sábado, 25 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL SUEÑO, DE LORD BYRON

 







EL SUEÑO


I


Vivimos dos veces. El sueño encierra un mundo,

frontera entre las cosas mal llamadas

muerte y existencia: el sueño encierra un mundo,

y un vasto territorio de realidad indómita,

y mientras se construye tiene vida,

y llantos, y suplicios, y una incierta alegría.

Aflige con su peso la reflexión diurna,

despoja de su peso a nuestro diurno errar,

divide nuestro ser, y se convierte

en parte de nosotros y de nuestros instantes,

semejante a un heraldo de la eternidad.

Los sueños son espectros del pasado, hablan

como sibilas del futuro. Es ese su poder:

tiranos del placer y del dolor, nos muestran

no tal y como somos, sino a su voluntad,

turbándonos entre visiones del ayer.

Amenazas de sombras del pasado: ¿es eso lo que son?

¿No es el pasado sombra? ¿Qué serán?

¿Creaciones de la mente? La mente puede crear

sustancia, y poblar planetas de su propia invención

con seres tan radiantes como nunca se vieron,

y dar aliento a formas ajenas a la carne.

Quiero contar ahora una visión que tuve

casualmente en un sueño: pues en él una idea,

una imagen soñada, puede abarcar un siglo,

y plasmar una vida en una sola hora.


II


Veía un par de seres en plena juventud,

allá en una colina, una colina suave,

verde y poco empinada, la última de todas,

como si fuera el cabo de un macizo de alcores,

solo que ningún mar lamía allí su base,

sino una geografía pletórica de vida: el ondear

de bosques y maizales, las moradas del hombre

dispersas a intervalos, y el rizado humo

que se alzaba de tan rústicos techos. La colina

tenía por corona una curiosa diadema

de árboles en formación elíptica, dispuestos

no por un natural capricho, sino por el del hombre:

los dos, una chica y un joven, se habían detenido,

la una a mirar cuanto había allá abajo,

radiante como ella; a ella, en cambio, la contemplaba el chico.

Ambos eran muy jóvenes, y una era hermosa;

ambos eran muy jóvenes, pero no igual de jóvenes.

Como la dulce luna que besa el horizonte,

en la muchacha alboreaban las formas de mujer.

El chico no tenía aún tantos abriles, pero su corazón

había envejecido más allá de sus años, y a sus ojos

no había más que un rostro adorado en el mundo,

y ese rostro brillaba para él: lo había mirado

tanto que apenas veía ya otra cosa.

No tenía aliento, ni vida, sino en ella.

Ella era su voz. No se atrevía a hablarla,

y aun le hacía temblar cada palabra suya: ella era sus ojos,

pues miraba con ella cuanto ella miraba,

objetos que teñía de algún nuevo color. Había dejado

de vivir en sí mismo: ella era su vida,

un mar para el río de sus pensamientos,

allí donde todo finalmente acababa. A su voz,

a un roce suyo, refluía su sangre,

y ardían sus mejillas apasionadamente. Su alma

ignoraba el motivo de semejante agonía.

Pero ella era ajena a sentimientos tan tiernos:

sus miradas no iban dirigidas a él. Para ella era

poco más que un hermano, y ya era mucho,

pues carecía de hermanos, salvo por aquel nombre

con que le había obsequiado en su infantil amistad:

última descendiente que quedaba

de una estirpe de largo abolengo. Era un nombre

que a él le agradaba y a la vez disgustaba. ¿Y por qué?

El tiempo le enseñó la respuesta precisa cuando ella amó

a otro; en ese mismo instante ella amaba ya a otro,

y en la cumbre de aquella colina se afanaba

en mirar a lo lejos, cual si el corcel de su amante

respondiera a sus ansias, y acudiera al galope.


III


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

Había una mansión antigua, y un corcel

engualdrapado delante de sus muros:

en un viejo oratorio se encontraba

el chico del que he hablado; estaba solo,

y pálido, y andaba de un lado para otro. De improviso

tomó asiento, cogió una pluma, y escribió

palabras que no pude distinguir; luego inclinó

la abatida cabeza entre las manos, agitado

como por una convulsión. Se alzó de nuevo,

y con dientes y manos temblorosas desgarró

aquello que había escrito, mas sin romper en llanto;

imponiéndose calma, relajó su semblante

en algo parecido a la paz, y al recobrarse,

allí reapareció la dama de su amor.

Estaba sonriente y serena, y aun así

no ignoraba el amor que él sentía por ella. No ignoraba,

pues tal conocimiento llega aprisa, que el alma

de su amigo la eclipsaba su sombra, y veía

lo mucho que sufría, aunque no lo vio todo.

Se puso el chico en pie, y con tacto frío y dulce

la tomó de la mano; por un instante le asomaron al rostro,

como en una tablilla, palabras indecibles,

desleyéndose al punto, tal y como surgieron.

Dejó caer la mano, y con pasos pausados

se marchó, mas no como si aquello fuese una despedida,

pues con mutuas sonrisas ambos se separaron. Atrás dejaba

el sólido portón de aquella vieja sala,

y a lomos del corcel emprendió su camino.

y nunca más cruzó aquel vetusto umbral.


IV


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

El chico ya era un hombre. En lo más fiero

de climas implacables construyó su hogar,

y el alma hizo abrevar en los rayos del sol: adquirió

unos rasgos extraños y atezados. Ya no era

el mismo que había sido. En el océano

y en tierra firme era un peregrino.

Hubo una mezcolanza de innúmeras imágenes

alzándose ante mí como las olas, pero él

formaba parte de ellas, y en la última

reposaba del ardiente resol del mediodía,

reclinado entre columnas caídas, a la sombra

de derruidos muros que habían sobrevivido

a los nombres de quienes los alzaron: dormido,

a su lado pastaban los camellos, y soberbios corceles

se hallaban atados al lado de una fuente; y un hombre

envuelto en amplias ropas vigilaba entretanto,

en tanto dormitaban los otros de su tribu.

Les servía de palio la bóveda celeste,

tan prístina, tan limpia, tan puramente hermosa,

que a Dios se hubiera visto allá en el Paraíso.


V


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

La dama de su amor casó con alguien

que no la amaba tanto; en su hogar,

a mil leguas de él, su hogar nativo,

vivía rodeada de numerosos niños,

hijos de la Belleza, ¡mas mirad!

En su rostro se advierte un atisbo de dolor,

la sombra ya continua de una lucha interior,

y una intranquila pesadez en sus párpados,

cual si llevase en ellos sus reprimidas lágrimas.

¿Qué podía afligirla? Tenía cuanto amaba,

y aquel que la adoró no estaba junto a ella

para turbar con torvos deseos o esperanzas,

o mal guardado afecto, sus puros pensamientos.

¿Qué podía afligirla? Ella nunca lo amó,

ni le dio una razón para creerse amado,

ni podía ser parte de aquello que su mente

había trastornado: no era sino un espectro del pasado.


VI


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

Había regresado el peregrino. Le vi en pie

ante un altar, junto a una novia hidalga.

Era blanca su tez, mas no era el mismo rostro

que fue como una estrella en su niñez; incluso ahora,

erguido ante el altar, vinieron a su frente

idénticas arrugas y el temblor agitado

que en el viejo oratorio convulsionó

su pecho solitario; y otra vez,

como entonces, le asomaron al rostro,

cual en una tablilla, palabras indecibles,

desleyéndose al punto, tal y como surgieron.

Sosegado y tranquilo, pronunció

los votos oportunos, mas no se oyó decirlos,

y todo daba vueltas, y vueltas. No veía

ni lo que había, ni lo que debería haber,

sino la vieja casa. Y el familiar salón,

las recordadas cámaras, el sitio,

el día y hora, la luz del sol, la sombra,

todo cuanto asociaba al lugar y el momento

y a aquélla que era su destino, regresaron

a interponerse ahora entre él y la luz:

¿qué les traía allí, justo en aquella hora?


VII


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

La dama de su amor, ¡oh!, había cambiado

como enferma del alma. La cordura

había abandonado su morada, y sus ojos

ya no tenían el lustre acostumbrado, sino un aire

que no es de nuestro mundo. Se había convertido

en princesa de un reino de la imaginación: sus ideas

eran combinaciones de cosas inconexas,

y formas impalpables e invisibles

a los ojos ajenos se hicieron familiares a los suyos.

Y a esto el mundo lo llama desvarío… Pero al sabio

lo aflige una locura mucho más profunda, y la mirada

de la melancolía es un don tenebroso:

¿qué es sino el telescopio de la verdad,

que desmonta la distancia de sus fantasías,

y acerca la vida en su desnudez más pura,volviendo la fría realidad aún más real?


VIII


Un cambio sobrevino al espíritu de mi sueño.

El peregrino se hallaba tan solo como siempre,

los seres que le habían rodeado ya no estaban,

o bien se habían alzado contra él. Era la marca

de lo infecto y la desolación. Se le evitaba

con desprecio y calumnias. El dolor se mezclaba

en todo cuanto le era ofrecido, hasta que igual

que el póntico rey de los siglos pasados,

se nutrió de venenos, que ya no poseían

más poder que no fuera el servir de alimento. Vivió

lo que hubiera sido la muerte para muchos,

y trabó amistad con las montañas: con los astros

y el alígero Espíritu del Cosmos

mantuvo sus diálogos. Compartieron

con él su magia y sus misterios. Para él

se abrió de par en par el libro de la noche,

y las voces del abismo profundo revelaron

una maravilla y un secreto. Que así sea.


IX


Pasó mi sueño; ya no hubo más cambios.

Es ciertamente extraño que el destino

de esas dos criaturas se resolviera así,

casi como una realidad: ella

terminó en la locura, ambos en la desgracia.




GEORGE GORDON BYRON, LORD BYRON (1788-1824)

poeta británico
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 25 DE OCTUBRE DE 2025

 




























viernes, 24 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 24 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 24 de octubre de 2025. El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, fue el último golpe militar que padecimos en España y, de algún modo, constituye el mito fundacional de la democracia española. En la segunda, un archivo del blog de febrero de 2014, HArendt nos dejaba el recuerdo de su vivencia personal de ese día de 1981. El poema del día en la tercera es de hace ocho siglos y comienza con estos versos que, seguro, reconocerán sobre la marcha: Y ahí estaba, no tuve que andar mucho:/un leopardo ligero y todo presto/que de piel tachonada se cubría;/plantado me miraba sin moverse. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













DE LOS HÉROES DE LA TRAICIÓN

 








El escritor Javier Cercas despide la primera sesión del World in Progress reivindicando la necesidad de políticos que antepongan el interés general al suyo, dice El País [¿Existen hoy los héroes de la traición?, 21/20/2025].

Buenas noches. Siguiendo una tradición inaugurada el año pasado, Joseph Oughourlian me pide que diga unas palabras antes de que nos sirvan la cena, unas palabras que esta vez versarán sobre un concepto que acuñé hace tiempo en un libro titulado Anatomía de un instante: los héroes de la traición. Naturalmente, esa expresión es un oxímoron, una contradicción en términos, como “matrimonio feliz”, y Joseph, que es un hombre singular y piensa que los novelistas tenemos cosas relevantes que decir, me ha pedido que explique qué son los héroes de la traición y me ha preguntado si creo que todavía existen. Y, si existen, quiénes son. Y, si no existen, por qué no existen.

Para explicar qué son los héroes de la traición debo decir antes unas palabras sobre Anatomía de un instante, un libro que gira en torno al golpe de Estado del 23 de febrero 1981, o más bien en torno a un instante de ese golpe, a través del cual el libro narra todo el proceso de transición de la dictadura a la democracia en España, es decir, la historia de la conquista de la democracia.

Como ustedes saben, el golpe de Estado del 23 de febrero fue el último golpe militar que padecimos en España y, de algún modo, constituye el mito fundacional de la democracia española. Por esa razón, cuando tengo que hablar de él fuera de España suelo decir que es nuestro asesinato de Kennedy, el punto exacto donde convergen todos los demonios del pasado español: en 1981, seis años después de la muerte de Franco, los españoles empezábamos a pensar que vivíamos ya en una democracia asentada, más o menos como las demás europeas, cuando de repente, en aquella tarde de febrero, se produjo una escena que nos retrotraía a nuestro pasado más oscuro, un pasado de violencia, de guerras civiles y dictaduras: mientras el Parlamento elegía al segundo presidente del Gobierno democrático, irrumpió pegando tiros en el hemiciclo un grupo de guardias civiles al mando de un oficial con un tremendo mostachón y un tricornio, igual que un personaje recién salido de un poema de García Lorca. Todos ustedes recuerdan esa escena, incluidos nuestros invitados extranjeros, porque las imágenes fueron grabadas, igual por cierto que las del asesinato de Kennedy. Y, como el asesinato de Kennedy, el golpe del 23 de febrero acabó convirtiéndose con el tiempo —esto yo solo lo comprendí después de años investigando sobre él— en una especie de gran ficción, en una fábula colectiva fabricada durante décadas a base de especulaciones noveleras, recuerdos inventados, teorías insensatas, leyendas urbanas, medias verdades y simples mentiras amañadas por los propios golpistas con el fin de eludir sus responsabilidades, por periodistas con muchas prisas y pocos escrúpulos, por políticos deseosos de construir un pasado útil para sus intereses y por la imaginación popular. Para colmo, y a diferencia del golpe de 1936 —el que desencadenó la Guerra Civil—, el golpe de 1981 fue un golpe sin documentos o casi sin documentos, de manera que sobre él puede decirse de todo con absoluta impunidad; de hecho, salvo que lo organizaron la reina de Inglaterra o Walt Disney, del golpe se ha dicho de todo, como por cierto del asesinato de Kennedy. Así que, del mismo modo que no hay un norteamericano que no tenga una teoría sobre el asesinato de Kennedy, no hay un español que no tenga una teoría sobre el golpe de Estado del 23 de febrero. ¿Qué es un español? Es un tipo, o una tipa, que tiene una teoría sobre el golpe de Estado del 23 de febrero: si ustedes se cruzan con alguien que dice ser español y no tiene una teoría sobre el golpe de Estado del 23 de febrero, es que no es español.

Muy brevemente recordaré aquí el origen de Anatomía de un instante, porque importa a nuestro asunto. El libro surgió el día del 25º aniversario del golpe de Estado. Aquella noche yo estaba en mi casa, con un whisky en la mano, después de haberme pasado un día entero viendo, oyendo y leyendo reportajes sobre el 23 de febrero, cuando volví a ver en televisión las imágenes del golpe, o el pequeño fragmento de las imágenes del golpe que prodigan las televisiones, con el teniente coronel Tejero entrando en el hemiciclo del Parlamento y exigiendo a tiros a los presentes que se tiren al suelo. Todos los españoles hemos visto centenares, miles de veces esas imágenes, son casi una obsesión nacional (hagan zapping esta noche en la televisión, al regresar a su hotel o a su casa, y seguro que en un momento u otro las verán aparecer en la pantalla...) Pues bien, aquella noche estaba viendo por enésima vez esas imágenes cuando me fijé en una cosa que había visto muchas veces, pero la vi como la viese por vez primera. Lo que vi es que tres de los parlamentarios presentes en el hemiciclo desobedecían las órdenes de los golpistas y no se arrojaban al suelo buscando refugio bajo sus escaños, como hacían todos los demás: eran Adolfo Suárez, presidente del Gobierno saliente y arquitecto de la Transición; el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno; y Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista.

