lunes, 11 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL TRES DE HOY. UN RASGUÑO EN LA PIEDRA, POR LEONARDO PADURA. 11 DE MAYO DE 2026

 







1. Vengo de hacer mi primera estancia en Chiapas. De ciudad en ciudad, desde la actual capital, Tuxtla Gutiérrez, he visitando la muy turística San Cristóbal de las Casas, los “pueblos mágicos” de Comitán de Gutiérrez y Chiapa de Corzo, el mundo fantástico de Chamula. Y salgo convencido de lo insólita, maravillosa e insondable que aún puede ser la realidad americana.

2. San Cristóbal de las Casas, antigua capital del Estado, es uno de los tres “pueblos mágicos” de esa región del suroeste de la República mexicana, colindante con Guatemala, a cuya Capitanía General perteneció en la época colonial. Fundada en 1528, su condición de “pueblo mágico”, conferida por la Secretaría de Turismo del país, resulta evidente: impresionantes edificios coloniales, coloridos mercados callejeros, sitio de efervescente mestizaje cultural propiciado por los traumáticos eventos históricos que ocurren a partir de la llegada de conquistadores españoles portadores de una visión del mundo que intentó imponerse sobre la milenaria cosmogonía de las poblaciones originarias de la región, provocando las contracciones, fusiones y traumas que aun acompañan la existencia de este peculiar rincón del planeta.

El pasado 1 de enero se cumplieron 32 años de que nos despertara la noticia de que un ejército de indígenas, capitaneados por un enigmático personaje que se hacía llamar Marcos, quien se había autoconferido los grados de subcomandante y andaba cubierto con un pasamontañas, había entrado en esa ciudad chiapaneca y tomado sus poderes civiles. Se anunciaba entonces el inicio de otra revolución de los humildes y para los humildes, que, tomando distancia de la devaluada ideología marxista, se bautizaba como zapatista —en recordación del líder campesino Emiliano Zapata—, pues se presentaba como una insubordinación indigenista, avalada por una histórica marginación y la profunda pobreza de los pobladores originarios de la región.

Hasta el día anterior el Estado de Chiapas apenas existía en el imaginario mundial porque sus millones de indígenas de diversas etnias y sus mestizos pobres parecían no existir ni siquiera para los poderes de la república federativa. Una idea de lo que allí ocurría lo revela la frialdad de los números: unos años antes Chiapas recibía apenas el 0,3% del presupuesto del poder federal. La pobreza, la marginación cundían allí entre más de 500.000 analfabetos. En la misma San Cristóbal uno de sus obispos católicos había publicado la orden de que las aceras eran para que circularan las personas, no los indios. Pero la sublevación zapatista con sus reclamos de justicia social puso a Chiapas en las páginas de los periódicos, y el enigma de la identidad del subcomandante Marcos o sitios como la selva Lacandona pasaron a formar parte de las conversaciones de la gente, no solo en México… Dos años después, tras algunos enfrentamientos armados entre los zapatistas y el Gobierno, se firmaron los acuerdos de paz de San Andrés Larraínzar que contemplaban la promesa de cambios y mejoras en las vidas de los chiapanecos.

3. En la plaza central de Chiapa de Corzo —considerada la primera ciudad española de la región—, se levanta una especie de capilla abovedada, de estilo mozárabe, conocida como la Pilona, pues en su interior se halla el manantial del cual se surtían de agua los pobladores de la ciudad. Otro edificio emblemático del poblado es la gigantesca estructura de la iglesia y convento de Santo Domingo, en cuyas fachadas aparecen relieves de heráldicas flores de lis francesas llegadas de nadie sabe dónde.

Pero esta localidad es célebre sobre todo por su técnica de laqueado de las artesanías de madera, conseguido con la maceración de insectos de la zona y también por su fiesta grande, nombrada por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Esta celebración, que corre cada año del 8 al 21 de enero, celebra la convergencia cultural que se concretó en la ciudad y se ha convertido en un atractivo turístico sobre todo por su acto de clausura: sobre las aguas del río Grijalva se escenifica un combate naval en el que participan cientos de embarcaciones que alumbran el cielo con fuegos artificiales. Lo curioso es que ese combate rememora la derrota de los habitantes originales de la zona ante los conquistadores españoles.

4. También he recalado en la ciudad de San Juan Chamula, donde la magia es parte activa de la vida más real. La iglesia de San Juan Bautista, en Chamula, es un sitio extraordinario que alberga una mezcla de culturas en plena efervescencia sin que se haya concretado una aplastante superposición dominadora.

El templo católico con estructura de estilo barroco novohispano, encierra entre sus paredes muchas de las esencias de la cultura de Chamula: allí conviven ritos católicos, como la misa y el bautismo, las imágenes de santos y vírgenes como la muy mexicana Guadalupe, con ancestrales prácticas religiosas y medicinales. En lugar de bancos alineados, en el interior de la iglesia se distribuyen mesas cubiertas de millares de velas cuya esperma cubre el piso del local, mientras los magos curanderos (iloles, en lengua tzotzil), hombres y mujeres, realizan sus ceremonias de invocación y curación. El poder de estos iloles proviene de las revelaciones de sus sueños, gracias a los cuales obtienen la sabiduría para curar, tanto males físicos como espirituales. Con velas y, por lo general, con gallinas sacrificadas en el acto, los iloles alivian las penas de la gente bajo las cúpulas de la iglesia católica dedicada al Bautista, santo patrón de la ciudad, mientras utilizan la Coca Cola como una de sus bebidas rituales... Aquí, como bien dice Alejo Carpentier al teorizar sobre lo maravilloso americano, los que creen en milagros de santos se pueden curar con milagros de santos.

5. En cada sitio he recibido las vigorosas impresiones, sensaciones, sospechas a las que puede acceder un forastero llegado a un universo que resulta insondable. Tal es la profundidad y densidad de su historia y cultura, sus múltiples cosmovisiones expresadas muchas veces en las lenguas originarias que allí sobreviven. Y a pesar de mi interés y concentración, de curiosidad alarmada, sé que la diversidad y complejidad del mundo chiapaneco apenas me permitirá, como dijo un poeta, hacer un rasguño en la piedra de su realidad. Porque si André Breton, en su estancia en la capital mexicana, tuvo la certeza de que México era la tierra electa del surrealismo, si hubiera visitado Chiapas habría visto cómo todos sus paradigmas de provocación intelectual palidecían ante una realidad palpable.

Treinta años después del levantamiento zapatista el mítico Marcos es un sesentón pasado de peso que ha cambiado sus grados pero no su pasamontañas y vive refugiado en una comunidad zapatista en la selva, mientras muy poco se ha cumplido de aquellos acuerdos de paz de 1996. Y aunque no igual, la vida de los indígenas sigue sufriendo de carencias y ciertos grados de marginación, pues se estima que el 78% de la población chiapaneca vive en diversos niveles de pobreza. Aunque puede consolarnos saber que su actual gobierno emprende campañas para erradicar males como el analfabetismo mientras se potencia la existencia de las llamadas universidades interculturales que ofrecen superación con sentido de preservación.

Lo que resulta evidente, incluso para el forastero, es que en estos territorios del de Chiapas aun se sostiene el viejo combate americano entre civilización y barbarie, hoy contextualizado como una pugna entre globalización y tradición, aunque en realidad es la eterna contienda entre pobreza y supervivencia. Leonardo Padura es escritor. El País, 10 de mayo de 2026.






















DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL DOS DE HOY. NO DEMASIADO INFORMADO, POR JUAN TALLÓN. 11 DE MAYO DE 2026

 






Algunos días estás tan saturado de información, y al mismo tiempo desorientado, y te has vuelto tan suspicaz, pero a la vez tan incrédulo, que si alguien publica un artículo titulado Claves para afilar un lápiz, lo lees, por si acaso se vuelve viral y te quedas fuera de la conversación. No sé si es un gran ejemplo, porque a lo mejor encierra su misterio usar bien el sacapuntas. Te espanta la idea, en cualquier caso, de perderte algo y que justo sea lo que alumbre eso que hoy le pasa al mundo, incluso lo que al fin lo resuelva. Enfrentas semejante torrente de novedades, estímulos, declaraciones, versiones, enlaces, mensajes, stories, newsletters, substacks, que ya no sabes a qué merece la pena prestar atención y a qué no, qué es cierto y qué dudoso, qué una mamarrachada y qué un latigazo de lucidez, qué te va hacer malgastar el tiempo y qué ganarlo. No saber bien qué pasa, y menos aún cómo te sobrepones, es el peaje de todo presente.

Vivimos tan rodeados de hechos y aserciones por todas partes, y de analistas, y de expertos, y de falsos expertos, y de personas que simplemente necesitan trasladarte sus opiniones porque si no podrían explotarles por dentro y matarlas, que hasta cierto punto resulta normal la sensación de no enterarse de nada. La confusión está clarísima, y no sabes si experimentar angustia o indiferencia. El torrente de información por la que uno puede ser arrastrado lleva a no poca gente a optar por no involucrarse demasiado en la actualidad. Tiene sentido la renuncia a fin de no ser aplastado por ella. Quizás prefiere construir sus días, el objeto de su atención, con sus propias manos, por así decir, y pensar y vivir más allá del mainstream, de los titulares volátiles, de la actualización frenética, paranoide y alienadora de la realidad, sobre la que, dicho de paso, descansa el negocio. Ya saben, lo de Milton Friedman, lo de que “el negocio de los negocios es el negocio”. Así que no afearé a quienes protegen su cerebro del consumo incesante de información.

Entender lo que se cuece deviene en ambición irrealizable. Estar informado te obliga a estar permanente, infructuosamente informado. Sospecho que llevaba razón el protagonista de El peregrino secreto, de John Le Carré. Ned era un agente veterano del servicio secreto británico. En un momento de la novela su superior, Mr. Burr, le proponía que investigase si uno de los hombres de la casa era un espía que pasaba información a los soviéticos; todo apuntaba a que sí. Cuando Ned aceptaba el caso, Mr. Burr le decía, a modo de advertencia: “Pues adelante. Téngame informado, pero no muy informado; nada de pamplinas”.

Dominarlo todo, en detalle, abruma, frustra, deja a uno baldado. Y total para seguir ignorando todavía mucho más de lo que sabe. Recuerdo esa escena de Retorno al pasado en la que Jane Greer pregunta: “¿Existe alguna maldita manera de ganar?”. Y Robert Mitchum responde: “Bueno, hay un camino para perder más despacio”. ¿Puede ser buena idea no estar siempre a la última? ¿Por qué hay que ganarle el pulso a la realidad? Al fin y al cabo, uno tiene ya bastante al acarrear con su vida personal, cada día más ardua y enredada. Pero no. Además, ha de encarar esa otra existencia global, que ha borrado las distancias, y quizá las diferencias, entre lo lejano y lo próximo, los asuntos propios y los ajenos. Lo ajeno ha quedado disuelto; nos interpela siempre. Las novedades derivadas de semejante complejidad irrumpen con solo sacar el teléfono del bolsillo. Y qué difícil es mantener a raya esos dedos que todo el tiempo emprenden el camino al smartphone, a través del cual cada notificación se te presenta con el cartel de “importantísimo”. No puedes ignorarlas so peligro de temer que desperdicias tu vida en inanidades, desentendiéndote del mundo y el tiempo que te ha tocado.

Hay días te emocionas al recordar cómo en Historias de famas y cronopios Julio Cortázar enumeraba una serie de “maravillosas ocupaciones”, insignificantes, pero no por ello poco gloriosas, como ir por la calle contando los árboles y cada cinco castaños detenerse sobre un solo pie, y cuando alguien mire, gritar y girar como una peonza, o cortar una pata a una araña, ponerla en un sobre y escribir al ministro de Relaciones Exteriores, que en el momento de recibirla tal vez palidecerá y renunciará al Ministerio, y al día siguiente entrarán las tropas enemigas en el país. ¡A eso sí merecía la pena atender!

Todos necesitamos que nos dejen en paz de vez en cuando, y bajar los brazos y rendirnos, y que algunos días no pase nada serio, que los periódicos traigan página y media en blanco por falta de actualidad. Llegado un punto, con todas esas claves para entender qué ocurre, echas de menos que alguien titule: “Hoy no hay nada que entender”. Es un fenómeno que me hace pensar en los decálogos: siempre se elaboran para alcanzar el éxito, para imponerse a la realidad, para doblegar a los otros. ¿Por qué nadie elabora decálogos para fracasar bien e irte a tu casa tan ancho? Qué lúcido Millôr Fernandes cuando lamentaba que ningún país erigiese nunca un monumento autocrítico, como El Arco de la Derrota. Juan Tallón es escritor. El País, 10 de mayo de 2026.






























DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL UNO DE HOY. EL PODER DEL PAPA, POR JAVIER CERCAS. 11 DE MAYO DE 2026

 






El 8 de mayo de 2025, justo después de su elección como papa, cuando arreciaban las guerras de Gaza y Ucrania, León XIV clamó desde el balcón de la basílica de San Pedro: “¡Basta de guerras!”. ¿Cuántas guerras terminaron aquel día? Ni una sola. Ahora bien, si Netanyahu y Putin hubieran dado una orden, las masacres en Gaza y Ucrania hubieran cesado de inmediato. Eso es el poder político: el poder real, duro, ejecutivo. A veces parece olvidarse que el Papa no tiene ninguno, y que el tiempo de los papas guerreros pasó a la historia. Es verdad que el Papa sigue siendo jefe de un Estado, y además un Estado teocrático; pero es una verdad matizable, sobre todo si se recuerda que el rancho medio de Estados Unidos posee cuatro veces más extensión que el Vaticano, cuyo número de habitantes equivale a menos del 1% de los trabajadores de Mercadona. O sea: más o menos como Irán o Arabia Saudí, Estados teocráticos por excelencia.

Pero no, claro, el poder del Papa no es real: es simbólico, moral, y atañe a los casi 1.500 millones de católicos que pueblan el mundo. Esa clase de poder, sin embargo, también es muy relativa. Cuando un gobernante promulga una ley, la mayoría de los ciudadanos la obedece, porque quien la infringe comete un delito y se arriesga a una sanción; en cambio, cuando el Papa prohíbe tomar píldoras anticonceptivas o dice que no hay que usar preservativos, que no hay que divorciarse o que no hay que abortar, solo unos pocos católicos le obedecen: la mayoría sigue haciendo lo que le da la gana. Eso es el poder moral: algo tan parecido a la falta de poder que a veces es muy difícil distinguirlo de ella. También es verdad que, en la secularizada Europa actual, con la religión en retirada y las iglesias desiertas, la influencia del Papa es aún más exigua que en otros lugares, como Estados Unidos, todavía una sociedad muy religiosa (y con un 20% de católicos). Cuando León XIV fue elegido papa, algunos vaticanistas de ocasión, empeñados en entender la Iglesia en términos políticos —que es la mejor forma de no entenderla—, sostuvieron que el cónclave había elegido un Papa norteamericano con el fin de que suturase las heridas provocadas por el antinorteamericanismo de Francisco y se entendiese con Trump; son las mismas luminarias que ahora, cuando el Vaticano y la Casa Blanca andan a la greña y salta a la vista que León XIV sigue la estela de Francisco —aunque sus formas sean más tradicionales—, afirman que en realidad este Papa fue elegido para enfrentarse a Trump. Bobadas, por supuesto, pero la pregunta es: ¿alguien puede sorprenderse de que el Papa se oponga a la criminal política migratoria de Trump o condene su amenaza de arrasar la civilización persa? Claro que, a lo largo de la historia, muchos papas han respaldado salvajadas semejantes, o han incurrido en ellas, pero ¿lo normal no es que no lo hagan, que obren de acuerdo con el Evangelio —“Amarás al prójimo como a ti mismo”— o simplemente con el catecismo —“No matarás”—? “¿Cuántas divisiones tiene el Vaticano?”, preguntó Stalin a un político europeo que, en la Conferencia de Yalta, insistía en hablarle de la postura de la Santa Sede; la pregunta era pertinente: se exagera hasta el ridículo el poder del Papa. Éste, sobra decirlo, tiene derecho a opinar sobre política, que es lo que nos atañe a todos, y nosotros tenemos derecho a aplaudir cuando creemos que acierta —como León con Irán— o a abuchear cuando creemos que yerra —como Francisco con Ucrania—; pero nada más: la pretensión de que el Papa se convierta en la némesis de Trump, o de que pueda obligarlo a cambiar de políticas, es una fantasía a la vez infantil y peligrosa. A Trump no pueden echarlo más que los norteamericanos y los políticos que tienen legitimidad y poder para echarlo, o para oponerse a él. El Papa solo es el Papa: un líder religioso, no político; el poder simbólico del Papa no puede suplantar al poder real de los políticos. Tampoco debe hacerlo.

La mezcla de religión y política es letal. La época en que los papas decidían el destino del mundo quedó atrás; y fue nefasta. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 9 de mayo de 2026.



























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. XEINBAUM E YSABEL, POR LOLA PONS. 11 DE MAYO DE 2026

 








En el siglo XVI, México sonaba más a Sheinbaum que hoy. Oriundo de Lituania, el primer apellido de la presidenta Sheinbaum comienza con un sonido sh que existía también en el consonantismo del español antiguo y que se escribía con la letra x. El nombre náhuatl del territorio de México incluía también ese sonido; los españoles lo asociaron con el propio, y de acuerdo con la ortografía de la época, lo representaron con x. Así, México, dixeron y páxaro sonaban como “Méshico”, “disheron” y “pásharo” hasta el inicio del siglo XVII y se escribieron con x.

La pronunciación actual de México (con la segunda sílaba que suena igual que jinete o cojín) terminó reemplazando al viejo sonido y las sucesivas reformas ortográficas desarrolladas por la Real Academia Española fueron acomodando la escritura a la nueva pronunciación, que había desplazado hacia atrás la articulación para crear un sonido nuevo: el que escribimos con jota. Desde la edición de la Ortografía de 1815, la Academia prescribe sustituir con jota a la vieja equis. Páxaro o dixeron se escriben a partir de entonces pájaro y dijeron.

Sucede, sin embargo, que los nombres de lugar a veces se sustraen a las leyes de escritura promulgadas oficialmente. Y México (como Texas, Oaxaca o algunas variantes de apellidos: Ximénez) siguió escribiéndose con x, aunque su pronunciación había evolucionado ya en el siglo XVII del mismo modo que el resto de las palabras del español.

La variación gráfica se cargó de connotación para el caso del topónimo México. En el español europeo no se le dio mayor relevancia a escribir mexicano o mejicano, pero el uso de la equis en México adquirió una poderosa adhesión afectiva. En consonancia con esa preferencia, la RAE recomienda desde hace décadas la escritura de México y sus derivados con x, aunque da por válida también la jota. La equis no solo se tiene por grafía oficial, sino que se ha convertido en símbolo de la nación: en la Expo 92 de Sevilla, el pabellón de México adoptaba la forma de dos aspas en forma de enormes equis que se unían por un corredor central.

Este asunto de equis o jota en el topónimo y sus derivados ha sido durante años una mera curiosidad lingüística fuera de todo debate político... hasta esta semana. Estas líneas se escriben a raíz del viaje de la presidenta madrileña por distintos lugares de México. Isabel Díaz Ayuso ha loado a las Malinches de la capital, ha exaltado la Conquista, ha reivindicado a Hernán Cortés y en sus redes ha escrito Méjico, con una jota que parece sospechosamente deliberada. Sheinbaum, su no homóloga mexicana, le ha contestado reconviniéndola para que escriba México con equis.

En el lenguaje diplomático contemporáneo se dice que es un irritante todo asunto sobrevenido que genera fricción entre dos partes. La palabra es calco del inglés y me parece que es eficaz, porque en nuestro sistema léxico un irritante es menos que un agravio y no suena tan coloquial como pullita. La gira de la presidenta madrileña ha sembrado de irritantes las delicadas relaciones bilaterales entre España y México y ha introducido la jota como un irritante nuevo. Qué viejo truco el alimento de disputas simbólicas para tapar debilidades propias. Qué alivio que, a juzgar por las declaraciones de hace unas semanas del rey Felipe VI, se mantengan los modos en la Casa del Rey, una institución que ha hecho de la prudencia su mejor herramienta (y el mejor garante para España) en las relaciones con Iberoamérica.

El estudio de la lengua es materialista, se ocupa de lo dicho, de lo pronunciado, pero ese mismo objeto de estudio se ve desbordado por el idealismo con el que los hablantes cargan de sentido no solo las realizaciones fonéticas o preferencias gramaticales y léxicas, sino también las decisiones gráficas. Lo que no deja de sorprenderme es que la política contemporánea desequilibre cada vez más esa relación, y en lugar de apoyarse en el suelo material del lenguaje, tienda a instrumentalizar su dimensión idealizada. Pero, en fin, por si se quiere persistir en la geopolítica de las letras y para evitar que “me gusta la jota” cristalice como nuevo lema para la confrontación, hago como historiadora de la lengua una propuesta de máximos hacia la paz alfabética. Es incoherente loar la época de Hernán Cortés y no usar su sistema gráfico; lo más congruente con la admiración por el capitán general español que siente la presidenta de la Comunidad de Madrid es escribir el topónimo náhuatl como se escribía en el siglo XVI (México, con equis) e incluso firmar Ysabel con y, según rubricaba sus documentos la propia reina Isabel la Católica, porque aunque hace mucho tiempo que ese uso se acabó, hay cosas que nunca se olvidan. Del lado mexicano, propongo que Sheinbaum universalice simétricamente el eco identitario de la letra equis de México y cambie su apellido a Xeinbaum. Y así, terminado este episodio de La ortografía contraataca, con todas las letras restituidas de acuerdo con las propias identidades soñadas, vendrá la mejora de nuestras relaciones bilaterales y seremos de nuevo un imperio. Lola Pons Rodríguez es filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla. El País, 9 de mayo de 2026.
























DEL ASUNTO DEL DÍA. CONTRAHISTORIAS, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 11 DE MAYO DE 2026

 






La historia es infinitamente variada e imprevisible. Como no está regida por normas de verosimilitud y coherencia, es más sorprendente que cualquier ejercicio de ficción. No recuerdo ahora quién la definió como “la ciencia de las cosas que suceden una sola vez”. La historia no es una ciencia, ni falta que le hace, aunque se ayude cada vez más de procedimientos científicos. Es un saber exigente y tan riguroso como sea posible, pero, al carecer de la posibilidad de la experimentación, le está vedada la facultad, exclusiva de la ciencia, de formular predicciones comprobables. Por eso, las bibliotecas universitarias están llenas de volúmenes obsoletos escritos por historiadores de inclinación idealista o marxista que aspiraban a dilucidar, en el panorama de los hechos del pasado, las leyes históricas del devenir humano, a veces con una tintura de determinismo darwinista que situaba casualmente la cima de la evolución en los varones blancos de clase alta que regían el capitalismo imperial en el tránsito hacia el siglo XX. Decía Simone Weil que muchas personas abandonan la fe religiosa en nombre de la ciencia y a continuación ponen en ella la misma fe que ponían antes en la religión. En la Facultad de Geografía e Historia en la que yo estudiaba, cualquier elemento de religiosidad o providencialismo estaba excluido, pero los procesos históricos se definían como encarnaciones de las leyes históricas que conducirían indefectiblemente al paraíso final del comunismo, apocalipsis y aurora al mismo tiempo.

Como está recordando siempre John Gray, el culto a la racionalidad habría sido una variante del culto a la fe, y la idea del progreso y el triunfo final de la igualdad y la justicia, una adaptación de las predicciones arcaicas del Apocalipsis de san Juan, libro funesto, dicho sea de paso, que debió de incluirse por casualidad en el Nuevo Testamento, y que ha inspirado algunas de las peores calamidades y matanzas de seres humanos.

Frente a narraciones tan atractivas, prometedoras y aterradoras a la vez, la historia en prosa puede resultar tan falta de emoción como una digna película realista de poco presupuesto frente a las superproducciones de fantasías barrocas y violentas de Hollywood. La historia es “una puñetera cosa detrás de otra”, según la escéptica definición que se atribuye unas veces a Winston Churchill y otras a Mark Twain. Pero la necesidad de la superproducción parece incontenible si nos fijamos en la cantidad de libros truculentos de presunta historia y en el volumen megalítico de las novelas históricas que ocupan las librerías, así como en la presencia de alusiones a la historia en las diatribas políticas contemporáneas. Con raras excepciones, a los personajes de la política no se les advierte un interés por el conocimiento histórico, o por cualquier clase de conocimiento, pero todos ellos tienen una ardiente inclinación por aprovechar retales de historia de segunda o tercera mano en sus trifulcas. Me acuerdo de que en los años en que más arreciaba a izquierda y derecha el nacionalismo de lo originario, el afán de encontrar a toda costa diferencias irreconciliables condujo a una paradójica unanimidad: todos los pueblos o naciones “del Estado” habían vivido en un perpetuo paraíso hasta que fueron invadidos por los españoles. En Andalucía, el paraíso era el pasado musulmán, multicultural y tolerante, que habría sido abolido por los castellanos exactamente el 2 de enero de 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, fecha tan negra como el 11 de septiembre de 1714, cuando el laborioso y también multicultural y tolerante paraíso catalán dio paso a varios siglos de tiranía borbónica.

Todas estas falsificaciones aspiraban a barrer otras de signo contrario, las que muchos de nosotros padecimos en las escuelas franquistas. Aprendíamos que desde Viriato, Numancia y Sagunto los españoles se habían rebelado a sangre y fuego contra los invasores extranjeros, igual que lo hicieron en los ocho siglos de la Reconquista, en la guerra de la Independencia, y sobre todo, más recientemente, en la otra Reconquista, la Cruzada de Liberación, en realidad otra guerra religiosa contra la impiedad voltairiana y marxista venidas del extranjero. La conquista de América había sido una gesta —palabra entonces muy usada—civilizatoria y evangelizadora. En las películas en blanco y negro, Colón se arrodillaba en una playa con palmeras alzando una cruz, y nativos adornados con pelucas y con improbables calzoncillos le ofrecían bandejas de frutas tropicales y escuchaban con inocente anhelo a los predicadores franciscanos, aceptando mansamente el bautismo. En lejanas islas de Oceanía, misioneros españoles sanaban milagrosamente a los leprosos. Con un tenaz rencor de siglos, los enemigos de España difundían por el mundo las calumnias de la Leyenda Negra.

Hay evidencias documentales suficientes para desmentir tantos embustes. Historiadores mexicanos de la escuela del formidable Miguel León-Portilla han rescatado la visión de los vencidos, por usar el título de un libro apasionante en el que se cuenta la conquista a partir de los testimonios de quienes la vieron y la padecieron mientras sucedía. En España, las leyendas más infundadas sobre Don Pelayo y la llamada Reconquista —¿eran invasores quienes habitaron durante ocho siglos en un territorio?— incendia de nuevo la xenofobia fascista de la ultraderecha y de esa derecha española tan ávida por sumarse a ella, por ahora con guantes. Centenares de libros espléndidos relatan las infinitas interconexiones entre cristianos, musulmanes y judíos en los reinos medievales de la Península, pero el único libro que esta gente parece haber leído es la enciclopedia obligatoria con la que nos adoctrinaban a los niños de hace ya más de medio siglo.

No se trata de determinar si los españoles hemos sido mejores o peores a través de la historia, o incluso de la prehistoria. No hay caracteres nacionales que se mantengan a lo largo de siglos. Ni siquiera hay caracteres nacionales: todas las naciones y sus caracteres indelebles, y hasta sus indumentarias tradicionales, son inventos de mediados del siglo XIX, urdidos por novelistas de segunda fila o poetas con vocación anticipada de estatuas y propensión a los ripios caudalosos.

La momia de Don Pelayo y la del Cid vuelven de sus tumbas para liderar cacerías de esos inmigrantes a los que algunos disfrutan tanto llamando moros. Como una nueva Monja Alférez o Agustina de Aragón, Isabel Díaz Ayuso viaja a México, con gran puntería histórica, para reivindicar la Conquista española y toda la palabrería de las glorias patrióticas, tan apolillada como los estandartes y las pelucas y togas de los maceros en las conmemoraciones municipales. Y en el lado contrario, la presidenta de México afirma que la grandeza de su país “viene de los valores de los pueblos originarios”, valores que su antecesor, López Obrador, también historiador aficionado, define en su último libro basándose no en los hechos históricos, sino en una ficción tan europea y eurocéntrica como la del buen salvaje. Las poblaciones indígenas, dice López Obrador, “tenían nobleza espiritual y no conocían más que la fraternidad”; “no conocían el apego al dinero, la explotación y el egoísmo”; “la honestidad era un distintivo de los antiguos pobladores y se ha conservado como forma de vida en la sociedad mexicana”.

No existe la menor duda sobre el impacto destructor del colonialismo occidental sobre las sociedades originarias en cualquier parte del mundo. A la violencia física consciente y la rapacidad explotadora se une el efecto quizás mayor de las epidemias causadas por la falta de defensas de esas poblaciones contra virus y bacterias traídos por los europeos. “Cada documento de civilización es también un documento de barbarie”, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba. Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a los verdugos. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 9 de mayo de 2026.



























DEL POEMA DE CADA DÍA. TODOS LOS EJÉRCITOS SON IGUALES, POR ERNEST HEMINGWAY

 








TODOS LOS EJÉRCITOS SON IGUALES


 


Todos los ejércitos son iguales


la publicidad es fama


la artillería hace el mismo viejo ruido


el valor es atributo de los muchachos


los viejos soldados tienen los ojos cansados


todos los soldados escuchan las mismas viejas mentiras


los cadáveres siempre han atraído a las moscas.




ERNEST HEMINGWAY (1899-1961)

poeta estadounidense





***




ALL ARMIES ARE THE SAME




All armies are the same


Publicty is fame


Artillery makes the same old noise


Valor is an attribute of boys


Old soldiers have tired eyes


All soldiers hear the same old lies


Dead bodies have always drawn flies.




ERNEST HEMINGWAY (1899-1961)




***




Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899-Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961) fue un escritor y periodista estadounidense, uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX. Su estilo sobrio—que él denominó la teoría del iceberg—tuvo una gran influencia sobre la ficción del siglo XX, mientras que su vida de aventuras y su imagen pública le trajeron la admiración de las generaciones posteriores. Hemingway escribió la mayor parte de su obra entre mediados de la década de 1920 y mediados de la década de 1950. Ganó el Premio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar y al año siguiente el Premio Nobel de Literatura por su obra completa. Publicó siete novelas, seis recopilaciones de cuentos, dos ensayos y una obra de teatro. Póstumamente se publicaron tres novelas, cuatro libros de cuentos y tres ensayos. Muchos de estos son considerados clásicos de la literatura de Estados Unidos. Se suicidó el 2 de julio de 1961 a los 61 años.




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. MITOS, POR HARENDT. PUBLICADO EL 11 DE MAYO DE 2008

 








Hay un famoso libro de Claude Lévi-Strauss titulado "Mitológicas. Lo crudo y lo cocido" (Fondo de Cultura Económica, México, 1968), todo un clásico de la antropología y la etnografía, en el que se analiza y desmenuza con absoluto rigor científico el mito de referencia de los "bororo", una tribu indígena del Brasil central, a la que el insigne investigador francés dedicó la mayor parte de su vida.

Con toda seguridad no es la pretensión del escritor Gustavo Martín Garzo la misma que la del profesor Lévi-Strauss, aunque su artículo de hoy en El País, "Las enseñanzas de Sherezade", se inicie con una definición bastante académica del concepto de mito, sino que se centra en la contraposición paradojica entre el mundo del "mito" y el de las "historias inventadas" con la conclusión de que el mundo del mito -y con él, el de la "verdad" de "su historia"- da a los sueños la solidez de lo real, y a la realidad la intensidad de los sueños. Dice así: Un mito es una historia que, afectando a toda una comunidad, es juzgada por sus miembros como verdadera. Según esto, frente a las historias inventadas, con las que los hombres entretienen su tiempo y avivan su fantasía, existirían las historias verdaderas, que nos hablarían de lo que íntimamente son.

Por ejemplo, las historias que se refieren al origen de las cosas son míticas. La historia del paraíso lo es para el universo cristiano y judío porque en ella se habla de la causa por la que empezó el exilio del hombre en la tierra. Y, en el mundo griego, la historia de Prometeo o la de Demeter y Proserpina son míticas, ya que en ellas se habla, respectivamente, del descubrimiento del fuego y de los ciclos productivos asociados a las estaciones.

Las historias míticas abarcan un espectro muy amplio y pueden referirse desde a grandes dramas del espíritu humano, como la expulsión o el éxodo, hasta a asuntos menores como la creación del vino o el origen de las flores. El narciso surge de la metamorfosis de un joven y bello pastor que se enamora de su reflejo en el agua; el heliotropo, que siempre mira al sol, es la forma que toma la ninfa Clitia al languidecer de amor; el laurel oculta el cuerpo tembloroso de Dafne; y los lirios son gotas de leche vertidas por la diosa Hera cuando alimentaba al pequeño Hércules.

Las historias verdaderas se oponen a las historias inventa-das en que, mientras que aquellas dicen la verdad de lo que somos, éstas no serían sino fórmulas complacientes que nos ayudarían en la tarea de hacer más gratas nuestras horas de soledad.

En nuestro universo cristiano, la conmemoración del nacimiento de Jesús es una historia verdadera, mientras que el cuento de La Bella Durmiente es una inventada. La primera afecta a toda la comunidad de creyentes; la segunda, pertenece a ese ámbito de la intimidad que es el espacio de la crianza de los niños. Pero no siempre es fácil distinguir unas de otras. Nada diferencia, por ejemplo, la historia de la Anunciación de las historias de Rapónchigo o de Blancanieves. Una muchacha que recibe la llegada de un ángel, y que concibe un niño llamado a ser el rey de los hombres, ¿no es el comienzo de un cuento de hadas?

Pero el niño posee un pensamiento mágico en que realidad y ficción se compenetran y fecundan y no tiene claro los límites que separan los dos mundos. Un niño pequeño cree con naturalidad pasmosa la historia de Noé, pero también la de San Jorge y el Dragón o la de Peter Pan, que es ese malicioso personaje que vive anclado en la infancia; por lo que esa distinción entre lo real y lo ficticio siempre le será extremadamente difícil de llevar a cabo, y sólo la intervención del adulto podrá ayudarle en esa tarea.

Al hombre arcaico le pasaba algo parecido. Pensemos, por ejemplo, en las historias de aparecidos. Nuestros antepasados tenían que enfrentarse al enigma de la muerte y aquellas his-torias de familiares que regresaban de sus tumbas a intervenir en el mundo de los vivos, lejos de ser un mero entretenimiento, tenían el carácter de historias verdaderas que estaban en la base de la constitución misma de lo real. Walter Benjamin dijo que nuestro mundo es rico en información pero pobre en historias memorables, queriendo advertir, según creo, del empobrecimiento que había supuesto para el mundo del relato la pérdida de su sustrato mítico.

Curiosamente, la falta de referencias a esas historias verdaderas que constituyen la base del mito ha provocado un empobrecimiento tanto de la realidad como de la ficción. De lo que es sin duda un ejemplo ese mundo tan comentado de las leyendas urbanas, que en el mejor de los casos apenas sirven para otra cosa que para hacernos más grata la sobremesa. La ficción entendida como mero entretenimiento, como mundo paralelo que nos permite sortear el aburrimiento y el cansancio de lo real, termina por convertirse en un juego banal que apenas es capaz de provocarnos algún que otro estremecimiento. O dicho de otra forma, las ficciones nos pertenecen; las historias verdaderas no. Aún más, son ellas las que nos dicen lo que somos y lo que cabe esperar de nosotros. Es la misma diferencia que existe entre el mundo del secreto y el del misterio. El mundo del secreto pertenece al ámbito de la ficción, el del misterio al de la verdad. Somos dueños de nuestros secretos, pero es el misterio el que nos posee.

Pero el mito y el misterio han desaparecido de nuestras vidas, y el hombre contemporáneo ha dejado de creer que existan historias verdaderas. ¿Quiere decir esto que su vida se ha hecho más real? Más bien sucede lo contrario. Es la paradoja de los mitos, que a su manera son dadores de realidad. En los evangelios se nos dice que uno de los discípulos descubre al Jesús resucitado por la forma en que éste parte el pan en la mesa. Los restaurantes actuales entregan cartas de panes a sus clientes, pero es difícil que el pan llegue a tener para ellos la materialidad que tenía para los creyentes que escuchaban aquel relato. Incluso unas simples lentejas nunca serán las mismas para quien, tras crecer bajo el influjo misterioso de la Biblia, haya escuchado la historia de la traición de Jacob a Esaú. Es la paradoja del mundo del mito, y de sus historias verdaderas, que dan a los sueños la solidez de lo real, y a la realidad la intensidad de los sueños.

El planteamiento de una obra como El Decamerón no es, en el fondo, distinto al de estos concursos en que un grupo de hombres y mujeres jóvenes se ven obligados a permanecer ais-lados frente a las cámaras de televisión. En El Decamerón era la peste la que les hacía huir, y entonces daban en contarse historias con las que trataban de distraerse de sus angustias, pero en las que también se preguntaban por el mundo del deseo, por el significado de la dicha y del dolor, y con las que trataban, en definitiva, de conjurar a la muerte. Lo que no sucede en absoluto en los programas aludidos, en los que asistimos a un cúmulo de despropósitos y tópicos que ratifican el radical descrédito de lo real que padece el mundo actual.

Sherezade visitaba al sultán cada noche y gracias al arte de sus relatos no sólo logró salvarse, sino salvar la vida de cuantas muchachas habrían tenido que sucederle en su lecho. El mundo del relato siempre ha ido unido a la pregunta por el poder de la muerte, y a la necesidad de encontrar una manera de burlarla. Y es cierto que el mundo de la ficción no pertenece exactamente al mundo del mito, pero aspira a reflejar una parte de su verdad. Y así el mito vuelve a nosotros y, al hacerlo, la realidad se abre y nos entrega sus frutos más sabrosos. Bien mirado, ¿no es ésa la aspiración del narrador? Un puente entre la verdad y el mundo real, eso son todas las historias que merecen la pena.