miércoles, 22 de enero de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] Trump, presidente. Publicado el 18/01/2017

 






La elección de Donald Trump plantea el problema crucial de intentar saber cómo va a gobernar, si va a hacer lo que ha dicho durante la campaña más polarizada y bronca de la historia norteamericana, o si el ejercicio del poder le va a moderar y la respuesta no es fácil, escribe en El País [¿Cómo gobernará Trump?, 18/01/2017] el embajador de España Jorge Dezcallar. Como ha dicho Kissinger, este es el primer presidente que llega “sin maletas” a la Casa Blanca. Lo que se sabe es que va a tener mucho poder porque controlará el Ejecutivo, el Congreso (Obama perdió la Cámara en 2010 y el Senado en 2014) y, cuando nombre al sucesor de Antonin Scalia, se garantizará también un Tribunal Supremo afín que le ayude a poner en marcha esa gran revolución conservadora que muchos esperan.

El principal problema para cualquier observador es que probablemente ni el mismo Trump esperaba ganar, y eso le hace no tener un programa definido y explica las dudas que rodean la formación de su equipo de gobierno. Esa es la explicación amable. La otra es que Trump no tiene ideas claras, todo para él es negociable, dice una cosa y la contraria, se deja influir por la última persona que le visita y se guía más por su instinto que por la reflexión ponderada. Su problema no es tener un mal programa de gobierno sino no tener ninguno, vivir en una improvisación constante a base de tuits que nadie controla, porque eso genera inseguridad. Así, su rechazo de la política de “Una Sola China” plantea la duda de saber si es un órdago antes de abrir una complicada negociación comercial, si es un cambio radical y preparado con cuidado de la política que Estados Unidos defiende desde Nixon, o si Trump contestó la llamada de la presidente de Taiwán sin consultar antes con nadie. También parece dispuesto a dar un giro radical a la política seguida hasta ahora sobre el conflicto israelo-palestino.

Por eso es legítimo que preocupen su arrogancia, su ignorancia, su adanismo (I alone can fix it), su improvisación, la influencia que en sus decisiones de gobierno puedan tener los negocios que tiene repartidos por el mundo y de los que no se separa y, por fin, quiénes le vayan a asesorar... cuando se deje, una vez que ya se ha peleado con las agencias de Inteligencia. Los que ya conocemos inspiran muchas dudas. Tampoco aclaran mucho su primera rueda de prensa o las discrepancias internas que asoman tras la presentación de Tillerson ante el Senado.

La esperanza es que el sistema logre moderar alguna de las iniciativas del nuevo presidente

Las ideas que conforman el núcleo duro de su pensamiento no son muchas y se centran en un acendrado proteccionismo que le hace rechazar los tratados de libre comercio, y en una desconfianza de los foros y alianzas internacionales que considera obsoletos y un estorbo a su libertad de acción, desde una mentalidad de empresario que busca beneficios inmediatos sin comprender que son un seguro antes que una inversión. Piensa que el cambio climático es un fraude, admira a líderes fuertes y autoritarios y no va a perder el tiempo en tratar de extender la democracia en el mundo o en defender los derechos humanos. También será reacio a embarcarse en aventuras exteriores porque cree con el 86% de sus compatriotas que las guerras emprendidas en Oriente Medio desde 2001 no han servido para nada y tampoco han hecho al país más seguro.

Además de este catálogo básico, Trump ha dicho que haría muchas otras cosas, algunas de las cuales parecen más factibles que otras, mientras que algunas son imposibles. Entre las más fáciles están las de reducir impuestos; abandonar el Transpacific Partnership (TPP), lo que echará a toda la cuenca del Pacifico en brazos de China y de su Asociación Regional de Libre Comercio, que excluye a los EEUU; endurecer la política migratoria y abolir las restricciones medioambientales de Obama. Más complicado será echar abajo su reforma sanitaria, algo que Trump considera absolutamente prioritario, porque dejaría sin cobertura a treinta millones de americanos pobres que, como dice Krugman, son quienes le han votado. No está claro que el Congreso le vaya a dar el billón de dólares que necesita para renovar las infraestructuras, porque eso aumentaría el deficit, ni que quiera pagar el muro con México, sin que sea previsible que lo levanten los mexicanos. Denunciar el Acuerdo Nuclear con Irán simplemente no depende de Washington porque se trata de un tratado multilateral, los demás firmantes no están por la labor y además Teherán está cumpliendo con sus obligaciones. Y la promesa de doblar el PIB hasta el 4% anual no es realista, como tampoco parece fácil crear empleo en los altos hornos o en las cuencas de carbón.