Debo decir que algunos parlamentarios presentes aquel día en el hemiciclo detestan este libro, y tal vez me detesten a mí, porque creen que yo los acuso de cobardes; nada más lejos de la realidad: lo normal fue hacer lo que ellos hicieron, es un milagro que aquel día no muriese nadie en el hemiciclo; lo normal, cuando te disparan, es tirarse al suelo; lo raro, lo extraordinario es lo que hicieron aquellos tres tipos: no arrugarse, desobedecer a los golpistas, plantarles cara. El caso es que aquella noche, delante de la televisión con un whisky en la mano, yo me hice una pregunta elemental, la pregunta que hubiera podido hacerse un niño: ¿por qué esos tres tipos hacen eso? ¿Y por qué lo hacen precisamente ellos, tres hombres que durante la mayor parte de su vida no habían creído en la democracia? Y, bueno, uno puede intuir casi en seguida por qué lo hicieron el general Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo —el general era un militar y no podía tolerar la insubordinación; Carrillo conocía la guerra, era el demonio para los golpistas y sabía que iba ser el primero en morir—, pero ¿por qué Adolfo Suárez, el hombre que ocupa el centro de la imagen, solo e inmóvil en su escaño de presidente en medio de un desierto de escaños vacíos, por qué había hecho aquello aquel hombre que, por lo demás, en su época de gobernante no me había inspirado la menor simpatía?

Y bien, cuatro años después, cuando terminé de escribir el libro, comprendí que aquel instante es un instante cebado de sentido, que en aquel instante —cuando tres políticos que nunca habían creído en la democracia decidieron jugarse la vida por la democracia— empezaba de verdad la democracia en España, que en aquel instante terminaban la Transición y la dictadura, que en aquel instante terminaba la Guerra Civil: contra lo que dicen los libros de historia, la guerra civil española no duró tres años, sino 43, porque —a menos que creamos a Franco y los propagandistas del franquismo— la dictadura no fue la paz, sino la guerra por otros medios. Pero no solo comprendí eso. También comprendí que aquellos tres hombres tan diferentes estaban unidos por lazos personales estrechísimos, que existía una complicidad estrechísima entre ellos, que los tres habían cargado con el peso principal del cambio de la dictadura a la democracia y que los tres podían definirse como héroes de la traición.

¿Qué es un héroe de la traición? Estamos acostumbrados a pensar que la lealtad es una virtud, y lo es; pero hay momentos en la vida de las personas, y de las colectividades, en que es más valiente, más honorable y más virtuosa la traición que la lealtad. El tránsito de la dictadura a la democracia en España fue uno de esos momentos, y los tres protagonistas de Anatomía de un instante encarnan ese tipo de personas. El general Gutiérrez Mellado había hecho la guerra con Franco y toda su carrera en el franquismo; pero, al llegar la Transición, bajo las órdenes de Adolfo Suárez, cambió un ejército dictatorial por un ejército democrático y se convirtió en el gran traidor para sus compañeros, que lo odiaron encarnizadamente: tras el golpe de Estado, lo primero que le pidieron los jefes del ejército al ministro de Defensa, Alberto Oliart, fue que, por favor, el general Gutiérrez Mellado no apareciese por ningún acuartelamiento, porque era un personaje divisivo. Por su parte, Santiago Carrillo fue el gran traidor de la izquierda, y para algunos lo sigue siendo: Carrillo no solo abandonó los ideales del comunismo y la dictadura del proletariado; abandonó, sobre todo, los símbolos republicanos y la ambición de la Tercera República, y aceptó la monarquía, porque entendió —con razón, por cierto— que el dilema real no era monarquía o república, sino dictadura o democracia, como demuestra el hecho de que las mejores democracias del mundo son monarquías parlamentarias; y todo esto hay gente que a Carrillo nunca se lo ha perdonado. En cuanto a Suárez, fue por supuesto el gran traidor, el mayor traidor de todos, porque hizo posible la traición de los demás: cuando el Rey lo nombró presidente del Gobierno, en julio de 1976, quienes celebraron su nombramiento no fueron los demócratas españoles, sino los franquistas, los Guerrilleros de Cristo Rey, los viejos falangistas que siempre lo habían considerado uno de los suyos y pensaron que aquel camarada de toda la vida, aquel chico tan amable y obsequioso con ellos, tan joven, tan seductor, tan dinámico, tan kennediano, iba a asegurarles 10 o 20 o 30 años de franquismo sin Franco; pero, para sorpresa de todos, en menos de un año fulgurante el antiguo falangista de provincias disolvió las Cortes franquistas, legalizó los partidos políticos, incluido el Partido Comunista, y convocó las primeras elecciones libres desde la II República; dicho de otro modo: en menos de un año desmontó una dictadura de cuatro décadas y puso los cimientos de la democracia. Y, como es natural, los suyos nunca se lo perdonaron: Suárez se convirtió en el enemigo a muerte de sus antiguos compañeros franquistas, de hecho el golpe del 23 de febrero se organizó ante todo contra él, que se había transformado en el símbolo de la democracia. (Suárez era un hombre profundamente católico, y es fama que, más de una vez, hubo gente que se negó a darle la paz en misa).

Eso es un héroe de la traición: un político capaz de traicionar un pasado personal para construir un futuro colectivo, capaz de traicionar un error para construir un acierto, capaz de traicionar a los suyos para ser fiel a todos; y que, además, paga un precio altísimo por hacerlo. No hay premio para el héroe de la traición, o al menos no hay premio inmediato, tangible: a la altura de 1981, los tres protagonistas de Anatomía de un instante eran tres hombres personalmente rotos y políticamente acabados: baste recordar que, en las elecciones generales posteriores al golpe, Suárez obtuvo dos diputados —Carrillo, cuatro—; y, sí, cuando el expresidente falleció, en el año 2014, todo fueron alabanzas para él: había sido, de lejos, el presidente más vilipendiado de la democracia, pero a su muerte los medios de comunicación y algunos de sus peores enemigos parecían competir por presentarlo como una mezcla de Pericles y la Madre Teresa de Calcuta. Como dijo otro político español, en España enterramos muy bien.

Vuelvo de nuevo a la pregunta de Joseph: ¿existen hoy los héroes de la traición? ¿Hay todavía en España políticos así? Si no me engaño, la mayoría de ustedes diría que no, entre otras razones porque un héroe es una figura excepcional y solo se da en circunstancias excepcionales, como lo fueron las de la Transición. De acuerdo. Pero lo que sí puede existir, o lo que debería existir, son políticos capaces de poner el interés general por encima del particular, que al fin y al cabo es lo que hacen los héroes de la traición. Formulemos entonces de otra manera la pregunta: ¿existen hoy en España políticos capaces de poner el interés general por encima del particular? Si existen, ¿quiénes son? Y, si no existen, ¿por qué no existen?

Son tres preguntas diabólicas, pero arriesgo tres respuestas. La primera es la más fácil: nunca ha habido muchos políticos capaces de poner el interés general por encima del particular, porque los políticos no son diferentes de los demás seres humanos, y hay pocos seres humanos capaces de hacer una cosa así. La segunda respuesta no es menos realista, pero sí más reconfortante: es casi seguro que algún político de ese tipo existe, aunque no sepamos quién es, porque la virtud es secreta o no es; tal vez solo sepamos quién es ese político con el tiempo, como solo con el tiempo supimos quiénes fueron los traidores heroicos de la Transición. La tercera respuesta es la más melancólica: si no me engaño, ahora mismo se dan circunstancias que no favorecen en absoluto la aparición de esa clase de políticos, y no solo en España.

Menciono solamente dos de ellas, una general y otra quizá más particular. La primera es la propagación cancerígena del cinismo en política, en parte resultado del descrédito universal de la verdad, que acaso es uno de los rasgos fundamentales de nuestro tiempo: hoy la mentira, al menos la mentira en política, no parece penalizar a quien la dice; solo recordaré un contraste desolador: a finales de los años ochenta, Bill Clinton estuvo a punto de dimitir como presidente de los Estados Unidos, no a causa de sus escarceos sexuales con una becaria, sino por culpa de una mentira, mientras que en noviembre de 2024 Donald Trump consiguió volver a la Casa Blanca tras haberse erigido en el campeón mundial de la mentira y haberla transformado en su principal herramienta política. No hace falta haber leído a Maquiavelo ni a Max Weber para saber que la ética y la política siempre han mantenido relaciones complejas o problemáticas, siempre se han llevado mal; pero, cuando la ética se desvincula por completo de la política y la política se desentiende de la verdad y se legitiman el engaño, la mentira y las tropelías que la mentira y el engaño conllevan (se legitiman siempre y cuando incurramos en ellos nosotros o los nuestros, claro está), en ese momento empiezan a disolverse los estímulos que invitan a un político a anteponer el bien común al propio: hacer eso equivale a tomar una decisión éticamente superior, y es imposible tomarla si quien la toma no está animado por un impulso ético.

La segunda circunstancia es sobre todo española, o yo la detecto sobre todo en España (aunque no es desde luego exclusiva de nuestro país). Aquí, a mi modo de ver, el problema político esencial no son los políticos, ni siquiera el sistema político; aquí el problema esencial son los partidos políticos. El sociólogo Robert Michaels escribió que, para los partidos políticos, la democracia es un producto de exportación, no de consumo interno. Así es en España: como saben mejor que nadie nuestros políticos, aquí los partidos son organizaciones verticales, a menudo patológicamente sectarias, rigurosamente cesaristas, más semejantes a veces a clubs de fans del líder que a auténticos partidos políticos, organizaciones donde se esconde o se maquilla o no se combate en serio la corrupción —un tanto por ciento elevadísimo de la cual empieza o termina en los propios partidos—, organizaciones donde no suele salir adelante el más capaz sino el más obediente, por no decir el más servil, donde muchas veces se confunde la lealtad con el vasallaje y donde todo discrepante corre el riesgo de ser considerado un desleal o un felón. Por supuesto, todo esto podría cambiarse, pero no es nada fácil, sobre todo porque quienes tienen que cambiarlo son los propios partidos, y los partidos no quieren cambiarlo; es decir: porque los partidos son la solución, pero también el problema. Sea como sea, se comprenderá que en estas condiciones resulte muy difícil que se dediquen a la política los mejores, los más capaces e idealistas, los más dispuestos a trabajar por el bien común y a ponerlo, si es necesario, por encima del bien particular.

Acabo ya. “¿Qué es un hombre rebelde?”, se preguntó Albert Camus. “Es un hombre que dice no”. Pero no es un hombre que dice no a los otros, a sus adversarios: eso es muy fácil, eso solo es una forma inversa de gregarismo; el hombre rebelde es quien dice no a los suyos, como hicieron los tres protagonistas de Anatomía de un instante, los tres héroes de la traición. Para eso, ante todo, hace falta coraje, que es la virtud más difícil, pero también la más necesaria. No lo digo yo; lo dijo un político: Winston Churchill. Churchill escribió en efecto que el coraje es la virtud esencial, la base, el fundamento de todas las demás virtudes; llevaba razón: uno puede ser una persona bondadosa, y la bondad es sin duda una virtud extraordinaria, pero, dadas determinadas circunstancias adversas —un golpe de Estado, sin ir más lejos—, si uno carece del coraje suficiente para ejercer esa bondad, se convierte o puede llegar a convertirse en un canalla. Yo no creo que debamos pedirles a nuestros políticos que sean héroes; de hecho, yo aspiro a vivir en un país que no necesite héroes. Pero lo que sí creo es que no hay democracia de verdad sin políticos que conciban la política como un servicio público y no como una carrera profesional o como un negocio personal, que merecemos políticos capaces del mínimo coraje de decir no a los suyos, de decirles que se equivocan cuando creen que se equivocan, políticos capaces de restaurar el vínculo roto entre ética y política, en definitiva, creo que debemos aspirar a tener políticos pragmáticos, cualificados y flexibles, sí, pero también valientes, humildes, veraces e idealistas. En este tiempo de cinismo obligatorio, esa aspiración puede parecer ingenua; a mí me parece simplemente indispensable. Muchas gracias. 

Este texto es una transcripción de las palabras pronunciadas por Javier Cercas antes de la cena de los intervinientes en el foro World in Progress Barcelona, organizado por el Grupo Prisa, EL PAÍS y la Cadena SER. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academi Española. World In Progress (WIP) es un foro internacional de reflexión y debate organizado por PRISA, EL PAÍS y, como medio colaborador, la Cadena SER. Tiene el apoyo del Ajuntament de Barcelona, Generalitat de Catalunya, BBVA, Cellnex, Fundación la Caixa, Glovo, Mango, Moeve, Naturgy, OEI, PWC, Redeia, Sabadell, Santander, Veolia y Vueling. Colaboran Foment del Treball Nacional, CAF Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y Cidob.























DEL ARCHIVO DEL BLOG: EL 23-F: UN RECUERDO PERSONAL. PUBLICADO EL 07/02/2014

 






Hacía tiempo que no tenía una racha tan febril de lectura como la de este mes de febrero. En apenas una semana he leído dos libros de historia: "Breve historia del mundo contemporáneo. Desde 1776 hasta hoy", de Juan Pablo Fusi, y "La herencia viva de los clásicos. Tradiciones, aventuras e innovaciones", de Mary Beard;  dos novelas: "El abuelo que saltó por la ventana y se largó", de Jonas Jonasson, y "Escenas de la vida rural", de Amos Oz; y uno de memorias. En total, algo más de 1500 páginas. El último, el de memorias, de Fernando Ónega, que lleva por título "Puedo prometer y prometo. Mis años con Adolfo Suárez" (Plaza y Janés, Barcelona, 2013) me ha emocionado especialmente. En gran medida, porque tuve la fortuna de conocer personalmente a Adolfo Suárez y su lectura me ha hecho recordar acontecimientos que se van diluyendo en la memoria con el paso de los años. Uno de ellos, sin duda, el intento de golpe de Estado de febrero de 1981, conocido en la historia de España como el "23-F", y sobre el que ya he escrito en anteriores entradas que pueden leer si lo desean bajo ese mismo epígrafe en el buscador del blog. 

Dentro de dos semanas se cumplen 33 años del mismo. A estas alturas, ya es historia. Los responsables fueron juzgados, condenados, cumplieron sus penas o fueron indultados cuando el Gobierno lo consideró conveniente. Pero es una fecha para el recuerdo. Recuerdo para el que yo no guardo ningún sentimiento especial salvo el de la enorme vergüenza que sentí aquella tarde-noche de 1981. Hasta que el rey pudo leer su discurso por televisión. Como para muchos españoles, para mí, con él terminó la zozobra, pero la vergüenza persistiría por mucho tiempo. Mejor dicho, todavía persiste, porque aunque me resisto a ello, cuando ponen las imágenes de aquellos traidores a su patria, su rey, sus conciudadanos y su honor, asaltando a tiro limpio el Congreso de los Diputados, se me viene el rubor a las mejillas y la vergüenza me impide articular palabra.

Aquella tarde estaba esperando en la biblioteca del Centro Asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Las Palmas a que fuera la hora del coloquio de una de las asignaturas, no recuerdo cuál, de la licenciatura en Geografía e Historia que correspondía aquel día. Un alumno llegó a la biblioteca y comentó que habían asaltado el Congreso en plena sesión de investidura de Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Bajé enseguida al coche, que tenía aparcado en la puerta misma del centro y me puse a oir emisoras de radio. Ninguna era capaz de concretar nada, salvo que se había interrumpido la sesión en el Congreso ante la entrada de guardias civiles armados, que había habido disparos... Y poco más. Busqué un teléfono público y llamé a casa. No me contestó nadie, y entonces me acordé que aquella tarde mi mujer había quedado en visitar a algunos clientes con el director regional del Banco para el que ella y yo trabajábamos en aquel entonces. Volví a casa tras recoger a nuestras hijas, de 12 y 2 años que estaban con su abuela, a unos cinco kilómetros de la universidad, en el cono sur de la ciudad. Mi mujer volvió a casa poco después; no sabía nada sobre lo que había ocurrido, así que nos pusimos a oir la radio. Llamamos, sin problema en las líneas a mis padres y mis dos hermanos. Todos vivían en Madrid. Nos contaron que las calles estaban tranquilas, y la gente atenta en sus casas, pegadas a las radios en espera de noticias que no llegaban. No logro recordar que tipo de sentimientos nos embargaban en ese momento. Desde luego no eran de temor, miedo o algo similar, a pesar de ser sindicalista en activo con responsabilidades de ámbito provincial en la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato hermano del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el partido mayoritario de la oposición. Más bien de incredulidad, estupor y vergüenza; sí, mucha vergüenza, porque de nuevo España fuera protagonista de una asonada militar a lo siglo XIX. Lo había estudiado en profundidad por aquellas fechas en la universidad y el recuerdo era irremediable. La angustia y la incertidumbre duraron hasta el momento de ver al rey por televisión. Después de verlo nos fuimos a dormir, agotados pero tranquilos. El golpe, o lo que intentara ser, estaba claro que había fracasado. A la mañana siguiente acudimos a nuestro trabajo, no como siempre de ánimo, pero acudimos. A medida que fueron transcurriendo las horas, el intento de golpe de Estado fue tomando el formato de un esperpento valleinclanesco. Ver salir por las ventanas del Congreso, arrojando sus armas al suelo, a numerosos guardias civiles de los que habían participado en el asalto, que se entregaban brazos en alto a las fuerzas de policía que rodeaban el edificio, era un espectáculo en el que uno, como espectador, no sabía muy bien si reír o llorar.

Hace unos años Televisión Española puso en antena por estas mismas fechas una mini serie de ficción de dos capítulos titulada "23-F: El día más difícil del rey", dirigida por Silvia Quer, que batió todos los récords de audiencia del país durante las dos jornadas en que se emitió. Aunque algunos medios la tildaron de oportunista y falta de rigor, a mi, personalmente, me gustó y me emocionó. Y por el número de espectadores que la vieron, parece que también interesó a bastantes españoles. Quiero suponer que sobre todos a los que por aquellos años teníamos ya edad suficiente para darnos cuenta de lo que pudo suponer. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL LEOPARDO, EL LEÓN Y LA LOBA, DE DANTE ALIGHIERI

 







EL LEOPARDO, EL LEÓN Y LA LOBA




Y ahí estaba, no tuve que andar mucho:

un leopardo ligero y todo presto

que de piel tachonada se cubría;

plantado me miraba sin moverse,

y de tal modo me cerraba el paso

que estuve por volverme varias veces.

Era muy pronto, apenas clareaba,

el sol trepaba el cielo con los astros

igual que el día en que el amor divino

movió por vez primera aquellos cuerpos.

Y a pesar del leopardo moteado,

me hicieron concebir buenos augurios

la hora pronta y la estación tan dulce,

mas no al punto que no me amedrentase

la vista repentina de un león.

Parecía venir derecho a mí,

la testa erguida y con rabiosa hambre,

hasta el aire temblaba en apariencia.

Y una loba, que toda la avidez

congregaba en sus carnes consumidas,

devoradora de un montón de gente,

me redujo a un estado lamentable

con solo dirigirle la mirada,

y ya no confié en llegar arriba.

Y como aquel que goza acumulando,

y cuando la fortuna le desprecia,

solloza y se lamenta amargamente,

igual hizo conmigo la insaciable,

que viniendo a mi encuentro poco a poco

me fue empujando donde el sol se calla.

Infierno, I, 31-60



DANTE ALIGHIERI (1265-1321)

poeta florentino














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 24 DE OCTUBRE DE 2025

 




























jueves, 23 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 23 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 23 de octubre de 2025. Ahora que Trump ha impuesto un plan de paz, es crucial volverse hacia la mayoría que presenció la violencia y no hizo nada. En la segunda, un archivo del blog de diciembre de 2016 se hablaba del futuro de la universidad tradicional, y la respuesta que se da a esa pregunta es que no, que la mayoría de universidades del mundo van a desaparecer. El poema del día es de una poetisa argentina, nacida en 1971, que comienza con estos versos: Pude retenerte en el espejo,/te acuno/sin pestañear. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













DE LOS ESPECTADORES DEL GENOCIDIO

 








Ahora que Trump ha impuesto un plan de paz, es crucial volverse hacia la mayoría que presenció la violencia y no hizo nada, señala en El País la escritora Eliane Brum [Espectadores del genocidio, 15/10/2025]. “Cuando perdí la pierna, estaba muy triste. Salí del hospital y me pasaba el día en la tienda. No quería hacer nada, no quería ver a nadie. Y luego, cuando tuve que volver al hospital, me di cuenta por el camino y en el hospital de que ahora la mayoría de la gente de Gaza es como yo. Casi todos han perdido una pierna o un brazo. Así que no pasa nada”. La historia del niño al que la guerra le robó una pierna (y mucho más) la contó la psicóloga de Médicos Sin Fronteras Letícia Furlan en el Museo de las Memorias (In)Posibles, una institución que acoge los relatos de los que no tienen sitio. Era el 11 de octubre, un día después del alto el fuego de Israel en el marco del “acuerdo de paz” impuesto por Donald Trump. Los palestinos han tenido que tragarse un acuerdo que, una vez más, los humilla y los mantiene sin soberanía en su propio país, porque era la única manera de impedir que Israel los siguiera matando hasta que no quedara ni uno. Han tenido que tragárselo por la omisión de muchos países, sobre todo de Europa. Pero ¿y los espectadores del genocidio?

Mucho se ha escrito sobre la complicidad de los “ciudadanos de a pie” de Alemania en el genocidio nazi, y sobre la omisión, año tras año, de los gobiernos y ciudadanos del mundo. Siempre será obsceno que todo ese horror se ignorara durante años. Europa y Estados Unidos no se opusieron a Alemania en la Segunda Guerra Mundial por el exterminio de los judíos, sino por razones geopolíticas y económicas. Pero ahora, en la tercera década del siglo XXI, ¿cómo se explica que los gobiernos no actuaran? Porque los palestinos no necesitaban discursos vacíos mientras los israelíes reducían sus cuerpos a escombros humanos. A diferencia del genocidio nazi, oculto a los ojos de la mayoría en una época sin internet, la destrucción masiva de los palestinos ha sido documentada diariamente en vídeo, audio y texto por las familias de las víctimas, los profesionales de la salud, los periodistas que se han arriesgado a cubrirla —al menos 252 han sido asesinados por las fuerzas israelíes—. Entonces, ¿cómo se explica la omisión de la mayoría de las personas del mundo?

En un manifiesto contundente, un grupo de más de 50 intelectuales, entre ellos Angela Davis, Virginie Despentes y Benjamin Seroussi, pidieron apoyo para las acciones de los activistas de la flotilla que se dirigió a Gaza, cuyo espíritu humanista “rompe el estupor”. En el texto, distinguen entre los asesinos, los muertos y los espectadores: “El espectáculo del genocidio nos aturde, pero la destrucción no es el fin de todo: inaugura nuevas formas de gobernar y, en todas partes, mucho más allá de Gaza, aparecen nuevos sujetos, desvitalizados, aturdidos, paralizados. Nos guste o no, la escena tiene tres actores: los asesinos, los muertos y los espectadores. Nosotros, los espectadores, nos hemos convertido en una población reducida a percibirnos —con vergüenza y rabia— impotentes, atrapados en nuestro punto más débil: nuestra sensibilidad ante lo obsceno, mezclada con el miedo y la fascinación, seguida de una gradual insensibilización al mismo espectáculo”. Para ellos, los espectadores han consentido el genocidio por omisión, al no reaccionar ante el horror y el sufrimiento que estaban viendo en pantalla.

Tantas veces acusadas de montar un espectáculo, las flotillas, por el contrario, denunciaron la conversión del genocidio en espectáculo, rompieron la parálisis, humanizaron la respuesta, pusieron el cuerpo en la lucha por la dignidad. Greta Thunberg fue atacada repetidamente por miembros del Gobierno israelí e insultada en muchos idiomas en internet por incorporar la relación entre colapso climático y genocidio, entre colonialismo y genocidio. Cuando Greta fue puesta en libertad, Trump, el “artífice de la paz”, la llamó “alborotadora” y le aconsejó ir al médico para “controlar la ira”. Pero ¿es Greta el problema? ¿No deberían ser los espectadores, los que día tras día consienten por omisión que niños exploten o mueran de desnutrición, los que causan estupor? ¿Cómo una reacción de solidaridad ante un genocidio se ha convertido en un “problema” que debería tratar un médico?

Aún estamos a tiempo de dejar, colectivamente, de ser espectadores. No habrá paz si Benjamín Netanyahu y los miembros de su Gobierno no rinden cuentas por sus crímenes y acaban su vida en la cárcel. No habrá paz, no solo para Palestina, sino para el mundo, si el genocidio queda impune. El destino de Palestina depende del tamaño de la presión que los ciudadanos ejerzan sobre sus gobernantes, de su solidaridad activa con el pueblo destrozado. Les debemos una respuesta a los 67.000 asesinados, más de 20.000 de ellos niños, cifras asumidamente subestimadas, porque hay miles más bajo los escombros. Estas estadísticas tampoco incluyen a los 461 muertos de hambre, convertida en arma de guerra por Israel. Les debemos una respuesta al niño gazatí que tendrá que vivir sin una pierna entre los escombros de su tierra y a los 21.000 niños a quienes la máquina del horror israelí ha dejado alguna discapacidad. Seguir consintiendo por omisión nos destruirá a todos. Eliane Brum es una periodista, escritora y documentalista brasileña.​ Se formó en la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur en 1988 y ganó más de 40 premios nacionales e internacionales de reportaje.