viernes, 30 de octubre de 2026

ESPECIAL CINCO DE HOY VIERNES: NO ES DEMOCRACIA PARA JÓVENES, POR JAHEL QUERALT

 





En 2016, los ciudadanos del Reino Unido decidieron mediante referéndum abandonar la Unión Europea. Cerca de tres cuartas partes de los jóvenes entre 18 y 24 años quería quedarse y votó Remain, pero eran menos y se movilizaron menos que sus mayores, mucho más partidarios de abandonar la Unión. El resultado es conocido: el Leave se impuso con un 51,9% de los votos. Para los jóvenes británicos aquella decisión tendría consecuencias durante la mayor parte de sus vidas: perdieron la libertad automática de estudiar en otro país europeo, se acabaron los Erasmus en París o en Barcelona; quienes estaban al principio de su trayectoria laboral vieron cómo trabajar en la UE pasó a depender de las normas migratorias de cada país; y los efectos negativos que ha tenido el Brexit sobre el comercio, la inversión y la productividad británicos –cuya magnitud exacta es debatible– afectarán durante mucho más tiempo a quienes tenían 18 años en el momento de la decisión que a quienes tenían 70.

El Brexit ilustra bien una asimetría que matiza el principio de una persona un voto: aunque todos los votos cuenten lo mismo, no todos los votantes vivirán durante el mismo tiempo con las consecuencias de lo decidido. Esta asimetría adquiere especial importancia si tenemos en cuenta que algunas de las decisiones más trascendentales a las que nos enfrentamos –el cambio climático, la deuda pública, las pensiones– producen efectos durante décadas y condicionan un mundo en el que los jóvenes vivirán buena parte de sus vidas, pero que los mayores apenas conocerán. El efecto intergeneracional de las decisiones políticas no es, por supuesto, una preocupación nueva, ni mucho menos. Los constitucionalistas llevan años debatiendo sobre la “mano muerta del pasado” (dead hand of the past), es decir, hasta qué punto las decisiones de generaciones desaparecidas pueden condicionar legítimamente la vida de las generaciones presentes. Pero el problema que aquí nos interesa no es el que se plantea entre los vivos y los muertos, sino entre vivos de distintas generaciones que forman un mismo demos; entre una chica de 20 años y una señora de 80 que, en una decisión concreta, tienen el mismo poder electoral, sus intereses cuentan lo mismo, pero sus horizontes temporales frente a las consecuencias de esa decisión son completamente distintos.  

Este problema inter vivos se agrava por un rasgo concreto de nuestras democracias: envejecen, y bastante rápido. En la Unión Europea, la proporción de mayores de 65 años pasó del 16,4% en 2004 al 21,6% en 2024, mientras que la de menores de 19 años descendió del 22,4% al 20% (la mediana de edad de la población ha subido cinco años: de 39,3 a 44,7 según Eurostat). En España, los mayores de 65 años representan ya el 21,1% de la población, y el INE proyecta a junio de 2026 que podrían superar el 30% en las próximas décadas. Pero el electorado envejece aún más que la población, por dos razones. Una institucional: aproximadamente uno de cada cinco europeos tiene menos de 20 años y buena parte de ellos no puede votar. Otra volitiva: cuando tienen edad de votar, los jóvenes se abstienen en una proporción muy superior a la de los mayores.

Y así llegamos a la tormenta perfecta: muchas decisiones políticas producen efectos a muy largo plazo, y quienes convivirán durante más tiempo con esas decisiones constituyen una porción relativamente menor del electorado. Es posible que este diagnóstico no impresione. Al fin y al cabo, asimetrías en los efectos de las decisiones democráticas las hay por doquier. Una subida del IRPF no afecta igual a quien gana 20.000 euros que a quien gana 200.000; una reforma de las licencias de taxis afecta sobre todo a los taxistas; y la ampliación de un aeropuerto perjudica especialmente a quienes ven su terreno expropiado. El impacto de las decisiones políticas es casi siempre asimétrico y no consideramos que haya un problema de desigualdad de poder político que deba ser corregido. 

Minoría sistemática. ¿Qué tiene entonces de especial la asimetría entre jóvenes y mayores? La particularidad de la edad como variable que genera un grupo identificable es que crea desigualdades que no están circunscritas a una política concreta, sino que atraviesan muchas de ellas y lo hacen siempre en la misma dirección: los jóvenes están sistemáticamente expuestos durante más tiempo a las consecuencias a largo plazo de una decisión política. Por eso tiene sentido, como no lo tiene en otros casos, preguntarnos si institucionalmente debemos dar más peso a sus intereses, teniendo en cuenta, además, que las circunstancias demográficas los convierten en una minoría sistemática.

La respuesta más intuitiva para corregir los efectos del envejecimiento del demos consiste en ampliarlo por abajo, hacerlo más joven, rebajando la edad de voto a los 16 años. Aunque se trata de una medida generalmente impulsada por partidos de izquierda, verdes y liberales, Austria, el primer país de la UE que la aprobó, lo hizo con un amplio respaldo parlamentario. Fijar la edad de voto por debajo de la mayoría de edad tiene sentido como un correlato del hecho de que la edad mínima para trabajar está también por debajo. Sería una manera de igualar cargas y derechos. Además, frente a posibles dudas sobre su madurez, los jóvenes austriacos han mostrado que no son menos capaces que el resto del electorado de votar coherentemente con sus preferencias. Votan igual de bien o de mal que sus mayores. 

La cuestión, sin embargo, es si esta reforma permite atajar realmente el problema que nos ocupa y la respuesta es que bastante poco. La rebaja en la edad electoral amplía el demos únicamente en dos cohortes. En las elecciones escocesas de 2016, por ejemplo, las primeras en las que pudieron votar los jóvenes de 16 y 17 años, el censo se aumentó en 80.000 nuevos electores que representaban un 2% del electorado. El desequilibrio generacional siguió siendo considerable: en el censo de 2022, los votantes de 16 a 24 representaban la mitad que los mayores de 65. Los viejos eran, respecto a los jóvenes, mayoría absoluta. 

Una segunda opción consiste en dar a los jóvenes el mismo tratamiento que otros grupos sistemáticamente desaventajados como, por ejemplo, las mujeres o las minorías raciales y crear cuotas para ellos. Esta medida no es incompatible con la anterior. De hecho, supone dar un paso más: no basta con que los más jóvenes puedan votar, sino que su escaso peso demográfico y electoral exige mecanismos específicos de representación. Según la Unión Interparlamentaria (IPU), en 2025 solo el 2,8% de los parlamentarios del mundo tenía 30 años o menos. Además, el 37,1% de las cámaras parlamentarias no tenía ni un solo diputado de 30 años o menos. En la actualidad, existen cuotas juveniles en 16 cámaras parlamentarias, casi todas únicas o bajas, que descansan, como todas las cuotas, sobre una premisa discutible: que para representar los intereses de los jóvenes hacen falta representantes jóvenes. 

Asimetría temporal. De entrada, conviene cuestionar si es posible dar un sentido preciso a la idea de “intereses de los jóvenes”. Los jóvenes, como las mujeres y los negros, no son un grupo homogéneo con preferencias cognoscibles. El hecho de que compartan una asimetría temporal respecto a otros grupos no significa que coincidan en una posición política. Pensemos, por ejemplo, en la inteligencia artificial. Los jóvenes vivirán durante más tiempo que los jubilados con las consecuencias de las decisiones que adoptemos hoy sobre su desarrollo y, sin embargo, partiendo de esta idea, unos pueden sostener que su interés es que se acelere al máximo su desarrollo para aprovechar al máximo sus beneficios, confiando en que se creen nuevos trabajos y lleguemos a una sociedad de la abundancia que haga bajar los precios; otros, atemorizados por los riesgos, pueden preferir fuertes restricciones que la frenen. ¿Cuál es el interés de los jóvenes que un parlamentario debería representar? Son varios. Afortunadamente, no en todos los debates andamos dando palos de ciego entre el optimismo extremo y el apocalipsis. Es difícil negar que una multiplicación de la deuda pública para pagar pensiones puede resultar una política muy gravosa para los jóvenes. Pero puede ser que un diputado de 25 años defienda esta política por intereses electorales, y que uno de 60 se oponga a ella con vehemencia. Un estudio sobre los parlamentarios británicos e irlandeses encontró, por ejemplo, que los parlamentarios más activos en cuestiones LGBTIQ+ eran miembros que no pertenecían a esa minoría (1). Como advierte Jane Mansbridge, la representación descriptiva no garantiza la representación sustantiva: compartir una característica con un grupo no implica necesariamente defender sus intereses. 

