viernes, 22 de marzo de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Las ciencias sociales son ciencias exactas? [Publicada el 04/04/2017]











El profesor Félix Ovejero menciona en una nota a pie de página del libro Tomando en serio la teoría política, varias veces citado por mí en estos días, un experimento realizado por el diario The Economist en 1984. En esa fecha el mencionado diario londinense solicitó a dieciséis personas que expresaran sus previsiones a diez años vista sobre inflación, crecimiento económico, tasa de cambio y evolución del PIB de Singapur en relación con el de Australia. Cuatro de esas personas eran exministros de Hacienda, otras cuatro directores ejecutivos de multinacionales, cuatro más estudiantes de la Universidad de Oxford, y por último, cuatro barrenderos de Londres. Cumplido el plazo, comenta Ovejero, resultó que los barrenderos atinaron más que ninguno de los otros grupos. Los peores, los exministros.
La encuesta, sigue diciendo, técnicamente no pasaba de ser un divertimento, pero sus sombrías conclusiones acerca de la penosa capacidad predictiva de la profesión económica no se han visto desmentidas por investigaciones más serias como las de la firma Tetlock, que en 2005 invitó a trescientos investigadores a realizar predicciones acerca de asuntos económicos y políticos. Los resultados, señala, fueron "como para cortarse las venas": no mejoraban el simple azar; poco más o menos, afirma, como los de un mono borracho apretando botones.  
Pero volvamos a hoy. Hace unos pocos días el investigador y divulgador científico Javier Sampedro escribía en El País un artículo en el que relataba un experimento llevado a cabo recientemente por la profesora y científica polaca Katarzyna Pisanski. Los más de 20 años que han pasado desde el caso Sokal, comienza diciendo Sampedro, no han apagado los ecos del escándalo. Alan Sokal es un  profesor de Física de la Universidad de Nueva York que, en 1996, mandó a una revista de estudios culturales un manuscrito titulado Transgrediendo las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica. Como deja intuir su título, el artículo era una interminable colección de falacias pomposas, fárragos impenetrables y simples tonterías envueltas en la jerga inconfundible de quien no tiene nada que decir. Pero la revista Social Text se lo publicó sin tocar una coma, haciendo un ridículo de antología.
Lo que acaba de ocurrir ahora, comenta, es en realidad mucho peor. La científica polaca Anna O. Szust se ha ofrecido como miembro del consejo editorial a 360 revistas científicas, las publicaciones donde los investigadores presentan sus trabajos a la comunidad científica, y que al final constituyen el fundamento de su carrera profesional. Que 48 de esas revistas aceptaran a Szust en sus consejos editoriales, y sin mediar más correspondencia, sería ya curioso por sí mismo. Pero el hecho de que la científica polaca no exista convierte la anécdota en un escándalo que deja el caso Sokal a la altura del betún. Aquí no se trata ya de que esas revistas profesionales hayan hecho el ridículo, sino de que se han revelado como un pesado lastre para los engranajes de la práctica científica.
Anna O. Szust es una creación de la psicóloga Katarzyna Pisanski y sus colegas de la Universidad de Breslavia, en Polonia, que presentan en Nature los resultados de su experimento-trampa. Oszust significa fraude en polaco. Los psicólogos dotaron a su personaje ficticio de un igualmente imaginario currículo en “teoría de la ciencia y el deporte” y le abrieron las preceptivas cuentas en Google+, Twitter y Academia.edu, que son el certificado de realidad en nuestros tiempos ciegos. Las 48 revistas en cuestión cayeron como moscas, pese a que el currículo de la doctora Fraude era descaradamente inadecuado, por no decir inexistente, para figurar en un consejo editorial. La han metido hasta la ingle.
En círculos académicos se viene hablando de las “revistas predadoras”, varios miles de publicaciones científicas que han proliferado como setas en los últimos tiempos. “Estas revistas no aspiran a la calidad”, dice Pisanski, “sino que existen ante todo para obtener cuotas de los autores”. Los científicos tienen que pagar por publicar sus investigaciones, y si lo hacen en una revista predadora ni siquiera tienen que preocuparse de que la investigación esté bien hecha. Genial. 
Todo lo anterior me lleva por mi parte a pensar, con cierto grado de sorna, si las predicciones llevadas a cabo por políticos, economistas y científicos sociales merecen credibilidad y si no sería mejor dejar que la Madre Naturaleza resolviera las cosas por sí misma. En fin, ¿las ciencias sociales, ciencias exactas? Vale, pero menos... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











