lunes, 16 de septiembre de 2024

¿Para qué sirven la Historia y los historiadores? [Archivo del blog. 25/09/2016]









La pregunta que me sirve de excusa para esta entrada de hoy se la hacía unos días en El País el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza Julián Casanova. Es una pregunta interesante ya que ni la Historia, ni la Filosofía, ni la Literatura ni el resto de materias que podemos englobar en las Humanidades tiene excesivo predicamento en los modelos educativos (españoles) de hoy. No es que sean lo que antes llamábamos asignaturas "marías", es que en la mentalidad de la autoridades educativas actuales no sirven para nada.
Hay una frase de todos conocida que dice que "aquellos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo". Seguramente lo que no saben muchos, por no decir casi nadie, es que esa frase que tanta fortuna ha tenido es de un filósofo español, George Santayana (1863-1952). Hace tres años se cumplieron los 150 años de su nacimiento, pero la efeméride, como es habitual en estos pagos, pasó desapercibida para las instancias oficiales y académicas. Si la historia sirviera para eso, para no olvidar el pasado, ya serviría para algo.
Otro insigne historiador español, Josep Fontana (1931), en su libro La historia después del fin de la historia (Crítica, Barcelona, 1992), apela a la necesidad de recuperar las señas de identidad de una historiografía crítica que proponga aprender a pensar el pasado en términos de encrucijada (y no solo de una vía única), que incite a los historiadores a situar el presente en el centro de sus preocupaciones y que ayude a las nuevas generaciones a mantener viva la capacidad de razonar, preguntar y criticar para cambiar el presente y construir un futuro mejor. También podría servir para eso, pienso...
Y un teólogo preocupado por la Historia como Hans Küng defiende que la historia, como disciplina científica que es no debería limitarse a informar sobre lo "que sucedió en realidad" de manera imparcial y objetiva, sino a intentar interpretar el "cómo" y el "por qué" sucedió lo que sucedió. 
En el artículo citado de Julián Casanova, que constituye una pequeña reseña del libro Un manifiesto por la historia de Jo Guldi y David Armitage (Alianza, Madrid, 2016), que ya tengo pedido a la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, se aboga frente a la tiranía del presente y el corto plazo por una historiografía como visión panorámica y ciencia social crítica. En este momento de crisis acelerada, cuando nos enfrentamos a grandes problemas, hay, según estos historiadores, una escasez de “pensamiento a largo plazo”. Los políticos, dice, no miran más allá de las siguientes elecciones y la misma cortedad de miras afecta a los consejos directivos de las grandes empresas o a los líderes de las instituciones internacionales.
Hubo un tiempo, añade, en que los historiadores ofrecían relatos a gran escala, volvían la vista atrás para mirar hacia delante, influían en la política y proporcionaban orientaciones para situar la historia como hoja de ruta. Así lo hicieron, desde comienzos del siglo XX hasta sus décadas centrales, gente como R. H. Tawney, el matrimonio Beatrice y Sidney Webb, Eric J. Hobsbawm, E. P. Thompson o Fernand Braudel, el historiador que en 1958 inventó la longue durée.
Desde hace varias décadas, sin embargo, continúa diciendo, la mayoría de los historiadores comenzaron a abandonar ese largo plazo como horizonte temporal para la investigación y la escritura. El deseo de dominar los archivos y la obligación de reconstruir y analizar detalles cada vez más precisos llevó a los historiadores profesionales al “cortoplacismo”, a contraer el tiempo y el espacio en sus estudios, y cedieron la tarea de sintetizar el conocimiento, de siglos y milenios, a “autores no cualificados para ello”, especialmente a los economistas que idealizaban el libre mercado. Desapareció así la antigua finalidad de la historia de servir de guía de la vida pública. Y la longue durée, que tanto había florecido, se marchitó, salvo entre los sociólogos históricos y los investigadores de los sistemas mundiales.
Además, señala más adelante, esa concentración en escalas temporales de corto alcance dominó la formación universitaria en las Facultades de Historia. A los estudiantes se les enseñaba a estrechar el campo de estudio, y cuando los doctores se multiplicaron, atender al detalle y rastrear nuevos archivos se convirtieron en la carta de presentación para conseguir un trabajo en la profesión. El resultado fue la producción de monografías históricas de extraordinaria complejidad, que nadie leía fuera del círculo profesional, y un supremo interés por la especialización, “por saber cada vez más sobre cada vez menos”. Y mientras la historia y las humanidades permanecieron retiradas del “dominio público”, fue más fácil que la gente asumiera mitos y relatos falsos sobre el triunfo del capitalismo, soluciones simplistas a grandes problemas, ante los que pocos podían hablar con autoridad.
Pero no todo está perdido, continúa diciendo, y Guldi y Armitage vislumbran, no obstante, signos de que el largo plazo y el “gran alcance” están renaciendo, un retorno de la longue durée y de la “historia profunda”, un conocimiento del modo en que se desarrolla el pasado a lo largo de los siglos y de las orientaciones que puede proporcionarnos para nuestra supervivencia y desarrollo en el futuro. Para hacer frente a los desafíos que plantean los grandes temas de la actualidad, como el cambio climático, los sistemas de gobierno y la desi­gualdad, nuestro mundo necesita volver a la información sobre la relación entre el pasado y el futuro. Y ahí es donde la historia puede ser precisamente el árbitro.
La solución reside, señala, en superar esa pérdida de visión panorámica, devolver a la historia su misión de “ciencia social crítica”, escribir y hablar del pasado y del futuro en público, imaginar nuevas formas de relato y escritura que puedan ser leídas, comprendidas y asumidas por los profanos y fusionar lo “micro” y lo “macro”, lo mejor del trabajo de archivo con el ojo crítico para abordar el estudio a largo plazo.
Es una propuesta abierta, dice, para hacer, investigar y escribir historia en la era digital, para sacar de su complacencia “a los ciudadanos, a los responsables políticos y a los poderosos”. Una guía para quienes se preguntan para qué sirven la historia y los historiadores, para navegar por el siglo XXI.
Hay muchas posibles rutas, concluye el profesor Casanova. La que proponen Guldi y Armitage, afirma, es plantear cuestiones a largo plazo, pensar en el pasado con el objeto de ver el futuro. Explicar las raíces de las instituciones, ideas, valores y problemas actuales. Y hacerlo de tal forma que los demás lo entiendan. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Hacia la página, de Jaime Siles (1951)

 






HACIA LA PÁGINA


Húmedas, ígneas, líquidas,

lejanas voces que resbalabais por el vértigo

con sonrisa mirífica y acuática.

Frías, fúlgidas, férvidas, selváticas

voces que me borrabais del idioma

la memoria marina de las algas.

Ácronas, créticas, crípticas, cromáticas

voces que conjurabais en la lengua

el lenguaje, el mundo, la palabra.

Voces sin signos, voces sin perfiles,

voces en el vivir visualizadas,

ponedme la pasión de poseeros

en el papel preciso de la página.


Jaime Siles (1951)

Poeta español










Las viñetas de humor de hoy lunes, 16 de septiembre

 
















domingo, 15 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy domingo, 15 de septiembre de 2024

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 15 de septiembre de 2024. El escaso éxito de las arengas antipopulistas ha dejado un reguero de gente perpleja. ¿Son malos nuestros análisis o los votantes? ¿Cómo es posible que el pueblo tome soberanamente decisiones tan absurdas o vote a políticos tan indeseables?, se pregunta en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Daniel Innerarity. En la segunda, un archivo del blog del 3 de septiembre de 2005, el autor del mismo comentaba que ya se había dicho casi todo sobre la crisis migratoria y que a este paso acabaría en el lugar donde se relegan las cosas sobre las que no queremos hacer nada al respecto: en la categoría de tragedia. La tercera del día nos trae hoy al blog el poema Disolución del sueño, del poeta español Guillermo Carnero (1947). Y la cuarta, como todos los días, son las viñetas de humor. Espero que les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates nos vamos y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









Del déficit antipopulista

 






El escaso éxito de las arengas antipopulistas ha dejado un reguero de gente perpleja. ¿Son malos nuestros análisis o los votantes? ¿Cómo es posible que el pueblo tome soberanamente decisiones tan absurdas o vote a políticos tan indeseables?, escribe en La Vanguardia [Contra el antipopulismo. 14/09/2024] el filósofo Daniel Innerarity. Da la impresión de que el objetivo de esos interrogantes no es entender la causa de unas malas decisiones sino denunciar su irracionalidad. Por supuesto que el pueblo se equivoca, pero, como análisis, esa afirmación es insuficiente. También nos equivocaríamos quienes tratamos de entender lo que sucede si redujéramos todo a la cuestión: ¿Qué le está pasando a la gente? En vez de tomarlo como un motivo para investigar y cuestionarse, lo enfocamos como si se tratara de una extraña patología que no puede tener ningún fundamento objetivo.

El pueblo soberano, cuando protesta o vota, se nos ha convertido en el culpable de inaceptables sobresaltos, en una caja negra que nadie termina de entender, en una caja de sorpresas, que se equivoca ostentosamente (Brexit) o recupera por un momento la lucidez (segunda vuelta de las legislativas francesas). Así pensamos la soberanía popular y así hemos despotenciado el factor de imprevisibilidad que forma parte de la democracia, esa incertidumbre que se hace valer especialmente en los momentos electorales.

Soberanía significa poder desmentir los pronósticos y decepcionar las expectativas, algo que sucede muchas veces en las elecciones y las consultas. Por supuesto que la democracia no es solo democracia electoral, pero hay quien piensa que el problema de la democracia es la imprevisibilidad del pueblo en las elecciones. Son quienes proponen como solución salvarla disminuyendo su dimensión electoral o los asuntos que son dejados a la decisión popular, neutralizando constitucionalmente todo lo que sea posible, aunque sea a costa de estrechar el espacio de la política y generar nuevos conflictos.

Es así como en el debate actual acerca del populismo ha resurgido la antigua narrativa elitista del siglo XIX, el viejo miedo de los dominantes ante el poder político de la mayoría. De hecho, toda la tipificación del populismo (como indignados, negacionistas, emotivistas, irracionales) sigue teniendo un aroma paternalista y no está consiguiendo que lo entendamos mejor, que debería ser el punto de partida para hacerle frente. Uno de los principales argumentos contra el populismo es la apelación a las evidencias científicas, lo que manejado así puede ser percibido por muchos como un estrechamiento del pluralismo y la democracia, con un toque de arrogancia. Pero lo cierto es que las evidencias científicas no son tantas ni indiscutibles, ni es muy compatible con la democracia el ideal tecnocrático de depositar en la técnica la esperanza en la solución de los problemas políticos.

Con el objetivo de frenar el autoritarismo, podemos estar ofreciendo una idea de la ciencia y de la tecnología muy poco amables, dogmáticas. El diseño institucional que sustrae demasiados temas de la decisión colectiva y la instrumentalización de la ciencia y la tecnología para limitar la discusión pública tienen en común una deriva autoritaria. La política tiene que respetar el derecho y tomar en consideración las opiniones científicas, por supuesto. Pero no es una solución acertada apelar a las instancias absolutas del derecho y la verdad científica para resolver los problemas que plantea la incertidumbre democrática.

Seguiremos fracasando mientras el discurso populista, pese a su debilidad, siga pareciendo verosímil a amplias capas de la población. Es más útil analíticamente indagar en aquello que lo hace creíble que insistir en su falsedad. No está acertando la actual investigación sobre el populismo, que es fundamentalmente investigación sobre la desviación política, sobre la anormalidad democrática. Por este camino no iremos muy lejos en su comprensión. Tenemos que entenderlo en su vinculación con la democracia liberal, no como su contrario.

Hemos de explicar por qué ha proliferado ese populismo que los liberales califican como enemigo de la democracia liberal, pero que a mí me parece, más que un enemigo, un efecto causado por la concepción liberal de la democracia. El populismo no es el problema de la democracia representativa sino la señal de que esta tiene un problema.

No es fácil saber si la ola de constitucionalización que generó los regímenes liberales responde al deseo de protegerse del populismo o si es al revés y el populismo surge como respuesta a una excesiva limitación de los espacios de acción política. Puede que el populismo no sea el enemigo de la democracia liberal sino su espectro, la reacción que produce ese diseño institucional pensado para limitar al máximo un posible descontrol popular. El liberalismo no se encuentra sino que produce sus propios enemigos.

Populismo y antipopulismo forman parte del mismo marco de juego político. Declararse contra el antipopulismo no le convierte a uno, en virtud de una dialéctica elemental, en defensor del populismo, del mismo modo que criticar la tecnocracia no implica ser populista. La defensa de la democracia en este siglo XXI consiste en concebirla y practicarla de modo que no se plantee ese antagonismo, que no haya una ruptura tan radical entre el principio de realidad y el principio de placer, entre razones y emociones. Esta escisión es lo que pone de manifiesto que tenemos un problema que no se resuelve con la toma de posición por uno de sus términos. Daniel Innerarity es filósofo.











Si Europa fuera un país... [Archivo del blog. 03/09/2015]









El relato de la inacción europea es tan gráfico como las imágenes de los refugiados que llenan los informativos. A la tragedia de los ahogados o asfixiados se une la determinación de las familias que estos días cruzan Europa a pie con lo puesto, en durísimas condiciones. Esos padres que pasan a sus hijos por debajo de las alambradas son los que nos dicen lo que Europa significa hoy: el espacio de paz, libertad y seguridad al que aspiran millones de seres humanos. Pero en vez de escuchar ese mensaje con orgullo, nos tomamos esa aspiración como una amenaza. En lugar de aprovechar esta oportunidad para hacer Europa más fuerte, la debilitamos con patéticas divisiones internas, sembramos la duda entre la ciudadanía y damos alas a los xenófobos que quieren menos Europa, más fronteras nacionales y menos extranjeros.
Se ha dicho ya casi todo sobre la miopía y racanería de muchos Gobiernos europeos. Y también parece estrecharse el caudal de las ideas sobre qué hacer al respecto. A este paso, la crisis migratoria acabará en el lugar donde se relegan las cosas sobre las que no queremos hacer nada al respecto: en la categoría de “tragedia”. Pero ante la tentación de tirar la toalla y concluir que el problema no tiene solución hay siempre un remedio infalible: cambiar la perspectiva desde la que nos aproximamos a ese problema.
Imaginemos por solo un momento que Europa fuera un país. En esa Europa, el Gobierno habría convocado al Parlamento para solicitar fondos extraordinarios y aprobar medidas de urgencia. Sus policías de fronteras y guardacostas estarían rescatando a los inmigrantes en peligro. Sus Fuerzas Armadas estarían levantando campamentos en Grecia y Hungría en los que acoger a los refugiados, organizar su reunificación familiar y tramitar sus solicitudes de asilo. Sus servicios consulares estarían tramitando los salvoconductos necesarios para que los refugiados no tuvieran que arriesgar su vida en manos de mafias criminales. Y sus diplomáticos estarían movilizándose en Naciones Unidas y presionando a Rusia para que forzara al régimen de Asad a detener la guerra y abrir negociaciones de paz. Imaginar un presente distinto es la única manera de construir un futuro mejor". 
Las palabras anteriores han sido escritas por José Ignacio Torreblanca, profesor de Ciencias Políticas en la UNED (Universidad Nacional de Educación a Distancia), mi Universidad, y publicadas en el diario El País de ayer. Y han tenido una enorme difusión en las redes sociales en español. Yo no me atrevo a comentarlas ni tampoco hacer apelaciones sentimentales ante una tragedia humanitaria como esta. Es precisamente ahora cuando hay que apelar a la razón tanto o más que a los sentimientos y ponerse manos a la obra. Ya no es hora de palabras sino de hechos. Y si Europa no es capaz de responder con hechos es que "esta Europa" no merece la pena. "Esta Europa", no otra Europa que hay que comenzar a construir desde ya. Europa, la Unión Europea, tiene que reaccionar; no puede seguir mirándose su opulento ombligo mientras esta inmensa tragedia humanitaria se desarrolla a sus puertas. Y si los gobiernos nacionales son incapaces de hacerlo, que el Parlamento europeo, el parlamento de todos nosotros, los censure, los avergüence y los estigmatice.
Complemento a lo dicho por el profesor Torreblanca es lo expresado por el escritor y premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, en su artículo en El País titulado "Niño muerto en la playa". Les  recomiendo encarecidamente su lectura. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 














El poema de cada día. Hoy, Disolución del sueño, de Guillermo Carnero (1947)

 





DISOLUCIÓN DEL SUEÑO


Nadie puede instalarse

en los sueños de otro: están fundados

en la incredulidad, la decepción y el miedo,

y su inquietud no admite compañía.

Juguetes rotos de una niñez tapiada

que no quiere arriesgar el privilegio

de mecerse en la paz de no haber sido;

un andrajo sin nombre

vacante en el umbral del paraíso

al no tener un cuerpo que lo vista.

El que contempla el Sol no ve su fuego,

cifrado en cenital circunferencia;

baja la vista, y teme. Lo confunde la luz;

sólo puede mirarla si se mezcla

a los colores turbios de las cosas.

Tampoco se permite

afrontar la arrogancia de sus sueños.

Finge que no lamenta su vacío

pues no los tiene ni jamás los tuvo,

o los destierra al sótano más hondo

sin calor ni alimento, hasta que mueren

y vagan insepultos y lo acosan

al apagar la luz en un cuarto de hotel;

y por fin engalana su cadáver,

lo corona de mirto y lo pasea

para ofrecerlo a quien lo pisotee,

y lo destierra al fin a la página escrita

para eludir su insulto de blancura,

salpicando de tinta su amenaza de espejo,

su insoslayable potestad de lirio.

Sueño: región más alta,

sonora en geometría cuyo color se vuelve

imán de la certeza del exilio.

La voz es una brisa que nos trae

los primeros jirones

de los aromas del jardín del sueño.

Ha de reburujarse como seda

o desplegarse cálida y redonda,

henchida al ascender en su ternura,

y volar sobre cumbres y estuarios.

Así tu voz, umbral de tantos mundos,

sabía concederlos resumidos

en la proximidad del horizonte

de la luz de la llama de una vela;

pero hoy vendría a mí tenue y descalza,

sobre la duda de cristales rotos

que esparciste en la estela de tu nombre.

Si rompieras a hablar, tu voz tendría

una pátina oscura de parajes

donde se pudre la lección del tiempo.

Ya no podré entenderte si me hablas:

sólo olvidando el lastre de las cosas

y las aristas negras de los nombres

tiene tu voz la pulcritud del sueño:

música en el estuche de su brillo.

En los sueños, los ojos son azules:

si son de otro color, no estás soñando.

El azul es un reino de dulzura.

Dulzura no es palabra suficiente

en lo espiritual y trascendido;

es la de los torrentes cuando llegan

a presentar en el Abril del valle

la rendición templada de su hielo,

conservando en color de las alturas

la transfiguración del aire límpido;

la del rumor de guijas y de conchas

que resuena en las playas por la noche,

llenando de sí misma

la conciencia de estar oculto y solo.

Cuando abrías los ojos levantabas

una cúpula azul sobre la tierra,

coronada de flámulas ardientes;

un recinto tan alto

y en su ofrenda de luz tan silencioso

que toda voluntad se deslizaba

por la pendiente del desasimiento.

Así unos ojos pueden encender

la latitud inaugural del mundo

diáfana y trasparente sin frontera,

y entrecerrar su propio laberinto

de heces y esquirlas de rumor taimado.

No quiero su amenaza

en la consternación del aire turbio:

sólo el azul extático y redondo.

La curvatura es vocación del río

con inflexiones lentas de meandro

en el arroyo que desciende al valle,

es consuelo en el círculo del Sol

cuando tiñe de rojo la parábola

en que la luz dibuja el horizonte,

espiral aguzada

en el brillo del brote de la hoja,

convexidad en la tensión del fruto,

densidad y turgencia

en todo lo colmado y lo creciente.

La redondez es signo de la carne

de mujer, salvación,

oasis de volumen

en la angustia del plano y de la recta;

pero ha de ser jardín al que no lleve

la ausencia de un camino no trazado.

Esa es la norma capital del sueño,

lo que confiere elevación de nube

y resplandor solar de paraíso

a la entereza de un jardín redondo

retirado al secreto

de su concavidad, sin que el dardo del tiempo

-serpiente rectilínea que hiere con la ciencia

del veneno sin paz de la memoria-

tenga puerta cerrada en que clavarse.

Pero tú oscureciste el horizonte

donde pudo brillar el más diáfano

silencio precursor de voz primera,

y trajiste al preludio

de su estación redonda la maldición del tiempo:

un largo corredor de palabras caídas

pudriéndose en la sombra de su otoño.

Así llegué al umbral del paraíso

como Moisés en su último viaje;

y en la desolación de la memoria

y la miseria del entendimiento

se desvanecen un jirón azul,

geometría sin voz, música abstracta.


Guillermo Carnero (1947). Poeta español














Las viñetas de hoy domingo, 15 de septiembre