Una tercera posibilidad, mucho más radical, consiste en establecer un límite al derecho de voto por arriba, igual que existe por abajo. En 1970, Douglas J. Stewart publicó el artículo Disenfranchise the Old, en el que sugería la retirada del sufragio a los 70 años. Su argumento aludía precisamente a la asimetría temporal que aquí se discute. Cualquier umbral tiene un componente arbitrario y, medio siglo después, el aumento de la esperanza de vida permitiría elevarlo, por ejemplo, hasta los 75 años. Pero la cifra exacta es lo de menos. La propuesta es arriesgada y plantea una objeción inmediata: ¿no supondría discriminar a los mayores? La respuesta no es evidente. Muchos derechos universales están sujetos a lo que podríamos llamar condiciones de activación o desactivación. El derecho al habeas corpus, por ejemplo, se hace efectivo cuando alguien es detenido; el derecho al salario mínimo, cuando trabaja. El sufragio ya funciona de manera semejante respecto de la edad: es un derecho universal cuya posibilidad de ejercicio se activa al alcanzar una determinada edad. La peculiaridad de una condición de edad es, además, que si vivimos lo suficiente cruzaremos el umbral, tanto el inferior como el superior, si decidimos fijarlo. Esto no elimina de cuajo la preocupación sobre fijar un límite superior pero permite responder a la pregunta sobre la discriminación con otra pregunta: si aceptamos que la edad puede determinar cuándo comienza el ejercicio del sufragio, ¿por qué debemos rechazar de entrada que pueda determinar también cuándo termina?

La objeción más profunda es otra. No todas las decisiones políticas proyectan sus consecuencias durante décadas. Un anciano de 80 años tiene un interés tan inmediato como el de cualquiera en la seguridad de su barrio, por ejemplo. Retirarle completamente el voto para corregir una desigualdad que aparece sobre todo ante decisiones de largo plazo, puede ser una decisión demasiado drástica. Imaginemos una comunidad de propietarios que debe decidir sobre una reforma muy costosa que supone una derrama carísima. Todos deben pagarla ahora para que se acometan las obras, pero los beneficios se extenderán durante décadas. Supongamos, por simplificar, que cinco propietarios tienen menos de 30 años, diez tienen entre 30 y 69 y los treinta restantes superan los 70. La edad genera una asimetría considerable respecto a la exposición a los costes y beneficios de la decisión. Pero imaginemos ahora que la comunidad decide cuánto gastar en la limpieza del edificio durante el próximo año. La asimetría prácticamente desaparece. Una edad máxima para votar, sin embargo, trataría ambos supuestos exactamente igual. 

Y por eso, Philippe Van Parijs juzga la retirada completa del sufragio como una medida cruda que supone una especie de muerte política. Su propuesta pasa por mecanismos alternativos más moderados como ponderar el voto por edad. Por ejemplo, conceder un voto adicional a los menores de 60 años, hacer que un voto valga dos a los 18 y pierda un 1% de su peso cada año o, de manera más sistemática, vincular el número de votos a la esperanza de vida restante. Aplicado a nuestro edificio, nadie perdería por completo el derecho a participar: el propietario de 70 años seguiría votando, pero su voto pesaría menos que el del propietario de 25. Esto parece justo cuando se trata de decisiones de largo alcance temporal. Pero cuando se trata de cuestiones inmediatas en las que el tiempo no es relevante, el voto ponderado, si bien evita la muerte política, crea una desigualdad difícilmente justificable: ¿por qué debería contar menos el voto de un jubilado al decidir sobre algo que ocurrirá mañana?

Esta no es una democracia para jóvenes. Intentar que lo sea nos obliga a poner en cuestión la promesa igualitaria que mejor define la democracia: una persona, un voto. Un precio considerable. Jahel Queralt es profesora de Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra. Su último libro es ‘Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia’ (Anagrama, 2026). Publicado en Tinta Libre.























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ESPECIAL CUATRO DE HOY VIERNES: LECCIONES SOBRE LA DEMOCRACIA DE LA ANTIGUA GRECIA, POR MANEL GARCÍA SÁNCHEZ

 







La convocatoria de elecciones renueva en nuestro país aquel experimento político griego a cuya diosa Democracia los atenienses erigieron una estatua. No era ni es un gesto menor: significaba y significa sacralizar un sistema político que ha convertido la libertad y la participación ciudadana en principios fundamentales de convivencia. Siglos después, las revoluciones americana y francesa reivindicaron aquel legado incorporando la igualdad al horizonte de valores sobre el que se edifican nuestras democracias, aunque la fraternidad fue difícil de conseguir en aquella Atenas escuela de Grecia y muchas veces parece imposible en esta España invertebrada y guerracivilista.

La deriva antiliberal y los autoritarismos populistas de derechas y de izquierdas constituyen síntomas inquietantes de una enfermedad política que amenaza con hacerse crónica. La ingobernable gobernabilidad que facilita tantas veces la democracia se manifiesta en la irresoluble paradoja de que el mejor de los sistemas políticos, desde su imperfección, facilita a sus enemigos la herramienta de la libertad de expresión —parresía la llamaban los griegos— para erosionarla desde dentro.

Ya en Atenas se acusaba a Pericles de que su pareja Aspasia, propietaria de prostíbulos, dictaba realmente la política y que solo las clientelas de turno se beneficiaban corruptamente del poder. Allí Sócrates criticaba la democracia y se convertía en maestro de tiranos o políticos populistas, como Critias o Alcibíades. Oligarcas y demócratas digerían mal el grumo de la derrota electoral vociferando en la Asamblea sobre pucherazos en el recuento de votos, corrupción o subversión del orden constitucional. Entonces, como ahora, se abusaba de la nostalgia de la constitución de los antepasados, la de Solón y Clístenes, y se miraba al pasado en busca de inspiración para la construcción de un futuro mejor.

Laura Sancho Rocher, en El nacimiento de la democracia, o José Luis Moreno Pestaña, en Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico, nos recuerdan que la historia de la democracia griega proporciona lecciones oportunas para la política actual y que los atenienses, pese a sus profundas divisiones políticas, raramente desacreditaban sus instituciones con la ligereza con la que lo hacemos hoy. Naturalmente, no faltaron los críticos entonces, pero la crítica siempre es fecunda si se formula desde la controversia constructiva. La democracia permitió a los antidemócratas Platón y Aristóteles señalar las contradicciones de un sistema que confiaba magistraturas al sorteo, otorgaba el protagonismo político al sufragio del populacho y permitía que demagogos alcanzasen posiciones de liderazgo. Ese peligro es consubstancial a la democracia, como es verdad que una democracia censitaria e ilustrada, gobernada por expertos y ciudadanos acomodados no garantiza necesariamente el imperio de la justicia.

Nunca es saludable idealizar el pasado; tampoco aquella democracia ateniense que excluía de la ciudadanía política a mujeres, esclavos y extranjeros; que condenó a muerte a Sócrates, defenestró a sus líderes más sobresalientes y conoció episodios de violencia sectaria y guerra civil que reclamaron la necesidad de vencer la ira con el perdón y rendir cuentas con el pasado mediante el olvido impuesto por una amnistía, otra bella palabra griega. Tucídides nos advirtió de que las democracias lo son nominalmente porque en la práctica están dirigidas por unos pocos de sus ciudadanos, los mejores y los peores. La vieja y la nueva democracia nunca han estado libres de esas contradicciones, pero precisamente ahí reside su grandeza: en la posibilidad de reconocerlas, discutirlas y corregirlas mediante la palabra y el ejercicio del derecho a voto para ratificar o revocar la confianza en nuestros políticos. La isegoría, el derecho igualitario de los ciudadanos a tomar la palabra en las urnas, y la isonomía, la igualdad ante la ley, constituían y deben constituir derechos irrenunciables del único sistema político que permite cuestionar públicamente sus propios fundamentos. Incluso entonces quienes admiraban a la oligárquica Esparta, como el Pseudo Jenofonte, podían expresarlo en la democrática Atenas; todavía hoy tan solo se permite atacar a la democracia desde la propia democracia.

Resulta especialmente inquietante el desafecto democrático que se extiende entre sectores de nuestra sociedad, algo que cíclicamente sucedía también en Atenas. Que depositemos esperanzas en líderes autoritarios, que la xenofobia se disfrace de patriotismo, que el desprecio hacia las minorías se presente como defensa de la libertad y fortaleza inexpugnable de la identidad o que el progresismo se quede en retórica inoperante fue y es un mal inmanente a la democracia. Más preocupante todavía es la actitud de quienes, proclamándose verdaderos demócratas facilitan la legitimación institucional de esas políticas y valores que cuestionan los fundamentos del liberalismo político o la socialdemocracia.

El problema no consiste en impedir la discrepancia, sino en comprender que la tolerancia democrática no exige indiferencia ante quienes aspiran a destruirla. Es cierta la paradoja de que una tolerancia ilimitada puede terminar favoreciendo la desaparición de la propia tolerancia. Los cordones sanitarios frente a determinadas ideologías no deberían entenderse como una negación del pluralismo, sino como una estrategia de defensa constitucional en la que el debate de ideas resuelva las diferencias. Su eficacia, naturalmente, depende de las circunstancias y de la coherencia de quienes los promueven, pero negar al otro es olvidar insensatamente que ese otro forma parte del nosotros. Los vendedores de simulacros pueden convertirse en los peores verdugos de la democracia y las urnas son el mejor lugar para desenmascarar a los antidemócratas y condenarlos al ostracismo.

Frente al nacionalismo o el patrioterismo excluyente, reivindiquemos el patriotismo constitucional. No banalicemos el fascismo o el comunismo aplicándolo a conveniencia a partidos o instituciones y frente al uniformismo autoritario defendamos el pluralismo y las decisiones soberanas expresadas democráticamente. Sobre ello ‒leamos a Demóstenes‒ nos enseñaron muchas cosas los griegos, también sobre los enemigos y peligros que acechan a la democracia. Es por eso por lo que todos somos y debemos seguir siendo griegos; es por ello que una convocatoria electoral sigue siendo la muralla más sólida para la defensa de la democracia. Manel García es profesor de Historia Antigua de la Universitat de Barcelona. Publicado en El País Semanal.




















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ESPECIAL TRES DE HOY VIERNES: PP Y VOX, UNA ALIANZA CLARIFICADORA, POR CRISTINA MONGE

 





El acuerdo alcanzado por Partido Popular y Vox para las listas del Senado surge en respuesta a los pactos alcanzados por las fuerzas progresistas para la Cámara alta. Vox renuncia a concurrir en 14 circunscripciones y en otras 14 presenta un solo candidato. El PP, por su parte, hará lo mismo en tres, Gipuzkoa, Girona y Tarragona, un alto precio para un partido de Estado que ha gobernado España más de 13 años y aspira a volver a hacerlo.

Esta alianza tiene sus hándicaps. Parece lógico pensar que los conservadores más templados serán reacios a marcar la equis en los nombres de Vox, de la misma forma que resultará complicado explicar a quienes surgen como una escisión del PP que deben votar por aquel partido del que han huido. Tampoco parece sensato pensar que quienes van a salir de la abstención para unirse al lado pretendidamente “antiestablishment” de Vox puedan apoyar a un partido tan sistémico como el PP. Veremos si el objetivo de acabar con “el sanchismo” es suficiente.

Más allá de cuestiones tácticas, desde el punto de vista estratégico, el acuerdo alcanzado por PP y Vox clarifica mucho más de lo que parece. En primer lugar, una alianza ya clara y firme entre la derecha conservadora, liberal y sistémica que representa el Partido Popular y la ultraderecha de Vox. Podrá pensarse que era previsible tras compartir gobierno en cuatro comunidades autónomas. Ciertamente. Pero ello no permite obviar la distancia que hay entre la estrategia actual de los populares y las declaraciones que tan solo tres años atrás, en la campaña de 2023, hacía Alberto Núñez Feijóo para diferenciarse de los ultras. En aquella ocasión, el líder popular manifestaba su objetivo de “gobernar en solitario” y buscaba conquistar el centro, para lo que necesitaba alejarse de Vox. Hoy todo esto ha cambiado. Así lo muestran los acuerdos PP-Vox en los gobiernos autonómicos, y la asunción cada vez más clara de los marcos de la ultraderecha en temas como la migración, las políticas ambientales, las cuestiones de género o el modelo fiscal. Esta alianza para el Senado es la puesta de largo, nada menos que en la Cámara alta, de esta connivencia previamente establecida.

Si todo esto es posible, no es solo por la necesidad de llegar a acuerdos para gobernar, dada la fragmentación del voto conservador. Si así fuera, se trataría de mera táctica. Una observación de las propuestas políticas y los marcos utilizados muestra algo más. El único leitmotiv conocido de la campaña del PP es acabar con el sanchismo. Poco se conoce de sus propuestas políticas, del modelo social, económico y político que plantea. Un vacío que guarda relación con la profunda crisis ideológica por la que atraviesan los conservadores en el conjunto de Occidente, y que explica, en buena medida, por qué están teniendo tanta facilidad para asumir los postulados ultras. Nostalgia de los conservadores, titulaba en una tribuna en este medio hace unos días el profesor Innerarity. Carecen de una oferta propia, de un programa elaborado desde ópticas conservadoras dentro de parámetros democráticos. Está por ver los resultados que esta alianza PP-Vox obtiene en la Cámara alta, pero el acuerdo es de lo más expresivo. Se trata de una alianza clarificadora. Cristina Monge es politóloga. Publicado en El País.





















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ESPECIAL DOS DE HOY VIERNES: POLÍTICA COMECOÑOS, POR NAJAT EL HACHMI

 





Hay que espectacularizar la realidad y todo tiene que ser entretenimiento banal y frívolo, incluso obsceno. Y en campaña electoral epatar es lo que importa: hacerse viral, llegar al votante indiferente y al rezagado. Entiendo que la comunicación manda pero ¿no creen ustedes, señoras y señores de la izquierda posmoguay, ecopija y deconstructora, no creen que se están pasando tres pueblos? Mientras las calles arden pidiendo techo, después de ocho años en los que a pesar de tocar algo de poder, aunque fuera de modo tangencial, no derogaron la reforma laboral de Rajoy ni su ley mordaza, ni hicieron nada que cambiara el problema de la vivienda, habiendo destruido la cohesión del feminismo español suplantándolo por una feria de identidades, mientras los trabajadores (rebautizados por ustedes como los de “abajo” o “de la mierda”, expresión que usa Gabriel Rufián para hablar de sí mismo cuando era pobre y currante) sienten sobre el cuello la bota de un sistema que explota cada minuto de su existencia, mientras todo esto pasa, ¿de verdad creen que lo mejor es hablarles a los españoles de comer coños y comer culos? Que no digo yo que el tema no tenga su relevancia pero, señora Montero, ¿acaso va a promulgar usted una ley para que los hombres aprendan el muy noble arte del cunnilingus?

No es un problema de Montero ni de Rufián; es el de un tiempo en el que llamar la atención es más importante que el tema sobre el que se consigue que te miren y te escuchen. Que los jóvenes están alejados de la política y pueden quedarse en casa el día que toca ir a las urnas, pues hablémosles de coños y culos y pollas como los niños dicen teta, culo, caca. A esos niveles han bajado quienes aspiran a presidir este país. Y lo hacen, además, en la televisión que pagamos todos, donde todo el mundo debería expresarse de forma libre, claro está, ¿pero de verdad creen que insultar así nuestra inteligencia es una buena estrategia? Será que de verdad nos toman por idiotas porque la propia Irene Montero, cuando David Broncano acierta preguntándole por qué a la izquierda le cuesta tanto hablar de inmigración, achaca el problema a que los xenófobos lo son porque la extrema derecha los ha convencido de que tienen que odiar al vecino inmigrante. Lo cual es en parte cierto pero no tiene en cuenta el malestar en los barrios donde los pobres, de aquí y de fuera, compiten en la miseria de los márgenes. Entiendo que sea difícil entender la complejidad y las tensiones de esa realidad que tan lejos queda de Galapagar, donde las señoras tienen preocupaciones más importantes: conseguir que alguien les coma bien el coño. Najat El Hachmi es escritora. Publicado en El País.



























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ESPECIAL DE HOY VIERNES: 28 DE OCTUBRE, POR JUAN JOSÉ MILLÁS

 





Todo se quedó antiguo de repente: la visita al cardiólogo, la revisión de la caldera de gas, la cita con la fisio o el podólogo. Se quedó antigua la partida de cartas de los miércoles, la comida familiar de los jueves, el vermut con los amigos de los viernes y hasta el texto que tenía uno preparado para esta esquina del periódico se quedó de súbito obsoleto. Al principio, cuando apenas sabíamos, las cosas se iban quedando antiguas muy despacio, pero después de los primeros muertos la vida entera se quedó de golpe suspendida, antigua, igual que el tráfico rodado y los semáforos y el mobiliario urbano. La tarta de cumpleaños que tenías que recoger también se quedó antigua, se infartó, lo mismo que el siglo XXI. En los hospitales, los niños nos nacían antiguos y velábamos en los tanatorios cadáveres pretéritos.

Salías a la calle de un país antiguo, más antiguo con cada decena de muertos, pues se contaban por decenas. Muertos y muertas, quizá algún muertito, quizá alguna muertita, imposible saber lo que se encontraría debajo del acero encrespado, al rojo vivo. Se quedaron antiguas las películas y se suspendieron, por antiguos, los programas de la televisión, y se quedaron antiguos los recién casados y los divorciados recientes, no digamos el Ministerio de Transportes. Se había quedado antigua España entera, de norte a sur y de este a oeste, se había quedado antigua España, tan antigua y tan vieja como la tecnología aplicada sobre la que circulaban los trenes de la muerte que veníamos denominando, de manera pomposa, tal vez irresponsable, “de alta velocidad”.

Daban ganas de darse de baja. ¿De qué? De todo. Daban ganas de apostatar de todo. De apostatar de padre y de hijo y de contribuyente y de votante, estaba toda la nación medio muerta de asombro, aunque también de rabia, pues no podía ser de ninguna de las maneras que cada nueve meses tuviéramos que hacer un sacrificio a los diosecillos de la movilidad. Juan José Millás es escritor. Publicado en El País.






















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DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE LA ÚLTIMA SEMANA DE OCTUBRE

 










































































































































































































ENTRADA NÚM. 11571