jueves, 21 de marzo de 2024

De los idiotas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Hay libros que resuenan con tal poder que nos resulta imposible olvidarlos, dice en El País la escritora Nuria Barrios, y es por ello que La Ilíada y la Odisea son los libros fundacionales de la literatura occidental. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Contra los idiotas
NURIA BARRIOS
16 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En 1967, un ejemplar de la Ilíada, la obra de Homero, salió de la biblioteca del instituto madrileño de San Isidro en préstamo. Aunque el plazo era de 15 días, el libro no regresó. Pero con Homero siempre hay que esperar un retorno, aunque este se demore años. Odiseo llegó a Ítaca 10 años después de que los griegos vencieran a los troyanos. La demora en el retorno y llegar cuando ya nadie te espera son cualidades homéricas. Así ha sucedido de nuevo. Como el protagonista de la Odisea, el ejemplar de la Ilíada también ha regresado a casa. En esta ocasión la vuelta ha llevado 57 años. El libro venía con una nota anónima escrita con ordenador en la que “un alumno de cuyo nombre no quiero acordarme” pedía “humildemente perdón”.
Hay memoria de otros libros viajeros. Los que regresaron a sus bibliotecas cuando cayó el muro de Berlín en 1989, por ejemplo. Quienes los habían sacado en préstamo 28 años antes se encaminaron al otro lado de la ciudad, ahora abierta, para entregar lo que era de todos. A un gesto aparentemente tan pequeño los griegos antiguos bien hubiesen podido llamarlo gesta, porque gesta era lo que tenía importancia para la comunidad. Y quizá habrían estado de acuerdo en que la devolución de un libro es un alegato contra los idiotas, pues la palabra idiota proviene de la raíz griega idios, que hace referencia a lo privado. En aquella época, un idiota era alguien que solo se preocupaba de sus asuntos particulares y se desentendía de lo público.
La persona que devolvió el ejemplar de la Ilíada podría haberse desentendido del asunto después de tantos años, pero escribió una nota de disculpa, buscó la dirección postal del destinatario, fue a Correos, esperó turno para ser atendido, aguardó a que pesaran el libro —¿cuánto pesa la Ilíada?— y pagó un extra para que llegara cuanto antes por Correos Express. En su decisión primó la idea de formar parte de una comunidad, de un cuerpo vivo, en el que la transmisión de los conocimientos es vital para el bienestar de los individuos. Al actuar, pensó a la contra de una sociedad que antepone el Yo al Nosotros.
La Ilíada no es un libro cualquiera. Junto con la Odisea es el libro fundacional de la literatura occidental. Narra la guerra que destruyó Troya en torno al año 1200 a.C. Describe el asedio de la ciudad por una confederación de reyes micénicos, su conquista, saqueo y destrucción. Pero narra mucho más que eso: habla de la ambición, del deseo de gloria, de la codicia, de la paternidad, del odio, de la ira, de la negociación, de la violencia, de la amistad, de la venganza… De las múltiples formas que adoptan el amor y la muerte. Es mucho más que un libro; es un espejo de la naturaleza humana. Dicen que Alejandro Magno se sabía la Ilíada de memoria. Las historias de Helena y Paris, de Agamenón, de Aquiles y Héctor, de Príamo, de Odiseo… han atravesado los siglos y siguen hoy tan vivas como entonces.
Si la Ilíada era reconocida como una obra literaria asombrosa, en 1864 un millonario alemán, Heinrich Schliemann, demostró que el mundo que describía aquel libro no era imaginario, sino real. Guiándose por los versos de Homero, Schliemann llegó a la colina de Hissarlik, en la actual Turquía, y desenterró parte de la muralla de Troya. Aquel sonoro nombre no designaba un lugar ficticio, sino una ciudad situada exactamente donde Homero decía. Si la lectura de la Ilíada conformó la identidad del pueblo griego y de todos nosotros, el descubrimiento de Troya cambió la historia de la arqueología.
Hay libros que resuenan con tal poder que nos resulta imposible olvidarlos. Hablan de nosotros con tan asombrosa claridad que sentimos que somos sus autores. Cuenta Alberto Manguel que, en 1990, el Ministerio de Cultura colombiano creó un sistema de bibliotecas itinerantes para llevar libros a los habitantes de regiones rurales lejanas. Todos fueron devueltos cuando el plazo se cumplió, salvo uno. Los aldeanos de una de esas regiones se negaron a desprenderse de la Ilíada, argumentando que el libro narraba su historia. La guerra que contaba era la misma que asolaba su país, los miedos y deseos de sus personajes eran sus miedos y sus deseos. El bibliotecario les regaló el libro. La Ilíada había hecho su magia: griegos y troyanos habían mudado en colombianos. Al leer la historia y hacerla suya, ellos se habían convertido asimismo en sus autores.
Nada se sabe de Homero, hay quienes piensan que no existió nunca y su nombre es una máscara tras la que se ocultan todos los que cantaron las fabulosas historias de la guerra de Troya. En la nota que acompañaba el ejemplar de la Ilíada que ha regresado al instituto San Isidro se menciona que el traductor es José Gómez Hermosilla. Él es, en esa edición, la voz de Homero. Nuria Barrios es escritora.
 
























