lunes, 23 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy lunes, 23 de septiembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 23 de septiembre de 2024. Este muchacho que no ha cumplido ni 19 años, se cuenta en la primera entrada del blog de hoy, va de un lado a otro por Madrid cargado con secretos que nadie podría sospechar mirando una cara juvenil en la que todavía no hay huella alguna de sufrimiento ni experiencia; lleva panfletos subversivos, libros de divulgación marxista clandestinos, manuales para fabricar explosivos, para agitar la lucha urbana y lleva también una pistola. En la segunda de ellas, un archivo del blog de septiembre de 2011, se hablaba del valor y utilidad de las democracias y sobre si eran mejores las democracias representativas o las directas. La tercera la ocupa hoy el poema La dulce queja, de Federico García Lorca. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De intelectuales y criminales

 






Este muchacho que no ha cumplido ni 19 años va de un lado a otro por Madrid cargado con secretos que nadie podría sospechar mirando una cara juvenil en la que todavía no hay huella alguna de sufrimiento ni experiencia, cuenta en El País [Los maestros macabros, 21/09/2024], el escritor Antonio Muño Molina. Lleva panfletos subversivos impresos a multicopista. Lleva libros de divulgación marxista que en esa época estaban en los escaparates de todas las librerías. Lleva otros más peligrosos, clandestinos, manuales para fabricar explosivos, para agitar la lucha urbana. Lleva también una pistola. Cruza Madrid con el corazón agitado, menos de miedo que de pura expectativa, porque le han anunciado que va a encontrarse con jóvenes héroes de la clandestinidad que vienen del Norte, o de Francia, y a los que tendrá que guiar por Madrid. A uno de ellos incluso tendrá que alojarlo en su casa. El recién llegado, que tiene un aspecto tosco y receloso, cena en silencio en el comedor familiar. Los padres no se fían del extraño invitado. Pero desde hace tiempo se resignan a la deriva ideológica de su hijo, las cosas que hace y no les dice. Son antifranquistas, en la órbita ilustrada del PCE en aquellos años, pero el hijo radicalizado los acusa de moderación y reformismo, pues él se inclina hacia esa extrema izquierda cuya hostilidad obsesiva se vierte no contra la dictadura, sino contra los comunistas que ahora hablan del Pacto por la Libertad y no de la dictadura del proletariado y parecen limitar su estrategia a un proyecto de democracia burguesa pactado con las derechas.

El héroe y sus camaradas llegados del Norte, con la aureola de la lucha armada, van por los bares de Madrid con metralletas en las mochilas y exhibiendo fajos de los billetes verdes de entonces. Para sorpresa del joven que los acompaña, que tiene serias aficiones literarias y dedica mucho esfuerzo al estudio del marxismo, los héroes etarras resultan ser unos bravucones que se emborrachan y dicen piropos groseros a las mujeres. Para distraerse mientras esperan algo, una misión importante tal vez, como el asesinato de Carrero Blanco hace unos meses, los héroes, aparte de emborracharse, le piden al joven guía que los lleve al cine. Pero lo que les gustan no son las películas que entonces empezaban a estrenarse, las de Saura o Erice o Bergman. Ellos quieren ver una de John Wayne, en la que el actor interpreta a un policía bronco y matón que dispara una metralleta idéntica a las que ellos guardan en sus mochilas. En la sala a oscuras, gritan y aplauden cada vez que John Wayne dispara a quien se le pone por delante.

Quien actúa de enlace con los evidentes pistoleros, y quien sin la menor duda participa de sus planes, es esta mujer a la que en los documentos de la organización incautados después por la Policía sus cómplices vascos llaman La Rubia y también La Tetona. Es menuda y sonriente, y el muchacho le tiene casi tanta admiración como a su marido, el dramaturgo eminente, el patriarca barbado de cara bonachona que además es un teórico de la Revolución, con mayúsculas, tan radical en su defensa de la necesidad de la violencia que los revisionistas del PCE lo han expulsado. El dramaturgo eminente y la esposa menuda y activista son amigos antiguos de los padres del joven, y además padres de su mejor amigo en el instituto. Los padres de él comprenden que su hijo está siendo abducido por esta pareja: un adolescente entusiasta y politizado de aquellos años, encrespado contra la mezcla de brutalidad y aburrimiento de la dictadura, se siente más atraído por la épica de las armas que por la prudencia táctica de quienes en esa época tantean salidas verosímiles y no violentas del franquismo.

Nada es más temible que el influjo de los adultos hacia los que un joven proyecta su necesidad de aprender y admirar, padres vicarios que se le presentan como la antítesis del conformismo de los padres verdaderos, y que pueden apoderarse vampíricamente de su voluntad, y arrojarlo a peligros y a veces a crímenes de los que ellos mismos se abstienen con sórdida cautela. Un día, este joven, alentado por ellos, está muy cerca de cometer un asesinato; y poco a poco se da cuenta de que lo están enredando en una trama terrorista cuya finalidad no es acabar con el régimen, sino ahogar en sangre cualquier esperanza de cambio democrático; y también matar, por el gusto de hacerlo, como esos brutos que no tienen la menor noción de libertad ni de justicia y aplauden las ráfagas de metralla de John Wayne y de Clint Eastwood.

Y otro día descubre con horror y vergüenza que sus dos mentores, la mujer y el marido, han sido cómplices en la matanza indiscriminada de la cafetería Rolando, en la calle del Correo de Madrid. “¿Has visto, Eduardo?”, le grita ella al día siguiente al encontrarlo por la calle, “¡en el corazón del régimen! ¡Les hemos dado duro!”. El marido, oracular, dictamina: “Ha sido la acción revolucionaria más importante desde la Guerra Civil”. Fue ella quien tuvo la idea de atentar contra la cafetería, imaginando que la frecuentaban sobre todo policías, tan cerca de la Dirección General de Seguridad. De las 13 personas que murieron en la explosión, solo dos tenían algo que ver con la Policía: un inspector jubilado que tomaba una caña en la barra y una auxiliar administrativa. De todos los muertos y los heridos, de los supervivientes que llevan toda la vida arrastrando aquel dolor, casi nadie se ha acordado en medio siglo. El joven, Eduardo Sánchez Gatell, fue delatado sin ningún escrúpulo por la amiga y mentora, Eva Forest, y vivió momentos de terror y tortura en las celdas de castigo de la prisión de Carabanchel. El dramaturgo eminente, Alfonso Sastre, lo trató con desprecio cuando se dio cuenta de que al discípulo se le habían abierto los ojos y ya no estaba dispuesto a seguir a ciegas su macabro izquierdismo, ni a mancharse con la vileza de las matanzas justificadas por elucubraciones doctrinarias que no han escondido nunca otra cosa que ambición de poder, odio de la democracia e indiferencia al dolor de los que no son como ellos.

A Sánchez Gatell lo imagino en sus ensoñaciones políticas y literarias por aquel Madrid de 1974 que yo conocí. Lo imagino mejor porque a los 18 años fui parecido a él; él con mucho más arrojo, yo solo y perdido: en su memoria de aquel tiempo, El huevo de la serpiente. El nido de ETA en Madrid, Sánchez Gatell describe con exactitud los sótanos de la DGS que yo sigo recordando, y la sensación de bajar esposado a otro mundo gobernado por el miedo: “Me invadía el miedo, ese miedo que te empapa hasta los huesos”. Después de la cárcel militó en partidos de la izquierda democrática, ejerció como psicólogo, ha sido diputado socialista en la Asamblea de Madrid: un ciudadano libre en un país libre a pesar de los criminales de la extrema derecha y de la extrema izquierda, y de los turbios intelectuales que han seguido celebrando el asesinato y la tiranía cuando se ejercen en nombre del Pueblo, de las Masas, de la Humanidad. A los seres humanos concretos a veces es inevitable eliminarlos. Alfonso Sastre, luchador siempre contra la opresión española de su Euskal Herria adoptiva, no tuvo dificultad en aceptar estrenos en los teatros públicos y premios nacionales, ni en cobrar su importe. Eva Forest, protectora y asesora de terroristas hasta el final de su vida, disfrutó las muchas comodidades de un escaño en el Senado, y fue recordada como una gran defensora de los derechos humanos en un homenaje póstumo que le rindió el Ateneo de Madrid. Como bien sabe Eduardo Sánchez Gatell, los puros y radicales de la izquierda macabra tienen además un gran talento para colocarse. Él ha cumplido la tarea de contar las cosas tal como fueron, como nunca puede imaginar el que no las vivió. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la RAE.














La democracia participativa en Hannah Arendt. [Archivo del blog, 26/09/2011]












Hace unos días rescaté una entrada que había publicado en el blog, en enero del pasado año, sobre el valor y utilidad de la democracia. En esclarecedora frase de Winston Churchill: "la peor forma de Gobierno existente, si excluimos todas las demás". Se titulaba "Política y ciudadanía", y era un análisis de las causas de desafección ciudadana para con los políticos, en particular, y la política en general.
Aunque a primera vista no tenga mucho que ver un asunto con otro, me llevó a ello la lectura de un reciente artículo del periodista Carlos Carnicero sobre la fulgurante reacción pública, materializada a través de las redes sociales, contra la decisión del Consejo de Administración de RTVE de controlar con carácter previo el contenido de las noticias a emitir por la cadena pública estatal de televisión. La reacción popular en contra de tal decisión fue de tal calibre que menos de cuarenta y ocho horas después de adoptada, el propio Consejo de Administración de RTVE revocaba su decisión anterior por unanimidad, y provocaba de paso la dimisión de uno de los consejeros que se había abstenido en la primera votación. Ninguno más de los consejeros que votaron a favor de "controlar" (un eufemismos como otro cualquiera para censurar el trabajo de los profesionales) la emisión de los noticiarios con carácter previo a su emisión, ha optado por un gesto semejante, que honra al dimisionario pero deja en evidencia al resto de miembros del Consejo. Es posible que la razón para mantenerse impávidos ante el despropósito sea los 120000 euros anuales de remuneración de los consejeros. Una cifra como para tragarse el orgullo personal y acallar cualquier escrúpulo moral al respecto. 
No tengo muy claro si esa reacción ciudadana podría englobarse dentro de lo que se conoce como "democracia participativa", o estamos ante otra "cosa" distinta y no identificada aun claramente. Recordé haber leído en un artículo académico sobre el pensamiento de Hannah Arendt algo sobre ella, la democracia participativa, entendida como oposición a la democracia representativa. Postura característica en Arendt, una teórica política que se distinguió durante toda su vida por mantener una posición sumamente heterodoxa y muy personal sobre el propio concepto y ejercicio de la democracia, fuertemente crítica con los cauces de participación política en las democracias representativas liberales. 
Me costó algún esfuerzo encontrarlo, pero lo encontré. Se titula "Democracia y pluralidad en Hannah Arendt" y está escrito por la doctora Laura Quintana, profesora en el Departamento de Filosofía de la Universidad de los Andes, en Bogotá (Colombia). 
Se trata de un excelente artículo que desarrolla en profundidad el concepto, fundamental en el pensamiento político de Hannah Arendt, de "pluralidad": Pluralidad que, en palabras de la profesora española Fina Birulés, posiblemente nuestra mejor conocedora del pensamiento y la obra de Hannah Arendt, no es simple alteridad, pero tampoco el mero pluralismo político de las democracias representativas, sino que es algo que ilumina los sucesos humanos al proporcionar un espacio de apariencias, un espacio de visibilidad, en que hombres y mujeres pueden ser vistos y oídos y revelar mediante la palabra y la acción "quiénes" son. (Introducción de Fina Birulés al libro "¿Qué es la política?", de Hannah Arendt. Paidós, Barcelona, 1997).
Para la profesora Laura Quintana las instituciones de las democracias representativas se conciben por Hannah Arendt como foros para la deliberación en los que se reconocen, filtran y depuran los puntos de vista que los ciudadanos han podido conformar, a través de diversas esferas de participación institucionales y no institucionales. ¿Cómo las redes sociales e Internet que ella no conoció?, me pregunto...
Hannah Arendt, dice la profesora Quintana, no defiende un modelo de democracia directa  nostálgico, adecuado para pequeñas comunidades cerradas en las es posible la participación directa de todos los ciudadanos, pero que resultaría inadecuado dado el tamaño y su carácter diverso en las sociedades actuales. Por el contrario, añade, su preocupación fundamental radica en pensar una política que pueda reconocer y darle voz a la pluralidad de puntos de vista públicos que, más allá de los intereses individuales y de las diferencias idiosincrásicas, emergen en las democracias contemporáneas, defendiendo por ello una forma de participación ciudadana más deliberante y efectiva que la que se impone desde el modelo clásico de democracia liberal.
Esa participación activa de los ciudadanos en espacios públicos diversos, como los movimientos sociales, puede tener para Arendt, a juicio de la profesora Quintana, un rol transformativo, que llevaría a cuestionar los valores, las formas de preguntar e interpretar los asuntos públicos, que se han establecido como más razonables o aceptables, al mostrar nuevos aspectos u otras experiencias que pueden resultar relevantes para discutir sobre tales asuntos. Esto significa que la participación pública no sólo puede posibilitar que voces minoritarias logren influir sobre las mayoritarias, sino que puede permitir renovar los procedimientos y marcos desde los cuales se enfocan las cuestiones públicas mismas.
Pero Arendt, dice, no sólo insiste en una participación activa de los ciudadanos en espacios no estatales, sino que considera que el Estado, y en especial el sistema representativo, debe darles voz a esos espacios y estar abierto a las formas de participación deliberativa. En efecto, a su modo de ver, si el gobierno representativo se encuentra hoy en crisis, es en parte porque ha perdido, en el curso del tiempo, todas las instituciones que permitían la participación efectiva de los ciudadanos y en parte por el hecho de verse afectado por la enfermedad que sufre el sistema de partidos: la burocratización y la tendencia de los mismos a representar únicamente a su propia maquinaria.
A mi no me gusta la democracia directa, pero me resulta difícil no compartir el punto de vista de Hannah Arendt sobre los cauces de participación política en los términos en que se resumen en el artículo citado. 
En YouTube puede verse una serie de cuatro vídeos, subtitulados en español, que recogen la extensa entrevista que en 1974, un año antes de su muerte, concedió Hannah Arendt a la televisión pública francesa, en la que analiza el funcionamiento y las bases programáticas de la democracia norteamericana, contraponiéndola a los históricamente preponderantes en las democracias europeas. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, La dulce queja, de Federico García Lorca (1898-1936)

 






LA DULCE QUEJA


Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua, y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla

tronco sin ramas; y lo que más siento

es no tener la flor, pulpa o arcilla,

para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado

y decora las aguas de tu río

con hojas de mi otoño enajenado.


Federico García Lorca (1898-1936)

Poeta español














Las viñetas de humor de hoy lunes, 23 de septiembre de 2024

 




















domingo, 22 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy domingo, 22 de septiembre de 2024, equinoccio de otoño

 




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Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo 22 de septiembre, equinoccio de otoño. Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, se comenta en la primera de las entradas del blog de hoy, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos. Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, se decía en la segunda de las entradas, un archivo del blog, justamente de hace siete años, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos, así que tendremos que sentarnos de una vez con respeto, no para hablar de sentimientos sino para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos. La tercera de las entradas no es hoy, en sentido estricto, un poema, sino una carta, ¿de amor, admiración?, dirigida por una escritora a un filósofo en la primavera de 1980 que se acerca mucho a los sentimientos poéticos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt










De la realidad

 







Woody Allen dijo en una ocasión que odiaba la realidad, pero reconocía que era el único sitio donde se puede comer un buen filete, comenta en La Vanguardía [Las goteras de la realidad. 20/09/2024] el escritor y editor de La Vanguardia, Màrius Carol, y Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos.

El martes Junts se puso estupendo en el Congreso y votó al lado del PP y Vox en un asunto que resulta material sensible, como son los alquileres. Más allá de que nadie entendió nada, pues los posconvergentes habían avalado la limitación de los alquileres de temporada y en el último momento cambiaron el voto para castigar al presidente Pedro Sánchez. Sin embargo, lejos de gozar a la vuelta los aplausos de los ciudadanos, se encontraron con una manifestación de centenares de personas a las puertas de su sede, convocada por el Sindicat de Llogateres. Se quejaban de que el secretario general, Jordi Turull, se había comprometido a abstenerse para dejar tramitar la norma. En medio de la ruidosa protesta, Carles Puigdemont hizo un tuit desde Waterloo (donde solo se oía el piar de los pájaros), avisando de que el PSOE no puede dar sus votos por descontados y que con Junts no funcionan los chantajes ideológicos.

A veces, los partidos tienen un montón de goteras en su realidad. La vivienda figura, según el CIS, entre los principales problemas de los españoles, así que resulta un tanto temerario hacer juegos de manos con ellos porque fácilmente se les ve el truco. Junts se muestra como un partido permanentemente enfadado, poco previsible, que deberá definirse en el congreso del 27 de octubre. Sería oportuna una definición ideológica más clara. Se entiende que su prioridad es la independencia, como repiten sus dirigentes, pero en el entretanto los ciudadanos tienen problemas que esperan que la política contribuya a resolver. Puigdemont no puede decir como el general Henrik en la novela El último encuentro, de Sándor Márai: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son solo detalles”. Màrius Carol es escritor.










Respeto a los sentimientos, pero a la Constitución también. [Archivo del blog, 26/09/2017]











Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos.
Quien así se expresa, a mi juicio con acierto y prudencia, es José Álvarez Junco (Viella, 1942), escritor e historiador español, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. En noviembre pasado publiqué en el blog una entrada sobre su libro Dioses Útiles. Naciones y nacionalismo (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017), en donde condensa sus investigaciones en torno al tema del nacionalismo, intentando racionalizar un problema histórico-político caracterizado por la emocionalidad.
Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.
Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.
Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.
Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?
Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.
A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.
A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.
Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.
En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.
Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?
Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.
La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.
Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables, termina diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt














El poema de cada día. Hoy, Carta de amor a Jean-Paul Sartre, de Francoise Sagan (1935-2004)

 





Querido señor:

Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.

Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.

Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.

Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!

Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.

Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos.

Françoise









Las viñetas de humor del blog de hoy domingo, 22 de septiembre de 2024

 




















sábado, 21 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 21 de septiembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo y todos y feliz sábado, 21 de septiembre de 2024. De Grecia a Roma, el estoicismo mostró a sus seguidores que la virtud y el desapego material contribuían a la felicidad, pero tiempos de bienestar gusta apelar al epicureísmo y en los de escasez e incertidumbre nos acordamos del estoicismo; de ambos se habla en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2017 se hablaba del juego de la democracia comparándolo con un juego de naipes; ya verán porqué. El poema de la tercera es hoy de la poetisa española Chus Pato (1955). Y la cuarta, como siempre son las viñetas de humor del día. Espero que les resulten de interés, y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt