lunes, 10 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Qué fue lo que pasó en Wittenberg hace 500 años? [Publicada el 07/11/2017]










¿Existe un momento más icónico en la historia de Europa que el ocurrido el 31 de octubre de 1517, hace justamente 500 años, en la ciudad alemana de Wittenberg?, comenta en Revista de Libros el historiador Mark Greengrass, catedrático emérito de Historia Moderna en la Universidad de Sheffield y miembro del Centre Roland Mousnier de la Universidad de la Sorbona en París.
Un monje clava una hoja de papel en una puerta y pone en marcha una cadena de acontecimientos que fragmentan la Cristiandad. Para algunas personas, este hecho viene a marcar el comienzo del mundo moderno. Para otras, educadas en la historia confesionalizada con que se encuentra inevitablemente asociada, es el momento en que la conciencia individual arremetía por primera vez contra la autoridad recibida, la fe contra la superstición, la razón contra el miedo. La fecha es el 31 de octubre de 1517; el lugar, Wittenberg, una poco atractiva localidad a orillas del río Elba, al noreste de Alemania, lugar de residencia de la rama más antigua de los príncipes de la Casa de Wettin de Sajonia, que son, además, electores imperiales. El monje, que tiene treinta y tres años, pertenece a la orden eremética de los agustinos, lo que quiere decir que era un tipo de monje muy particular. El hecho consiste en clavar en la puerta de la Schlosskirche, la iglesia vinculada al castillo de Wittenberg, una lista de noventa y cinco proposiciones contra las enseñanzas papales sobre las indulgencias a fin de que sean objeto de debate.
¿Quién no ha oído hablar de las noventa y cinco tesis? Suelen compartir lista, junto con la Declaración de Independencia estadounidense, o el Manifiesto Comunista, como uno de los «diez documentos que cambiaron el mundo». Son tan icónicas que ahora hay «noventa y cinco tesis» sobre casi todo, y especialmente en Estados Unidos. El relato iconoclasta que hace Peter Marshall de aquel acto de clavar las tesis lo presenta como un hecho que no se produjo como tal, pero que merece la pena estudiar por derecho propio como un fenómeno de la memoria cultural. En el mundo anglófono, clavar en las puertas documentos de protesta se ha convertido en sinónimo de reclamar justicia social o cambio religioso. El 10 de julio de 1966, manifestantes a favor de los derechos civiles se congregaron en Chicago para oír un discurso del epónimo Martin Luther King. A continuación, la multitud marchó hacia el Ayuntamiento para presentar sus demandas al alcalde, Richard Daley. El alcalde no se encontraba allí y el edificio estaba cerrado. ¿Había, por tanto, algo más natural que colocar sus demandas en aquella puerta cerrada? Mucho más fotografiada fue la protesta religiosa organizada en 2005por Matthew Fox, un sacerdote episcopaliano y «teólogo creacionista» que había sido anteriormente dominico. Contrariado por la elección del cardenal Joseph Ratzinger como el papa Benedicto XVI, fue hasta Wittenberg para fijar su protesta en la puerta de la iglesia. Sin embargo, las autoridades impidieron su gesto y sólo le dejaron colocar un caballete junto a la puerta, lo que echaba por tierra el efecto perseguido. Pero él no cejó en su empeño y preparó una traducción italiana del mismo texto, que sí consiguió fijar sobre la puerta de la basílica papal de Santa Maria Maggiore en 2010.  
Aquí radica, sin embargo, el problema del historiador: cuanto más icónico es el acontecimiento, menos histórico acaba resultando ser. ¿Cuántos de nosotros podríamos resumir, no digamos ya citar, una sola de las proposiciones de Lutero incluidas en las noventa y cinco tesis? Los historiadores no se muestran del todo de acuerdo en que había realmente noventa y cinco, porque se numeraron de manera diferente en las versiones más antiguas publicadas en Núremberg, Leipzig y Basilea. Puede que el hecho no sucediera nunca tal cual, o que, si lo hizo, se hubiera realizado en otra fecha, o en otro lugar. Lo fundamental es que, si «ocurrió», no lo hizo ciertamente de la manera en que la mayoría de las personas lo han imaginado durante los últimos quinientos años. Se trata de una construcción mítica, y una de las funciones de los historiadores es demoler mitos. Hace más de cincuenta años, el historiador y teólogo católico alemán Erwin Iserloh sugirió que la evidencia histórica argumenta en contra de que el hecho se produjera el 31 de octubre de 1517. Esto desencadenó un debate y la misma evidencia no ha dejado de examinarse cuidadosamente desde entonces. Algunos dirían, y no les faltaría razón, que no importa que las cosas sucedieran de una u otra forma. Al fin y al cabo, los profundos cambios en la Cristiandad que llamamos, por convención, y en aras de la sencillez, la Reforma protestante, sí que sucedieron con toda certeza, con o sin este supuesto hecho en Wittenberg. Pero otro papel, igualmente importante, que le corresponde al historiador es no deconstruir el mito, sino entenderlo como un fenómeno cultural. El mito es el modo en que comprendemos acontecimientos fundacionales. Es posible que la imagen de Lutero clavando sus tesis sea un hecho imaginado, pero eso mismo nos dice algo que reviste una importancia crucial sobre el modo en que los seres humanos necesitamos mitos para dotar de sentido a sus relatos.
Parte de ese poder mítico se transmite en un famoso grabado del aniversario de aquel hecho en 1617. Por entonces constituía una parte esencial del canon protestante, solemnemente conmemorado en actos celebrados por toda la Alemania luterana, y con ecos en muchos otros lugares de la Europa protestante. Retrataba un sueño profético de Federico el Sabio, elector de Sajonia, que sucedió supuestamente la noche del 30 de octubre de 1517, mientras se encontraba en su castillo de Schweinitz. Federico estaba cavilando sobre la inminente festividad de Todos los Santos y Todos los Difuntos. Soñó con un monje que rogaba que se le permitiera escribir algo en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Cuando se le permitió hacerlo, empezó a escribir las palabras «Vom Ablaß» («Sobre las indulgencias»), de un tamaño tan grande que Federico podía leerlas en Schweinitz. Y lo hizo con una pluma tan enorme que llegaba hasta Roma, donde pellizcó las orejas de un león (el papa León X), despojándole de su tiara, que cardenales y obispos trataban de volver a ponerle sobre la cabeza. Los historiadores pueden desentrañar fácilmente el significado del sueño. Después de tres generaciones, la Reforma protestante luterana había establecido sus iglesias y en los principados del norte de Alemania y Escandinavia se había convertido en la religión estatal, que había surgido, tal como lo vieron los propios reformadores protestantes, como un acto de Dios, por medio del poder providencial de la imprenta y la predicación, en el que difundía la verdad como una fuerza incontenible. Pero miraron a su alrededor en 1617 y vieron que la victoria les había esquivado. Las fuerzas de la Contrarreforma estaban en auge. Las tensiones religiosas y políticas resultantes se expresaron en términos milenaristas, proféticos, con la esperanza de que, a pesar de los contratiempos, la verdad de Dios acabaría prevaleciendo. El sueño de Federico el Sabio refleja el ambiente febril que se vivía en Alemania en vísperas del estallido de la Guerra de los Treinta Años.
El estatus fundacional del hecho mítico del 31 de octubre de 1517 ya había tomado forma cuando se produjo la muerte de Lutero. Esto resulta llamativo, ya que el propio Lutero no lo menciona jamás, ni una sola vez, y ello a pesar del hecho de que no dejó precisamente de reflexionar sobre lo que había sucedido en estos años cruciales. Se conserva una copiosa correspondencia de Lutero: se trata de la fuente que permite, en parte, que libros recientes centrados en Lutero tengan algo novedoso que decir. También tenemos las charlas de sobremesa, las conversaciones de Lutero tal como las recordaron sus amigos y acólitos, una fuente que ha de utilizarse con discreción, pero que resulta, en cualquier caso, reveladora. La reciente biografía de Heinz Schilling1 sobresale por valerse de estas fuentes para situar al profeta y rebelde de nuevo como un monje. Pero lo sitúa, además, dentro de una perspectiva más amplia, hermosamente elaborada, que ve a Lutero como el creador de una «cristianización protestante» que pronto se situaría en el centro mismo de una Europa confesionalizada. Es un Lutero que anticipa, hasta cierto punto, la Reforma que habrá de llegar después. Matthieu Arnold y Lyndal Roper recurren a dos enfoques muy diferentes para ejercer el papel de biógrafos. Arnold es el estudioso que quizá más ha hecho por mostrarnos cómo utilizar la correspondencia de Lutero como una fuente histórica. La biografía que ha producido para el mercado francés resulta ser, sin embargo, un relato bastante tradicional a la manera de una «vida y época», académico y sobrio, pero desprovisto de carne y hueso.
Lyndal Roper, la Regius Professor de Historia Moderna en la Universidad de Oxford, por contraste, se mete bajo la piel del reformador en su chispeante, perspicaz y profundamente investigado estudio de Lutero, que no es tanto una biografía como un psicodrama historizado. En 1958, el psicólogo Erik Erikson se propuso «explicar» a Lutero en términos de un rechazo freudiano de su padre dominante y de la consiguiente crisis de identidad que experimentó. El resultado fue una especie de choque de trenes entre psicología e historia, que no hacía ningún favor a ambas disciplinas. Lyndal Roper es mucho más sofisticada: «Quería explorar los paisajes interiores [de Lutero] a fin de comprender mejor sus ideas sobre la carne y el espíritu, formadas en un tiempo anterior a nuestra moderna separación de mente y cuerpo», escribe. El resultado está muy alejado de Erikson, porque no explora simplemente la especificidad de la educación de Lutero en su contexto histórico (era hijo de un minero que contrajo matrimonio con una mujer de una condición social superior a la suya), sino que luego se dedica a trazar para nosotros la íntima radicalidad de sus ideas y a explicar por qué (a partir de 1522) esa radicalidad se vio ocluida. «Os ruego –escribió a uno de sus corresponsales–, si entendéis el Evangelio correctamente, que no os penséis que es algo que pueda hacerse sin sublevarse, sin ofenderse y sin sentir malestar». El mensaje de Lutero de que la Palabra de Dios era una espada le costaría perder a antiguos partidarios y amigos, y le granjearía enemigos formidables.
La intuición de Lutero era también, sin embargo, que nosotros, al igual que el mundo político y social a nuestro alrededor, somos paradojas, «dos reinos», en los que todos somos capaces de mentir, intrigar y engañar como los que más, y que únicamente Dios, que está presente (pero escondido) en todo el desorden de nuestras vidas, puede enderezarnos. Imaginemos que somos una pareja joven casada, explicó en cierta ocasión, con un nuevo bebé. Lutero estaba convencido de que sólo podríamos llegar a conocer la gracia de Dios de un modo semejante a la confianza inocente de ese bebé. Es duro, debido a los pañales, las noches en vela y las enfermedades, y luego llega el momento en que esa pareja ya no puede soportarlo más. Pero entonces sucede algo. El bebé sonríe. En ese momento la situación se transforma. Esa pareja, seres humanos normales con todos sus defectos, pasan a estar, en ese momento, «justificados» por la extraña acción de la gracia de Dios. Debemos vivir nuestras vidas, confiando en la gracia de Dios, y, en verdad, no nos queda otra opción que hacerlo así. La capacidad de Lutero para convertir una teología agustina radical, basada en la Biblia, en una parábola, enraizada en las vidas de personas corrientes, constituye una parte importante de su genio. Sus últimas palabras registradas fueron: «Todos somos mendigos, esa es la verdad». No obstante, no todo el mundo quedó convencido por las paradojas de Lutero. Erasmo, sin ir más lejos, se mostró receloso y dijo que no pondría en riesgo su vida por ellas. Un estudio reciente, el de Andrew Pettegree, aleja el énfasis de Lutero y lo acerca a sus colaboradores en Wittenberg y en otros lugares, pues fueron ellos quienes se convirtieron en los forjadores de su imagen. Lo cierto es que Lutero se mostró ambivalente, aunque no contrario, a la creación de la «Marca Lutero». El supuesto hecho de clavar las tesis en la puerta de Wittenberg entra a formar parte de la historia de un Lutero comercializado, aunque Pettegree se muestra convencido, dadas las semejanzas tipográficas existentes entre las tesis publicadas en Núremberg y una versión anterior de las tesis preparada por el único impresor que se hallaba en activo en Wittenberg (en el sótano del monasterio agustino de Lutero), que las tesis se imprimieron y sí se fijaron en la puerta, tal como supone la leyenda.
El problema con el Lutero escritor es que la correspondencia no pasa a ser abundante hasta después de 1520; y la creación de la marca empezó a partir de 1521. Cuando se trata de dilucidar qué sucedió en Wittenberg en 1517, por tanto, los biógrafos de Lutero tienen poco que añadir a una historia que hemos conocido durante años. Pero es necesario, sin embargo, contextualizarla con sensibilidad. Nadie hace eso mejor que el más destacado historiador de la Reforma protestante en Alemania, Thomas Kaufmann, catedrático de Historia de la Iglesia en la Universidad de Gotinga. Admirablemente imparcial, impecablemente investigada y actualizada, su Historia de la Reforma2 enmarca el relato en su contexto sajón. Se ve involucrada la recién fundada Universidad de Wittenberg, donde Lutero fue un decidido reformador del currículo, así como la recién completada iglesia del castillo de la localidad, famosa por la pujante colección de reliquias sagradas del elector, que constituían la principal atracción turística de la ciudad. Podemos calcular hasta el último día los millones de días de remisión del purgatorio que cualquiera que poseyera la resistencia para practicar todas las devociones estipuladas por las indulgencias atribuía a la colección de reliquias de Federico. Los ingresos sufragaron los costes de la nueva universidad, incluido el salario de Lutero. En estos tiempos no somos muy indulgentes con las indulgencias. En general se ven como un ejemplo de la corrupción y la venalidad de la Iglesia y el papado tardomedievales. Eso es, sin embargo, una caricatura y la realidad es más compleja. Pertenecían a una economía de la salvación que contaba con sus propias justificaciones teológicas. Surgidas con las Cruzadas, en su mayor parte no se dispensaban desde Roma sino, como sucedía en Wittenberg, en un ámbito local y con el fin de apoyar buenas causas. No carecían de críticos y los debates fueron una puerta de entrada a todas las grandes escuelas filosóficas y teológicas de finales de la Edad Media, algunos de los cuales se alinearon con las rivalidades existentes entre las distintas órdenes religiosas. Uno de los debates versaba sobre si las indulgencias podían concederse a aquellos que ya estaban muertos. Hubo argumentos a favor y en contra, pero, en 1476, el papa Sixto IV (mediante la bula Salvator Noster) dictaminó que las indulgencias beneficiaban ciertamente a las almas de quienes ya se encontraban en el purgatorio. Lo hizo para recaudar dinero para la reconstrucción de la catedral de Saintes, en Francia, por medio de un agente local, y parte de los ingresos revirtieron a Roma para apoyar el más reciente empeño papal de sufragar una Cruzada.
El precedente de la Bula y los acontecimientos que la rodearon fueron una parte significativa de la controversia sobre las indulgencias que explotó en Alemania en 1517. Al igual que había sucedido en 1476, una operación dirigida desde el papado para comercializar indulgencias se vinculó a la buena obra de reconstruir una iglesia, y la campaña incluía un acuerdo con contratistas sobre la base de compartir las ganancias. La diferencia era que la iglesia en cuestión era la Basílica de San Pedro; y el agente local era el arzobispo más importante de Alemania, el de Maguncia, un elector imperial. El hijo del elector de Brandeburgo, de veinticuatro años, estaba deseoso de obtener el arzobispado. Pero era costoso, porque necesitaba dispensas para ello por no tener aún la edad preceptiva y porque ya era obispo de Magdeburgo. Hubo de pedir prestados veinticuatro mil ducados a los banqueros Fugger para poder asegurarse el arzobispado. La campaña de indulgencias de 1517 fue una solución ingeniosa, o así se lo pareció al papa León X. Albrecht autorizaría la venta en su territorio por medio de agentes, se haría con la mitad de los ingresos y entregaría el resto a Roma. Lutero, al igual que todo el mundo, no sabía absolutamente nada de estos tejemanejes. Todo lo que sabía, como la mayoría de la gente, era que el agente designado era Johann Tetzel, un dominico (Lutero era agustino), licenciado en Leipzig (la gran rival de la Universidad de Wittenberg) y un histrión. Necesitaba ser esto último, porque el mercado estaba saturado. Maximizó las posibilidades al declarar –de un modo que resultaba teológicamente dudoso– que todas las indulgencias concedidas en los ocho años anteriores en esa parte del mundo eran inválidas. Propuso asimismo que las personas que las compraran en nombre de los muertos no tenían ninguna necesidad de confesarse ni de mostrar contrición. Y estuvo en activo en los lindes de la Sajonia electoral, en la localidad natal de Lutero, Eisleben, y en otros lugares, desde enero de 1517.
Lutero receló de Tetzel desde el principio. Y no se debió simplemente a la evolución de sus propias ideas sobre el tema de cómo los cristianos lograban la «rectitud», o pasaban a quedar «justificados» a los ojos de Dios. Con el tiempo vería con claridad que el esfuerzo humano no desempeñaba en ello ningún papel, y que la rectitud era «imputada» a nosotros por Dios, por medio del sacrificio de Cristo en la Cruz. Más tarde presentó eso como una revelación repentina. Pero, ¿había sucedido realmente de ese modo? Y, si fue así, ¿sucedió pronto, en 1514, o la idea no llegó a tomar forma en su mente hasta mucho más adelante, incluso en una fecha tan tardía como 1519? Es difícil saberlo con seguridad. Lo que está claro es que las noventa y cinco tesis no fueron el resultado de un gran avance teológico que se hubiera producido anteriormente, sino parte del proceso por el cual sucedió. Tienen que situarse dentro de un continuum que comienza con el sermón contra las indulgencias de Lutero en enero de 1517 en Wittenberg (que le valió una reprimenda del elector), pasando por los predicados en Cuaresma, hasta llegar a un tratadito que escribió sobre el tema a comienzos del verano, en el que no resulta difícil discernir que estaba pensando en una disputa académica sobre este asunto en concreto. Exactamente algo por debajo de un centenar de proposiciones era la extensión normal de lo que cabía esperar.
No se conserva ningún manuscrito de las noventa y cinco tesis. La versión impresa anunciaba esa disputa, que casi con certeza no se produjo nunca. En la carta en que remitía el texto al arzobispo Albrecht de Maguncia, en cuya provincia se encuentra Wittenberg, y fechada el 31 de octubre de 1517, Lutero dejaba por primera vez, sorprendentemente, de escribir su apellido como el de su padre: «Luder». Su nueva forma de escribirlo era un explícito juego de palabras con el griego «Eleutherius», que significa «liberado», y fue la grafía que utilizaría a partir de entonces. ¿De qué pensaba Lutero que estaba liberándose? Las tesis eran una crítica absolutamente devastadora de la enseñanza y la práctica actuales de las indulgencias. Pero no eran el proyecto para un nuevo movimiento religioso, ni una declaración de independencia. Lutero no estaba repudiando la autoridad de Roma. Ni siquiera estaba reclamando la abolición de las indulgencias en su conjunto. Muchas de sus críticas se habían difundido más que de sobra anteriormente, e incluso algunas figuras próximas a Roma y a la orden de los dominicos habían expresado reservas sobre su doctrina en torno a las indulgencias, fundamentalmente Tommas de Vio (conocido como Cajetanus o Gaetanus, por haber nacido en la localidad italiana de Gaeta). A comienzos de diciembre de 1517 completó un tratado sobre las indulgencias que dedicó al cardenal Giulio de Medici, el posterior papa Clemente VII, en el que, con un tono más mesurado, se hacía eco de algunas de las proposiciones de Lutero. Entonces, si las tesis no eran tan extraordinarias, ¿qué es lo que sucedió para que luego sí lo fueran?
La carta a Albrecht es todo lo que tenemos para poder acercarnos a lo que sucedió realmente ese día. Es excesivamente obsequiosa, pero insinúa la posibilidad de que, de no abordarse el asunto, podría llegar a producirse un escándalo mayor. ¿Estaba, pues, Lutero siendo insincero? ¿Tuvo él un papel esencial para que se imprimieran, provocando con ello el escándalo que decía que estaba intentando impedir? Sabemos que envió copias de lo que llamó su «Paradoxa» a varios amigos. Pero todas las pruebas conservadas salidas de la pluma de Lutero en el curso de los seis meses siguientes es que se mantuvo apartado del tema, esperando una respuesta de Albrecht. El 5 de marzo de 1518 dijo a un amigo de Núremberg, Christoph Scheurl, que «no era mi intención ni mi deseo darlas a conocer entre la gente, sino intercambiar impresiones sobre ellas con unas cuantas personas». Scheurl, un prototípico «constructor de la marca» luterana, resulta ser la figura fundamental para comprender cómo «escaparon» las tesis hasta un mundo más amplio. Núremberg era uno de los grandes centros de impresión de la Cristiandad. Según admisión propia, él fue quien organizó que se imprimieran en Núremberg, así como que se tradujeran al alemán. Pero también dice que Lutero permitió que se imprimieran como respuesta a la oposición que habían generado. Así pues, en varios momentos a lo largo del camino, Lutero fue, como mínimo, cómplice de que aumentara su difusión.
Si lo que sucedió en Wittenberg el 31 de octubre de 1517 fue un no hecho, ¿cómo es posible que tuviera unas consecuencias tan trascendentales? La respuesta se encuentra en el desarrollo gradual de lo que los contemporáneos llamaron en Roma el «caso Lutero» tras los primeros meses de 1518, un conflicto que no cesó de crecer y agrandarse, que acabaría dando lugar a la Bula para su Excomunión en 1520, lo cual se superpondría gradualmente con los asuntos políticos más amplios del Reich alemán. Un hecho capital dentro de esta dinámica fue la muerte del emperador Maximiliano I en enero de 1519 y la controvertida elección imperial que se realizó a renglón seguido. ¿Por qué, en estos años, se convirtió el «caso Lutero» en algo que nadie pudo controlar? Aquí sigue resultando difícil, y especialmente en la historiografía alemana y anglófona, ir más allá de la doxa de que una iglesia corrupta estaba simplemente esperando que surgiera una figura como Lutero, y que su popularidad fue la consecuencia natural e inevitable de la indeseable influencia de la decadencia. Es la historiografía francesa, con su interior mediterráneo, la que nos permite navegar más allá del mito que utilizaron los propios reformadores protestantes para justificar los enormes cambios religiosos que estaban proponiendo, y que necesitaban un rechazo del pasado inmediato y la proyección del mismo como un mundo decadente en el que el Diablo estaba operando en las altas instancias. La historiografía nos permite deconstruir la noción de una «Reforma protestante», en singular, y construir en su lugar un mundo de «Reformas», en plural, en el que surgieron diversos movimientos reformistas, que se remontaban hasta bien entrado el período medieval, de los que sólo algunos terminaron siendo «protestantes», y que constituyeron una parte esencial de una Cristiandad ya profundamente marcada por un movimiento favorable a la «reforma» mucho antes de Lutero.
Tener eso en cuenta supone empezar a entender la controvertida naturaleza del desafío de Lutero, según fue evolucionando hasta convertirse en el «caso Lutero», empujado por una progresiva ampliación y radicalización de sus ideas en respuesta a sus críticos. Podemos observar cómo ese proceso arrancó ya muy pronto, en abril de 1518, cuando Lutero asistió a una reunión del cabildo general de la orden agustina en Heidelberg. Aprovechó la ocasión para defender otra serie de tesis, que denigraban el libre albedrío humano (que él llamaba una «teología de la gloria») y propugnaban otra cosa, una «teología de la cruz», una total dependencia de la gracia inmerecida de Dios. Las afirmaciones contenidas en estas tesis eran mucho más profundas e inquietantes. Apuntaban en la dirección del sacerdocio de todos los creyentes y en la importancia de la conciencia individual: el radicalismo central, pero en última instancia ocluido, del pensamiento de Lutero.
¿Por qué las autoridades eclesiásticas no supieron llevar, sin embargo, el «caso Lutero»? Ese es el puzle para el que existen numerosas conjeturas, pero ninguna respuesta definitiva. Hubo una gran oportunidad para cortocircuitarlo, en octubre de 1518, cuando Cajetanus, nombrado emisario imperial en la Dieta de Augsburgo en aquel año, se reunió con Lutero. Este pidió que se le mostrara en qué estaba equivocado, y si había alguien que tuviera tanto el equipamiento teológico como la capacidad para actuar de mediador y encontrar una manera de salir del atolladero, ese era Cajetanus. Pero las instrucciones que recibió de Roma eran explícitas. Tenía que solicitar la sumisión de Lutero a Roma y no discutir la teología de las indulgencias. Antes de abandonar Augsburgo, Lutero fijó en la puerta de la catedral un documento registrado legalmente, y esta vez no hay ninguna duda de lo que sucedió realmente. Era un reenvío de su caso al papa León, «un papa mal informado que necesita estar mejor informado». Si hay que recordar una puerta, y un documento fijado a ella, deberíamos pensar quizás en Augsburgo, el 20 de octubre de 1518, y no en Wittenberg el 31 de octubre de 1517.
¿Por qué tenía Cajetanus las manos atadas? Aquí hay que especular. Roma estaba perfectamente bien informada sobre Lutero y sus ideas. La curia papal comprendía lo que estaba en juego, y no resultó inmediatamente aparente, al menos en el otoño de 1518, que estaban perdiendo la batalla en el debate público que estaba librándose cada vez más en el ámbito de los panfletos impresos. Las disputas seguían produciéndose en gran medida en latín, y Johann Eck, el gran polemista de Ingolstadt, estaba manteniéndose más que firme. Las respuestas parecían encontrarse en otros frentes. Roma estaba preocupada por la contaminación cruzada procedente de Praga y los husitas, una herejía que había logrado contener, si bien al precio de dejarla estar. También le preocupaban los humanistas de Renania, y Erasmo y sus acólitos, cuya erudición bíblica no sólo amenazaba la ortodoxia, sino que aquellos escritos se burlaban de ideas y personas situadas en las altas instancias, lo cual estaba empezando a resultar difícil de aceptar. El problema consistía en que los renanos también contaban con protectores en las altas esferas y eran, por el momento, intocables. Pero Lutero podía convertirse en un ejemplo para ellos, en una llamada de advertencia. Y tras ello se encontraba la determinación papal a que la Cristiandad no podía permitirse incurrir en la desunión cuando el imperio otomano estaba mostrándose tan agresivo en los flancos oriental y meridional. Esa determinación se vio reforzada por la angustia provocada por la amenaza turca, que resultaba cada vez más preocupante para el conjunto de la península italiana.  Si estos eran los cálculos, no eran estúpidos. Pero no consiguieron tomar en consideración dos cosas. La primera era que Federico el Sabio, a pesar de todos sus intereses en el asunto en sentido contrario, protegería a Lutero a lo largo de todo el enfrentamiento, tanto contra el emperador como contra las autoridades eclesiásticas. La segunda fue que la muerte del emperador Maximiliano alteró los cálculos políticos, creando el espacio para lo que conocemos como la Reforma Luterana.
Las conmemoraciones son asuntos complicados. ¿A quién y qué estamos conmemorando en el quinto centenario de las noventa y cinco tesis? ¿Al Lutero de 1517 (no un hombre joven)? ¿Al Lutero de 1524-1526 y las Guerras Campesinas? ¿O al Lutero anciano, enfermo, agresivo, espantosamente antisemita? Luthers Juden (Los judíos de Lutero), de Thomas Kaufmann3, aborda este tema incómodo en concreto y cómo empañó a partir de entonces a la Iglesia luterana. ¿Qué parte de la Reforma protestante estamos conmemorando? Fue un movimiento que devino rápidamente multidimensional e internacional, dividido por diferencias confesionales, extrayendo sus raíces confesionales de lugares diferentes de la Sajonia luterana. Una vez más, es la más reciente historia de la Reforma protestante de Kaufmann, publicada en alemán con el título de Redimidos y condenados, la que aleja el foco de la Sajonia luterana para examinar el movimiento dentro de sus dimensiones conflictuales más amplias. La conmemoración es un asunto complicado incluso en Alemania, un país multiconfesional en el que la imagen de Lutero el Liberador, el verdadero alemán, el hombre moderno, ha de combatir con otros Luteros, el Lutero que traicionó a los campesinos, el virulento polemista anticatólico, el antisemita. Una conmemoración que promueva una historia de la Reforma protestante que resulte en exceso simplificadora, que se centre en demasía en el propio Lutero y en su teología de la justificación por la fe, se arriesga a convertirse en un modo de utilizar la historia como un refugio seguro, reforzando lo que creemos que ya sabemos, y amplificando lo que ya tememos. Asumir la dinámica de lo que sucedió, incluida la evolución de las ideas del propio Lutero, y el modo en que fueron transformándose en reciprocidad con sus adversarios, es una manera de empezar a derribar los estereotipos tras el no hecho de Wittenberg. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













De España y lo liberal

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor y académico Juan Luis Cebrián, va de España y lo liberal. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.











Un invento español: lo liberal
JUAN LUIS CEBRIÁN
03 JUL 2023 - El País

“Todo el sentido de la historia de España, todo el drama de la cultura española, gira en torno a la conciliación de dos opuestos aparentes”. Estos dos polos contradictorios de nuestro devenir político, a los que el eximio líder socialista Fernando de los Ríos se refería en su alocución al Congreso Internacional de Escritores celebrado en plena Guerra Civil española, son el “ansia viva de afirmar la idea de una comunidad común” enraizada en la economía, en la participación y en la cultura, pero sin que en ningún caso pudiera servir “para aplastar a la individualidad”, a los derechos de los ciudadanos, sino para potenciarlos. En ese mismo discurso recordó además que el concepto político liberal, la palabra misma, fue pronunciada por vez primera en el mundo durante las Cortes de Cádiz. Liberales se llamaron los diputados que, enfrentándose a la invasión napoleónica, reivindicaban al tiempo, y con firmeza, la caída del Antiguo Régimen. Cádiz fue la cuna del liberalismo político y el filósofo de moda de la época, Jeremy Bentham, no dudó en asegurar por ello que España era la esperanza de Europa.
Esta reflexión de uno de los más insignes representantes históricos del partido socialista español me vino a la cabeza tras la lectura de dos libros que deberían leer también los desnortados protagonistas de nuestra vida política, responsables de la deriva iliberal de nuestro actual sistema y de la acusada tendencia al extremismo y la descalificación mutua entre los principales actores del mismo. Uno es una obra colectiva de un grupo de intelectuales y profesores eméritos dirigidos por Manuel Aragón que publicaron hace meses un informe sobre la mengua democrática de nuestro país con un severo diagnóstico al respecto. Otro las memorias de Virgilio Zapatero, ministro y secretario del Gobierno con Felipe González, cuya obra fue presentada en público ante el expresidente y elogiada por boca de Alfonso Guerra, autor del prólogo. En él, la Constitución del 78, tan denostada incluso en textos legales promovidos por el actual Gobierno, es descrita como “el más importante documento escrito por los demócratas españoles de todos los tiempos”. No abundaré más en los testimonios de no pocos líderes socialistas a los que este país debe en gran medida la prosperidad y el desarrollo de las últimas décadas, que hoy no ocultan severas críticas al llamado gobierno del doctor Frankenstein, presto a someterse al veredicto de las urnas en unas semanas.
Las culpas van más allá del propio Ejecutivo. El Informe sobre la Democracia menguante en España expone con claridad las debilidades, errores y miserias que amenazan la estabilidad política en nuestro país, pero también en otros de Europa. El crecimiento de partidos ultraconservadores y aún de extrema derecha, la desaparición del socialismo en Francia, Italia o Grecia, su desfiguración en Alemania, su debilidad y ausencia en los países nórdicos que fueron un día ejemplo y ensueño para los jóvenes luchadores antifranquistas que reclamaban libertad y democracia, son el resultado de los errores, corrupciones y rendiciones de políticos de toda condición. El libro define la actual situación como el fracaso de la política y es un compendio de las reformas necesarias, demandadas desde hace largo tiempo, para recuperar la confianza de los electores en un sistema herido de muerte si no se pone remedio a las violaciones flagrantes que la llamada clase política viene perpetrando contra principios y valores básicos del funcionamiento democrático. El resultado es un creciente distanciamiento de la sociedad respecto a quienes dicen con superflua arrogancia que la representan. Para quienes vivimos el tardofranquismo, resulta conocido ese divorcio entre la España oficial y la España real que hoy padecemos. La diferencia es que entonces un cambio de régimen significaba el triunfo liberal y ahora amenaza con encabezar su derrota.
Los problemas vienen de lejos y ya a finales del pasado siglo uno de los padres socialistas de nuestra Constitución, Gregorio Peces Barba, denunciaba la responsabilidad de la partitocracia, entonces rampante y hoy dominante. Es un escenario en el que no se reconoce ninguna baza del adversario político y el culto a la personalidad del que manda o aspira a hacerlo, al margen de cuáles sean sus cualidades y defectos, acaba por convertir su tarea no en un acto de servicio a los ciudadanos, sino en una descarnada lucha por el poder. Como dice el manual dirigido por el profesor Aragón, hay un contraste “entre el discurso radical y polarizador que se percibe en el escenario político y la moderación de la ciudadanía, que se siente olvidada y menospreciada en sus problemas”. Entre la España oficial, poder y oposición, y la España real. La decepción se debe a que mientras la sociedad profesa mayoritariamente posiciones centristas y de consenso, al margen de las inclinaciones hacia uno u otro lado del espectro ideológico, el catastrofismo de la derecha y la izquierda constituye “una impostación de los políticos que no existe entre los representados”. Casi la mitad de los ciudadanos con derecho a voto, incluido el expresidente Felipe González, piensa que en el universo electoral son huérfanos de familia. Las formaciones básicas han perdido millones de sufragios, y proliferan las iniciativas identitarias. Mientras tanto, los candidatos, en vez de atender las demandas de quienes han de elegirles, adulan a lametones a los líderes de turno, no vayan a expulsarles de las listas, cerradas y bloqueadas para que ningún diputado o diputada se desmande y crea que puede pensar y decir nada por sí mismo.
La democracia representativa está amenazada también por cuestiones exógenas al ridículo y al escarnio que nuestros líderes protagonizan tantas veces. Es un régimen directamente vinculado al desarrollo de la sociedad industrial, el Estado nación y la autosugestión de un mundo que decidió apellidarse a sí mismo como el primero, acostumbrado como estaba a progresar sobre la explotación de todos los demás. En semejantes circunstancias, si queremos defender los valores básicos del Estado de derecho, piedra angular del funcionamiento de la democracia, resulta imprescindible recuperar el respeto a las instituciones, especialmente la brillantez de un Parlamento cuyo prestigio y función han sido dinamitados por el clientelismo, el aplauso y la sumisión; defender la independencia del poder judicial y de los poderes mediáticos; reinventar la democracia en el mundo de la globalidad digital y la diversidad de culturas. Nada de eso se puede hacer si las ambiciones menores de los líderes de los partidos centrales les impiden dialogar seriamente sobre el futuro de todos nosotros. Para que puedan al menos proclamar sin sonrojo que defienden el interés general. Apenas ha habido dos intentos menores de hacer algo parecido en la presente legislatura: el acuerdo entre sindicatos y CEOE sobre la reforma laboral y el apoyo del Partido Popular a la Alcaldía socialista de Barcelona contra los ensueños impostados del independentismo. Poder y oposición deberían mirarse en el espejo del régimen del 78 para ayudar a su crecimiento y recomponer sus destrozos. Como hizo Juan Gil-Albert en la presentación de los papeles del Congreso Internacional de Escritores mencionado al principio de este envío: “Nada produjo en mi ánimo una sacudida más esperanzadora que la de ver a Pasionaria, de pie, en el hemiciclo de las Cortes, aplaudiendo al Rey... En España, se me reveló, había aparecido algo nuevo; especie de crecimiento que viene de lo hondo. Sí, los años han pasado. Hay que abolir el sectarismo”. Recuperemos entonces el invento liberal español. De otro modo, volverán a ganar los malos.































domingo, 9 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Incestuosa o endogámica? [Publicada el 13/10/2015]











Cuenta el diario El País de hoy que Joaquín Mantecón, subdirector del Ministerio de Justicia durante el Gobierno de José María Aznar y catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado de la Universidad Pública de Cantabria, envió un correo el pasado 29 de julio al profesor de la Universidad de Bolonia, José Ignacio Alonso en el que le decía, ante la intención de este último de presentarse al concurso de una plaza de ayudante a doctor de la universidad cántabra, que "la plaza de ayudante a doctor la hemos sacado para ****, mi ayudante durante estos últimos años. Es un chaval estupendo, muy competente, casado desde hace tres años y con dos hijos. Por supuesto, eres muy libre de presentarte, pero me causarías un no pequeño problema. Yo formo parte del tribunal".
El profesor José Ignacio Alonso, destinatario de la misiva, desoyó la recomendación y optó al puesto de ayudante a doctor convocado por la Universidad de Cantabria. No resultó elegido. El tribunal, donde el catedrático Mantecón fue vocal, seleccionó a ****. Justificó su decisión tras penalizar criterios como la edad de Alonso, de 40 años, según la resolución oficial del pasado 23 de septiembre.
El candidato descartado sostiene que existen indicios de un presunto delito de prevaricación. Que el tribunal cometió irregularidades para premiar a **** en la valoración de méritos como textos científicos, estancias en el extranjero, becas o proyectos de investigación desarrollados. Y denuncia que sufrió durante tres meses presiones por correo electrónico del catedrático de Derecho Eclesiástico para que retirase su candidatura y dejar así vía libre al aspirante favorito de Mantecón. 
Llueve sobre mojado... A mí me pasó algo muy semejante hace ya muchos años, recién terminada mi licenciatura en Geografía e Historia por la UNED. Se anunció la convocatoria de una plaza de profesor ayudante de Historia Contemporánea en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en la que se pedía a los candidatos que presentarán un programa docente de la asignatura a impartir durante un curso académico. Lo hice sin problema y el mismo día que se abría el plazo de presentación de candidaturas me presenté con mi documentación en regla en el Departamento de Historia de la Universidad de Las Palmas. Y como las casualidades existen, me encuentro con la grata noticia de que el secretario del departamento es un antiguo compañero mío de estudios en la UNED. Me recibe con cordialidad y cuando le cuento a lo que vengo, me responde con una respuesta calcada a la que le dieron, por correo electrónico (que en aquel tiempo no existía) al profesor de la Universidad de Bolonia citado más arriba: "No te molestes en presentarte porque hemos sacado la plaza para un becario que tenemos en el departamento". 
No voy a decir que me sorprendiera la noticia porque ya intuía que las cosas en la universidad funcionaban así, pues durante algún tiempo fui representante de los alumnos en varios consejos departamentales de la UNED, e incluso miembro de su Claustro General y de su Junta de Gobierno y Consejo Social. Y como tenía mi vida laboral resuelta en la empresa privada, le dí las gracias, me guardé mis papeles y me marché de allí con un regusto amargo pero sin rencor. Nunca más volví a intentarlo. Y ahora lo lamento, porque pienso, honestamente, que hubiera podido ser un buen profesor de universidad. 
Es solo una anécdota más y no voy a elevarla a la consideración de categoría, pero es cierta. Hay que tener mucho valor, ignorancia, presunción e inocencia, todo al mismo tiempo, para atreverse a criticar algo que se desconoce, o peor aún, que no se conoce bien. Yo ando falto de valor y sobrado de ignorancia, presunción e inocencia, pero me apasiona la vida universitaria -no en vano he estado vinculado a ella bastante más de la mitad de mi vida- y comparto muchas de las críticas que personas con mejor conocimiento de causa que yo vienen realizando sobre los males que afectan a la universidad española y sobre sus posibles soluciones. 
Mis opiniones al respecto son recurrentes -basta con poner en el buscador del blog la palabra "universidad", y aunque superficiales y probablemente equivocadas, las tengo muy arraigadas: que la universidad debería ser, por principio, una institución elitista a la que se fuera para aprender y no una fábrica de títulos a la que se va para obtener una acreditación profesional con la que ganarse la vida; que solo deberían acceder a ella los mejores, no los que tuvieran más medios económicos, sino los más inteligentes y capaces; que quizá sería mejor tener menos universidades públicas -una o dos por comunidad autónoma- pero mucho más dotadas en infraestructuras, campus, centros de investigación, bibliotecas y personal docente, que nos las cincuenta y tantas que tenemos ahora; y por último, que la selección del profesorado -incestuosa más que endogámica- tendría que cambiar radicalmente, suprimiendo la titularidad de por vida de las plazas de profesores, prohibiendo doctorarse en la misma universidad en que se obtiene el grado, e impidiendo impartir la docencia en la universidad de origen hasta haber acreditado su valía como profesor en otras universidades. Lo ideal sería que estas prohibiciones funcionaran como una especie de tabú académico-profesional y no como una imposición legal, pero así están las cosas. Y parece que sin remedio. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 











Del lenguaje inclusivo

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del diplomático Juan Claudio de Ramón, va del lenguaje inclusivo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Nosotros y nosotras. Notas sobre el «lenguaje inclusivo»
JUAN CLAUDIO DE RAMÓN
11 NOV 2021 - Revista de Libros

Reseña del libro Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, de Alex Grijelmo, Taurus, 2019.
Al llamado «lenguaje inclusivo» se le suele objetar su carácter chirriante y arbitrario, sin reparar en que a menudo sus problemas van más allá y su empleo hace de enunciados simples paradojas dignas de un Zenón de Elea. El otro día, por ejemplo, hojeando un libro de la mesa de novedades de una librería, topé con esta expresión en el frontis de un capítulo: «Nosotros y nosotras…». Mi comprensión lectora quedó atrapada por este curioso sintagma autodestructivo. Con cierto fastidio, pero sin violar la lógica imperfecta de los lenguajes naturales, uno puede decir «ellos y ellas» o «vosotros y vosotras»: a un conjunto de varones se yuxtapone otro de mujeres. No sucede lo mismo con «nosotros y nosotras»: el sentido de la primera persona del plural no es yuxtaponer, sino más bien el de reunir o unificar. Doblando el pronombre se hace disjunto lo que por definición es conjunto. En suma: no hay, en este universo, hablante que pueda decir con sentido «nosotros y nosotras» (locución que tendría que ser pronunciada, por lo demás, al unísono, a no ser que se tratase del extraño plural mayestático de un monarca intersexual). Si además el grupo es solo de dos personas (e.g. un matrimonio de hombre y mujer que anunciase a sus amigos: «nosotros y nosotras iremos mañana a comer al restaurante que habéis recomendado») la paradoja es doble: cada uno de ellos se estaría refiriendo a un grupo, tratándose de una única persona.
Estas rarezas lógicas son minoritarias. Más habitual es forzar la flexión femenina de un nombre que no es masculino, sino común en cuanto al género, y por lo mismo, naturalmente inclusivo: juez en jueza, portavoz en portavoza. Ambas voces castigan el oído, si bien a la primera nos hemos acostumbrado. Dentro de la clase de palabras que no haría falta doblar descuellan los participios de presente, también llamados participios activos, aquellos que denotan capacidad de realizar la acción que expresa el verbo del que derivan. Aunque en puridad son formas verbales, muchos se lexicalizan como sustantivos (cantante, estudiante, presidente). Ahora bien, a excepción de los participios de pasado (el aria cantada, el examen estudiado, la reunión presidida) los verbos carecen de marca de género; la mayoría de sustantivos, en cambio, sí la tienen. ¿Qué hacer por tanto con un nombre que es el fósil de un verbo? No hay regla. La lengua hablada da permiso de circulación a algunos femeninos (de cliente, clienta; de sirviente, sirvienta) y cierra el paso, por ahora, a otros (amante y no amanta, militante y no militanta, agente y no agenta). Dado que la feminización es más habitual en terminaciones en -ente que en -ante, deduzco que el criterio del hablante (que no hablanta) es el de eufonía. Por lo demás, solía ser el caso que el femenino en estos supuestos, en épocas merecidamente superadas en que se vedaba a las mujeres el acceso al cargo público, significase «esposa de». Así, Clarín tituló La Regenta a su famosa novela: Ana Ozores era la esposa del regente, cuyo nombre nadie recuerda.
Me quiero detener en una voz en disputa: presidenta. O, tanto da, vicepresidenta. Decía Carmen Calvo cuando ocupaba el cargo que, si oía la palabra vicepresidente, ella no volvía la cara, por no sentirse concernida. En 2021 esta parece ser la postura estándar neofeminista. Anoto la fecha porque no siempre fue así. A algunas de las primeras mujeres que alcanzaron cargos de relieve en España no les importaba demasiado ser «presidente». No faltaba quien lo exigía. Viene a la cabeza Ana Diosdado, que en su paso por la presidencia de la SGAE hizo saber que no deseaba ser presidenta y firmaba sus cartas y escritos como «la presidente». Había razones lingüísticas que quizá en su condición de dramaturga y guionista no se le ocultaban: en su etimología presidente proviene de latín prae sedens: él o la que se sienta delante. El doblete aquí es tan innecesario como en sedente, presente o paciente. O quizá Diosdado pensaba que la igualdad era llegar a «presidente» (toda vez que «presidentas» ya había habido durante el franquismo, siempre de organizaciones de poca enjundia o como título meramente honorífico). Por mi parte, diré que no tengo problema alguno en usar «presidenta» si es el término que prefiere la persona aludida. Por otro lado, creo que si fuera mujer y alcanzara a esa posición, me daría bastante igual ser «presidente».
Sirva esta introducción para probar mi interés por los debates acerca del llamado «lenguaje inclusivo». Cosa que no sorprende. El lenguaje es obra colectiva de la que todos nos sentimos propietarios, sobre todo si es la materna. Conquistar el dominio de la lengua cuesta no pocos desvelos, y es comprensible que todo cambio en la norma genere vivas discusiones. Vaya también por delante mi predisposición a la tolerancia y a cierta flexibilidad para cambiar de usos lingüísticos. Con ánimo de informar mejor mis opiniones he leído Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo, del veterano periodista Alex Grijelmo (Taurus, 2019). Es un libro útil. Grijelmo está bregado en las controversias acerca de la lengua y tiene sobrados títulos para moderar este debate (es autor del libro de estilo de El País y fundador, durante su paso por la Agencia EFE, de la Fundación del Español Urgente, la benemérita Fundéu, que vela por el buen uso del español en los medios). Es además hombre de talante conciliador, que gusta de ponderar los méritos de un argumento y su contrario. Busca apoyo a menudo para sus tesis en las filólogas feministas, que ha leído a fondo y con genuino interés. Su libro termina con un borrador de treinta seis sugerencias con soluciones razonables y de fácil uso a los dilemas y embrollos que ha traído la cuestión del lenguaje inclusivo. Es bastante asumible.
El libro, que no es corto, puede resumirse en cuatro tesis. La primera: la pervivencia de usos sexistas en la lengua. El caso más notorio son las asimetrías: expresiones o palabras que dichas de una mujer adquieren un matiz peyorativo ausente al decirse de un varón (asistente y asistenta, fulano y fulana, modisto y modista, zorro y zorra). La segunda: que el machismo de algunos usos no puede extenderse a la gramática y a su sistema de formación del género gramatical. Grijelmo dedica informadas páginas a mostrar que el uso del genérico no marcado –el mal llamado «masculino genérico»– no nace fruto de ninguna conspiración patriarcal o directriz machista para invisibilizar a la mujer. Justo lo contrario: fue la necesidad de dar visibilidad a la mujer, conspicua realidad de la vida, lo que hizo que las lenguas indoeuropeas desgajaran un género propio para ellas, distinto del común usado hasta entonces (privando así a los hombres del género individualizado que tienen las mujeres). La tercera: la necesidad de quitarse de la cabeza la principal superstición que impulsa el uso del lenguaje inclusivo: la creencia de que lo que no se nombra no existe. Lo que no se nombra sí existe. Porque la lengua es un sistema de representación donde el significante no silencia el sentido,  que el oyente recupera por vía de contextos compartidos y en virtud del principio de cooperación entre emisor y receptor. Al decir «pasé cuatro días en Londres» todo el mundo entiende incluidas las noches sin necesidad de aclaración. Salvo en San Petersburgo, en algunas fechas del calendario, las noches no se invisibilizan. Tampoco las mujeres al decir «los invitados pasaron al salón». (Naturalmente, el principio de cooperación, enunciado por Grice, se basa en la sinceridad; ausente esta, una omisión sí es una ocultación). La cuarta tesis, secuela de las anteriores: no hay relación de univocidad entre sociedad y lenguaje. Una lengua poblada de «masculinos genéricos» puede corresponderse con sociedades muy avanzadas en punto a igualdad de género. En sentido inverso, lenguas que no marcan el género y son por tanto estrictamente igualitarias en su gramática son a veces el patrimonio de sociedades machistas y retrógradas.
Lo que dice Grijelmo, en suma, es algo tan sensato como esto: si hay machismo, no está en la gramática, sino en la sociedad. Al evolucionar, la sociedad puede cambiar algunos usos sin necesidad de erosionar una gramática menos caprichosa de lo que se supone. Viene aquí a cuento el útil concepto de «sesgo del oyente», acuñado por Álvaro García-Meseguer, pionero de la reflexión sobre sexismo y lengua. Si una persona escucha «los jueces» y piensa solo en jueces varones es porque en la realidad hay pocas juezas, y es en la realidad donde se debe intervenir removiendo barreras o incentivando el acceso de las mujeres a la carrera judicial. Sabemos que eso ya no pasa: las mujeres son de hecho mayoría en las nuevas promociones de togados y es cuestión de tiempo que lo sean también en lo alto del escalafón.  Cualquiera sabe que si va al juzgado, el juez que se le asigne puede ser mujer u hombre: lo primero ya no le sorprenderá. Sucede algo parecido con la palabra «matrimonio»: tras la normalización del matrimonio homosexual los españoles ya no damos por hecho que la voz deba referirse a hombre y mujer. No ha habido que cambiar la palabra para ampliar el rango de su significado. De hecho, el doblete morfológico puede lograr lo contrario de lo pretendido; esto es, mantener oculto en lugar de hacer ostensible. Por ejemplo, «Marie Curie fue la primera científica en identificar la radioactividad» es una frase de la que podríamos deducir que algún científico varón ya lo habría hecho antes. Pero no, Marie Curie fue la primera «científico» en hacerlo, así como en ganar dos veces el premio Nobel. Con buen criterio Grijelmo sugiere que para las mujeres es más provechoso «apropiarse» del término genérico acrisolado, obligando a ampliar su ámbito de significación, que exigir un término privado para el sexo femenino. Nadie se extraña de que este año de su centenario se hayan sucedido «homenajes» a Emilia Pardo Bazán, a pesar de que la etimología de la palabra recuerde su vinculación con los homes de la lengua provenzal, los hombres.  Se trata de un nombre masculino ganado por la mujeres y por tanto ya común. Como «patrimonio».
Grijelmo, en fin, concibe el «lenguaje inclusivo» como «un lenguaje identitario», un léxico especializado para uso de un gremio, en este caso un movimiento político. Llevado por su propósito conciliador, cree que, siempre que se use con mesura, su práctica puede tener efectos benéficos: «Una moderada duplicación –sobre todo en la lengua cultivada, es decir, en la actuación sobre el lenguaje público y administrativo– servirá legítimamente como símbolo de que se comparte esa lucha por la igualdad, siempre que eso no implique considerar machista a quien prefiera emplear el genérico masculino por creerlo igualmente inclusivo y además más económico» (pág. 277). No se muestra por tanto Grijelmo partidario de soluciones drásticas como la adoptada por el gobierno francés, que ha prohibido el lenguaje inclusivo en las aulas y en los documentos oficiales, «por ser un obstáculo a la comprensión de la escritura». En definitiva (aunque el autor es demasiado educado como para aprobar esta simplificación): «que lo usen los políticos en sus discursos y los funcionarios en sus papeles y a los demás nos dejen tranquilos». (Por cierto: Grijelmo ha comprobado que cuando las convocatorias de empleo público se redactan en genérico no marcado, las mujeres acuden igual a las pruebas).
Es una postura con la que quizá hubiera simpatizado hace unos años, cuando la moda no había mutado en religión. Me temo que pocos de los usuarios del lenguaje inclusivo están de acuerdo en practicar esa largueza liberal recíproca que Grijelmo propone. En una economía terciariada donde las comunicaciones escritas son constantes –se escriben docenas de correos electrónicos al día–, la decisión de usar o no el «lenguaje inclusivo» –inevitable desde el encabezado de las cartas– empieza a ser motivo de enrarecimiento en ambientes de trabajo (no es inédito que algún colega se niegue a responder los correos de colegas que declinan su uso). Y es que Grijelmo acierta al decir que el «lenguaje identitario» es una especie de jerga especializada o de grupo, sin acertar, sin embargo, a extraer las plenas consecuencias de este hecho. Porque llamarlo «lenguaje identitario» es tanto como llamarlo «lenguaje de parte» Al abandonar la norma común –y lo común por excelencia es la lengua– se demarca una frontera entre quien lo adopta y quien declina su empleo. Como ha dicho Josu de Miguel «El lenguaje inclusivo es un código lingüístico para identificar y señalar a los que no lo utilizan». En mi opinión, da en el clavo: el lenguaje inclusivo merece más el calificativo de código que de lenguaje: un repertorio reducido de símbolos (algunos impronunciables como la @, la x o la barra diagonal en lugar del morfema de género) que encriptan una señal que no tiene que ver con el contenido del mensaje. En este caso, la señal es de avenencia –ya sea por convicción, miedo o apatía– con la doctrina oficialmente correcta (la existencia de machismo estructural en nuestras vidas, empezando por la lengua). Ello se compadece con que la presión para hablar «en inclusivo» recaiga principalmente sobre los hombres (en mis propios quehaceres profesionales noto que mis colegas mujeres sienten, por lo general, una gozosa dispensa a la hora de usar el lenguaje que se supone las redime: no es el primer corsé del que se liberan). Y si es más código que lenguaje, por lo demás, el «lenguaje inclusivo» tampoco merece el calificativo de inclusivo. Porque se trata de una forma de hablar que hace lo contrario: bifurcar o separar, deshaciendo las representaciones de lo común. Representación que se puede lograr muchas veces haciendo uso del rico repertorio de sustantivos epicenos y comunes de la lengua. Así, «esposo» y «esposa» quedan felizmente reunidos en «cónyuge». En mi práctica diaria, yo mismo procuro agotar esas posibilidades antes de recurrir a términos con marca de género. El resultado suele ser una lengua más variada y precisa. Decir «tropa» en lugar de «soldados» no afea el lenguaje, si acaso lo embellece.
Me gustaría pensar que la propuesta de Grijelmo tendrá éxito y la tolerancia mutua será la pauta en que terminaremos conviniendo. Soy escéptico. Sé bien que si escribo «juez» o «presidente» para referirme a una mujer, serán muchos los que vean la agenda de un machismo irredento y soterrado en lo que para mí no deja de ser una opción autorizada por la lengua de mayor eufonía. Lo mismo con «el hombre» para hablar del ser humano en general, como es tradición inveterada en filosofía (María Zambrano dio el título de El hombre y lo divino a uno de sus libros más importantes). La suspicacia, por lo demás, es mutua y confieso que leer un texto «en inclusivo» me predispone en contra del emisor. Se cierne sobre mí el recelo de que para su autor el contenido es lo de menos, apenas un pretexto para exhibir una virtud igualitaria demasiado autoconsciente. Cuando un político insiste, en sus alocuciones, en desdoblar–algo que de por sí rompe el ritmo de cualquier discurso, y con ello su atractivo–, se tiene la impresión de que el fondo del asunto es de poca monta, postizo, intercambiable, «paja», toda vez que el esmero del emisor se ha ido en señalizar su acatamiento a la moda del momento. Cuando escucho a un líder sindical decir «obreros y obreras» o «agricultores y agricultoras» me resulta difícil creer que los problemas del trabajo en el campo o la fábrica le quiten el sueño. El uso del lenguaje se vuelve estratégico, no busca comunicar. Porque el lenguaje inclusivo quiere visibilizar, sí, pero no a ningún colectivo, sino a uno mismo. La grata actividad de intercambiar ideas y sentimientos con otros seres humanos muta en un irritante concurso de imposturas. En sentido inverso, ¡qué refrescante y seductor se ha vuelto la lengua de alguien que habla sin ortopedias inclusivas! El efecto aquí nos estimula y hace aguzar el oído: sentimos que el emisor, hombre o mujer, está, por así decir, a pie de obra, con las manos enharinadas, poco dispuesto a hablar con perífrasis, deseoso, en suma, de «ir al grano». El lenguaje ceñido a las cosas y solo a las cosas nos sugiere un hablante comprometido con lo que dice. Una maestra que habla de «los niños» reclama nuestra atención de manera imperiosa; una que hable «de los niños y las niñas» invita a pensar que lo que sigue será banal. Termina su libro Grijelmo con estas palabras: «Cuando todos seamos iguales, cosa que por el momento está lejos de ocurrir, cuando se hayan resuelto las diferencias salariales, la violencia machista, la discriminación de la mujer, cuando haya desaparecido todo eso y la igualdad sea plena, el lenguaje dejará de ser una batalla». Es de nuevo un deseo loable pero se diría que la tendencia es la contraria: la batalla por el lenguaje inclusivo ha arreciado justo cuando los arcaicos prejuicios machistas están ya todos en vías de extinción en las sociedades occidentales y no hay una sola ocupación u oficio donde uno no pueda imaginarse a una mujer de éxito. Cunde así la sospecha de que las luchas simbólicas tienen una vida propia desconectada de los avances en las batallas materiales. Menos improbable es que depongamos las armas lingüísticas por mero agotamiento: hablar «en inclusivo» cansa. Los usos –de la técnica, de la lengua, de la vida– se abandonan cuando son ineficientes. La llegada de un tercer género filológico (al que la ministra de Igualdad Irene Montero rotura el camino con coraje) podría ser el kilo de peso muerto más que una mayoría ya no esté dispuesta a cargar. Quizá entonces recuperemos la perdida senda de un «nosotros» que «nosotros y nosotras» no puede decir.



























sábado, 8 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre el amor y el sexo. [Publicada el 01/08/2018]













El pasado 28 de julio el escritor castellano-leonés Gustavo Martín Garzo publicó un hermoso artículo en el diario El País titulado "El regreso de los centauros" en el que hablaba sobre la naturaleza profunda del amor. Criticamos el amor romántico, decía en él, al que hacemos responsable de todos nuestros males, pero ¿por qué entonces nos gusta escuchar esas historias que hablan de amantes que son capaces de entregar su vida o enloquecer por amor?
"Todo es santo, todo es santo. No hay nada natural en la naturaleza, no lo olvides. Cuando la naturaleza te parezca natural todo terminará. Y empezará algo distinto”. Así se expresa el centauro Quirón en la escena inicial de "Medea", la película de Pier Paolo Pasolini, comenzaba diciendo. Sobre su grupa hay sentado un niño de tres años que lo escucha embobado. Este niño es Jasón, el héroe que de adulto partirá con los argonautas en busca del vellocino de oro. Quirón se ocupa de él hasta que esté en condiciones de reclamar el trono de Yolco, que le pertenece por herencia. Y en esta escena le escuchamos hablar de ese mundo antiguo en que viven, un mundo donde cada árbol, cada fuente es la morada de un dios, pues tierra y cielo, realidad y sueño aún permanecen unidos.
Más tarde, y cuando un Jasón ya adulto se dispone a partir a su país, Quirón acude a despedirle. Pero ahora ya no tiene grupa de caballo y se confunde con un hombre, alguien que aconseja a su protegido que sea prudente y que no se deje llevar por las ansias de poder y riqueza. Jasón viaja hasta su país vestido con una piel de pantera, una lanza en cada mano y un pie descalzo, que simbolizan su pertenencia al mundo que acaba de abandonar, pero su tío le encarga que viaje hasta la Cólquida para recuperar la piel de oro del carnero alado. Será en esas tierras donde se encuentre con Medea, la sacerdotisa del templo.
En la película de Pasolini el centauro regresa antes de la tragedia para hablar de nuevo con Jasón. Pero entonces se ha desdoblado en dos. Uno sigue conservando su grupa de caballo, mientras que el otro es solo un hombre como los demás. Jasón quiere saber si aquello es una visión, ya que él ha conocido a un solo centauro y este le dice que ha conocido a dos. Uno sagrado cuando era niño y uno profano cuando se hizo adulto. Pero lo sagrado se conserva junto a su forma profana y ahora están allí, el uno junto al otro. Y gracias a la parte sagrada que conoció de niño ama a Medea, la compadece y comprende su catástrofe espiritual, su desorientación de mujer antigua en un mundo que ignora aquello en lo que ella creía. “Porque nada puede impedir al viejo centauro inspirar sentimientos”, le dice. “Ni a mí, nuevo centauro, expresarlos”.
El amor que Jasón ha sentido por Medea le devuelve a aquel mundo donde allá donde mirara algún dios había dejado rastro de su sagrada presencia. Esto mismo les pasa a los amantes, todo es santo para ellos. Las sábanas en que se acarician, el silencio que los acoge en la noche, los tazones y cubiertos con que desayunan, el olor a hierba y la frescura del agua que beben cada mañana. Y, sobre todo, son sagrados sus sexos, que son la morada de esos dioses que despiertan cuando se encuentran.
¿Qué tiene que ver todo esto con la visión funcional del amor y del sexo que rige en nuestros días? Se ha hecho del cuerpo un mero instrumento de placer, y no es que eso esté mal viviendo del mundo del que venimos, del que vienen, sobre todo las mujeres, ya que ¿por qué iba a ser malo que cada uno buscara en el cuerpo del otro aquello que le da placer sin aspirar a nada más? Pero entonces ¿qué haremos con nuestro pie descalzo? A Jasón le llevó a los brazos de Medea dando lugar a la terrible tragedia que conocemos, pues la santidad puede ser una maldición, ya que los dioses aman y odian al mismo tiempo. También Cenicienta tiene un pie descalzo. Al ofrecérselo al príncipe le está diciendo que si la ama tiene que aprender a aceptar esa parte de sí misma que la vincula a la noche, a su madre muerta, al mundo de las apariciones. Porque nadie es dueño de su cuerpo en el mundo de los centauros.
Ese pie es la metáfora del cuerpo desnudo que los amantes se ofrecen en la oscuridad, el cuerpo que pertenece al reino habitado por Quirón. Cavafis en un célebre poema lamenta vivir en un mundo en que ya no se espera la llegada de los bárbaros. “Y ahora”, exclama, “¿qué será de nosotros, sin los bárbaros?”. El bárbaro, como el centauro, pertenece al territorio misterioso de lo sagrado. Allí está el inacabable reino de lo Otro: el mundo del sueño, de los deseos más ocultos, de lo extraño y maldito. Por eso bárbaros y centauros nos inquietan, tememos recibirlos pues no sabemos qué nos pedirán. Pero ¿qué nos queda sin ellos? ¿El desierto de los manuales de autoayuda, de los congresos del bienestar, de los programas radiofónicos sobre técnicas sexuales? Está bien sacar el sexo de la cueva de los ogros, pero ¿queremos llevarlo al corral de las gallinas?
Criticamos el amor romántico, al que hacemos responsable de todos nuestros males, pero ¿por qué entonces nos gusta escuchar esas historias que hablan de amantes que son capaces de entregar su vida o enloquecer por amor? La historia de Romeo y Julieta, muriendo juntos; la de Tristán e Iseo durmiendo en el bosque con una espada entre ellos; la de los amores prohibidos de Lancelot y la reina Ginebra; la de Eros y Psique en la cueva del deseo; la historia de Fabricio del Dongo y de Clelia Conti que, en La cartuja de Parma, solo podían encontrarse en la completa oscuridad. Adentrarse en la vida secreta de los amantes es hacerlo en las casas abandonadas de la infancia, en el mundo de los misteriosos animales, en el mundo del sueño y de los niños muertos, ya que el deseo es un oficio de tinieblas.
La película "Los muertos" de John Huston termina con una de las escenas más hermosas de la historia del cine. La pareja protagonista ha asistido a una fiesta y, al regresar al hotel, la mujer rompe inopinadamente a llorar. Es a causa de la canción que ha escuchado durante la cena y que le ha recordado un episodio de su juventud. Un muchacho se enamoró de ella y, el día antes de su marcha, se pasó la noche bajo la lluvia esperando que fuera a abrazarle, lo que sería la causa de su muerte. Y aquella canción le ha recordado a ese chico que murió por ella. La mujer se queda dormida agotada por la emoción y el marido se da cuenta del triste papel que ha desempeñado en su vida. “Jamás he sentido por ninguna mujer lo que aquel chico sintió”, se dice. Y comprende que algo así tiene que ser el amor.
Banalizamos el sexo, los cuerpos, queremos que nuestra vida amorosa sea algo parecido a una de esas placenteras visitas al rincón del gourmet de los centros comerciales, pero ¿por qué entonces nos sigue conmoviendo la historia de una mujer que conserva durante toda su vida la imagen de los ojos de su amante cuando le dijo que si ella se iba no quería seguir viviendo? ¿Por qué al escuchar esta historia todos sentimos envidia de ese niño que muere de amor? Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt