martes, 3 de marzo de 2026

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MATEO. BAILARÍN 2 FRAGMENTO 1, DE BRAULIO ORTIZ POOLE

 










MATEO. BAILARÍN 2

FRAGMENTO 1




Una madre agarra a su hijo de la mano.


Así empieza esta historia,


un sábado cualquiera.


 


Es un gesto modesto,


y sin embargo,


la mujer lleva un remo o una hélice


en un rincón del pecho,


el tesón de un recluso


que escucha el son del mar


bajo los párpados.


 


Siempre dispuesta al fuego,


conserva en un bolsillo


la vela derretida de una fiesta reciente.


 


¿Cuánto hay de fuga


en prolongar la infancia de ese niño?


 


A veces mueve los pies,


la madre,


y crea geometrías


felices y efímeras,


es una avioneta escribiendo en el aire,


y dice,


se lo dice a su hijo


para que nunca rompa


el cordón umbilical del entusiasmo:


Quien no baila está muerto.


 


Entonces vuelve a ser la muchacha


que se hizo una foto colgada con pinzas


imitando la pose de la ropa tendida.


 


Al hijo le cuenta, para que crezca erguido:


Eres una montaña.


Y el niño se descubre el plumaje de un águila


cubriéndole los hombros.


 


Entonces vuelve a ser la joven


que pinta un París que no conoce


y en cada pincelada entra a caballo


por los Campos Elíseos.


 


Pertenece al linaje de los ilusos,


la madre,


de los que hacen picnics bajo un cielo nublado;


 


pertenece, la madre,


a la estirpe de idiotas que compran lotería


y creen en el mañana.


 


Ese sábado será todos los sábados.


Ella, tan creyente,


está instaurando una iglesia para los descreídos,


un ritual profano donde también hay ángeles.


Unta con el óleo que utiliza en sus cuadros


la frente del chaval.


 


Al cine y al teatro,


a la casa del hombre,


van a calmar su sed los que apostatan.


 


Esa tarde,


la madre y el hijo acuden


a una función de El cascanueces.


 


O quizás


contemplan a Gene Kelly cantar bajo la lluvia:


son los soñadores


quienes dan forma al agua


en tiempos de sequía.


 


Y en un momento ella


le susurra a aquel niño,


con la misma lengua que hablan los seísmos,


la ternura que duerme en los volcanes:


 


¿Por qué estamos aquí,


si no es por la belleza?


 


Es el legado


de una madre que baila:


consejos para buscar oro


en el cauce de un río.


 


O cómo extraer del día


sus metales preciosos.




BRAULIO ORTIZ POOLE (1974)

poeta español 














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 3 DE MARZO DE 2026

 




























lunes, 2 de marzo de 2026

23-F. EL SECRETO VACÍO. ESPECIAL UNO DE HOY LUNES, 2 DE MARZO DE 2026

 









Juan Carlos I y Pedro Sánchez han sido los grandes beneficiarios políticos de la desclasificación de los documentos secretos del 23-F. La expresión fue acuñada por George Simmel hacia 1908. Un secreto vacío no se puede ni desvelar ni refutar, precisamente porque está vacío, porque no contiene nada; es el secreto perfecto, invulnerable. Un ejemplo ideal es el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981: el gran secreto sobre el golpe de Estado del 23 de febrero es que no hay ningún secreto. ¿Significa esto que lo sabemos todo acerca de él? Por supuesto que no: no existe un solo acontecimiento en la historia de la humanidad del que lo sepamos todo; ese conocimiento absoluto no pertenece a la historia: pertenece a la fantasía o a la conspiranoia. Puede parecer curioso que lo que todavía no sabemos del golpe apenas se haya estudiado: por ejemplo, qué ocurrió con exactitud aquella noche en las diversas capitanías generales, o en las diversas capitales de provincias; pero en realidad no es curioso: saberlo contribuiría a refinar nuestro conocimiento de la verdad, pero no es espectacular ni genera titulares, no desvelaría el gran secreto imposible de desvelar sobre el golpe de Estado del 23 de febrero y, por lo tanto, no es un negocio. De eso se trata en gran parte: de que no pare el espectáculo, de seguir con el negocio.

El 20 de noviembre pasado, cuando se presentó en el Congreso de los Diputados una serie de televisión basada en mi libro Anatomía de un instante, le rogué al presidente Sánchez que desclasificase todos los documentos relativos al golpe. “Nuestra interpretación del golpe no va a cambiar en lo esencial”, le advertí. “Y tampoco van a terminar los bulos y las bolas sobre el 23 de febrero, porque son un negocio para políticos, periodistas e historiadores, y para la afición en general. Pero como mínimo los mentirosos tendrán un sitio menos al que agarrarse.” Ahora, una vez desclasificados los papeles, comprendo que me equivoqué: no es que nuestra interpretación del golpe no haya cambiado en lo esencial; es que no ha cambiado lo más mínimo.

¿Qué contienen en síntesis los documentos desclasificados? La mayor parte de lo que se cuenta en ellos se sabía, o al menos podía saberlo quien se hubiese tomado la molestia de averiguarlo, incluido por supuesto cuanto atañe a los servicios secretos; algunos de los documentos más relevantes estaban incluso publicados en diversos libros, como el informe “Panorámica de las operaciones en marcha”, y algunos de los más anecdóticos también, como la grabación de la mujer de Tejero que tanta risa da ahora, y que a mí todavía me da miedo (lo dijo Woody Allen: tragedia + tiempo = comedia); en cuanto a los pocos papeles que no conocíamos, no hacen más que ratificar lo que conocíamos. Es lo que ocurre, por ejemplo, con una nota brevísima que, dos meses y pico después del golpe (el 11 de mayo de 1981), afirma que el partido comunista está inquieto por el bulo propagado por la extrema derecha según el cual el Rey se halla implicado en el golpe; sea o no fidedigna la nota, la especie no era ningún secreto, circuló muchísimo por la prensa de la época y es natural que los demócratas estuviesen preocupados por ella y que los golpistas la propagasen: era la forma de intentar eximirse, con el clásico argumento de la “obediencia debida”, de sus responsabilidades en el golpe. También puede parecer curioso que, de un tiempo a esta parte, quienes difunden el bulo engendrado por la extrema derecha sean la extrema izquierda y los secesionistas; pero eso tampoco es curioso: aquí ya todos somos mayorcitos. La realidad es que el papel del Rey en la asonada militar está bien claro: en los meses anteriores al golpe cometió errores, frivolidades e irresponsabilidades que propiciaron el golpe; quizá la más grave: andar por ahí diciendo que estaba harto del presidente Suárez y que había que quitárselo de encima. Es verdad que Suárez, que desde 1976 hasta 1978 había sido un presidente excepcional, a la altura de 1980 era un presidente mediocre o abiertamente malo, y que no controlaba una situación todavía peor; pero el Rey no era nadie para decir una sola palabra contra él, y mucho menos en presencia de militares impacientes por dar un golpe. También es verdad que los errores que cometió el Rey los cometió casi toda la clase política, incluidos el PSOE y el PCE —por eso hubo un golpe—; pero, en el caso del Rey, esos errores fueron más perniciosos. Dicho lo anterior, Juan Carlos I no montó el golpe: lo desmontó (entre otras razones porque era el único que podía desmontarlo). Esa es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.

Así que el 20 de noviembre pasado me equivoqué en esto: no esperaba que los documentos desclasificados no añadieran ni un matiz a lo sabido; pero en todo lo demás acerté. No tiene ningún mérito. Tras la desclasificación, los periodistas hicieron en general bastante bien su trabajo, y la ingente cantidad de mediterráneos descubiertos por algunos era casi inevitable. Por su parte, el comportamiento de los políticos, habida cuenta de los precedentes, fue casi sensato; he dicho casi: el Premio de Pensamiento Orgasmo de Rotterdam se lo llevó de calle Enrique Santiago, quien le descubrió a Occidente que es posible “blanquear” con la verdad (“una clarísima operación de blanqueo”, declaró); y el Premio Chus Lampreave a la sinceridad se lo concedí yo solo, pero por unanimidad, a Mertxe Aizpurua, que reconoció, desolada: “Ha sido una decepción”. La única sorpresa, relativa, fueron los historiadores. Esto sí que parecerá curioso: apenas hay historiadores académicos que hayan estudiado a fondo el golpe de Estado, y en 2009, cuando se publicó Anatomía de un instante, ninguno había escrito un solo libro dedicado a él —ni uno solo—; esa es una de razones por las que, aunque Anatomía sea una novela, es una novela sin ficción, donde no hay absolutamente nada inventado y sí muchas páginas de notas al final, como si se tratase de un estudio histórico: dado que los historiadores no habían hecho su trabajo, decidí hacerlo yo. Por eso ha sido tan bochornoso ver estos días a historiadores competentes en ciertos ámbitos, que sin embargo no han escrito una sola línea sobre el golpe, convertidos en empresarios de la sospecha y los misterios sin resolver, pugnando a la desesperada por sacar agua de un pozo seco, usando o coqueteando con los bulos originarios de la ultraderecha y difundiendo otros nuevos, como si protagonizaran un episodio de Cuarto Milenio.

El miércoles pasado la desclasificación de los documentos del golpe se siguió con una expectación digna de un Barça-Madrid, lo que demuestra una vez más que el golpe de Estado del 23 de febrero no solo es el mito fundacional de la democracia española, sino también nuestro asesinato de Kennedy: una obsesión, casi una paranoia o una psicosis colectiva. Dos han sido los principales beneficiarios políticos de la desclasificación. El primero, Juan Carlos I, pero solo hasta que la oposición más tonta de la historia de la democracia le amargó la alegría confundiendo el culo con las témporas y pidiendo su retorno a España, igual que si no supiéramos que Juan ­Car­­los ­I,­­­ se­­gún ­­escribió él mismo, reside en Abu Dabi porque quiere o, mejor dicho, porque no quiere dar cuentas de sus ingresos al fisco español, como ha venido a recordar la propia Casa Real. No hace falta haber leído a Shakespeare para saber que una misma persona puede hacer las cosas muy bien en un determinado momento y, al cabo de unos años, hacerlas muy mal: es lo que ha ocurrido con Juan Carlos I. (Por cierto, otro héroe de entonces convertido en villano de hoy: Jordi Pujol, que el 23 de febrero de 1981 aguantó a pie firme en su despacho mientras todo el mundo corría a salvar el pellejo). Más razón que un santo lleva Mertxe Aizpurua: la verdad, a veces, es decepcionante; de hecho, a veces es una auténtica putada. Pero no por eso deja de ser verdad.

El segundo gran beneficiario de la desclasificación es Pedro Sánchez. Quizá sea un ingenuo, pero a mí me parece que al Gobierno hay que criticarlo cuando hace las cosas mal (o cuando nos parece que las hace) y hay que elogiarlo cuando las hace bien. No entiendo cómo alguien puede albergar alguna duda de que, al desclasificar los documentos del golpe del 23 de febrero, el presidente Sánchez le ha prestado un servicio a la verdad; es decir: se lo ha prestado a nuestra democracia; es decir: nos lo ha prestado a todos. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. Este artículo se publicó en el diario El País del 1 de marzo de 2026.




















SALUTACIONS A LES LLENGUA DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DILLUNS, 2 DE MARÇ DE 2026, EN CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots i feliç dilluns, el primer d'aquest mes de març que ens ve a sobre. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, de l'escriptor Diego S. Garrocho, comenta el discurs de l'actor Spacey a l'Oxford Union Society, que ens recorda que Plató va deixar escrit que la persona bona i noble és aquella que parla i pensa bé. La segona és un arxiu del bloc del gener del 2018, en què el professor José Álvarez Junco parlava que en aquesta era de globalització imparable, quan s'esquerda la noció de sobirania absoluta i qualsevol problema seriós es planteja en termes transnacionals, n'hi ha que encara segueixen aferrats a excepcionalismes i mitologies autoreferència. El poema del dia, a la tercera, es titula Son nacions hostils, i és de la poeta canadenca Margaret Atwood. I la quarta i darrera, com sempre, són les vinyetes d'humor. Tamaragua, amics meus. Sigueu feliços. Ens veiem demà si la deessa Fortuna ho permet. Petons. Els vull. HArendt















ENTRADA NÚM. 9906

LA PALABRA DE KEVIN SPACEY

 







El discurso del actor en la Oxford Union Society (1) me hizo recordar que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien, comenta en El País (23/02/2026) el escritor Diego S. Garrocho. No tengo ni idea de cuál es la condición moral de Kevin Spacey ni me importa demasiado, comienza diciendo.  En lo que respecta a sus problemas con la justicia, hasta donde sé, nadie le ha declarado culpable. Aunque quizá lo más relevante sea que es un actor inmenso. Y puede que algo más. Desde hace días, circula por las redes una intervención suya del pasado diciembre en la Oxford Union Society, probablemente el club de debate estudiantil más importante del mundo. Si tienen ocasión, no dejen de buscar ese vídeo: no es solo una curiosidad viral; es un recordatorio desafiante de lo que la palabra puede todavía.

La intervención de Spacey es colosal y sumamente efectista. Habla de la verdad, de los hechos, de los villanos, de los juicios paralelos… fenómenos tan clásicos que parecen hablar de nosotros. Y quizá lo hagan. Un hombre de pie, rodeado de personas sentadas, apenas provisto de unos tarjetones, proyecta la voz mientras interpela con el gesto y la mirada a sus interlocutores. Hay una parte de lo que somos, como especie y más específicamente como cultura, que tiene que ver con este uso público de la palabra.

Los antiguos lo sabían. A su reflexión teórica la llamaron retórica y a su buen ejercicio le dieron el título de oratoria. Que Aristóteles o Cicerón dedicaran al asunto tratados principales no es ninguna casualidad. El cuidado de la palabra no es una capacidad más entre otras: es uno de esos lugares donde la naturaleza humana se expresa, se prolonga y, si hay fortuna, se perfecciona.

No somos solo animales pensantes o sintientes. Somos un bicho extraño que necesita contagiar precisamente lo pensado y lo sentido. Gracias a que tenemos voz, decía el de Estagira, podemos deliberar sobre el bien y no solo sobre el placer. La oratoria es la síntesis de una región de lo humano en la que convergen el número y la letra, la matemática del ritmo y la estética de la palabra. En pocos lugares se condensa de forma tan civilizada y salvaje la vieja tríada del bien, la verdad y la belleza.

Escuchando a Spacey recordé que Platón dejó escrito que la persona buena y noble es aquella que habla y piensa bien. Es, sin duda, una exageración, aunque no me atrevería a decir que carezca por completo de verdad. El discurso de Spacey me reconcilió con la dignidad que adquiere el uso solemne de la palabra desnuda. Pero también sentí una extraña ira contra mí mismo y contra quienes algún día creímos que una clase magistral en una universidad podía hacerse con un PowerPoint.


(Notas)

1.: https://www.youtube.com/watch?v=88nFYkMM-aI
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, DE UNA A OTRA IZQUIERDA. PUBLICADO EL 09/01/2018

 







En esta era de globalización imparable, cuando se resquebraja la noción de soberanía absoluta y cualquier problema serio se plantea en términos transnacionales, hay quienes aún siguen aferrados a excepcionalismos y mitologías autorreferenciales, señala en El País el historiador José Álvarez Junco, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid.

Barcelona, otoño de 1907. Aparece el primer número de Solidaridad Obrera, órgano del nuevo sindicato de ese nombre, embrión de la futura CNT. Su grabado de portada nos presenta a un trabajador adormecido bajo los efectos del opio. Pero su opio no es la religión. Su ensueño está presidido por una opulenta diosa-matrona tocada con una barretina que enarbola un escudo con las cuatro barras y una senyera con la inscripción: “Autonomía de Cataluña”; alrededor de ella, un grupo típicamente ataviado baila una sardana. Otra figura femenina, presentada como real, intenta despertar al inconsciente obrero y atraerle hacia otra habitación, donde debaten sus compañeros de clase. El grabado se titula: “¡Proletario, despierta!”.

Desde el día mismo de su nacimiento, el sindicalismo antipolítico que encarnaría la CNT se enfrentó con el nacionalismo catalán. Hasta el nombre de su primera organización era una réplica de Solidaridad Catalana, alianza parlamentaria del año anterior que integraba, de carlistas a republicanos, a todo el arco político catalán menos al radicalismo lerrouxista.

La izquierda antiparlamentaria también se quedó al margen, porque por entonces era internacionalista. Oponía la solidaridad de clase a la mística nacional, y las clases eran universales. Tras la revolución, las patrias desaparecerían y, según el sueño ilustrado, toda la humanidad se fundiría en una organización política fraternal. El primer grupo obrero español que se integró en la AIT de Marx y Bakunin, durante la revolución de 1868, se llamó Federación Regional Española. Es decir, negó a España la categoría de nación, rebajándola a “región”. Puestos a descender de peldaño, Cataluña se quedó en “comarca” y, dentro de la Regional Española, se creó la Federación Comarcal Catalana. Renunciar al rango de nación, casi sacrosanto por entonces, era un generoso acercamiento a los vecinos, un reconocimiento de la gran familia humana y un indicio de la intención de integrarse algún día en una organización superior, europea primero y mundial más tarde. No era mala idea: en vez de querer ser todos nación, renunciar todos a serlo. Podríamos relanzarla hoy.

Pero la vida da muchas vueltas y la visión progresista de la historia se equivocó en sus previsiones. En la dura competencia entre clase y nación, la última derrotó a la primera. La prueba fue julio de 1914, cuando, al acumularse los nubarrones que anunciaban la gran tormenta bélica, los partidos socialistas francés y alemán se vieron obligados a optar entre sumarse a la fiebre patriótica o declarar la huelga general, como habían anunciado que harían ante cualquier guerra imperialista. Los obreros franceses o alemanes demostraron sentirse más franceses o alemanes que obreros.

Perdida la pureza revolucionaria por la socialdemocracia, vino a sucederla, como alternativa radical, el comunismo. Tras tomar el poder en la Rusia zarista, se propuso exportar la revolución al resto del mundo. Pero la dificultad de la tarea le hizo renunciar a ello y conformarse con construir el paraíso obrero en un solo país. Al final, ya se sabe, el Kremlin acabó rindiendo mayores honores a la gran patria rusa que al proletariado universal.

En el período de intenso nacionalismo vivido por la humanidad entre finales del siglo XIX y primera mitad del XX, la suprema ambición de cualquier comunidad humana fue alcanzar la categoría de nación, base de la soberanía y los derechos políticos. Al revés que los internacionalistas españoles de 1868, nadie aceptó ya renunciar a tan prestigiosa etiqueta.

La izquierda, en general, se sumó a esa operación, siempre que se tratara de nacionalismos estatales. Era comprensible, porque su ambición era conquistar el poder y transformar, desde él, la estructura social. El Estado, la palanca que le permitiría llevar a cabo su proyecto redistributivo, debía ser fuerte y para ello había que consolidar la base de su legitimidad, el sentimiento comunitario —fuera este pueblo, nación o clase—. La izquierda revolucionaria no era liberal; le preocupaban poco las libertades individuales o los derechos de las minorías culturales. Y en nombre del pueblo, la patria o el proletariado, regímenes socialistas o populistas tomaron múltiples medidas autoritarias, despóticas hacia los individuos o las minorías, pero indispensables para transformar revolucionariamente la jerarquía social.

Los defensores del Antiguo Régimen, en cambio, se resistieron tanto al ideal igualitario como al nuevo culto al Estado-nación y se refugiaron, contra ambos, en las viejas identidades geográficas o corporativas. Incluso se alzaron en armas contra los nuevos proyectos estatales, como hizo el carlismo español, una de cuyas banderas fue el foralismo. Los más sofisticados pudieron presentarse como adalides de la “sociedad”, frente al Estado, o de la “libertad” frente a la arrasadora igualdad del jacobinismo y luego del leninismo; aunque frecuentemente llamaron libertades a los privilegios y derechos procedentes de siglos pretéritos que protegían situaciones excepcionales. Algunas de esas defensas de las singularidades se acabaron fundiendo con los nacionalismos periféricos o secesionistas, aspirantes a crear unidades políticas étnicamente homogéneas y resguardadas frente a tormentas exteriores.

La izquierda española, o al menos parte de ella, no ha sido la única pero sí una de las pocas que han evolucionado en sentido contrario. Porque, en lugar de intentar reforzar el Estado central, y el sentimiento comunitario que lo legitima, se alineó con los nacionalismos periféricos. Ocurrió ya entre algunos republicanos durante la Guerra Civil y se aceleró bajo el franquismo. Era comprensible, dado el ultraespañolismo de la dictadura y el peso del catalanismo y el vasquismo entre las mitologías movilizadoras de la oposición. Pero dejó de serlo tras la consolidación de la democracia y la integración en la Unión Europea.

En esta era de globalización imparable, cuando se resquebraja la noción de soberanía absoluta, desaparecen fronteras y monedas y cualquier problema serio se plantea en términos transnacionales, los enemigos de la unidad europea, única utopía viva que aspira a superar el Estado-nación, son las derechas nacionalistas, defensoras de las viejas identidades soberanas. La izquierda española, caso raro, las acompaña en las trincheras de los excepcionalismos y las mitologías autorreferenciales. Lo cual rompe con su internacionalismo de raíz ilustrada. Y no es coherente con La internacional, ese himno que sigue aún cantando en sus mítines y manifestaciones y que clama por la unidad del género humano para su emancipación final.