miércoles, 8 de octubre de 2025

DEL ARCHIVO DEL BLOG. UNCIDOS, PODEMOS. PUBLICADO EL 08/09/2017

 







Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados señalaba hace unos días, refiriéndose a la consigna dominante en cierta izquierda de reescribir el pasado, deteniéndose en un punto determinado del recorrido en busca de culpables de los males de hoy y encerrándose en el marco de los buenos frente a los malos, que caminamos con paso firme hacia el pasado. 

La consigna dominante en determinados sectores de la izquierda, comenzaba diciendo, parece ser esta: regresemos al punto en el que todavía no existían los males que hoy nos azotan. No es por casualidad que en el lenguaje parlamentario los verbos más utilizados desde hace ya un tiempo entre nosotros sean “revertir” y “derogar”. Al principio parecía que hacían referencia únicamente a las nefastas políticas del Partido Popular y no nos llamaba la atención tanto uso, pero nos hemos ido adentrando en lo pretérito con desenvuelta determinación y ya se ha empezado a ampliar el espectro de las actuaciones que también se nos insta a deshacer. Bien pronto ha alcanzado la querencia a alguna de las llevadas a cabo por José Luis Rodríguez Zapatero (artículo 135 de la Constitución aparte, ha habido quien ha puesto en la picota su entera reforma laboral). Es de suponer que, a este ritmo, transitaremos rápidamente por lo llevado a cabo por Aznar y resulta altamente probable que la gestión de Felipe González sea despachada en un plis-plas (a fin de cuentas es para algunos —últimamente, incluso desde sus propias filas— el epítome de las puertas giratorias). De ahí a situarnos en el escenario del inicio de la Transición, como algunos desean, solo quedará un suspiro.

¿De qué depende detenerse en uno u otro punto del recorrido? De la posición política de cada cual. Se diría que, en el seno de la izquierda, las diferencias entre sus diferentes sectores la marca el punto del pasado en el que se detendrían (y por cierto que esto mismo rige para esa específica variante de la izquierda que últimamente ha virado en Cataluña hacia el independentismo: en su caso el retroceso alcanzaría hasta 1714). O, lo que viene a ser lo mismo, su especificidad pasa por el lugar en el que cada uno coloca el origen de todos nuestros males. Benjaminianos sin saberlo, se ven empujados hacia delante, como el ángel de la historia de Paul Klee, por el transcurrir de los acontecimientos, pero con el rostro vuelto hacia el pasado, incapaces de mirar de frente lo que se les avecina.

Esta actitud contiene una profunda contradicción. Los buenos tiempos siempre quedan atrás pero, por otro lado, quienes se reclaman de ellos se declaran, en el mismo gesto, inaugurales. Se empeñan en reescribir el pasado —dicen que para no repetir sus errores—. Pero el propósito en cuanto tal constituye una declaración de impotencia. Entre otras razones porque quien viaja imaginariamente al pasado en cuestión lleva a cuestas su presente. El ventajismo de criticar desde hoy las posiciones que los adversarios antaño mantenían para, a renglón seguido, certificar el rosario de presuntos renuncios y contradicciones en que estos últimos habrían incurrido tiene un fácil antídoto: el de preguntarse qué pensaban y qué defendían los predecesores de los mencionados hipercríticos en aquel mismo momento. Quizá, de aplicar el antídoto, nos encontraríamos con que también aquellos incurrieron en lo que sus herederos ahora tanto critican (la aceptación de la monarquía o la actitud hacia la amnistía podrían ser ejemplos ilustrativos).

Pero la falacia tiene doble fondo y por debajo de este primer nivel, en última instancia casi metodológico, subyace otro de mayor importancia. Porque este imaginario viaje al pasado, además de revelar una impotencia política, es en sí mismo imposible. A dicho lugar no se puede regresar porque ya no existe. Pretenderlo es hacer como si nada hubiera sucedido entretanto, como si el tiempo transcurrido desde entonces no hubiera alterado en modo alguno la realidad. Pero es a la realidad actualmente existente a la que hay que dar respuesta, la que, en lo que proceda, urge modificar. Todos esos ejercicios de intensa melancolía política (de la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue) a los que venimos asistiendo de un tiempo a esta parte, toda esa dulzona autocomplacencia ante el heroico espectáculo de las ocasiones perdidas al que se dedican de manera sistemática quienes no las vivieron, deja sin pensar precisamente aquello que más debería importarnos, que es la solución de los problemas que hoy tenemos planteados.

Reivindicar, pongamos por caso, la socialdemocracia sueca de los sesenta cuando no solo no somos suecos sino que nos separa de aquella década medio siglo únicamente puede ser considerado, en el mejor de los casos, un mero flatus vocis. Si se quiere reivindicar un modelo de semejante tipo no basta con utilizar como argumento mayor frente a los escépticos el tan contundente como romo de que tal cosa fue posible y extraer luego, como mecánica y simplista conclusión, que podría volver a darse. Se impone, en primer lugar, dar cuenta de los motivos por los que se torció el proyecto, qué hizo que fuera degradándose hasta quedar muy lejos de su diseño originario. Y, a continuación, mostrar lo que hoy, en nuestras actuales condiciones, resulta viable.

Pero proceder así probablemente desactivaría en gran medida la eficacia de un discurso más cargado de emociones que de razones. Se diría que algunos rehúyen la posibilidad misma de encontrarse con la evidencia de que tal vez buena parte de las respuestas ofrecidas en el momento en el que, según ellos, las cosas tomaron la senda errónea eran las adecuadas, o las menos malas, o acaso las únicas posibles. Pero aceptar eso dejaría sin referente su indignación, que no tendría a quien dirigirse. Necesitan pensar (contraviniendo a Platón, dicho sea de paso) que aquello no solo se hizo mal, sino que se hizo mal a sabiendas. Corolario ineludible a partir de semejantes premisas: quienes actuaron de tal modo, no solo son responsables de lo sucedido sino que, sobre todo, son culpables de cuanto ahora nos pasa.

El cuadro (¿o quizá deberíamos mejor decir el marco, el famoso frame?) queda de esta manera cerrado. Ellos frente a nosotros, los de arriba frente a los de abajo: los buenos frente a los malos, en definitiva. Pero los dualismos los carga el diablo, y del maniqueísmo al cainismo apenas hay un paso, que en el calor de la polémica no cuesta apenas nada dar. Hace no mucho, en el transcurso de un agitado pleno en el Congreso, un diputado de izquierdas le espetaba a la bancada del Partido Popular estas sonoras palabras: “España es un gran país, pero sería mejor sin ustedes”. Excuso decir el entusiasmo con el que fueron acogidas por parte de los correligionarios del diputado en cuestión. Sin embargo, he de confesar que a mí no me sonaron tan bien. Quizá fuera porque la memoria, siempre tan traviesa, decidió gastarme una mala pasada y trajo a mi cabeza dos versos de una canción que interpretaba un cantautor, de izquierdas por cierto, en los albores de la tan denostada Transición. Decían así los versos: “aquí cabemos todos/ o no cabe ni Dios”.












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, RESPLANDECIENTE OSCURIDAD, DE JAVIER ALMUZARA

 







RESPLANDECIENTE OSCURIDAD




No hay nada que no sea luminoso,

incluso la ceguera y el vacío

que oscuramente abolen el desorden.

Los fantasmas del sueño nos devuelven

la fe en una vigilia inconsistente,

y la paz del olvido augura a todos

un descanso final sin sobresaltos.

Con su sirena urgente, herida y duelo

no dejan que la vida se nos vaya

sin sentir. A la exánime pereza

nunca le falta tiempo para nada.

La ociosidad inclina a la belleza,

y la ausencia de dios es clamorosa

caja de resonancia para el rezo.

A la sed de los cuerpos le debemos

el amor, ese imán de soledades.

La envidia no consiente que los méritos

se queden al albur de ser premiados.

Para el odio no hay nadie indiferente

y el miedo es nuestro ángel de la guarda.

Lo oscuro solo oculta su virtud

a unos ojos cansados de buscarla.

También tiene su brillo esa pobreza:

la opacidad es don de la ignorancia,

y la noche, el misterio de la luz.




JAVIER ALMUZARA (1969)

poeta español























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 8 DE OCTUBRE DE 2025

 



























martes, 7 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 7 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 7 de octubre de 2025. Para el psiquiatra lo inconsciente es insondable y oscuro pero subyace un orden: los arquetipos, cuya huella artística más profunda se encuentra en el cine, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Juan Arnau. La segunda es un archivo del blog de abril de 2016 en el que HArendt comentaba que la corrupción política era, más que un goteo, un chorro abierto sin control, pero que el caso es era que él sí creía que la inmensa mayoría de los políticos españoles eran honrados. El poema del día, en la tercera, se titula Galatea, es de la poetisa española Amalia Bautista, y comienza con estos versos: No sabías qué hacer aquella tarde./Tú estabas enfadado y no querías/salir. Me fui al parque del Oeste/y estuve paseando mucho rato. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE CARL JUNG Y LA PSICOLOGÍA

 






Para el psiquiatra lo inconsciente es insondable y oscuro pero subyace un orden: los arquetipos, cuya huella artística más profunda se encuentra en el cine, escribe en El País [Jung: lo que compartimos y no sabemos qué es, 04/10/2025] el filósofo Juan Arnau. La literatura es la herramienta más eficaz para entender la mente, comienza diciendo Arnau. Poetas, novelistas y mitógrafos son los que mejor han entendido las inclinaciones que desencadenan el deseo, la idea fija, las ambiciones y obsesiones que acechan la psique. La mente no está hecha de neuronas, está hecha de sueños, imaginación y poesía (a veces oscura). Esta premisa narrativa hizo que la psiquiatría dinámica de finales del XIX se centrara en las historias clínicas para entender los entresijos de la demencia. Un tiempo en que los médicos escuchaban a sus pacientes y no se limitaban a recetar fármacos. El relato como agente de sanación. El laboratorio no puede entender la psique, mientras que Cicerón o Kafka sí pueden hacerlo. “Quien quiera conocer el alma humana llegará desgraciadamente a saber muy poco de ella por boca de la psicología experimental”, escribe Jung. Y recomienda renunciar a la ciencia exacta, a la bata del laboratorio, y, al modo de un Dostoievski, vagabundear por el mundo observando pasiones, delirios y extravagancias de la humana fantasía, “por los terrores de las prisiones, los manicomios y los hospitales, por las turbias tabernas arrabaleras, los burdeles y casas de juego, por los salones elegantes, las bolsas, los mítines socialistas, las iglesias y las sectas fanáticas, viviendo en carne propia amores, odios y todas las formas de la pasión.”

Kant consideraba que la psicología jamás podría ser una ciencia, pues era incapaz de sustentarse en las matemáticas. Tampoco podía ser una disciplina experimental, dada la dificultad de observarse a uno mismo. El flujo temporal de la experiencia interior carece de la estabilidad mínima para una observación eficaz. Kant expresa como ningún otro ese rechazo tan ilustrado a la introspección “jugar a espiarse a uno mismo es invertir el orden natural de los poderes cognitivos. El deseo de investigarse a uno mismo o es ya una enfermedad de la mente (hipocondría) o es una forma de contraerla y terminar en un manicomio”. La observación de otras mentes está igualmente plagada de dificultades. Para Kant, la psicología sólo puede aspirar a ser una descripción el alma (un relato) en contraposición a la ciencia. Desgraciadamente, los primeros psicólogos quisieron desmentir a Kant y, llevados por el deseo arrebatador de ser “ciencia”, optaron por matematizar la mente. La consecuencia ha sido devastadora. Hoy en los programas de las facultades de psicología no se estudian los sueños, la imaginación, los mitos o la poesía, se limitan a hacer encuestas.

En El resplandor de Stanley Kubrick, Jack Torrance es poseído por contenidos inconscientes y el Hotel Overlook funciona como espacio simbólico que activa su sombra y su locura

Hay algo que compartimos los seres humanos y no sabemos qué es. Esa fue la gran intuición de Jung, que permea la cultura contemporánea desde que en 1916 publicara “La estructura del inconsciente”. La idea, como todas las ideas, no era nueva, la había formulado in extenso Carl Gustav Carus, médico y pintor del romanticismo alemán, y el joven Edvard von Hartmann, pero Jung logró ponerla sobre el tapete de la Europa intelectual de entreguerras y, desde entonces, ha dado mucho juego en el arte, la literatura, el cine, la clínica y la filosofía.

Lo inconsciente es insondable y oscuro, pero subyace un orden: los arquetipos. Una herencia platónica que ofrece un marco simbólico para entender las motivaciones ocultas. A diferencia del inconsciente personal de Freud, Jung sostiene que dicho ámbito más allá de la conciencia contiene patrones universales de experiencia que se expresan en mitos, sueños, religiones y narraciones. Toda una mina para los guionistas. Arquetipos como el Héroe, la Sombra, el Sabio, la Madre, el Trickster y el Anima/Animus son formas simbólicas que estructuran la experiencia en todas las culturas. Un descubrimiento que no sólo ha influido en la psicoterapia y la psicología compleja clínica, sino también en la teoría literaria, la mitología comparada, los guiones cinematográficos, el diseño de videojuegos y la publicidad.

Jung tuvo una visión amplia e integradora de la psique. Aunque se formó como psiquiatra, su interés por lo simbólico, numinoso y trascendente lo llevó a estudiar religiones comparadas, alquimia y astrología. Esa actitud enciclopédica es su gran valor. Reconoció en el budismo, el hinduismo y el taoísmo modelos útiles para entender la mente que la psicología occidental había ignorado. Lector del I Ching, los Yogasūtra y el Libro tibetano de los muertos, combinó sus análisis con textos alquímicos que abordan las metamorfosis del alma, abriendo la puerta a una psicología donde lo sagrado es una dimensión interior de la psique y no algo religioso. Una visión secular que permite reinterpretar los símbolos religiosos no desde el dogma ortodoxo, sino como imágenes vivas del alma.

El arte como alquimia mental y manifestación de lo inconsciente. La obra de Jung ha dejado una huella reconocible en pintores visionarios como Max Ernst, expresionistas abstractos como Mark Rothko (el lienzo como revelación interna), surrealistas como Leonora Carrington o Remedios Varo (lo esotérico femenino), y artistas chamánicos como Joseph Beuys, que conciben el arte como sanación y ritual. También advertimos su influencia en novelistas como Doris Lessing y Philip K. Dick, en Hermann Hesse (que fue amigo suyo) y en las obras formalmente revolucionarias de James Joyce (Ulises, Finnegans Wake). Pero donde ha dejado una huella más profunda es en el cine. En El resplandor de Stanley Kubrick, Jack Torrance es poseído por contenidos inconscientes y el Hotel Overlook funciona como espacio simbólico que activa su sombra y su locura. Ingmar Bergman explora en Persona la disolución de las fronteras del yo, la fusión de las identidades de las protagonistas refleja el arquetipo de la sombra y el proceso de individuación. La máscara social de la “persona” se desmorona y revela los conflictos inconscientes de la psique. Algo parecido hace Christopher Nolan en Inception y Memento, o Aronofsky en Pi, Black Swan o The Fountain. La confrontación con la sombra, la disolución del ego y la búsqueda de una totalidad interior se han convertido en temas recurrentes de los guionistas. Los protagonistas atraviesan crisis que los enfrentan a fuerzas arquetípicas (el sabio, el héroe, la madre o el ánima), traduciendo al lenguaje fílmico símbolos del inconsciente colectivo. No sorprende que el cine sea hoy un ritual laico para la exploración del alma. Juan Arnau es filósofo, ensayista y colaborador de EL PAÍS. Su último libro se titula ‘La meditación soleada’ (Galaxia Gutenberg, 2024).












DEL ARCHIVO DEL BLOG. CORRUPCIÓN: ¿A QUIÉN CREER YA? PUBLICADO EL 10/04/2016

 








Esto más que un goteo es ya un chorro abierto sin control y una alcantarilla que revienta porque no da más de sí: solo en el día de hoy un exvicepresidente de la comunidad autónoma de Madrid y exsecretario general de su partido en esa comunidad, el presidente de la diputación provincial de León, un grupo de alcaldes en ejercicio y hasta una cincuentena de empresarios repartidos por toda España, detenidos por presunta corrupción... Es para no creer en nada ni nadie, pero el caso es que yo sí creo que la inmensa mayoría de los políticos españoles son honrados, pero también creo, como dice el aforismo romano, que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. ¿Entonces, qué hacer? 

No soy dado a las grandes admiraciones. Por cumplir con mi personal ley de igualdad de género cito entre esas grandes admiraciones a dos mujeres, Hannah Arendt, teórica política estadounidense de origen judeo-alemán y a Simone Weil, filósofa francesa de origen judío, y a dos hombres, Emilio Lledó, filósofo y filólogo español y a Hans Küng, teólogo católico suizo. Por los cuatro siento una profunda admiración y respeto, tanto por la importancia de su obra intelectual como por el ejemplo de sus vidas. Y uno de ellos fue profesor mío en la Facultad de Geografía e Historia de la UNED; sólo por el privilegio de haberle conocido y tenido como profesor merecieron la pena todos los años de estudio.

Pero hoy sólo quiero traer a colación a Hans Küng, teólogo católico de renombre universal, consultor especial del Concilio Vaticano II por decisión expresa del papa Juan XXIII, y apartado fulminantemente de su cátedra de Teología en la Universidad alemana de Tubinga por el papa Juan Pablo II por oponerse públicamente al dogma de la infalibilidad pontificia.

No soy creyente. No lo era ya cuando leí durante unas vacaciones en Mallorca hace al menos cuarenta años la primera de sus grandes obras teológicas: "Ser cristiano". Seguí sin serlo después de leer con sincera admiración al menos una docena sus títulos posteriores. Y al día de hoy sigo ateo-no beligerante, a Dios gracias, diría yo. Pero no, desde luego, por culpa suya, porque reconozco que pocos libros existen con la profunda religiosidad y el rigor teológico de los escritos por Hans Küng. A sus casi 90 años, sigue empeñado en la elaboración de una ética de validez universal y del diálogo sin condiciones entre todas las iglesias. Y yo, sigo esperando con ilusión la publicación en español de la tercera parte de sus memorias. 

Hace unos años el diario El País publicó un interesantísimo artículo suyo, hoy más que nunca de plena actualidad, titulado "¿Está justificada la mentira en política?" por el que desfilan George W. Bush, Henry Kissinger, Richelieu, Metternich, Bismarck, Theodore Roosevelt, Maquiavelo, Thomas Jefferson, Martín Lutero, Helmut Schmidt, Jimmy Carter, Bill Clinton y Monica Lewinsky..., entre otros. Hoy, oyendo justificarse ante sus electores a la presidenta del partido popular de Madrid y expresidenta de dicha comunidad autónoma, expresidenta del Senado y exministra, Esperanza Aguirre, y soplar plumas hacia arriba a la secretaria general del partido popular español, Dolores de Cospedal, o mirar hacia otro lado como si la cosa no fuera con él y con todos nosotros al presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, creo que merece la pena releer lo que en su día dijera un teólogo tan solvente como Hans Küng sobre la mentira y la política. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, GALATEA, DE AMALIA BAUTISTA







GALATEA




No sabías qué hacer aquella tarde.

Tú estabas enfadado y no querías

salir. Me fui al parque del Oeste

y estuve paseando mucho rato

sin encontrar un alma. En el invierno

casi nadie pasea por los parques.

No pensé nada. Me senté en un banco

y encendí un cigarrillo. De repente

un hombre joven se sentó a mi lado.

Le miré y vi que había un solo ojo

en mitad de su frente, un ojo oscuro,

tristísimo y brillante. Me miraba

como pidiendo ayuda, suplicando.

Ninguno de los dos dijimos nada.

Él miraba mis ojos y yo el suyo.

En silencio empezó a llorar despacio,

se avergonzó y se fue. Yo no hice nada

por detenerle. Tú no creíste

ni una palabra de esta historia, pero

yo me lleno de angustia y de tristeza,

aunque quiera evitarlo, si recuerdo

al cíclope del Parque del Oeste.




AMALIA BAUTISTA (1962)

poetisa española

 











DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 7 DE OCTUBRE DE 2025

 































lunes, 6 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 6 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 6 de octubre de 2025. En su libro El fin del mundo común: contra la tiranía de la verdad, Máriam Martínez-Bascuñán aplica el pensamiento de Hannah Arendt para explicar cómo en la última década se ha desmantelado el debate público; lo cuenta el escritor Andrés Barba en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de diciembre de 2009, HArendt hablaba de Economía, y contaba que nunca se le habían dado bien los "números", y que lo poco que entendía de Economía lo había aprendido a finales de los años 70, cuando cursaba la Licenciatura de Derecho en la UNED y tuvo que lidiar con una de las asignaturas de la misma que llevaba el nombre de Economía Política, que aprobó a la primera con un Notable que le supo a gloria celestial, y que, encima, le gustó, sobre todo gracias a un libro: el Curso de Economía Moderna de Paul A. Samuelson. El poema del día en la tercera se titula Geografía de la ventura, es del poeta español Miguel Sánchez-Ostiz, y comienza con estos versos: La tarea de buscar en el aire un país,/de verdad propio, una nueva geografía,/del lado donde Axular escribiera su Gero,/en otra lengua además. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DE HANNAH ARENDT









En su libro El fin del mundo común: contra la tiranía de la verdad, Máriam Martínez-Bascuñán aplica el pensamiento de Hannah Arendt para explicar cómo en la última década se ha desmantelado el debate público. Lo dice el escritor Andrés Barba en El País [‘El fin del mundo común’: contra la tiranía de la verdad, 03/10/2025]. En la cronología de la posverdad suele repetirse como episodio inaugural la célebre rueda de prensa del 22 de enero de 2017. Kellyanne Conway, portavoz del presidente Trump —acorralada frente a una mentira flagrante— contestó que ella no mentía, sino que ofrecía “hechos alternativos” (alternative facts). No se trataba de un lapsus linguae. Unas horas antes, cuando en la ceremonia de toma de posesión se había puesto a llover, el propio Trump había replicado con sencillez: “No llueve”. El hombre más poderoso del mundo decía que no llovía bajo la lluvia y miles de personas que se habían cobijado bajo los paraguas empezaron a cerrarlos, lo que reveló una lealtad que ya no provenía de la convicción, sino de algo más siniestro: la rendición. Nacía la era de la posverdad. Máriam Martínez-Bascuñán explica cómo en menos de una década ese mundo que entonces nos pareció delirante se ha vuelto familiar. “Ya no pensamos; nos alineamos. No argumentamos; compartimos. No dudamos; confirmamos. Mentir de manera indiscriminada ya no tiene como objetivo hacer que las personas crean en una mentira específica, sino hacer que nadie crea nada en absoluto”. La disputa sobre la verdad se ha convertido en una batalla simbólica y emocional, y “en esa colisión entre un pueblo que ya no cree y unas élites que ya no escuchan, la verdad misma se ha vuelto irrelevante”. En cierto modo este ensayo se parece a la estrategia de aquel cartel que tenía Billy Wilder en su despacho y que dicen que miraba cuando se bloqueaba ante alguna decisión: “¿Cómo lo haría Lubitsch?”. Para restaurar esa “textura de la realidad”, Martínez-Bascuñán repasa buena parte de los episodios de esta última década; desde el ascenso de los populismos europeos, pasando por el Brexit, la guerra de Ucrania, el “feudalismo” de los tecno bro o la decadencia de la prensa, aplicando de igual modo el pensamiento de la gran teórica alemana. ¿Qué diría Hannah Arendt? Pero aquí tiene más interés la primera parte del ensayo, casi meramente teórica, que la segunda, más periodística y acorde con la trayectoria profesional de la autora. Las ideas importantes, como casi siempre, más que soluciones mágicas, ofrecen estrategias para reconducir un diálogo mal planteado cuyo problema esencial ha sido establecer como opuestos los conceptos de “verdad” y “opinión”. Esa antinomia, en absoluto casual, procede también de una herida histórica relatada por Arendt: la de Platón cuando se aleja del ágora tras la muerte y juicio de Sócrates y funda la Academia para imponer una verdad única que le proteja de los vaivenes de la doxa (opinión). Ese deseo de una “tiranía de la verdad” a manos de los filósofos hace que la política pierda su propia esencia, su vocación de pluralidad, su fe de que se puede hacer lo justo en el seno del desacuerdo. La posverdad, no es por tanto (solo) un problema de desinformación subsanable a través del fact checking o de la restauración de la figura del “experto”, sino un desmantelamiento del espacio público que impide el debate y, con él, el consenso. Lo que es necesario restaurar no es tanto “la verdad” como un espacio en el que sea posible emitir juicios, es decir, pensar, hacer política. A partir de ahí se van abriendo paso todos los conceptos importantes de ­Arendt: la responsabilidad, el pensamiento ampliado, la banalidad del mal… Martínez-Bascuñán, gracias al genio de Arendt, nos ha regalado una pequeña brújula para orientarnos en la penumbra de la posverdad. La solución, lo sabe bien la autora, no pasa por una respuesta simplista, sino por tomarse el trabajo de formular bien la pregunta. Andrés Barba Muñiz es un novelista, ensayista, traductor, guionista y fotógrafo español.