El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 28 de enero de 2025
lunes, 27 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy lunes, 27 de enero de 2025
De la pureza
La búsqueda de la pureza es una constante en la historia. Aunque en la mitología clásica Zeus era el primero en quebrantarla, las religiones monoteístas siempre pretendieron erigirse en fortalezas y guardianes de la pureza moral, escribe en la revista Ethic [Contra la pureza, 22/01/25] su director, el escritor Pablo Blázquez. La aristocracia, por su parte, se formulaba hundiéndose en las raíces de su árbol genealógico. Era una cuestión de linaje, de sangre azul, que no debía mezclarse con la sangre infesta de la plebe, mestiza por naturaleza. Su pretensión de pureza era social, estamental. «Este menda desciende directamente de la pata del Cid», se bromea aún cuando algún cursi presume demasiado de sus orígenes, aunque en realidad lo que se lleve ahora sea fardar de abolengo poligonero, de barrio chungo y macarra, de pueblo perdido entre las llanuras o valles de esa España vacía de la que tanto se habla. Luego llegaron los movimientos marxistas, con sus resonancias bíblicas y la turra del materialismo histórico. Y vaya sí corrió la sangre en esa siniestra dictadura del proletariado que se había propuesto acabar con la burguesía y sus vicios capitalistas. En este breve repaso, de pincelada gruesa, por supuesto no pueden faltar los nazis y sus tropas de asalto, que como sabemos quisieron imponer al mundo la pureza racial con sus delirantes mitos sobre la raza aria y su abominable solución final, que no pretendía otra cosa que exterminar al pueblo judío de la faz de la tierra. Tampoco los fanáticos islamistas, siempre prestos a atacar a los infieles del mundo civilizado. En el origen del totalitarismo encontramos siempre un dogma de fe que conecta de alguna forma con un ideal de pureza, ya sea moral, social, racial o ideológico.
Las cazas de brujas contra los impuros siempre han encontrado una coartada moral, intelectual e incluso científica. En el siglo XIX, el racismo pretendía ser una ciencia exacta que podía diferenciar a las personas sobre la base de hechos biológicos como el tamaño de los cráneos. Y el mismísimo Kant, padre de la Ilustración, a quien tanto debemos quienes creemos en la democracia liberal y sin cuya filosofía no se entendería, sin ir más lejos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, condenó y deshumanizó a los homosexuales cuando escribió que sus relaciones estaban «por debajo del nivel de los animales» y hacían «al hombre indigno de su humanidad». Kant nació en 1724 y murió en 1804. Quizá hoy nos sorprenda más que la Organización Mundial de la Salud no retirara la homosexualidad de su manual de trastornos mentales hasta 1990, diecisiete años después que la Asociación de Psiquiatras de Estados Unidos.
¿Y qué pasa hoy en las sociedades liberales que se edificaron para hacer frente a todos esos dogmas y asegurar la convivencia entre ciudadanos libres e iguales? Tras una serie de crisis, nos enfrentamos a la sacudida de los movimientos de agitación y propaganda populistas, que cada vez cuentan con más adeptos y cuyas consignas se mueven por las redes sociales a toda mecha. En las sociedades abiertas nos encontramos sobre todo dos tendencias que tensionan desde dentro un sistema que tiene que demostrar ahora, más que nunca, la calidad y resistencia de sus instituciones. De un lado, los nacionalistas identitarios, nostálgicos de unos valores tradicionalistas que ven amenazado su ideal de estilo de vida ante la inmigración y los profundos cambios que estamos experimentando. Las élites, a menudo autocomplacientes, persisten en su error de tratarlos como ciudadanos de tercera, por lo que el volumen del resentimiento aumenta. Y de otro lado, los nuevos puritanos, abanderados woke de «una sociedad que quiere vivir sin religión, pero no sin sermones» y donde «la atmósfera cultural exige constantemente exámenes de conducta moral e ideología», como ha escrito el ensayista Brian Patrik Eha en un artículo que pudimos leer en esa gran revista que es Letras Libres. En la era de la inflación moral, el ciudadano García se enfrenta cotidianamente a una legión de incansables Torquemadas, que en sus reprimendas públicas suelen usar buenas causas, como el feminismo, la lucha contra el racismo o el medio ambiente, a las que acaban perjudicando con sus infumables dogmas.
Decía Julián Marías que «el sucedáneo del totalitarismo es la politización», esto es, «poner la política en primer plano y juzgar todo desde ella». Esta actitud opera una increíble falsificación de la historia. Frente a la impostura y la sobreactuación de la pureza ideológica, ¿no debería inspirarnos más confianza el mestizaje de las ideas que viajan y evolucionan con el curso del tiempo? Porque esto no va de izquierdas y de derechas, ni de bandos, como insisten en hacernos creer los que viven de esa cantinela que sirve sobre todo para movilizar a las masas y futbolizar la realidad política, en verdad mucho más rica y compleja. Ahí es precisamente donde descansa la esencia y la fuerza de nuestras democracias, aunque produzca cierto sonrojo tener que recordarlo.
[ARCHIVO DEL BLOG] Tropezar con la memoria. Publicado el 20/06/2019
Del poema de cada día. Hoy, La lentitud de los bueyes, de Julio Llamazares
LA LENTITUD DE LOS BUEYES
Vendrá el silencio, y cruzaré la nada. Y encontraré la muerte flotando sobre el heno.
Viejas leyendas acecharán mis pasos en el lugar donde germina la superstición.
Y en los últimos páramos, la escarcha borrará las huellas de mi ausencia para que así podáis seguir alimentándoos de olvido.
(¿Acaso recordáis la lentitud de vuestros padres cuando la hierba ya ha ocupado su lugar?)
El barro que ahora habito se fundirá en vosotros como el esparto aplicado a las heridas.
Frutos agraces traspasarán mi alma cuando abandone los lugares profesados en la cohabitación.
Pero seguramente nadie recordará mi forma ni la oquedad silente que ocupará mi sitio.
Seguramente entonces, al borde de la nada, más allá del silencio, yo estaré preguntándome el porqué del olvido, la abrasada razón por la que el tiempo coloca amargas hierbas sobre nosotros.
Y una sustancia antigua, como de tallos verdes, manará lentamente del silencio como única respuesta.
Julio Llamazares (1955)
poeta español
domingo, 26 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy domingo, 26 de enero de 2025
De la armonía de lo existente
Al igual que sucede en otros pequeños pueblos de Francia, en aquel de la Cerdanya al que vengo con frecuencia, que ya es mi segunda casa, cada noche, a las 23 horas en punto, se apagan todas las luces de todas sus calles y el pueblo queda totalmente a oscuras. Muchas de esas noches, esa hora salgo con Max, mi perro, a dar el último paseo del día, escribe en la revista Ethic [De la armonía de lo existente, 22/01/2025] el abogado Luis Suárez Mariño. Cuando el cielo está claro, sin nubes, mirar hacia arriba es todo un verdadero espectáculo, dice. Si hay luna llena, por un extremo se recorta el macizo del Puigmal con sus conocidas y queridas cumbres, por el otro la también ascendidas cumbres del Puigpedrós y el macizo del Carlit. Cuando la luminaria de la luna, en cuarto creciente o menguante, se atenúa, entonces la bóveda celeste se muestra en toda su plenitud y uno puede admirar la grandeza del firmamento y de manera natural se hace aquellas preguntas que, supongo, ya se hicieron aquellos primeros humanos: ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?
El asombro por la grandeza del cielo nocturno me hace recordar con frecuencia a Spinoza, aquel joven holandés que, después de ser excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam en julio de 1656, se ganó la vida como pulidor de lentes, oficio que quizás elegiría por la curiosidad de observar el firmamento, la misma curiosidad que le llevó a plantearse las cuestiones filosóficas de las que hablamos.
Como filósofo Spinoza defendió que el pensamiento humano, el racional y el imaginativo, son efecto de la potencia generadora de la naturaleza. Deus sive Natura, expresión con la que Spinoza manifestó su creencia en una única sustancia dotada de dos atributos, pensamiento y extensión, concebida en sí misma como Naturaleza naturante, en cuanto principio que produce, o como Naturaleza naturada, en cuanto realidad producida.
Siglos después, algunos físicos como Albert Einstein o David Bohm también consideraron que toda la realidad está inseparablemente conectada y que el cosmos es un continuo interconectado. El propio Einstein que fue un gran admirador de Spinoza. A la pregunta de si creía en Dios, manifestó que era en el Dios de Spinoza en el que él creía, un Dios que se revela en la armonía de lo que existe.
Una armonía cuyas precisas notas no parece factible sean fruto de la casualidad, sino que nos habla de la necesaria participación de un compositor que escribiera en un pentagrama con detallada precisión la altura de las notas musicales, su duración y el compás de la música.
Del pensamiento de Spinoza aprendemos dos grandes enseñanzas: la primera, que el universo engloba todas las cosas y por lo tanto a todos los humanos, por lo que siendo todos partes del Todo, ningún grupo étnico, social, nacional o religioso, ni ningún individuo, tiene el derecho a considerarse superior, y la segunda, que siendo los humanos parte integrante de la Naturaleza, protegiéndola y respetándola nos protegemos y respetamos a nosotros mismos.
Es precisamente la percepción de que todo está relacionado, de que todo lo existente participa de una misma esencia, es decir, de «la armonía de todo lo existente», la que nos debe hacer reflexionar y nos invita a adoptar una conducta respetuosa con todos los seres creados.
El filósofo Raimon Panikkar emplea el término «ecosofía», palabra inventada por el también filósofo y alpinista Arne Naess (padre de la Ecología Profunda) para referirse a la sabiduría de la Tierra, tratando de armonizar el mundo de Dios, el de los hombres y todo el Cosmos.
También el papa Francisco, en su encíclica «Laudato si», nos invita a ver que todo está íntimamente relacionado y a no considerar la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. «Estamos –escribe el papa– incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados…. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza. Y es que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial».
Nos habla el papa, en definitiva, de una ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales. No solo a reconocer la armonía de lo existente sino a ser cultivadores de armonía con la naturaleza y con nuestros semejantes nos han invitado también los santos, como san Francisco de Asís y otros maestros espirituales de otras religiones, muy especialmente, orientales, como budistas, taoístas o hinduistas. Pero la admiración por la armonía de la naturaleza y la búsqueda de la armonía, del bienestar de los demás seres que la pueblan, no es patrimonio ni de los científicos ni de los religiosos de una u otra creencia, también la expresaron de manera especialmente brillante algunos artistas, como Beethoven, quien supo describir de manera magistral tanto la armonía de la naturaleza, singularmente en el primer movimiento de su sexta sinfonía, la Pastoral, como la invitación a cultivar la armonía y la paz entre los hombres, muy particularmente en la Oda a la Alegría, esa conmovedora invitación a la hermandad de todos los seres humanos con la que termina su novena y última sinfonía.
[ARCHIVO DEL BLOG] Los "Cantos" de Hölderlin. Publicado el 09/08/2016
Del poema de cada día. Hoy, Aunque no lo recuerdes, de Marcos Díez
AUNQUE NO LO RECUERDES


























































