sábado, 17 de enero de 2026

SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, SÁBADO, 17 DE ENERO DE 2026, EN CASTELLANO

 






Hola, buenos días y buen fin de semana a todos. Hace frío en toda España. Hasta los afortunados habitantes de este archipiélago atlántico que son las islas Canarias, estamos ateridos de frío. Un frío desacostumbrado en estas islas afortunadas. Pasará, espero. Vamos con las entradas del blog de hoy. En la primera, el filósofo Pau Luque escribe: El manto protector de EE UU ensimismó al Viejo Continente hasta el punto de creer que la razón había triunfado sobre la fuerza tras la fundación de la ONU, pero ahora hemos descubierto que no era así. En la segunda del día, un archivo del blog de enero de 2017, se decía, en un reportaje filmado por Eloy Bilbao, que en todas las culturas y a lo largo de toda la historia del hombre, la religión ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del arte: influyendo en sus motivos, inquietudes, formas y funcionalidades, y utilizándolo a menudo para expresar sus intereses; no se pierdan las cuarenta hermosísimas pinturas que lo confirman. El poema del día, en la tercera, se titula No cojas la cuchara, y es del celebérrimo poeta español Gabriel Celaya; se lo recomiendo encarecidamente. Y la cuarta y última, como siempre son las viñetas de humor del día. Tamaragua, amigos míos. Sean felices a pesar de todas circunstancias ajenas a su voluntad. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Besos. Les quiero, HArendt



















viernes, 16 de enero de 2026

DE LA REPRESENTACIÓN REAL DEL MAPA DE LA TIERRA. ESPECIAL ÚNICO DE HOY VIERNES,16 DE ENERO DE 2026

 







Entre los científicos del ramo hay abierto desde hace tiempo un debate que llama la atención de muchas personas ¿Hay que prescindir del mapamundi que no refleja las proporciones reales de los continentes?

Este año ha vuelto a plantearse la discusión de si seguir usando el mapa Mercator, elaborado en el siglo XVI, perpetúa una visión eurocéntrica del mundo o si conserva su utilidad en ciertos contextos. En un reciente artículo de El País (30/12/2025) lo sostienen dos expertos>: Viviane Ogou y Corbi y Francisco Javier González Matesanz. Les dejo con él.

La discusión plantea si los mapas deben priorizar la fidelidad a las proporciones reales, como cree la diputada de Sumar Viviane Ogou i Corbi, quien estima que seguir usando el elaborado por el geógrafo Gerardus Mercator en 1569 perpetúa una visión distorsionada del mundo. O si, por el contrario, su uso y su validez pueden estar justificados en contextos específicos, como argumenta el cartógrafo Francisco Javier González Matesanz.

No es un error visual, es una distorsión cultural, dice Viviane Ogou. Imaginemos conducir por Barcelona o Madrid con un mapa del año 1569. Sería absurdo: ni siquiera existían los coches. Y, sin embargo, buena parte de los escolares y de la opinión pública sigue aprendiendo a mirar el mundo a través de una proyección nacida hace casi 500 años, la de Gerardus Mercator, diseñada para ayudar a los mercantes a no perderse en alta mar. Cinco siglos después, con sistemas de navegación que integran la curvatura terrestre, seguimos reproduciendo un mapa que agranda el Norte Global y empequeñece el Sur. En la proyección de Mercator, Groenlandia parece tan grande como África, cuando en realidad el continente africano es 14 veces mayor. No es un simple error visual: es una distorsión cultural.

Por eso, España debería liderar en la Unión Europea la sustitución progresiva del mapa de Mercator en el espacio público, educativo e institucional, promoviendo proyecciones más fidedignas, como Equal Earth, Gall-Peters o Molleweide. No se trata de una cuestión menor: es una demanda expresa de la Unión Africana y una cuestión de sentido común. Igual que enseñamos que la Tierra no es plana, no podemos seguir enseñando un mapa que tergiversa las dimensiones reales del mundo.

Si no se ha hecho antes, no ha sido por razones científicas —ni, esperemos, por mantener una imagen grandilocuente de Occidente—, sino porque no existe un solo tratado internacional que regule los mapas. La cartografía se rige por un entramado de normas, convenios, directrices y resoluciones. Liderar su actualización es complejo, pero hacerlo situaría a España en la vanguardia en medio de la reconfiguración geopolítica global. Y, en todo caso, garantizar el uso común de Equal Earth en nuestro país es un trámite sencillo que reflejaría mejor la realidad que habitamos.

Pero el cambio cartográfico es solo la punta del iceberg: nuestro imaginario colectivo también está deformado. La falta de formación e información sobre el Sur Global contribuye a una visión incompleta, cuando no injusta, de sus realidades. Pongamos el ejemplo de África. Si preguntáramos al azar a la ciudadanía, probablemente muchos reduzcan el continente a imágenes rurales, pueblos indígenas o pobreza extrema. Sin embargo, África cuenta con 55 países, la mitad de su población vive en zonas urbanas, y crecen sus centros de investigación, sus industrias y mejoran sus políticas públicas. En ciudades como Addis Abeba, Nairobi o Lagos hay rascacielos, centros de innovación tecnológica y un tejido empresarial y emprendedor con un 20% más de participación femenina que en Europa; el porcentaje más alto del planeta.

La historia contemporánea de África no es tan distinta a la europea: cuando un gobierno no cumple o se excede, se organizan movimientos sociales que desafían el poder. A veces consiguen un cambio de gobierno, como ocurrió recientemente en Senegal. Otras, como pasó en España con Franco, tardarán 40 años en deshacerse de su dictador, sin que la represión frene a la población de hacer progresar el país. Además, la mayoría de su juventud no emigra a Europa, ni de forma regular ni irregular. Se mueve dentro de sus regiones, amparados por acuerdos de libre circulación como los de la Cedeao —con un objetivo parecido al área Schengen en Europa—, que además promueven políticas monetarias o de seguridad comunes.

Esa realidad apenas se enseña ni se cuenta, deformando la historia y cultura de estos países, lo que acaba afectando a las decisiones diarias. La misión militar francesa Barkhane en el Sahel fracasó, en parte, por el desconocimiento de la realidad local. Y la mirada negativa hacia los países africanos sigue afectando a cómo se perciben —y cómo se tratan— a sus ciudadanos. Hoy, Rusia y China han comprendido que los países de África, América Latina o el Pacífico están cansados del paternalismo y la incomprensión, y han intensificado su presencia diplomática y económica. España y Europa no pueden quedarse atrás. Adoptar proyecciones cartográficas más justas —como símbolo y compromiso— es un gesto de respeto hacia el Sur Global y una inversión en nuestra propia credibilidad internacional.

Viviane Ogou i Corbi es diputada de Comunes y Sumar en el Congreso, graduada en Relaciones Internacionales y máster en Seguridad Internacional.

Cada mapa tiene su uso concreto, dice por su parte Francisco González Matesanz. Cualquier intento de trasladar un globo a un plano obliga a escoger qué preservar y qué sacrificar: la cartografía no presenta una única narración. La proyección de Mercator, nacida en 1569 para resolver un problema práctico —navegar siguiendo líneas de rumbo rectas—, es el ejemplo perfecto, pues conserva los ángulos localmente, pero deforma los valores de superficie, las formas y las distancias. Su mérito técnico es indiscutible; su uso como planisferio “neutro” no es correcto. Y ahí reside un debate que no es capricho académico, sino que debe responder a la pregunta: ¿Qué mundo mostramos cuando mostramos el mundo?

En el 450º aniversario de la proyección de Mercator (2019), varias instituciones revisitaron su legado con una conclusión que conviene subrayar: Mercator fue un salto intelectual para la navegación, convertir líneas de igual rumbo (loxodrómicas) en líneas rectas y hacer calculable el rumbo, pero su genio técnico no la convierte en planisferio universal. Las conmemoraciones y debates académicos coincidieron en dos lecciones claras: primera, toda proyección es una elección (y debe explicarse su propósito, su narración); segunda, el uso educativo y mediático debe migrar a proyecciones de compromiso o equivalentes (que conserven las áreas y, por tanto, los tamaños relativos de cada continente, o que introduzcan tan solo pequeños errores que hagan que, de forma relativa entre ellos, apenas sean perceptibles), reservando Mercator a la náutica y a contextos específicos. Celebrar a Mercator, en suma, no es mantenerla en todas partes, sino usar cada proyección donde mejor explica el mundo.

Durante décadas, la inercia editorial y la comodidad técnica mantuvieron a Mercator en aulas, atlas y medios. Pero la pregunta correcta no es “¿cuál es la mejor proyección?”, sino “¿para qué queremos el mapa?”. Si el objetivo es trazar rumbos o seguir rutas por vías de comunicación en un entorno local, Mercator funciona. Si es comparar superficies, distancias o formas, no: el crecimiento de la escala hacia los polos agranda exageradamente a Groenlandia o Europa, produciendo una narrativa visual que muchos lectores interpretan, comprensiblemente, como jerarquía geográfica. Las alternativas existen y no son nuevas. Para planisferios generales, la comunidad cartográfica se ha decantado por proyecciones de compromiso, con baja distorsión global: Winkel Tripel es hoy estándar en atlas y divulgación, y Robinson mantiene su vigencia por equilibrio visual y tradición didáctica. Cuando lo que importa es el tamaño relativo, aunque no se conserven formas ni distancias, como en población, clima o biodiversidad, se pueden usar proyecciones equivalentes, que únicamente conservan el valor del área aunque esté deformada: Equal Earth, Mollweide, Eckert IV.

Un mapa es una decisión. Elegir Mercator para un reportaje monográfico sobre desigualdad territorial introduce, sin decirlo, un sesgo de escala; elegir Equal Earth para una infografía de superficies, o Winkel Tripel para un atlas, no es ideología: es adecuación metodológica.

Conviene, llegados a este punto, dejar claras dos conclusiones. Primero, igualdad de áreas no equivale a perfección: una proyección equivalente distorsiona formas y distancias más que una de compromiso; por eso hay que escoger según el mensaje. Segundo, Web Mercator no “falsea” los datos por sí misma: acelera los visores, pero los análisis globales que no tengan como objetivo preservar las orientaciones deben ser realizados en otra proyección.

Los lectores merecen saber que un mapa no es una fotografía, sino una construcción. La solución es sencilla: debemos comprometernos a elegir la proyección que mejor explique los datos. Si informamos sobre pérdida de bosques, usemos una que conserve las superficies; si ilustramos rutas aéreas, una conforme que mantiene los ángulos; si publicamos un atlas escolar, una de compromiso. Es una decisión editorial tan relevante como titular con rigor o verificar una cifra. En definitiva, hacer un mapa es siempre un acto de responsabilidad. Francisco Javier González Matesanz es subdirector general de Cartografía y Observación del Territorio en la Dirección General del Instituto Geográfico Nacional. 




















EL DESPERTAR DEL NOBLE SUEÑO EUROPEO

 







El manto protector de EE UU ensimismó al Viejo Continente hasta el punto de creer que la razón había triunfado sobre la fuerza tras la fundación de la ONU, escribe en El País (12/01/2026) el filósofo Pau Luque Sánchez. El filósofo H. L. A., comienza diciendo, creía que la idea de gobernar la sociedad a través de reglas era un noble sueño. Frente el arbitrario y caprichoso gobierno de los hombres, las virtudes igualitarias del gobierno de las reglas. En algunos estados-nación, el sueño se aproximó a la realidad. Pero en materia de relaciones internacionales, nunca ha dejado de ser, básicamente, eso: un noble sueño. Lo inquietante es que hasta el 3 de enero de 2026 una parte de los liberales y progresistas occidentales, singularmente los europeos, soñaban despiertos.

El 5 de enero, el Ministro de Exteriores de España, José Manuel Albares, decía en la Cadena SER que la prosperidad y la paz de los últimos sesenta años en Europa se debía a que el orden internacional era un orden basado en reglas. Pero es probable que las condiciones favorables de Europa se expliquen mejor por haber estado durante medio siglo del lado “bueno” de los intereses de Estados Unidos que porque el mundo esté en la práctica organizado mediante un sistema de reglas.

El manto protector de Estados Unidos aisló y ensimismó a los europeos hasta tal punto que creyeron que la razón, la Ilustración y el cosmopolitismo kantiano habían triunfado tras la fundación de la ONU. Pero mientras Europa creía estar viviendo el noble sueño, el resto del mundo (o casi) vivía la pesadilla de los hechos consumados: Vietnam, Panamá, Guatemala, Libia, Venezuela, Irak, Irán, República Dominicana, Laos y Camboya, Honduras o Yemen, entre otros países, fueron agredidos por Estados Unidos en clara violación de las reglas. Por no hablar de aquellos lugares donde Estados Unidos las vulneraba de manera vicaria: Chile, Palestina o Nicaragua, por nombrar solo los ejemplos más sonoros a oídos del lector español.

Se podría incautamente aducir que se trataba de excepciones. Pero si ya es dudoso que pueda decirse con sentido que las reglas tienen excepciones (¿qué excepciones tienen las reglas de la aritmética?), es definitivamente anómalo decir que un comportamiento que se repite durante el tiempo, tanto bajo administraciones republicanas como bajo administraciones demócratas, sea un comportamiento excepcional. A nivel internacional, Estados Unidos no ha ejercido un gobierno de las reglas, sino de los hombres.

La diferencia entre Trump y sus predecesores es la desvergüenza. Esto no es banal. Puede que los anteriores presidentes fueran unos hipócritas. Pero basta ver cómo la actitud de matón de Trump genera zozobra para darse cuenta de que la hipocresía tiene más valor del que creemos. Pero esto, no siendo trivial, no es lo importante.

Europa creía formar parte de un proyecto universalista junto a Estados Unidos, pero en realidad solo era el protegido de un proyecto localista con intereses globales. Solo cuando Europa ha pasado a formar parte del lado “malo” de los intereses de Estados Unidos los europeos han empezado a notar que tal vez estaban soñando. Lo que se quebró cuando Trump exigió más gasto en defensa a los países miembros de la OTAN y empezó a ser hostil hacia los europeos no fue el derecho internacional, sino el manto protector de Estados Unidos.

No son los liberales y progresistas europeos los únicos que soñaban esta noble fábula. Anne Applebaum (3 de enero, en conversación con David Frum) dijo que Estados Unidos debía regresar al derecho internacional. “Regresar” implica que se vuelve al lugar donde se estaba. Olvidémonos de la retórica universalista de la democracia y los derechos humanos por un momento. Olvidémonos también de las reglas del comercio internacional, cuya suerte ha sido menos mala que las del derecho público. ¿Cuándo ha respetado Estados Unidos, en la práctica, las reglas en el orden mundial? La respuesta es: solo cuando las reglas estaban alineadas con sus intereses. Pero esto no es seguir reglas. Como decía Kant, ser guiado por reglas no es solo actuar de conformidad con las reglas, sino estar motivado por estas. Estados Unidos ha actuado los últimos sesenta años motivado por sus intereses nacionales y por los de sus aliados. Pero rara vez ha actuado movido por las reglas.

Los europeos ahora están desvelados. Se están despertando del noble sueño de diferentes maneras. En primer lugar, están los que querrían seguir soñando: como Albares ―y como Applebaum―, siguen predicando que hay que volver al orden internacional regido por reglas. Están sonámbulos y tienen un micrófono en la mano.

En segundo lugar, están quienes creen que este es un mundo nuevo no porque hayamos dejado atrás el noble sueño sino porque Estados Unidos ha dejado atrás a los europeos. Hay que competir en este nuevo mundo. Borrell o Habermas, entre otros, creen que necesitamos autonomía militar. Hay que tener un ejército europeo, o al menos hay que subir el gasto en Defensa de cada país miembro de la Unión Europea. Como decía Ivan Krastev, Europa no puede ser un vegetariano en una cena de caníbales. Además de la inquietante lógica belicista de esta salida, el problema ―como señalaba el propio Krastev— es que existe la posibilidad real de que la ultraderecha llegue en un futuro no muy lejano al poder en Alemania, Francia o España y, cuando lo haga, se encuentre con ejércitos bastante más poderosos de lo que son ahora. Esto provoca escalofríos históricos. Puede hacer resurgir las sospechas entre socios europeos, desconfianza que, durante el siglo XX, terminó en conflictos colosales. Y además puede significar tener a engrosados ejércitos europeos alineados, o al menos no hostiles, con los intereses de Vladímir Putin.

Pero hay otro despertar posible del noble sueño. Es el más difícil. Implica reconocer que se estuvo soñando durante sesenta años en unas condiciones de las que solo se gozaba, esencialmente, en Europa y en Estados Unidos. Implica también admitir que lo que indujo el noble sueño no es necesariamente lo mismo que aquello que lo puede materializar: puede que la idea de un orden internacional basado en reglas sea fruto de la razón (no lo sé y no creo que esto sea importante), pero el derecho no se pone en práctica mediante la razón, sino mediante la coerción. Suena incómodo, ¿verdad? Pero si uno cree que las reglas son la manera de organizar la sociedad entonces tiene que aceptar la coerción como parte del entramado del que forma parte esa idea. Como Europa había externalizado o subcontratado a Estados Unidos (o a la OTAN, como ustedes prefieran) casi toda capacidad coercitiva, creyó que un orden internacional basado en reglas se podía instaurar solo mediante el uso de la razón. Pero esto no es ya sueño. Es fantasía.

Sospecho que la actual batalla está perdida. La manera de ver el mundo de Trump, Putin y Xi Jinping es la vencedora por el momento. Ha vencido la ley del más fuerte, que es tanto como decir que no hay ley. Pero hay que insistir en el noble sueño. Para que deje de serlo. Y hay que ser conscientes de que se trata de un camino muy largo. Se podría empezar dotando de más recursos al Tribunal Penal Internacional y a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, entre otras instituciones, para que aumente su capacidad de hacer cumplir las leyes y sus sentencias.

No necesitamos reivindicar el derecho internacional. Necesitamos aplicar el derecho internacional. Y esto es imposible sin la coerción. La fuerza sin reglas es barbarie e imperialismo. Las reglas sin coerción son ilusiones ilustradas.




















ENTRADA NÚMERO 9724

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY: LA RELIGIÓN EN EL ARTE. EL ANTIGUO TESTAMENTO EN 40 PINTURAS. PUBLICADO EL 23/01/2016





 




En todas las culturas y a lo largo de toda la historia del hombre, la religión ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del arte: influyendo en sus motivos, inquietudes, formas y funcionalidades, y utilizándolo a menudo para expresar sus intereses. El mecenazgo religioso ha llevado al arte multitud de representaciones plásticas de muy diferentes sensibilidades, según su propia concepción del mundo sensorial y espiritual. Y todo ello, desde la prehistoria hasta el día de hoy.

La edición electrónica de la revista Jot Down, en su sección Arte y Letras, presenta en su último número un hermosísimo reportaje, firmado por Eloy Bilbao, titulado El espectáculo del Antiguo Testamento en 40 pinturas [https://www.jotdown.es/2016/01/el-espectaculo-del-antiguo-testamento-en-cuarenta-pinturas-i/],      en el que se nos ofrece, en una primera entrega que anuncia próxima continuación, una veintena de representaciones pictóricas firmadas por Miguel Ángel, Tiziano, Tintoretto, Bellini, Brueghel, Caravaggio, Ricci, Gérôme, Rembrandt y Van Dick, entre otros grandes artistas de la pintura universal.

La historia de la pintura occidental -dice el autor del reportaje- sencillamente no podría entenderse sin el cristianismo. Las causas de tan sólido matrimonio entre el arte y la religión dan para una tesis, pero en un primer vistazo es evidente que si la segunda descubría en el arte un atractivo vehículo para su mensaje, este no resultaba menos beneficiado al encontrar en la religión patrocinio y, no menos importante, inspiración. Raro es el pintor que de forma reiterada o al menos en algún momento de su carrera no haya querido retratar algún pasaje bíblico. Los ejemplos son innumerables, así que como una primera acotación nos centraremos ahora en el Antiguo Testamento. La verdad es que no le falta de nada: crímenes espantosos, sexo salvaje, lluvias de azufre y fuego, fenómenos paranormales, venganzas, traiciones y sobre todo mucho espectáculo y efectos especiales. De manera que a continuación va esta pequeña selección distribuida en dos partes con la que aportar un mínimo de orden y contexto, centrándonos especialmente en el Génesis y el Éxodo, que son las partes que más han llamado la atención de los artistas a lo largo de los siglos. Disfruten de ellas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TU PALABRA, DE MARÍA REGLA PRIETO









TU PALABRA



Tu palabra, padre,

me redimía del acechante averno,

alineaba planetas,

iluminaba astros,

y, como soplo divino,

rasgaba el aire.

Ella sola

alimentaba la ternura

de los silencios,

aligeraba el peso

de las noches

y levantaba la bruma

de la soledad primigenia.

Nombraste mi mundo

con tu certero verbo,

armonizándolo todo

o no.

Solo tu aliento

separaba la luz de las tinieblas,

alimentaba la avidez de la llama,

recomponiendo las raíces

del mundo.

No importa que no pudiera descifrar

la plegaria de la tormenta entonces

ni su estallido.

Qué más daba que me cegara

el resplandor amarillo del liquen,

que el temblor se apoderara

del albor de los sueños

o que me estremeciera

ante el secreto rumor del mar.

Mi despertar a la vida

se estrenó

con tu palabra.



MARÍA REGLA PRIETO (1964)

poetisa española

 












DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 16 DE ENERO DE 2026





 
























SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI, DIVENDRES, 16 DE GENER DE 2026, EN CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots. Ja estem enfilant el cap de setmana i el món segueix girant sobre si mateix indiferent a totes les nostres preocupacions i anhels. En el fons, és un consol, no creuen? No? Doncs jo tampoc però no tinc el remei, així que no hi insisteixo. La primera entrada del bloc d'avui va que el mantell protector dels EUA va abstreure el Vell Continent fins al punt de creure que la raó havia triomfat sobre la força després de la fundació de l'ONU, però com diu el filòsof Pau Luque Sánchez, aquest mantell es va acabar. La segona és un arxiu del bloc escrit el gener de 2016 on es comentava que en totes les cultures i al llarg de tota la història de l'home, la religió havia jugat un paper fonamental en el desenvolupament de l'art: influint en els seus motius, inquietuds, formes i funcionalitats, i utilitzant-lo sovint per expressar els seus interessos. El poema del dia es titula La teva paraula, i és de la poetessa espanyola María Regla Prieto. I la quarta i darrera, com sempre, són les vinyetes d'humor. Doncs només per avui, ens veiem demà si la deessa Fortuna ho permet. Sigueu feliços, si us plau. Tamaragua, amics. Petons. Els vull. HArendt












jueves, 15 de enero de 2026

EL ESTADO QUE ME AMÓ

 







En el sexto y último de los artículos preliminares que Kant propuso para una paz perpetua entre Estados, se prohíbe estrictamente el espionaje, el uti exploratoribus, que Kant tilda de «arte infernal». La prohibición, de acuerdo con Kant, debía mantenerse vigente incluso en tiempo de guerra pues de otro modo habría una pendiente resbaladiza, «no podría nunca ajustarse la paz –señala– y las hostilidades degenerarían en guerra de exterminio» (La paz perpetua). Lo escribe el filósofo Pablo de Lora en su artículo El Estado que me amó (Revista de Occidente, núm. 536, 11/01/2026), que reproduzco a continuación.

Vana pretensión la del filósofo de Königsberg, comienza diciendo, –amén de augurio falto de respaldo suficiente– que choca con el peso de la historia: del espía Caleb, comisionado por Moisés para explorar las posibilidades de asentarse en Canaán, hasta el doble agente Aldrich Ames, pasando por Thomas Edward Lawrence, el célebre Lawrence de Arabia, de quien Alejandro Molina escribe en este número –«Las múltiples vidas del soldado Shaw»–, por citar tan sólo algunos exponentes, el espionaje no encuentra descanso. Pero, además, esa prohibición kantiana se sostiene difícilmente si tenemos en cuenta las muchas razones morales –si bien de naturaleza «consecuencialista»– que justifican disponer de información que el «enemigo» no desea que se conozca y que, precisamente por ello, resultará útil, valiosa. De esta forma podemos, de la mano de Cécile Fabre (2022), caracterizar la actividad de espiar que resulta jurídica, política o moralmente más relevante por controvertida, aunque los contornos –por ejemplo, entre el espía y el detective, como bien pone de manifiesto Mercedes Cebrián en «De la gabardina al gadget: cuando espiar era un oficio elegante», o, contemporáneamente, entre las labores de «consultoría» y las del espionaje– no son siempre fáciles de demarcar.

Razón de Estado y espionaje justificado. No por casualidad, Maquiavelo, Grocio o Hobbes consideran el uti exploratoribus como parte del arte de la guerra, o cubierto por el ius in bello o por la «razón de Estado», respectivamente, y, así, con el nacimiento del Estado moderno, los embajadores, mensajeros, peregrinos o mercaderes que ejercían las labores de «información» son sustituidos por una maquinaria burocrática, como tantas otras piezas funcionales del engranaje estatal (Fabre, 2022, p. 12): los «fondos reservados» que tanto han dado que hablar en España son prueba elocuente de ello. Pues bien, en ese contexto, frente al absolutismo kantiano y como parte de un paradigma revisionista de la doctrina de la guerra justa pujante en los últimos años (así, por todos: McMahan, 2009), Cécile Fabre ha argüido que espiar está moralmente permitido, o es incluso obligatorio, en función de la causa; señaladamente, la protección de los derechos humanos o la prevención o disminución de la afectación de aquéllos en el contexto de las relaciones internacionales. Además, la actividad del espionaje ha de ser necesaria, proporcional y efectiva, como el uso mismo de la fuerza durante la guerra –de nuevo las exigencias del ius in bello grociano–.

Así, no hay justificación posible para las actividades que desarrolló a favor de la Unión Soviética el arriba mencionado Aldrich Ames, pues se movió por dinero; pero los engaños o confusiones que deliberadamente sembraron los dobles espías alemanes durante la Segunda Guerra Mundial en sus comunicaciones desde Inglaterra acerca del tino o desacierto de los misiles V-1 o V-2 lanzados contra Londres para, así, poder mantener su reputación y que siguieran siendo útiles para los británicos, incluso al precio de causar más víctimas británicas inocentes, tenían el noble objetivo de terminar derrotando al Tercer Reich (Burri, 2020). De manera muy parecida, como detalla en su análisis Julius Ruiz –«La quinta columna en la Guerra Civil española: mito y realidad»–, la existencia de esa «quinta columna» –un servicio de espionaje y fuerza de choque interna en pro de la sublevación franquista– que carcomía el noble propósito de la defensa de la República y su esfuerzo para que «no pasara» el fascismo, fue el eficaz expediente para justificar las matanzas de Paracuellos y otros desmanes de los republicanos durante la Guerra Civil.

El espía y la «trampa de miel». El espía que nos conmueve o intriga, el que repugna a la conciencia deontológica de corte kantiano pero también ejerce irresistible atractivo, no es el mero fisgón que microfilma el documento tras infiltrarse en las líneas o instalaciones enemigas cual James Bond, sino el traidor, el que hace del engaño, la deshonestidad, la simulación y la manipulación de otros su oficio, arte incluso; el que explota sagazmente la condición humana en beneficio de su noble causa informativa. Bajo ese paradigma ha pasado al panteón del espionaje un Kim Philby, por poner un ejemplo indudable, pero también las que han sabido pulsar la tecla de las pulsiones más primarias de su víctima y fuente de inteligencia: el placer sexual.

Dalila, valiéndose de sus «armas de mujer», descubre para los filisteos dónde radica la fuerza de Sansón, y desde ella, hasta Anna Chapman, la «007 rusa» infiltrada en los cenáculos y círculos de poder neoyorquinos, pasando por la célebre Mata Hari1 o Christine Keeler2, son muchas las mujeres que han tendido con gran eficacia la «trampa de miel», que acostumbra a decirse en la jerga del espionaje.

¿Y ellos? Haberlos haylos y los ha habido, aunque son menos conocidos y han inspirado menos. Roald Dahl, uno de los escritores de literatura juvenil más aclamados de la historia, usó sus artes de seducción para, siendo empleado de la Embajada británica en Washington, obtener información de importantes mujeres de la alta sociedad estadounidense, de inclinación pro-alemana, y así promover la causa británica durante la Segunda Guerra Mundial (Conant, 2009). Pero también disponemos de un caso más reciente y cercano en el tiempo y en la distancia, del que quisiera dar cuenta en lo que resta.

El espionaje, la inteligencia o contrainteligencia en general, necesariamente coloca a sus agentes en la posición de tener que quebrantar la ley, normas penales incluidas. En el límite, como también se ha reflejado en la novela o en el cine, los espías infiltrados, actuando como se les supone, o sometidos a pruebas internas con las que la organización infiltrada trata de detectar «topos», tienen que comportarse como «ellos», matando incluso. En casos menos extremos habrán de penetrar ilícitamente en archivos o sistemas informáticos, acceder a documentos reservados, hurtarlos o robarlos con fuerza en las cosas (escalar, romper puertas o ventanas, usar ganzúas o llaves falsas, como señala el artículo 239 del Código Penal) si fuera necesario. Pues bien, vale la pena preguntarse si, cuando utilizan la «trampa de la miel» para obtener información, cometen, en alguna de sus múltiples variantes, un delito contra la libertad e indemnidad sexual de su víctima.

La agresión sexual y el alcance del engaño. La pregunta sólo sorprende si se desconoce el contexto normativo en el que hoy se caracteriza la agresión sexual, una caracterización y una tipificación que, como se acostumbra a decir con lema manido, «pone el consentimiento –el de la presunta víctima– en el centro». Así, el artículo 178.1 del Código Penal que, tras la reforma operada por la conocida como «ley del sólo sí es sí», establece el tipo básico, reza:

Será castigado con la pena de prisión de uno a cuatro años, como responsable de agresión sexual, el que realice cualquier acto que atente contra la libertad sexual de otra persona sin su consentimiento. Sólo se entenderá que hay consentimiento cuando se haya manifestado libremente mediante actos que, en atención a las circunstancias del caso, expresen de manera clara la voluntad de la persona.

Los hechos que merecen atención son sencillos de exponer: D.H.P., policía nacional infiltrado en movimientos sociales vinculados al independentismo en Cataluña con la misión de recabar información, había mantenido relaciones sexuales con varias de las activistas a las que había conocido en el curso de sus labores de espionaje. Tiempo después, una vez fue desvelada su condición, esas mujeres acusaron al policía de haber cometido un delito de abusos sexuales, pues de haber conocido su identidad no habrían consentido a las relaciones que mantuvieron con él. Cabría incluso sostener que, si la encomienda por parte del poder público a su funcionario consistía específicamente en tender la «trampa de miel» para así ganarse la confianza de los miembros del grupo y obtener más y mejor información, el Estado podría aparecer como autor mediato del delito, si bien, como antes he apuntado, habría una exculpación posible dado el fin perseguido, común al resto de esas actividades de espionaje e información que de ordinario suponen quebrantamientos del ordenamiento jurídico.

Resulta, pues, fácil de aprehender la razón por la cual, al menos prima facie, el espía que tiende la «trampa de miel» pudiera ser un agresor sexual: el consentimiento que recaba está viciado por el (su) engaño3. De nuevo Roald Dahl puede venir al rescate: en su delicioso cuento «El gran cambiazo» –«The Great Switcheroo»– que publicó originalmente en la revista Playboy, en 1974, dos maridos se conjuran para acostarse con la mujer del otro, para lo cual se informan primero de los específicos gustos y preferencias amatorias de ambas. Aprovechan la noche y el hecho de que están dormidas y se cuelan en la cama ajena. El genial giro de la historia es que, a pesar de haberse olvidado la lección y haberse desplegado el haz de destrezas propias, la esposa del amigo goza como no había gozado antes. ¿Ha sido violada, pues, de haberse propuesto el amigo de su marido «con luz y taquígrafos», no habría consentido?

La licitud de una relación sexual depende del consentimiento, lo que, al modo de un interruptor, troca en permitido lo que está prima facie prohibido; en una concepción clínica o contractual de tal consentimiento en materia sexual, todos los elementos que hubieran sido decisivos para que se consintiera a esa interacción podrían igualmente determinar que la relación deba considerarse ex post como un supuesto de agresión si finalmente no se dan: así ocurriría en la relación sexual a cambio de precio si el cliente no paga a la prostituta tras el servicio recibido.

Pero más allá de los elementos «objetivos», piénsese en los subjetivos, en todas las capas de la identidad que harían declinar la propuesta y que son susceptibles de ser ocultadas con menos artificiosidad o fortuna que en el cuento de Dahl para así obtener, ora explícita ora implícitamente, el consentimiento: de la religión profesada a la propia condición sexual biológica, pasando por el nivel de ingresos o la afiliación política, más de uno y una pueden arrepentirse, incluso repudiar(se), por haberse encamado con quien creían musulmán y era judío; rico pero en realidad pobre; marxista y a fin de cuentas neoliberal, o, para nuestro caso, «indepe» y que resultó ser policía del «Estado opresor».

El problema de este planteamiento es que, como he tratado de argumentar en otro lugar (2019), toda forma de seducción sería en el límite un vicio del consentimiento, con lo que no habría espacio conceptual posible para la sexualidad lícita. Junto a ello, hacer depender la validez del consentimiento de cualesquiera aspectos –subjetivos u objetivos–, que la ahora presunta víctima de una agresión sexual tenga por decisivos, genera consecuencias groseras, entre otras, la banalización de la agresión sexual por indiferenciación (Coca Vila, 2023), cuando no una generalizada inseguridad jurídica. Piénsese en quien alegue haber sido víctima de una violación porque, en realidad, su amante, frente a lo que dijo o deslizó, si está casado, o su potencia viril está mediada por la Viagra y «así cualquiera».

Quizá la salida de este laberinto nos exige dar un paso atrás y preguntarnos: ¿a qué consentimos cuando tenemos relaciones sexuales? ¿En qué consistió el ejercicio de la autonomía sexual de esas mujeres que ex post facto (o más bien «acto») acusan al policía-espía de violación? Y es que parecería obvio que una cosa es engañar o traicionar sobre lo que se ha explicitado que se va a desear y rechazar en el transcurso de la relación sexual, y otra muy distinta no desvelar las características de la identidad de quien además sabe que, de ser desveladas, provocarían que no se consintiera. Lo segundo, me parece a mí, sólo podría suponer un reproche cuando existe el riesgo de causar un daño –piénsese en quien es portador del virus del sida y lo oculta– pero no así cuando simplemente se frustran expectativas si resultase que lo que las motivó forma parte de alguna de esas formas de «hipocresía civilizatoria», y más en el contexto de las relaciones sexuales; de la cosmética sobre nuestros defectos, la brillantina espolvoreada sobre nuestras virtudes, las alzas que enaltecen nuestra estatura moral, todo lo que nos exhibe en nuestra mejor versión frente a los demás y que circulan en la vida civil a lomos de un entramado de reglas y convenciones sociales que admiten el uso de esos maquillajes, y que no imponen a nadie la obligación de develar lo que pudiera ser causa de rechazo.

Así pues, las activistas independentistas, como las damas de la alta sociedad estadounidense a las que Roald Dahl engatusó, no consintieron más que a relacionarse sexualmente con un hombre que en ese momento juzgaron deseable; el objeto de su consentimiento no incluía, además, «tener relaciones sexuales con quien no sea un espía del Gobierno británico o un infiltrado de la Policía española». Así lo ha manifestado expresamente la Audiencia Provincial de Barcelona que, mediante Auto de 29 de julio de 2024, ha dado carpetazo al asunto mediante la inadmisión de la querella presentada por las activistas independentistas. Y por supuesto, no hay deber ninguno de revelar esa condición por parte de quienes luego son tenidos como posibles autores del delito de agresión sexual; y menos aún si resultaba que tal desvelamiento frustraba su labor como informantes para un fin que, se me antoja, se alineaba con bienes y derechos importantes.

Cuestión distinta es el engaño o la ocultación sobre la identidad nominal tal y como ocurre en el cuento de Dahl (Coco Vila, 2023), aunque tal vez las presuntas víctimas, lejos de reprochar al marido fake, celebrarán el «gran cambiazo». Quién sabe si quizá también, en su fuero interno, esas querulantes activistas despechadas. P. de L.












ENTRADA NÚMERO 9714