viernes, 24 de octubre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL LEOPARDO, EL LEÓN Y LA LOBA, DE DANTE ALIGHIERI

 







EL LEOPARDO, EL LEÓN Y LA LOBA




Y ahí estaba, no tuve que andar mucho:

un leopardo ligero y todo presto

que de piel tachonada se cubría;

plantado me miraba sin moverse,

y de tal modo me cerraba el paso

que estuve por volverme varias veces.

Era muy pronto, apenas clareaba,

el sol trepaba el cielo con los astros

igual que el día en que el amor divino

movió por vez primera aquellos cuerpos.

Y a pesar del leopardo moteado,

me hicieron concebir buenos augurios

la hora pronta y la estación tan dulce,

mas no al punto que no me amedrentase

la vista repentina de un león.

Parecía venir derecho a mí,

la testa erguida y con rabiosa hambre,

hasta el aire temblaba en apariencia.

Y una loba, que toda la avidez

congregaba en sus carnes consumidas,

devoradora de un montón de gente,

me redujo a un estado lamentable

con solo dirigirle la mirada,

y ya no confié en llegar arriba.

Y como aquel que goza acumulando,

y cuando la fortuna le desprecia,

solloza y se lamenta amargamente,

igual hizo conmigo la insaciable,

que viniendo a mi encuentro poco a poco

me fue empujando donde el sol se calla.

Infierno, I, 31-60



DANTE ALIGHIERI (1265-1321)

poeta florentino














DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 24 DE OCTUBRE DE 2025

 




























jueves, 23 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 23 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 23 de octubre de 2025. Ahora que Trump ha impuesto un plan de paz, es crucial volverse hacia la mayoría que presenció la violencia y no hizo nada. En la segunda, un archivo del blog de diciembre de 2016 se hablaba del futuro de la universidad tradicional, y la respuesta que se da a esa pregunta es que no, que la mayoría de universidades del mundo van a desaparecer. El poema del día es de una poetisa argentina, nacida en 1971, que comienza con estos versos: Pude retenerte en el espejo,/te acuno/sin pestañear. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













DE LOS ESPECTADORES DEL GENOCIDIO

 








Ahora que Trump ha impuesto un plan de paz, es crucial volverse hacia la mayoría que presenció la violencia y no hizo nada, señala en El País la escritora Eliane Brum [Espectadores del genocidio, 15/10/2025]. “Cuando perdí la pierna, estaba muy triste. Salí del hospital y me pasaba el día en la tienda. No quería hacer nada, no quería ver a nadie. Y luego, cuando tuve que volver al hospital, me di cuenta por el camino y en el hospital de que ahora la mayoría de la gente de Gaza es como yo. Casi todos han perdido una pierna o un brazo. Así que no pasa nada”. La historia del niño al que la guerra le robó una pierna (y mucho más) la contó la psicóloga de Médicos Sin Fronteras Letícia Furlan en el Museo de las Memorias (In)Posibles, una institución que acoge los relatos de los que no tienen sitio. Era el 11 de octubre, un día después del alto el fuego de Israel en el marco del “acuerdo de paz” impuesto por Donald Trump. Los palestinos han tenido que tragarse un acuerdo que, una vez más, los humilla y los mantiene sin soberanía en su propio país, porque era la única manera de impedir que Israel los siguiera matando hasta que no quedara ni uno. Han tenido que tragárselo por la omisión de muchos países, sobre todo de Europa. Pero ¿y los espectadores del genocidio?

Mucho se ha escrito sobre la complicidad de los “ciudadanos de a pie” de Alemania en el genocidio nazi, y sobre la omisión, año tras año, de los gobiernos y ciudadanos del mundo. Siempre será obsceno que todo ese horror se ignorara durante años. Europa y Estados Unidos no se opusieron a Alemania en la Segunda Guerra Mundial por el exterminio de los judíos, sino por razones geopolíticas y económicas. Pero ahora, en la tercera década del siglo XXI, ¿cómo se explica que los gobiernos no actuaran? Porque los palestinos no necesitaban discursos vacíos mientras los israelíes reducían sus cuerpos a escombros humanos. A diferencia del genocidio nazi, oculto a los ojos de la mayoría en una época sin internet, la destrucción masiva de los palestinos ha sido documentada diariamente en vídeo, audio y texto por las familias de las víctimas, los profesionales de la salud, los periodistas que se han arriesgado a cubrirla —al menos 252 han sido asesinados por las fuerzas israelíes—. Entonces, ¿cómo se explica la omisión de la mayoría de las personas del mundo?

En un manifiesto contundente, un grupo de más de 50 intelectuales, entre ellos Angela Davis, Virginie Despentes y Benjamin Seroussi, pidieron apoyo para las acciones de los activistas de la flotilla que se dirigió a Gaza, cuyo espíritu humanista “rompe el estupor”. En el texto, distinguen entre los asesinos, los muertos y los espectadores: “El espectáculo del genocidio nos aturde, pero la destrucción no es el fin de todo: inaugura nuevas formas de gobernar y, en todas partes, mucho más allá de Gaza, aparecen nuevos sujetos, desvitalizados, aturdidos, paralizados. Nos guste o no, la escena tiene tres actores: los asesinos, los muertos y los espectadores. Nosotros, los espectadores, nos hemos convertido en una población reducida a percibirnos —con vergüenza y rabia— impotentes, atrapados en nuestro punto más débil: nuestra sensibilidad ante lo obsceno, mezclada con el miedo y la fascinación, seguida de una gradual insensibilización al mismo espectáculo”. Para ellos, los espectadores han consentido el genocidio por omisión, al no reaccionar ante el horror y el sufrimiento que estaban viendo en pantalla.

Tantas veces acusadas de montar un espectáculo, las flotillas, por el contrario, denunciaron la conversión del genocidio en espectáculo, rompieron la parálisis, humanizaron la respuesta, pusieron el cuerpo en la lucha por la dignidad. Greta Thunberg fue atacada repetidamente por miembros del Gobierno israelí e insultada en muchos idiomas en internet por incorporar la relación entre colapso climático y genocidio, entre colonialismo y genocidio. Cuando Greta fue puesta en libertad, Trump, el “artífice de la paz”, la llamó “alborotadora” y le aconsejó ir al médico para “controlar la ira”. Pero ¿es Greta el problema? ¿No deberían ser los espectadores, los que día tras día consienten por omisión que niños exploten o mueran de desnutrición, los que causan estupor? ¿Cómo una reacción de solidaridad ante un genocidio se ha convertido en un “problema” que debería tratar un médico?

Aún estamos a tiempo de dejar, colectivamente, de ser espectadores. No habrá paz si Benjamín Netanyahu y los miembros de su Gobierno no rinden cuentas por sus crímenes y acaban su vida en la cárcel. No habrá paz, no solo para Palestina, sino para el mundo, si el genocidio queda impune. El destino de Palestina depende del tamaño de la presión que los ciudadanos ejerzan sobre sus gobernantes, de su solidaridad activa con el pueblo destrozado. Les debemos una respuesta a los 67.000 asesinados, más de 20.000 de ellos niños, cifras asumidamente subestimadas, porque hay miles más bajo los escombros. Estas estadísticas tampoco incluyen a los 461 muertos de hambre, convertida en arma de guerra por Israel. Les debemos una respuesta al niño gazatí que tendrá que vivir sin una pierna entre los escombros de su tierra y a los 21.000 niños a quienes la máquina del horror israelí ha dejado alguna discapacidad. Seguir consintiendo por omisión nos destruirá a todos. Eliane Brum es una periodista, escritora y documentalista brasileña.​ Se formó en la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur en 1988 y ganó más de 40 premios nacionales e internacionales de reportaje.





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿TIENE FUTURO LA UNIVERSIDAD TRADICIONAL? PUBLICADO EL 02/12/2016

 






La respuesta que da a esa pregunta David Roberts, fundador de Singularity University, la universidad de Silicon Valley (que tiene sede abierta en la ciudad española de Sevilla) que fue creada en 2009 con el apoyo de la NASA y Google, es que no. La mayoría de universidades del mundo van a desaparecer, dice sin cortarse un pelo en la entrevista que para El País concedió en octubre pasado.

Cuando David Roberts era pequeño, su padre le contó que Thomas Edison había hecho mucho más por la humanidad con el descubrimiento de la bombilla que cualquier político en la historia. Esa idea marcó su camino. 

Roberts considera que el negocio de las universidades tiene los días contados y que solo sobrevivirán aquellas que tengan una gran marca detrás. Singularity University ha roto con el modelo de certificación; no expide títulos ni existen los créditos. Su único objetivo es formar líderes capaces de innovar y atreverse a romper las normas para alcanzar el ambicioso reto que se ha marcado la universidad desde su creación. Sus alumnos están llamados a utilizar la tecnología para resolver los 12 grandes desafíos del planeta: alimentar a toda la población, garantizar el acceso al agua potable, la educación para todos, la energía sostenible o cuidar el Medio Ambiente, entre otros. Todo en menos de 20 años.

Roberts atiende a EL PAÍS en la Oslo Innovation Week, un encuentro organizado por el gobierno noruego estos días para detectar las nuevas tendencias en innovación que están transformando la economía.

Pregunta. En Singularity University (SU) los cursos no están acreditados. Eso quiere decir que están rompiendo con los títulos oficiales. Las universidades y los gobiernos hacen negocio con ello. ¿Cree que están dispuestos a cambiar el modelo?

Respuesta. No, no creo que estén abiertas a transformarse. Estos años estamos viendo la mayor disrupción de la historia en la educación y la mentalidad habitual ante estas transformaciones tan radicales suele ser la de pensar que lo anterior es mejor. Sucedió en el mercado estadounidense cuando llegaron los coches japoneses; eran más baratos y todos pensaban que de peor calidad, hasta que se demostró que eran mejores. Con la educación va a pasar lo mismo; las grandes universidades no quieren ofrecer sus contenidos online porque creen que la experiencia de los alumnos será peor, que no hay nada que pueda igualar el cara a cara con el profesor en el aula. Mientras ignoran la revolución que está sucediendo fuera, la experiencia de aprendizaje online irá mejorando.

Los programas académicos cerrados y la acreditación ya no tienen sentido porque en los cinco años que suele durar los grados los conocimientos se quedan obsoletos. Nosotros no ofrecemos grados ni créditos porque el contenido que enseñamos cambia cada año.

P. ¿Hay alguna plataforma de aprendizaje online que esté destacando sobre las demás?

R. Udacity. En 2011 el profesor de la Universidad de Stanford Sebastian Thrun, el mejor experto en Inteligencia Artificial de los Estados Unidos, se planteó impartir uno de sus cursos en Internet, gratis y para todo el mundo. Casi 160.000 estudiantes de más de 190 países se apuntaron y el porcentaje de alumnos que obtuvo una A (un sobresaliente) fue superior al de las clases presenciales. Thrun dejó Stanford y montó Udacity, donde ha desarrollado una metodología de enseñanza totalmente nueva. Además, ha creado un nuevo modelo de negocio: si terminas el curso a tiempo te devuelven tu dinero y si no consigues un trabajo tres meses después, también. ¿Te imaginas esto en una universidad tradicional? Las únicas universidades que van a sobrevivir son las que tienen una gran marca detrás, como Harvard o Stanford, o en el caso de España las mejores escuelas de negocios. Las marcas dan caché y eso significa algo para el mundo. El resto, van a desaparecer.

P. Uno de los programas que ofrece SU, el Executive Program, cuesta 14.000 dólares (unos 12.800 euros) y tiene una duración de seis días. Ese precio se aleja bastante de uno de sus retos: la educación accesible para todos.

R. La nuestra es una universidad excepcional. No se trata solo de adquirir información o aprender algo muy específico online, como sucede, por ejemplo, con Khan Academy. Nosotros vamos más allá. Ofrecemos una experiencia que cambia tu mentalidad, que transforma a la gente y cuando se marchan no vuelven a ser los mismos. A mí me sucedió. Unos años después del 11-S me puse a disposición del Gobierno y me incorporé como oficial de las fuerzas aéreas. Cuando escuché que querían crear una universidad para resolver los grandes problemas del mundo, tuve claro que participaría. Y lo hice; primero como alumno y después como vicepresidente y director del Global Solutions Program. Allí te das cuenta de que la vida es corta y de que puedes hacer cosas ordinarias o extraordinarias. Cuando estás en clase con otras personas, empiezas a darte cuenta del potencial que tienes, tu visión de ti mismo y de futuro cambia. No llegas a ese punto con el método habitual de recibir información únicamente.

P. ¿Cuál es hoy es principal problema de la educación?

R. La educación se ha roto. Hemos enseñado a la gente de la misma forma durante los últimos 100 años y, como hemos crecido en ese sistema, creemos que es normal, pero es una locura. Enseñamos en las escuelas lo que los colonialistas ingleses querían que aprendiese la gente: matemáticas básicas para poder hacer cálculo, literatura inglesa… Hoy no tiene sentido. Tenemos que enseñar herramientas que ayuden a las personas a tener una vida gratificante, agradable y que les llene. Algunos son afortunados de tener unos padres que les ofrecen eso, pero la mayoría no. Los programas académicos están muy controlados porque los gobiernos quieren un modelo estándar y creen que los exámenes son una buena forma de conseguirlo. Otro de los grandes dramas es la falta de personalización en las aulas. Cuando un profesor habla, para algunos alumnos irá demasiado rápido, para otros muy despacio y para cuatro a la velocidad idónea. Luego les evalúan y su curva de aprendizaje no importa, les aceleran al siguiente curso. Hoy sabemos que si nos adaptamos a los diferentes tipos de inteligencias, el 98% de los alumnos obtendrán el mejor resultado.

P. ¿Qué materias deberían ser imprescindibles?

R. La idea de aprender mucho, solo por si algún día hace falta, es absurda. Quizás deberíamos sustituir la idea de educación por la de aprendizaje y permitir que la gente aprenda en tiempo real, según sus necesidades. El verdadero propósito de la escuela debería ser crear curiosidad, gente hambrienta de aprender, ahí es donde los profesores tienen que ser buenos. Las habilidades emocionales van a jugar un papel muy importante en la nueva economía. Pongo un ejemplo. Los conductores de Uber en Estados Unidos son puntuados por los clientes de uno a cinco. Si alguno de los conductores tiene menos de 4,6 o más de tres opiniones negativas, directamente se le saca de la plataforma. Lo mismo sucede con los usuarios, si tienen menos de 4,6, ningún conductor les recogerá. ¿Quién me enseña hoy a ser honesto, íntegro y a tener compasión?

P. Se ha hablado mucho de que en menos de 50 años los robots terminarán con la mayoría de trabajos. ¿Cómo será el nuevo mercado laboral?

R. Hace 50 años éramos granjeros. Todos estaban preocupados porque las máquinas nos quitarían el trabajo, era la única manera de ganar dinero: tener una granja y vender comida. Hoy las cosas cambian 50 veces más rápido; hace 20 años nadie sabía lo que era un desarrollador web y ahora hay miles, es muy fácil y cualquiera puede hacerlo. Todo el mundo se pregunta en qué trabajo seremos mejores que los ordenadores. En ninguno. Esa no es la pregunta correcta. Hay que plantearse qué tareas no queremos que hagan, aunque lo puedan hacer mejor. No los queremos como militares, ni como alcaldes, tampoco que decidan qué presos pueden abandonar la cárcel. Eso es lo que tenemos que enseñar a la gente a decidir.

P. ¿Cómo podemos estar seguros de que habrá trabajo para todos?

R. La cuestión que me preguntas es si el dinero va a ser más o menor importante en el futuro. Yo solía pensar que la evolución de la tecnología hace que los costes bajen y que la gente pague menos por los mismos servicios. Siguiendo esa predicción, se podría pensar que vamos a trabajar menos porque no necesitaremos tanto dinero y vamos a tener más ocio. Es incorrecto. El ser humano va a seguir creando productos excepcionales, como el iPhone; todo el mundo querrá uno. Tendremos que ser capaces de crear valor para generar dinero y poder comprar esas cosas. La realidad virtual, la impresión 3D, o la salud van a ser algunos de los campos que nos van a sorprender. El mundo seguirá girando alrededor del dinero, que es la energía para hacer cosas o cambiarlas. Esos nuevos inventos te inspirarán a trabajar para poder comprar.

P. La clave del éxito, ¿está en la confianza en uno mismo? ¿Se aprende eso en SU?

R. Como alumno, yo aprendí que una sola persona puede impactar positivamente a todo el planeta. Ese don no está reservado a personas especiales, sino a gente normal, como tú y yo. La gente se convierte en lo que piensa. ¿Qué potencial tiene un bebé? La mayoría de la gente responde que es ilimitado, pero si les preguntas sobre su potencial, no responderán lo mismo. Mi misión ahora es viajar por el mundo bajo la marca de Singularity University para mostrar a los gobiernos, empresas e instituciones que el poder para innovar está ahí, solo tienen que dar el primer paso: cambiar su mentalidad.

P. ¿Cree que los universitarios deben cambiar también su mentalidad?

R. Sí. La aspiración no debe ser que una empresa te contrate. Eso significa que te van a pagar menos de lo que mereces. No tenemos que enseñar cómo conseguir un trabajo, sino cómo crearlo.Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MUSEO DE PÉRDIDAS, DE VALERIA CORREA FIZ

 







MUSEO DE PÉRDIDAS




Pude retenerte en el espejo,


te acuno


sin pestañear.


Muerte (escribo muerte y tiemblo), como un vaso de agua te derramarás


hacia


lo


que


más quiero


mañana.


No puedo impedírtelo, pero alguien dijo que escribir


es una forma de plegaria.




VALERIA CORREA FIZ (1971)

poetisa argentina
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 23 DE OCTUBRE DE 2025

 



























miércoles, 22 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 22 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, de octubre de 2025. El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos, urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de enero de 2020, se hablaba de si la democracias tenía fecha de caducidad, y que, frente al capitalismo estadounidense, capaz de producir riqueza, pero con inequidad, y al modelo chino, la Unión Europea e Iberoamérica debería seguir apostando en serio por un crecimiento con equidad. El poema del día, en la tercera está escrito por un joven poeta español y comienza con estos versos: No tienen que decir:/Mi más sentido pésame./Comparto tu dolor./Siempre es triste perder a quien se quiere. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt




















DE LOS DIENTES DEL ODIO

 






El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa, escribe en El País [Los dientes del odio 19/10/2025] la escritora Irene Vallejo. Decían que el mejor señuelo para atrapar atención es el sexo, comienza diciendo Vallejo. Hoy las redes sociales han demostrado que el odio es mucho más adictivo, más orgiástico, más contagioso, más irresistible. El insulto excita al algoritmo y los nuevos magnates hacen caja con nuestros conflictos. El extremismo calculado vende. La furia está bien financiada. Por eso, la temperatura de los discursos se está calentando aún más deprisa que el clima.

Un buen enemigo es el mejor abono para cultivar identidad. Azuzar el rencor frente al adversario enardece a las propias huestes y robustece la sensación de pertenencia. Merced a una lógica perversa, si divides, multiplicas tu protagonismo. El odio viejísimo —pero muy trabajador— goza de envidiable buena forma. Podría parecer una pasión simple y visceral, pero procede de nuestras heridas más hondas; se gesta en el recuerdo de los desprecios sufridos, de los abandonos y las ilusiones perdidas. La misma etimología habla de dolor: la raíz indoeuropea od está presente en “odio” y en “odontólogo”. Según una hipótesis, odiar sería como un dolor de muelas anímico, pero también podría asociarse al gesto de enseñar ferozmente los dientes.

En la historia universal de la hostilidad y las dentelladas, fue pionero el profeta persa Zaratustra —en griego Zoroastro–, que vivió hace más de dos mil quinientos años. Según la tradición, sus sacerdotes, los magos, visitaron al niño Jesús en el portal: magu era el término que los babilonios daban a los sabios iniciados en el zoroastrismo. Nietzsche lo reintrodujo en el imaginario occidental al convertirlo en portavoz de su propia filosofía. Por lo que sabemos, Zaratustra fue el primero en afirmar que la vida era una batalla extrema entre el bien y el mal, donde nos acecha el archienemigo, llamado Angra Mainyu o Ahrimán, un espíritu destructivo y perverso —que hoy da nombre a villanos de series y videojuegos—. Acusaba a Ahrimán de propagar calumnias y falsedades: era la encarnación de la mentira. Así nació el chivo expiatorio para todo. Desde entonces, cuando concluimos que nuestros adversarios están poseídos por un impulso maligno, ya no hay necesidad de preguntarse por sus razones o sus corazones. La división del mundo entre amigos y enemigos ha hecho que a lo largo de milenios gente perfectamente amable en privado combatiese a otros, los castigase y los sometiera al terror sin conocerlos ni reconocer su humanidad. Por eso, tal vez el único antídoto sea escuchar: puedes elegir ejercitar o el odio o el oído.

Según esta visión del mundo, el estado natural sería el enfrentamiento y, en su lógica, cualquier catástrofe desataría todos los conflictos latentes. Rebecca Solnit dedicó su ensayo Un paraíso en el infierno a reflexionar sobre las reacciones humanas ante cataclismos como terremotos, inundaciones o huracanes: “En muchos desastres nuestra forma de actuar depende de que pensemos que nuestros vecinos y conciudadanos son una amenaza mayor que los estragos provocados por la catástrofe o, por el contrario, un bien mayor que los bienes materiales en las casas y en las tiendas de los alrededores”. Lo que creemos define nuestro comportamiento. Solnit documenta un hecho inquietante: suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente y se plantean la disyuntiva entre devorar o ser devorados. El egoísmo por naturaleza actúa como coartada.

El historiador Rutger Bregman ha estudiado el efecto de la novela El señor de las moscas en el imaginario colectivo. Su autor, William Golding, inventó la trama en 1951. Un grupo de niños supervivientes de un accidente aéreo se descubren solos en una isla desierta, sin adultos. Al principio organizan una democracia y toman todas las decisiones por votación. Eligen como líder a Ralph, un chico atlético, responsable y carismático. Cuando un barco los rescata meses más tarde, tres chavales han sido asesinados y la isla es un páramo humeante. La violencia ha arrasado con el compañerismo. Ralph llora por el fin de la inocencia, por las ilusiones devastadas, por la crueldad que anida en el corazón humano. En la estela de Auschwitz y la Segunda Guerra Mundial, el público estaba predispuesto a aceptar el concepto del mal intrínseco e ineludible. El mismo Golding, excombatiente alcohólico, atormentado y depresivo, conocía el sufrimiento. La novela es una proyección de miedos compartidos.

La aventura relatada en el libro es una ficción: nunca sucedió. Sin embargo, un hecho muy similar ocurrió en 1965. Tras un naufragio, seis chicos entre 13 y 16 años sobrevivieron quince meses en un islote rocoso del Pacífico. Al terminar la odisea, el capitán que los rescató contó que los chicos habían creado una pequeña comuna con un huerto, troncos huecos para almacenar agua de lluvia, un gimnasio con curiosas pesas y gallineros, “todo ello gracias a su trabajo manual, una vieja hoja de cuchillo y mucha determinación”. Mientras los personajes imaginarios de El señor de las moscas batallaban por adueñarse del fuego, los jóvenes de la experiencia vivida se organizaron para mantener la hoguera ardiendo durante más de un año. A veces discutían, pero lo resolvieron sin herirse. Uno de ellos fabricó una guitarra con un trozo de madera flotante, media cáscara de coco y seis alambres de acero rescatados de su barco naufragado, y solía tocar para levantarles el ánimo. Cuando uno de ellos resbaló, cayó por un acantilado y quedó herido, inmovilizaron su pierna con palos y lo cuidaron. En la verdadera historia, los chicos confiaron y colaboraron. Tristemente, el libro de Golding es lectura obligatoria escolar, mientras el episodio auténtico pasó desapercibido. Nos impacta más la realidad de los miedos que la realidad de los hechos. Resulta más persuasivo el cuento de terror, donde cualquier parecido con la solidaridad es pura coincidencia. El odio y la destrucción venden más que la colaboración.

Piensa mal y lo extenderás. La hostilidad, como la confianza, es una dinámica contagiosa. Ciertos líderes políticos refuerzan su poder personal espoleando la cólera: nos regañan como a niños porque no odiamos lo suficiente. Los autoritarismos triunfan cuando acatamos las coordenadas de sus ejes del mal. Fabricar enemigos es uno de los sectores económicos más rentables y con mayor demanda. Las vísceras cotizan en bolsa. El oficio de comentarista furibundo vive un momento dulce. Los magnates de las redes sociales aman nuestras fobias: atizan rencores que nos mantienen absorbidos, crispados y cautivos. Moldean el resentimiento con mensajes que masajean nuestros victimismos y transforman el enfado en capital. Los inversores en el ramo de la furia recogen beneficios. Tu rabia es su riqueza. Las explosiones de enojo, el previsible y sereno crecimiento del negocio. Tu insomnio febril arrulla sus sueños.

El círculo se estrecha, ya no basta recelar del otro. Los algoritmos buscan cebarse en nuestras inseguridades. La publicidad se filtra por las grietas de nuestra autoestima: nos empuja a odiar lo que somos para vendernos soluciones individualistas y perfecciones envasadas, desde la cirugía plástica a la autosuperación. Al final, necesitamos creer en nosotros mismos para creer en los demás. Frente a los accionistas de la ira, podemos fortalecer los vínculos y decidir que confiamos en nuestros vecinos. Urge usar las palabras no como arma, sino como argamasa: cultivar el debate frente al combate. No podemos permitirnos tener más odios que ideas. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).