[ARCHIVO DEL BLOG] Primavera y Pascua. [Publicada el 31/03/2010]










Ayer martes, 30 de marzo, se iniciaba la Pascua judía. El próximo domingo, 4 de abril, celebran los cristianos la suya. Ambas reciben el mismo nombre, pero rememoran hechos distintos. La Pascua judía, probablemente la celebración más antigua de la humanidad, conmemora la liberación del pueblo judío del yugo egipcio y su marcha en busca de la Tierra Prometida con Moisés al frente, hace más de 3000 años. La Pascua cristiana conmemora y celebra la Resurrección del Mesías, Jesucristo, hacia el año 30 de nuestra era. 
En realidad, ambas conmemoraciones no son más que el reflejo religioso de celebraciones mucho más antiguas, enraizadas en lo más profundo de los sentimientos humanos, celebrando la llegada de la Primavera, o lo que es lo mismo, la aparición del equinoccio, que en el hemisferio norte se produce siempre entre el 20 y el 22 de marzo, aunque se tome como referencia tradicional la del día 21 de dicho mes, como aquel del año en las que las horas de luz y de oscuridad tienen la misma duración.
El por qué varía de un año para otro la fecha de celebración de las Pascuas judía y cristiana, tiene su explicación. El calendario judío era, y es, de carácter lunar, con meses de 28 días, y lógicamente, en función de las fases lunares. La Pascua cristiana siguió la misma pauta, pues Jesucristo murió y resucitó para los cristianos durante la celebración de la Pascua judía. Con una diferencia que explicaremos a continuación.
La Pascua judía se inicia siempre el primer día de luna llena que siga al equinoccio de Primavera. La cristiana, para diferenciarse de la judía, se acordó en su momento que se celebrara el primer domingo de Luna llena después del equinoccio, pero también que, cuando este primer domingo de plenilunio coincidiera con el inicio de la Pascua judía (que como hemos indiciado puede ser cualquier día de la semana) se trasladaría al domingo siguiente. De todo lo cual se desprende que la Pascua cristiana puede oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril de cada año.
En YouTube hay un precioso vídeo que explica la composición y personajes de la "Alegoría de la Primavera" (1478) de Sandro Botticelli que he reproducido más arriba. Espero que lo disfruten. ¡Felices Pascuas!, ¡Feliz Equinoccio!, ¡Feliz Plenilunio a todos los hombres de buena voluntad! Tamaragua, amigos. HArendt











miércoles, 20 de marzo de 2024

Del camino a la ignominia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Es necesario analizar cómo ocurren las cosas,dice en el País el historiador José Andrés Rojo, y a la manera de Christopher Clark en ‘Sonámbulos’, entender la deriva cada vez más sectaria de la política en España. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









El camino a la ignominia empieza en Atocha
JOSÉ ANDRÉS ROJO
15 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Lo que el historiador Christopher Clark hizo en Sonámbulos (Galaxia Gutenberg), el célebre libro que publicó hace unos años y donde reconstruyó cómo Europa se precipitó en la guerra de 1914, fue ocuparse precisamente de ese cómo. Explicaba ahí que desde el presente lo habitual es mirar hacia atrás y entender que cuanto ocurrió en el pasado solo podía conducirnos al punto en el que estamos hoy. Y no es verdad. Explica Clark que esto suele suceder sobre todo con catástrofes como la de la Primera Guerra Mundial. “Lo vemos en las cartas, en los discursos y en las memorias de los principales protagonistas”, escribe, “quienes se apresuran a subrayar que no había alternativa al camino que se tomó, que la guerra era inevitable, y por tanto que nadie tenía la facultad de prevenirla”. Lo que viene después es el reparto de responsabilidades —o, si se prefiere, el señalamiento de los culpables—: fueron estos Estados o aquellos políticos, se trató del propio sistema que estaba hecho para producir guerras o, en fin, cosa del Destino o de la Historia (con mayúsculas).
El cómo, he ahí una oportuna invitación para evitarse los caminos fáciles y las conclusiones precipitadas. O, simplemente, para no tragarse la versión que siempre escriben los vencedores. No es verdad que las grandes democracias de Francia y Gran Bretaña se unieran entonces para frenar el expansionismo del imperio alemán. No, no fue solo eso. Tampoco es cierto que los grandes protagonistas del desastre tuvieran claras las líneas maestras de sus respectivos proyectos, ni que los centros de decisión fueran compactos y remaran en la misma dirección.
Clark señala que “las estructuras ejecutivas de las que salían las políticas distaban mucho de estar unificadas”. Y apunta: “Los alineamientos entre facciones, las fricciones entre cometidos en el seno del gobierno, las restricciones económicas o financieras y la química voluble de la opinión pública ejercían una presión sobre los procesos de toma de decisiones que variaba constantemente”. Exactamente como ocurre ahora. Solemos contarnos una historia de blancos y negros y, de ahí, solo puede barruntarse un escenario apocalíptico. Pero los matices existen, y el ruido interno, y siempre hay margen de maniobra (a veces, pequeño).
Al describir el cómo de aquellos años en que se iba gestando la tragedia, Clark habla de un “caos de voces enfrentadas”. Y luego se ocupa también de la mentalidad de la época, de ese “tejido de supuestos tácitos” que al final determina “las posturas y la conducta tanto de los estadistas y los legisladores como de los publicistas”. Y dice: “En este ámbito podemos distinguir tal vez una creciente disposición para la guerra en toda Europa, en especial, dentro de las élites ilustradas”. No es que pensaran tanto en “llamadas sanguinarias a la violencia contra otro Estado”, sino más bien en una suerte de “patriotismo defensivo” .
En fin, el cómo: engordaban un furioso nacionalismo contra los demás, convertían en monstruos a sus adversarios, le daban alas al miedo, dibujaban marcos terroríficos para afianzar sus respectivos poderes. Nada muy diferente, con sus diferencias, de lo que ocurre ahora. Esto no quiere decir que el horizonte al que nos dirigimos sea el de una guerra. Lo que es indiscutible es que hemos tomado el camino a la ignominia. No hace falta más que levantar la mirada: 20 años después, los principales partidos (y los otros) han sido incapaces de arropar juntos a las víctimas del terrible atentado yihadista del 11 de marzo de 2004. José Andrés Rojo es historiador.

















[ARCHIVO DEL BLOG] En coma inducido. [Publicada el 22/03/2013]












A mi hija Ruth
Tengo la impresión de que mi Desde el trópico de Cáncer ha entrado en coma. Al menos, en la acepción que de esa palabra da el Diccionario de la Real Academia Española. Aunque en realidad se trata más bien de un coma inducido, que como ustedes saben bien no es más que una especie de sedación que se aplica a algunos pacientes para evitar que se hagan daño a sí mismos cuando están incursos en un proceso de pérdida de consciencia. Tengo que agradecerle a mi hija Ruth su irrupción en mi blog, a través del trasvase de entradas de su formidable e intimista Pensando en la estación. Ella ha evitado que el "pi-pi-pi-pi...." en la cabecera del paciente se haya convertido en el "piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii" indicativo de su final y cierre.
En coma profundo y nada inducido están también las instituciones políticas de la Unión Europea, España y Canarias. Comienzo por la última, la más cercana. La noche del miércoles asistí a una "mesa redonda" que se celebraba en la centenaria Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, en Las Palmas, sobre la reforma del régimen electoral canario. Entre los ponentes profesores universitarios y políticos en activo, incluido un expresidente del gobierno canario. Todos ellos coincidieron en la gravedad del tema. Gravedad a la que coadyuva la rigidez estatutaria de modificación de un sistema electoral que infrarrepresenta al 83% por ciento del electorado en beneficio del otro 17%, propicia la imposibilidad de que ningún partido obtenga mayoría absoluta en el parlamento regional y condene a los dos grandes partidos estatales (PP-PSOE), enfrentados, a aliarse con el partido nacionalista (CC) siempre minoritario, para poder formar gobierno, convirtiendo siempre a la formación nacionalista en la única beneficiaria neta del pacto.
Sobre el coma, profundo y nada inducido, de las instituciones políticas españolas, que voy a contarles que ustedes no sepan ya. Desde la llegada del PP al poder y de Mariano Rajoy al frente del gobierno en Diciembre de 2011 todo ha ido a peor. Y encima tienen el desparpajo de insistir una y otra vez en que estamos en el buen camino. No se en que se basan pero pienso, sinceramente, que al actual gobierno de España sí que podría aplicársele con acierto la definición anteriormente citada de coma (sueño profundo en su acepción original griega): "estado patológico que se caracteriza por la pérdida de la conciencia, la sensibilidad y la capacidad motora voluntaria". Bueno, seamos sinceros, capacidad motora voluntaria sí que tienen; otra cosa es que nos esté llevando directamente al abismo. Les invito a leer al respecto la crítica que Álvaro Delgado-Gal, director de "Revista de Libros", formula en la misma al cabreado libro del cabreado escritor Antonio Muñoz Molina titulado "Todo lo que era sólido" (Seix Barral, Barcelona, 2013). 
En coma profundo y nada inducido están también algunas instituciones, no todas, de la Unión Europea. Les invito a leer el artículo "Europa, el paquidermo", del escritor Vicente Molina Foix (El País, 13/3/2013). Desde luego, el Consejo Europeo, su más alta institución representativa, está en coma profundo y encefalograma plano. Y más desde el fiasco del rescate a Chipre. En el coma le acompañan, al Consejo, el Banco Central Europeo y el Eurogrupo. De la Comisión Europea, el gobierno real de la Unión, ni se habla ya, de lo poco que cuenta. No es extraño teniendo al frente a un político de vuelo tan raso como el señor Durao Barroso, incapaz de hacer valer los intereses generales de la Unión frente a la postura de la única que manda en Europa por lo que parece, la señora Merkel, que Dios guarde (para beneficio exclusivo de sus paisanos alemanes). Vaya por delante que admito que puedo estar equivocado en mis planteamientos. Expertos hay que defienden que estamos haciendo españoles y europeos lo que debemos, de cuya capacidad profesional y honestidad personal no tengo la menor duda. Por ejemplo, el profesor español José V. Rodríguez Mora, catedrático de Economía en la Universidad de Edimburgo, en un elaborado artículo que publicaba Revista de Libros en su número de marzo-abril: "Una mirada desapasionada a la desigualdad económica (I). Observando los hechos", que tuvo su continuación y final en el número de abril-mayo.
De política, oyendo al gobierno y a la oposición, reconozco que tampoco entiendo mucho, y si solo les oigo a ellos, reconozco que no entiendo nada. Pero eso es normal por mi acusada sordera, que pone de los nervios a mi mujer, y a mí me hace recordar con cariño a mi padre, que también la padecía y que contestaba siempre que "para lo que hay que oír, mejor sordo". Pero algo si entiendo, no mucho, pero si lo bastante para percibir cuando me quieren dar gato por liebre. Y algo aprendo y aprovecho cuando tengo la fortuna de leer libros tan excelentes y sugestivos como el titulado "Los rostros del federalismo" (Alianza, Madrid, 2012) del profesor Roberto Luis Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, que he terminado esta misma tarde. Mi más  sincero agradecimiento a la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria, que lo adquirió a expresa petición mía a pesar de las restricciones presupuestarias que asfixian a la entidad. Nunca agradeceré bastante el buen trato que me dispensan en ella.
Del libro citado hay dos excelentes críticas cuya lectura les recomiendo, aunque mejor sería que leyeran la obra misma, que ha recibido el reconocimiento de mejor libro español no-de-ficción publicado en 2012. La primera, del también profesor Javier Corcuera Atienza, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad del País Vasco, titulada "Las múltiples caras del poliedro" y publicada, también, en el último número de Revista de Libros (marzo-abril, 2013). La segunda, la reseña que del mismo hace el profesor Juan José Solozábal Echevarría en el número 30 de la "Revista de teoría y realidad constitucional" (junio 2012) publicada por el Departamento de Derecho Político de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). 
Federalista convencido como soy, y por lo que compruebo cada día, bastante utópico, fui el miércoles a la Mesa Redonda que comentaba al comienzo de la entrada con la intención de sacar a colación la propuesta federalista que llevo defendiendo desde hace más de veinte años largos en cuantos foros académicos, sociales, políticos y prensa tengo oportunidad, sobre la posibilidad y conveniencia de configurar bajo un sistema federal (de las siete islas) el autogobierno de la Comunidad Autónoma de Canarias dentro del Estado español. Ante el sesgo posibilista (o más bien in-posibilista) de todas las intervenciones que hubieron en la misma, desistí sin excesivo drama de intentarlo. Bastante será si se consigue, "ad calendas graecas", romper la inercia de las insostenibles barreras electorales estatutarias vigentes. 
De "una sociedad de sociedades" definió Montesquieu el federalismo. Un sistema bajo el que viven en la actualidad cientos de millones de personas, preponderancia a la que va unida una enorme disparidad sobre la naturaleza del fenómeno federalista sobre la que el profesor Roberto Luis Blanco Valdés pretender arrojar una luz en el libro citado más arriba, centrando su estudio sobre los sistemas paradigmáticos de Estados Unidos, Suiza, Australia, Canadá, Argentina, México, Brasil, Rusia, Alemania, Austria, Bélgica y España.
El libro se cierra con un epílogo en el que, contraponiendo federalismo a nacionalismo, se analizan algunas de las peculiaridades que afectan al modelo federal español. De una de las últimas páginas del libro (la 351) que constituye una crítica del nacionalismo político identitario, no me resisto a trasladarles la opinión de uno de los más reconocidos estudiosos mundiales sobre el "nacionalismo". Dice así: "En tanto que principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política, el nacionalismo suele considerarse a sí mismo como un principio manifiesto y evidente que es accesible a todos los hombres y que solo violan algunas cegueras contumaces, pero de hecho debe su capacidad de convicción tan solo a un conjunto de circunstancias muy concretas que se dan hoy, pero que han sido ajenas a la mayoría de la humanidad y de la historia." (Gellner, Ernest: Nación y nacionalismo. Alianza, Madrid, 1983). La comparto plenamente.
Post scriptum: Sobre la crisis de credibilidad de la Unión Europea les invito a leer los artículos "El desgobierno europeo" (José Ignacio Torreblanca: El País, 23/3/2013) y "Desgobierno" (Josep Ramoneda: El País, 24/3/2013), posteriores a la publicación original de esta entrada. Como verán, no andaba muy desencaminado en mis argumentos. Y como estrambote del soneto el "La Europa alemana se hunde en la mediocridad" (El País, 23/3/2013) de los corresponsales en Bruselas Claudi Pérez y Miguel Mora. Más, imposible. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt











martes, 19 de marzo de 2024

De la sociedad abierta y sus nuevos enemigos

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Karl Popper advertía, escribe en la revista Ethic el politólogo Manuel Arias Maldonado, de que la sociedad abierta solo puede mantenerse como tal si conserva la estructura de la democracia liberal. Y para ello requiere, justamente, una cultura política capaz de renunciar a las llamadas de la tribu. Sin embargo, hoy en día, la lista de enemigos de la sociedad abierta es larga. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Nuevos enemigos de la sociedad abierta
MANUEL ARIAS MALDONAD
11 MAR 2024 - Ethic - harendt.blogspot.com

Acaso el gran problema de la sociedad abierta consista en que pocos quieren vivir en una sociedad abierta. Es difícil llegar a una conclusión diferente a la vista de la realidad política contemporánea: las democracias liberales sufren el embate de los viejos nacionalismos y del nuevo populismo, mientras se dibujan en el exterior los contornos de una nueva Guerra Fría que esta vez enfrenta a las democracias contra los autoritarismos. Todo ello en un mundo donde, según, el índice de la revista The Economist, apenas el 8% de la población vive en una «democracia plena» y solo un 7% lo hace en «democracias defectuosas»; en total, solo el 15% de la población mundial está constituida por ciudadanos y no por súbditos, que es como el eminente jurista austríaco Hans Kelsen llamaba a quienes carecían de derechos políticos. Para quienes esperábamos algo más del fin de la Historia en su versión finisecular, se trata de un resultado decepcionante; las olas democratizadoras parecen morir hoy en la orilla. Pero así funcionan los ideales: sufren en contacto con la realidad. Máxime cuando son tan exigentes como el que aquí nos ocupa.
¿Y qué es una sociedad abierta? El concepto es de Karl Popper, quien lo presenta en La sociedad abierta y sus enemigos, historia del pensamiento político en dos volúmenes que aparece en 1945. Es el año que conoce la derrota del imperialismo japonés y del totalitarismo nazi; el soviético estaba sin embargo a punto de cerrar su puño de hierro sobre Europa Oriental y los comunistas chinos no tardarían en llegar al poder. Aunque el historiador Samuel Moyn incluye a Popper entre los representantes del «liberalismo de la Guerra Fría» en su reciente Liberalism Against Itself, en compañía de Judith Shklar o Isaiah Berlin, el pensador vienés se adelanta a la contienda entre los bloques liberal y comunista; su genealogía del pensamiento totalitario –distinta a la que Hannah Arendt publicaría seis años más tarde– se alimenta de la amarga experiencia política suministrada por el periodo de entreguerras. Su tesis central es que una sociedad en la que se ejercita pacíficamente la razón crítica se distingue de aquellas que se organizan alrededor de la reverencia a la autoridad, el respeto al tradicionalismo o el rechazo del pensamiento científico.
Persuadido como su conciudadano Friedrich Hayek de la falibilidad humana y de las limitaciones de nuestro conocimiento, Popper es escéptico acerca de la posibilidad de alcanzar la verdad: porque lo irrefutable no es necesariamente lo verdadero. De ahí que la búsqueda de la verdad sea compatible con la oposición feroz contra el dogmatismo intelectual. Popper establecía un vínculo entre este último y el autoritarismo político; quien busca imponer una cosmovisión o ideología termina recurriendo a la coerción violenta y al gobierno autoritario, ya que de otro modo no logrará reprimir la natural tendencia del ser humano a producir nuevas ideas. Es natural que tales premisas desembocasen en la vindicación de la democracia liberal como única forma de gobierno posible para la sociedad abierta: aquella que permite expulsar pacíficamente del poder a los malos gobernantes y antepone la reforma gradual a la gran ingeniería social. Justo es subrayar, en todo caso, que el realismo político de Popper no le impedía reconocer la importancia de las condiciones materiales que permiten al ciudadano desarrollar su plan de vida: las políticas sociales no son un capricho de los colectivistas.
En cualquier caso, Popper conceptualiza una sociedad que es gobernada por medio de una democracia representativa; el énfasis no recae en la morfología del régimen político, sino en el tipo de sociedad que ese régimen político hace posible. Dicho de otro modo, la democracia liberal sería la forma política natural de la sociedad abierta; ninguna otra cumple con los requisitos que esta última exige. Entre ellos, el principio del gobierno limitado que establece restricciones a lo que el poder público está autorizado a decidir; el reconocimiento de los derechos fundamentales que proporciona al individuo una esfera de libre disposición; el mantenimiento del imperio de la ley y la separación de los poderes del Estado; la existencia de una esfera pública donde operan medios de comunicación independientes y los ciudadanos expresan sus opiniones de distintas maneras; el funcionamiento de un mercado libre donde individuos y empresas operan bajo la supervisión de los poderes públicos. Es evidente que no tiene sentido separar sociedad abierta y democracia liberal: cada una es condición de la otra.
Ahora bien: la sociedad abierta requiere una cultura política capaz de producir ciudadanos que ejerzan la tolerancia cívica y renuncien al tribalismo. Aceptar el pluralismo es renunciar a imponer a los demás nuestra cosmovisión, y hacerlo por las razones correctas: por entender que la cualidad «abierta» de la sociedad tiene un fundamento a la vez moral (derecho igual de todos a atesorar sus ideas) y epistemológico (no existe el conocimiento perfecto). Las sociedades cerradas no son capaces de progresar al mismo ritmo que las sociedades abiertas; no son justas, ni pueden serlo. Si Popper definía la sociedad abierta como aquella en la que el individuo es responsable de sus decisiones personales, por oposición a una de carácter tribal o colectivista, podemos ampliar el concepto y designar con ese término a la sociedad que pone en su centro la libertad personal y se mantiene abierta al resultado de los intercambios que tienen lugar en su interior. Y aunque renuncia a fijar su forma definitiva, la sociedad abierta solo puede mantenerse abierta –a nuevas ideas, tecnologías, moralidades– si conserva la estructura institucional del Estado de derecho y la democracia liberal. Cuando estas se debilitan, la sociedad se vuelve más «cerrada».
Huelga decir que Popper no pensaba que los occidentales vivieran ya en sociedades abiertas. Al igual que sucede con la Ilustración tal como la define Kant en su momento, estamos ante ideales regulatorios que fijan un objetivo digno de ser perseguido. La pregunta es si hoy estamos más lejos de alcanzarlo que ayer; si el mundo ha retrocedido en su lento progreso hacia la sociedad abierta. Y la respuesta, de nuevo, depende de las expectativas. A comienzos de la década de los 90, se esperaba que las sociedades post-soviéticas –incluida la propia Rusia– se democratizasen sin excepción; lo mismo valía para una China que estaba llamada –Tiananmén dejó ver a una juventud descontenta– a sustituir el régimen de partido único por un gobierno multipartidista. Pero es evidente que la sociedad abierta no ejerció la fuerza centrípeta necesaria para que aquellas esperanzas se hicieran realidad.
Ahora sabemos que aquel fue un momento excepcional, malinterpretado por quienes lo vivieron como el comienzo de una nueva era; la derrota del comunismo soviético se confundió con el abrazo global de la democracia liberal. Breve primavera: los atentados del 11-S y la crisis de 2008 acabaron con la complacencia occidental. El panorama es hoy desalentador: tenemos delante una China más alejada que nunca de la democracia (el caso de Hong Kong es elocuente) y una teocracia iraní que no ha concedido terreno a sus reformistas. Hay pocos avances en Latinoamérica, donde alguna democracia ha dejado de serlo (Venezuela) y otras han perdido estabilidad (Chile, Perú) o sucumbido a los encantos del liderazgo populista (México, Brasil); no terminan de completar su tránsito a la democracia países asiáticos tan poblados como Indonesia o Tailandia, si bien Malasia conserva su estabilidad y Filipinas no termina de desestabilizarse. Y mientras, África ha recuperado la tradición del golpe de Estado militar (Níger, Gabón, Burkina Faso), algunas de sus sociedades parecen estar aprendiendo a cambiar de gobierno sin violencia (Sierra Leona, Liberia). Puede decirse que la democracia liberal, aun sufriendo, resiste; lo que no se puede decir es que avance.
Si volvemos la mirada al interior de las democracias, hay poco que celebrar; el ideal de la sociedad abierta no está precisamente de moda. ¿Y cuándo lo estuvo? Es conveniente abrir los ojos: en las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas europeos mantuvieron una considerable fuerza en las sociedades europeas y la juventud que se movilizó a finales de los 60 enarbolaba con alegría el Libro Rojo de Mao. Se produjo un auge de la violencia política en los años 70; hubo terrorismo de extrema izquierda, como lo hubo anarquista y de extrema derecha e incluso –ahí están ETA o el IRA– nacionalista. Francia vivió un turbulento proceso de descolonización y hubo disturbios raciales en Estados Unidos. O sea: los Treinta Gloriosos tuvieron su miga. Claro que no se trata de comparar la contenciosidad de dos momentos históricos separados entre sí ya más de medio siglo, sino de ahorrarnos un espejismo: aquel que dibuja en el horizonte del pasado un apoyo masivo a la causa de la sociedad abierta.
Flash forward: las democracias liberales vienen sufriendo fuertes turbulencias desde el estallido de la crisis financiera de 2008. Allí donde pierde credibilidad la promesa del crecimiento económico indefinido –confrontadas como están las sociedades desarrolladas con los efectos indeseados de la modernización y la globalización: cambio climático, desigualdad económica, tensiones migratorias– aparecen movimientos ideológicos y fuerzas políticas que empujan en dirección opuesta a la sociedad abierta. Es una lista larga: el populismo que explota el ideal democrático del gobierno popular para estimular el malestar social y, si llega al poder, desactiva los controles liberales e impone una visión antipluralista de la sociedad; el nacionalismo etnocéntrico que actúa en su propio nombre o permea el discurso populista, reclamando el derecho a la autodeterminación o el abandono de entidades supranacionales como la UE; las políticas de la identidad que cuestionan el universalismo ilustrado y perturban la conversación pública mediante la aplicación de la cultura de la cancelación en el marco de las guerras culturales; el despliegue de versiones extremas de doctrinas políticas conocidas (conservadurismo, feminismo, ecologismo) y la difusión de nuevos discursos (teoría decolonial, ideología woke, decrecimiento), siendo rasgo común a todos ellos el rechazo del pluralismo en nombre del bien superior –dogma– que sus defensores dicen representar.
Estos fenómenos no se producen en el vacío. El estilo político del populismo ha contaminado las democracias liberales y son pocos los partidos que renuncian a usar sus herramientas para competir por el poder. Ahí tenemos la personalización creciente de la política, con el renovado protagonismo de los hombres fuertes y los líderes cesaristas de orientación providencial; la importación del método norteamericano de las elecciones primarias a los partidos europeos ha reforzado esta funesta tendencia plebiscitaria. Tampoco los ciudadanos que participan en la esfera pública a través de las redes sociales se privan de manifestar el deseo de que su tribu política prevalezca sobre el resto: ni la tolerancia ni la deliberación pasan por su mejor momento. Es así razonable preguntarse cuántos ciudadanos son realmente demócratas. O lo que es igual: ¿cuántos aceptarían sin pestañear vivir en un régimen político iliberal –una democracia aclamativa– donde los suyos gobernasen para siempre? Súmense el regreso del estatalismo y la nueva legitimación del intervencionismo público, que a la vista de lo sucedido durante la pandemia no tendrá dificultades para llevarse a la práctica.
Se diría entonces que la causa de la sociedad abierta se debilita a ojos vista. Eso no quiere decir que vaya a desaparecer: sigue siendo la mejor forma de organizar políticamente la convivencia pacífica de grupos humanos heterogéneos sin renunciar al ejercicio de la libertad personal y el autogobierno colectivo. Pero sus nuevos enemigos ya están aquí. Y no dan tregua. Manuel Arias Maldonado es politólogo.

   





















[ARCHIVO DEL BLOG] El saber entristece, pero ayuda a votar. [Publicada el 23/03/2019]











Por más que quiera cerrar los ojos, no saber, no entender..., ya veo, ya sé, ya entiendo, y es verdad, el saber entristece, pero te hace votar, escribe Edurne Portela, ensayista y novelista vasca, historiadora, filóloga, y profesora universitaria en Estados Unidos. 
Cuando me siento cada semana a pensar el tema de esta columna, comienza diciendo Portela, repaso la actualidad de los últimos días, actualidad que en la mayoría de los casos deja de serlo para cuando la columna se publica. Me gusta escribirla entre domingo y martes, es decir, una semana antes de su publicación. Me tomo este espacio muy en serio y, aunque no siempre lo consiga, me esfuerzo por dejar aquí una reflexión que merezca la pena, una visión de la realidad que ayude a lectores y lectoras a pensar o a mirarla de otra manera.
Cuando escribo esta columna lo hago con un fuerte deseo de compartir no sólo ideas; también lecturas, películas, obras de teatro que creo nos pueden ayudar a entender mejor la realidad o hacerla más vivible, más hospitalaria. Escribir aquí es una ofrenda y una invitación. Por eso cada semana pienso mucho el tema a tratar. Salvo en algunas ocasiones que escribo de forma reactiva ante un hecho o una noticia que me preocupa o me indigna, normalmente tengo un par de temas danzando durante varios días, también posibles enfoques.
Escribo y reescribo, dejo reposar el texto, vuelvo a él horas después, lo repaso varias veces antes de enviar la versión definitiva. A veces me quedo satisfecha, otras con la sensación frustrante de no haber conseguido llegar donde quería. En cualquier caso e invariablemente durante este proceso que comparto hoy con ustedes, y sobre todo mientras repaso la actualidad, tengo momentos de agotamiento y tristeza, de perplejidad y hasta desamparo, una especie de cansancio de realidad. A veces me gustaría no saber, no leer, no escribir, poder cerrar los ojos al mundo y vivir en modo ameba. Unas horas. Unos días.
Pienso en los meses que nos esperan, en esta campaña electoral que ya se me hace por momentos insoportable. Tanto odio, tanta mezquindad, tanta violencia en el lenguaje, tanta mentira. Y recuerdo cuántas veces me he abstenido y abstraído de la política porque seguirla y vivirla me causaba demasiado daño. Se habla estos días del peligro del abstencionismo. Si yo no tuviera la profesión que tengo, si no me viera en la obligación de estar informada, creo que ya estaría cerrándome al mundo, decidiendo que ningún representante político merece mi voto, como he hecho otros años electorales. Me refugiaría en mis lecturas, en el pensamiento abstracto, en lugares remotos en el tiempo y en el espacio para huir de una realidad que me asquea y me hiere. Pero es demasiado tarde, la realidad ya se me ha pegado a la piel.
Por eso mismo sé que este año sí voy a votar. Votaré en las elecciones generales y en las municipales, autonómicas y europeas. Votaré, lo confieso, en parte porque tengo miedo a que esa lista que reclamó Vox, esa lista de nombres y apellidos de los empleados públicos de las Unidades de Valoración Integral de Violencia de Género, sea sólo el principio de una realidad aún más espantosa que la presente. Votaré porque ya siento cómo la política del odio y la falsedad se expande imparable, como un vertido de petróleo en el mar.
Por más que quiera cerrar los ojos, no saber, no entender, ya veo, ya sé, ya entiendo. Ni esta columna ni nada que yo escriba puede cambiar la realidad o el panorama político de este país. Pero mi voto tal vez sí pueda contribuir a ello. Por eso votaré. Y por eso también seguiré escribiendo, para que no se me olvide que la realidad siempre, a mi pesar, está ahí afuera. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt