martes, 28 de enero de 2025

De la deriva autoritaria de las redes sociales

 







El presidente iba a Davos a destacar los excelentes resultados económicos, sociales y medioambientales en España, pero acabó diciendo que las redes sociales están erosionando la democracia porque disminuyen la profundidad del debate con titulares breves, distorsionan nuestra realidad con desinformación y se han convertido en herramientas para sustituir votos por me gustas, dice en El País [Una solución para la deriva autoritaria de las redes sociales, 24/01/2025] la escritora y ensayista Marta Peirano. Son cosas que otros habían advertido antes que Sánchez e, incluso, antes de las redes sociales. Intelectuales, académicos e historiadores, de Neil Postman y Michel Foucault a Achille Mbembe, David Graeber, Giorgio Agamben o James C. Scott, han descrito esta forma y clase de comportamientos como una arquitectura de la opresión.

La red social es sólo su manifestación más exitosa, porque combina la ubicuidad del smartphone y el magnetismo de una máquina tragaperras con la aceptación social de la tele y la opacidad de un paraíso fiscal. Pero nos ha hecho falta ver a Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai y Tim Cook respaldar a Donald Trump en la inauguración de su nuevo mandato como si fueran miembros de su gabinete para entender para entender que la vulneración sistemática de derechos, la propagación de mentiras y la insidiosa presencia de sus tecnologías en nuestras vidas eran las señales de que esa arquitectura no sólo existe sino que funciona, y vive un momento de burbujeante expansión.

No todo han sido Casandras. Ha habido actores del mundo de la tecnología, como Richard Stallman; del derecho como Lawrence Lessig y de la ciencia, como Tim Berners-Lee, que nos han ofrecido alternativas a esa arquitectura. Visiones cuya ejecución más significativa hemos descartado como utópica, porque la misma arquitectura de la opresión que tratan de resistir nos ha convencido de su ingenuidad. Mark Fisher nos dejó un nombre para eso: realismo capitalista. La arquitectura de los oligarcas nos parece ya tan inevitable como el sol y las montañas. Una profecía autocumplida, que parece reflejarse en las propuestas del presidente.

“Si corregimos los muchos errores y hacemos las cosas bien, aún podemos convertir estas plataformas en un espacio de diálogo, participación y libertad para mejorar nuestras sociedades y fortalecer nuestras democracias”. Presidente, la arquitectura de la opresión no puede ser desmantelada utilizando las mismas estructuras y lógicas que la crearon. Las herramientas del poder no nos sirven para desmantelar el poder.

Acabar con el anonimato en las redes es un proyecto tan antiguo como internet, y una mala solución contra la propaganda. Gestionar las amenazas que implica vivir en un mundo interconectado requiere compromisos pero, en democracia, la habilidad de disentir sin ser perseguido políticamente y la seguridad personal de los más vulnerables deben ser protegidas. El Reglamento sobre la identidad digital europea se hizo efectiva en mayo de 2024, con más de 500 científicos y expertos en ciberseguridad, privacidad y derechos digitales en contra. Incluso si pudiera implementarse de forma suficientemente segura, el potencial de abuso es excesivo, especialmente ahora que hay partidos antidemocráticos rozando algunos de los gobiernos clave de la unión. En democracia son los ciudadanos los que vigilan al Gobierno, y no al revés. Invertirlo sólo puede generar menos democracia, no más.

Reforzar las capacidades y competencias del Centro Europeo para la Transparencia Algorítmica es urgente y necesario, pero no suficiente. Las plataformas compiten de forma desleal con sectores estratégicos de nuestras economías, no a través de sus algoritmos sino gracias a sus infraestructuras. Más del 80% de las tecnologías digitales europeas son importadas, como recordaba recientemente Francesca Bria. Hemos delegado el desarrollo y el mantenimiento de nuestras infraestructuras críticas para la banca, el comercio minorista y los medios de comunicación. No podemos recuperar el control para corregir esos muchos errores sin acceder a ellas. Por eso TikTok tiene 90 días para vender al menos arte de sus activos a una empresa estadounidense, antes de ser desterrada de EE UU. La Ley para la Protección de los Estadounidenses contra Aplicaciones Controladas por Adversarios Extranjeros está diseñada para que ninguna empresa china, india o europea pueda hacer en EEUU lo que la alianza de oligarcas tecnológicos y líderes populistas está haciendo aquí.

La semana pasada, Joe Biden se despidió de la Casa Blanca hablando de “una oligarquía de extrema riqueza, poder e influencia”, un discurso que recordaba al de otro presidente americano, en enero de 1961. “Debemos protegernos contra la adquisición de influencia injustificada, ya sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial”, advirtió Eisenhower, quien añadió: “La posibilidad de un desastroso aumento de poder fuera de lugar existe y persistirá.” Son manifestaciones de la misma máquina. Sólo conoce la expansión.

En los últimos años, Biden y el Partido Demócrata han sido fundamentales para el avance de esa oligarquía. Sigue alineada con sus valores, como demuestra perdonando a toda su familia en lugar de denunciantes como Edward Snowden o Julian Assange. Pero también sobrevivirá a Trump. Su interfaz ya no serán los vídeos en una pantalla de cristal templado, sino una voz en nuestra cabeza, más adictiva, centralizada, extractiva y manipuladora que nunca. “Realmente veo la IA como un potenciador”, ha dicho en Davos Vimal Kapur, presidente de Honeywell. Podemos ayudarla a propagarse o apoyar una infraestructura pública, comunitaria y abierta. No es utópico ni poco realista. Es la solución.











[ARCHIVO DEL BLOG] Les nacerán monstruos. Publicado el 03/02/2020










Uno se empieza a morir cuando la percepción de uno mismo está tan alejada de la que tienen los demás que corres el riesgo de convertirte en la persona que un día detestaste, comenta en el A vuelapluma de hoy el escritor Manuel Jabois.
No hay mejor virtud que aburrirse -comienza diciendo Jabois-. Una mañana de 1832, una amante dejó plantado a Stendhal por un primo de ella, a lo que el escritor contestó en la soledad de sus habitaciones alquiladas en un palacio de Roma: “Les nacerán monstruos”. Cuando entró una camarera con el desayuno, le contó a quién pertenecieron sus aposentos 300 años antes: Miguel Ángel Buonarroti. No solo eso; ahí, donde descansaba Stendhal, Miguel Ángel había conocido a Tommaso Cavalieri. Me gusta la expresión que utiliza Juan Forn en Página 12 cuando recuerda la historia: la camarera es romana, por tanto “habla de 300 años antes como si hablara de antes de ayer”.
Lo que sigue a continuación es uno de esos momentos en los que parece que Dios, además de existir, saca un seis doble cuando juega los dados. Cuenta Forn que Stendhal pasa el día escribiendo en los márgenes de las Rimas de Miguel Ángel unos apuntes enfebrecidos sobre la relación del genio. Tres siglos más tarde, el autor francés relata aquel amor de un hombre de 52 años y un chico de 22. “Miguel Ángel no solo retrató y cantó al joven Tommaso; también lo amó carnalmente. Educó, pues, su inteligencia y su cuerpo, como Sócrates hiciera con Alcibíades o Eurípides con Agatón, y si lo divinizó en el dibujo y en el verso, no desdeñó humanizarlo en el músculo y en el hueso. Al final de su longeva existencia, allá por 1564, cuando la llama del amor físico se había consumido hacía tiempo, Tommaso acompañó a Miguel Ángel en el instante de su muerte”, contó en EPS Ricardo Menéndez Salmón.
Stendhal no siguió escribiendo tras ese día, y sus apuntes se perdieron 150 años, hasta que aparecieron en Civitavecchia. Se le puso a aquello como título uno de los versos que Miguel Ángel dedicó a Tommaso: Quién me defenderá de tu belleza (“Si me has encadenado sin cadenas / y sin brazos ni manos me sujetas, / ¿quién me defenderá de tu belleza?”). En España lo publicó Pre-Textos en 2007. Supe de la historia hace años por el artículo de Forn y recordé, al leer esto (“Stendhal estaba a días de cumplir cincuenta ese otoño de 1832. No le costó nada verse como Miguel Angel: feo, viejo, plebeyo”) lo que escribiría Thomas Mann en 1912, La muerte en Venecia. Un viejo escritor, Gustav von Aschenbach, queda impactado por la belleza de un chico adolescente, Tadzio, cuya contemplación convierte en el acto central del día; un día observa con asco la imagen de un viejo maquillado acercándose a coquetear con un grupo de chicos. Al final de la historia, persiguiendo a Tadzio por Venecia, él ya se ha convertido en ese viejo.
Uno se empieza a morir exactamente en ese punto: cuando la percepción de ti mismo está tan alejada de la que tienen los demás que corres el riesgo de ser la persona que un día detestaste. Cuando se llevó al cine Muerte en Venecia (1970) Luchino Visconti quiso a Miguel Bosé como Tadzio, pero se encontró con la oposición —¡quién lo podía imaginar!— de su padre, Luis Miguel Dominguín, así que se eligió a un quinceañero sueco, Björn Andrésen. Tiempo después el chico contó que Visconti lo obligó a ir a un bar gay, donde los hombres mayores enloquecían como enloqueció Von Aschenbach. Supo tan bien Andrésen lo que era ser Tadzio que su vida bien pudo ser la continuación no escrita de la ficción de Thomas Mann. Fracasó como actor, como cantante. Fue devorado por su propia belleza, de la que nadie lo defendió. Tanto, que las revistas y los periódicos se afanaron en perseguir el efecto del tiempo en ella. Quizá dentro de 300 años alguien la sepa contar mejor".
A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















Del poema de cada día. Hoy, Cuerpo-naufragio, de Carmen Juan

 






CUERPO-NAUFRAGIO



Como carroñeros rescatan mi cuerpo

mal sepultado junto a las rocas. Les habla

de conciencias tranquilas que abandonaron

de padres que supieron amar

de hermanos cautivos aún en algún útero

remoto, pero

nadie escucha. Es porque las cicatrices nuevas

consienten.

Dicen que no hubo nunca un Gran Dolor y

oigo voces que cuchichean, los pescadores dicen

                                               no puede ser verdad

                                               no puede

                                               no

pero las heridas jóvenes insisten.

No fue nada ni hubo nunca un Gran Dolor

que atravesara a oscuras el pasillo, los

pulmones,

el desvariado amor que fue lo único

que sangró cuando la estaca.

                                               No fue

                                               no hubo

dicen las marcas ignorantes de dientes de leche.

Son brechas

descendientes de otras brechas

que no supuran por miedo o qué sé yo, por

puro agotamiento, pero que saben

y callan, que nacieron

del vientre frío de la guerra.


Querían, los pescadores, sacar

algo bello de mi cuerpo. Creyeron

haber hallado magia, mitología, y no hay sino

antigüedad comprimida, los restos

de una embarcación que osó

cruzar este Leteo

este destino naufragio del que

quisiera salvaros advirtiendo:

                                               no lo toquen siquiera

                                               no suelten amarras

                                               no se alejen del puerto

pero el aliento apenas escapa de los labios y

nadie escucha porque las heridas jóvenes

son siempre las más rojas, las más hermosas, y

ellas cantan que

no fue nada, no hubo un Gran Dolor

habitándome entre los huesos.


Y atraviesan la carne con un corte limpio

muestran

la competencia esperada

de quien lleva siglos alimentando a sus hijos

a base de los hijos del océano. Buscan oro, fuego

o el mismísimo Origen, el sentido de la vida, y

no hay sino

algas podridas que protegen la costra

sal apelmazada que protege la costra

fósiles de moluscos que protegen la costra

para que no se abra, para que no vuelva

a gotear la historia.

Las grietas selladas no se defienden, preferirían

permanecer enterradas

silenciar esa canción que sus herederas

ignoran, pero

nadie escucha y

las heridas jóvenes entonan

los pescadores las aman

nadie

nadie escucha.


Hay algo de redundancia en la estupidez

humana



Carmen Juan (1990)

poetisa española


















De las viñetas de humor de hoy martes, 28 de enero de 2025

 





































lunes, 27 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 27 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 27 de enero de 2025. La búsqueda de la pureza es una constante en la historia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la pureza, y aunque en la mitología clásica Zeus era el primero en quebrantarla, las religiones monoteístas siempre pretendieron erigirse en fortalezas y guardianes de la pureza moral. La segunda el día es un archivo del blog de junio de 2019; se titulaba Tropezar con la memoria, e iba de las llamadas "piedra de la memoria", que pretenden guardar la información que se pierde cuando se extinguen la memoria y la sabiduría que conocer el pasado entraña. El poema de hoy, en la tercera, se titula La lentitud de los bueyes, y comienza con estos versos: Vendrá el silencio, y cruzaré la nada./Y encontraré la muerte flotando sobre el heno. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.












De la pureza

 







La búsqueda de la pureza es una constante en la historia. Aunque en la mitología clásica Zeus era el primero en quebrantarla, las religiones monoteístas siempre pretendieron erigirse en fortalezas y guardianes de la pureza moral, escribe en la revista Ethic [Contra la pureza, 22/01/25] su director, el escritor Pablo Blázquez. La aristocracia, por su parte, se formulaba hundiéndose en las raíces de su árbol genealógico. Era una cuestión de linaje, de sangre azul, que no debía mezclarse con la sangre infesta de la plebe, mestiza por naturaleza. Su pretensión de pureza era social, estamental. «Este menda desciende directamente de la pata del Cid», se bromea aún cuando algún cursi presume demasiado de sus orígenes, aunque en realidad lo que se lleve ahora sea fardar de abolengo poligonero, de barrio chungo y macarra, de pueblo perdido entre las llanuras o valles de esa España vacía de la que tanto se habla. Luego llegaron los movimientos marxistas, con sus resonancias bíblicas y la turra del materialismo histórico. Y vaya sí corrió la sangre en esa siniestra dictadura del proletariado que se había propuesto acabar con la burguesía y sus vicios capitalistas. En este breve repaso, de pincelada gruesa, por supuesto no pueden faltar los nazis y sus tropas de asalto, que como sabemos quisieron imponer al mundo la pureza racial con sus delirantes mitos sobre la raza aria y su abominable solución final, que no pretendía otra cosa que exterminar al pueblo judío de la faz de la tierra. Tampoco los fanáticos islamistas, siempre prestos a atacar a los infieles del mundo civilizado. En el origen del totalitarismo encontramos siempre un dogma de fe que conecta de alguna forma con un ideal de pureza, ya sea moral, social, racial o ideológico.  

Las cazas de brujas contra los impuros siempre han encontrado una coartada moral, intelectual e incluso científica. En el siglo XIX, el racismo pretendía ser una ciencia exacta que podía diferenciar a las personas sobre la base de hechos biológicos como el tamaño de los cráneos. Y el mismísimo Kant, padre de la Ilustración, a quien tanto debemos quienes creemos en la democracia liberal y sin cuya filosofía no se entendería, sin ir más lejos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, condenó y deshumanizó a los homosexuales cuando escribió que sus relaciones estaban «por debajo del nivel de los animales» y hacían «al hombre indigno de su humanidad». Kant nació en 1724 y murió en 1804. Quizá hoy nos sorprenda más que la Organización Mundial de la Salud no retirara la homosexualidad de su manual de trastornos mentales hasta 1990, diecisiete años después que la Asociación de Psiquiatras de Estados Unidos.

¿Y qué pasa hoy en las sociedades liberales que se edificaron para hacer frente a todos esos dogmas y asegurar la convivencia entre ciudadanos libres e iguales? Tras una serie de crisis, nos enfrentamos a la sacudida de los movimientos de agitación y propaganda populistas, que cada vez cuentan con más adeptos y cuyas consignas se mueven por las redes sociales a toda mecha. En las sociedades abiertas nos encontramos sobre todo dos tendencias que tensionan desde dentro un sistema que tiene que demostrar ahora, más que nunca, la calidad y resistencia de sus instituciones. De un lado, los nacionalistas identitarios, nostálgicos de unos valores tradicionalistas que ven amenazado su ideal de estilo de vida ante la inmigración y los profundos cambios que estamos experimentando. Las élites, a menudo autocomplacientes, persisten en su error de tratarlos como ciudadanos de tercera, por lo que el volumen del resentimiento aumenta. Y de otro lado, los nuevos puritanos, abanderados woke de «una sociedad que quiere vivir sin religión, pero no sin sermones» y donde «la atmósfera cultural exige constantemente exámenes de conducta moral e ideología», como ha escrito el ensayista Brian Patrik Eha en un artículo que pudimos leer en esa gran revista que es Letras Libres. En la era de la inflación moral, el ciudadano García se enfrenta cotidianamente a una legión de incansables Torquemadas, que en sus reprimendas públicas suelen usar buenas causas, como el feminismo, la lucha contra el racismo o el medio ambiente, a las que acaban perjudicando con sus infumables dogmas.

Decía Julián Marías que «el sucedáneo del totalitarismo es la politización», esto es, «poner la política en primer plano y juzgar todo desde ella». Esta actitud opera una increíble falsificación de la historia. Frente a la impostura y la sobreactuación de la pureza ideológica, ¿no debería inspirarnos más confianza el mestizaje de las ideas que viajan y evolucionan con el curso del tiempo? Porque esto no va de izquierdas y de derechas, ni de bandos, como insisten en hacernos creer los que viven de esa cantinela que sirve sobre todo para movilizar a las masas y futbolizar la realidad política, en verdad mucho más rica y compleja. Ahí es precisamente donde descansa la esencia y la fuerza de nuestras democracias, aunque produzca cierto sonrojo tener que recordarlo.















[ARCHIVO DEL BLOG] Tropezar con la memoria. Publicado el 20/06/2019
















Todos los que han conocido a supervivientes son conscientes de la información que se pierde cuando se extingue su memoria y de la sabiduría que conocer el pasado entraña, escribe en El País el periodista Guillermo Altares.
Las llamadas “piedras de la memoria”, Stolpersteine, han empezado a colocarse en Madrid, comienza diciendo Altares. Se trata de pequeñas esculturas de cobre del artista alemán Gunter Demnig, del tamaño de un adoquín, destinadas a conmemorar a víctimas del nazismo y el fascismo. Figura el nombre de la víctima, su lugar de nacimiento y el sitio donde fue asesinado. La idea es que los peatones se tropiecen levemente con ellas y así se den cuenta de que hay algo extraño en ese lugar. Las placas están colocadas ante los domicilios de los ausentes.
Los barrios judíos de Berlín o Roma están llenos de estas piedras. Ya se han colocado 70.000 en cientos de ciudades, con lo que representan el mayor monumento contra el fascismo del mundo. No solo conmemoran a judíos, sino a todas las víctimas de los totalitarismos del siglo XX: discapacitados, testigos de Jehová, gitanos, objetores de conciencia, homosexuales, socialdemócratas o republicanos españoles. Nadie se libró de la furia asesina.
La proliferación de estas piedras coincide con un momento inevitable al que más tarde que pronto tendrá que enfrentarse Europa: la desaparición de los últimos testigos de los años treinta y de la II Guerra Mundial. Las recientes conmemoraciones del desembarco de Normandía estuvieron centradas en los veteranos con la sensación general de que en la próxima celebración, el 80º aniversario, quedarán muy pocos. Lo mismo ocurre con Auschwitz, el campo de exterminio nazi, donde normalmente se realizan ceremonias cada 10 años, aunque en esta ocasión, el próximo 27 de enero, se recordará a los supervivientes en el 75º aniversario de la liberación del campo ante el temor de que dentro de cinco años queden demasiados pocos testigos.
Todos los que han conocido a supervivientes y a los que sus padres o abuelos les contaron sus guerras son conscientes de la información que se pierde cuando se extingue su memoria y de la sabiduría que conocer el pasado entraña. Una de las lecciones de aquellos años consiste en minusvalorar el peligro que encarna la ultraderecha, en olvidar su capacidad para laminar las instituciones desde dentro, como ocurre en Hungría o Polonia. Para eso sirven las Stolpersteine, para toparse con el pasado. Visto lo visto, por muchas que se coloquen nunca serán suficientes. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


















Del poema de cada día. Hoy, La lentitud de los bueyes, de Julio Llamazares

 







LA LENTITUD DE LOS BUEYES



Vendrá el silencio, y cruzaré la nada. Y encontraré la muerte flotando sobre el heno.


Viejas leyendas acecharán mis pasos en el lugar donde germina la superstición.


Y en los últimos páramos, la escarcha borrará las huellas de mi ausencia para que así podáis seguir alimentándoos de olvido.


(¿Acaso recordáis la lentitud de vuestros padres cuando la hierba ya ha ocupado su lugar?)


El barro que ahora habito se fundirá en vosotros como el esparto aplicado a las heridas.


Frutos agraces traspasarán mi alma cuando abandone los lugares profesados en la cohabitación.


Pero seguramente nadie recordará mi forma ni la oquedad silente que ocupará mi sitio.


Seguramente entonces, al borde de la nada, más allá del silencio, yo estaré preguntándome el porqué del olvido, la abrasada razón por la que el tiempo coloca amargas hierbas sobre nosotros.


Y una sustancia antigua, como de tallos verdes, manará lentamente del silencio como única respuesta.



Julio Llamazares (1955)

poeta español