martes, 26 de noviembre de 2024

El poema del día. Hoy, Cuando ya nada importa, de Andrés Mirón (1941-2004)

 







CUANDO YA NADA IMPORTA


Hay cosas que se explican cuando ya nada importa.

Evoco los tranvías y a las rubias platino

del lábil cine negro y ciertos plenilunios

y unos tristes boleros oxidando los años

donde el oro es chatarra y los partes de guerra

y las casas de putas y un olor a alhucema,

que dieron en cenizas. Qué inútil la palabra

que llega cuando el tiempo ya puso, según suele,

su estrago en lo que nombra. Aquí donde ahora lato,

un soldado de Aníbal me hizo prisionero

por gritar ¡Ave César! una noche de farra.

Y preso continúo, pero de otros caprichos,

si no tan placenteros, más turbiamente inútiles.

Los malvas del poniente acercan aventuras

vividas no se sabe en cuáles alamedas

con pájaros cantores. ¿Memoria o espejismo?

Da igual; tal vez un roce de hermosura no escrita.

Por esta densa niebla transito cada tarde.

Y así doy en la noche, esa trama secreta

que otorga paz al mundo y pone en evidencia

la pequeñez del hombre, su ceguera culpable.

Pero no todo es sombra. Una flor se hace mayo

si en ella se sustancian canción y galanura.

En este extraño instante coincido en el Martinho

da Arcada con Pessoa, un sombrero marengo

de fieltro y mucho humo. Encuentros como éste

se dan en cualquier sitio a poco que me marche

de copas y regrese borracho y me detengan

por recitar mi vida. Nadie me espera nunca.

Una vez intentaron liquidarme en Granada

tan sólo porque quise llamar al crimen, crimen,

pero hui para siempre como dicta mi miedo.

Allí donde hubo un árbol, siempre queda una sombra

y hay vuelos que se truncan en pleno descarrío

y una historia de trinos le otorga a la mañana

fascinación durable. Con trinos me despierto.

Con trinos, ya en la calle, me salen al encuentro

árboles prisioneros, sin culpa, del asfalto.

Si ofician el asombro, la prisa no lo advierte.

Solos y rutinarios nos perdemos de vista

y de otros soliviantos igualmente feroces.

Todo este helor se llama miércoles, por ejemplo.

Pero a veces el cielo se engrisa en nuestro daño

y deja una caricia allí donde un parterre

implora verderío. Vivir es sucederse.

Estar es santiguarse con la luz de los días.

Lo demás es un juego en que todo se pierde

o, con mucho entusiasmo, se gana lo apostado.

Sólo así nos sorprende con sus dalias tardías

la estación de los sueños. Es lo que siempre pasa

cuando ya no se explican las cosas que importaron.


Andrés Mirón (1941-2004)

poeta español
















De las viñetas del blog de hoy martes, 26 de noviembre de 2024

 






















lunes, 25 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy lunes, 25 de noviembre de 2024

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 25 de noviembre de 2024. Nos hemos acostumbrado a hablar de «guerras culturales» para describir la creciente tendencia a la censura moral del prójimo, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, pero ¿cómo podemos vivir juntos a pesar de nuestras discrepancias? La segunda del día es un archivo del blog de julio de 2015 en el que ante la cantidad de sandeces que se leen, se ven y se escuchan cada día en la prensa, las redes sociales, la televisión o la radio, reconfortaba encontrar de vez en cuando pequeñas joyas como la que el escritor Mario Vargas Llosa dedicaba al filósofo Friedrich W. Nietzsche. La tercera es hoy un poema de la poetisa alemana Louise Glück que comienza con estos versos: El amado no/necesita estar vivo. El amado/vive en la cabeza. El telar/es para los pretendientes, encordado/como un arpa con el hilo blanco de un sudario. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt














De los nuevos puritanos

 






Nos hemos acostumbrado a hablar de «guerras culturales» para describir la creciente tendencia —fomentada por esas redes sociales que nos conectan a tiempo completo con el gran teatro de las conductas ajenas— a la censura moral del prójimo, dice en Etihc [Los nuevos puritanos, 21/11/2024] el politólogo Manuel Arias Maldonado.. Flashback: en una sociedad liberal plegada sobre sí misma tras la caída del comunismo soviético, la convivencia de los diferentes pasó a convertirse en tema fundamental de la filosofía política y en objeto habitual del debate público y de las decisiones judiciales: ¿cómo podemos vivir juntos a pesar de nuestras discrepancias? Pensadores de la talla de Rawls, Rorty, Habermas o Taylor presentaron sus recetas para la construcción de una «sociedad bien ordenada», al tiempo que la globalización poscomunista extendía el desafío de la comprensión mutua más allá de las fronteras de Occidente. Sin embargo, la crisis financiera de 2008 y la irrupción del populismo trajeron de vuelta el fantasma del iliberalismo; la impugnación de las instituciones democráticas va de la mano del ataque contra la libre decisión personal.

De manera que mientras que unos te impelen a tener hijos, otros te exigen abandonar el coche para salvar el planeta; los primeros quisieran salvar el cristianismo y los segundos defienden que solo un traductor negro puede traducir a un poeta negro. Y si bien subsiste la percepción de que esta revuelta antiliberal la protagoniza sobre todo la derecha, lo que incluye a conservadores nostálgicos de un mundo más homogéneo y a reaccionarios empeñados en dar la vuelta a la modernidad, es el protagonismo de la izquierda el que ha generado más sorpresa: que jóvenes activistas enarbolen las banderas del punitivismo penal, la cultura de la cancelación o la restricción de la libertad de expresión no parece encajar con la imagen heredada de los movimientos emancipatorios nacidos en la década de los 60. No hace falta añadir que las pulsiones moralizantes de la derecha política y social, allí donde se manifiestan, encierran menos secretos doctrinales; en el mundo de la modernidad, caracterizado por el cambio y la disolución de los valores tradicionales, el conservador no se siente a gusto y el reaccionario experimenta una viva indignación.

Por el contrario, ¿cómo es posible que hayamos transitado del prohibido prohibir del 68 y de la revolución sexual que prometía el amor libre a una sociedad donde tanto el artista como el vecino deben exhibir una vida personal intachable, so pena de sufrir una muerte civil, y en la que se arremete contra una influencer que disfruta cocinando para su novio o se condena a la muerte civil a quien cometió la osadía de ponerse una blackface en la fiesta de disfraces a la que asistió cuando era adolescente? Dicho de otra manera: ¿en qué momento la búsqueda de la emancipación humana, ideal definitorio de aquellos movimientos sociales que irrumpieron en las sociedades occidentales a finales de los 60, adopta un carácter regresivo y desemboca en el intento por coartar el ejercicio de la autonomía personal de los demás? Nótese que esa inversión de roles ha permitido a cierta derecha más o menos libertaria reclamarse punk, enfrentándose a un nuevo establishment cultural que se dedica a fijar límites a lo que cada uno pueda o no hacer con su vida: las obscenidades que solían proferir los héroes sesentayochistas con el fin de epatar a los burgueses, práctica iniciada en el periodo de entreguerras por las vanguardias artísticas, serían ahora patrimonio de sus enemigos.

Vaya por delante que la corrección política o la sensibilización ante cierta clase de injusticia, fenómenos definitorios de eso que ha venido a llamarse «ideología woke», presentan aspectos positivos. Hay que saludar el mayor respeto con que se trata a minorías antes discriminadas o cuando menos estigmatizadas, un cambio de lenguaje que debe contarse como una ampliación del círculo de consideración moral. Pero cuando la sensibilidad se convierte en dogmatismo y quienes creen estar en posesión de la verdad se arrogan la potestad de decidir lo que está bien y lo que está mal, reclamando el derecho a prohibir las formas de vida que les disgustan, los denominados social justice warriors se convierten en víctimas de sus propios excesos. Y si bien esta indeseable disposición —que encuentra en las redes sociales el terreno abonado para su desarrollo— puede intentar explicarse de muchas maneras, yo quisiera aquí vincularla con la ideología posmarxista tal como se conforma en las sociedades posindustriales durante la segunda mitad de los Trente Glorieuses.

El neopuritano se figura estar salvando al individuo alienado cuando lo empuja a vivir una vida auténtica, igual que los viejos puritanos rescataban el alma del réprobo

Partamos de una tesis: solo se comporta como un puritano agresivo quien cree estar en posesión de una verdad moral incuestionable que excluye puntos de vista alternativos. Ocurre que la sociedad liberal se define por la coexistencia —protegida constitucionalmente— de puntos de vista alternativos. De ahí que el activista deba convencerse de que la pluralidad liberal es una falsa pluralidad; el individuo que opera en ella solo en apariencia es un sujeto autónomo, ya que su vida carece de la autenticidad necesaria. Y es que la subjetividad ha sido capturada por las fuerzas del sistema; volvemos así a aquel obrero de Marx que sufre una «falsa conciencia» inoculada por el Estado burgués. ¡No somos libres! Aunque nos parezca serlo más que nunca; por aquí asoma la incongruente tesis de Foucault según la cual el nacimiento de las sociedades liberales conduce a la minoración de la libertad individual. Se trata de una subordinación invisible, que solo el ojo experto —el ojo de quien ha despertado y se mantiene woke— sabe detectar.

Y dado que no cabe ser tolerante con los enemigos de la verdadera libertad, como proclamó Herbert Marcuse, el revolucionario tiene el derecho de suprimir la falsa libertad del otro. Su propósito, desde luego, es edificante: procurar la emancipación del oprimido que se cree libre. Por eso puede decirse que el neopuritano se figura estar salvando al individuo alienado cuando lo empuja a vivir una vida auténtica, igual que los viejos puritanos rescataban el alma del réprobo. Hay así un hilo que conecta el aparente libertarismo sesentayochista con el neopuritanismo contemporáneo: ya que las masas no supieron sumarse a la revolución, habrá que imponerles la forma de vida correcta en nombre del progreso de la humanidad. Si seguimos tirando del hilo, nos encontraremos con Robespierre —la salud pública exige sacrificios— e incluso con Lenin: libertad ¿para qué? En una democracia, afortunadamente, hay límites a lo que puede hacerse con los demás: el neopuritano ladra y a menudo no puede morder. Asegurémonos, por tanto, de que esa democracia sigue en pie. Si van a darnos lecciones, que al menos no puedan castigarnos.












[ARCHIVO DEL BLOG] Nietzsche, por Vargas Llosa. Publicado el 27/07/2015











Ante la cantidad de sandeces que se leen, se ven y se escuchan cada día en la prensa, las redes sociales, la televisión o la radio, reconforta encontrar de vez en cuando pequeñas joyas como la que hoy domingo dedica el escritor y premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa al filósofo Friedrich W. Nietzsche en un hermoso, sí, hermoso, artículo en El País, titulado "Nietzsche en Sils-Maria", en el que relata las estancias veraniegas del filósofo en esta bella región de los grisones suizos. 
Cuando Nietzsche vino por primera vez a Sils-Maria en el verano de 1879, dice Vargas Llosa en su artículo, era una ruina humana. Perdía la vista a pasos rápidos, lo atormentaban las migrañas y las enfermedades lo habían obligado a renunciar a su cátedra en la Universidad de Basilea, luego de profesar allí 10 años. Esta era entonces una remota región alpina en el alto Engadina, donde apenas llegaban forasteros. Fue un amor a primera vista: lo deslumbraron el aire cristalino, el misterio y vigor de las montañas, las cascadas rumorosas, la serenidad de lagos y lagunas, las ardillas y hasta los enormes gatos monteses.
Empezó a sentirse mejor, escribió cartas exultantes de entusiasmo por el lugar y, desde entonces, volvería por siete años consecutivos a Sils-Maria en los veranos, por temporadas de tres o cuatro meses. Siempre había sido un buen caminante, pero, aquí, andar, trepar cuestas empinadas, meditar en ventisqueros barridos por los vientos donde a veces aterrizaban las águilas, garabatear en sus pequeñas libretas los aforismos, uno de sus medios favoritos de expresión, se convirtió en una manera de vivir. En Sils-Maria, añade, escribiría o concebiría sus libros más importantes, "La gaya ciencia", "Así habló Zaratustra", "Más allá del bien y del mal", "El ocaso de los ídolos", o "El Anticristo".
La única habitación que no ha sido restaurada de la casa en la que se alojaba, cuenta nuestro escritor, es el dormitorio de Nietzsche. Sobrecoge por su ascetismo. Una camita estrecha, una mesa rústica, una jofaina de agua y un lavador. Testigos de la época dicen que entonces estaba llena de libros. Pero lo cierto es que Nietzsche pasaba mucho más tiempo al aire libre que bajo techo y que pensaba y escribía andando o tomando un descanso entre las larguísimas marchas que efectuaba a diario. Duraban unas seis horas cada día y a veces ocho y hasta diez. Ahora a los turistas, dice, les muestran algunas rutas que, aseguran los guías, eran sus preferidas, pero es un puro cuento. En primer lugar el paisaje ahora es distinto, civilizado por la afluencia masiva de esquiadores durante el invierno, la apertura de carreteras y los chalets sembrados alrededor de las pistas de esquí. En tiempos de Nietzsche esta era tierra aún salvaje, sin caminos, abrupta. Tras una difícil caminata en medio de los pinares y nevados, casi en sombra, se abría de pronto un paisaje edénico, como el que inspiraría las bravatas y filípicas de Zaratustra.
Nietzsche nunca un fascista ni un racista, afirma con rotundidad Vargas Llosa; un sector del museo documenta con detalle su buena relación con muchos intelectuales y comerciantes judíos y las veces que escribió criticando el antisemitismo. Pero también es cierto que nunca fue un demócrata ni un liberal. Detestaba las multitudes y, en especial, las masas de la sociedad industrial, en las que veía seres enajenados por esa “psicología de vasallos” que engendra el colectivismo, que anulaba el espíritu rebelde y mataba la individualidad. Fue siempre un individualista recalcitrante; creía que solo el ser humano no gregario, independiente, segregado de la tribu, enfrentado a ella, era capaz de hacer progresar la ciencia, la sociedad y la vida en general. Su terrible sentencia, que era también un pronóstico sobre la cultura que prevalecería en el futuro inmediato —“Dios ha muerto”— no era un grito de desesperación, sino de optimismo y esperanza, la convicción de que, en el mundo futuro, liberados de las cadenas de la religión y la mitología enajenante del más allá, los seres humanos obrarían para sacar al paraíso de las nieblas ultraterrenas y lo traerían aquí, a la historia vivida, a la realidad cotidiana. Entonces desaparecerían los estúpidos enconos que habían llenado la historia humana de guerras, cataclismos, abusos, sufrimientos, salvajismos, y surgiría una fraternidad universal en la que la vida valdría por fin la pena de ser vivida por todos.
Era una utopía no menos irreal que las de las religiones que Nietzsche abominaba y que haría correr también muchísima sangre y dolor. Al fin y al cabo, concluye Vargas Llosa, sería la democracia, que el filósofo de Sils-Maria tanto despreció pues la identificaba con el conformismo y la mediocridad, la que más contribuiría a acercar a los seres humanos a ese ideal nietzscheano de una sociedad de hombres y mujeres libres, dotados de espíritu crítico, capaces de convivir con todas sus diferencias, convicciones o creencias, sin odiarse ni entrematarse. Disfruten de su lectura. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt












Del poema de cada día. Hoy, Ítaca, de Louise Glück (1943-2023)

 






ÍTACA


El amado no

necesita estar vivo. El amado

vive en la cabeza. El telar

es para los pretendientes, encordado

como un arpa con el hilo blanco de un sudario.


Él era dos personas.

Era el cuerpo y la voz, el magnetismo

natural de un hombre vivo, y después

el sueño o la imagen que despliega

y moldea la mujer que trabaja el telar,

sentada allí, en un salón lleno

de hombres sin imaginación.


Igual que te compadeces

del engañado mar que intentó

llevárselo para siempre

y solamente se llevó al primero,

al verdadero marido, debes

compadecerte de estos hombres: no saben

qué es lo que están mirando;

no saben que cuando uno ama de esta forma

un sudario es un traje de novia.


Louise Glück (1943-2023)

poetisa estadounidense














De las viñetas de humor de hoy lunes, 25 de noviembre

 





























domingo, 24 de noviembre de 2024

Javier Cercas, en la Real Academia Española. Especial 1 de hoy domingo, 24 de noviembre de 2024

 







“Desde la atalaya de su experiencia y de su sabiduría. ¿Hay algo mejor que el sexo?”. La frase podría formar parte de un gag de Woody Allen, pero ha sido una de las preguntas que ha formulado el escritor Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, de 62 años) este domingo a los académicos que escuchaban su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE), que ha sido acogida con risas entre el público, escribe en El País [Javier Cercas ingresa en la RAE: “La lectura es una forma de conocimiento de uno mismo y de los demás, igual que el sexo”, 24/11/2024] el periodista Manuel Morales. Antes de responder a esta, muy probablemente, pregunta retórica, conviene saber que el autor había comparado antes el placer de los libros con el sexual. “La lectura es una forma de conocimiento de uno mismo y de los demás, igual que el sexo. Cuando alguien me dice que no le gusta leer, lo que se me ocurre es acompañarle en el sentimiento, igual que si me hubiera dicho que no le gusta el sexo”, ha dicho con humor.

Esa equiparación entre leer y tener sexo le ha servido a Cercas, aunque pueda parecer sorprendente, para criticar a “la práctica unanimidad del mundillo literario”, que rechaza “la idea de la utilidad de la literatura”. “¿Cómo es posible que sigamos enrocados en la sandez palmaria de la inutilidad del arte?”, se ha preguntado, gesticulante. Para el autor de Soldados de Salamina, no hay dudas de que la literatura, el arte, es útil, y ha citado a autores que lo manifestaron a través de sus obras: Ovidio, Horacio, Tirso de Molina, Kant. “Solo es inútil para el estúpido utilitarismo burgués que campa por sus respetos entre nosotros”, consecuencia de una “época embobada por el beneficio mercantil y el progreso técnico”. La literatura “es antes que nada, un placer, como el sexo”. “Y yo me pregunto: ¿existe algo más útil que el placer, o que el conocimiento placentero?”.

Esa desconsideración hacia la literatura por no ser “útil” es, según Cercas, uno de los “malentendidos”, cuando no “medias verdades o simples mentiras”, que la aquejan, tanto a la española como a la foránea. Es una de las mixtificaciones que ha denunciado y que han configurado el asunto central de su discurso, titulado Malentendidos de la modernidad. Un manifiesto.

El acto ha tenido el aire de las ocasiones especiales. La entrada de Cercas en el salón de actos ha sido acogida con aplausos. A su ingreso en la RAE han acudido personalidades del mundo de la literatura y los medios de comunicación, como el presidente de Prisa, Joseph Oughourlian; la directora de EL PAÍS, Pepa Bueno; los escritores Juan Gabriel Vásquez y Lorenzo Silva; los periodistas Jesús Ruiz Mantilla, Juan Cruz, Antonio Lucas y Miguel Ángel Aguilar, el director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, y la directora de la Feria del Libro de Madrid, Eva Orúe.

Cercas ha sido presuroso en preparar este discurso desde que fue elegido académico. Los electos disponen de dos años para pronunciarlo en el salón de actos de la RAE, pero él lo ha resuelto cinco meses después de que su candidatura la presentaran los académicos Mario Vargas Llosa, Pedro Álvarez de Miranda y Clara Sánchez, el 13 de junio. Sánchez fue la encargada de dar posteriormente el discurso de bienvenida a la institución, quien destacó también sus méritos en el periodismo, como su columna bimensual en El País Semanal, suplemento dominical de EL PAÍS, y sus premios en este oficio, “a pesar de que él cuando los ha recibido ha dicho sentirse un impostor”. Novelista, ensayista, Cercas ha tomado posesión de la silla R, la que dejó vacía el fallecimiento del escritor Javier Marías, el 11 de septiembre de 2022, “de cuya herencia excepcional trataré de hacerme cargo desde hoy”, ha señalado.

Como manda la tradición en la casa de la lengua española, Cercas ha recordado la obra de su antecesor, “uno de los grandes novelistas españoles del último siglo”, con el que habló solo una vez en persona pero con quien se carteó en los últimos años de su vida. De él destacó como “novela más lograda, Corazón tan blanco”. También alabó su personalidad, “que no rehuyó tomar partido acerca de los asuntos más espinosos y combatió sin cuartel las cursilerías, vilezas, injusticias y estupideces con los que convivió”.

Tirando de ese hilo del compromiso de Marías “con su tiempo y su país”, Cercas llegó al meollo de su intervención. “Tengo la impresión creciente de que en la literatura nos debatimos en una telaraña de malentendidos, por no decir supersticiones y prejuicios que distorsionan la realidad”. Según Cercas, tales “trivializaciones de ideas convertidas en leyendas” comenzaron “hace siglo y medio”, con el Romanticismo y luego el Modernismo.

Uno de esos malentendidos ya se ha comentado. Otro es “el del escritor refugiado en su torre de marfil”. En este sentido, ha subrayado el caso de Marcel Proust como uno de los creadores a los que una visión falaz y deformada le quiso motejar de escritor “ajeno a la sociedad y a la política de su tiempo”. Para Cercas, basta con echar un vistazo a las cartas del francés para “dinamitar esa caricatura”. Él y otros autores, como Kafka, Borges, “perpetuo militante antiperonista”, o Joyce, “que se burló del nacionalismo irlandés”, asumieron que lo mejor que podían hacer para sus semejantes era “centrarse en su trabajo”.

Cercas se ha referido también a sus orígenes, “nacido en un pueblo humildísimo de Extremadura”. Con su familia, emigró a Girona cuando él tenía solo cuatro años. En la ciudad catalana transcurrieron su infancia y su adolescencia. En 1985 se licenció en Filología Española por la Universidad Autónoma de Barcelona. Tras proseguir sus estudios en Estados Unidos, empezó en 1989 a dar clases de literatura española en la Universidad de Girona; dos años más tarde leyó su tesis doctoral, sobre el escritor y cineasta Gonzalo Suárez. Hoy es profesor en excedencia de este centro de enseñanza.

Dedicado de pleno a la literatura desde 2003, se había dado a conocer antes con la novela de no ficción Soldados de Salamina (Tusquets, 2001), fenómeno literario, adaptada posteriormente al cine, que recrea el fallido fusilamiento del escritor y dirigente falangista Rafael Sánchez Mazas al final de la Guerra Civil. Entre sus libros también destacan Anatomía de un instante (Literatura Random House, 2009), por el que ganó el Premio Nacional de Narrativa, sobre la intentona golpista del 23-F de 1981; El impostor (2014); El monarca de las sombras y la trilogía Terra Alta. Sus obras han llegado también al teatro y el cómic.

Traducido a más de 30 idiomas, sus libros han obtenido multitud de premios en numerosos países. Es un escritor global, con enorme influencia en la literatura europea, como escribía el domingo en este periódico Jordi Amat. También su labor periodística y ensayística ha recibido varios galardones dentro y fuera de España. Las obras de Cercas “se estudian en colegios y universidades de todo el mundo, donde han sido objeto de artículos académicos, tesis doctorales y ediciones críticas”, destaca la RAE. Su próximo libro, en Random House, a la que regresa tras haberse marchado a Planeta en 2019, será El loco de Dios en Mongolia, sobre el papa Francisco y los entresijos del Vaticano, escrito, eso sí, por un autor ateo.

De vuelta a su discurso, para este autor, otro “malentendido” de la literatura de hoy día es “conceder un protagonismo excesivo al autor, sacralizarlo y convertirlo en una figura semidivina”; una glorificación que le parece “ridícula”. Ese protagonismo debe tenerlo el lector, según Cercas: “Una novela es una partitura, y es el lector quien la interpreta [...] y en eso consiste gran parte del embrujo de la literatura. Un libro sin lectores es letra muerta”. Por eso, “el significado de un texto depende del diálogo que establezca con él el lector, y esto no es populismo literario”, ha aclarado, y citando a Paul Valéry, ha añadido: “No es nunca el autor el que hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores”. Así que, menos humos por dedicarse a escribir.

En las revistas y suplementos literarios actuales ha situado Cercas una más de los “malentendidos, este fruto de la ignorancia”: el que consiste en que, para parte de la crítica, la buena literatura es “con escasas excepciones, minoritaria, secreta”, y que la que goza de lectores numerosos “está incapacitada” para ser buena. Si estamos de acuerdo con esto, ha proseguido, el Quijote “implicaría alguna forma de derrota artística”. Dostoievski y Tolstói fueron “ídolos de masas”, García Márquez o Vargas Llosa “atraían centenares de miles de lectores” y la Academia Sueca “no se equivocó cuando concedió el Nobel de Literatura a Bob Dylan en 2016”, ha defendido. Estos prejuicios contra la popularidad de la literatura no significa que solo las novelas con éxito sean buenas, ha agregado. Entonces, ¿cuál es el criterio literario fiable sobre qué es un buen libro? “El tiempo”.Cercas ha concluido su canto de amor a la literatura asegurando que una persona con una buena novela en las manos “es una bomba de relojería ambulante, un potencial pensador por cuenta propia”, alguien capaz de decir no, cuando todos a su alrededor dicen sí. Así, “desde Platón para acá, los tiranos, inquisidores y comisarios políticos han intentado ponernos en guardia contra la literatura en general y la novela en particular”. Para el ya académico, “la auténtica literatura está compuesta por palabras en rebeldía, por eso, el poder siempre aspirará a controlarla”.












De las entradas del blog de hoy domingo, 24 de noviembre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 24 de noviembre de 2024. Uno de los discursos más relevantes y emotivos que pronunció Barack Obama durante su presidencia, se comenta en la primera de las entradas del blog de hoy, tuvo como escenario el puente Edmund Pettus en Selma, Alabama, coincidiendo con la conmemoración del cincuentenario de la marcha antirracista celebrada el 7 de octubre de 1965. En la segunda de ellas, un archivo del blog de junio de 2015, un ilustre filósofo nos decía que eso de que todas las opiniones son respetables era un tópico bobo y falso; que lo debido es el respeto a las personas sean cuales fueren sus opiniones. El poema de hoy, en la tercera, es de la poetisa española Julia Uceda y comienza con estos versos: Si ya soy una vela estremecida/colmada por tu viento. Si has llegado/al último escalón. Si me has tomado/por la raíz más honda y más henchida. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De lo queda del "Work in progress"

 








Uno de los discursos más relevantes y emotivos que pronunció Barack Obama durante su presidencia tuvo como escenario el puente Edmund Pettus en Selma, Alabama, coincidiendo con la conmemoración del cincuentenario de la marcha antirracista celebrada el 7 de octubre de 1965, comenta en El País [El puente de Selma está cerrado, 21/11/2024] el escritor José María Ridao. La extrema violencia con la que la policía del Estado reprimió la marcha hizo que el presidente Johnson se viera forzado a intervenir, colocando al Gobierno federal del lado de los líderes negros que encabezaban la lucha por los derechos civiles. Ante el público congregado en la cabecera del puente donde en aquella fecha tuvieron lugar los incidentes, Obama afirmó solemnemente que Estados Unidos era, como nación, un work in progress. Esta idea de Estados Unidos como proceso, como incesante búsqueda de instrumentos jurídicos, políticos y sociales que, en nombre de la igualdad, mantuviese la comunidad política indefinidamente abierta a la incorporación de nuevos miembros, pudo parecer un banal recurso retórico en boca del primer afroamericano que alcanzaba la Casa Blanca. En realidad, con esa escueta expresión Obama estaba transmitiendo un mensaje de excepcional alcance: América como proceso significaba, en boca de Obama, reafirmar la tradición a la vez filosófica y política que no sólo inspiró la redacción de la Constitución, sino que, alcanzada la Independencia, fue capaz de ir asumiendo como propios los ideales que obligaban a ampliar el significado de la expresión We, the people. Como bien explica Robert Dahl, para los constituyentes americanos la expresión We, the people solo integraba en origen a los blancos alfabetizados y propietarios de tierras y de esclavos. Ellos eran los únicos miembros de la comunidad política y, por tanto, sólo ellos estaban legitimados para desempeñar cargos y acceder a las instituciones. Pasado el periodo constituyente, sostiene Dahl, la historia constitucional de Estados Unidos coincide punto por punto con la de la ampliación del significado de la expresión We, the people, de manera que su primer sentido fue cediendo ante sentidos progresivamente más amplios, y que poco a poco fueron incluyendo a los desheredados, los analfabetos, las mujeres, los negros y, en un proceso que se concebía como sin término, a los diversos individuos y grupos humanos llegados o por llegar a una tierra que se consideró de promisión. Al definir Estados Unidos como work in progress, Obama prolongaba, sin nombrarla, esa tradición que, arrancando de Thomas Jefferson, se prolongó a través de la obra y las actitudes políticas de escritores y filósofos como Walt Whitman, John Dewey o, en años más recientes, Richard Rorty. Fue este último quien hallaría una de las fórmulas más certeras para resumir la pregunta radical tras el concepto de ciudadanía que se corresponde con la idea de nación americana en tanto que work in progress: la ciudadanía, escribió Rorty, no es una respuesta a la pregunta de qué somos, sino a la de quiénes somos. Preguntarnos qué somos, proseguía, exige definiciones cerradas, vinculadas, entre otros elementos posibles, al lugar de nacimiento de los individuos, a sus rasgos raciales, a sus peculiaridades lingüísticas o, incluso, a su adhesión a alguno de los mitos sobre los orígenes elaborados por la religión o la historiografía. Quiénes somos, por el contrario, obliga a levantar acta de la existencia de una totalidad de individuos y definir, acto seguido, los criterios por los que, de todos ellos, sólo algunos se constituirán como un “nosotros”. Es en la naturaleza ética de esos criterios, y en su respeto del principio de igualdad, donde se juega la viabilidad de la democracia, además, por supuesto, de en el trato que ese “nosotros” reserve a los excluidos. La guerra civil americana puede ser interpretada, desde el punto de vista que sugiere Rorty, como el trágico momento de la historia de Estados Unidos en el que los partidarios de construir la ciudadanía a partir de una u otra pregunta, la pregunta de qué somos o la de quiénes somos, se enfrentaron con las armas en la mano. La victoria de la Unión frente a los confederados y la consiguiente supervivencia de la Constitución en los términos en los que fue redactada propiciarían la excepcional originalidad política y filosófica de la respuesta americana a los problemas derivados de la adopción del principio de igualdad. Como observó con agudeza François Furet en El pasado de una ilusión, el principio de igualdad, a diferencia del principio estamental, genera sociedades inestables porque la igualdad no es ni puede ser nunca completa, lo que alimenta la insatisfacción y en última instancia el conflicto. A este respecto, la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Rusa de 1917 están unidas por un mismo hilo invisible, que es el principio de igualdad, y separadas por una frontera, igualmente invisible, que es la necesidad de fijar con precisión el punto más allá del cual el principio de igualdad no debe regir, a riesgo de precipitarse en la tiranía. Para los regímenes liberales inspirados por la Revolución Francesa, la igualdad es igualdad ante la ley o, a lo sumo, igualdad de oportunidades, garantizadas por las políticas sociales del Estado. Para los sistemas que se declaran herederos de la Revolución Rusa, la igualdad exige, por el contrario, que el Estado establezca idénticas condiciones materiales para todos y cada uno de los individuos, desde la vivienda, el transporte o el vestido hasta los estudios, el acceso a bienes de consumo o el número de hijos. Los golpes, asonadas y revoluciones que ha atravesado Europa desde el siglo XIX buscaban, según Furet, recolocar el límite en la aplicación del principio de igualdad, con la particularidad de que cada avance o cada retroceso exigía la derogación de la Constitución vigente y su sustitución por otra nueva. La historia de España basta como ejemplo de esta fatalidad cíclica: el derecho de los ciudadanos a profesar cualquier religión en igualdad de condiciones que la católica, o a no profesar ninguna, hizo de España uno de los países europeos con mayor número de Constituciones. En contraste con el imparable ritornello del constitucionalismo europeo, la originalidad de la respuesta americana tras la guerra civil radicó en que, como señalaba Robert Dahl, las controversias acerca de dónde fijar el límite en la aplicación del principio de igualdad no comprometieron a partir de entonces la vigencia de la Constitución, sino que se transformaron en un debate de alcance político acerca del significado de la expresión We, the people. El work in progress al que se refirió Obama en Selma aludía exactamente a ese debate, a esa incesante ampliación del significado del “nosotros”, integrado en la Constitución como una suerte de revolución democrática dentro de ella, no contra ella, según sucedía en Europa. Una revolución democrática que presuponía, y a la vez consolidaba, una idea de nación americana que ahora, tras los resultados electorales del pasado 5 de noviembre, se ha transformado en otra diferente. El work in progress ha llegado a su fin, ha venido a decir el presidente electo, y es hora de parar y de arreglar lo que según él y sus peculiares asesores no funciona. La América y la nación americana que se desprende de este discurso de apariencia banal y a golpe de redes sociales no son desde luego las de Jefferson y Obama, ni tampoco las de Whitman, Dewey o Rorty. Son, por el contrario, una América y una nación americana en las que, para recuperar no se sabe qué antigua grandeza, ha sonado la hora de que el “nosotros” al que fue dando generosa cabida la expresión We, the people comience a desandar camino, cualquiera que sea el coste para los más débiles, convertidos en chivos expiatorios. Porque ahora sí, que lo sepan todos de parte del nuevo presidente americano: el puente de Selma está cerrado.