jueves, 13 de febrero de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG] Presente y futuro de la desigualdad. Publicado el 06/09/2017











Si en mi A vuelapluma de ayer martes el profesor Gil Calvo expresaba que la causa determinante en última instancia de la violencia era siempre la insuperable fractura derivada de la desigualdad estructural que separa a hombres y mujeres, a blancos y negros y a occidentales y musulmanes,  subo hoy al blog la experta opinión de Alfonso Novales, profesor de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, quien analiza el presente y el futuro de la desigualdad global reseñando en Revista de Libros la reciente obra de Branko Milanović, economista serbio-estadounidense, profesor de la City University of New York, y especialista en desigualdad económica y economía de la pobreza, titulada Global Inequality. A New Approach for the Age of Globalization (Harvard University Press, Cambridge, 2016).
Los setecientos expertos mundiales que participaron en la elaboración del informe Global Risks 2014 durante el Foro Económico Mundial celebrado en Davos (Suiza), comienza diciendo, designaron la desigualdad en los ingresos como el asunto que mayor impacto podría tener sobre la economía mundial en la próxima década, por delante de los eventos climáticos extremos, el alto desempleo, las crisis fiscales y los riesgos geopolíticos. Más recientemente, el mismo Foro de Davos incluyó la desigualdad global entre los ocho temas clave sometidos a discusión en 2016. Cuando parece vislumbrarse la salida de la profunda crisis económica y financiera vivida en el mundo desarrollado, pocas preocupaciones son tan visibles como los actuales niveles de desigualdad, que alcanzan en muchos países valores no conocidos desde finales de la Primera Guerra Mundial, en un proceso de elevación que se inició a comienzos de siglo y que se vio acentuado por la incidencia de la crisis económica.
Paradójicamente, se escuchan, asimismo, con cierta frecuencia, incluso en círculos académicos, opiniones respecto a que el verdadero problema es la pobreza, y que es la carencia de bienes materiales lo que debe preocuparnos. Consecuentemente, la política económica debería ocuparse de generar crecimiento, el cual reducirá o incluso eliminará la pobreza y corregirá significativamente los actuales niveles de desigualdad. Afirmaciones de este tipo pueden deberse a una cierta pereza intelectual en distinguir ambos conceptos, pobreza y desigualdad, que con frecuencia aparecen mezclados en el debate.
Con frecuencia, pobreza y desigualdad aparecerán juntas, y una elevada desigualdad implicará que una parte significativa de la población sufre carencias materiales; pero también puede imaginarse una sociedad rica en la que existe alta desigualdad, pero apenas carencia de bienes materiales. Es todavía más sencillo imaginar un país en África subsahariana, por ejemplo, con una reducida desigualdad, pero una carencia material extendida a la mayoría de la población. Por tanto, pobreza y desigualdad pueden manifestarse, asimismo, por separado. A diferencia de la pobreza, la desigualdad es un concepto relativo, basado en comparaciones entre personas. Mientras que la lucha contra la pobreza persigue que todas las personas tengan satisfechas sus necesidades materiales básicas, lo cual puede analizarse individuo a individuo, la lucha contra la desigualdad busca que las condiciones en que vive cada persona no sean injustificadamente inferiores a las que disfrutan las personas de su entorno.
La distinción entre desigualdad y pobreza no es una cuestión menor, pues hay varias razones para preocuparse directamente por reducir la incidencia de la desigualdad:
a) Richard Wilkinson y Kate Pickett aportan abundante y variada evidencia empírica, sugiriendo que el nivel de desigualdad en la distribución de la renta pudiera ser un determinante adicional de la incidencia de problemas sociales y sanitarios en economías desarrolladas. Examinando datos procedentes de un conjunto de economías desarrolladas, así como de los diversos Estados dentro de Estados Unidos, obtienen sistemáticamente una relación entre el nivel de desigualdad en la distribución de la renta y la incidencia de un amplio número de problemas sociales o médicos: mortalidad prematura, tasas de homicidios, nivel de emisiones CO2, tasas de encarcelamiento, abandono escolar, embarazos en adolescentes, resultados escolares, confianza en los demás, obesidad, movilidad social, enfermedades mentales, uso de drogas, esperanza de vida, mortalidad infantil, deteriorándose todos los indicadores considerados de estos conceptos al aumentar el nivel de desigualdad en la distribución de la renta.
b) Algunos elementos cruciales en las relaciones entre crecimiento económico, desigualdad y pobreza sugieren cuestiones importantes. En primer lugar, parece claro que el mejor instrumento para luchar contra la pobreza es el crecimiento económico. En segundo lugar, existe clara evidencia empírica acerca de que un mayor nivel de desigualdad en un país es un obstáculo para el crecimiento económico. En tercero, la capacidad del crecimiento económico para reducir la pobreza está inversamente relacionada con el nivel de desigualdad de un país. Por eso puede decirse que la reducción de la desigualdad entraña un «doble dividendo» en la lucha contra la pobreza, puesto que no sólo estimula el crecimiento, sino que aumenta su efecto reductor de la pobreza.
c) Razones éticas: quienes hemos tenido la suerte de nacer en el mundo desarrollado no podemos sino interesarnos por quienes no han tenido igual suerte y disponen de una renta muy inferior a la nuestra o unas oportunidades de desarrollo personal y profesional mucho más limitadas que las que nosotros disfrutamos.
Los dos primeros argumentos consideran las nocivas consecuencias del nivel de desigualdad dentro de un país, mientras que los argumentos de tipo ético contemplan la desigualdad global entre todos los ciudadanos del mundo. La desigualdad interna a un país ha sido tradicionalmente el objeto de estudio, pero, en los últimos años, el análisis de la desigualdad global ha cobrado una importancia mucho mayor. Una de las razones es puramente técnica: sólo recientemente hemos comenzado a disponer de encuestas realizadas a hogares en una mayoría suficiente de países y con una metodología común, lo cual permite establecer comparaciones de renta per cápita entre países y cuantificar los niveles de desigualdad entre todos los ciudadanos del mundo. Antes de disponer de este tipo de encuestas, los análisis de desigualdad previos a los años ochenta se basaban en desagregar la renta nacional imponiendo algún supuesto sobre la forma de su distribución de renta. Evidentemente, tal supuesto condiciona decisivamente las estimaciones resultantes. Existen también análisis históricos de desigualdad muy interesantes por la antigüedad de las épocas a que se refieren, pero que exigen un cierto esfuerzo de interpretación, pues la escasez de datos obliga a utilizar indicadores indirectos de desigualdad, como pueda ser la estatura de la población.
Una segunda razón que explica la mayor relevancia actual del debate sobre desigualdad global se debe a que el proceso de globalización de la información que estamos viviendo constituye una auténtica revolución que está alterando drásticamente muchas de nuestras concepciones. Parece razonable pensar que el bienestar que siente una persona depende de sus posibilidades de desarrollo en términos relativos respecto de su entorno. En el actual mundo globalizado, donde prácticamente todas las personas conocen las condiciones de vida de los demás ciudadanos del mundo, la evaluación de su propio bienestar no es la misma que cuando sólo se conocían las condiciones de vida de entornos próximos. En tal contexto, la preocupación por conseguir unas condiciones dignas de vida debe extenderse a todas las personas, no importa cuál sea su país de residencia. De ahí la preocupación por la desigualdad global, la que existe cuando comparamos a todos los ciudadanos del mundo de acuerdo con conceptos como renta, riqueza, bienestar, consumo o nivel de educación.
La desigualdad global, la que afecta a los distintos habitantes del planeta, se nutre de dos elementos: la desigualdad entre las rentas per cápita de los diferentes países, y la desigualdad interna a cada país. La desigualdad entre países estará lógicamente relacionada con la disparidad de tasas de crecimiento económico de los distintos países, y se reducirá si se produce un proceso de convergencia en renta, es decir, si las economías pobres crecen más rápidamente que las economías ricas, de manera sostenida. La desigualdad interna a un país estará condicionada por el mecanismo distributivo vigente, el cual a su vez dependerá de varios factores, que van desde la naturaleza del crecimiento económico hasta la calidad de las instituciones formales e informales, políticas y económicas. Como ya he mencionado, la desigualdad interna en un país suscita importantes dificultades, por lo que merecería ser considerada como un objetivo político.
Las dos secciones siguientes del artículo examinan algunos aspectos relativos al modo en que ambos tipos de desigualdad −la desigualdad entre países y la desigualdad interna a los países− inciden sobre la desigualdad global. Posteriormente, me referiré a la evolución reciente y el futuro previsible de la desigualdad global, con especial atención a Estados Unidos y China, y finalizaré con referencias a las consecuencias del declive que está produciéndose en la clase media de los países ricos.
En su libro Global Inequality, Branko Milanović denomina «prima de ciudadanía» a la diferencia en la renta per cápita de un país respecto del promedio global o a la diferencia entre la renta per cápita de dos países, en el caso de que se establezcan comparaciones bilaterales. En unos países será positiva y, en otros, negativa, indicando el beneficio o pérdida de renta debidos al lugar de nacimiento. La existencia de una prima de ciudadanía constituye el «efecto localización», el componente de renta que viene explicado por el lugar de nacimiento de un individuo, y es consecuencia de la desigualdad entre países. El «efecto clase» es el componente de la renta de una persona debido al entorno social en que nace dentro de su país y refleja la desigualdad interna a un país. Si los pobres y los ricos estuvieran uniformemente distribuidos entre países, el efecto clase sería predominante; por el contrario, si existe una concentración de ricos en un conjunto de países y de pobres en otro conjunto de países, el efecto localización será el factor más relevante para explicar la desigualdad global. Pues bien, el efecto localización era casi despreciable en 1820, y sólo un 20% de la desigualdad global se debía a la diferencia entre países. Había ricos y pobres en todos los países, y la pertenencia a una clase social era lo que importaba. Esto cambió por completo durante el siglo siguiente: a mediados del siglo XX, un 80% de la desigualdad global se debía al lugar en que una persona había nacido, mientras que el 20% se refería a la clase social. El mundo ha ido desgajándose en zonas cada vez más dispares, que van desde el mundo más desarrollado hasta lo que Paul Collier denomina The Bottom Billion, Estados fallidos, países que no tienen ninguna posibilidad de desarrollo. Esta situación perdura, y hace que exista una «prima de ciudadanía» positiva si se nace en un país rico, y negativa si se nace en un país pobre, que resultan difíciles de defender en términos de justicia.
Más adelante veremos que se ha producido una notable convergencia en la renta per cápita entre países en las últimas décadas, a pesar de lo cual el país de nacimiento es todavía el principal determinante de la renta de una persona. También es un hecho que la crisis económica ha acentuado el repunte de desigualdad interna que se inició a finales del siglo pasado en muchos países ricos. De hecho, el factor que condiciona actualmente la evolución de la desigualdad global no es la diferencia en renta per cápita entre países, sino el aumento de la desigualdad dentro de los países. Si ambos procesos continúan, podríamos regresar a la situación del siglo XIX, en el que la pertenencia a una determinada clase social era la principal causa de desigualdad, pero aún estamos lejos de tal situación.
¿Qué implica la prima de ciudadanía para la desigualdad de oportunidades y la emigración? En ocasiones se ha tratado de justificar la mayor renta percibida por los ciudadanos de los países ricos afirmando que a estos se les paga mejor porque trabajan más. Pero el argumento del esfuerzo tiene difícil soporte empírico, pues el número de horas trabajadas es, si acaso, mayor en países pobres, y si comparamos ocupaciones que implican el mismo nivel de esfuerzo, existen grandes diferencias de salarios entre países. Por tanto, una prima de ciudadanía más bien refleja una carencia de igualdad real de oportunidades y, lo que es peor, incita a dudar de que la igualdad de oportunidades pueda mejorar sustancialmente en el mundo desarrollado en el futuro. Esta sensación constituye el principal incentivo a emigrar desde los países pobres.
Los ciudadanos de países pobres pueden multiplicar su renta por un elevado factor si emigran a un país rico. Pero la ganancia potencial depende de la posición que dicha persona ocupe en la distribución de renta de su país y la que pueda aspirar a ocupar en la distribución de renta del país de acogida. Si una persona considera dos países como posible destino migratorio, su decisión podría basarse en el tramo de la distribución de renta en el que confía en situarse y, por tanto, depende del nivel de desigualdad de cada país. Por ejemplo, si un emigrante espera acabar en algún percentil bajo de la distribución de renta, estará mejor en Suecia que en Estados Unidos, puesto que en la primera los pobres están mejor situados en relación con la renta media que en la segunda o, lo que es lo mismo, la prima de ciudadanía, evaluada en los percentiles bajos de la distribución de renta, es más alta. Por el contrario, si espera terminar en un percentil superior, sucederá lo contrario. Esto es malo para los países ricos más igualitarios, que atraerán emigrantes de escasas capacidades técnicas que esperan terminar en la parte baja de la distribución de renta. Tener un Estado de bienestar más desarrollado podría tener este efecto perverso. Otro elemento a tener en cuenta será el grado de movilidad social. Un país desigual, pero con alta movilidad, será más atractivo para trabajadores con mayores capacidades.
Ante estas consideraciones, algunos países ricos aceptan únicamente a inmigrantes “cualificados” con altos niveles educativos o con habilidades artísticas o deportivas. En otros casos, se intenta atraer a inmigrantes ricos, como también ha hecho el Gobierno español, concediéndoles la ciudadanía si invierten determinada cantidad en el país receptor. Con este tipo de estrategias, la nacionalidad se compra, lo cual puede ser éticamente debatible, en el sentido apuntado por Michael Sandel. Este tipo de políticas es atractivo para el país, pero desde el punto de vista de la desigualdad global es doblemente discriminatorio: a la existencia de una prima de ciudadanía añadimos que dicha renta pueda ser disfrutada por personas que, no habiendo tenido la suerte de nacer en un país rico, disponen de habilidades excepcionales o de riqueza, aunque no por las demás personas que no cuentan con tales recursos. Además, puede favorecerse que los ciudadanos más educados o más ricos de los países más pobres abandonen su país de origen, debilitando todavía más, de este modo, las posibilidades de desarrollo del mismo.
Las barreras a la emigración son la contradicción más flagrante de la globalización. Teóricamente, la globalización implica la posibilidad de que los factores productivos, los bienes, la tecnología y las ideas puedan moverse entre países sin restricciones. Esto es prácticamente cierto en la actualidad, incluyendo también al capital financiero y al comercio en servicios, pero no lo es para el factor trabajo. Allí donde existe en el mundo una frontera entre un país rico y un país pobre, surge un conflicto migratorio. La respuesta ha sido en muchos casos la construcción de barreras físicas de uno u otro tipo, que pueden truncar o aminorar el flujo de personas, pero nunca van a resolver el problema. Tenemos ejemplos en la propia frontera sur de España, y el presidente Trump hizo de la muralla con México uno de los temas estrella de su campaña que, además, está tratando de materializar en los inicios de su mandato. El reflejo más próximo de las barreras a la inmigración fue la más que tibia y descoordinada respuesta de la Unión Europea ante el fuerte incremento en los flujos migratorios provenientes de Oriente Próximo el pasado verano, así como ante la continua tragedia que se vive en el Mediterráneo desde hace unos años, que ha convertido nuestro querido mar en una trampa mortal para miles de personas.
Estas situaciones reflejan la tensión que existe entre el derecho de los ciudadanos a abandonar su propio país y la falta de derecho a ir donde quieran, el tratamiento diferenciado del trabajo en relación con otros factores productivos que tienen casi perfecta movilidad, así como la dicotomía entre políticas que persiguen el desarrollo de las personas dentro de su país de origen frente a la posibilidad de que cada ciudadano busque su mejor ubicación en el mundo.
Branko Milanović se pregunta en su libro: ¿por qué no se entiende la emigración como parte del desarrollo? (p. 149) Su sugerencia es que, aun manteniendo cierto nivel de discriminación, un tratamiento menos duro de los inmigrantes en los países receptores podría ser beneficioso a nivel global. Pero para ello debería considerarse la posibilidad de conceder dos o tres niveles de derechos de ciudadanía, al menos durante un tiempo. La ciudadanía no debería ser una variable dicotómica: o se tiene la nacionalidad con todos los derechos derivados de la misma, o no se tiene la nacionalidad y ninguno de los derechos que de ella se derivan. Algo así ya sucede en Estados Unidos y en algunos países de la Unión Europea, en los que los residentes legales no votan pero sí pagan impuestos. Podrían considerarse distintas alternativas: una parte de sus impuestos podría destinarse a los nacionales del país receptor que pueden verse perjudicados por la inmigración, o podría remitirse a sus países de origen para compensar el gasto incurrido en la educación de quienes han emigrado. Milanović también ha sugerido la posibilidad de que los emigrantes tuvieran que trabajar a intervalos en sus países de origen hasta cubrir un cierto período de tiempo. Esta situación puede proporcionar una mejor y más estable solución que la habitual alternativa de permitir tan solo un reducido flujo de inmigrantes que tienen prácticamente los mismos derechos que los ciudadanos del país de acogida. Estas propuestas son sin duda polémicas y ciertamente contradictorias con las expectativas de lograr avanzar en la igualdad real de oportunidades dentro de un país, pero quizá valga la pena considerarlas si ese es el precio que hay que pagar por aceptar una mayor inmigración. No parece que el tipo de solución que la Unión Europea alcanzó con Turquía para alejar la tensión migratoria sea una solución preferible.
El segundo capítulo de Global Inequality es un excelente ejercicio de historia de la desigualdad interna a los países. Comienza describiendo la curva de Kuznets, en forma de U invertida, como el paradigma acerca de la evolución previsible del nivel de desigualdad en un país a lo largo de sus fases de desarrollo, y comentando su rechazo empírico. De modo simple, a partir de una economía agrícola con un nivel reducido de desigualdad como consecuencia del escaso desarrollo social, los inicios de la industrialización comienzan a desarrollar núcleos urbanos a los que acuden trabajadores que reciben salarios por encima de los generados por las actividades agrícolas. Esto induce una elevación en el nivel de desigualdad, que continúa creciendo al tiempo que un mayor contingente de población va desplazándose a las ciudades a trabajar en el sector industrial. Alcanzado un cierto nivel de desarrollo, las actividades productivas agrícolas ocupan a un número reducido de personas, mientras que la mayoría de la población está ocupada en actividades productivas de distinto nivel de sofisticación, con salarios relativamente homogéneos que generan un reducido nivel de desigualdad. La existencia de la curva de Kuznets se ha visto claramente refutada por las experiencias de distintos países que han avanzado en su fase de desarrollo a la vez que aumentaba su nivel de desigualdad interna, como Estados Unidos, Reino Unido e incluso países tradicionalmente igualitarios, como Suecia y Alemania. La reciente experiencia muestra que la desigualdad salarial es importante y es una de las causas del repunte observado en las últimas décadas en el nivel de desigualdad en muchos países desarrollados.
A juicio de Branko Milanović, tampoco otros modelos alternativos permiten explicar el comportamiento observado en el nivel de desigualdad, lo que le lleva a reformular la teoría, proponiendo lo que denomina el modelo de las ondas de Kuznets, una de las contribuciones más originales del libro. Según esta propuesta, a una curva en forma de U invertida seguiría otra, y antes de que a lo largo de una de tales curvas el nivel de desigualdad se redujera a mínimos, el país entraría en una nueva U invertida, a lo largo de la cual el nivel de desigualdad comenzaría a elevarse nuevamente.
Milanović examina la evidencia acerca de la existencia de tales ondas en dos tipos de sociedades. En la época preindustrial, en la que fue habitual que las sociedades experimentaran un estancamiento secular en su renta media, las causas de los aumentos y de los descensos en los niveles de desigualdad fueron mayoritariamente idiosincrásicas. Tras la Revolución Industrial, con sociedades que han experimentado fases de crecimiento sostenido en su renta media, pueden encontrarse causas comunes a las ondas en desigualdad, que habría aumentado en una primera onda en línea con la hipótesis de Kuznets, debido a un cambio estructural que desplazó actividad productiva de la agricultura al sector de manufacturas, y población de los núcleos rurales al medio urbano. En el tramo descendente de la onda, la desigualdad se redujo como consecuencia de «fuerzas benignas»: una mayor oferta de mano de obra educada, una demanda por una mayor redistribución de renta, y un descenso en las rentas del capital, así como de «fuerzas malignas», principalmente guerras, enfermedades y revoluciones, un ejemplo de lo cual fue el descenso en desigualdad tras la Primera Guerra Mundial.
El aumento observado en los niveles de desigualdad interna en muchos países desarrollados desde comienzos de los años ochenta hasta el inicio de la segunda década del presente siglo representaría el tramo creciente de una segunda onda de Kuznets. Según Milanović, se trata de un proceso que guarda alguna similitud con la primera curva, pues, al igual que entonces, este nuevo episodio surge como consecuencia de una revolución tecnológica (en esta ocasión, los grandes avances logrados en las tecnologías de la información), que crea rentas en distintos sectores: telecomunicaciones, farmacéutico, financiero. En esta segunda onda estamos ante un progreso tecnológico intensivo en mano de obra cualificada que ha producido un desplazamiento sectorial del trabajo, en este caso desde el sector manufacturero a los servicios, el cual, siendo más heterogéneo en términos de ocupaciones y de salarios, ha hecho que la desigualdad interna en los países aumente. La menor afiliación sindical en el sector servicios debilita la posición negociadora de los trabajadores, lo cual condiciona la distribución de la renta, favoreciendo una mayor desigualdad interna.
El progreso tecnológico intensivo en mano de obra cualificada genera una demanda de trabajo que no puede satisfacerse por la insuficiente oferta existente, lo que hace que se eleven los salarios de los trabajadores cualificados, generando dispersión salarial. Esto puede haber ocurrido de dos maneras diferentes: a) la prima salarial aumenta a lo largo de la distribución de salarios, ampliando la brecha entre todos los niveles salariales, b) la computarización y la robótica reemplaza a los humanos en las tareas rutinarias, pero no en las tareas sofisticadas que requieren alta cualificación o en los servicios no rutinarios de baja cualificación. La brecha salarial entre el trabajo de cualificación media y baja debería decrecer en el segundo caso, mientras que, según el primero, aumentaría.
También se ofrecen elementos nuevos para explicar la elevación de la desigualdad interna en el tramo creciente de esta segunda onda de Kuznets, como la globalización, y una política económica que ha reducido la imposición sobre las rentas del capital y los tipos marginales sobre la renta, limitando con ello la capacidad redistributiva del Estado. Y, en los países en que dicha capacidad ha aumentado, no lo ha hecho suficientemente para compensar el aumento de desigualdad registrado en las rentas de mercado (rentas antes de impuestos y transferencias) como consecuencia de una mayor dispersión salarial, una mayor concentración del capital y una cierta coincidencia de rentas elevadas del capital y del trabajo en los mismos individuos.
No es siempre sencillo separar el cambio tecnológico intensivo en cualificación y la globalización como causas de desigualdad interna en un país. Lo que parece un cambio tecnológico podría estar reflejando el hecho de que la globalización facilita a las economías desarrolladas el acceso a capital productivo fabricado en Asia a precio reducido. Ello incentivaría la sustitución de trabajadores en ocupaciones rutinarias por capital; al hacerlo, la complementariedad entre capital y trabajo cualificado elevaría la demanda de este tipo de trabajadores y, con ella, sus salarios, generando desigualdad salarial entre trabajadores de alta y baja cualificación en los países ricos.
También apunta Milanović cuáles son las fuerzas que podrían frenar el actual aumento en desigualdad interna y empujar a los países ricos al tramo decreciente de la segunda onda de Kuznets, con reducción de la desigualdad: a) las «fuerzas malignas», como sucedió en la primera onda, si bien no son deseables, b) cambios políticos conducentes a una imposición más progresiva, c) un aumento significativo de trabajadores cualificados junto con una educación de más calidad, d) la disipación de las rentas que surgen en las primeras fases de una revolución tecnológica, que comienzan muy concentradas, pero que se dispersan posteriormente según van permitiéndolo las patentes, e) la convergencia en renta a nivel global, que podría aproximar los salarios de China e India a los que se perciben en los países ricos, y frenaría el vaciamiento de la clase media en países ricos, y f) un posible cambio tecnológico intensivo en baja cualificación, incentivado por el encarecimiento de costes del trabajo cualificado y el abaratamiento de la mano de obra no cualificada. Se trataría de la invención de tecnologías estimuladoras de la productividad que pueden ser utilizadas por trabajadores de cualificación media-baja.
Examinemos ahora la desigualdad a nivel global, el objeto del libro de Branko Milanović. En él se examina la evolución de la desigualdad global utilizando datos de François Bourguignon y Christian Morrisson entre 1820 y 1992, y encuestas de hogares entre 1992 y 2011, analizando la relevancia que para la desigualdad global han tenido la desigualdad entre países y la desigualdad interna a los países. El análisis de Bourguignon y Morrisson está sujeto al supuesto de lognormalidad de la distribución de renta que antes comenté y muestra que la desigualdad global aumentó de modo continuado a lo largo del siglo XIX, debido al crecimiento de la renta media en Europa Occidental, Norteamérica y Australia, mientras que el resto de los países, especialmente China e India, permanecían estancados, lo que hizo que la desigualdad entre países aumentase, siendo el principal determinante del aumento en desigualdad global.
El incremento en desigualdad global se frenó en el período de entre guerras del siglo XX y alcanzó su máximo y permaneció estabilizado en dicho nivel hasta finales de siglo. Un primer factor explicativo de dicha estabilización fue la convergencia en renta entre países: la brecha entre la renta per cápita de algunos países significados probablemente alcanzó su máximo alrededor de 1970. China e India tenían en ese momento un PIB per cápita similar, con una gran distancia respecto del de Estados Unidos. Estos tres países dominan la evolución de la desigualdad en el mundo por razón de su población y de su participación en la renta mundial. Entre los años cincuenta y mediados de los setenta del pasado siglo, el PIB per cápita de Estados Unidos, en dólares internacionales, excedía del de China en un ratio de 20 a 1; sin embargo, al final de la primera década del presente siglo, dicho ratio es de 4 a 1, el mismo que en 1870.
Si consideramos grupos más amplios de economías emergentes y desarrolladas, la convergencia en renta per cápita era un beneficio que cabía esperar de la globalización, al facilitar ésta el acceso de los países más pobres a la tecnología y al capital productivo, así como la adquisición de los bienes que necesitan para desarrollarse. Pero, ¿está produciéndose realmente la convergencia en renta entre países pobres y ricos? Aunque así debiera ser, hasta el año 2000 esto no era obvio. Si se cuenta cada país como una unidad, el índice de Gini de los PIB per cápita de los distintos países se elevó, de hecho, entre 1980 y 2000, el período conocido como la «alta globalización», debido a que Latinoamérica y Europa del Este, que estaban en la zona media de la distribución de renta internacional, experimentaron recesiones o depresiones durante ese período. Así, el PIB per cápita de Rusia descendió un 40% entre 1989 y 1998. Brasil prácticamente no creció entre 1980 y 2000, y el PIB real per cápita de África en 2000 estaba un 20% por debajo de su nivel de 1980. Mientras, los países ricos continuaban creciendo, con un PIB per cápita superior en un 50% en 2000 con respecto a 1980. Por el contrario, desde el año 2000, Rusia, Brasil y África han repuntado su crecimiento, mientras que el mundo rico se veía inmerso en la crisis financiera, lo que, efectivamente, ha facilitado que se produzca una cierta convergencia en renta per cápita y, con ello, una menor desigualdad global.
La evidencia acerca de la convergencia en renta es mucho más clara si ponderamos la renta per cápita de cada país por su población, es decir, si contabilizamos todos sus ciudadanos, asignándoles una renta igual a la renta per cápita del país. Cuando se efectúa tal ponderación, que es necesaria si quiere analizarse la desigualdad global, la evidencia de convergencia es clara, incluso si excluimos a China. Esto es importante, porque muestra que la convergencia no depende de lo que suceda en un solo país. Si bien es cierto que el futuro de la convergencia económica global estará muy influido por las tasas de crecimiento de China, India y Estados Unidos, otras economías con una elevada población, como Indonesia, Bangladesh y Vietnam, que han crecido en las últimas décadas más que los países ricos, también importan. Para la convergencia en renta y el desarrollo de una clase media global es preciso que los países pobres y emergentes crezcan más rápidamente que los países ricos, y que esto suceda parece ahora más probable que lo contrario, incluso si el crecimiento en China se ralentiza algo. Sin embargo, otros países han quedado irremediablemente atrás, con escasas posibilidades de recuperación, haciendo que, desde el punto de vista ético, el crecimiento económico sea una solución sólo parcial al problema de la elevada desigualdad.
El segundo factor amortiguador de la desigualdad en el tramo final del siglo XX fue la propia mejoría de la renta en China, India y otros países del sudeste de Asia. Consideremos la distribución de renta global, ordenando de menor a mayor la renta de ciudadanos del mundo para los que disponemos de dicha información, y contabilizando el número de personas que tiene un nivel de renta comprendido en sucesivos intervalos. Piénsese que, en este ejercicio, los ciudadanos pobres de los países ricos tendrán generalmente un nivel de renta superior a los ciudadanos más favorecidos de muchos países pobres. En países pobres, tan solo unos pocos ciudadanos tendrán un nivel de renta comparable a los ciudadanos que ocupan la clase media de los países ricos. El aumento de renta en China en las últimas décadas ha desplazado a una parte significativa de su población desde los puestos más bajos en la distribución global de renta hacia el centro de dicha distribución. Con una población tan importante, tal desplazamiento permite contrarrestar casi cualquier tendencia al aumento de desigualdad.
Si examinamos el período comprendido entre 1988 y 2008, para el que se dispone de encuestas de hogares, la renta de las personas entre los percentiles 30 y 70 de la distribución global de renta aumentó en más de un 50%. Estas son personas principalmente de los países más poblados de Asia (China, India, Tailandia, Vietnam e Indonesia) y el avance de su nivel de renta ha significado el ascenso de lo que puede considerarse la clase media global. En particular, la aparición de la clase media global está vinculada al fuerte crecimiento que ha experimentado China en las últimas décadas y que ha sacado a muchos millones de ciudadanos de situaciones de pobreza. De hecho, la impresionante reducción que se ha producido en los últimos años en el número de pobres se ha producido principalmente en dicho país.
Mientras, la renta de las personas entre los percentiles 75 y 99 no creció o lo hizo de manera moderada. Esto implica el estancamiento de los grupos de población de países ricos que, teniendo renta alta en comparación con el resto de los ciudadanos del mundo, son clase media en su país. Efectivamente, la clase media de los países ricos, y especialmente la clase media-baja, ha visto estancada su renta en las últimas décadas. Desde luego, ellos no son los beneficiarios de la globalización: los beneficiarios han sido los pobres y las clases medias de Asia. Por el contrario, la riqueza de quienes constituyen el 1% de la población mundial de mayor renta creció por encima de un 60%. Este grupo puede considerarse el otro beneficiario de la globalización.
Este desigual comportamiento de la renta de distintos segmentos de la población mundial refleja, entre otros factores, dos efectos de la globalización mencionados en la sección anterior: a) elevación de salarios en algunas clases trabajadoras de Asia que perciben salarios reducidos, favoreciendo así el desarrollo de una clase media global y la reducción de la desigualdad global; y b) una reducción en el crecimiento de la renta en la clase media-baja de economías avanzadas hasta niveles casi nulos.
El diferenciado crecimiento de los tramos de renta ha contribuido a reducir la desigualdad global, lo cual queda confirmado en las encuestas de hogares. El índice de Gini calculado a partir de las encuestas de renta realizadas a los hogares en todos los países descendió desde 72,2 en 1988 a 70,5 en 2008, la primera vez que descendía desde la Revolución Industrial. Todavía más notable fue el descenso hasta 67,0, aproximadamente, en 2011, debido a que el estancamiento de las economías más desarrolladas tras la crisis económica coincidió con un continuado crecimiento en el resto de las economías, especialmente en Asia. El hecho es que se ha producido un claro descenso en desigualdad global desde el año 2000, aproximadamente, un período en el que India está desempeñando el papel estabilizador de la desigualdad global que antes le correspondió a China.
Como país más poblado del mundo, lo que sucede en China afecta al estado global de cualquier cuestión. A pesar del actual freno en el ritmo de crecimiento económico en dicho país, todo hace esperar que China continúe creciendo a un ritmo superior al de los países ricos. Bajo esa tendencia, aun a pesar de que la diferencia en rentas per cápita es todavía importante, en algunos tramos de la distribución de renta está produciéndose una clara convergencia. Según datos contenidos en Global Inequality, la diferencia entre la renta media de la octava decila en China y la segunda decila en Estados Unidos en 2011 era ya muy reducida. Este proceso está reduciendo la desigualdad global, aunque, a partir de determinado momento, la continuada mejoría en la renta de China tenderá a incrementar la desigualdad global, al pasar grupos importantes de población a tener niveles moderadamente altos de renta.
La reciente evolución de la desigualdad global nos permite ser actualmente optimistas acerca de su futuro, si bien con algunos riesgos potenciales: en primer lugar, si se frenase significativamente el ritmo de crecimiento en Asia, la tendencia de reducción de la desigualdad global podría cambiar; en segundo lugar, la reducción observada recientemente en el índice de Gini global se refiere todavía a un período relativamente corto, por lo que es pronto para saber si indica una tendencia permanente.
Como vemos, lo que suceda con la desigualdad interna en Estados Unidos y China condiciona la evolución de la desigualdad global, además de que puede servir de orientación para el devenir de la desigualdad en otras economías desarrolladas y emergentes. Aunque continúa siendo fragmentaria, la evidencia disponible sobre China sugiere que su nivel de desigualdad interna no ha aumentado en los últimos años. Parecería estar en el punto alto de la primera onda de Kuznets, habiéndose producido un aumento de la desigualdad en el período de transformación estructural de la economía, que en el caso de China ha consistido en la transición desde el socialismo hacia un incipiente capitalismo. Factores como la generalización de un mayor nivel de educación, el acceso a las prestaciones sociales de una creciente población jubilada y la elevación salarial en las zonas urbanas industrializadas podrían ser los factores que motivasen una próxima reducción en desigualdad.
Otras fuerzas opuestas podrían contrarrestar los factores mencionados: una extendida corrupción, contra la que está tratándose de tomar medidas; y un alto crecimiento relativo de la renta de la reducida población que tiene la propiedad del capital puede generar tensiones, al estar esta población concentrada en unos pocos centros urbanos. De hecho, la implantación de un plan regional de actuación para reducir la desigualdad que se observa entre regiones costeras y del interior refleja la preocupación que dichas diferencias despiertan en la clase política, que percibe la desigualdad como un peligro para su propia supervivencia. Más de un observador político ha sugerido que las notables desigualdades generadas durante la transición al capitalismo podrían constituir un peligro para la propia unidad del país, escenario que no debe considerarse completamente descartable a largo plazo.
Por su parte, Estados Unidos está sujeto a algunos elementos que pueden continuar tensionando al alza su nivel de desigualdad: 1) una facilidad para la sustitución entre capital y trabajo que hará que, en la denominada «distribución funcional de la renta», sea elevada la parte de la renta nacional que remunera a los propietarios del capital frente a la que remunera a los trabajadores; 2) una elevada concentración de las rentas del capital en una parte reducida de la población; 3) el hecho de que quienes reciben elevadas rentas del capital y del trabajo están siendo cada vez más los mismos; 4) el «emparejamiento selectivo» es ahora más frecuente: individuos de alta formación y capacidades que son ricos en términos de capital y trabajo se casan entre sí; 5) la concentración de renta reforzará el poder político de los más ricos y dificultará cambios en impuestos, política educativa, asistencia sanitaria e infraestructuras que podrían haber beneficiado preferentemente a los más pobres. Todos estos elementos tienden a elevar el nivel de desigualdad y pueden hacer que Estados Unidos se vaya desplazando a lo largo del tramo ascendente de su segunda onda de Kuznets.
En Estados Unidos, la clase media, definida como las personas con renta en un intervalo de un 25% alrededor de la renta mediana del país, ha disminuido desde un 33% de la población en 1979 a un 27% en 2000. En dicho período, la renta media de este grupo pasó de ser un 80% de la renta media a un 77% de la misma. En 1979, la clase media estadounidense representaba el 26% de la renta total del país; en 2000, ese porcentaje era del 21%. Un fenómeno similar, quizás algo más atenuado, se ha observado en muchos países, y en la mayoría de los países miembros de la OCDE.
Este declive hace que los bienes y servicios consumidos por la clase media pierdan importancia a ojos de los productores de los mismos. Otra consecuencia es que disminuye el apoyo en favor de las políticas de provisión de servicios públicos como la educación y la sanidad, cuyo destinatario principal es la clase media. Los más ricos pueden preferir un menor gasto en este tipo de servicios, con la consiguiente reducción de impuestos y sustituirlos por una provisión privada de los mismos. El fuerte incremento del gasto privado en seguridad es otro fenómeno que se ha producido en paralelo con los anteriores. Todo esto conduce a una sociedad polarizada: la clase media se hace políticamente más irrelevante; la producción desplaza cierta actividad hacia bienes de consumo de lujo. Una parte del gasto social se desplaza desde la educación y las infraestructuras hacia la seguridad, y la sociedad se agrupa en dos clases que no tienen mucho contacto entre sí.
Una posible consecuencia es la plutocracia, bastante evidente en Estados Unidos. Es bien conocido el elevado coste de las campañas al Congreso y Senado estadounidenses, que además se llevan a cabo a título individual. Aunque las donaciones privadas a dichas campañas son importantes, los candidatos cuentan habitualmente con un patrimonio familiar que puede asegurar una parte significativa de la financiación. Contar con dichos recursos propios es una condición casi necesaria para poder atraer las donaciones necesarias para cubrir los gastos de la campaña. Por otra parte, la distribución de la participación de voto en las elecciones es muy asimétrica: vota el 80% de las personas en la decila superior de renta, pero sólo el 40% de las personas en la decila inferior. Esto puede ser consecuencia de una mayor conciencia cívica de los más ricos, de un desencanto de los más pobres o del modo en que se llevan a cabo las elecciones. El hecho es que grupos importantes de población quedan desconectados del proceso, facilitando que quienes resulten elegidos representen otros intereses diferentes de los suyos. Que en el pasado reciente la política estadounidense haya mostrado toques dinásticos evidentes refleja que el desencanto de la clase media y su pérdida de poder económico pueden tener como consecuencia la plutocracia.
La situación en Europa es distinta, ya que el desarrollo de una plutocracia sería bastante más difícil en sociedades con múltiples partidos políticos. Más específico de Europa es que los recortes en el Estado de bienestar como consecuencia de las políticas de austeridad han desplazado a una parte de la clase media hacia posiciones ultraderechistas. Bien es cierto que en España y en otros países también han surgido movimientos que han recogido un desplazamiento de otra parte de la clase media en la dirección contraria. El segundo elemento europeo es la tensión generada por la inmigración, que se añade al estancamiento de la clase media. La inmigración reviste una especial importancia en Europa porque es una región que ha sido origen de emigración, más que receptora de emigrantes, y carece de la experiencia de Estados Unidos en este tema. El dramático repunte en las olas migratorias, tanto procedentes de los conflictos bélicos, especialmente en Siria, como las que ya venían produciéndose desde el África subsahariana, ha generado tanto la solidaridad de una parte de la sociedad europea como un rechazo frontal de otra parte de la misma. Han surgido movimientos populistas ultraconservadores en muchos países que han sido protagonistas en las elecciones recientes, y que van a continuar siéndolo. Estos movimientos se aferran a los argumentos simplistas de que los inmigrantes expulsan de los puestos de trabajo a los trabajadores nacionales y que su uso de los sistemas de bienestar −en particular, educación y sanidad− deterioran irremediablemente su calidad, a pesar de que existe evidencia empírica que rebate ambos argumentos.
Para Branko Milanović, Estados Unidos y Europa gestionan de distinto modo el equilibrio entre globalización y democracia. Con un gobierno plutocrático, existe un intento de avanzar en la globalización, ignorando las opiniones y necesidades de la clase media y de los menos favorecidos, quienes configuran la mayor parte de la distribución de la renta, haciendo que la democracia pierda mucho de su sentido. Por otra parte, el populismo reduce la exposición a la globalización, dificultando el tránsito de personas y protegiéndose de flujos de capitales y de bienes no deseados, a la vez que redefiniendo el concepto de ciudadanía y los derechos asociados a ella. En síntesis, la plutocracia intenta mantener la globalización a la vez que sacrifica elementos importantes de la democracia; el populismo preserva un simulacro de democracia a la vez que reduce la exposición a la globalización.
Desde la óptica de la desigualdad global, concluye diciendo, el nuevo libro de Branko Milanović examina distintas cuestiones técnicas y aporta medidas actualizadas de desigualdad entre países, desigualdad interna a los países y desigualdad global. Se posiciona acerca de algunos de los temas actuales más conflictivos y delicados, para cuyo tratamiento hace algunas propuestas. A lo largo de los años, Milanović nos ha suministrado información estadística y ha introducido nuevos conceptos e ideas acerca de la medición de la desigualdad, así como del análisis de sus implicaciones y sus posibles soluciones, y nadie puede permanecer indiferente frente a sus propuestas. Sus escritos siempre aportan originalidad y suscitan temas nuevos que nos ayudan a formar una opinión, coincidente o no con la suya, acerca de muchas cuestiones relativas a la desigualdad. Este nuevo volumen no es una excepción, por lo que su aparición debe ser saludada nuevamente con interés, con independencia del grado de aceptación que se tenga de las propuestas y métodos de análisis del autor. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Manifiesto náutico de carga, de Amanda Gorman

 









MANIFIESTO NÁUTICO DE CARGA




Al parecer lo peor ha quedado atrás.


Aun así, seguimos agazapados al despuntar el día,


titubeantes como un ánima sin cabeza en nuestra propia casa,


esperando recordar qué hacer,


qué se supone que debemos hacer.


 


Y ¿qué se supone exactamente que debemos hacer?


Dirigir una carta a este mundo del que soy hija.


Escribimos, pero las palabras se evaporan,


se diluyen como gotas de agua resbalando por el parabrisas.


El poeta juzga que todo lo vivido


se ha distorsionado en un sueño febril


cuya silueta va esbozando nuestra confusa mente.


 


Para ser consecuentes debemos rendir cuentas:


no con lo que se dijo, sino con lo que se quiso decir.


No con lo que hicimos, sino con lo que sentimos.


Lo que sabíamos aun sin ser nombrado.


Nuestro argumento será


nuestro testimonio.


 


Este libro es un mensaje en una botella.


Este libro es una carta.


Este libro no se rinde.


Es una alerta.


Es una estela.


Pues ¿qué es un manifiesto sino nuestra posición exacta?


¿Una cápsula capturada?


¿Un contenedor?


¿Una elocuente arca?


y el poeta, el custodio


de fantasmas y conquistas,


de demonios y sueños,


de tormentos y esperanzas.


He aquí la custodia


de esa luz atroz.



Amanda Gorman (1998)

poetisa estadounidense











De las viñetas de humor de hoy jueves, 13 de febrero de 2025

 

































miércoles, 12 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy miércoles, 12 de febrero de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 12 de febrero de 2025. Las noches de insomnio son páramos donde los minutos se vuelven hostiles, transcurre una lenta procesión de horas, tu cerebro ordena que te serenes, pero cuanto más te esfuerzas en atrapar el sueño, más lejos escapa, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de enero de 2011 se comentaba que Internet y las redes sociales se estaban convirtiendo, quizá sin proponérselo expresamente, en un novísimo instrumento de activismo y agitación política de primer orden, pero hoy las cosas han cambiado por completo. La tercera del día es un poema de amplio contenido social que comienza con estos versos: "También esta noche y necesito dar un paseo y aclarar/mi mente acerca de este poema sobre por qué no puedo/salir sin cambiarme de ropa de zapatos". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la sociedad

 








Las noches de insomnio son páramos donde los minutos se vuelven hostiles. Intentas domesticar la mente, respiras hondo. Tratas de alejar los pensamientos inquietantes, el desasosiego al acecho. El viento susurra en vano su nana, los perros ladran a la luna. Transcurre una lenta procesión de horas, la tristeza se adensa: si no duermes, mañana estarás abatida. Tu cerebro ordena: serénate. Pero cuanto más te esfuerzas en atrapar el sueño, más lejos escapa. Lo dice en el El País [Yo, sociedad limitada, sociedad anónima, 09/02/2025] la afamada filóloga y escritora Irene Vallejo.

En las hogueras digitales de las redes —y de las vanidades—, comienza diciendo Vallejo, los gurús de la felicidad anuncian que haremos realidad nuestros deseos si creemos intensamente en ellos. Nos dan consejos, imperativos suavizados. Dichos para hacernos dichosos: modela tus pensamientos, transforma tus ideas y cambiará tu realidad, atrae lo que deseas, haz ejercicio, sé deseable, asciende, seduce, reluce, rejuvenece. Tienes el poder. La última tendencia es “manifestar”, elegida palabra del año por el diccionario de Cambridge. Consiste en alentar un monólogo interior optimista, robustecer la autoestima, arrojar lejos el bagaje de recuerdos, ideas y hábitos que nos limitan. Sus propuestas podrían parecer sensatas, pero caen en el espejismo de olvidar que la convicción no basta. Aunque mil veces nos dirán que querer es poder, hay obstáculos demasiado grandes, desgracias sobrevenidas, imprevistos del azar. Y, por supuesto, la ventaja de quienes juegan con las cartas marcadas gracias a la cuna, la fortuna y los contactos. Ya sabemos qué tipo de conocimiento premia la meritocracia: el quién conoce a quién.

Las técnicas de autoayuda vuelcan todo el peso del éxito sobre nuestros hombros. Los sueños están al alcance, sin importar la precariedad laboral, las cicatrices del tiempo, el coste de la vivienda, los cuidados a niños o mayores. La obligación de hacer realidad las aspiraciones nos provoca ansiedad y frustración, y conduce a buscar nuevas recetas. Sin embargo, la vida no se cultiva con fórmulas mecánicas: lo más esencial —como dormir o ser felices— huye de la voluntad obsesiva.

Todos los seres humanos apuntamos a la felicidad como arqueros que tienden a un blanco. Esta frase de Aristóteles mantiene una misteriosa y absoluta vigencia. ¿Pero podemos aprender a ser felices? Hace veinticinco siglos, los maestros del buen vivir creían que el camino era la sabiduría, la comprensión clara, un entrenamiento mental capaz de guiar hacia la tranquilidad interior y la bondad exterior. Aristóteles compartía esa fe, pero creía que conviene ser humilde y reconocer que en este viaje surgen dificultades ajenas a nuestro deseo. Como buen conocedor de los vaivenes de la vida, admitía que una parte de ella está ligada a condiciones económicas y materiales, en muchos casos azarosas. Una cierta dicha —Aristóteles abogaba por una prosperidad moderada— no es posible sin salud, seguridad, leyes justas y unos bienes mínimos que garanticen una existencia digna. La felicidad es ilusoria en una polis sin justicia y equidad, en un país en guerra, hambre o dictadura. A este bienestar relativo y dependiente, con sus retrocesos y sus límites, sus aproximaciones y fluctuaciones, se suma, sí, una felicidad que depende de nosotros. De nuestra actitud y decisiones, de nuestros talentos amorosos y humorísticos, de placeres y plenitudes, de la clase de personas que llegamos a ser. Los equilibrios resultarán frágiles, siempre amenazados y sometidos a nuestros fallos. Los seres humanos somos esas criaturas que nunca cometen dos veces el mismo error: como mínimo doce o quince, para estar bien seguros.

Para Aristóteles, el bálsamo que curará estos tropiezos es la amistad. Milenios más tarde, la escritora Carmen Martín Gaite hilvanaría sus palabras con las del filósofo griego: “Una de mis pasiones favoritas es el cultivo de la amistad. Los amigos son para mí lo más importante del mundo, lo más consolador, y se requiere de una delicadeza y un tino especiales para no perderlos”. Los estudios de psicología social confirman que los vínculos con los demás acrecientan la alegría en cualquier circunstancia; en cambio, la soledad es físicamente debilitadora.

Al parecer, existe una tendencia a dar a las palabras acepciones cada vez más individualistas. “Manifestarse” solía significar salir a la calle a reivindicar en clave colectiva, pensar juntos en lo que muchos quieren y necesitan. Hoy gana adeptos la ideología del “Yo, Conmigo, Para Mí, sociedad limitada”, que en muchos casos acaba siendo: “Yo, soledad anónima”. Proclaman que cada persona debería actuar como si fuese una empresa que lucha por imponerse en un mercado ferozmente competitivo. Los manuales nos ofrecen las técnicas y retórica de las consultorías: convertirte en una marca, vender tu mejor yo, ser tu publicista permanente. Compararte siempre con los mejores y más triunfadores. El mundo es un escenario, finge hasta alcanzar el éxito. Inflación narcisista: mucha pose y poco poso. Estrategias que implican una tensión casi inhumana, rompen los lazos, deterioran nuestra salud y acortan la vida que prometen mejorar.

Recientes investigaciones científicas en torno a la solidaridad confirman la importancia de aliarnos. De hecho, una opción probadamente eficaz contra la ansiedad es acudir en ayuda de los demás. En una sucesión de encuestas, la mayoría de los consultados dijeron que no nada hay comparable a la felicidad del voluntariado. Solo el baile puntuó más alto en las escalas de satisfacción —también bailar es acompasarse con otros—. Incluso desde una óptica egoísta, recompensa buscar algo más importante que tú mismo y dedicarle tu tiempo. Robert Putnam, politólogo de Harvard, investigó en su ensayo Solo en la bolera el tejido social de pueblos y ciudades. Descubrió que allí donde las personas se asocian para defender el interés común, se sienten menos aisladas y asustadas. La comunidad es más próspera porque la urdimbre del compañerismo crea protección mutua. Por el contrario, en sociedades menos organizadas y más fragmentadas, los individuos por separado se encuentran desvalidos frente a la prepotencia de los clanes y los grupos de intereses creados. Entonces, para no ser menos, cada cual va a lo suyo, y nadie se atreve a desafiar los desmanes de los poderosos. El resentimiento se convierte en el sentimiento dominante. La división se agudiza: a largo plazo, el mal gobierno y la arbitrariedad medran ahí donde la gente no se fía de sus vecinos, pues ya no son capaces de forjar juntos contrapesos al poder. Putnam concluyó que el civismo presupone el ejercicio de merecer la confianza del prójimo: cuanto más dispuestos estemos a “manifestarnos” por los demás, mejor evitaremos el abuso. Si la sociedad civil tiene una vida activa es más difícil perpetrar nada a escondidas o en la impunidad de la indiferencia.

Como escribió el utilitarista y pragmático Stuart Mill: “Solo son felices, creo, los que fijan la mente en algo distinto de sí mismos: el bienestar de otros, la mejora de la Humanidad, un nuevo proyecto, seguir aprendiendo. Preguntaos si sois felices y dejaréis de serlo. Apuntando hacia otra cosa, ocurrirá por sorpresa”. Según Stuart Mill, podremos lograr ciertos sueños cuando dejemos de buscarlos en el reflejo del espejo. Me acercaré si me alejo de mí misma, si la primera persona no soy yo, si lo que hago no es solo ego. Menos halterofilia de la voluntad solitaria y más alegría solidaria. Para eso necesitamos salir de un falso dilema: ni agresivos ni pasivos, ni atacar ni acatar. Unirnos.












[ARCHIVO DEL BLOG] Internet, redes sociales y activismo político. Publicado el 27/01/2011











Internet y las redes sociales: Facebook, Twitter, Eskup, Tuenti, etc., se están convirtiendo, quizá sin proponérselo expresamente, en un novísimo instrumento de activismo y agitación política de primer orden. La campaña presidencial de Obama, en 2008, fue la primera gran experiencia política, fructífera, de utilización de Internet y las redes sociales con intencionalidad política. Le siguieron después los sucesos en Irán y la República Popular China, y ya, como quien dice ayer, las campañas contra los censores de Wikileaks, la caída del despótico régimen tunecino y, hoy mismo, los sucesos de Egipto.
Organizaciones no gubernamentales y proderechos humanos como Amnistía Internacional o Avaaz, entre otras, han encontrado en Internet y las redes sociales un instrumento idóneo para hacer llegar y circular sus mensajes y peticiones, en cuestión de segundos o minutos, a millones de personas en todo el mundo sin posibilidad alguna de control por parte de los gobiernos denunciados. Los partidos políticos deberían poner sus barbas a remojar. Parece claro que van a perder, si no lo han perdido ya, toda capacidad de movilización y agitación al lado de estas asociaciones sin nombre que surgen de la nada, se extienden como las olas, se llevan por delante todos los obstáculos y parecen no obedecer consigna explícita alguna. Las campañas partidistas, las estrategias electorales de los partidos políticos, ya no van a poder seguir funcionando como hasta ahora y van a tener no solo que adaptarse a los nuevos tiempos sino ceder protagonismo a la sociedad global que las redes sociales están protagonizando.
Ya en 1835, un aristócrata francés, Alexis de Tocqueville, en su libro "La democracia en América" (Aguilar, Madrid, 1989) dejó dicho: "Después de la libertad de actuar solo, la más natural al hombre es la de coordinar sus esfuerzos con los de sus semejantes y actuar en común. Por su naturaleza, el derecho de asociación me parece casi tan inalienable como la libertad individual. El legislador no puede querer destruirlo sin atacar a la sociedad misma. [...] Uno se asocia, ciertamente, con el fin de hablar, pero la idea de pasar próximamente a la acción preocupa a todos los ánimos. Una asociación es un ejército. En ella se habla para conocer sus efectivos y darse ánimos y después se marcha contra el enemigo. A los ojos de los que la componen, los recursos legales pueden parecer uno de los medios utilizables, pero no son nunca el único medio para triunfar. [...] El ejercicio del derecho de asociación se hace peligroso en proporción a la imposibilidad en que están los grandes partidos de convertirse en mayoría..."
Cambien ustedes las palabras "derecho de asociación" por las de "Internet y redes sociales" y reconocerán conmigo lo que tienen de premonitorias las palabras de Alexis de Tocqueville. ¿Habrán leído los fundadores de Facebook y Twitter "La Democracia en América"? 
Les propongo como colofón de esta digresión tan personal la lectura del artículo que en el diario El País del pasado 16 de enero, tan solo un día después de la caída definitiva y fulgurante del régimen de Ben Alí en Túnez. Se titula "Revolución democrática en el Magreb. La voz del nuevo Túnez", y lo publicaba el escritor Juan Goytisolo, buen conocedor del mundo árabe. Disfruten de su lectura. Dice así: La revuelta de Túnez es la primera revolución democrática de los países árabes desde su acceso a la independencia. Las que se produjeron con anterioridad fueron fruto de golpes de Estado, a veces con amplio apoyo popular como fue el caso de la de Naser en Egipto y, más a menudo sin él, como en Irak en 1958 y Libia en 1969. Las aspiraciones democráticas de los líderes independentistas argelinos sucumbieron pronto, como sabemos, a la dictadura de un partido único sostenido por el Ejército. En la década de los sesenta los Gobiernos nacionalistas árabes sentaron las bases de un poder autoritario que tendía a perpetuarse en el molde de las nuevas dinastías republicanas (las de Sadam Husein, Hafez el Asad, Mubarak). En Marruecos, las tentativas golpistas contra Hassan II mostraban también que la alternativa a la monarquía alauí era una dictadura militar, como lo sería más tarde un régimen islamista, esto es, remedios peores que la enfermedad. La falta de educación cívica de los pueblos para los que la democracia era una palabra hueca importada de Europa explica las derivas autócratas de los regímenes árabes y el fracaso de revueltas populares como las de Casablanca en 1965 y 1980. El declive del nacionalismo y el auge del islam político fueron las causas asimismo de la sangrienta guerra civil que sacudió a Argelia en la década de los noventa.

A diferencia de los demás países árabes, en Túnez Burguiba sentó la base de Estado laico y democrático

No se puede pedir lo que se ignora. La democracia exige un conocimiento previo de los valores laicos que la alimentan. Y dicho conocimiento no existe en ningún país árabe con la profundidad y arraigo que tienen en Túnez. El Gobierno de Burguiba desde la independencia hasta los años ochenta sentó las bases de un Estado laico y democrático. Un sistema educativo abierto a los principios y valores del mundo moderno, el estatus de la mujer incomparablemente superior al de los países vecinos y un nivel de vida aceptable en comparación con estos, pese a la carencia del maná del petróleo, formaron una ciudadanía consciente de sus derechos. En ello estriba la diferencia existente entre Túnez y los demás Estados árabes de la orilla sur del Mediterráneo.

El declive del poder de Burguiba y el golpe de palacio de Ben Ali, llevado supuestamente a cabo para preservar la democracia se tradujeron al punto en una pesadilla orwelliana. Con el pretexto de cohabitar a la amenaza islamista y ganarse así el sostén incondicional de los países europeos, Ben Ali creó poco a poco un Estado policiaco cuyas redes se extendieron como una telaraña en el conjunto de la sociedad. Toda oposición política fue barrida sin piedad con métodos que recuerdan el peor despotismo. En mi última visita a Túnez hace ahora 11 años tuve ocasión de comprobar en persona el acoso que sufrían los demócratas que no se hallaban en la cárcel o en el exilio y la vigilancia policial de quienes entraban en contacto con ellos. Todo eso resultaba aún más chocante por tratarse de un país social y culturalmente avanzado, víctima de la paranoia del dictador y del insaciable afán de poder y riqueza del clan de su mujer, la tristemente célebre familia Trabulsi. La resignación de la sociedad a semejante presión y expolio no podía durar. La experiencia democrática del burguibismo había calado en ella y solo aguardaba la ocasión propicia para manifestarse. La acción conjugada de las filtraciones de Wikileaks, del gran número de tunecinos con acceso a Internet y a sus foros de discusión, de los ciberataques de los hackers de Anonymous que colapsaron las webs del régimen y de la inmolación por el fuego el 17 de diciembre en Sidi Bouzid de Mohamed Buazizi, un informático de 26 años en paro y cuyo puesto de verduras y frutas fue tumbado brutalmente por la policía por carecer de autorización para su venta, fueron el detonante de la explosión que ha derribado al dictador y abre un capítulo esperanzador en la historia de su país.

Todos los amigos del pueblo tunecino debemos felicitarnos por lo ocurrido y evocar el sacrificio de Mohamed Buazizi, el mártir a quien corresponde el honor de ser el héroe de un nuevo Túnez abierto, laico y democrático en el que nadie deberá prenderse fuego para hacer oír su voz. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt