viernes, 19 de enero de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Un año volátil. [Publicada el 19/01/2019]










Tendremos que aprender a vivir con menos certezas, itinerarios vitales menos lineales, electorados imprevisibles, representaciones contestadas y futuros más abiertos que nunca, escribe el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. 
Sugiero, comienza diciendo, que la palabra del año 2018 sea “volatilidad”, y su metáfora las revueltas de los chalecos amarillos, tras las que no había ningún sindicato ni coherencia reivindicativa y que tiene a su vez que ser gestionada por un presidente de la República, Emmanuel Macron, que no representa propiamente a un partido político sino a algo que prefiere denominarse a sí mismo como un movimiento.
La volatilidad se manifiesta en impredecibilidad que hace fracasar a las encuestas, inestabilidad permanente, turbulencias políticas, histeria y viralidad. Desde Trump, el Brexit y Vox parece que estamos condenados a las sorpresas políticas, esos “accidentes normales” (Charles Perow) que no obedecen ni a la causalidad ni a la casualidad sino que forman parte de una nueva lógica que está todavía por explorar. El resultado de todo ello es la constitución de un público con la atención dispersa, la confianza dañada y en continua excitación.
Cuando Marx y Engels formularon aquella famosa sentencia de que “todo lo sólido se evapora” estaban refiriéndose a un paisaje cultural y político mucho más estable que el actual. Diagnosticaban un conflicto entre dos fuerzas identificables como el capital y el trabajo, unas contradicciones cuya resolución parecía apuntar en un sentido que era posible anticipar. Comparado con el mundo descrito por la idea de volatilidad, el vocablo “revolución” es un término conservador pues presupone un orden que solo habría que subvertir. En una situación de volatilidad, por el contrario, no hay nada estable arriba o abajo, ni centro o periferia, y la distinción entre nosotros y ellos se torna borrosa. Esta es la razón por la que, hablando con propiedad, ya no hay revoluciones sino algo menos visible, menos épico, rotundo y puntual; las transformaciones sociales no son la consecuencia de acciones intencionales, planificadas o gobernadas y las degradaciones de la democracia son más bien procesos de desvitalización; se parecen más al resultado azaroso de la simple agregación de voluntades, donde hay menos perversión que estupidez colectiva.
Nos encontramos en un mundo gaseoso y no en el mundo líquido que Bauman contraponía a la geografía sólida de la modernidad. La idea de liquidez no es suficientemente dinámica para explicar el paso de los flujos a las burbujas. Lo gaseoso responde mejor a los intercambios inmateriales, vaporosos y volátiles, muy alejados de las realidades sólidas de eso que nostálgicamente denominamos economía real. El mundo gaseoso, una imagen muy apropiada también para describir la naturaleza cada vez más incontrolable de determinados procesos sociales, el hecho de que todo el mundo financiero y comunicativo se base más sobre la información “gaseosa” que sobre la comprobación de hechos.
La primera manifestación de la volatilidad es de orden cognitivo. La explosión de posibilidades informativas, el acceso generalizado a la información o la profusión de datos son, al mismo tiempo y por los mismos motivos, una liberación y una saturación. La desintermediación produce una sobrecarga informativa en la medida en que el aumento de los datos disponibles no es compensado con una correspondiente capacidad de comprenderlos. Se podría hablar de una “uberización de la verdad”, en el sentido de que cualquiera tiene acceso a todo, una desprofesionalización del trabajo de la información. Se debilitan los clásicos monopolios de la información, desde la universidad hasta la prensa, en beneficio de las redes sociales, pero en la medida en que no mejora nuestro control de la explosión informativa el resultado es un individuo que puede caer en la perplejidad o en la grata confirmación de sus prejuicios.
La volatilidad afecta muy especialmente a la política. Venimos de una democracia de partidos, que era la forma adecuada a una sociedad estructurada establemente en clases sociales, destinadas a encontrar una correspondencia en términos de representación. Al igual que otras organizaciones sociales, los partidos eran organizaciones pesadas que no se limitaban a gestionar los procesos institucionales de la representación, sino que también incorporaban a sus estructuras áreas enteras de la sociedad, orientando su cultura y sus valores de modo que pudieran asegurarse la previsibilidad de su comportamiento político y electoral. Hoy tenemos una “democracia de las audiencias” (Manin), es decir, una democracia en la que los partidos han sido de alguna manera arrollados por esta volatilidad y actúan con oportunismo en vez de estrategia, en correspondencia con un comportamiento de los electores sin compromisos estables. Esos individuos se sienten mal representados porque de hecho ya no son representables a la vieja manera de un mundo estable; emiten señales difusas que el sistema político no consigue identificar, elaborar y representar adecuadamente. Por eso los partidos tienen grandes dificultades para escuchar a sus votantes y entender, agregar o procesar sus demandas.
No estaríamos en un entorno de tal volatilidad si no fuera porque el tiempo se ha acelerado vertiginosamente. Vivimos en lo que Paul Valéry llamaba un “régimen de sustituciones rápidas”. Qué poco duran las promesas, el apoyo popular, las esperanzas colectivas e incluso la ira, que se aplaca antes de que se hayan solucionado los problemas que la causaban. En el carrusel político las cosas “irrumpen”, pero también se desgastan rápidamente y desaparecen.
En un panorama acelerado se pierde, paradójicamente, la lógica de la acción política, su capacidad de gobernar el cambio social. El desconcierto puede dar lugar a la agitación improductiva o a la indiferencia apática, nada que se parezca a la voluntad política clásica. Se han debilitado las instituciones que otorgaban estabilidad a la sociedad y que al mismo tiempo articulaban el cambio político. Por eso puede darse la extraña situación de que en el régimen de la volatilidad convivan la aceleración y el estancamiento. Tanto las convulsiones emocionales como la indecisión obedecen a una psicología sobrecargada de excitaciones y coinciden también en no dar lugar a ninguna transformación efectiva de nuestras democracias. Detrás de muchos fenómenos de indignación y protesta hay estimulaciones que irritan pero no movilizan de manera organizada.
El gran problema político del mundo contemporáneo es cómo organizar lo inestable sin renunciar a las ventajas de su indeterminación y apertura. Tendremos que aprender a vivir con menos certezas, itinerarios vitales menos lineales, electorados imprevisibles, representaciones contestadas y futuros más abiertos que nunca. No creo que haya una posibilidad de revertir esta situación, que se ha convertido en aquello que tenemos que gobernar. En el célebre lamento del Manifiesto comunista se percibe un tono de nostalgia hacia un mundo más estructurado y ese mundo, entonces y ahora, ha quedado atrás. La gran tarea de la inteligencia colectiva consiste hoy en explorar las posibilidades de producir equilibrio en un mundo más cercano al caos que al orden. Hemos de preguntarnos de qué modo podemos regular esos nuevos espacios, hasta qué punto está en nuestras manos proporcionar una cierta estabilidad, si podemos corregir nuestra fijación en el presente y hacer del futuro el verdadero foco de la acción política, cómo generamos confianza cuando los otros son tan imprevisibles como nosotros, si es posible construir los acuerdos necesarios en entornos de fragmentación política y radicalización, en qué medida podemos mitigar el impacto social de lo inevitable. De lo único que podemos estar ciertos es de que se equivocan quienes aseguran que la política es una tarea simple o fácil. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













jueves, 18 de enero de 2024

De la felicidad y el pensamiento positivo

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz jueves. Ni siempre somos felices, ni siempre conseguimos lo que nos proponemos, ni pasa nada por no serlo o no conseguirlo, comenta en El País la escritora Carmen Domingo, porque no hay fórmulas mágicas para alcanzar la felicidad. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com












Contra el pensamiento positivo
CARMEN DOMINGO
16 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El otro día, leyendo un artículo en este mismo medio, aprendí un nuevo concepto nacido en redes sociales: “filosofía delulu”. Al resumir su significado llevado a la práctica, explicaba el periodista su uso: “Delulu is the solulu”, que traducido quiere decir “autoengañarse es la solución”. Carlos Megía aseguraba que en redes decían que, repetido como un mantra, los jóvenes se adentraban en el pensamiento positivo. Enseguida pensé en autoayuda y las fórmulas mágicas de la felicidad tan de moda ahora, y tan de toda la vida, según las que debemos creer —incluso los hay que se lo creen— que nuestra felicidad depende de nosotros mismos.
¿Que nos quedamos sin trabajo? ¿Que nuestros hijos reciben una educación que los sitúa bajo mínimos en el informe PISA? ¿Que recibimos un mal diagnóstico médico? Pensamiento positivo: “Todo va a salir bien”. Eso, en lo cercano. Ya lo “universal”, por llamarlo de alguna manera: genocidio en la franja de Gaza, hambruna en países africanos, niñas sin derecho a la educación en Afganistán, o miles de ancianos muertos en la pandemia… En eso, amigos, ni pensemos, claro. No vaya a ser que nos demos de bruces con la realidad. Visto con la perspectiva que me da tener ya cierta edad, dejadme deciros que me parece que evidencia cómo coaches, psicólogos sin escrúpulos o autores de libros de autoayuda a la caza de lectores ingenuos quieren convencernos de que “Si algo no te va bien es culpa tuya, maja”, restándole importancia a los actores que, sin duda ninguna, son los que en realidad ayudan a que todo nos vaya bien.
Sí, lo sé, nuestro cerebro segrega dopamina y mil otras sustancias que nos ayudan a funcionar mejor si creemos que somos felices, bien, pero, amigos, poco podrán hacer esas sustancias si la realidad no nos acompaña. Quizás nos darán un respiro, pero poco más. “Se trata” —sigo leyendo en el artículo— “de estructurar tu mente hacia lo positivo —no para atraerlo sin más—, sino para creer que es posible”. Y me pregunto cómo pensar en positivo en un país que tiene según los últimos informes la mayor tasa de pobreza infantil de Europa. Cómo, si no actúa el Estado para resolverlo, claro está. Sigo leyendo y veo que la “filosofía delulu” ayuda también a superar el síndrome de la impostora. Ya sabéis, ese pensamiento que —a las mujeres, sobre todo— nos hace pensar que sabemos menos de lo que en realidad sabemos (dicho así con trazo grueso) y nos hace situarnos en un segundo plano. Y me pregunto entonces cómo las mujeres, solo pensándolo, superaremos la selección para acceder a mejores puestos, si los que eligen a sus candidatos suelen ser hombres, y no hay detrás una legislación que obligue a ello.
Recuerdo ahora que hace unos años ya nos bombardearon con imágenes positivas, lemas optimistas en tazas y libretas desde redes sociales o desde “voces autorizadas”. Y ya entonces, muchos de los que queríamos luchar contra ese imperativo de ser felices levantábamos la mano evidenciando un sinfín de realidades negativas que se vivían en ese mismo momento y que no cambiaban con una sonrisa y éramos mirados como agoreros (siendo suave). Me pregunto ahora qué pasará con esas generaciones, inmersas en la nueva religión del narcisismo, el egocentrismo, las superexpectativas, la autoayuda y el pensamiento positivo qué harán cuando, al final, constaten que no siempre suelen cumplirse.
Porque no basta con creer en el éxito profesional para que este llegue, ni aspirar a un mundo en paz si no exigimos a nuestros gobernantes que apuesten por él, ni creer que viviremos felices si no podemos pagar el alquiler con nuestro sueldo, ni curarnos si no existen una sanidad pública. Eso por no hablar de que la generación Z, amigos, que es la que lo ha puesto de moda según el artículo, ronda ya los treinta años y esto me hace pensar que, quizás, sería mucho más productivo que se pusieran a trabajar pensando en mejorar el mañana de todos, y no en que todo les va a salir bien a ellos. Porque el esfuerzo, el optimismo, la gratitud, la creencia en la felicidad, la sonrisa como respuesta o lo que se nos ocurra, poco o nada tendrá que hacer si ocultamos el lado negativo de las cosas porque, solo siendo conscientes de que existe ese lado, solo así, lograremos hacer algo para intentar cambiarlo.
Y mientras tanto, id pensando qué hacer con aquellos que no conseguirán profesionalmente lo que esperaban, aquellos que se quedarán sin pareja, los que no podrán pagarse una casa propia porque están sin trabajo o los que, por desgracia, se verán afectados por una enfermedad o se les morirá un familiar. Porque ni siempre somos felices, ni siempre conseguimos lo que nos proponemos, ni pasa nada por no serlo o no conseguirlo. A no ser, claro, que deseemos vivir en Un mundo feliz, como auguraba Huxley, y prefiramos que los poderosos nos controlen con fármacos las emociones negativas y vivamos narcotizados e inmersos en un pensamiento mágico que cree que la vida solo es sonrisa y brindis. Carmen Domingo es escritora.




























[ARCHIVO DEL BLOG] Contra una nueva leyenda negra. [Publicada el 18/01/2018]











César Antonio Molina, exministro de Cutura en el gobierno de Rodríguez Zapatero, escribe en El Mundo sobre España y sus símbolos, y frente a aquellos (Podemos, radicales de izquierda y nacionalistas varios), que pretenden recrear a su medida una nueva Leyenda Negra crítica con la democracia surgida al amparo de la Constitución de 1978.
Hace tan solo unos días, comienza diciendo, viendo por la televisión el concierto de Año Nuevo retransmitido desde el Salón dorado del Musikverein de la capital austríaca, esta vez dirigiendo a la Orquesta filarmónica de Viena el maestro Riccardo Muti, recordé una anécdota de la que él fue uno de los protagonistas esenciales. En el año 2008 el Ministerio de Cultura italiano y el Ministerio de Cultura español teníamos pendiente una reunión bilateral en Italia y por empeño mío, y por cortesía de mi homólogo el Ministro de Cultura italiano de entonces, la llevamos a cabo en Nápoles. Entre otros asuntos estaban pendientes de cerrarse acuerdos de colaboración para conservar y restaurar parte del aún ingente patrimonio histórico vinculado a la presencia española en esas tierras de las que salió el gran monarca que fue Carlos III. Acabado el encuentro, satisfactorio para ambas partes, se me informó que a la reapertura del Teatro San Carlo, después de bastantes meses de trabajos de rehabilitación, asistiría el presidente de la República Giorgio Napolitano. Que coincidiera en un mismo acto reunión con reapertura fue simplemente un azar. Yo tenía mi entrada reservada en el patio de butacas pero, al ser informado el presidente, mandó que me hicieran subir al palco real y compartir a su lado la velada. Por una parte me alegré, era algo tremendamente simbólico y, por otra, me inquieté. Lo cierto es que Napolitano (oriundo de Nápoles como también lo es Muti) era una persona encantadora, irónica y con grandes conocimientos culturales. Yo le comenté que tenía una primera edición de Los versos del capitán de Pablo Neruda, publicada en Nápoles durante el tiempo que pasó viviendo el poeta chileno en la isla de Capri, en la cual aparecía su nombre como una de las personas que habían subvencionado la publicación. Le agradó el recordatorio y todo fue muy fluido. En el palco, además de las autoridades locales, estaba un alto cargo del Gobierno de Berlusconi. Alto cargo no solo por lo que representaba políticamente sino por ser alguien muy cercano a los negocios del primer ministro. En la presentación fue muy cortés.
Muti salió al escenario entre grandes aplausos, saludó varias veces e inició el concierto. Todo parecía transcurrir perfectamente hasta que comenzaron a oírse grandes gritos desde diversos puntos de la sala que cada vez se fueron ampliando más. A los gritos contra Berlusconi y su intención de cambiar la Constitución, asunto muy debatido en aquellos días, se añadieron cientos de octavillas que caían desde los pisos más altos. Napolitano me miró con una sonrisa irónica y me susurró que era una sorpresa «a la napolitana». Yo estaba encantado porque me vi como un oficial austrohúngaro en una de las escenas de Senso de Luchino Visconti cuando en medio de un concierto al que asisten soldados austríacos, los espectadores italianos provocan la misma bronca en favor de la unidad de Italia. Aquello no parecía tener fin y Muti seguía dirigiendo para ver si realmente la música amansaba a las fieras.
De repente, pasados ya varios minutos muy tensos, Muti hizo parar a la orquesta, les dirigió unas palabras, que desde nuestra distancia eran imposibles de oír, tocó con su batuta el atril y la orquesta recomenzó, no siguiendo la pieza en la que estaban sino tocando el himno italiano. La bronca aún duró unos instantes, pero poco a poco todo el mundo se fue poniendo en pie y cantando la letra. El maestro Muti, por su parte, no conforme con tocarlo una vez, volvió a repetirlo y de nuevo todo el mundo siguió cantándolo. Hubo aplausos. El silencio regresó a la sala y todo se arregló.Hay dos himnos que siempre he sentido como propios, el italiano y el francés. Al escucharlos siento una gran emoción de cercanía. Nunca me gustó nuestro himno sin letra porque mi generación que vivió los últimos años del franquismo lo vinculó al dictador y a la dictadura. No a la monarquía, sino a la Guerra Civil y a los 40 años del régimen autoritario. ¿Pero acaso bajo la letra de la Marsellesa no fueron fusilados muchos de nuestros conciudadanos retratados por Goya? Goya que murió exiliado en Burdeos. La historia es muy larga y si la analizamos milímetro a milímetro siempre nos encontraremos con algo que no defrauda nuestras contradicciones.La bandera de mi país (la trajo Carlos III) tampoco me ha gustado nunca. La mía, por motivos familiares siempre fue la tricolor. Por ella y por la República lucharon aquellas gentes (intelectuales, escritores, artistas, científicos) por las que yo siempre he sentido una gran admiración y que fueron nuestros verdaderos maestros.
El caso es que, hasta la aprobación de la Constitución de 1978, yo como gran parte de mi generación, éramos republicanos y no reconocíamos las enseñas y símbolos que hasta entonces nos habían representado. Pero al votar la Constitución yo aún sin dejar de seguir siendo lo que hasta entonces había sido, opté por el pragmatismo: una monarquía parlamentaria, una bandera y un himno semejantes a los de tiempos anteriores. Creo que todos los que votamos a favor, la inmensa mayoría, no nos equivocamos. Votamos con la razón y preservamos, como aún yo todavía preservo, nuestros sentimientos. Carrillo, la Pasionaria, María Zambrano, Rafael Alberti, Francisco Ayala o Picasso, a través del regreso de su obra más representativa del siglo XX, el Guernica, y tantos y tantos otros exiliados volvieron a España e hicieron lo mismo reconociendo así aquella nueva España que coincidía de alguna manera con la misma por la que ellos habían luchado.
Por primera vez las dos Españas se juntaban, colaboraban y echaban a andar a un país que ha llegado a la más alta cota social-política y económica de su larga historia. Juan Carlos I y Felipe VI han sido, y lo siguen siendo, fundamentalmente monarcas republicanos. Infinitamente con menos poder que el que tiene el presidente de la República Francesa. Ambos se han enfrentado a dos golpes de estado. Uno, a la vieja usanza del XIX, y el otro, de forma novedosa en el XXI, en medio de las nuevas tecnologías. ¿Alguien puede pensar que ambos Reyes son franquistas? ¿Alguien puede pensar que esta democracia que tiene todas las garantías legales y que es reconocida internacionalmente es franquista? El apoyo de todos los países del mundo a la unidad de España se les debe también a ellos, a la labor diplomática extraordinaria e intensa que han desarrollado a lo largo de estas décadas. Cuando Felipe VI llegó al trono ya había estado varias veces en todos o casi todos los países del mundo, conocía a sus autoridades y a los representantes más destacados de la sociedad ¿alguien podría pensar que un Rey joven, políglota, culto, preparado y absolutamente democrático compartiría un poder franquista? Un presidente de la República hoy, siendo el mejor, no tendría la preparación y la experiencia de nuestro Rey. Y yo que sentimentalmente sigo siendo republicano lo puedo atestiguar por los muchos viajes hechos junto a sus padres y a él mismo. La democracia en España está asegurada no solo por las elecciones libres, los partidos políticos, los tribunales, los sindicatos, la prensa y demás instituciones representativas, sino también por un Rey que sabe y es consciente del momento en el que vive y que fue educado en la defensa del parlamentarismo y la división de poderes. Hoy solamente las monarquías en Occidente pueden ser democráticas y los partidos nacionalistas y populistas que combaten nuestra democracia lo saben. Companys no fue fusilado por los españoles sino por Franco como el dictador hizo con tantos otros de nuestros compatriotas. Nuestra Guerra Civil no fue una guerra del resto de España contra Cataluña, sino entre unos españoles y otros. Y como tantas otras veces quienes ganaron no tuvieron la grandeza de respetar a los perdedores. En realidad unos y otros lo fueron. Bajo la bandera roja y gualda, bajo el himno sin letra, bajo la monarquía parlamentaria a lo largo de estas cuatro décadas de libertad y progreso como jamás tuvo este país en sus más de quinientos años de existencia, hemos recibido Premios Nobel, Oscar y galardones en los más importantes festivales de cine del mundo, medallas olímpicas y mundiales, reconocimientos culturales, políticos, económicos, deportivos, científicos, hemos dirigido organismos internacionales, hemos enviado tropas de paz a conflictos internacionales y tantas y tantas otras cosas. Y no solo hemos recibido sino dado muchos otros premios, por ejemplo, los Princesa de Asturias a grandes personalidades internacionales o los Cervantes compartidos con nuestros hermanos hispanoamericanos. ¿Acaso todas estas gentes lo hubieran recogido de un Rey antidemocrático? Me entristece que un español, aunque no lo quiera ser, mienta y engañe con una nueva leyenda negra que nos insulta gravemente a todos. En los estados totalitarios que quieren crear populistas y nacionalistas no habría ni monarquía ni república. Simplemente no habría democracia, no habría ni siquiera partidos políticos. En definitiva no habría libertad. Denominarnos de régimen a quienes luchamos contra el franquismo y ayudamos a traer la democracia es un acto vil de gente malnacida. La transición democrática fue el arte de lo posible que nos llevó a lo casi imposible: un país en paz después de siglos de guerras, un país democrático, un país con gran presencia en el mundo, un país cuya lengua común hablan más de medio millón de personas, un país en el que se enseñan, cuidan y respetan las otras lenguas oficiales, un país cuyo desarrollo autonómico es superior al de cualquiera de los países europeos, un país que construyó un Estado de bienestar inusitado. Sí, también, por supuesto, hay lados oscuros, muy oscuros, como en la vida misma, pero el balance no puede ser más positivo. Y sí, también, esto se lo debemos a nuestros dos monarcas.
Sé que mis viejos y muy queridos amigos del Ateneo Republicano de La Coruña, mi ciudad, seguirán teniéndome en cuarentena pero entenderán que uno tiene que ser no solo fiel a sus sentimientos sino a la razón que los pueda sostener. Mi voto a favor de la Constitución (y es necesario revisarla pronto para adaptarla a este mundo nuevo tan rápidamente cambiante) sigue totalmente vigente. Que las nuevas generaciones, formadas en el olvido de nuestra historia, no repitan los males de sus antepasados. Aunque como dice irónicamente Kathlein Raine en su ensayo La utilidad de la belleza, «La ausencia de cultura puede considerarse otra clase de cultura, la ignorancia otra forma de conocimiento». La convivencia y el respeto a las ideas son fundamentales. También es esencial el respeto a las leyes acordadas por todos.En España no hay presos políticos, los hubo hace ya más de 40 años. En España no hay exiliados, los hubo hace ya más de 40 años. En España no hay rehenes. En España hay una ejemplar monarquía parlamentaria respetuosa y fiel con los procedimientos políticos, legales y jurisdiccionales como en cualquier otro país miembro de la comunidad europea. Esto se sabe, es público y notorio, pero a veces es necesario decirlo en voz alta. Yo lo digo e invito a todos los españoles a que lo hagan allí donde estén. ¡Ya basta de hablar mal de nosotros mismos! Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















miércoles, 17 de enero de 2024

De Delors y el proyecto federal europeo

 




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Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz miércoles. El euro está resultando un elemento clave en la consolidación del proyecto europeo, dice en El País el catedrático de la UCM Francisco Aldecoa, y para avanzar en él es imprescindible poner en marcha la Unión Económica, con la Unión Bancaria y otras medidas para pasar de una federación de facto a una federación de iure. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com













La prioridad para 2024: dar continuidad al proyecto federal de Delors
FRANCISCO ALDECOA LUZÁRRAGA
15 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El 27 de diciembre falleció Jacques Delors. Indudablemente, es el presidente de la Comisión Europea que ha tenido una mayor repercusión en el proceso de construcción europea. Ejerció la presidencia durante diez años, entre 1985 y 1995. Me gustaría especialmente destacar el avance que le dio al federalismo europeo, sobre todo con la puesta en marcha del primer proyecto claramente federal: la Unión Económica Monetaria (UEM), que dio lugar al euro. En sus más de 20 años de existencia, la moneda única está resultando un elemento clave en la consolidación del proyecto europeo. Sin embargo, de la UEM, aunque se ha consolidado la parte monetaria, no la es la parte económica. Por ello, es imprescindible poner en marcha la Económica, con la Unión Bancaria y otras medidas.
Hay que recordar la inmensa labor que hizo Delors en sus diez años al frente de la Comisión Europea, empezando por el fin de las negociaciones de adhesión con España y Portugal, y su ingreso en la Unión Europea en 1986. Asimismo, en el Consejo Europeo de Milán de verano de 1985, días después de la firma del Tratado de adhesión de España el 12 de junio, se convoca la Conferencia Intergubernamental que dará origen al Acta Única Europea. También completó el proyecto legislativo del Mercado Único y los Acuerdos de Schengen, que este año, desde el 31 de marzo de 2024, tendrá dos nuevos miembros, Rumania y Bulgaria, con los cual son ya 29 miembros (25 de la UE y 4 asociados).
Por otro lado, cabe destacar, durante el mandato de Delors, la duplicación de los fondos estructurales, la reforma de la Política Agrícola Común, el programa de lucha contra la pobreza ciudadana y la puesta en marcha del programa Erasmus y su inmediato éxito, dirigido por Manuel Marín. Se avanza también en la política regional y en la realización de la cohesión económica y social al apoyarse en las acciones que la Comunidad gestiona a través de los fondos con finalidad estructural, Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola (Feoga), Fondo Social Europeo (FSE) y Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDR), además del Banco Europeo de Inversiones (BEI). Su Comisión vivió también la reunificación de Alemania y la negociación, acuerdo y entrada en vigor del Tratado de Maastricht, que supuso la transformación de una Comunidad Europea de naturaleza económica a una Unión Europea de naturaleza política, aunque incompleta, en donde nace la noción de ciudadanía europea con el reconocimiento de los siete derechos ciudadanos.
Lo más importante, indudablemente, fue la puesta en marcha de la UEM, que claramente es un proyecto federal. Sin embargo, posteriormente, el proceso político se intergubernamentaliza y, si bien se consigue poner en marcha el euro, el resto del impulso federal quedó agotado. Esto explica que, desde entonces, en las elecciones europeas se fue reduciendo el porcentaje de participación de los ciudadanos en el proceso electoral, que empieza a bajar precisamente a partir de la quinta legislatura, en 1999. Sin embargo, será en 2019, 20 años después, cuando comienza a recuperarse la participación, en gran parte por los jóvenes, debido en gran medida al éxito del programa Erasmus. Esto coincide con los logros de la novena legislatura (2019-2024), que ha hecho frente a tres grandes temas: el Brexit, la pandemia de la covid-19 y la agresión rusa a Ucrania.
La Unión Europea crea su primer proyecto federal, el euro, posible en parte por el conjunto de medidas de cohesión económica y social. A la vez, se pretendía sacar el máximo partido a la Europa sin fronteras, ya que las ventajas conseguidas con el mercado interior desaparecerían si se mantenía la posibilidad de devaluaciones competitivas entre los Estados miembros. Por ello, la UEM surge como una necesidad. Lo mismo ocurrirá con el modelo federal de toma de decisiones, ya que un banco no puede funcionar con decisiones adoptadas por unanimidad, necesita un sistema eficaz de toma de decisiones, que en definitiva es el del sistema federal.
Hay que hacer referencia al carácter federalizante y federalizador del euro, puesta en marcha el 1 de enero de 1999 como moneda con alcance internacional y en los bolsillos de los ciudadanos desde enero de 2002. Federalizante porque era expresión de un proceso político en marcha y federalizador porque con la moneda única se va a acelerar este proceso. Aunque, desgraciadamente, no con el alcance que se pretendía y que es necesario. Se entiende que es precisamente la UEM el elemento que más puede incidir en la mutación de la Comunidad de naturaleza económica a una Unión más cohesionada en su naturaleza política.
El ejemplo de Delors nos debe llevar a recordar el éxito de su proyecto federal que, desgraciadamente, quedó inacabado en las dos décadas siguientes, en parte por el veto de los británicos al expresamente federalista Jean Luc Dehaene como sucesor de Delors. Sin embargo, se ha retomado de alguna manera a partir de la novena legislatura, en la que precisamente los británicos se marchan, y en la cual las dificultades exigieron decisiones federales de facto como, por ejemplo, el fondo Next Generation, que suponen 7.500 millones de euros distribuidos en función de las necesidades y mancomunados respecto al pago de la deuda que implicaba y, por lo tanto, en ambos sentidos, claramente federal.
La decisión del Parlamento Europeo del 4 de mayo y 11 de junio de 2022, inspirados en la Conferencia sobre el Futuro de Europa, de solicitar una Convención Europea para la reforma de los Tratados entronca claramente con la política anterior de Delors de basarse en el federalismo. El 22 de noviembre de 2023, el Parlamento Europeo reiteró esa petición y, a lo largo de 2024, habrá que ponerla en marcha. Creo que es imprescindible vincular el proyecto de Delors del euro de carácter federal con el avance imprescindible que se debe dar a partir de este año en reformar los Tratados en esa dirección, para pasar de una federación de facto a una federación de iure, por cierto, ahora que no están los británicos. Francisco Aldecoa es catedrático de Relaciones Internacionales en la UCM y presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo.

































[ARCHIVO DEL BLOG] Crítica del sentimentalismo en política. [Publicada el 17/01/2017]










El pasado viernes publiqué en el blog una entrada con el título de Sobre la corrección política. Comentaba en ella un reciente artículo en Revista de Libros del escritor, psiquiatra y médico británico Anthony M. Daniels, que publica bajo el seudónimo de Theodore Dalrymple, en el que este analizaba con ironía el papel de lo políticamente correcto en el reciente enfrentamiento electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump. En la citada entrada hacía yo referencia de pasada al único libro de Dalrymple traducido hasta el momento al español, el titulado Sentimentalismo tóxico. Cómo el culto a la emoción pública está corroyendo nuestra sociedad (Madrid, Alianza, 2016), que la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas ha aceptado incorporar a sus fondos a petición mía y que espero poder leer muy pronto.
La entrada de hoy es la reseña aparecida en el último número de Revista de Libros de la citada obra de Dalrymple. Se titula Otro fantasma recorre Europa, y está escrita por el profesor Roberto L. Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago. Es continuación casi obligada de la publicada en el blog el viernes pasado. 
Hagan la prueba, si les place, ustedes mismos, comienza diciendo el profesor Blanco. Tras ver cualquier telediario –da igual que sea de una cadena pública o privada, pues a estos efectos es lo mismo–, traten de hacer balance del tiempo que, en el espacio informativo que hayan escogido, se ha dedicado a dar noticias y del que, en contraste, se ha aplicado a hacer apología de la corrección política desde un enfoque puramente emocional. Si el lector me permite la intromisión, le recomiendo que se fije ahora, de forma muy especial, en la atroz guerra de Siria o en la terrible tragedia de la inmigración, sobre todo en la que procede −no sólo, pero de forma destacada− de esa zona de conflicto. Hace mucho que en los programas de televisión dedicados a informar –no únicamente en ellos, desde luego, aunque en ellos de un modo sobresaliente y, por tanto, llamativo– las crónicas sobre esos temas suelen ser una sucesión de admoniciones sobre lo mucho que sufren las personas –los niños, ante todo– que se han visto obligadas a huir de la guerra, el hambre o la miseria o están forzados a padecer las calamidades de un conflicto en el que, como en todos los existentes desde hace mucho tiempo, las bombas no distinguen entre población civil y combatientes. No hará falta que diga, aunque, por si acaso, lo diré de todos modos, que a mí, como a cualquier persona de bien, me produce una profunda conmoción la imagen espantosa de un niño de tres años muerto en una playa, que ha pagado con su vida el legítimo afán de su familia por huir de los horrores de la guerra, o las figuras demacradas de las docenas de pequeños que huyen despavoridos a diario de los bombardeos y reaparecen de milagro arrancados a los escombros que ha producido la ultima razia de la aviación rusa sobre Alepo.
Informar es, sin duda, ofrecer también esas imágenes, aunque haciéndolo como un compromiso ético frente a los desastres y a la barbarie de la guerra, y no como un reclamo morboso para ganar audiencia a cualquier precio, añade. Pero informar tiene que ser bastante más: poner en manos del espectador las noticias y los datos necesarios para que se forme una opinión no sólo sobre lo obvio (que matar niños, o consentir situaciones en las que mueren tras tratar de alcanzar un mundo mejor, es una salvajada y una obscenidad que a todos nos interpela y avergüenza), sino también sobre la complejidad de los problemas, sea el de la guerra de Siria, el de la inmigración o cualquier otro de mayor o menor envergadura, y sobre las dificultades existentes para darles solución. Porque la importantísima labor de los medios de comunicación social, indispensable para la formación de una opinión pública libre en cualquier sociedad democrática, no es la de adoctrinarnos, por más políticamente correcta o incluso justa que pueda ser la doctrina que se imparte en cada caso, sino la de informarnos, lo que ni de lejos es lo mismo, por más que muchos no acaben de enterarse.
Para entender, entre otras muchas cosas, tal metamorfosis, que viene avanzando poco a poco y de forma tan silenciosa como aquel misterioso poder que se adueñaba de la casa tomada a la que dedicó Julio Cortázar un relato inolvidable, es necesario −en realidad, indispensable− leer el libro que en 2010 escribió Theodore Dalrymple y que ahora publica Alianza Editorial, sigue diciendo. Pese al tiempo que ha tardado en traducirse al castellano, Sentimentalismo tóxico ha tenido, en todo caso, más fortuna que otras obras del médico británico, ninguna de las cuales había visto la luz en nuestro país hasta la fecha. El economista Luis María Linde, actual gobernador del Banco de España, destacaba en 2008 tal anomalía en esta misma revista («Theodore Dalrymple, contra la “corrección política”») y en una magnífica reseña de dos libros del autor: In Praise of Prejudice. The Necessity of Preconceived Ideas y Our Culture, What’s Left of It. The Mandarins and the Masses. El propio Dalrymple («Iguales, pero desiguales») reseñaba aquí también un libro notable hace ahora un par de años: The XX Factor. How Working Women are Creating a New Society, de Alison Wolf, y hace pocas semanas analizaba, también en Revista de Libros, la posible influencia de la corrección política en la victoria electoral de Donald Trump.
Y bien, para empezar, ¿qué entiende Dalrymple por sentimentalismo o, como él mismo señala, por culto al sentimiento?, se pregunta Blanco Valdés. Dejemos que hable nuestro autor, dice: «El sentimentalismo es la expresión de las emociones sin juicio. Quizá es incluso peor que eso: es la expresión de las emociones sin darnos cuenta de que el juicio debe formar parte de nuestra reacción frente a lo que vemos y oímos. Es la manifestación de un deseo de derogar una condición existencial de la vida humana, a saber, la necesidad ineludible y perenne de emitir un juicio. Por tanto –concluye Dalrymple–, el sentimentalismo es infantil (porque sólo los niños viven en un mundo tan dicotómico) y reductor de nuestra humanidad». Ahí reside, en suma, la toxicidad del sentimentalismo, que funciona como un factor que elimina la complejidad de los problemas y la dificultad que existe siempre para darles solución: «Buscamos la simplicidad en aras de una vida mental más tranquila, nunca la complejidad: el bien debe ser absolutamente bueno, el mal totalmente malo, lo bello enteramente bello, lo feo completamente feo, lo inmaculado del todo limpio y lo sucio totalmente sucio, etc.». Recuerden la celebre formulación del gran periodista y editor Henry Louis Mencken, que viene ahora muy al caso: aquella en la que el norteamericano sostenía, con tanta razón como ironía, que para todo problema humano hay siempre una solución fácil, clara, plausible… y equivocada.
Esa consideración profundamente crítica con un sentimentalismo, sigue diciendo, que todo lo invade y todo lo domina (que «está triunfando en un campo tras otro») servirá a Dalrymple –en realidad el médico y escritor británico Anthony Daniels (1949), que es quien se esconde bajo ese seudónimo– para entrar a saco a censurar, en no pocos casos con un tono satírico muy logrado, algunas de las más perversas manifestaciones del culto al sentimiento en la vida pública y privada. Tal es el objeto de un libro escrito con un talento arrollador, de un ensayo que se lee en realidad como un excelente reportaje gracias a una prosa sencillamente espléndida, que ha salido de la pluma de un hombre a quien se le nota lo mucho que ha vivido. Pues no es Dalrymple un intelectual bonito de esos que hablan desde la comodidad de sus despachos confortables. Todo lo contrario, se trata de un hombre profundamente comprometido con su tiempo, según lo demuestran su trabajo en algunos países africanos o su dedicación como psiquiatra a sectores marginales de la sociedad: pobres, penados o inmigrantes.
Los efectos tóxicos del sentimentalismo, dice después, se manifiestan desde luego, y por ahí comienza Dalrymple, en el ámbito privado. Por ejemplo, en la educación (es decir, es la mala educación), influida por una teoría educativa romántica que el autor critica con dureza. Tal educación ha terminado por difuminar los límites que deben existir entre lo permitido y lo no permitido con unos efectos devastadores que la inmensa mayoría de quienes son padres de adolescentes en nuestra sociedad podrán confirmar para profundo dolor suyo: la nula o muy escasa capacidad de los chavales para soportar la negativa a sus deseos, que ellos consideran que deben satisfacerse siempre y de inmediato: «Los padres de los niños a los que nunca se ha negado nada se asombran de que estos se vuelvan egoístas, exigentes e intolerantes ante cualquier pequeña frustración». Cualquiera que haya vivido esa experiencia sabe hasta qué punto tiene el médico británico toda la razón.
Como la tiene plenamente, añade más adelante, al resaltar otras consecuencias del sentimentalismo: por ejemplo, en el campo de lo que Dalrymple denomina la democratización, o la popularización, de la importancia («ahora todos somos importantes»), o en la esfera de los conflictos entre una gran organización y un individuo, ámbito en el cual se ha generalizado la idea sentimental de que la organización siempre es la culpable y el individuo siempre el perjudicado. Permítanme poner dos ejemplos traídos de nuestra realidad para ilustrar ambas manifestaciones del culto al sentimiento: sobre lo primero, la invasión de programas televisivos de entretenimiento masivo protagonizados por personas corrientes que la mayoría de las veces no tienen otra cosa que mostrar que su ignorancia, su mal gusto o ambas cosas a la vez; sobre lo segundo, el modo en que se afrontó en nuestro país el conflicto de las llamadas participaciones preferentes de la banca, un producto financiero de alta rentabilidad y, por tanto, de alto riesgo, que los bancos y las cajas de ahorros comercializaron durante los primeros años de la crisis económica y que, tras el estallido la crisis financiera, inmovilizó los ahorros de más de un millón de depositantes. Gran parte de ellos fueron sin duda personas engañadas por las entidades financieras, a las que los estafados compraron participaciones sin saber dónde se metían. Pero, aunque hubo también ahorradores que optaron libre y conscientemente por correr un mayor riesgo en busca de una mayor rentabilidad, tanto estos, sin razón, como los primeros, con motivo, fueron considerados, socialmente y por igual, pobres víctimas de una estafa promovida por los bancos y las cajas. Esto mismo cabría decir de los afectados por la crisis de las hipotecas, en la que acabaría por carecer de cualquier relevancia dentro del debate público el hecho de que no pocas de las personas que se vieron afectadas por la imposibilidad de hacer frente a sus obligaciones financieras fueran víctimas no de la avaricia de unos prestamistas desalmados, sino de la absoluta e irresponsable falta de diligencia en la administración de la propia economía personal o familiar. Pero, como afirma Dalrymple con toda la razón, la organización es siempre la culpable y el individuo, sin excepción, el perjudicado inocente y engañado.
Interesantísimo, comenta, es, sin duda, el capítulo del libro que Dalrymple dedica a someter a una crítica devastadora la llamada declaración de impacto familiar que puede producirse ante los tribunales británicos, un instrumento legal disparatado que se utiliza cuando se ha producido un delito de asesinato u homicidio. A partir de un caso concreto –el del terrible crimen cometido por dos jóvenes, Donnel Carty y Delano Brown, que asaltaron y apuñalaron a un hombre hasta la muerte con la intención de robarle–, la inquietante pregunta que se formula el autor es la de si debe castigarse a los asesinos en proporción a la utilidad social de las víctimas, tal y como ésta es defendida por sus familiares en la declaración de impacto mencionada. La respuesta, con la que no puedo estar más de acuerdo, la formula el autor en unos términos tan políticamente incorrectos como ajustados a los mejores criterios de justicia: «La impresión que deja la declaración de impacto familiar es que el crimen es especialmente atroz por los efectos particulares que provoca en las personas que hacen la declaración o en sus representados. El corolario que se obtiene de todo esto es que, si el asesinado no tuviera parientes o amigos o fuera un completo ermitaño, su asesinato no constituiría un crimen muy grave, ya que no dejaría a nadie sufriendo a causa de su muerte […]. La declaración de impacto familiar en los tribunales es una invitación a ese tipo de improcedencias». Ni que decir tiene que la declaración de impacto familiar es también, ¿cómo no?, una consecuencia más del dominio social del culto al sentimiento.
El interés del estudio de Dalrymple sobre la toxicidad del sentimentalismo, comenta, resulta de un gran interés, según hasta aquí he tratado de ilustrarlo, al analizar sus efectos en el ámbito educativo, en las relaciones familiares o en la justicia, pero tiene al fin una utilidad sobresaliente cuando el médico británico salta a la esfera de la vida política, es decir, a lo que el autor denomina la exigencia de las emociones públicas. Este gran ensayo, siempre apasionante, se convierte aquí en completamente imprescindible. Lo ha subrayado Fernando Savater con su claridad habitual: «Si tuviese que aconsejar un libro para entender la actualidad política en España y en Europa, recomendaría Sentimentalismo tóxico». Yo también, sin ningún género de dudas.
Y es que «las consecuencias de verter una lágrima sentimental en privado son muy diferentes a cuando esta lágrima se vierte en público». Por supuesto, añade. Nada bueno, sino todo lo contrario, puede derivarse del hecho de que el sentimentalismo, de efectos tan nocivos en muchas esferas de la vida social, se asiente en el mundo de las políticas públicas. Y no puede olvidarse que es precisamente la eliminación de los límites entre el culto a los sentimientos en el ámbito privado y en el público uno de los principales efectos del dominio del sentimentalismo. Cualquier observador atento de la realidad que nos rodea podrá aceptar sin reservas el punto de partida que Dalrymple sienta aquí como núcleo de su análisis: que «cuando el sentimentalismo se convierte en un fenómeno de masas, se vuelve agresivamente manipulador: exige que todo el mundo lo experimente». Y ello hasta el punto de que «la persona que se niega a hacerlo alegando que el supuesto objeto del sentimiento no merece una exhibición pública se coloca automáticamente fuera del círculo de los virtuosos, convirtiéndose prácticamente en un enemigo del pueblo». ¿Es posible expresar mejor la naturaleza de la metamorfosis social a que dan lugar los nacionalismos? ¿No es ese el proceso por virtud del cual un sentimiento personal y privado de amor a la tierra se transforma, ya convertido en fenómeno de masas, en un motor de odio social y de exclusión frente a quienes no comparten el sentimiento privado original? El sentimentalismo, pues, igual que en tantas otras ocasiones, como padre de los peores sentimientos.
Un sentimentalismo que no se limita, en todo caso, a extender sus efectos sobre la sociedad, sino que puede llegar a influir de un modo decisivo, con todos los peligros que ello lleva aparejado, sobre las políticas públicas, escribe. Ciertamente, las demostraciones públicas del sentimentalismo no sólo alimentan un «fétido pantano emocional», pues su generalización llega a tener efectos demoledores al condicionar hasta límites difícilmente resistibles la acción de los poderes públicos. El sentimentalismo «permite a los gobiernos hacer concesiones al público en lugar de afrontar los problemas de una manera racional, aunque impopular y controvertida». He ahí, definido en pocas líneas, el fenómeno de las respuestas gubernamentales populistas que hoy dominan en muchas partes de Europa frente a la ola de locura social provocada por la crisis («Siento rabia, tengo razón»). Unas respuestas que no son sino la directa consecuencia de la incapacidad de una clase política acobardada y acomplejada para hacer frente a los discursos demagógicos y simplificadores de fuerzas políticas y sociales que se han puesto en pie de guerra a caballo de un conjunto de simplificaciones de la realidad por virtud de las cuales los problemas se analizan de forma desastrosa para proponer luego en consecuencia soluciones que constituyen auténticos dislates. Basta pensar en Marine Le Pen, o en los líderes de Podemos, de Alternativa por Alemania o del UKIP, ejemplos perfectos de «los cantos de sirena de los demagogos diversos que juran la pureza de sus motivaciones y que tocan sin piedad las notas sensibles para obtener y conservar el poder».
Y es que, «como motor de una política pública, o de la reacción pública a un acontecimiento o problema social, [el sentimentalismo] es tan perjudicial como frecuente», sigue diciendo. Dalrymple explica esta idea, que constituye una de las principales conclusiones de su obra, echando mano del episodio de la muerte de la princesa de Gales, Diana Spencer, narración en la que el autor vuelve a demostrar la gran capacidad de que está dotado para explicar ideas complejas a través de una narración decididamente entretenida. El profundo descontento social generado en el Reino Unido por la ausencia de una manifestación pública de sentimientos de dolor por parte de la reina Isabel tras la muerte de Diana no sólo demostraría, a juicio de Dalrymple, que «lo más importante es la manifestación pública de las emociones», las cuales en realidad desaparecen para el público si no se le enseñan con todo lujo de detalles, y a poder ser sin el más mínimo pudor, sino que habría constituido –de ahí en gran medida el referido descontento– un desafío intolerable a los sentimientos de esa nueva categoría que es la gente, justa y siempre llena de razón, al sugerirse que «los deseos del pueblo no deben ser soberanos en todo momento y circunstancia, que la vox populi no es necesariamente ni siempre la vox dei».
Termino ya, concluye Blanco Valdés. Para reconocer el gran valor de este gran libro, al que me he referido en otro lugar como un verdadero puñetazo a una de las pestes del siglo XXI, la de la corrección política, no es necesario compartir todos los juicios del autor, algunos de los cuales son sin duda discutibles. No me lo parece, sin embargo, su gran aportación: la idea de que, por parafrasear a Jean Cocteau, bastaría con sentir en lugar de comprender. El sentimentalismo aparece hoy como la más depurada expresión de una cultura que coloca las emociones por delante de los razonamientos y que consagra, por tanto, a la demagogia como motor fundamental de la vida política y social. ¡Que Dios nos coja confesados! Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt