lunes, 12 de agosto de 2024

Las viñetas de hoy lunes, 12 de agosto de 2024

 










































domingo, 11 de agosto de 2024

Sobre la saga y fuga de Puigdemont: Especial 3 de hoy domingo, 11 de agosto

 







De cómo el ‘tifa’ Puigdemont cayó en su propia trampa

JORDI IBÁÑEZ

11 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com

No es difícil de suponer que una parte de la sociedad catalana y española deseaba que el pasado 8 de agosto se pudiera celebrar la sesión de investidura de Salvador Illa como president de Cataluña sin percances, y que otra parte deseaba sobre todo poner al señor Puigdemont a disposición de la justicia, aunque el precio fuese dejar en el aire la investidura. A este reparto de prioridades puede incluso añadírsele otro subgrupo: los que querían que se celebrara la investidura pero tampoco necesitaban ni deseaban ver a Puigdemont entre rejas, o los que, siendo completamente partidarios de lo que este hombre representa, deseaban verlo mártir y de paso sabotear la investidura de un españolista. El hecho es que Puigdemont no se arriesgó ni tan siquiera a un martirio light —comparado con Companys, por si alguien jugaba a establecer paralelismos—, engañó a sus propios seguidores e hizo —las comparaciones reflejan también todo un repertorio de sensibilidades— de Houdini, de Jimmy Jump, de mago o, simplemente, y como se dice en catalán, el tifa. Fer el tifa no es muy honorable, que digamos. Es ser pura fachada, un ser sin sustancia y nada más. Pero hace tiempo que a este hombre le trae sin cuidado la honorabilidad del cargo que ostentó. Sus partidarios —sus fans— pueden dar y quitar al albur de sus devociones la honorabilidad a quien les parezca. El hecho es que, sin entrar en mayores especulaciones, ha jugado a ridiculizar al cuerpo de policía de Cataluña abusando aparentemente de un pacto entre caballeros —craso error: Puigdemont no lo es, ni es evidente que los suyos esperen de él que se comporte como tal—, y ha demostrado que la investidura le importaba un bledo. Él venía a tener cinco minutos de protagonismo y luego a echar a correr. Hay quien no entiende que el hombre suscite tanta animadversión. Yo confieso que no entiendo cómo todavía hay quien intenta reconocerle unos restos de mérito o decencia política.

El jueves 8 de agosto fue interesante seguir debates y tertulias. Un ejemplo: en Catalunya Ràdio, el señor Vicent Sanchis se esforzaba en aclarar, una y otra vez, que la noticia del día era Puigdemont y que nadie hacía caso de la investidura. Llegó a comparar lo que ya se ha dado en llamar su tocata y fuga —pobre Bach— con un pastel de chocolate, y la investidura con una peladilla. Más gráfico imposible. Infatigable también, Pere Rusiñol le respondía que lo de Puigdemont era el trueno o la traca final de unos fuegos de artificio, y que el hecho realmente importante era que el día acabaría con un nuevo presidente de la Generalitat. Mientras tanto, los relatos sobre la escapada del expresidente se volvían más y más novelescos. Que si coches persiguiéndolo, que si tramos recorridos en contradirección, que si un solo mosso corriendo a pie detrás y obstaculizado por los fans del fugitivo. Un mosso, por cierto, que según las últimas versiones habrá batido, sin ser consciente de ello, el récord mundial de los 1.500 metros, corridos a la velocidad propia de un automóvil en fuga. Puesto que conozco muy bien la zona, lo llamativo de este recorrido es que era el normal, dadas las circunstancias, para llegar a la única entrada habilitada en el Parque de la Ciudadela y poder así acceder al Parlament. Por tanto, al emprenderlo, ¿cómo sabían que huía? Pues porque no era lo pactado, es evidente. Este camino también lo llevaba en pocos minutos a la Ronda Litoral, da igual si hacia el norte (Francia) o hacia el sur (gran rodeo y cruzar la frontera por quién sabe dónde).

Si me fijo en la cuestión del recorrido es porque es muy posible que los Mossos hubiesen creído en lo presumiblemente acordado con Puigdemont —doy mi discurso, bajo a pie por el passeig Lluís Companys y en la Ciudadela me entrego—. Pero a partir de aquí el cúmulo de errores —¿cómo dejan aparecer un coche detrás del escenario sin controlarlo?, ¿cómo no revisan la estructura del escenario y la carpa tan bien pensada para el juego del doble fondo?, ¿cómo no estaba aquello lleno de agentes de paisano atentos a cualquier maniobra extraña?— resulta difícil de aceptar. Aunque tampoco es creíble que, presuntos traidores al cuerpo aparte, la policía catalana se expusiera a sabiendas a semejante ridículo. Tampoco descartaría que otro cuerpo de seguridad, o de inteligencia, interviniese en la operación de facilitar la huida al expresidente. Algún analista político ha hablado de “cohecho de libro”. Muy bien. Que lo demuestre. Yo por mi parte imagino posibilidades y estoy muy lejos de defender nada que no sea, lo admito, una presunción extraordinariamente imaginativa para hacer racional lo que acaso fue nada más y nada menos que un pasarse por el forro la palabra dada. Viniendo de Puigdemont me parece extraordinariamente insensato que esta palabra se diera por buena.

El hecho es que el hombre se esfuma. Da igual cómo. ¿Qué consecuencias tiene esto? La primera, importantísima, que la sesión de investidura pudo celebrarse sin mayores contratiempos. Segunda: la sociedad catalana —y la imagen pública de España en el extranjero, no se confundan con eso— se ahorra un Puigdemont seguramente encarcelado en prisión preventiva a pesar de haberse entregado él mismo y con una ley de amnistía sometida a todo tipo de tensiones interpretativas. Tercero, y esta es la que a mí más me impresiona: si Puigdemont pedía una cuerda para saltar a la comba, se la dieron para que se ahorcara. En realidad, Puigdemont es un Houdini al revés: si el gran escapista se desataba de todo tipo de cadenas y cuerdas, Puigdemont ha salido atado a su miedo, a su falta de palabra y de seriedad, y en definitiva a su histórica inanidad. Sus devotos dirán lo que quieran. Más tarde o más temprano la realidad les enseñará la lección exacta de lo sucedido este histórico 8 de agosto. Si le ayudaron a huir —una mezcla prodigiosa de inteligencia, ingenuidad y traición—, la trampa era perfecta, y el hombre se metió en ella pésimamente aconsejado, o dominado por el miedo, que tampoco es buen consejero. El video de más de ocho minutos que desde ningún lugar Puigdemont colgó el sábado 10 de agosto demuestra hasta qué punto él mismo y su entorno ya deben de ser conscientes de la dimensión del error. Es un video muy melancólico para justificarse y apostar voluntariosamente por un futuro lleno de vaguedades.

Por último, lo interesante y desolador es la sorprendente comunión de intereses. En denostar a los mossos coinciden con el mismo ahínco Puigdemont, sus adeptos, los portavoces del Partido Popular, Vox y cuantos columnistas y comentaristas ansiaban ver a ese hombre por fin sentado ante Llarena, a poder ser esposado, y de paso a Illa compuesto y sin investidura. La jugada les salió mal. Y si Puigdemont quizá ya intuye que ha saltado al vacío de la irrelevancia política, los comulgantes antagonistas seguramente nunca sabrán que las posiciones justicieras no engrandecen a un país, que el deseo del cuanto peor mejor no es patriótico, y que su incapacidad para comprender que lo que importa es lo que empieza y así dejar atrás el procés sólo demuestra mala fe e impotencia política.

Ignoro qué acabará sucediendo con la ley de amnistía. Vuelva o no amnistiado por fin, o simplemente harto y anciano ante un juez Llarena harto ya y anciano también —Kafka habría podido escribir una hermosa parábola sobre ese encuentro muy tardío, muy crepuscular—, el gran trabajo que le espera a ese hombre es que algún día alguien pueda volver a tomárselo en serio en términos políticos e incluso civiles, por mucho que los comulgantes antagónicos lo echen de menos para su triste manera de entender la política. El video colgado from nowhere es una buena demostración de ello. Jordi Ibáñez Fanés es escritor y profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.








Sobre la clase política: Especial 2 de hoy domingo, 11 de agosto

 




La peor clase política

JAVIER CERCAS

11 AGO 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com


Hace unos meses, Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, declaró: “Tenemos la peor clase política de la democracia”. ¿Es verdad? Mi primera respuesta a esa pregunta es la siguiente. En 1971, durante un viaje de Estado a Pekín, Henry Kissinger le preguntó a Zhou Enlai qué pensaba sobre la Revolución Francesa. El primer ministro chino contestó: “Es demasiado pronto para opinar”. (La historia tiene truco: Enlai confundió la revolución de 1789 con la de 1968). El primer gobierno de Adolfo Suárez se formó en julio de 1976, cuando España todavía era una dictadura; la prensa lo bautizó como “El gobierno de los penenes”: los penenes eran los Profesores No Numerarios, la clase más baja del escalafón docente en la universidad; pues bien, en menos de un año esa panda de mindundis, capitaneados por el mindundi máximo, llevó a cabo una operación inverosímil: desmontó una dictadura, montó una democracia o los fundamentos de una democracia y convocó las primeras elecciones libres en 40 años. Así que estoy de acuerdo con Zhou Enlai: es demasiado pronto para opinar que tenemos la peor clase política de la democracia.

Pero esa es sólo mi primera respuesta; la segunda es otra pregunta. En 1982, un año después de su dimisión como presidente del Gobierno y del golpe de Estado del 23 de febrero, Adolfo Suárez se ha refugiado con sus últimos fieles en un despacho de abogados. El presidente se lame las heridas de su paso por el Gobierno; piensa en su futuro. Por fin decide: funda un nuevo partido (el CDS) y anuncia que regresa a la política y que se presenta a las próximas elecciones, previstas para octubre de ese mismo año. Un día, en pleno zafarrancho preelectoral, le aconsejan que reciba a uno de los estrategas que el año anterior elevó a Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos. Suárez acepta. Los testimonios de la escena difieren en los detalles, pero no en lo esencial. “¿Quiere usted ganar las elecciones?”, le preguntó el estratega a Suárez. “Por supuesto”, contestó el presidente. “Entonces, nómbreme director de su campaña electoral y permítame usar la grabación del golpe del 23 de febrero”, dijo el estratega. “Si machacamos a los españoles con la imagen de usted ese día en el Congreso, le prometo que en las elecciones no sacará menos de 100 diputados”. Todos recordamos la imagen: Suárez, inmóvil en su escaño azul de presidente del Gobierno, solo en medio de un rojo desierto de escaños vacíos mientras las balas de los golpistas zumban a su alrededor y todos los demás parlamentarios presentes en el hemiciclo —todos menos dos: el vicepresidente del Gobierno, el general Gutiérrez Mellado, y el secretario general del PCE, Santiago Carrillo— obedecen las órdenes de los golpistas y se tiran al suelo, buscando refugio bajo sus asientos… Es fácil imaginar que, tras escuchar aquella propuesta, Suárez blandiera por un segundo su eterna sonrisa de chulito de Ávila; lo seguro es que le alargó la mano al estratega, le dio las gracias y le dijo que ya podía marcharse. También es fácil entender por qué ese día Suárez obró como obró: la imagen del 23 de febrero, en manos de la propaganda electoral, era demoledora para sus adversarios políticos (todos ellos presentes aquella tarde en el hemiciclo), pero letal para la democracia naciente de su país, un recordatorio irrefutable de que sólo él y sus dos viejos compinches habían demostrado estar dispuestos a jugarse el tipo por la democracia. En otras palabras, entre el beneficio personal y el bien común, Suárez eligió el bien común. Resultado: el arquitecto de la democracia y héroe del 23 febrero obtuvo dos diputados en las elecciones de 1982, al año siguiente del golpe. La gratitud de la patria.

Y ahora díganme: ¿piensan ustedes que algún líder político actual sería capaz de un gesto semejante? ¿Creen que eso está al alcance de algún representante de una clase política cuyo único artículo de fe conocido sostiene que hay que hacer de la necesidad virtud, una forma eufemística de decir que el fin justifica los medios y que el interés personal y el del propio partido equivalen sin excepciones al bien común? Esa es mi pregunta. Javier Cercas es escritor y académico de la RAE












Sobre la sinfonía de los cielos. Especial 1 de hoy domingo, 11 de agosto

 






Rebauticemos las estrellas
LÍDIA JORGE
11 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Los hombres, volando a través del espacio, infectarán el cosmos. (José Saramago)
1. Si regresamos por un momento al siglo XVIII, bien pudiera ocurrir que yo fuese esa campesina que se levantaba de madrugada para ordeñar las vacas y, al admirar el cielo estrellado, daba gracias a Dios por haber envuelto la Tierra con su manto de joyas celestiales para proteger a los animales y a los seres humanos. Para ella, el principio de la Tierra provenía del corazón de la divinidad, y su fin, que ella no podía imaginar, se produciría en el mismo lugar sagrado. Luego, llenaba las tinajas de leche y las distribuía por toda la aldea.
El caso es que también podría haber sido otra persona, aunque las probabilidades fueran algo menores. Una aristócrata de un condado austríaco, por ejemplo, y vestiría de seda, me empolvaría el pelo y bien podría haber asistido a la primera representación de La Creación de Haydn en el palacio de Carlos Felipe de Schwarzenberg en Viena, la noche del 30 de abril de 1798. Con una peca falsa en el rostro, y una bolsita de encaje en las manos, en el momento en el que la música abandonara los acordes irregulares que imitan el caos de los orígenes y los sonidos cambiaran de repente para vibrar con fuerza anunciando la aparición de la luz, yo también me levantaría de mi silla y estallaría en aplausos de conmoción en medio de la radiante sala. A fin de cuentas, la música era capaz de demostrar la armonía del mundo.
2. En lo que a la armonía del mundo se refiere, la campesina, el aristócrata y el compositor bebían en el siglo XVIII de la misma fuente. Kepler había profundizado en la ley de armonía de las esferas, que se basaban en el mismo principio divino. Casi dos siglos después, Haydn contaba que, mientras componía La Creación, cuando la inspiración le fallaba, se detenía, se arrodillaba, rezaba y el Todopoderoso le enviaba la solución más adecuada para seguir escribiendo la partitura. Cada una de sus composiciones aparece coronada por la fórmula de alabanza In nomine Deo y finaliza con una pareja declaración votiva, Laus Deo. Lo cierto es que, desde el propio Génesis, la teoría del caos inicial se daba por supuesto, pero se estaba muy lejos de imaginar el Big Bang, ese principio de creación espontánea conforme a una energía inmanente, autónoma, acaso surgida de la nada.
Aún no se había puesto en marcha la teoría de la selección de las especies, mediante la cual nos situaría para siempre Darwin en el orden de los primates, por más que, al principio, el concepto de selección natural lo concibiera el propio científico como una ley de la naturaleza adaptativa en obediencia al proyecto de bondad de Dios. Pero todo indicaba que la duda acababa de instalarse entre nosotros. El golpe final a las creencias de la campesina, de la aristócrata y de Haydn se asestaría unas cuantas décadas más tarde de la mano de los maestros de la sospecha, como los llamó Paul Ricoeur: Marx, Nietzsche y Freud.
A partir de entonces, el vínculo entre lo humano y el espectáculo del firmamento se quebró. Empezamos a vernos como meros tornillos en la máquina de producción, uniendo dos tuercas en tensión, el oprimido y el opresor, de la mano del primer maestro. O como amos de nosotros mismos, únicos dioses imaginables, de la mano del segundo. O como criaturas aferradas a la vida por la ley del placer, en las que la bondad y la compasión no son más que la prolongación de la satisfacción de un animal sometido al poder de Eros, de la mano del tercero. En otras palabras, por fin estábamos como nacimos, magníficamente solos. Y así seguimos.
3. Entre tanto, ajenas al ritmo de La Creación, las estrellas y galaxias empezaron a multiplicarse de tal manera por todo el espacio que cada mañana sabemos que el cosmos se presenta ante nuestros ojos como infinito, mientras que los seres humanos, entidades frágiles, podríamos dejar de tener pronto nuestro propio lugar. Paradójicamente, la misma especie que describe el espacio y está preparada para navegar por él empieza a vislumbrar que, aun teniendo conocimiento, carecerá de hogar y no quedará nadie que disfrute del honor de poder soñar. No sorprende, pues, que hace unos días trascendiera la noticia de que se quiere crear en la Luna una reserva de muestras de especies terrestres para asegurar la supervivencia de la vida animal en la Tierra en caso de extinción. Hay muchos otros parecidos, pero en esta ocasión se trata de un programa del Smithsonian Institute, que gestiona museos y proyectos de investigación en EE UU. A esta reserva, que se presenta claramente como una suerte de memoria de la vida en la Tierra, no han faltado quienes la llamen la caja fuerte del Juicio Final.
4. Si queremos ser menos dramáticos, podríamos llamarla una nueva Arca de Noé. Pero entiendo que los más jóvenes hablen de una caja fuerte, un objeto cuya función es guardar el tesoro bajo siete llaves para evitar el exterminio.
Así, no sorprende que la guardiana de la armonía en la exploración espacial en la ONU, Aarti Holla-Maini, sonriera con cautela al hablar de la más que evidente posibilidad de una ramificación en la política espacial entre Estados Unidos y China, lo que llevaría al exterior de la Tierra la misma tensión, beligerancia y competencia desleal e inhumana que aquí practican sus dirigentes a plena vista. Al tener que lidiar con tan incurable afán por el dominio territorial, ella sabe bien que se corre el riesgo de que se convierta en una carrera por el territorio de los cielos. El concepto de infección del espacio por parte de la especie humana se ha convertido en un problema.
5. Con todo, hay quienes, por oposición, siguen con fervor opiniones que van en dirección contraria. Por ejemplo, las del británico Brian Cox, científico y estrella del rock, para quien todo lo que está sucediendo en el campo de la exploración espacial es apasionantemente hermoso. Para él, una vez que el daño infligido al planeta Tierra es irremediable, se hace necesario encontrar en el espacio los recursos de supervivencia que nos van a faltar. La Tierra bien podría quedar como una reserva habitacional que nos proteja mientras no haya viviendas mejores. Su esperanza es cautelosa pero ilimitada, y la creencia en el papel de la supervivencia de la especie gracias al poder de la ciencia funciona como un bálsamo. A su optimismo científico militante, Brian Cox añade el hecho de haber sido teclista de las bandas Dare y D:Ream de modo que no deja de asociar la investigación con la música, las artes con la cosmología y la astronomía, mpracticándola. Ahora la música y las ciencias exactas viven del juego de los números, son disciplinas pitagóricas. Fueron las palabras de Brian Cox las que me llevaron a pensar de nuevo en los movimientos de La Creación en una época en la que la palabra contraria domina nuestros tristes días.

Lo que más destaca de este oratorio es la descripción musical, casi ingenua, de los distintos momentos del surgimiento de la vida. Sabemos que su valor es alegórico, nada más. Y, por otra parte, escuchando el diálogo entre voces e instrumentos, ¿qué importancia tiene la verdad científica frente a la belleza? ¿No es acaso la belleza el resultado de una ciencia inefable? Por mí, en vísperas de una previsible carrera sin fin, habría que rebautizar el espacio con el nombre de las grandes piezas musicales que la humanidad ha producido en forma de triunfo de la especie. La confianza es un dios humano que hace maravillas. Lídia Jorge es escritora. 










De las entradas del blog de hoy domingo, 11 de agosto


 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Un reciente libro sobre Bertrand Russell, dice en la primera de ellas el historiador Jaume Navarro, constituye un ejercicio de erudición y creatividad para intentar comprender a un intelectual capaz de defender una cosa y su contraria con el mismo énfasis de quien se cree profeta llamado a señalar los peligros y promesas del tiempo que le tocó vivir. La segunda es un archivo del blog de agosto de 2009, de la novelista Alicia Giménez Bartlett, que trata con humor la hipotética historia de un hipotético ataque colectivo de risa provocada por la nimiedad más absurda, en el momento más inoportuno e imprevisible de un funeral. La tercera del día es el famoso poema Oda a Hölderlin del poeta alemán y premio Nobel de Literatura Hermann Hesse. Y para terminar, como siempre también, las viñetas de humor la prensa del día.  Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









De utopías y apocalipsis

 








De utopías y apocalipsis
JAUME NAVARRO
08 MAY 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro Science and Apocalypse in Bertrand Russell. A Cultural Sociology, de Javier Pérez-Jara y Lino Camprubí. Washington D.C., Lexington Books, 2022
El 26 de octubre de 1931, el físico y matemático Edmund T. Whittaker, catedrático en la universidad de Edimburgo, le escribía a su hijo sus impresiones acerca del último libro de Bertrand Russell, La perspectiva científica. «Parece que ahora ―le dice― empieza a estar asustado de la ”organización científica de la humanidad” (una especie de estado bolchevique liderado por J.J. [Thomson] y Rutherford en el lugar de Stalin); y en un momento, ¡incluso alaba a los Jesuitas!». Un año más tarde le vuelve a escribir, diciéndole que, en Educación y orden social, publicado pocos días antes, Russell «tira por la borda todo lo que ha escrito anteriormente, ¡me sorprende que la policía no le detenga!», dice con ironía ante sus constantes cambios de opinión.
El reciente libro de Javier Pérez-Jara y Lino Camprubí, Science and Apocalypse in Bertrand Russell. A Cultural Sociology, es un ejercicio de erudición y creatividad para intentar comprender a un personaje público, un intelectual, capaz de defender una cosa y su contraria con el mismo énfasis de quien se cree profeta llamado a señalar los peligros y promesas del tiempo que le tocó vivir… y de quien está seguro de ser escuchado. Y es que, si hasta la Gran Guerra, Russell sostenía que la ciencia era la «forma privilegiada de conocimiento destinada a redimir a la humanidad del reino pasado (y todavía presente) de la oscuridad, la represión y la maldad que representaba la religión» (p. 5), tras su campaña por el pacifismo, Russell describió la ciencia como un Ícaro destinado a su propia destrucción y a la de la humanidad. Y, para ese fin, tal como notó Whittaker, no dudó en utilizar lenguaje moralista, apocalíptico, religioso. Además, y esta sería otra de las contradicciones, el Russell preciso y sutil de los Principia Mathematica parecía caer en el trazo gordo en sus discursos sociales y políticos. Frente a la ciencia como promesa de redención solo cabía, parece ser, una visión apocalíptica.
Este libro sostiene que hay un hilo conductor aparentemente sorprendente en todas las posturas que Russell sostuvo: su uso maniqueo de las categorías de utopía y apocalipsis; de paraíso y redención. Ni en el trabajo sobre la lógica de sus primeros años y su fe en la ciencia, ni en su pacifismo posterior y alerta del potencial apocalipsis científico-técnico, Russell contemplaba posibilidades intermedias. El futuro solo podía representarse en blanco o negro. Lo interesante es que Pérez-Jara y Camprubí sitúan este maniqueísmo en una tradición que se puede remontar a muchas filosofías griegas y medievales, con la separación entre lo divino y lo humano, entre lo supralunar y lo contingente, así como a muchas filosofías del siglo XX, desde el desencantamiento de Max Weber hasta el marxismo de la Escuela de Frankfurt, pasando por los análisis de Heidegger sobre la tecnociencia. De algún modo, la expulsión de lo sagrado del mundo de la ciencia y la tecnología solidificaba el clásico dualismo «entre lo puro y lo contaminado, entre lo salvífico y lo apocalíptico, entre los héroes mesiánicos y sus enemigos diabólicos» (p. 14). Al utilizar este dualismo como arma retórica, Russell no hacía más que situarse en una narrativa con larga tradición religiosa y filosófica (que, por cierto, sigue tan actual como siempre). Además, al abandonar la torre de marfil académica, donde las sutilezas eran imprescindibles, para convertirse en «intelectual trágico», Russell apostó necesariamente por los mensajes más simples y dualistas pues, de alguna manera, ese es el rol profético del intelectual público: proveer de esperanza ante un inminente apocalipsis.
El primer capítulo hace un recorrido por el pensamiento y la obra del primer Russell, aquel que empezó con una fe platónica en la lógica como fundamento de la matemática, y esta como garantía de la solidez de la ciencia moderna frente a la ignorancia, el misticismo y la religión, y acabó descubriendo en los horrores de la Gran Guerra la vulnerabilidad de la tecnología y de la ciencia. A pesar de su sensación de fracaso, en aquel proyecto fundacional, Russell se había convertido en uno de los padres de la filosofía analítica y en agente de la reconfiguración de la matemática que se dio a finales del siglo XIX y principios del XX. Sus Principia Mathematica, escritos con Alfred N. Whitehead y publicados entre 1910 y 1913, le trascenderían y se convertirían en un clásico de la filosofía. Además, como apóstol que había sido de una visión redentora de la ciencia, su rechazo de ese fundacionalismo no le llevó a repudiar la ciencia, sino a convertirse en profeta del apocalipsis que esta podía generar. La ciencia ya no era sagrada, tal como había pensado y defendido, sino un producto humano, epistémica y moralmente falible. Y por eso, según la interpretación de Pérez-Jara y Camprubí, abandonó el mundo de las ideas para «retornar a la cueva» (p. 61) y convertirse en un activista social y político: no en contra de la ciencia y a favor del misticismo que tanto detestaba, sino para defender a la ciencia de sus propias posibilidades destructivas.
En sus reconstrucciones autobiográficas, Russell utilizó con frecuencia una retórica polar para enfatizar la diferencia entre sus ideas acerca de la ciencia antes y después de la Gran Guerra. Es más: también solía apelar a esa guerra como su momento de conversión, una conversión explícitamente descrita en clave religiosa o cuasi-religiosa, con lo que conseguía, en su caso concreto, presentarse como profeta público todavía con más autoridad. En el capítulo segundo, el libro hace un análisis más sosegado de esta supuesta conversión, mostrando cómo su lectura de la relación entre la guerra y la tecnología fue evolucionando y fue posterior a la de otros intelectuales de su tiempo. No hay nada de extraño en ello: los procesos de resignificación de momentos biográficos suelen ser reconstrucciones a la luz de eventos posteriores. Pero, y eso es más importante, esas reconstrucciones suelen obviar el hecho de que, en el caso de personajes públicos e influyentes como Russell, no se trata tanto de explorar su adhesión a determinadas posturas morales, sino de ver cómo ellos mismos han sido agentes en la codificación moral de su tiempo. En otras palabras, tal y como sugieren Pérez-Jara y Camprubí, Russell fue un agente en la configuración de los juicios morales de las relaciones entre ciencia y guerra y no simplemente alguien que tomara partido en posturas dadas casi naturalmente. Y esto, más que con una conversión instantánea, se dio de manera procesual, consumándose solo en 1924 con su escrito acerca de Dédalo e Ícaro.
Y es que su pacifismo inicial durante la guerra no estuvo relacionado con una crítica al complejo tecno-científico. Fue solo a posteriori, cuando se empapó de las ideas socialistas de sus correligionarios pacifistas contrarias al liberalismo que hasta entonces había sostenido, cuando su oposición a la ciencia de la guerra se fue fraguando. Y también lo hizo su gusto por el activismo político y la influencia pública: de hecho, su expulsión de Trinity College y los seis meses en la cárcel por su lucha contra el reclutamiento obligatorio y en contra de la guerra le catapultaron en la esfera pública. No fueron experiencias traumáticas (en la cárcel recibió un tratamiento exquisito gracias a la intercesión del ex primer ministro, Arthur Balfour), sino ocasiones para comprobar que su poder como personaje público era mayor que dentro de los muros de la academia. De este modo se fue fraguando, no como un plan preestablecido, sino como consecuencia de eventos biográficos, la figura del intelectual trágico.
Pero una cosa era su pacifismo, y otra su pesimismo respecto a la ciencia. Como decía, este no surgió durante la Gran Guerra sino a posteriori: tras su visita a la Unión Soviética, que vio como promesa incumplida de un socialismo supuestamente movido por la ciencia y la tecnología, y tras su estancia de meses en China, en la que hallórestos de un pasado nostálgico, pacífico y con ritmos más humanos. Además, tras su contacto con el socialismo, su crítica a la ciencia estaba también movida por su rechazo a los abusos del capitalismo que, en la lectura de sus compañeros pacifistas de la izquierda, incluida Dora Black, quien al poco tiempo sería su segunda esposa, habrían generado el auge de la lucha entre naciones e imperios y, por lo tanto, sido la causa última de la guerra. Aquí es donde Pérez-Jara y Camprubí generalizan la experiencia de Russell y la sitúan como ejemplo de los procesos culturales de resignificación del pasado que forjan narrativas mitológicas, inventan momentos traumáticos o configuran personajes heroicos; mecanismos todos ellos con los que se elaboran juicios morales del pasado.
«América debería declarar la guerra a Rusia en los próximos dos años y consolidar su imperio gracias a la bomba atómica». Estas palabras de Russell en 1945 con las que comienza el cuarto capítulo no pueden ser más contundentes, especialmente viniendo de alguien que había forjado su personaje público en torno a su pacifismo y su visión negativa de los usos de la ciencia y la tecnología. Y más aun, viniendo de alguien que, como muchos otros británicos en la década de 1930, se oponía a una eventual guerra con la Alemania de Hitler, a la que veían como una broma de mal gusto sin futuro y no como el mal absoluto con el que fuera caracterizado con posterioridad. De hecho, en 1936 escribiría que, en caso de invasión alemana, era mejor rendirse que hacer la guerra, pues el coste total en términos de sufrimiento sería menor. Pero para 1938 y, especialmente en 1940, su postura había cambiado radicalmente: Hitler, Mussolini y Stalin ya no eran payasos, sino la personificación del mal absoluto, y sus dictaduras, los grandes enemigos de las democracias liberales. Solo con la resignificación moral de estos personajes pudo Russell defender la guerra… y justificar su emigración a Estados Unidos en otoño de 1938. En los cinco años que pasó en aquel país, Russell volvió a convertirse en intelectual trágico, pero no por su pacifismo, ahora mitigado y casi ausente, sino por sus textos sobre sexualidad, criticados por amplios sectores de una sociedad americana mucho más conservadora que la británica. Los detalles del «caso Russell» están ampliamente explicados en el libro; una vez más lo que los autores quieren subrayar es el uso de categorías maniqueas en las reconstrucciones que Russell haría a posteriori de estos eventos, obviando otros aspectos (como los choques de personalidad o las necesidades económicas) que complejizan la realidad.
La siguiente contradicción russelliana tiene que ver con su postura hacia las armas nucleares. Su juicio extremadamente negativo, lleno de clichés racistas, de la sociedad japonesa le llevó a usar términos habituales en los últimos momentos de la guerra como el de «exterminación» del pueblo japonés. De ahí que Russell, que regresó a Inglaterra, a su alma mater, el Trinity College en Cambridge, a principios de 1945, fuera parte del ambiente eufórico que se desató con las bombas de Hiroshima y Nagasaki, incluso antes de tener noticias de la capitulación del emperador Hiroito. Como había hecho en las dos décadas anteriores, Russell vio el éxito científico del Proyecto Manhattan en clave también apocalíptica: una vez más, Ícaro podría sucumbir a su propio poder. De ahí que sugiriera, exagerando el poder de las armas atómicas del momento (Estados Unidos era el único país con capacidad nuclear y solo disponía de unas pocas bombas) que, para mantener la paz, Norteamérica debería plantearse utilizar bombas sobre Rusia y prevenir así la proliferación de este tipo de armamento. De este modo, sostenía, «el liderazgo americano podrá crear una nueva Liga de las Naciones y la paz del mundo podrá asegurarse»; añadiendo que, por desgracia, «su respeto por la justicia internacional imposibilitará que Washington adopte esta política» (citado en p. 138). No se nos escapa la ironía de que, para evitar la aniquilación del mundo, sería conveniente un exterminio como este. Y tampoco nos extraña a estas alturas que, en sus relatos autobiográficos, Russell olvidara este momento de euforia nuclear.
Su narrativa cambió drásticamente cuando se hizo público que la URSS había conseguido su propia bomba alrededor de 1948, con la aparición de la bomba-H en 1952, pero también cuando constató que el público británico rechazaba su receta de exterminio en nombre de la paz. Entonces se convirtió en activista contra la proliferación nuclear y empezó a cultivar un antiamericanismo casi tan beligerante como la animadversión que profesaba a la Unión Soviética, pues veía a los EE. UU. de Truman y McCarthy en el camino hacia el totalitarismo. La guerra de Corea (1950-1953) fue el detonante de este nuevo cambio, que le llevaría a impulsar lo que se conoce como el Manifiesto Russell-Einstein de 1955 contra la proliferación nuclear, y el inicio de las conferencias Pugwash. Todo esto, junto con su recepción del Nobel de Literatura en 1950 «en reconocimiento de sus variados y significativos escritos en los que defiende ideales humanitarios y la libertad de pensamiento», le catapultaron definitivamente a la fama mundial y le convencieron de su «auto-otorgado papel como representante del futuro de la humanidad» (p. 149).
Vietnam fue el último acto de la re-presentación del ya octogenario Russell, con su alianza para crear el llamado Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para condenar a Estados Unidos por su actuación en Vietnam. Digo «re-presentación» pues, en esta ocasión, Russell volvió a cambiar de bando, y su aversión anterior a todas las dictaduras se focalizó en una crítica única y absoluta al imperialismo norteamericano y a simpatizar con dictaduras comunistas como la del propio Vietnam, o la de Cuba (la Fundación Russell por la Paz llegó a financiar actividades del Che Gevara). Las narrativas maniqueas y apocalípticas volvieron a escena, esta vez poniendo a la par los EE. UU. con la Alemania nazi, en esta «obra de teatro a gran escala en la que Russell, Sartre y los demás jugaron el papel de jueces  universales ante una audiencia traumatizada» por las imágenes que llegaban de Vietnam (p. 173).
Quizás una de las cosas más interesantes del libro sea el énfasis de Pérez-Jara y Camprubí no tanto en los cambios de opinión y continuidades de Russell, sino en la posibilidad de crear narrativas a partir de eventos que se presentan como únicos, como apocalípticos en el sentido genuino de esta palabra; es decir, no como «fines del mundo» sino como momentos de cambio radical en el devenir histórico. Las armas nucleares se convirtieron en el símbolo de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría, obviando todos los demás elementos (los bombardeos convencionales masivos, la guerra psicológica, las armas químicas y biológicas, así como el uso de las comunicaciones con la propaganda a gran escala). Muchos intelectuales públicos como Russell fueron capaces de articular toda una narrativa política y social alrededor de la fotografía de los hongos sobre Hiroshima y sobre Nagasaki, así como las de las pruebas ulteriores, como iconos, como símbolos de sus manifiestos. Las historias maniqueas necesitan de símbolos claros: pero estos no son dados a priori, no tienen una esencia naturalmente apocalíptica esperando ser utilizada, sino todo lo contrario: es el entramado cultural y social el que va construyendo dichos símbolos y los juicios morales del presente y del pasado. Jaume Navarro es profesor de Investigación en Historia de la Ciencia, Ikerbaske /UPV-EHU.







ARCHIVO DEL BLOG] Tinto de Verano: Risa boba. [Publicada el 24/08/2009]










¿Nunca les ha entrado a ustedes un ataque de risa, de esa risa tonta, incontenible, provocada por la nimiedad más absurda, en el momento más inoportuno e imprevisible? ¿Por ejemplo, en pleno funeral de un ser querido, en el momento más dramático de una representación teatral, en plena reunión formal de trabajo o en el instante crucial de una intervención académica?... No me digan que no, porque no me lo creo... Nos ha pasado a todos; a ustedes también, con seguridad. Lo que ocurre es que no quieren recordar la inmensa vergüenza que sintieron ante las airadas miradas de reconvención de los presentes...
Disfruten de este Tinto de Verano de la novelista Alicia Giménez Bartlett. Se titula "Prolegómenos", y lo publicó en El País del pasado 11 de agosto: Hallamos el cadáver de la chica en medio de un charco de sangre. Un comienzo clásico, como se ve. Nos había llamado la señora de la limpieza, aterrorizada, cuando acudió por la mañana a trabajar. Segundo rasgo habitual. A partir de ahí las características de lo que era sin duda un asesinato tomaban su propio camino, ciertamente original. A la víctima le habían asestado varias puñaladas por todo el cuerpo, y como colofón, el criminal se había entretenido en darle seis tajos superficiales en el cuello, muy uniformes en profundidad y longitud. ¿Una firma, un mensaje encubierto? Mi compañero, el subinspector Fermín Garzón, reaccionó frente al cuerpo a su modo personal: una blasfemia arropada por varios tacos ligeros que demostraban su rechazo del crimen y su piedad por la mujer. Completado el rito funerario se volvió hacia mí:
-Inspectora Delicado, ¿puedo encender la refrigeración?
-Ni de coña, ¿para qué lo pregunta? Ya sabe que si somos los primeros en llegar no se puede tocar nada.
-Es que hace un calor de la hostia. Yo así soy incapaz de investigar. Además, ya me dirá usted si no es mejor para las posibles pruebas estar fresquitas y en plenitud, en vez de tener signos de descomposición.
Su sentido de la ciencia policial era penoso, pero por no oírlo despotricar accedí. Llamamos a la Científica, al forense y al juez. Mientras llegaban dimos vueltas por la estancia en una inspección ocular inicial. Había sillas volcadas y envases rotos cuyo contenido se derramaba por el suelo creando una atmósfera llena de efluvios de esencias y alcohol. La víctima probablemente se había resistido a su agresor. La decoración era la típica de aquel tipo de local: colores chillones en las paredes con predominio del rosa, muchos espejos orlados de luces, fotografías de chicas hermosas y algún escalofriante detalle coquetón que abofeteaba el buen gusto. Un montón de botellas en las estanterías. También la muerta hacía ostentación de su quehacer: muy maquillada, un moño complicado de cabello teñido de rubio, minifalda a la moda, taconazos... En la puerta habíamos dejado al policía Domínguez, que de repente asomó la cabeza.
-Inspectora Petra, ha llegado el de sucesos de Las noticias. No es el de siempre, es un chico jovencito.
-¡Joder, un becario! Se dedicará a preguntarnos chorradas tipo CSI.
-No sea tan dura, jefa; todos hemos empezado. A lo mejor el chico es listo.
-De todas maneras, Garzón, éste es un país de mierda, ¿por qué tiene que llegar antes el plumilla que el puto juez?
La testa de Domínguez se materializó de nuevo en el dintel:
-Que dice este muchacho que si han encontrado algún pelo para analizar.
Nos miramos perplejos y estallamos en carcajadas.
-Dígale que sí, que de pelos nos vamos a hinchar.
-Ya ve cómo no me equivocaba, Fermín, éste no sabe ni leer.
Cuando llegó el juez a la peluquería de barrio Glamour nos encontró en pleno ataque de hilaridad. Creo que no le pareció muy adecuado. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. HArendt











El poema de cada día. Hoy, Oda a Hölderlin, de Hermann Hesse

 








ODA A HÖLDERLIN


Amigo de mi juventud, a ti vuelvo agradecido
de atardecer en atardecer, cuando entre los saúcos
en el jardín que duerme no suena más
que la fuente susurrante.
Ya nadie te conoce, amigo; en estos nuevos tiempos
muchos se han alejado del silente encanto de Grecia,
sin plegarias ni dioses,
y sin alborozo el pueblo camina sobre el polvo.
Pero en una secreta bandada de fervientes ensimismados
a los que Dios llenó el alma de añoranza
todavía resuenan las canciones
de tu arpa divina.
Cansados del trabajo regresamos prestos
a la extasiante noche de tu canto,
cuyas ondeantes alas nos protegen
con un sueño dorado.
Nuestra eterna nostalgia,
que nos conduce a los templos de los griegos,
más nos encanta con el ardor encendido de tu canción,
más dolorosamente arde en pos de aquellos sagrados tiempos pasados.


Hermann Hesse (1877-1962)
Poeta alemán












Las viñetas de hoy domingo, 11 de agosto