acabarse.
La palabra fin es tajante como pocas: viene del latín, donde significaba the end, y siempre fue lo mismo. Tiene, claro, sus derivas raras, como finanza, que al principio, en su origen francés y medieval, significaba “pagar un rescate”. Cualquier parecido con la acepción actual no es mera coincidencia —y por eso, todavía, multa en inglés se dice fine.
Y está toda la línea de sus opuestos soñadores: sinfín, el infinito, definir. Pero lo que importa en la palabra fin es esa ilusión de que las cosas se terminan. Hay algunas que sí: cada uno de nosotros, por ejemplo, o un libro que leemos o escribimos o una felicidad de aquellas o ese guiso de lentejas tan sabroso. Pero nos la pasamos viendo fines ilusorios, o fines reales de entes ilusorios. Si las cosas no tuvieran un fin previsible serían insoportables. La ilusión del final aparece tan clara en italiano, ese tataranieto torpe del latín. Hay una canción sesentera que lo sintetiza: “Fin’a quando, amore, fin’a quando…”, para decir hasta cuándo, amor, hasta cuándo, o sea: cuándo va a terminarse este desastre.
Y entonces, por si acaso, nos llenamos de finales y principios. ¿Qué cambia en nuestras vidas que se acabe una convención que llamamos año 2023? ¿Qué será diferente a partir de mañana, cuando la llamemos 2024? Seguramente tan poquito, si es que algo, pero nos gustan esos finales falsos, nos alientan: nos inflan con la sensación de que podremos empezar de nuevo, que hay algo —que generalmente no nos gusta, que suele llamarse nuestra vida— que se acaba y que, entonces, algo empieza. Es el truco más viejo del manual.
Y entonces aprovechamos el supuesto fin para fijarnos nuevos fines. Porque lo mejor de la palabra fin es que es —como todas las buenas— tan ambigua: puede ser la conclusión de algo, puede ser el objetivo de algo. De ahí su participación en una de las frases más sinuosas del castellano actual: aquello de que “el fin justifica los medios”.
Más chico, yo creía que significaba tout est bien qui finit bien —está bien lo que termina bien—, que si el final era bueno todo el trayecto era bueno, pero no: quiere decir que si los fines son buenos, cualquier medio vale. Y como el que relata tiene la potestad de definir qué fines son buenos, puede aceptar medios muy raros. Pocas frases, pocas ideas, han sido tan usadas para defender las peores canalladas.
En cualquier caso, esos malabarismos son otra prueba de la ambigüedad de la palabra fin. ¿Por qué mantenemos esos vocablos socarrones que nos provocan sobre todo dudas? ¿Por suerte? ¿Por placer o pereza? ¿Por pura marrullería? ¿Para darnos el gusto de escribir alguna vez una palabra tan espléndida como marrullería? ¿O solo porque hablar es, en realidad, decir algo que el otro puede entender de varias formas, resignarse entonces a la escucha del otro —por conveniencia, por cansancio, por amor, por riesgo? ¿Porque hablar es tratar decir algo y nunca saber del todo qué es lo que estás diciendo, qué te escuchan?
Hay grados, siempre hay grados. El final puede reemplazar al fin pero la final, en cambio, ya es muy otra cosa. Esta noche, que esperamos no será final, será el final de algo, el fin de nada, el principio de nada. De nada pero tanto, y muchas gracias. Martín Caparrós es escritor.









De las cosas que solo se aprecian con los años

 






Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. No entendí las lágrimas de mi familia en Nochevieja, dice en El País de hoy la escritora Ana Iris Simón, hasta que un día me descubrí, ya sin vestido hortera ni entrada para ningún cotillón, con una lágrima corriéndome por la mejilla mientras en la tele voceaban “feliz año nuevo”. Y es verdad, hay cosas que solo se aprecian cuando vemos pasar los años...  Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com








Salud, alegría y levedad
ANA IRIS SIMÓN
30 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Las uvas de mi infancia eran en un piso de protección oficial, el de mi tita Toñi, en cuyo salón había siempre más gente que sillas. Antes de brindar se echaba algo de oro en la copa, un anillo o una esclava. Se fumaba y se reía mucho, era imperativo llevar algo rojo y cuando por fin sonaba la última campanada, siempre había alguien a quien se le caían las lágrimas: mi abuela María, la Rebeca, la Alma, quizá todas ellas.
Yo entonces no entendía mucho. Andaba toda la noche correteando de la cocina al salón y del salón a la cocina, contando una y otra vez las uvas que había en cada vasito de plástico y recolectando las millas de los paquetes de tabaco para que mi abuela y la Toñi las canjearan después por camisetas. Me embriagaba con la emoción del resto, pero veía que entre los adultos y yo había un muro, algo que ellos entendían o sentían y yo no. Quizá porque para los críos el año empieza en septiembre; igual porque, al contrario de lo que solemos pensar, crecer es ir incorporando creencias y supersticiones en lugar de deshacerse de ellas. El caso es que lo único que ocurría para mí el 31 de diciembre era que quedaba un día menos para la noche de Reyes. Aún no me creía del todo, como escribe Leila Guerriero, esa farsa renovada de que algo nuevo va a empezar.
Después llegó la adolescencia y con ella los SMS (“x más risas juntas este año, tqm”), y Nochevieja pasó a ser una excusa para llevar vestidos horteras y salir. Llegaron las entradas carísimas a garitos de mala muerte y las listas de buenos propósitos. Dejé de hacerlas con veintitantos y por una razón muy ridícula: en un suplemento de tendencias de un periódico leí a una psicóloga argumentando que suponían un perjuicio para la salud mental. Defendía que todas esas expectativas y propósitos, con demasiada frecuencia incumplidos, acababan generando ansiedad.
Supongo que entonces seguía sin entender las lágrimas de mi familia materna, pues las campanadas habían pasado a ser, simplemente, el pistoletazo de salida a la fiesta. Hasta que un día me descubrí a mí misma, ya sin vestido hortera, ya sin entrada para ningún cotillón, con una lágrima corriéndome por la mejilla mientras en la tele voceaban “feliz año nuevo”. Volví entonces a mi abuela, a la Rebeca y a la Alma. Entendí que se emocionaban por los que se habían ido y por los que vendrían, porque deseaban que en el año que entraba hubiera más trabajo o menos hospitales, por las bodas, los bautizos y los funerales.
Más o menos al mismo tiempo dejé de leer, gracias a Dios, los suplementos de tendencias de los periódicos. Maldije a la psicóloga aquella, cuyo discurso entroncaba con un paradigma muy en boga —y nocivo, ese sí— que nos dice que uno tiene que aceptarse a sí mismo en lugar de, como recomendaba Cortázar, vivir combatiéndose. Y volví a hacer listas de buenos propósitos para el año nuevo.
Así que para 2024 les deseo lo mismo que a mí: salud, alegría y levedad, que no es lo mismo que intrascendencia. Caridad, esa virtud teologal tan mal entendida, para mirarse y mirar. Ser como un Jano Bifronte, capaz de mirar hacia delante sin perder de vista lo de atrás. Paciencia para aguantar y coraje para decir basta. Cosas buenas, bellas y verdaderas. Y una mirada limpia para saber apreciarlas. Feliz año nuevo. Ana Iris Simón es escritora.







De la vida como acertijo

 








Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. Los resúmenes, las listas, los balances existen para atajar la nostalgia del final, comenta en El País de hoy la escritora Laura Ferrero. Medir el año en libros, en películas, en buenos momentos, dice, no deja de ser un intento de fijar lo que se ha ido,  pero la vida con sus finales y en especial el del mes de diciembre, no es sino un acertijo cuya respuesta creemos conocer, pero que no conocemos. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com









Estaremos de nuevo en casa
LAURA FERRERO
30 DIC 2023 - El País - harendt

Mis años terminan siempre en un mismo apartamento: un 5º 3ª, escalera C, desde cuya cocina se ve el mar. A las 17.30 de cualquier 26 de diciembre, alguien ha emplatado ya los turrones, y ese mismo alguien probablemente se habrá atrevido con una barra de turrón de donut o de churro arguyendo que “hay que innovar”. Pero antes de la irremediable frustración que supone constatar que el turrón de donut no sabe a donut, mi padrino se levanta raudo de la mesa y me hace un guiño para que lo siga hasta la cocina. Ahí, se detiene frente al ventanal. Apenas queda luz. El cielo es de una tonalidad anaranjada, cobriza, y las siluetas de los edificios de primera línea de mar se recortan sobre un mar quieto, tranquilo, de un azul grisáceo. Por unos instantes, ninguno de los dos habla y entonces, él saca una foto con su teléfono. Años atrás, él me subía a un taburete para que viera el mar. Ahora, pasa su brazo alrededor de mis hombros y murmura algo que ya se ha convertido en letanía: otro año que se va. Los años, como tantas otras cosas de la vida, terminan cuando alguien invoca su final.
Empezar es fácil. Un idioma, un año. A gatear, a hablar. Una relación. Una rutina. Un relato. El verbo estrenar no está contaminado aún por los usos de la costumbre y quizás por eso nos gusta tanto. Porque no está gastado. Pero los finales se nos atraviesan porque nadie nos dijo “esto termina aquí”, ni qué hay que hacer para desembarazarse —y olvidarse— de lugares, de personas, o de años. Así, cada tipología de final requiere de sus propias liturgias, que consisten, en este caso, el de la despedida de un año, en mirar hacia atrás para poder impulsarnos hacia ese otro que se acerca. Y esto me lleva a aquella anécdota del filósofo polaco Leszek Kolakowski que, para explicar ciertas dinámicas y comportamientos sociales, citaba a menudo el alarido con el que el conductor de un tranvía de Varsovia trataba de acomodar a sus pasajeros. Decía: “¡Avancen hacia atrás!”. Algo de esa exhortación resuena en la solemnidad con la que enfilamos el final de un año, en esas infinitas recapitulaciones, en las inverosímiles listas de propósitos y tendenciosos balances con los que nos zambullimos en la ilusión de empezar algo distinto, otro año en el que seguro, esta vez sí, seremos mejores.
Los resúmenes, las listas, los balances existen para atajar la nostalgia del final. En realidad, medir el año a peso, en libros, en películas, en buenos momentos, atreverse con algo así como los grandes hits de los 12 meses pasados, no deja de ser un intento de fijar lo que se ha ido. Para decir: viví, estuve, leí. Para archivar el año en una sinopsis de cuatro líneas. Por no hablar de esa seriedad con la que nos pasamos factura a nosotros mismos —en los balances, aunque no lo hagamos por escrito— como si, en definitiva, lo que nos ocurre, esas cuentas del Debe y el Haber solo dependieran de nosotros. Como si lo que más nos pesará no fuera justamente esa partida que no aparece en el balance ni en ninguna lista, que es la partida de lo que finalmente no terminó sucediendo.
Durante los veranos de su infancia, en su casa de Vyra, la madre de Vladímir Nabokov lo animaba a observar el paisaje con una fórmula mágica: le repetía: ”Vot zapomni” (ahora, recuerda). Aludía, creo, a los detalles. A quedarse con ellos. Porque siempre son los detalles y si en las listas de propósitos escribiéramos ”tirar por fin esa camiseta rota”, “no interrumpir a mi pareja cuando habla” o “no volver a comprar jamás ese puré de patatas precocinado” nos iría un poco mejor. Cuando dicen que la vida anida en los detalles, supongo que también se alude a eso: a que nuestras listas de propósitos no se atasquen en generalidades y puedan detenerse en lo pequeño, que es, en realidad, lo único que nos pertenece.
Todos los 31 de diciembre mi padrino me manda una foto que no necesito ver porque ya conozco. Me desea un feliz año y no me atrevo a responderle que su deseo me llega con un poco de retraso porque el año empezó el 26, con él y el mar de fondo. Porque los finales se invocan y casi todo termina mucho antes de terminar. Solo que, afortunadamente, no lo sabemos. Así que en esa cocina de un 5º 3ª no pienso ya más en propósitos, pero sí en el “ahora, recuerda” y en los últimos versos de un poema cuyo significado se me escapa una y otra vez aunque me lo sepa de memoria. Se llama Resurrección, de Vladímir Holan y termina así: “Estaremos de nuevo en casa”. Pero qué es la literatura —y la vida, con sus finales y en especial el del mes de diciembre— sino un acertijo cuya respuesta creemos conocer. Solo que no la conocemos. Feliz año. Laura Ferrero es escritora.












De los hermanos pequeños y la Navidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, feliz domingo y feliz fin de año. Quizá por ser el pequeño de los hermanos, comenta en El País de hoy el escritor Ignacio Peyró, uno pensaba en la Navidad como un calor seguro, que no iba a cambiar nunca, pero con la lentitud del tiempo sabemos que también es un abandono, que la belleza y el drama de la Navidad es que tenemos las Navidades contadas. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







Y nosotros nos iremos, y no volveremos más
IGNACIO PEYRÓ
23 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Todos los hermanos mayores se parecen, pero los hermanos pequeños lo son cada uno a su manera. Ocurre desde el propio nacimiento: a veces los pequeños llegamos al mundo como una sorpresa, otras veces llegamos como una preocupación y tampoco es infrecuente ser ese hermano que buscaban los padres para completar el pack. Aparecidos en la familia como estrambote feliz o alegría decreciente, la encrucijada ontológica, en todo caso, no nos va a abandonar ya nunca. Puede ocurrir que seamos los mimados, pero también podemos ser los olvidados: cosas de aparecer en la función cuando los papeles ya se han repartido. Quizá por eso hay hermanos pequeños que van por la vida como si el planeta no hubiera hecho otra cosa que esperarlos, mientras que otros tuvieron que ser algo zorros porque si no los mayores le dejaban sin tarta. De igual modo, es posible que de los pequeños no se espere lo mismo que de los mayores, pero si no se espera mucho tal vez sea porque de ellos no se acuerdan tanto. Entre las desventajas, hay hermanos pequeños que no han estrenado ropa hasta el día de su boda. Entre las ventajas, los hermanos mayores ya han negociado las horas de llegada antes de que tú empezaras a salir. Como sea, uno puede pensar que los pequeños se han ganado su mala fama a pulso, pero —­en términos contemporáneos— cabe decir que no han controlado nunca la narrativa: baste pensar que Caín era un hermano mayor. Por supuesto, hablamos de pequeños y mayores cuando Freud ya sabía que lo importante es ser el favorito de mamá.
Lo interesante del hermano pequeño, sin embargo, es una soledad muy propia, que va más allá de no tener a quien cuidar o no tener —a veces— quien nos cuide. Los mayores van estrenando y asentando las tradiciones familiares, mientras que los pequeños llegamos a un mundo ya ordenado, con sus ritos ya hechos, los padres ya muy padres y los abuelos muy abuelos. Durante años, uno no tiene edad para comer no sé qué o para jugar a no sé cuántos. El rezagado tiene por tanto el privilegio poético de ver el mundo desde abajo, de contemplar una vida que funciona sin uno: le toca más estar que hacer, acompañar una realidad que ya está resuelta. La del hijo pequeño es la última mano que se desprende de la mano de los padres: si de acompañar hablamos, es otro privilegio.
Esa inmovilidad ilusoria del mundo nunca es más fuerte que en Navidad, quizá porque el recuerdo de la Navidad llega al hondón de lo que somos: el tacto primero de la infancia, el recuerdo de la maravilla, la inocencia como sabiduría deseable, el corazón como raíz de la mirada. Es, más prosaicamente, el gran tiempo de las liturgias familiares. Aquella tía que siempre trae el foie. Elegir el vino. Un asado triunfante. Esa cristalería buena que —quizá por ser el último en llegar— piensas que ha estado ahí eternamente. Con los años, vivimos la Navidad como un anclaje contra el tiempo, desde aquella mañana de aguanieve en que alguien nos llevó a coger musgo a la constatación de que cenamos con aquellos que se asomaron a nuestra cuna y se asomarán a nuestra tumba.
A algunos les sonará naíf, pero cada casa tiene sus costumbres: nosotros oímos el discurso del Rey con una copa y, ya sentados, antes de cenar, se bendice la mesa. No todos creen, pero todos tenemos ahí un instante para meditar y quizá conjurarnos —el año termina— contra “el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo desperdiciado”. Pero la mirada suele volverse además sobre esos otros que de alguna manera también nos han dado forma. La novia alemana que nos acompañó un año, dónde estará. Los maridos convertidos en exmaridos y que ya no han de volver nunca. Los abuelos que faltan, y cuánto faltan. Los sobrinos y los hijos que se han incorporado y que luego te preguntarán por tu modelo de iPhone sin que les sepas decir bien. Quizá por ser el pequeño, uno pensaba en la Navidad como un calor seguro, que no iba a cambiar nunca. Solo con la lentitud del tiempo sabemos que también es un abandono, que la belleza y el drama de la Navidad es que tenemos las Navidades contadas, que la cena de la Nochebuena tiene algo de mesa caliente de la que unos entran y otros salen, y que a su tiempo cada uno será nada más que el recuerdo que dejamos en los otros. Porque, como dice el villancico más triste del mundo, también nosotros nos iremos, y no volveremos más. Ignacio Peyró es escritor y director del Instituto Cervantes en Roma.






















[ARCHVO DEL BLOG] Balance personal de lecturas a fin de año. [Publicada el 31/12/2016]










A finales del pasado mes de junio subí al blog el balance de mis lecturas de ese primer semestre del año. Como dije entonces, era una entrada bastante intrascendente que suponía no iba a despertar excesivo interés entre los lectores, pero que me apetecía hacer. También afirmaba con humildad y conocimiento de causa que esas lecturas no eran, ni por asomo, las sugeridas en el Canon literario occidental, pero que quizá pudieran interesar a algunos lectores y que por eso me atrevía a traerlas hasta aquí. Hoy, seis meses después, hago balance de nuevo y dejo constancia de lo leído (y releído) a lo largo de este año que se nos va definitivamente. Los libros están numerados por relativo orden cronológico de lectura sin jerarquización de ningún otro tipo ni valoración personal. Todos me han gustado e interesado por unas u otras razones: placer, diversión, consulta, deformación profesional... Por obligación, ninguno.

1.- Pagden, Anthony: 
La Ilustración y por qué sigue siendo importante.
2.- Montaigne, Michel de: Essais/Ensayos.
3.- Hume, David: Historia natural de la religión. 
4.- Esquilo: Prometeo encadenado. 
5.- Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro. 
6.- Hume, David: Diálogos sobre la religión natural. 
7.- Bauman, Zygmund y Bordoni, Carlo: Estado de crisis.
8.- Eurípides: Electra. 
9.- Savater, Fernando: Aquí viven leones.
10.- Fuentes, Carlos: La región más transparente.
11.- Gray, John: El silencio de los animales.
12.- Castells, Manuel: Redes de indignación y esperanza.
13.- Sánchez Ferlosio, Rafael: Campo de retamas.
14.- Innerarity, Daniel: La política en tiempos de indignación.
15.- Miquel, Jaime: La perestroika de Felipe VI.
16.- Nietzsche, Friedrich: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.
17.- Nietzsche, Friedrich: De la utilidad y los inconvenientes de la historia.
18.- Davis, Angela Y.: Democracia de la abolición.
19.- Nietzsche, Friedrich: Schopenhauer como educador.
20.- Franzen, Jonathan: Pureza.
21.- Cervantes, Miguel de: Don Quijote de La Mancha.
22.- Nietzsche, Friedrich: Genealogía de la moral.
23.- Sófocles: Edipo rey.
24.- Bloom, Harold: ¿Dónde está la sabiduría?
25.- Anónimo: Eclesiastés. Biblia de Jerusalén.
26.- Bolaños, Roberto: 2666.
27.- Huici, Germán: Entre miradas.
28.- Lindo, Elvira: Noches sin dormir.
29.- Anónimo: Evangelio de Tomás. Evangelios Apócrifos. 
30.- Romero, Juan y Furió, Antoni (eds.): Historia de las Españas. 
31.- Marías, Javier: Corazón tan blanco.
32.- Penadés, Alberto y Pavía, José Manuel: La reforma electoral perfecta.
33.- Bourdieu, Pierre: Sobre el Estado. 
34.- Gilbert, Michael: La ruta M.
35.- Hammett, Dashiell: El halcón maltés.
36.- Greene, Graham: El tercer hombre.
37.- Michels, Robert: Los partidos políticos. 
38.- Graves, Robert: Yo, Claudio.
39.- Maurier, Daphne du: Mi prima Rachel.
40.- Irish, William: La ventana indiscreta.
41.- Remarque, Erich M.: Sin novedad en el frente.
42.- Alighieri, Dante: Comedia. Paraíso.
43.- Mair, Peter: Gobernando el vacío. 
44.- Smolan, Rick y Cohen, David: Un día en la vida de España.
45.- Nicholi, Armand: La cuestión de Dios.
46.- Goytisolo, Luis: Antagonía.
47.- Arendt, Hannah: El concepto de amor en San Agustín.
48.- VV. AA.: Comentarios a la Constitución española (1996).
49.- Ruiz Soroa, José María: El esencialismo democrático.
50.- Montero, José Ramón: Informe sobre la reforma electoral.
51.- Informe del Consejo de Estado sobre la modificación del régimen electoral. 
52.- Vallespín, Fernando: Historia de la teoría política.
53.- Touchard, Jean: Historia de las ideas políticas. 
54.- Castro, Américo: España en su historia. Cristianos, moros y judíos.
55.- Barrera Tyszka, Alberto: La enfermedad.
56.- Stewart, Ian: Cartas a una joven matemática.
57.- Hölderlin, Friedrich: Cantos.
58.- Sófocles: Edipo en Colono.
59.- Jay, J.; Hamilton, A.; y Madison, J.: El Federalista.
60.- Esquilo: Los siete contra Tebas.
61.- Ceram, C.W.: Dioses, tumbas y sabios.
62.- Eurípides: Las fenicias.
63.- Goethe, J.W.: Las penas del joven Werther.
64.- Artola, Miguel: Textos fundamentales para la historia. 
65.- Gullón, Ricardo: Diccionario de literatura española e hispanoamericana. 
66.- Fernández-Miranda, Pilar y Alfonso: Lo que el Rey me ha pedido.
67.- Lorenz, Konrad: Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros.
68.- Wences, Isabel: Tomando en serio la teoría política.
69.- Durrell, Gerald: Bichos y demás parientes. 
70.- Guldi, Jo y Armitage, David: Manifiesto por la historia.
71.- Galfard, Christophe: El universo en tu mano.
72.- RAE: Manual de la nueva gramática de la lengua española.
73.- Oz, Amos y Oz-Salzberger, Fania: Los judíos y las palabras.
74.- Freixes, Teresa y Gavara, Juan Carlos: Repensar la constitución de 1978. 
75.- Álvarez Junco, José: Dioses útiles. Naciones y nacionalismos.
76.- Villacañas, José Luis: Populismo.
77.- Dumas, Alejandro: La dama de las camelias.
78.- Vargas Llosa, Mario: Cinco esquinas.
79.- Grueso, Natalio: Woody Allen. El último genio.
80.- Pardo, José Luis: Estudios del malestar.
81.- Tocqueville, Alexis de: La democracia en América.
82.- López Varas, María Luisa: Cartografía de la memoria de infancia.
83.- Ferry, Luc: Aprender a vivir.
84.- Lemaitre, Pierre: Tres días y una vida.
85.- Eurípides: Alcestis.
86.- Milena Busquets: También esto pasará.

Las lecturas más disfrutadas, sin duda, los Ensayos de Montaigne y el Don Quijote de La Mancha de Cervantes, releída por enésima vez con ocasión del cuarto centenario de la muerte de su autor. Ambos son libros de cabecera para mí.
Supongo que para los amables seguidores de "Desde el trópico de Cáncer" resultará mucho más interesante saber cuales han sido las lecturas realizadas este año por notables escritores como Javier Marías, Eduardo Mendoza, Isabel Burdiel o Elvira Lindo, entre otros. Pueden conocerlas en este enlace; en este otro, la lista de las diez lecturas más interesantes de 2016 sugeridas por la revista literaria Babelia; en este de aquí las recomendados por el New York Times en español; y por último, los cien libros que Librotea sugiere para escoger como regalo de estas Navidades.
Como podrán observar, apenas coinciden unas con otras. Lo que confirma el dicho ese de que para gustos se hicieron colores. Lean lo que quieran, pero lean, y disfruten de ello. ¡Y Feliz Año Nuevo a todos! Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt