sábado, 10 de febrero de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Internet, lecturas, libros, líderes... [Publicada el 06/10/2013]











¿Está cambiando internet nuestra forma de leer y de pensar? ¿Leen nuestros líderes políticos, sociales y económicos a los clásicos o solo resúmenes e informes técnicos que otros técnicos les dan ya mascados y listos para engullir? ¿La alta literatura favorece las neuronas cerebrales más que la literatura de evasión o el ensayo científico o académico? Son preguntas a cuya respuesta se acercan los artículos que traigo hoy hasta el blog junto a dos bellísimas digresiones sobre la literatura y los libros en general.
Mi primer libro, al menos el primero del que yo tengo recuerdo exacto, me lo regalaron el día que cumplí ocho años; el segundo, poco después, fue "La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson. Con ellos comencé mi aventura con los libros y cincuenta y nueve años después, ahí sigo, aunque cada vez a un ritmo menor. En el margen derecho del blog en el apartado final "Relación mínima e incompleta de algunos de mis autores y libros favoritos", hay una serie de autores y de libros (solo uno por autor), citados por orden alfabético; no están todos los leídos, evidentemente, pero si están leídos todos los citados... A pesar de ello, reconozco que ya no puedo mantener el ritmo de épocas pasadas. Y confieso, con pudor, mi enorme deuda con la gran y buena literatura que no he leído ni leeré ya.
El premio nobel de Literatura Ohran Pamuk escribió hace un tiempo en la revista "Babelia" un artículo titulado "La memoria de Pamuk", que es un bellísimo recorrido sentimental, en primera persona, sobre su pasión por los libros desde su más temprana juventud, que salvando las distancias, me ha resultado muy familiar. Recuerda en él el orgullo con que su padre veía como se llevaba "sus" libros a "su" biblioteca en ciernes... Yo lo hice con la de mi padre, un gran lector también hasta su ancianidad. Y veo con orgullo que mis hijas arramblen con los libros de la biblioteca familiar para incrementar las suyas, pero sobre todo espero, deseo y pido a Atenea, diosa pagana de la Sabiduría, que mis nietos aprendan pronto a descubrir por sí mismos el mundo maravilloso que se esconde en los libros. 
En "El País" de hoy mismo otro premio nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, rinde un emotivo homenaje al gran filólogo e historiador de la literatura Martín de Riquer, recientemente fallecido, en su artículo "Entre caballeros andantes y juglares": Martín de Riquer, dice en él, se movía por la Edad Media como por su casa y nadie que yo haya léido me ha hecho vivir tan de cerca y con tanta verdad lo que debió ser la vida en Occidente hace mil años.
Yo soy más lector de ensayo que de ficción, aunque mi biblioteca familiar esté repleta de literatura, así que no sé si atreverme a llevarle la contraria a lo que hace unos días comentaba Javier Sampedro en "El País": "La alta literatura es gimnasia para el cerebro", sobre un estudio publicado recientemente por la prestigiosa revista "Science" en el que se analiza el por qué la escritura literaria estimula las áreas cerebrales implicadas en la emoción social y la empatía, mientras que la novela popular y el ensayo no lo hacen. Si ellos lo dicen...
También hace unos días Javier Rodríguez Marcos publicaba en "El País" otro artículo: "Libros para liderar el mundo", en el que comentaba que la dieta lectora de los políticos no debería ser solo de informes técnicos y que los futuros líderes políticos sociales y económicos del mundo, por ejemplo los que ahora se están formando en escuelas de élite como los alumnos de la Harvard Business School, estudian gestión leyendo la "Antígona" de Sófocles o "Muerte de un viajante" de Arthur Miller. Como soy algo provocón me gustaría ponerlo en relación con otro de hace unos años en "El País Semanal": "Sepa de libros sin leer ni una línea", escrito por Íker Seisdedos, que era un jocoso comentario sobre otro jocoso libro publicado por Anagrama: "Cómo hablar de los libros que no se han leído", escrito por el psicoanalista y profesor de literatura de la Universidad de París Pierre Bayard. ¿Cuántos de los libros que tienen en su casa han leído ustedes?, pocos, ¿verdad?... Lo mismo me pasa a mi...
He dejado para el final un reportaje firmado por el periodista Abel Grau: "Internet cambia la forma de leer... ¿y de pensar?", publicado hace ya un tiempo en "El País" sobre la forma en que internet está cambiando, a juicio de numerosos especialistas en comunicación, psicología y neurobiólogos, no sólo nuestra forma de leer, sino incluso nuestra forma de pensar, modificando los esquemas de funcionamiento del cerebro a la hora de procesar la información que recibe... ¿Ciencia ficción?, no lo se..., pero tengo que reconocer que no es lo mismo procesar la información obtenida a través de un libro determinado, la consulta de una bibliografía específica sobre un tema cualquiera en una biblioteca, la lectura detenida de un documento en un archivo, o lidiar con el caudal de información suministrada por la pantalla de un ordenador con solo teclear una determinada palabra en un buscador tipo como Google... ¿Verdad que no?... Espero que la entrada de hoy les haya resultado interesante. Y sean felices, por favor, y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt













viernes, 9 de febrero de 2024

De escritores y perros

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mientras las palabras brotan y se alinean formando sentido, comenta en El País el escritor Fernado Aramburu,ahí cerca, a los pies de quien escribe, un pecho cubierto de pelambre sube y baja al ritmo de la pausada respiración, es su perro. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com












Escritores y perros
FERNANDO ARAMBURU
06 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El filósofo Arthur Schopenhauer se hizo acompañar a lo largo de su vida por sucesivos caniches. Es sabido que prefería los perros a los hombres. Dejó escrito que el perro “es fiel en la tempestad; el hombre ni siquiera cuando sólo hay viento”. Uno, por suerte, ha tenido roces algo más gratificantes con sus congéneres; así y todo, poco me costaría confeccionar una lista extensa de contemporáneos que no le llegan a mi perra, en nobleza de carácter y en otros atributos que me callo, al corvejón. Thomas Mann dedicó una obrita afectuosa, de elevada escritura, a su compañero peludo, traducida a la lengua española con el título de Señor y perro. Me viene asimismo a la memoria un hermoso poema de Vicente Aleixandre (ese hombre que, por encima de todo, necesitaba amar) dedicado a su perro Sirio. En uno de los versos sitúa al animal en un “reino de serenidad y silencio”. Me pregunto si dicho reino sería el jardín de su casa de la calle Velintonia, en venta por subasta y abandonada como tantas cosas de provecho cultural descuidadas por esos que dicen llamarse servidores públicos. Hay una fotografía de Pérez Galdós que me inspira particular simpatía. Muestra al novelista envejecido, sentado en la terraza de su palacete de Santander, hoy inexistente (otra pérdida cultural). En una mano sujeta un puro. La otra aparece blandamente posada en el cuello de un mastín con cara de buen amigo. A uno lo complace imaginar a esos y otros canes adormecidos junto al escritorio. Y mientras las palabras brotan y se alinean formando sentido, ahí cerca, a los pies de quien escribe, un pecho cubierto de pelambre sube y baja al ritmo de la pausada respiración. Puede ocurrir que la mirada del escritor y la del animal se crucen un instante. Yo imagino los ojos del perro teñidos de lástima, diciendo: ¿Por qué te castigas, pobre humano? Con lo bien que estarías ahora corriendo por los montes. Fernando Aramburu es escritor.






























[ARCHIVO DEL BLOG] El Bosón de Higgs: ¿Ahora sí, o todavía no? [Publicada el 05/07/2012]









Reconozco con pudor que mi ignorancia sobre las leyes físicas que rigen el universo es prácticamente absoluta. Lo que no es óbice para que me interese por los descubrimientos científicos siempre que me los expliquen en latín vulgar, o lo que es lo mismo, en lenguaje asequible y con suficiente voluntad divulgativa como para permitirme hacerme una idea más o menos precisa, aunque sea superficial, de la realidad del fenómeno en cuestión.
La primera vez que leí algo sobre el Bosón de Higgs fue el 15 de febrero de 2009 en un artículo de El País, escrito por Luis Miguel Ariza, titulado "La chispa de Dios. ¿Qué pasó al comienzo de todo?". Lo reproduje en "Desde el trópico de Cáncer" al día siguiente, comentando con cierta dosis de sorna y reconocimiento de ignorancia, que a mí, lo del "bosón", me recordaba a un personaje de "El Señor de los Anillos", de J.R.R. Tolkien. Fue esa broma, y el reconocimiento de mi ignorancia, la que me animó a pedir públicamente a través del blog a una buena amiga y vecina mía en Maspalomas, Inés, física de profesión, que intentara explicarme de que iba aquello del Bosón de Higgs.
Para mi sorpresa, mi amiga aceptó el reto inmediatamente y a lo largo de varios días fue explayando en su blog una explicación asequible sobre lo que era el Bosón de Higgs, y lo hizo mediante una especie de parábola que, precisamente, tomaba como punto de partida la referida novela de "El Señor de los Anillos" de Tolkien. Con sumo placer reproduje sus explicaciones en una nueva entrada de "Desde el trópico de Cáncer" del 20 de febrero, y esa entrada se convirtió, gracias a ella, en una de las más visitadas y leídas del mismo hasta la fecha de hoy.
Tres años y medio después de aquella mención medio jocosa por mi parte, medio científica y humorística por parte de mi amiga, los científicos parecen estar ya de acuerdo en que el Bosón de Higgs existe, y que su descubrimiento abre las puertas de un conocimiento mucho más exacto y casi definitivo de las leyes que rigen el universo. 
Les recomiendo accedan a los enlaces que he puesto en la entrada, así como que vean los tres vídeos que la acompañan como anexos. Y espero tengan más suerte que yo en su comprensión. En todo caso, no cabe duda de la importancia de un descubrimiento que permite vislumbrar el origen de todo cuanto existe, aunque las preguntas sigan siendo todavía más numerosas que las respuestas. Pero es que así es como avanza la ciencia: a base de preguntas, respuestas, errores, nuevas preguntas.... Y sean felices, por favor. A pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt













jueves, 8 de febrero de 2024

De un virus lejano

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Hubo un momento en que la covid nos puso a hablar de solidaridad, comenta en El País, el escritor Juan Gabriel Vásquez; ahora, dice, se vota por quienes hacen del individualismo cerril su mejor argumento electoral. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com













La pandemia, cuatro años después
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
04 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Hace cuatro años, por estos días, comenzábamos a darnos cuenta de que algo no estaba bien. Llegaban noticias de un virus lejano de comportamiento impredecible, y es fácil olvidar ahora la extensión de nuestra ignorancia: los medios tardaron varias semanas en conseguir conclusiones certeras sobre los modos de transmisión o las maneras de prevenirla, y durante mucho tiempo nos movimos en un mar de incertidumbres cuyos daños tal vez no eran inevitables. A finales de febrero, después de un breve viaje por España y Portugal, regresé a mi ciudad contagiado sin saberlo. Solo un par de casos se habían documentado en ese momento en la prensa de mi país. Recuerdo muy bien la expresión de preocupación intensa en la cara de los médicos que encontraron en mis radiografías una neumonía agresiva, y ahora sé que nunca me voy a liberar de la rara tristeza de saber que el virus acabó matando al amigo que me lo contagió.
En los meses siguientes, mientras me recuperaba sin secuelas, seguía por las pantallas de nuestro encierro las espirales de miedo y sufrimiento en que se embarcaban nuestras sociedades, y trataba de llegar a una conclusión más o menos fiable sobre las realidades que se nos vendrían encima cuando todo esto terminara. Era la tercera vez, en este siglo todavía joven, que repetíamos ese lugar común: esto va a cambiar el mundo para siempre. Después de los atentados de septiembre de 2001 y la crisis económica de 2008, la pandemia del coronavirus lo trastornaba todo una vez más, sin habernos dejado tiempo siquiera para recuperar la estabilidad perdida, y más bien apilando sus consecuencias sobre las que ya estábamos viviendo. El fenómeno era tan sorprendente, a pesar de no ser para nada inesperado (muchos lo habían anunciado), que no sabíamos cómo hablar de él, y muy pronto comenzamos a explicarlo con los lenguajes que habíamos usado en las crisis precedentes. Nuestros gobiernos hablaron de la pandemia como se habla de una guerra y de la covid como si fuera un enemigo impredecible: un terrorista. Las decisiones desastrosas que llevaron a la debacle financiera de 2008 —la ausencia total de controles estatales, el egoísmo y la codicia convertidos en motor de la economía, las tensiones entre el interés del individuo y el de los mercados— nos prestaron el léxico para discutir nuestras prioridades actuales.
El mundo entero se lanzó a un frenesí de profecías y especulaciones, de bolas de cristal y teorías de la conspiración, y eso era un termómetro visible de nuestras ansiedades: estas generaciones —las nuestras, las de los vivos— no se habían enfrentado todavía a una incertidumbre similar, y había que remontarse a la gripe de 1918 para conseguir una analogía más o menos precisa de lo que vivíamos. “El futuro, por definición, carece de imagen”, escribió Paul Valéry en un tiempo de incertidumbres. “La historia le da los medios para ser pensado”. Pero al mirar la historia nos encontrábamos con un relativo vacío, pues la gripe de 1918, que según algunos mató a más gente que las dos guerras mundiales juntas, no se ha contado tanto ni tan bien como las guerras. Y claro: como nos faltaban los relatos sobre aquel momento pasado, nos era difícil imaginar con precisión lo que vendría después de este momento presente. En abril de 2020, una revista colombiana me pidió aventurar una opinión sobre lo que nos dejaría esta crisis. Tengo que cometer la grosería de citarme a mí mismo para que los lectores entiendan mejor mi argumento. Este párrafo fue mi respuesta:
“No tengo grandes esperanzas: una lectura rápida de la historia sugiere que la humanidad aprende poco de los desastres u olvida pronto lo aprendido. Los países ricos se han pasado los últimos años socavando las políticas públicas que habrían podido ayudarles a enfrentar la pandemia, y los menos ricos, extraviados en la corrupción y las guerras, ni siquiera han podido inventárselas. Navegaremos entre el autoritarismo y el miedo; para evitarnos el dolor por la muerte de seres cercanos, aceptaremos condenar al hambre a millones de seres lejanos. Las economías destrozadas serán el plato de Petri de violencias diversas. Veremos muestras de heroísmo y solidaridad todos los días, pero eso no bastará, porque los valientes y los solidarios no serán quienes elijan a nuestros líderes: serán los engañados por los populismos, los desinformados por las redes, los atemorizados por la pobreza. Elegirán a los Trump y a los Bolsonaro y no echarán a los Ortega o a los Maduro. La pregunta no es tanto qué enseñanzas deja esta crisis, sino cómo preparar nuestras sociedades, empobrecidas y enfrentadas, para la que no vemos todavía. Es como decía Sánchez Ferlosio: vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.
Me equivoqué con Bolsonaro y con Trump, que no fueron reelegidos, pero sería imperdonablemente ingenuo pensar que su derrota fue consecuencia de la irresponsabilidad, la incompetencia o el cinismo con que se enfrentaron (o no) a la pandemia. En cualquier caso, ahí tenemos a Trump, virtualmente nominado como candidato republicano a la presidencia; y, a cambio de Bolsonaro, la tragicomedia latinoamericana nos ha regalado a otro payaso de ignorancia orgullosa y profunda antipatía hacia la ciencia, el conocimiento y el sector público: Javier Milei. Nadie puede no recordar que una de las primeras acciones de Trump, al llegar al poder, fue destruir los mecanismos más preparados para enfrentarse a una pandemia: en 2018, desmanteló un programa del Consejo Nacional de Seguridad que se había creado en los años de Obama, cuando el Gobierno recibió duras críticas por su manejo de la crisis del ébola; y ahora sabemos que más tarde, apenas tres meses antes de las primeras infecciones por covid, eliminó un programa de alerta temprana, Predict, y despidió a docenas de científicos que habían logrado identificar 160 virus susceptibles de provocar una pandemia. Milei, por su parte, ha prometido desmantelar el Estado, comenzando por la salud pública, y desde muy pronto puso en la mira a los científicos: prometió privatizar el Conicet, que fabricó pruebas de anticuerpos en tiempo récord, y luego, refiriéndose a los científicos, se permitió preguntar: “¿Qué productividad tienen?”
Hubo un momento del año 2020 en que la pandemia nos puso a hablar de solidaridad, de responsabilidad ciudadana, de cuidarnos los unos a los otros; ahora se vota por quienes explícitamente hacen del individualismo cerril y aun de la crueldad con los más vulnerables su primer argumento electoral, y el que mejor vende. La pandemia, pensaron los idealistas, demostró la utilidad de la cooperación de las naciones y la interdependencia en lugar del aislamiento, pero lo que dejó fue un auge imparable de nacionalismos y nativismos de diverso cuño. (Las epidemias han tenido siempre una relación estrecha con la xenofobia). La pandemia, finalmente, obligó a las sociedades a considerar de nuevo la influencia en sus vidas de un Gobierno sólido y competente, con instituciones capaces de responder en caso de emergencia y de reparar con fondos públicos los destrozos de las economías privadas. Todo esto es anatema para los adalides del sálvese quien pueda.
Hace cuatro años, el más irritante de los idealismos era el que veía la pandemia como un rito de paso, un reto que nos haría mejores o del que nuestras sociedades saldrían reforzadas. Nada de eso ha ocurrido. La pandemia es un territorio de paradojas, de contradicciones, de oportunidades perdidas. Tal vez la única lección posible comience por darnos cuenta de esto. Juan Gabriel Vásquez es escritor.


































[ARCHIVO DEL BLOG] ¿El latín, lengua oficial de la Unión Europea? Sí, por qué no. [Publicada el 11/02/2017]












Rubén Amón (Madrid, 1969) es un escritor y periodista del diario El País que también participa en diferentes medios radiofónicos y audiovisuales como Onda Cero, Antena3 y La Sexta. Ha sido corresponsal en Roma y París y autor de libros sobre Los secretos del Prado (Temas de Hoy, 1997), Plácido Domingo: Un coloso en el teatro del mundo (Planeta, 2012), el Atlético de Madrid: Una pasión, una gran minoría (La Esfera de los Libros, 2014) y un reciente bestiario: El tigre mordió a Cristo (Léeme, 2015), habiendo colaborado también en medios españoles como Cambio16, Jotdown, o El Confidencial, y extranjeros como Libération, Corriere della Sera, o Reforma, de México.
Anteayer publicaba en el diario El País un artículo titulado El latín, ¿lengua oficial de la UE? del que desconozco si alguna instancia oficial española o europea querrá hacerse eco pero a cuya propuesta yo me sumo con el fervor y el entusiasmo de un novicio. El éxito editorial de un profesor italiano, dice al comienzo del mismo, demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas.
Una de las escenas más pintorescas de Il sorpasso (Dino Risi, 1962), sigue diciendo, concierne al pasaje en que unos sacerdotes alemanes detienen el Alfa Romeo descapotable donde viajan Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant. Se les ha averiado su coche, han pinchado, necesitan un gato, pero no saben cómo explicárselo a sus interlocutores. Y es entonces cuando uno de los curas decide hacerlo en latín: “Elevator nobis necesse est”. Trintignant, que es francés, explica la problemática a Gassman, que es italiano, pero no puede satisfacer la emergencia de los religiosos. Y les responde inequívocamente: “Non habemus gato, desolatus”.
La escena es ilustrativa, continúa Amón, de la raigambre del latín en la cultura occidental. De su vigencia como argumento de comunicación. Y hasta de su valor identitario en el acervo de continente, más aún ahora que las presiones de Trump y de Putin han estimulado una suerte de reacción y de orgullo.
El inglés, añade, predomina sobre las demás lenguas y es la más extendida en los planes escolares. El problema es que identifica también un sabotaje, el sabotaje del Brexit. Y que podría subvertirse, hasta el extremo de convertir el latín en el idioma hegemónico de la Unión Europea. Tolerando incluso expresiones tan macarrónicas como el “desolatus” de Gassman.
La idea, sigue diciendo, la provocación, proviene de un profesor italiano, Nicola Gardini, y de la popularidad —de la fiebre— que ha adquirido en su propio país un ensayo, un libro, concebido, en realidad, sin las menores ambiciones comerciales.
Las ha conseguido, dice, como si la sociedad estuviera reclamando un ejercicio retrospectivo deautoestima hacia una lengua que está demasiado viva para considerarla muerta. La LOMCE española (2013), por ejemplo, la ha rehabilitado como asignatura troncal del bachillerato, pero el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano.
Decimos motu proprio, quid pro quo, de facto, ergo, ex profeso o in extremis, añade, quizá no demasiado conscientes de que estamos evocando un hito fundacional de la cultura europea cuyo aliento todavía relaciona sobre el asfalto a un cura alemán con un latin lover italiano.
Es el contexto, dice más adelante, en el que ha resultado providencial la publicación de Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile. Ocho ediciones lleva la iniciativa de la editorial Garzanti, y el título no requiere de traducción al español, precisamente por la raíz común del idioma. Y porque España fue uno de los territorios más fértiles de la romanización, y también más dotados en la exportación de talentos al imperio. No ya por las figuras de Adriano o Trajano en la nómina de los emperadores, sino por la envergadura de filósofos y escritores que contribuyeron a enriquecer el latín.
Nicola Gardini, añade, destaca a Séneca. Y se congratula de la felicidad que nos ha proporcionado el maestro estoico. Tanto en la forma cristalina de su literatura como en los matices conceptuales. Vivir el presente —aunque el carpe diem es de Horacio—, eludir la superstición de la esperanza, disfrutar lo que tenemos mucho más que frustrarnos por aquello que nos falta.
“El latín de Séneca”, escribe Gardini, “es el reflejo directo de su lucidez y de su propensión a la síntesis, va derecho al meollo de las cuestiones, sin complicaciones, sin alzar la voz. Un latín espontáneo. Un latín de quien medita y de quien transforma las ideas en reglas de vida”.
Es el antagonismo perfecto a la retórica ampulosa de Cicerón, aunque Gardini no se la reprocha, dice más adelante. Todo lo contrario, le atribuye un valor muy superior al artificio lingüístico. Sostiene que Cicerón dice las cosas adecuadas de la manera adecuada. Y que su oratoria es una ciencia de las emociones, pero también el medio desde el que se desglosa un sistema de valores. “Hablar bien es una filosofía. Escribir bien es una manera de hacer el bien. Y Cicerón lo ha demostrado, exponiendo su propia elocuencia al servicio de una sociedad amenazada por la tiranía. Fue el enemigo jurado de cualquier despotismo y fue un heroico portavoz del Senado. Su arma fue una palabra: libertas (libertad, si es que la traducción hace falta).
Regresar al latín, a juicio de Gardini, no sería una regresión ni una extravagancia anacrónica, sino un recurso de Europa para reconocerse en su identidad y en el idioma que la ha estructurado en su idiosincrasia civilizadora. Escribir y hablar en latín nos haría buenos, como Cicerón. Y obscenos, como Catulo. Y conmovedores, como Virgilio. Y profundos, como Lucrecio, aunque este monumento de la lengua latina nunca se hubiera engendrado sin la evangelización de Catón (234-149 antes de Cristo) y de Plauto (250-184 antes de Cristo). Sujetaron ellos las columnas del idioma, predispusieron el primer hálito de un prodigio que ha sobrevivido mucho más allá de su tiempo y de su espacio. Lo demuestran las misas pontificias y las patadas que le damos al diccionario latino (de motu propio, a grosso modo, el quiz de la cuestión…), tanto como lo hacen la adhesión al idioma en que llegaron a significarse por los siglos de los siglos Petrarca, Milton, Ariosto, Tomás Moro, pero también Rilke, Montale, Beckett, Joyce o Jorge Luis Borges.
“No sin cierta vanagloria, había comenzado en aquel tiempo el estudio metódico del latín”, escribió el sabio argentino. Evoca la frase Gardini al inicio de su ensayo. O habría que decir en el incipit, pues cualquier libro está lleno de expresiones y abreviaciones latinas (circa, sic, op. cit.), como los garbanzos que el profesor italiano nos ha puesto por delante para seguir el camino hacia “la plenitud cultural” y la resistencia ciceroniana.
“Hay que estudiar latín”, concluye Gardini, “no sólo para disfrutar, sino además para educar el espíritu, para darle a las palabras toda la fuerza transformadora que se aloja en ellas”. Y para entenderse con un cura alemán que está tirado con el coche en la carretera. Y decirle: “Desolatus”.
El latín es una lengua de la rama itálica de la familia lingüística del indoeuropeo que fue hablada en la antigua Roma y, posteriormente, durante la Edad Media y la Edad Moderna, y llegó a la Edad Contemporánea, pues se mantuvo como lengua científica hasta el siglo XIX. Su nombre deriva de una zona geográfica de la península itálica donde se desarrolló Roma, el Lacio (en latín, Latium).
Adquirió gran importancia con la expansión de Roma, y fue lengua oficial del imperio en gran parte de Europa y África septentrional, junto con el griego. Como las demás lenguas indoeuropeas en general, el latín era una lengua flexiva de tipo fusional con un mayor grado de síntesis nominal que las actuales lenguas romances, en la cual dominaba la flexión mediante sufijos, combinada en determinadas veces con el uso de las preposiciones, mientras que en las lenguas modernas derivadas dominan las construcciones analíticas con preposiciones, mientras que se ha reducido la flexión nominal a marcar solo el género y el plural, conservando los casos de declinación solo en los pronombres personales (estos tienen, además, un orden fijo en los sintagmas verbales).
El latín originó un gran número de lenguas europeas, denominadas lenguas romances, como el portugués, el gallego, el español, el asturleonés, el aragonés, el catalán, el occitano, el francés, el valón, el retorrománico, el italiano, el rumano y el dálmata. También ha influido en las palabras de las lenguas modernas debido a que durante muchos siglos, después de la caída del Imperio romano, continuó usándose en toda Europa como lingua franca para las ciencias y la política, sin ser seriamente amenazada en esa función por otras lenguas en auge (como el castellano en el siglo XVII o el francés en el siglo XVIII), hasta prácticamente el siglo XIX.
La Iglesia católica lo usa como lengua litúrgica oficial (sea en el rito romano sea en los otros ritos latinos), aunque desde el Concilio Vaticano II se permiten además las lenguas vernáculas. También se usa para los nombres binarios de la clasificación científica de los reinos animal y vegetal, para denominar figuras o instituciones del mundo del Derecho, como lengua de redacción del Corpus Inscriptionum Latinarum, y en artículos de revistas científicas publicadas total o parcialmente en esta lengua.
El estudio del latín, junto con el del griego clásico, es parte de los llamados estudios clásicos, y aproximadamente hasta los años 1960 fue estudio casi imprescindible en las humanidades. El alfabeto latino, derivado del alfabeto griego, es ampliamente el alfabeto más usado del mundo con diversas variantes de una lengua a otra.
Hoy en día, el latín sigue siendo utilizado como lengua litúrgica oficial de la Iglesia católica de rito latino. Su estatus de lengua muerta (no sujeta a evolución) le confiere particular utilidad para usos litúrgicos y teológicos, ya que es necesario que los significados de las palabras se mantengan estables. Así, los textos que se manejan en esas disciplinas conservarán su significado y su sentido para lectores de distintos siglos. Además, esta lengua se usa en medios radiofónicos y de prensa de la Santa Sede. El papa entrega sus mensajes escritos en este idioma; las publicaciones oficiales de la Santa Sede son en latín, a partir de las cuales se traducen a otros idiomas. En noviembre de 2012 fue fundada la Pontificia Academia de Latinidad por el Papa Benedicto XVI para potenciar el latín en todo el mundo. En la Iglesia anglicana, después de la publicación del Libro de Oración Común anglicano de 1559, una edición en latín fue publicada en 1560 para usarse en universidades; como en la de Oxford, donde la liturgia se celebra aún en latín. Más recientemente apareció una edición en latín del Libro de Oración Común de los Estados Unidos de 1979.
Como colofón, les invito a compartir conmigo la emocionante versión coral del Himno de la Unión Europea: la Oda a la Alegría de Ludwig van Beethoven. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt