domingo, 26 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. EL LADO BUENO DE LA HISTORIA, POR ANTONIO LEGAZ. ESPECIAL DOS DE HOY DOMINGO, 26 DE ABRIL DE 2026









La expresión «the right side of history» se popularizó en el discurso político anglosajón a lo largo del siglo XX y ha sido usada por líderes de muy distinto signo. En una fotografía tomada en los astilleros de Blohm & Voss (Hamburgo, 1936), miles de obreros saludan con el brazo en alto a Adolf Hitler durante la botadura de un buque de guerra. Solo un hombre, en medio del mar de brazos alzados, permanece con los suyos cruzados sobre el pecho. Se llamaba August Landmesser, había sido miembro del partido nazi y había perdido ya ese carnet por negarse a renunciar de su mujer, Irma Eckler, judía alemana. Por esa relación sería procesado por deshonrar a la raza, enviado a trabajos forzados y separado para siempre de ella. La foto, sin embargo, no se convirtió en símbolo hasta décadas después: permaneció olvidada hasta que fue identificada y publicada en 1991, cuando él y los suyos llevaban mucho tiempo muertos.

Hoy circula como icono de resistencia individual al mal, prueba de que siempre hay un lado bueno de la historia y alguien dispuesto a encarnarlo. Pero Landmesser no sabía nada de eso, no tenía la certeza de estar en el bando luminoso de los manuales del futuro, solo el presentimiento de que seguir el flujo de brazos levantados era traicionarse.

El presente que invoca a la Historia. Mientras Estados Unidos e Israel bombardean posiciones en Irán, entre instalaciones militares,infraestructuras críticas y zonas civiles, cada actor insiste en hablar desde ese supuesto lado correcto de la Historia. Los gobiernos que ordenan los ataques los presentan como un mal necesario para frenar un régimen peligroso y evitar un Irán más cerca del arma nuclear; en sus palabras, no es agresión, sino prevención responsable. Desde Teherán, las mismas explosiones se narran como agresión imperialista, una reedición de viejas humillaciones que habría que resistir en nombre de la dignidad nacional.

En las redes, en los parlamentos y en las redacciones se repite la fórmula. No se trata del asiento dentro del espectro político, sino de estar en el lado bueno de la historia. La frase funciona como un conjuro tranquilizador. Donde hay dudas, costes humanos, zonas grises, se invoca a la Historia, con mayúscula, como juez final que algún día confirmará que, pese a todo, hicimos lo correcto.

La expresión «the right side of history» se populariza en el discurso político anglosajón a lo largo del siglo XX y ha sido usada por líderes de muy distinto signo, desde activistas por los derechos civiles a vicepresidentes estadounidenses justificando posiciones en ataques como el ejecutado contra Venezuela este enero. En castellano ha llegado como calco, «el lado correcto de la Historia», y se ha convertido en muletilla para presentar la propia agenda (sobre Gaza, Ucrania o sobre cualquier conflicto) como algo más que una postura, como el destino mismo del progreso.

Sin embargo, este concepto encierra una trampa. Como recordaba el colombiano Antonio Caballero, la frase es propia de políticos, no de historiadores, porque estos últimos saben que la Historia no tiene lados buenos o malos; es, simplemente, lo que ha ocurrido, con todas sus versiones, incluidas las de los vencidos. En el fondo, la fórmula condensa una vieja herencia hegeliana: la idea de que la historia tiene dirección y sentido, que avanza hacia una mayor libertad o igualdad y que basta situarse en la corriente adecuada para ser arrastrado hacia el mañana correcto.

Un dispositivo de poder más que de memoria. Sociológicamente, estar en el lado bueno de la historia es menos una descripción que un dispositivo de poder. Sirve para colocar al adversario en el museo de lo obsoleto: tú no solo estás equivocado hoy, estás condenado por el tribunal del futuro. El uso de esta retórica en debates como el feminista o el ecologista muestran cómo la narrativa del progreso se usa para presentar unas corrientes como modernas y otras como retrógradas, marginando así las disidencias dentro del propio movimiento.

La historia se convierte entonces en un arma arrojadiza. Quien habla desde el «lado correcto» no discute, sentencia. Lo vemos estos días, cuando quienes critican los bombardeos sobre Irán son tachados de ingenuos que «no han aprendido nada de Múnich», mientras quienes los apoyan sin matices son acusados de repetir Irak 2003, otra guerra que también se justificó, en su momento, en nombre de una democracia que supuestamente el futuro agradecería. Nadie quiere ocupar el lugar de Chamberlain en las analogías, todos aspiran a parecerse a Churchill a ojos de los nietos.

¿Y si hubiera un lado bueno?. La tentación, ante este abuso, es responder con una afirmación simétrica. Sí existe un lado bueno de la historia, pero no es el de los misiles, sino el de las víctimas, los refugiados, quienes arriesgan su libertad para documentar los crímenes de ambos bandos. Podríamos decir que el lado bueno es el de quienes se empeñan en sostener principios mínimos (prohibición de atacar civiles, límites al castigo colectivo, respeto al derecho internacional) aunque resulte impopular en su propio campo.

También podríamos señalar a las minorías internas que desobedecen a sus propias élites. Los iraníes que denuncian tanto la represión del régimen como la hipocresía de las sanciones que castigan a la población; los ciudadanos occidentales que critican la guerra sin por ello idealizar a Teherán. De algún modo, nos gustaría creer que, si el futuro guarda un rincón luminoso, será para ellos y no para los estrategas que diseñan los ataques.

Pero incluso esa versión más noble de la idea se sostiene sobre un espejismo teleológico. La suposición de que existe un observador futuro, neutral y sabio, que otorgará medallas morales a unos y condenará a otros al basurero de la historia. Trotski envió allí a sus rivales; décadas después fue él mismo arrojado al mismo vertedero simbólico y más tarde también el estalinismo empezó a ser leído como símbolo de horror. La rueda no dejó de girar; lo que cambió no fue el veredicto de alguna instancia superior, sino la correlación de fuerzas, los consensos y las sensibilidades.

Walter Benjamin escribió que no hay documento de cultura que no lo sea también de barbarie, recordándonos que cada conquista progresista se sostiene sobre ruinas invisibles. El ángel de la historia no contempla una línea ascendente hacia el bien, sino un único cataclismo en el que se amontonan desastres. Esa imagen es incómoda porque nos quita la comodidad de creer que basta con estar del lado correcto para que nuestras acciones queden automáticamente justificadas por el simple paso del tiempo.

Si dejamos a un lado la retórica, la historia no es un tribunal, sino un campo de batalla de relatos. Es archivo, memoria, olvido, interpretaciones que compiten; es también desigualdad: hay voces que se graban en mármol y otras que apenas dejan rastro. La fotografía de Landmesser no demostró nada hasta que alguien, en 1991, la rescató, la interpretó y la difundió como símbolo; hasta entonces, era una imagen más comida por el polvo.

Del mismo modo, lo que hoy llamamos «el conflicto de Irán» será algún día un capítulo en disputa. En unos manuales aparecerá como una operación necesaria para frenar un programa nuclear; en otros, como agresión injustificable que agravó una región ya en ruinas; en otros apenas será una nota a pie de página entre muchas guerras solapadas. Ninguna de esas versiones será el lado bueno, todas serán intentos de darle sentido a un presente que ya no duele en carne propia, solo en papel.

Solo hay Historia. Volvamos al comienzo. Era tentador leer la imagen de Landmesser como prueba de que existe un lado bueno de la historia y de que, a veces, un individuo solitario consigue encontrarlo. Pero quizá lo más honesto sea admitir que su gesto no fue iluminado por ninguna promesa de posteridad. Lo hizo sabiendo, más bien, que lo más probable era pagar un precio alto en el presente, sin garantías.

Si hoy lo celebramos, es porque nuestro tiempo ha decidido convertirlo en referencia de coraje civil frente a la masa. Otro tiempo podría haberlo borrado del todo o haberlo reducido a una nota a pie de foto. La historia no venía de serie con un hueco reservado para él, se lo hemos hecho después, a costa de dejar fuera a miles de anónimos que también cruzaron los brazos y de quienes no conservamos imagen alguna.

Quizá, entonces, el problema no es que usemos mal la expresión, sino que la expresión misma es un atajo tramposo. Decir que estamos en el lado bueno de la historia nos libra de hacer la tarea difícil: justificar aquí y ahora, ante quienes sufren las consecuencias, por qué apoyamos un bombardeo, una sanción, una revolución o una abstención. No necesitamos la coartada del futuro para asumir responsabilidades en el presente.

Solo hay historia. Una trama abierta en la que nuestras decisiones se entrelazan con fuerzas que no controlamos, donde nada garantiza que lo que hoy hacemos en nombre del bien no será leído mañana como error o viceversa. La pregunta importante no es si nuestros actos serán algún día absueltos por nuestros descendientes, sino si, puestos frente a frente con quienes los padecen, seríamos capaces de sostener la mirada sin refugiarnos en la excusa de «la Historia nos dará la razón».

Tal vez el gesto de Landmesser consista precisamente en eso, no en haber elegido el lado bueno de una Historia que aún no existía, sino en haber asumido que, cuando todo el mundo mira hacia el poder, a veces lo único honesto es cruzar los brazos y mirar hacia otro sitio. Lo que vendrá después serán más relatos que veredictos. Porque la Historia, al final no tiene lados, solo tiene consecuencias. ANTONIO LEGAZ es analista en seguridad y defensa. Publicado en Revista de Libros el 7 de abril de 2026.





























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