De otras cuestiones polémicas, Trump simplemente ha dejado de hablar o ha dado marcha atrás, como la absurda pretensión de procesar a Hillary Clinton o su inicial entusiasmo con la tortura y, en especial, el waterboarding. También parece haber moderado su postura ante el cambio climático. Algo es algo.

La elección de Trump señala el final de la época de la PostGuerra Fría basada en el “consenso de Washington” (democracia liberal y la economía de mercado) con instituciones multilaterales fuertes y el respaldo militar de los EEUU como gendarmes del planeta, una combinación que Fukuyama creía imbatible. Porque aunque la globalización ha conducido a un enriquecimiento y aproximación macroeconómica entre los países (en 1960 EEUU, Europa y Japón representaban el 70% del PIB mundial y hoy rondan el 50%), sus excesos, la falta de vigilancia y de regulación (o las mismas sinvergonzonerías de los reguladores) han creado dentro de los países bolsas de miseria, desempleo y aumento de las desigualdades. Es contra esto que Trump ha construido su victoriosa estrategia electoral, porque ha captado mejor que nadie el fracaso de las democracias liberales para distribuir mejor la riqueza y porque ha jugado con los miedos de las clases medias a perder el empleo por la tenaza de la deslocalización empresarial y la llegada de inmigrantes que, si además hablan otra lengua o tienen otra pigmentación, son percibidos como una amenaza.

Trump parece dispuesto a abandonar la política multilateralista de Obama para ir hacia un mundo multipolar con varios centros de poder en tensión recíproca, en un contexto de proteccionismo y de debilidad de las instituciones internacionales encargadas de la resolución de conflictos. Un mundo que será menos seguro si Washington abandona el sistema de alianzas que ha construido desde 1945, y que será más pobre si se encierra detrás de muros proteccionistas, que abren la puerta a guerras comerciales. Barry Eichengreen, profesor de Economía Internacional en Berkeley ha acuñado el término híper-incertidumbre que quizás habrá que extender al terreno político. Y eso no es bueno.

La esperanza es que las cosas se vean de otra forma desde el Despacho Oval o que el sistema logre moderar algunas de las iniciativas del nuevo presidente, al estilo de la serie británica Yes, minister, donde celosos funcionarios evitan que el ministro de turno haga más tonterías que las estrictamente necesarias; en caso contrario habría que gritar aquello de ¡mujeres y niños primero!













Del poema de cada día. Hoy, Miedo, de Gabriela Mistral

 






MIEDO


Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan;
se hunde volando en el Cielo
y no baja hasta mi estera;
en el alero hace el nido
y mis manos no la peinan.
Yo no quiero que a mi niña
golondrina me la vuelvan.

Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.
Con zapatitos de oro
¿cómo juega en las praderas?
Y cuando llegue la noche
a mi lado no se acuesta…
Yo no quiero que a mi niña
la vayan a hacer princesa.

Y menos quiero que un día
me la vayan a hacer reina.
La subirían al trono
a donde mis pies no llegan.
Cuando viniese la noche
yo no podría mecerla…
¡Yo no quiero que a mi niña
me la vayan a hacer reina!


Gabriela Mistral (1889-1957), poetisa chilena









De las viñetas de humor de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 













































martes, 21 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 21 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 21 de enero de 2025. La relación de los filósofos con la política es antigua, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy titulada De la derrota en política; muy antigua, y es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. La segunda es un archivo del blog de marzo de 2017, titulado Patria, de Fernando Aramburo, en el que se decía lo siguiente: No sé si Patria es un superventas, porque nunca me han interesado ese tipo de escalafones comerciales que establecen las secciones de libros de las grandes superficies y las revistas pseudoliterarias, pero si sé, desde luego, que es la novela más citada por el boca a boca de los que entienden de esto de los libros en el último año. La tercera, es el poema del día, titulado Pies de vidrio, que comienza con estos versos: Hay demasiada gente perdida en la parada,/una parada de autobús,/una mañana fría,/gente que calla y mueve la cabeza. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











De la derrota en política

 







La relación de los filósofos con la política es antigua. Muy antigua. Es probable, de hecho, que nuestra tradición filosófica surgiera por el brote de una emoción estrictamente política: la indignación que un joven aristócrata ateniense llamado Aristocles sintió ante la injusta condena y posterior muerte de su maestro. El hombre sabio y bueno que la democracia de Atenas sacrificó se llamaba Sócrates. Su discípulo fue el padre de la disciplina filosófica y la historia lo recordará siempre por su pseudónimo. Todavía en nuestro tiempo lo seguimos llamando Platón, escribe en Revista de Libros [Dar razón de la derrota en política, 07/01/2024] el filósofo Diego S. Garrocho, profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, reseñando los libros Diálogos V, Platón  (Madrid, Gredos, 2021);  Fuego y Cenizas, Michael Ignatieff (Madrid, Taurus, 2014); Liderazgo, Henry Kissinger (Madrid, Debate, 2003); y Aquiles en el Gineceo, Javier Gomá Lanzón (Valencia, Pretextos, 2007).

El estrecho vínculo entre la labor filosófica e intelectual y el ejercicio de la política se expresó en el siglo IV a. de C. con una vehemencia que no conoce precedentes. Platón, en una de las pocas cartas (la VII) de la que podemos imputarle la autoría, recordó sus viajes a Siracusa y advirtió que el género humano no vería días mejores hasta que adquiera autoridad política la raza de quienes siguen recta y auténticamente la filosofía. Las alternativas que abre el dictado del autor de la República son dos: o bien los filósofos deben hacerse gobernantes, o bien los gobernantes deben instruirse en la filosofía. Así hasta hoy.

La querencia política de los filósofos, académicos e intelectuales es, por tanto, un tópico clásico. El propio Platón realizó tres viajes a Sicilia para asesorar a dos tiranos (Dionisio padre y Dionisio hijo) e incluso su discípulo Aristóteles fue preceptor del magno Alejandro. No son excepciones. El vínculo entre la sabiduría y el poder se ha declinado de distintas maneras y no existe siglo en el que no podamos reconocer puntuales contactos, cuando no firmes alianzas, entre el poder político y la autoridad intelectual. Nuestro tiempo, vanidoso y narcisista hasta la extenuación, no es tampoco una excepción a este respecto. Son muchas las personas instruidas en filosofía que en nuestros días han asumido responsabilidades políticas. Sin salir de España, por ejemplo, Ángel Gabilondo, José María Lassalle o Manuel Cruz son los ejemplos más recientes, pero la proximidad entre la academia en su sentido más amplio y las magistraturas públicas ha sido casi una constante en nuestra cultura política.

El caso del canadiense Michael Ignatieff es especialmente relevante por muchos motivos. Este ensayista, historiador y filósofo (hombre de letras al fin) ha ocupado cargos de responsabilidad docente e investigadora en algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo. A la santísima trinidad de la academia anglosajona (Oxford, Cambridge o Harvard) debemos sumarle otras universidades notables como son Toronto University o la Central European University. Este intelectual de prestigio mundial cometió en el año 2006 la audacia o la osadía de asumir responsabilidades políticas en el Partido Liberal de Canadá, una formación política moderada y centrista a la que estaría vinculado hasta el año 2011. No fueron años sencillos y si su historia merece aparecer en este monográfico de Revista de libros es por dos motivos: Michael Ignatieff, siendo líder del Partido Liberal, condujo a su formación política a una profunda derrota. Aquel fracaso no admitió ningún matiz o paliativo: fue el peor resultado de la historia del Partido Liberal, el peor resultado del primer partido de la oposición y la primera vez desde la confederación de los liberales en Canadá en la que el partido no acababa, al menos, en segunda posición. La crónica razonada de este fracaso estrepitoso le sirvió a Ignatieff para componer un libro lúcido, sensible y franco en el año 2013. El texto ya resulta elocuente desde su título: Fire and Ashes: Success and Failure in Politics o, como tradujo literalmente Paco Beltrán para Taurus (2014), Fuego y cenizas: éxito y fracaso en política.  

El libro habla, naturalmente, de política. Pero la política no es más que un escenario exagerado de algunas constantes de la existencia humana. El poder, la traición, la lealtad, la ambición, las dudas y las convicciones son ingredientes indispensables en toda biografía. Sólo que en política adquieren una dimensión hipertrofiada. Por eso engancha tanto y esta es la causa por la que el combate político reclama nuestra atención al igual que la luz atrae a las polillas. Contemplar la política y el conflicto, si es que hay diferencia, es tanto como ver una dramaturgia exagerada de todo lo que somos.

El texto de Ignatieff da lo que promete y no se reserva ninguna premisa oculta en sus primeras páginas. «Nada te va a causar más problemas en la política que decir la verdad». Este principio, casi antiplatónico, acabará desarrollándose por los diez capítulos que componen el ensayo e irá contrapeando el optimismo de los momentos felices con la injusta derrota en la que un hombre cae no ya por azar o accidente, sino por ejercer aquellos principios que un día le llevaron a abandonar una confortable carrera académica. El perfil de Ignatieff ya estaba muy consolidado cuando decidió remangarse la camisa y mancharse hasta los codos, en un gesto que recuerda a la decisión del hijo de Peleo y que tan bien supo resumir Javier Gomá en Aquiles en el Gineceo. Hay un momento en la vida de casi todas las personas en las que toca decidir: una vida larga y próspera, después de la cual no habrá demasiadas personas que te recuerden; o una vida corta y cargada de fatigas que, sin embargo, te procurará una gloria inmortal. No creemos que el profesor Ignatieff aspirara a una fama sin límite, pero sí parece claro que dio el paso movido por una íntima vocación. Su perfil parecía imbatible: un hombre reputado, de maneras templadas y una ideología transversal que puede que a nadie le conmoviera hasta el entusiasmo pero que, en principio, no debería generar grandes aversiones ni enconadas enemistades. A pesar de lo razonable de este pronóstico, acabó por ocurrir (casi) todo lo contrario.

El testimonio de Ignatieff es valioso en muchos sentidos. El primero de ellos es que brinda un testimonio político útil para quienes, de un modo u otro, viven de ejercer la política o, al menos, de contarla, narrarla y analizarla. Mientras el medio natural de un pintor es la pintura, dirá el profesor, el de un político es un tiempo. Este aserto «kairológico» es un verdadero hallazgo que, además, resulta atinado cuando uno lee retrospectivamente cuáles son los grandes aciertos o errores de un político. No lejos de esta intuición podemos reconocer profecías antiguas que ya estaban presentes en Maquiavelo. No hay una única ley o receta que funcione en política porque la circunstancia sobre la que se ejercen los principios y las convicciones son siempre cambiantes. La oportunidad, en el caso de Ignatieff, marcó incluso su ingreso en política ya que, como él mismo atestigua, no pudo elegir el momento de su entrada en un mundo que le resultó tan ajeno como fascinante.

La vida teórica y la vida de acción encarnan dos paradigmas opuestos, al menos, desde Aristóteles. La prâxis y la theôría se oponen pero en su diferencia encarnan también un arquetipo completo. El ejercicio de la política, dirá Ignatieff, debe sumar un componente capital como son las ganas y la voluntad de victoria. Esas ganas superlativas son las mismas con las que Henry Kissinger en su reciente Liderazgo (Debate, 2023) definió el perfil esencial de Margaret Thatcher. Esa obsesiva sed de victoria o, si se prefiere, aversión al fracaso, es probablemente una de las causas que provocan que algunas personas de valía no sean provechosas en la arena política. Quienes tienen biografías logradas, las personas que han distribuido sus prioridades en distintas esferas (la profesional, la familiar, la intelectual…) difícilmente podrán concentrar toda su energía en un único propósito político ambicionado desde una voluntad unívoca. Es posible que los mejores nunca quieran estar en política, precisamente, porque desde sus vidas logradas no pueda cultivarse ninguna sed de victoria.

La narración de Ignatieff resulta, en varios momentos, conmovedora. No tanto por el sonoro fracaso, que acabaría por apartarle de sus responsabilidades públicas, sino por la hostilidad creciente con la que se topó ya desde el inicio. «Nadie que entra en política por primera vez —dirá— está preparado para este nivel de enemistad». Volver a leer este diagnóstico en la España de 2023 tiene un especial valor, pues sirve para constatar que la crispación política no es un mal endémico y específico de nuestra comunidad, sino que resulta dramáticamente transversal al ejercicio político contemporáneo. Pero nadie soporta esa enemistad a cambio de nada y, junto a los amargos sinsabores de los encontronazos y la agresividad en la conversación, el profesor Ignatieff confiesa con franqueza que eran y son muchos los incentivos que te mantienen atado a una actividad tan intensa.

Pero este libro no es un diario político ni tampoco las memorias de un profesor que durante unos años ejerció como representante público. Fuego y cenizas es un ensayo que se encamina, casi desde su primera página, hacia un fracaso que Ignatieff intenta convertir, y lo consigue, en una fuente de sentido. En el ámbito político y empresarial han sido muchos quienes han expuesto sus éxitos, tratando de brindar una receta que pudiera ser replicable. Andado el tiempo, se ha generado también una fetichización del fracaso, tratando de situar la empatía en el centro de la experiencia lectora para que todos podamos constatar que incluso las personas de mayor éxito han sufrido, alguna vez, importantes derrotas. Este ensayo es, afortunadamente, otra cosa. El profesor Ignatieff nos encamina hacia una tonalidad afectiva cargada de lucidez en la que asume, con un ánimo sereno, el valor y el significado de una derrota. Y lo hace, por cierto, eludiendo ese gesto tan absurdo como frecuente en los políticos: echándole la culpa a los votantes que, sobre todo cuando eligen a alguien que no es de nuestro gusto, tendemos a considerar que ejercen mal su derecho. La responsabilidad de una derrota es, las más de las veces, estrictamente propia. Y este hecho ni es dramático ni tampoco debería sobredimiensionar nuestras torpezas o nuestras faltas. La vida y la política son una fuente de aprendizaje y sólo por este motivo merecen la pena ambas.

En el capítulo VIII, Michael Ignatieff señala sus propios defectos en una confesión casi insólita: «la verdad sea dicha, yo cometí muchos errores». En un tiempo en el que el prestigio moral parece construirse a través de la acusación ajena y en el que las redes sociales han convertido la ostentación de los compromisos sociales y el «virtue signalling» en una enfermedad espiritual de nuestro tiempo, resulta singularmente saludable escuchar a un hombre excelente exponer los errores que le llevaron al fracaso. La política es, por supuesto, un circo maldito y entraña una dimensión de sucio pragmatismo que resulta ineludible. En Fuego y cenizas, el realismo weberiano hace acto de presencia de forma explícita y Michael Ignatieff tiene el buen gusto de no presentarse ni como un ángel ni como una excepción a su contexto. Su mirada simplemente revela la sorpresa de quien, siendo un hombre externo a un contexto excepcional, va descubriendo e implicándose en la arena política. No es tanto el contenido político, sino la transición entre el hombre privado y el hombre público lo que entraña una enseñanza en este texto.

La ley secreta que rige el mundo suele establecer un doble movimiento que muchos libros han expresado en forma de auge y caída. Fuego y cenizas no es una excepción aunque se detiene mucho más en el fracaso que en un eventual auge. Pero esa caída tiene valor por venir antecedida de momentos de euforia colectiva y de recursos materiales e intangibles que desaparecen de la noche a la mañana. El fracaso político es doloroso no sólo por lo que comparte con otras formas de derrota, sino por su dimensión abrupta. Hay un día en el que el teléfono deja de sonar, en el que ya nadie te mira como antes, en el que tu palabra deja de ser ley para el corazón de algunas personas. Ignatieff expone con gran detalle cómo se pasa de tener un avión, un coche con chófer y un equipo de cientos de personas a tu disposición a tener que recoger tus enseres personales en una caja como cualquier desempleado. «No hay nada tan ex como un ex político», advierte. Pero en su caso el dolor y la derrota fue doble. Quienes tienen una vida previa a sus desempeños políticos tienen, al menos, un lugar al que volver. Pero la derrota de Ignatieff no fue una derrota cualquiera, ni su prestigio acumulado en sede académica era un capital equivalente al que se crea y cultiva en otros gremios o en otras carreras.

La política mancha y en la mirada sectaria de quienes no toleran a quien piensa de manera diferente esa huella es imposible de borrar. Por eso su fracaso también alcanzaba al hombre de letras. A la derrota política, dice en sus páginas finales, habría que sumar el hecho de que al menos en su conciencia había quedado invalidado como político, pero también como escritor y como pensador. En política siempre se acaba mal porque no existen los buenos finales. Homero tenía razón y sólo hay dos salidas: la muerte o la gloria, puerta grande o enfermería, el éxito o el fracaso. La de Ignatieff es la historia de un hombre sereno y sabio que un día se sintió tentado por la vida política. Los asuntos públicos, o más extensamente, como dijera Platón, los asuntos de los hombres, son también, y acaso prioritariamente, la tarea del hombre teórico. Salió mal pero, pese a todo, Ignatieff recuerda cada vez que puede, y desde luego al final del libro, que valió la pena. El fracaso, así lo señala en las últimas páginas, no es una desgracia, como tampoco es una bendición ninguna forma del éxito. Volverse inmune a las circunstancias azarosas y a la suerte cuando es aciaga es lo propio, señaló Aristóteles, del hombre excelente. Hay algo admirable en este ensayo, lo que permite concluir que quizá haya también algo digno de admiración en aquel que lo escribió. Gracias o a pesar de la derrota.



















[ARCHIVO DEL BLOG] "Patria", de Fernando Aramburu. Publicado el 09/03/2017










No sé si Patria es un superventas, porque nunca me han interesado ese tipo de escalafones comerciales que establecen las secciones de libros de las grandes superficies y las revistas pseudoliterarias, pero si sé, desde luego, que es la novela más citada por el boca a boca de los que entienden de esto de los libros en el último año. El mundo de la novela Patria, (Tusquets, Barcelona, 2016), del escritor vasco Fernando Aramburu (1959), dice el también escritor Justo Navarro en su reseña de la novela en Revista de Libros, se arma sobre una realidad bien conocida, en concordancia con nuestro mundo histórico inmediato. 
El centro de la historia, señala Navarro, es un pueblo guipuzcoano sin nombre, levantado parroquialmente en torno al campanario que da las horas («Campanearon las seis…»), campo de acción, no sólo ambientación o fondo. El marco referencial del relato es explícito: el País Vasco en tiempos de ETA, a lo largo de un período de cuarenta años, desde la época de la muerte de Franco a los años que siguen al «cese de la actividad armada» etarra (octubre de 2011).
Casi al final de Patria, añade, un escritor explica en público su «proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista». Dos razones lo moverían: «Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho». Entre los asistentes a las «Jornadas sobre Víctimas del Terrorismo y Violencia Terrorista organizadas por el Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco», descritas en la novela, está uno de sus protagonistas, hijo de un empresario asesinado por ETA. El personaje del escritor bien podría ser Fernando Aramburu.
Patria, continúa diciendo Navarro, es la novela de dos familias amigas de toda la vida y tajantemente separadas desde el momento en que ETA y sus cómplices en la parroquia empiezan a vilipendiar a la futura víctima, extorsionándola y difamándola antes de matarla a tiros en los cuatro pasos que van de su casa al garaje donde guarda el coche. El lugar del crimen es un pueblo muy tradicional, muy familiar, en el que se difumina la barrera entre los espacios públicos y privados, la iglesia, la taberna, el club ciclista, la carnicería, la cocina, el cuarto de estar, el dormitorio, y el clima de la novela es eminentemente doméstico, cerrado y opresivo, con la aldea como clan implacable frente a los que ya no reconoce suyos.
Cabezas de las dos familias protagonistas son Joxian y el Txato, pareja de mus en el bar y en el pelotón ciclista, «amigos cenantes», inseparables como sus mujeres, Miren y Bittori, más que amigas, hermanas que en su juventud pensaron al unísono meterse a monjas. «Se lo contaban todo», iban juntas a las manifestaciones de los patriotas vascos, y Miren le hablaba a Bittori de la pena por el hijo etarra, que ha dejado el trabajo, el balonmano y la medio novia que tenía en el pueblo. Y, de repente, las dos madres, núcleo de la célula familiar, se descubren antagónicas: Bittori, con el marido extorsionado, vilipendiado y asesinado; Miren, con el hijo condenado por asesinato a muchos años de cárcel.
Suave pero netamente, Fernando Aramburu marca, sin embargo, una diferencia más antigua, casi invisible o indecible, entre las dos familias: el Txato es un empresario del transporte; Joxian trabaja en una fundición. Uno tiene más dinero que el otro, vacaciones, un hijo y una hija que irán a la universidad. Uno hace favores, otro los recibe. También Raúl Guerra Garrido introdujo este tipo de diferencias en su Lectura insólita de “El Capital” (1976), historia del secuestro de un industrial con problemas sindicales más graves que los del Txato. ¿Huelga general por el asesinato en un hotel de Madrid de un diputado de Herri Batasuna? «No se trabaja, no se cobra», responde el Txato, que ve así a los huelguistas: «Caras de brutos, de resentidos sociales que muerden la mano que les da de comer». A Miren, la amiga íntima de la mujer del Txato, le suelta la carnicera del pueblo en el momento de las difamaciones contra el empresario: «Se han forrado a base de explotar a la clase obrera y ahora les viene la factura». Son las cosas que cuenta Patria.
La rotundidad de los presupuestos de Fernando Aramburu, señala Navarro, que he citado al principio, dan solidez a la ductilidad con que entreteje su novela. Cada uno de sus protagonistas (los dos matrimonios y sus hijos) conforma una personalidad, una complejidad, un mundo construido, desmontado y reconstruido en el proceso de la narración. Cada personaje tiene su tono y su acento, con diferentes vocabularios en un mismo idioma y en dos idiomas, el castellano y el vasco. Las dos madres, Bittori y Miren, hablan esencialmente solas: Bittori, con la tumba de su marido («se sienta encima, le cuenta al Txato lo que le tenga que contar»); Miren, en la iglesia, con san Ignacio de Loyola, a quien solicita protección y consejo: primero, que libre a su hijo de las malas compañías, que lo ponga pronto en manos de la policía para así librarlo de peores males, y luego, que lo saque de la cárcel. «Imposible que un chaval tan generoso y tan noble se meta en una organización criminal, como la llaman los periódicos españoles. Él tiene un corazón que no le cabe en el pecho», le diría una vez al santo.
Todos los participantes en Patria prefieren guardarse su voz para sí, comenta el reseñador. Son, esencialmente, voces interiores (y Bittori habla de esas palabras que bullen dentro: «No la dejan a una estar verdaderamente sola, plaga de bichos molestos»), retrospecciones, anticipaciones y observaciones mirando los azulejos de la cocina, el destello en la llanta de una bicicleta, una minúscula telaraña en la que caerán los recuerdos al azar, como moscas que pasaban por allí. Es el trato que Fernando Aramburu da al tiempo el rasgo más distintivo de Patria, dividida en ciento veinticinco secciones, momentos o secuencias. La hija de Miren, Arantxa, antigua empleada en un supermercado, paralizada de cuerpo entero por un ictus a sus poco más de cuarenta años, vive con «la película de sus recuerdos, el relato de su vida rota en escenas». Y Xavier, médico, hijo del Txato, ve así el momento en que le anticiparon el asesinato de su padre («Tienes que ir a tu casa, a tu padre le ha pasado algo»): «Esas palabras se quedaron resonando dentro de él en su presente interminable, bruscamente despedido del fluir del tiempo» [las cursivas son del reseñista].
Los acontecimientos de Patria, continúa más adelante, se suceden en un orden que no coincide con el cronológico, como si obedecieran más a la lógica de la rememoración o la ensoñación. Yo diría que se reúnen a la manera de esas imágenes que representan en un solo cuadro varios momentos y varios espacios: toda una historia en un instante. Por ejemplo: todos los pasos de la Pasión de Cristo, desde la entrada en Jerusalén a la resurrección y la ascensión. La historia se concentra en una visión sincrética, fusión de una multiplicidad de puntos de vista. Es lo que hace Fernando Aramburu, con todas las salvedades que impone la linealidad de la narración escrita.
La reconstrucción de la historia, sigue diciendo, en su secuencia temporal entreteje dos procesos, dos tiempos intercalados: el del regreso al pueblo de la viuda del asesinado, a la espera de que le pidan perdón los criminales, y dispuesta a soportar las intemperancias de sus vecinos (Luisa Etxenike, en su novela El ángulo ciego, de 2008, se ocupó desde un punto de vista distinto del gesto de atreverse a mirar a la cara a los asesinos y a sus cómplices); y el de la normalidad feliz («la dicha es una torre transparente», que decía el poeta), la amenaza, la extorsión, el asesinato y la práctica expulsión del pueblo de la viuda y de los hijos de la víctima. Fernando Aramburu imagina cada uno de los pasos del crimen, desde que el Txato parecía un hombre apreciado por sus conciudadanos a los disparos finales (la escena del asesinato se elide, no aparece en la novela, que la suspende unos segundos antes de que el verdugo apriete el gatillo). Ni la hija de la víctima se atreverá a ir al entierro, en San Sebastián, no en el pueblo, mientras en Zaragoza, donde estudia, niega conocer al empresario asesinado en Guipúzcoa. El luto se vive como mancha, como una variante de la vergüenza: «Más que enterrar al Txato, lo estaban escondiendo». (No falta alguna alusión a la visión de lo vasco en el resto de España: un día, el Txato viaja a Zaragoza, donde ha mandado a su hija para protegerla, y va al fútbol, a ver jugar a la Real Sociedad con el equipo local. En el campo oirá los gritos del público, «vascos de mierda, vascos asesinos y así», y, a la salida del partido, encontrará hundida a patadas la carrocería del coche, matrícula de San Sebastián, y rotos los retrovisores.)
Fernando Aramburu, señala, maneja con admirable consistencia su cruce de perspectivas contrapuestas y contradictorias, la polifonía, el fluir de voces. La permeabilidad entre pasado y presente, entre la memoria y el momento, la interioriza en lo que podríamos llamar un yo cambiante, flotante: distintas voces en primera persona se relevan en el centro de la historia para que varíe el punto de observación según quién sea quien en ese instante dice «yo». Cada uno ve lo que ve, selectivo, y no ve lo que no ve, según su lugar en los hechos. La fábula se modula como un juego de voces en el que también participa una voz narradora, impersonal, con capacidad de circular por la conciencia de quienes intervienen en la acción, y con oído para captar la oralidad, los coloquialismos de los personajes: «El tipo era un cagaprisas». «Qué manera de llover. Me cago en la madre que me». «La loca aprovecha que se ha terminado la lucha armada para acosarnos». “¿Pero qué hostias se ha creído la vieja?» «Mira que es lento el autobús». «Qué susto, Dios».
Y, en contraste con la oralidad, dice, la voz narradora introduce el aire extraño, culto, del participio presente en español, un rasgo de distanciamiento que, sin embargo, se encarna en los personajes, adjetivándolos, definiéndolos, concretándolos: «la chavala deseosa y deseante y dispuesta», jóvenes unipensantes, tropa bailante, gente refunfuñante, sollozante, conversante, despotricante, rechazante, fotografiante, «no aceptante de limitaciones». O en el tren: «cuerpos extraños/respirantes/descalzos». Un silencio es «taladrante de oídos». La imagen interior de los personajes quiere ser precisa, vacila o distingue la complejidad de los sentimientos mediante el uso de una barra que, más que contraponer, yuxtapone elementos complementarios: una expresión es de «horror/compasión»; que la hija estudie fuera es un deseo/súplica/exigencia del padre; hay alguien que «todo lo perdía/abandonaba»; la enferma «quería hablar/responder/protestar/pedir y no podía»; un individuo es o está triste/atónito, amedrentado/pusilánime, consolador/cariñoso, acariciante/cortés. «Estaba todo hablado/roto entre los dos».
Además, dice, Fernando Aramburu no sólo registra la ceguera o el silencio frente al acoso y el asesinato: también registra la ceguera o el silencio frente a la tortura. Si en la novela La costumbre de morir (1981), de Raúl Guerra Garrido, uno de los protagonistas optaba por la lucha armada después de ser torturado, el hermano escritor del etarra encarcelado en Patria sitúa el compromiso de su hermano con ETA en el día en que apareció muerto en el río el cadáver esposado de un conductor de autobuses, torturado. Patria registra la complicidad de forenses y de jueces con los torturadores policiales: «Esta gente tiene instrucciones de la banda para decir que han sido torturados». Y, sin embargo, Xavier, el hijo médico del Txato, debe explorar en el hospital a un etarra que ha pasado por el cuartel de la Guardia Civil. Sabe que hay abierta una investigación judicial sobre el caso, «a la vista del informe médico forense». Cuando redacta su parte médico («policontusiones, fractura del noveno arco costal izquierdo»), consigna que el paciente «declara como origen causante de sus heridas golpes de puño y patadas». Repetirá el contenido del parte cuando le pregunte un supuesto familiar del etarra, y al día siguiente encontrará sus palabras reproducidas en el diario Egin.
Patria, concluye diciendo Navarro, establece una distinción política y moral neta, evidente en cada página, entre víctimas y asesinos, pero no la confunde con una guerrera división política entre amigos y enemigos a lo Carl Schmitt: creo que evita ese paso por su sentido de que criminales y víctimas, enemigos y amigos, participan de una misma humanidad. Según la información editorial, Fernando Aramburu vive en Alemania desde 1985, y quizá eso influya en que su ambición de ver toda la realidad a través de ficciones, en una novela, me haya recordado estrategias narrativas próximas a autores alemanes tan distintos como Uwe Johnson, el Alexander Kluge de Lebensläufe (Biografías), e incluso el Peter Weiss de La estética de la resistencia. Se la recomiendo. Yo ya la tengo reservada en la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, pero habrá que esperar... Soy el cuarto de la lista. No importa. Estoy seguro de que la voy a disfrutar. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















El poema de cada día. Hoy, Pies de vidrio, de José Carlos Rosales

 






PIES DE VIDRIO



Hay demasiada gente perdida en la parada,


una parada de autobús,


una mañana fría,


gente que calla y mueve la cabeza,


miran al suelo, alzan la vista


para seguir las nubes o los pájaros,


cielo lacrado, niebla móvil,


los brazos que se encogen,


el cuerpo que se mece de un lado para el otro,


vacilan, titubean,


quisieran alejarse,


tiritan:


que venga un autobús con plazas libres,


cualquier autobús sirve,


que llegue pronto el autobús vacío:


el movimiento entrecortado


de los brazos, vaivén o balanceo,


no dejan de moverse,


movimientos que son los movimientos


del que no tiene a dónde ir,


aquel que nunca se detuvo,


mecánica imparable, temblor aleatorio,


las manos ateridas,


los pies de vidrio opaco,


los labios que ahora son de madera o de cobre,


la soledad del mundo concentrada en un ángulo,


todo está enrarecido, todo está enrareciéndose,


todo el mundo se va,


nadie regresa a ningún sitio:


hay demasiada gente parada en la parada,


y una nube de vaho les difumina el rostro,


hace frío, impenetrable frío,


empezará a llover dentro de poco,


no habrá refugio, escondite o defensa,


nada está donde debe, todo empieza a borrarse


y alguien lleva una piedra escondida en la ropa.



José Carlos Rosales (1952)

poeta español