jueves, 4 de enero de 2024

De lo falso y lo verdadero

 








Hola, buenos días de nuevo y feliz jueves. Discurrimos acerca de la disolución, el solapamiento y la confusión entre lo falso y lo verdadero sin saber cómo salir de este enredo, comenta en El País la escritora Lidia Jorge. El 2024 que ahora comienza, añade, tiene un desafío: combatir la mentira. Y es posible -sigue diciendo- que los jóvenes desfilen por las calles empuñando pancartas a favor del Desarme, de la Paz, de las Plantas, de los Animales, de los Mares y de los Ríos, y si en alguna estuviera escrita la palabra Verdad, yo desfilaría tras ella. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com












Bajo el signo de la verdad
LÍDIA JORGE
31 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

A veces, es difícil decir la verdad como la entendemos desde nuestra posición particular, y hay el riesgo de equivocarnos porque la verdad puede ser esquiva, compleja, diversa. (Mario Vargas Llosa)
1. En estos días, no puedo dejar de recordar aquella primavera de 1982 en la que la Junta Militar Argentina decidió ocupar unos archipiélagos australes gélidos, inhóspitos y por entonces de poca relevancia estratégica, dando origen a un terrible conflicto que pasó a ser conocido como la guerra de las Malvinas. En aquella guerra espuria, como todo el mundo sabe, lo que estaba en juego, por encima de todo, era la salvación de la criminal dictadura argentina y, al mismo tiempo, la supervivencia política de Margaret Thatcher, con bajísimos niveles de popularidad en el Reino Unido. Es curioso constatar que, en vísperas de la invasión, el 2 de abril, los dos gobiernos mantenían un razonable entendimiento. Baste decir que, cuatro días antes de que comenzara la ocupación, irónicamente, el gobierno británico estaba tratando de vender bombarderos a la Junta Militar Argentina.
Aquella guerra duró 66 días, costó alrededor de mil vidas y muchos millones de pesos y libras de pesada chatarra de guerra quedaron en el fondo del Atlántico helado. En Occidente, y por doquier en realidad, hasta que no se produjo el desenlace, el 14 de junio, la opinión pública dio muestras de división y tribalismo, entre quienes defendían a los tercermundistas que luchaban heroicamente contra los británicos, y quienes creían que jamás debía permitirse que el orden mundial se viera socavado por algún osado sureño. Ahora, desde la distancia, resulta curioso observar cómo la guerra de las Malvinas, que supuso entonces un nuevo bautizo de sangre para la entonces joven generación del baby boom, acabaría ilustrando en síntesis las motivaciones que nos están llevando hoy, a más amplia y trágica escala, a los tremendos conflictos que le quitan el sueño al mundo.
2. Pero si evoco este episodio ocurrido hace 42 años es porque me recuerda de manera muy particular a Maria das Dores Ribeiro, una mujer singular que en ese momento tenía 80 años. Una campesina inteligente que había aprendido a leer y escribir por su cuenta, era capaz de anticipar la lluvia basándose en la configuración de los astros y de descifrar el carácter de las personas con una sola mirada. En la familia era respetada y amada. En aquellos días siguió la guerra de Malvinas en la televisión en blanco y negro, y desde el primer momento se puso del lado de los argentinos. Una noche empezó a vagar por la casa, diciendo que acababa de oír el bombardeo de los cañones británicos contra los argentinos y que por eso no podía dormir. Sus nietos le dijeron que no era posible porque las Malvinas y el sur de Portugal están separados por todo el Océano Atlántico y una distancia de más de once mil kilómetros. Fue imposible convencerla. Las noches siguientes volvió a oír el bombardeo. ¿Cómo podía ser?
Al final acabó descubriéndose el enigma: Maria das Dores Ribeiro estaba del lado de los argentinos porque sus vecinos se habían marchado a Buenos Aires en los años cincuenta y, aunque nunca le habían escrito, estaba al corriente de que vivían pobres, arruinados y sin futuro. A fin de cuentas, un recuerdo y un hilo de cariño le bastaron para tomar partido, hasta el punto de trasladar los bombardeos narrados en la televisión a su propio insomnio. Fue entonces, por primera vez, cuando pensé en la diferencia entre hechos, opinión y verdad.
3. La relevancia del asunto, hoy en día, se ha vuelto crucial, e incluso diría que se ha convertido en la cuestión primordial que preside nuestra forma de supervivencia. Aquella mujer tan querida que fue Maria das Dores reaccionaba de modo empírico ante los hechos. Nosotros, más allá de esta dimensión primaria y carnal, cargamos con todo el lastre filosófico que nos ha hecho nacer bajo la convicción de que la verdad es un mantra irrealizable. No vale la pena volver a la idea de que las verdades sobre la Verdad, según Pascal, Spinoza o Kant, fueron pulverizadas hace más de cien años por las palabras proféticas de Nietzsche, el más decisivo entre los filósofos de la sospecha. A partir de entonces, la verdad se volvió inalcanzable y el relativismo de la visión, así como la superposición entre opinión y verdad, se extendió por todo el mundo. En aquellas noches en las que Maria das Dores no podía dormir con la certeza de que los bombarderos británicos atacaban a sus vecinos emigrantes en Argentina, su figura en camisón blanco era la de un Zaratustra doméstico, que apenas sabía leer y escribir, pero tenía derecho a reclamar un desciframiento válido para el desorden del mundo.
En este ámbito, los filósofos franceses contemporáneos no han supuesto una mejora en absoluto. Con ellos, todos quedamos a la deriva, dentro de sistemas de pensamiento coherentes, pero fuera de cualquier sistema que pueda explicar la realidad. El relativismo se nos ha pegado como una enfermedad incurable, y solo nos salva la opinión, pues, dado que es un campo de libertad, tiene su contrario en la opinión ajena, y por eso es salvadora, al implicar diálogo entre los diferentes. Por principio, la opinión afronta la verdad, pero no pretende agotarla. Mientras que lo contrario de la verdad, que rechaza en grado máximo la subjetividad y la fantasía, es simplemente la mentira.
4. Henos aquí, pues, perdidos en algún lugar entre la verdad y la mentira. Como viene diciéndose y escribiéndose en el curso los últimos veinte años, pero sobre todo desde 2017, cuando la idea de las noticias falsas se popularizó en todo el mundo desde los sofás de la Casa Blanca, discurrimos acerca de la disolución, el solapamiento y la confusión entre lo falso y lo verdadero, a gran escala, sin saber cómo salir de este enredo. No se trata de una deformación basada en una suerte de justicia esencial como la que impulsaba a Maria das Dores, o en sentimientos contrarios, que tienen que ver con el poder o el resentimiento. El problema es el del choque entre lo antropológico y lo tecnológico, en cuya encrucijada nos encontramos perplejos. Leo en un artículo firmado por José Vegar que “la cantidad de información transmitida por las telecomunicaciones durante todo el año 1986 podría transmitirse en apenas dos milésimas de segundo en 1996″.
Veintiocho años después, ¿cómo describir esa estrella radiante que es la pulsión comunicativa? No hay descripción posible. Un mundo inimaginable de imágenes, números y signos crípticos se expande por el universo y nos arrastra en su aluvión. Lo que entra en esta cadena infinita ya no puede eliminarse, por mucho que se borre. Esta es la eternidad que hemos creado. Por eso, la responsabilidad de colocar mensajes que tengan que ver con la verdad en esta cadena transfiguradora debería enmarcarse en la ética y en la moral. ¿Pero dónde llamar a la puerta de una iglesia como esa?
5. En el año 2024, que ahora empieza, si acaso la Historia siguiera teniendo similitudes con la lógica de una narrativa, después de los nudos atados, sobre todo desde hace dos años, estas guerras deberían empezar a completar sus peripecias y llegar a sus desenlaces, a lo largo los próximos meses. Es posible que los jóvenes desfilen por las calles empuñando pancartas a favor del Desarme, de la Paz, de las Plantas, de los Animales, de los Mares y de los Ríos. Si en alguna estuviera escrita la palabra Verdad, yo desfilaría tras ella. Estoy convencida de que, si se dijera la verdad, cesarían estas matanzas. Afrontemos el desafío de la verdad. A Vargas Llosa le asiste la razón en la postura que defendía en la más reciente tribuna publicada en las páginas de este diario. Lídia Jorge es escritora. 























[ARCHIVO DEL BLOG] Lenin contra Marx. [Publicada el 07/12/2017]












Fue en la primavera de 1969, en el curso de Relaciones Humanas al que asistía en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Madrid, la primera vez que yo veía plantearse académicamente la diferencia que existía entre el pensamiento originario marxista, es decir, el de Carlos Marx, y la práctica de lo que se conocía entonces como el "socialismo real", que se proclamaba heredero de aquel, y que se llevaba a cabo en los países comunistas de Europa del Este, China y Cuba. Un asunto, éste, que el profesor Gabriel Tortellá, economista e historiador, Ph. D. en Economía por la Universidad de Wisconsin, Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y catedrático emérito de Historia de la economía en la Universidad de Alcalá de Henares sacaba a relucir de nuevo hace unos días en un artículo publicado en el diario madrileño El Mundo.
Es bien sabido que Karl Marx, el profeta de la revolución proletaria, gran creyente en las leyes y las etapas históricas, concebía esa revolución como la culminación de un proceso de desarrollo económico que produciría una creciente polarización social entre una minoría de riquísimos burgueses y una mayoría de proletarios empobrecidos, comienza diciendo el profesor Gabriel Tortellá, 
Sólo entonces, cuando un proletariado numeroso y avezado, al que se han incorporado muchos "intelectuales burgueses que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros", y cuando "los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase gobernante", es cuando tiene lugar la revolución que acaba con el capitalismo e instaura el socialismo. Señalemos, incidentalmente, que sin duda Marx y Engels se identifican con esos "intelectuales burgueses" que analizan teóricamente el curso de la historia y predicen la revolución. El Manifiesto Comunista es como uno de esos cuadros donde el autor (o autores) se autorretrata discretamente.
El caso es que, contra toda la lógica del sistema marxista, la supuesta "gran revolución proletaria" tuvo lugar no en Inglaterra, Alemania o Estados Unidos, como los seguidores de Marx esperaban, sino en Rusia, un país que, aunque su industria había crecido mucho en los 20 años anteriores, seguía siendo muy predominantemente agrícola, y donde por cada obrero industrial había veinte campesinos harapientos y analfabetos. Hace un siglo, en 1917, en Rusia tuvieron lugar dos revoluciones, no una. La primera, en marzo, fue un levantamiento popular, en gran parte espontáneo, que forzó la abdicación del zar y la instauración de un gobierno provisional en el que Alexander Kerensky pronto asumiría la presidencia. Kerensky, socialista pero no bolchevique (los bolcheviques eran los seguidores de Lenin dentro del Partido Social-Demócrata ruso), proponía un programa reformista de izquierda pero no revolucionario y acabó siendo derrocado en noviembre (octubre en el calendario ruso de entonces) por un golpe de Estado bolchevique encabezado por Lenin y Trotsky. Este golpe de Estado fue la segunda revolución de 1917, y dio el poder a Lenin y sus secuaces, que se aferraron a él durante casi tres cuartos de siglo.
Esta segunda revolución en forma de golpe no estaba en los esquemas de Marx, pero sí en los de su seguidor más devoto, Lenin, que recurrió a métodos muy diferentes de los preconizados por la mayoría de los marxistas de entonces. De ahí que los bolcheviques (luego comunistas) acuñaran el término marxismo-leninismo para justificar los métodos de su jefe de fila. Para lograr hacerse con el poder en un país donde los comunistas eran muy minoritarios, Lenin tuvo que organizar su partido como una secta de revolucionarios profesionales (bien financiada con dinero alemán) y dar un golpe militar con apoyo de unas unidades de élite que simpatizaban con los bolcheviques. Éstos encontraron apoyo sobre todo entre los marinos, que desembarcaron en Petrogrado (hoy San Petersburgo), y amenazaron con bombardear la ciudad desde un crucero, el famoso Aurora. Para conquistar el poder y mantenerse en él los bolcheviques aplastaron sistemáticamente todas las nacientes instituciones democráticas que los revolucionarios se habían dado desde la caída del zar: el gobierno de Kerensky, elegido por la Duma (Parlamento), y la recién elegida Asamblea Constituyente, órgano que iba a sustituir a la Duma, que era menos representativa, porque había sido elegida bajo la autocracia zarista. La "democracia comunista" estaba basada en los soviets, consejos populares elegidos de manera irregular, que los bolcheviques controlaban mejor que la Asamblea, y que pronto se convirtieron en simples apéndices del Partido Comunista. Los otros partidos, en particular los mencheviques (el ala no leninista del partido Social-Demócrata), defendieron a la Asamblea y se opusieron a la violenta toma del poder por Lenin, Trotsky y sus secuaces. Tras el golpe, Trotsky, respaldado por los cañones del Aurora, dijo al líder menchevique, Mártov, que sus partidarios habían perdido y quedaban relegados «al basurero de la Historia». Esto lo recordaba en un artículo magistral Juan Pablo Fusi cuando la Unión Soviética estaba a punto de caer (El País, 9 de mayo de 1990), señalando que Mártov respondió algo así como: "Algún día os arrepentiréis".
Este diálogo debieran tenerlo siempre presente los leninistas que aún quedan, porque revela la enorme responsabilidad histórica que recae sobre los hombros de aquel puñado de bolcheviques desalmados, que hicieron descarrilar la historia de Rusia y la metieron en una vía muerta de la que aún no ha salido. No es cierto, que, como han dicho los defensores de Lenin, Rusia fuera diferente y que en ella sólo cupiera la revolución comunista. La existencia de los mencheviques y de otros varios partidos más o menos marxistas, más o menos democráticos, y la elección por sufragio universal de la Asamblea constituyente permiten sustentar la hipótesis de que, sin el putsch comunista, Rusia hubiera podido evolucionar por la senda social-democrática, según hicieron por entonces países europeos, como Alemania, Gran Bretaña, Suecia, Francia, etc. Rusia tenía sin duda algunas peculiaridades: era -y es- un país enorme, y estaba subdesarrollado, aunque su economía creció espectacularmente desde finales del siglo XIX. Lo realmente peculiar de Rusia era el zarismo, un régimen autocrático, absolutista, una verdadera antigualla política, gobernada por un matrimonio imperial aquejados ambos de una estupidez política rayana en la oligofrenia patológica. Y es verdad que el zarismo constituía una barrera a las legítimas aspiraciones de un pueblo en rápido crecimiento, lleno de figuras de talento tanto en las artes como en la ciencia, el pensamiento y la política. Pero la realidad es que no fueron los leninistas los que derribaron el zarismo, sino que derribaron precisamente a los que habían librado a Rusia del zar y su camarilla. La revolución de octubre, tan elogiada en otros tiempos, fue un crimen sin paliativos. Fue uno de los primeros golpes de Estado de la historia contemporánea, que luego sirvió de inspiración a sus enemigos e imitadores, Mussolini, Hitler y sus secuaces fascistas. Lenin murió en 1924, y no pudo ver las últimas consecuencias del monstruo político que había creado. Las peores atrocidades se cometieron bajo la férula de su sucesor, Stalin, y, tras varias décadas de dictadura de partido, de represión implacable y de mediocre economía, el Estado leninista se vino abajo por su propio peso para dejar paso al régimen autoritario de Vladimir Putin. Se cumplió la advertencia de Mártov y fue el comunismo leninista lo que quedó arrumbado en el basurero de la historia. Lenin no será recordado como el padre de la revolución proletaria, sino como el hombre que desvió a Rusia de una posible trayectoria democrática y la metió en un siniestro callejón sin salida, en el que todavía se encuentra.
¿Y Marx? ¿Hasta qué punto es culpable de las fechorías leninistas? Como vimos, el marxismo-leninismo es una versión muy deformada de la teoría marxista de la revolución. Otras ramas del marxismo, como la social-democracia o el laborismo británico, sostuvieron que en las sociedades avanzadas los fines del socialismo podían alcanzarse por medios pacíficos y democráticos. Y así fue: tras la Primera Guerra Mundial, mientras Lenin imponía en Rusia una dictadura pretendidamente revolucionaria, la democracia fue introduciendo el Estado de Bienestar en Europa y dando acceso a sindicatos y partidos socialistas a posiciones de poder político compartido. A pesar de su truculencia retórica, el legado de Marx es mucho más defendible que el de su fanático seguidor, Lenin. Con todos sus errores y defectos, Marx es uno de los grandes pensadores de la edad contemporánea. Lenin no fue más que un astuto golpista y un dictador implacable.Hace más de 80 años, un político de pocas luces se envanecía de ser llamado «el Lenin español». ¿Habrá hoy otro simple que aspire a tal título? Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












miércoles, 3 de enero de 2024

Del año más fresco y estable de sus vidas

 






Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz miércoles. Entramos en territorio desconocido y tenemos que responder como una especie en peligro de extinción, afirma en El País la escritora Eliane Brum, y sabemos que solo tenemos una oportunidad si nos movemos hoy, ya, ahora, con una respuesta a la altura de ello. Es eso o asumir el fracaso, anunciando a los niños este inicio de 2024 que acaban de vivir el año más fresco y estable del resto de su vida. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com










2024: ¿el año en que se aceptará el fracaso?
ELIANE BRUM
03 ENE 2024 - El País - harendt.blogsppt.com

Uno de los efectos de la aceleración de la emergencia climática es la imposibilidad de ahorrarles a los lectores pronósticos duros y de ceñirse a los habituales mensajes de esperanza y nuevos comienzos. Los mensajes de esperanza, en la época actual, se limitan a ser ficción de mala calidad. Entramos en una época de total incertidumbre sobre cómo se comportará el sistema planetario ante la destrucción sistemática de la naturaleza, que, increíblemente, continúa. Tiempos como estos exigen que los adultos se comporten como adultos, algo que afirmo con poca o casi ninguna esperanza, ya que, como periodista, lidio con la realidad, que es la de generaciones de adultos frágiles, moldeados por el consumismo, que se derrumban ante cualquier crítica o adversidad y que prefieren el escapismo a afrontar las dificultades. Pero estas generaciones de adultos son con las que contamos, no solo para lo que vendrá, sino para lo que ya está aquí. La gran pregunta para 2024 es: ¿se aceptará el fracaso de la lucha contra el calentamiento global?
Para los científicos del clima, 2023 ha demostrado qué ocurre cuando los gobiernos se someten a los intereses de las grandes corporaciones y sus accionistas multimillonarios y supermillonarios y no hacen lo que deberían para controlar el calentamiento global causado por los combustibles fósiles, la deforestación y la crianza de ganado bovino a niveles industriales. Ha sido el más caluroso de los últimos 125.000 años y ha provocado una escala de fenómenos extremos, con muertes y destrucción sin precedentes, en todos los puntos del planeta. El problema es que no ha sido una mera anomalía, sino tanto el resultado de la persistente acción de destrucción de la naturaleza, a pesar de todas las advertencias de las últimas décadas, como el resultado de la inacción de los gobiernos, que continuará, como se evidenció en la vergonzosa cumbre del clima celebrada en el petroemirato de Dubái. Y la inacción, en este caso, es acción.
Lo que 2023 ha dejado claro es que ya no estamos en la fase en que, tomando un conjunto de medidas (que sabemos exactamente cuáles son desde hace décadas), será posible controlar el calentamiento global a niveles compatibles con la calidad de vida humana. Entramos en territorio desconocido. “Cuando nuestros hijos y nietos repasen la historia del cambio climático provocado por el ser humano, este año [2023] y el siguiente se verán como el punto de inflexión en el que la futilidad de los gobiernos para hacer frente al cambio climático quedó finalmente al descubierto”, declaró James Hansen a The Guardian. “Los gobiernos no solo no han logrado contener el calentamiento global, sino que el ritmo del calentamiento se ha acelerado”. Hansen, actual director del programa sobre el clima del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, en Nueva York, es reconocido como el científico que, en 1988, declaró ante el Senado de Estados Unidos que el mundo avanzaba hacia una nueva frontera climática.
Lo que podemos haber presenciado en 2023 es un cambio en la respuesta de la Tierra tras 250 años de destrucción de la naturaleza a escala industrial. Ya no se puede saber hasta qué punto podemos contenerla. Pero sabemos que solo tenemos una oportunidad si nos movemos hoy, ya, ahora, con una respuesta a la altura de una especie en peligro de extinción. Es eso o asumir el fracaso, anunciando a los niños este inicio de 2024 que acaban de vivir el año más fresco y estable del resto de su vida. Eliane Brum es escritora.














De las epopeyas personales

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. El abuelo del ministro Carlos Cuerpo, afirma en El País el escritor Jordi Amat, tenía claro que lo mejor para sus hijos era que estudiaran, que la educación era la mejor garantía de prosperidad. En 2017, Cuerpo leyó su tesis doctoral, escrita en inglés y analizando asuntos de política económica relacionados con la crisis financiera, y puso por escrito: “Gracias a mi abuelo, por tener la suficiente visión como para mejorar la vida de todos los que hemos venido después”. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Una epopeya española
JORDI AMAT
31 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Entonces en la mina se construyeron nuevas galerías, un funicular y se introdujeron toda clase de mejoras —oficinas, lavadores, el economato, una escuela, 100 viviendas—. A principios de los cuarenta, el objetivo de los nuevos arrendatarios estaba claro: aumentar la extracción de wolframio, un mineral esencial para la producción del armamento que necesitaba el ejército nazi. La mina San Nicolás, en Valle de la Serena (Badajoz), era explotada por una de las empresas del holding que controlaba Johanes Bernhardt, empresario alemán instalado en España que llegó a entrevistarse con Hitler, tenía relación fluida con Franco y amasó una gran fortuna gracias a los negocios opacos de las guerras. Claro que muchos trabajadores de la mina, en todos los niveles de la cadena, participaban del estraperlo con el mineral, una estrategia de boicot promovida por el ejército aliado para aumentar el precio del wolframio que debía llegar a Alemania. Naturalmente, el pueblo se benefició de aquellas circunstancias, que en parte se repitieron con la guerra de Corea. En 1950, Valle de Serena llega al pico de población. 5.072 habitantes. Pero fue entonces, como en la práctica totalidad de la geografía española, cuando empezó el intensísimo ciclo migratorio que ya afectó a ámbitos semiurbanos de las zonas rurales.
El abuelo materno de Carlos Cuerpo, que de niño se había ganado el pan con pequeños trabajos alrededor de la mina, tenía claro que lo mejor para sus hijos era formarse en la capital. En la capital de la provincia. Iros. Esta es nuestra gran epopeya.
Explicaba el viernes Juan Miguel Méndez, en el digital Hoy Alconchel, que el abuelo paterno del nuevo ministro de Economía era un guardia civil originario de Badajoz que en los sesenta fue destinado a Alconchel. Se instaló con su mujer y sus cuatro hijos en la casa cuartel. Pero el guardia civil falleció joven, en 1968. Su mujer quiso que los hijos en edad escolar siguiesen estudiando. En la España desarrollista existía la conciencia que la educación era la mejor garantía de prosperidad. Uno de sus hijos, Gregorio, decidió ser profesor y se formó para ello en la Escuela Normal de Maestros de Badajoz. También quería ser profesora Manoli, la hija de aquel chaval que con nueve años había cargado sacos de arena sobre un burro o había trabajado de pinche en la mina San Nicolás. Se casaron. Los padres de Carlos Cuerpo forman parte de las promociones de docentes que empezaron a impartir clases en el marco de la Ley General de Educación, aprobada en 1970, cuyo principal cambio fue la ampliación de la educación obligatoria hasta los 14 y universalizó la secundaria inferior. Así cambia un país.
A finales de la década de los ochenta, como contó el ministro en su toma de posesión, sus padres, su hermano y él se trasladaron a Suiza. Ya no era aquella emigración de la miseria de los sesenta, la que vació Extremadura y que había tenido Suiza como uno de sus principales destinos en virtud del acuerdo firmado por los dos países en 1961. Era otro tiempo. Allí darían clases de español, pero además sabían que una necesidad fundamental para avanzar en la prosperidad era que los hijos aprendiesen idiomas. Regresaron a Badajoz. Carlos Cuerpo acabó sus estudios en los maristas y se matriculó en la Facultad de Económicas de la Universidad de Extremadura, una facultad que se había implantado en 1982. También la expansión de las universidades en las provincias constituye un capítulo relevante de esa epopeya modernizadora. También lo es la relativa normalización de la ampliación de estudios en el extranjero, que ya no era únicamente patrimonio de las familias adineradas. Él amplió estudios en la London School of Economics. Entró en la élite de los altos funcionarios al ganar la plaza de Técnico Comercial del Estado. En 2017 leyó su tesis doctoral, escrita en inglés y analizando asuntos de política económica relacionados con la crisis financiera. Entonces ya lo puso por escrito: “Gracias a mi abuelo, por tener la suficiente visión como para mejorar la vida de todos los que hemos venido después”. Jordi Amat es escritor.
































 






[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Pueden acabar con la democracia? [Publicada el 07/01/2017]










Dos ilustres profesores de Ciencias Políticas, el español Daniel Innerarity (1959) y el británico David Runciman (1967), publicaban estos últimos días sendos artículos sobre las posibilidades de supervivencias de la democracia, al menos de la democracia tal y como la concebimos los demócratas, es decir, la democracia liberal y representativa, la única posible.
Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y profesor invitado en la Universidad estadounidense de Georgetown, cuyo último libro, La política en tiempos de indignación, ya he comentado anteriormente en el blog, defiende con énfasis que es posible sobrevivir a los malos gobernantes porque lo que importa son los procedimientos y las reglas, no tanto las personas. Lo hace en un artículo en El País que lleva precisamente ese título: Sobrevivir a los malos gobernantes.
Runciman es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Cambridge, y su último libro, Politics. Ideas in Profile, que yo sepa, todavía no ha sido traducido al español. En su artículo en Revista de Libros, ¿Es así como se acaba la democracia?, se pregunta sobre si cuando los resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses del pasado noviembre comenzaban a vislumbrar lo que había pasado, no hubiera sido el momento de plantearse, como hizo el Premio Nobel Paul Krugman aquella misma noche, si Estados Unidos no se había convertido desde ese momento, ya, en un Estado fallido. 
Pueden leer los artículos originales en los enlaces anteriores o si lo prefieren seguir haciéndolo aquí. El contenido es idéntico, salvo las correcciones estilísticas necesarias por mi parte para presentarlos de forma inteligible en la entrada.
La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos, dice el profesor Innerarity. Lo que importa son los procedimientos y las reglas: lo que impidió a Obama aplicar su ambicioso programa de salud puede ahora dificultar a Trump el cumplimiento de sus promesas (o amenazas).
Dos investigadores británicos, sigue diciendo, Robert Geyer y Samir Rihani, propusieron un experimento mental para que cayéramos en la cuenta de que los sistemas inteligentes son más importantes que las personas inteligentes: ¿qué pasaría si los gobernadores del Banco de Inglaterra fueran sustituidos por una habitación llena de monos? Si uno tuviera que responder rápidamente a esta pregunta, la intuición inmediata le llevaría a asegurar que la economía británica colapsaría. Ahora bien, a nada que hayamos podido reflexionar un poco y superar el automatismo de la reacción, la respuesta sería muy diferente: el gobierno de los monos pondría de manifiesto hasta qué punto estamos gobernados más por sistemas que por personas, con equilibrios, contrapesos y correcciones automáticas, por lo que los monos no harían tanto daño como podría suponerse.
La pregunta que en estos momentos todo el mundo se hace, añade, acerca de lo que puede suponer un gobierno de Trump para los Estados Unidos y el mundo en su conjunto es si el sistema político americano es capaz de resistir a un presidente así o se plegará finalmente a los dictados de quien temporalmente lo dirige (y la referencia a los monos es pura casualidad sin malicia alguna, pues también podía haber puesto como ejemplo a Rajoy, May, Le Pen, Grillo, Orban o Erdogan). Las respuestas a esta pregunta son muy variadas, pero se agrupan en dos tipos. Quienes tienen una visión más bien individualista de la política son en este caso pesimistas; quienes la conciben sistémicamente tienden a ser optimistas. Es curioso que los límites del poder sean ahora un motivo de esperanza, cuando en otros momentos habían simbolizado más bien nuestra desesperación. No deja de ser una paradoja el hecho de que estemos depositando todas nuestras esperanzas en que eso que hemos llamado últimamente y con gesto despectivo “la casta” (los altos funcionarios, los expertos, militares, empresarios o el propio Partido Republicano) sean un poder que limite efectivamente el de su presidente.
El experimento mental propuesto por los profesores británicos, continúa diciendo, es interesante porque en el automatismo de nuestras respuestas iniciales se pone de manifiesto hasta qué punto somos deudores de un modo de pensar centrado en los individuos y los líderes, en el corto plazo y en la falta de atención a las condiciones sistémicas en las que tienen lugar nuestras acciones. Seguimos pensando que el gobierno es una acción heroica de las personas en vez de entender que se trata de configurar sistemas inteligentes. Es una prueba de eso que Luhmann llamaba “la huida hacia el sujeto”, cuando la acción política se degrada a una competición entre personas, sus programas, sus buenas (o malas) intenciones o su ejemplaridad moral; por eso hablamos de liderazgo con unas connotaciones tan personalizadas, la atención pública se interesa principalmente de las cualidades personales de quienes nos gobiernan, nos preocupa más descubrir a los culpables que reparar los malos diseños estructurales…
La renovación de nuestros sistemas políticos, señala, debe ser abordada de otra manera. Nos jugamos demasiado como para confiarlo todo a que nuestros gobernantes sean competentes y buenas personas; no podemos jugar a la ruleta rusa de que estos sean ejemplares y tengan propiedades extraordinarias. La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos, lo que implica que nuestro esfuerzo se dirija hacia los procedimientos y reglas a los que nuestros dirigentes tienen que atenerse, y no tanto al casting político.
No diseñemos nuestras instituciones y sus eventuales reformas pensando en seleccionar a los mejores y facilitar su acción de gobierno, dice, sino en impedir que los malos hagan demasiado daño, aunque ocasionalmente esas mismas instituciones dificulten a los buenos sacar adelante todos sus proyectos. La democracia es un sistema diseñado más para impedir que para facilitar, un sistema que prohíbe, equilibra, limita y protege. Esta circunstancia que impidió a Obama llevar a cabo un ambicioso programa de salud, podría ser lo que dificulte a Trump el cumplimiento de sus promesas (o amenazas).
Todo lo que sea poner el foco en los individuos para designar los problemas que tenemos —la teoría de que lo importante es el ser humano, sea desde la perspectiva de las características personales del líder o de las motivaciones del votante individual en clave de rational choice— lleva consigo una infravaloración de las propiedades sistémicas de la sociedad, señala más adelante. Los principales problemas a los que se enfrenta hoy la humanidad tienen el carácter de problemas planteados por un sistema interdependiente y concatenado ante los cuales son ciegos sus componentes individuales: insostenibilidad, riesgos financieros y, en general, aquellos que están provocados por una larga cadena de comportamientos individuales que pueden no ser en sí mismos malos, pero sí lo es su desordenada agregación. De ahí que no se trate tanto de modificar los comportamientos individuales como de configurar adecuadamente su interacción y esa es precisamente la tarea que podemos designar como inteligencia colectiva. Se gana mucho más mejorando los procedimientos que mejorando a las personas que los dirigen. No deberíamos esperar tanto de las virtudes de quienes componen un sistema ni temer mucho de sus vicios; lo que realmente deberían inquietarnos es si su interconexión está bien organizada, cómo son las reglas, los procesos y las estructuras que configuran esa interdependencia.
Las sociedades están bien gobernadas, afirma, cuando lo están por sistemas en los que se sintetiza una inteligencia colectiva (reglas, normas y procedimientos) y no cuando tienen a la cabeza personas especialmente dotadas o ejemplares. Podríamos prescindir de las personas inteligentes pero no de los sistemas inteligentes; es lo que se suele decir de otra manera: una sociedad está bien gobernada cuando resiste el paso de malos gobernantes.
Estos doscientos años de democracia, concluye su artículo, han configurado precisamente una constelación institucional en la que un conjunto de experiencias han cristalizado en estructuras, procesos y reglas (especialmente las constituciones) que proporcionan a la democracia un alto grado de inteligencia sistémica, una inteligencia que no está en las personas sino en los componentes constitutivos del sistema. De alguna manera esto hace al sistema democrático independiente de las personas concretas que actúan e incluso de quienes lo dirigen, resistente frente a los fallos y debilidades de los actores individuales. Por eso la democracia tiene que ser pensada como algo que funciona con el votante y el político medio; únicamente sobrevive si la propia inteligencia del sistema compensa la mediocridad de los actores, incluido el eventual paso de unos monos por el gobierno.
El profesor Runciman se muestra más pesimista en su diagnóstico. En la noche de las elecciones, dice, casi en cuanto estuvo claro que lo impensable se había convertido en una cruda realidad, Paul Krugman preguntó en The New York Times si Estados Unidos no era ahora un Estado fallido. Los politólogos que estudian normalmente la democracia estadounidense en un espléndido aislamiento están empezando a desviar su atención hacia África y Latinoamérica. Quieren saber qué sucede cuando los autoritarios ganan elecciones y la democracia se transforma poco a poco en algo diferente. El demagogo que prometió matar a los terroristas junto con sus familias está trasladando a su propia familia al palacio presidencial. Antes incluso de que se produzca la ocupación, sus hijos ya están siendo situados en posiciones de poder. Ahí lo tenemos en televisión, dorado y reluciente, con su mujer a su lado y tres de sus hijos en fila por detrás, preparados para recoger lo que papá tenga que ofrecer. Aquí lo tenemos de vuelta en Twitter, desencadenado tras la victoria, revolviéndose contra sus adversarios en la prensa libre. Su hijo de diez años es aún demasiado joven para unírseles, pero estaba al lado de su padre en la noche de las elecciones, y su aspecto apenas mostraba menos desconcierto que el de cualquiera de nosotros mientras Trump pronunciaba el discurso tras su triunfo electoral, notablemente conciliatorio. Palabras de conciliación seguidas de la implacable apropiación personal de la maquinaria gubernamental, con sus hijos a remolque. ¿No es así como se acaba la democracia?
Decir que éstas son las preguntas equivocadas no es menospreciar la crisis a que se enfrenta la república estadounidense y, en realidad, todo el mundo, añade. Estados Unidos no es un Estado fallido. ¿Cómo lo sabemos?, se pregunta. Porque eso es lo que Trump dijo que era durante la campaña electoral y estaba mintiendo. Retrató a su país como un lugar plagado de instituciones fallidas y corrupción generalizada, con los suburbios de sus ciudades asolados por la violencia y su clase política interesada únicamente en enriquecerse. Sería un gran error pensar que ganó porque la gente le creyó. Si le hubieran creído, difícilmente habrían votado por él: poner a un hombre como Trump al frente significaría realmente el final para la democracia estadounidense, porque lo habría dejado libre para hacer todo el daño posible. La gente votó por él porque no le creyeron. Querían cambiar, pero también tenían confianza en la durabilidad y la decencia básicas de las instituciones políticas de Estados Unidos para protegerles de los peores efectos de ese cambio. Querían a Trump para agitar un sistema que esperaban que les protegiera asimismo de la temeridad de un hombre como Trump. ¿Cómo explicar si no que muchas personas que se declararon alarmadas por la idea de una presidencia de Trump votaran también por él? La campaña de Clinton cometió un error de libro al elegir centrarse en los defectos evidentes en la personalidad de Trump como el motivo para mantenerlo fuera de la Casa Blanca. Como si esos defectos se encontrasen ocultos. Para sus partidarios ya formaban parte del todo: insistir sobre ellos no consiguió otra cosa que hacer que los demócratas sonaran como si fueran el pastor mentiroso. Si este tipo fuera tan peligroso como ellos dicen, ¿sería realmente un candidato serio a la presidencia? Debe de ser, sin embargo, un candidato serio a la presidencia si no paran de decir que es tan peligroso. Quod erat demonstrandum, no es tan peligroso como dicen.
Esta es la crisis a que se enfrentan las democracias occidentales: ya hemos dejado de saber qué aspecto tiene el fracaso y no tenemos ni idea de cuán grande es el peligro en que estamos inmersos, continúa diciendo. El lenguaje de los Estados fallidos no encaja con el momento actual porque evoca imágenes que son completamente inapropiadas para una sociedad como los Estados Unidos contemporáneos. No habrá un conflicto civil extendido, ni tanques en las calles, ni generales en televisión anunciando que el orden ha quedado restaurado. La victoria de Trump ha sido saludada con algunas protestas diseminadas por todo el país, acompañadas de violencia esporádica. Si hubiera sido derrotado por un estrecho margen y se hubiera negado luego a admitirlo, la historia podría haber sido diferente. Pero aun así me resulta difícil creer que se hubiera visto trastocado el orden cívico en Estados Unidos. La violencia habría sido, sin duda, mayor y buena parte de ella habría sido aborrecible. Pero una resistencia armada generalizada al régimen resulta aún muy difícil de imaginar. Estados Unidos no tiene nada que ver con las sociedades en que sabemos lo que sucede cuando la política se va a pique, incluida la propia Europa en los años treinta del siglo pasado, lo que suele esgrimirse como advertencia de lo que podría estar esperando a la vuelta de la esquina. Los Estados Unidos contemporáneos son mucho más prósperos que otros Estados en los que la democracia ha fracasado en el pasado, por muy desigualmente que se encuentre distribuida esa prosperidad. Su población es mucho más vieja. El desorden civil tiende a producirse en sociedades en las que la edad media se sitúa en poco más de los veinte años; en Estados Unidos se halla cerca de los cuarenta. Sus jóvenes están mucho mejor educados, o al menos educados durante mucho más tiempo. Sus niveles de violencia, aunque elevados para la media europea en el siglo XXI, son bajos sea cual sea el criterio histórico de medición. Sus frustraciones son las de un país en el que todo esto es cierto y, sin embargo, las cosas siguen yendo rematadamente mal. Son problemas del Primer Mundo. Eso no hace que sean en absoluto menos serios. Simplemente hace que resulte mucho más difícil encontrar precedentes históricos de lo que sucederá a continuación.
La campaña de Clinton, comenta más adelante, que incluyó a Obama en su último tramo, hizo que pareciera como si Trump fuera un cuerpo extraño, claramente situado al margen de las normas democráticas básicas, capaz de derribar absolutamente todo en caso de que triunfase. En el segundo debate presidencial, Clinton lo acusó de hecho de trabajar para una potencia extranjera hostil, de ser un títere del régimen ruso. De haber sido eso cierto, los responsables de la seguridad nacional deberían estar ahora actuando rápidamente a fin de proteger a la república. La aparición de generales en televisión para hacerse con el control sería una respuesta apropiada al riesgo derivado de que las claves secretas nucleares hayan caído en manos enemigas. El Estado norteamericano ha actuado, en cambio, tan rápidamente como lo hace normalmente para acoger a su nuevo jefe y ofrecer sus servicios a su causa, en la esperanza de conseguir que esa causa resulte razonablemente eficaz. Obama apareció en televisión para insistir en que desea lo mejor para Trump, porque si a Trump le salen las cosas bien, otro tanto le sucederá a Estados Unidos. Esto sugiere que las personas que votaron por él estaban en lo cierto al sospechar que el sistema haría todo cuanto estuviese en su mano para mitigar el golpe de su elección. También significa que si Trump plantea una seria amenaza a la democracia estadounidense, carecemos del lenguaje para expresarlo.
Sin embargo, continúa diciendo, los verdaderos peligros de hacer de pastor mentiroso se encuentran al otro lado. Trump dijo que Estados Unidos era una sociedad fracturada y que él venía a recomponerla. Pero no está fracturada del modo que dijo, por lo que él no puede recomponerla. Trump tendrá que convertirse, en cambio, en algo mucho más parecido a un político convencional, que no cumpla sus promesas, que contrate a personas experimentadas de Washington para ayudarle a gestionar la ciénaga, no a drenarla. Ya ha empezado a suceder. Lo que resulta tan temible de esta perspectiva es que Trump carece de experiencia de cómo hacer nada de todo esto: no es un político, y todo apunta a que será hecho mal, dando torpes bandazos y con brotes regulares de absoluta incompetencia. Estos episodios se disimularán después con nuevas oleadas de grandilocuencia trumpiana. Ese es supuestamente el trabajo de Steve Bannon y sus colegas de Breitbart, ya debidamente instalados en el Ala Oeste. Ellos están ahí para tapar los follones con nuevas teorías conspiratorias. Pero la incompetencia quedará también recubierta por la capacidad funcional del Estado norteamericano, que fue diseñado para absorber grandes cantidades de gobierno ineficaz a fin de impedir que personas realmente malas sean capaces de gobernar eficazmente. En un país que ha visto un mayor número de malos presidentes que buenos, Trump no es uno de esos cuerpos extraños. Ni siquiera es el más repugnante de todos ellos.
Peter Thiel, comenta, el multimillonario de Silicon Valley que se la jugó al declararse públicamente favorable a Trump antes del día de las elecciones y que es probable que se vea ahora recompensado con su propia posición privilegiada en el gobierno, afirmó que una presidencia de Trump significaría tener en cuenta a la realidad. Si eso fuera cierto, entonces la realidad podría tener una oportunidad mejor de defenderse. Parece mucho más probable, en cambio, que esto oculte lo que está sucediendo con otra capa más de bravuconería y confusión. El meollo de la defensa de Trump por parte de Thiel era que la generación de estadounidenses representados por los Clinton −los niños nacidos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se disparó el número de nacimientos− habían inflado una burbuja tras otra en su deseo desesperado de evitar enfrentarse a la dura verdad y proseguir con su propia existencia muelle. No habían sido simplemente burbujas de equidad y burbujas en la política de vivienda: había burbujas humanitarias y burbujas de corrección política; cualquier cosa para mantener lejos de la puerta al lobo de cómo-son-en-realidad-las-cosas. Sin embargo, la idea de que Trump, que pertenece a la misma generación y ha sido tan mimado como el que más, ofrece algo diferente resulta risible. Es probable que la burbuja de Trump sea la mayor de todas.
Sus planes inmediatos, dice, pasan por realizar unos gastos masivos en infraestructuras aprobados por el Congreso, junto con grandes bajadas de impuestos. Hay pocas barreras en su camino. Puede confiar en los republicanos para implementar las bajadas de impuestos y en los demócratas para apoyar los proyectos de infraestructuras. El impulso a corto plazo que dé este estímulo a la economía puede luego utilizarlo para comprar tiempo mientras fracase en el cumplimiento del resto de promesas que hizo durante la campaña: sobre inmigración, sobre creación de puestos de trabajo en las fábricas, sobre declarar la guerra a los terroristas y sobre compartir el amor en casa. Es posible que pueda incluso defender durante un tiempo que al ofrecer algo a uno y otro lado de la línea divisoria que separa a los dos partidos está empezando a tender un puente entre ambos. Pero todo lo que estará haciendo es tapar las enormes grietas. Las bajadas de impuestos, unidas al gasto gubernamental no dotado de fondos, desatarán la inflación y crearán las condiciones para una crisis futura. Todo ello dará también lugar a un choque frontal con la Reserva Federal y ahí no le resultará nada fácil a Trump salirse con la suya. Si intenta sustituir a Janet Yellen o meter en el consejo a sus propios candidatos, el partidismo se verá enormemente reafirmado. La realidad acabará volviéndose contra Trump. Cuando lo haga, se sentirá inclinado a atacar. Pero para entonces puede que ya sea demasiado tarde. Estará atrapado.
Entretanto, señala, las verdaderas amenazas a largo plazo a que se enfrenta la sociedad estadounidense seguirán sin abordarse. Si nos aferramos a los riesgos de la violencia política directa, ponemos un listón demasiado bajo que Trump podrá sortear con relativa facilidad. La violencia verdaderamente destructiva de la sociedad estadounidense se produce bajo la superficie y suele pasar inadvertida para todos excepto para sus víctimas. Es la violencia de un sistema de prisiones que encarcela y priva del derecho a voto a segmentos significativos de la población adulta, especialmente varones jóvenes afroamericanos. Es la epidemia de la violencia cometida por blancos sobre blancos la que se calcula que se ha cobrado las vidas de casi cien mil estadounidenses desde 1999 y que, sin embargo, ha permanecido más o menos invisible, hasta que repararon en ella los economistas Anne Case y Angus Deaton en un artículo académico publicado en 2015. Estas muertes son el resultado de violencia autoinfligida, ya se trate de suicidios o de sobredosis de drogas y alcohol («envenenamientos», en el lenguaje del informe), que afectan especialmente a estadounidenses blancos que viven en las partes del país que han votado abrumadoramente a Trump: el sur, los Apalaches, el Cinturón Industrial. Es mucho más probable que las personas de estas comunidades se maten a sí mismas a que maten a otras y lo cierto es que están muriendo más jóvenes de lo que lo hicieron sus padres, una tendencia que resulta única en una sociedad desarrollada. La victoria de Trump podría brindar a las víctimas de esta epidemia un respiro superficial −incluida la oportunidad de dirigir parte de su autoaversión hacia el exterior−, pero hará poco por abordar las causas de su desesperanza subyacente. Estados Unidos es una sociedad en la que muchas personas en edad laboral han tirado la toalla y otras han visto cómo un sistema de justicia criminal violentamente punitivo les ha arrebatado la oportunidad de llevar una vida decente. Si está fallando, es aquí donde está fallando. Cuando estalle la burbuja de Trump, no se habrá producido ese cara a cara con esta realidad. Pero sí que habrá una sensación cada vez mayor de traición.
Una administración Trump, comenta más adelante, no tendrá ninguna dificultad para cumplir sus promesas electorales sobre el cambio climático, ya que prometió no hacer nada y hacer nada es relativamente sencillo. Es posible que deshacer toda la agenda medioambiental promovida durante la presidencia de Obama le resulte una tarea más difícil, pero dado que Obama se vio obligado a recurrir a órdenes ejecutivas para conseguir buena parte de esto −durante seis años se ha chocado con el muro de que la legislación pertinente fuese aprobada por el Congreso−, a un nuevo ejecutivo le resultará mucho más sencillo echar por tierra todo el trabajo de su predecesor. En el campo de la política exterior, Trump podrá asimismo recoger muy pronto aquellos frutos que están al alcance de la mano: anular acuerdos que se encuentran aún pendientes de firma, renunciar al apoyo de regímenes carentes de influencia, encontrar a gente normal, con poco poder, a la que intimidar. Trump ha mostrado que está encantado de seguir el camino más fácil, que es el que ha acabado por conducirlo hasta la Casa Blanca. ¿Por qué iba ahora a detenerse? Estados Unidos adoptará poses para impresionar y magnificará su verdadera influencia. Pero se rehuirán las decisiones difíciles y se conciliará con los enemigos. Será quizás en el ámbito internacional donde habrá un momento de verdad cuando uno de estos enemigos se decida a someter a Estados Unidos a la prueba de una abierta confrontación. Pero parece improbable. Las instituciones que salvaguardan la seguridad nacional siguen siendo una máquina formidable y nadie se las tomaría a la ligera. El funcionamiento básico del sistema político estadounidense proporciona a Trump toda la cobertura que necesita para que finja estar desmantelándolo. Lo que hará en realidad es proseguir con su erosión sistemática. No es probable que suceda nada demasiado dramático, lo que quiere decir que ese cara a cara con la realidad puede posponerse aún un poco más. Eso sería seguramente mejor que permitir que algo verdaderamente dramático suceda durante la presidencia de Trump. ¿Quién podría querer algo así? Probablemente ni siquiera las personas que votaron por él.
El meollo de la defensa que Thiel hizo de Trump, señala, era que Estados Unidos se ha convertido en una sociedad renuente al riesgo, temerosa del cambio radical necesario para su supervivencia. Necesita una descarga eléctrica. Pero Trump no es un electricista: es un alborotador malicioso. Las personas que votaron por él no pensaban que estuvieran incurriendo en un riesgo enorme; simplemente deseaban reprender a un sistema del que siguen dependiendo para su seguridad esencial. Esto es lo que tiene en común con el Brexit el voto a Trump. Al optar por abandonar la Unión Europea, podría parecer que la mayoría de los votantes británicos estaban comportándose con una temeridad extraordinaria. Pero, en realidad, su comportamiento reflejaba también su confianza esencial en el sistema político con el que estaban tan ostensiblemente disgustados, porque creían que seguía siendo capaz de protegerlos de las consecuencias de su decisión. A veces se dice que Trump atrae a sus partidarios porque representa la figura paternal autoritaria que quieren que les proteja de toda la gente mala que hay ahí fuera convirtiendo sus vidas en un infierno. Eso no puede ser cierto: Trump es un chiquillo, el político más infantil que he conocido en toda mi vida. El padre en esta relación es el propio Estado norteamericano, que permite que los votantes tengan un berrinche y unan sus fuerzas con el chico que peor se porta de toda la clase, porque confían en que los adultos estarán siempre ahí para hacer que las cosas vuelvan a la normalidad.
Y aquí, concluye diciendo el profesor Runciman, donde radican los verdaderos riesgos. No es posible seguir comportándose así sin dañar la maquinaria esencial del gobierno democrático. Se necesita una inteligencia política extraordinariamente bien afinada para dirigir la rabia popular hacia las partes del Estado que necesitan reformas, al tiempo que se dejan intactas las partes que hacen posible esa reforma. Trump −al igual que el Brexit− no es eso. Es la encarnación misma de los instrumentos más romos, que agitan indiscriminadamente los cimientos con nada que ofrecer a modo de apoyo. En estas condiciones, la reacción más probable para los adultos que se encuentran dentro de la habitación es agacharse y esperar a que pase la tormenta. Mientras lo hacen, la política se atrofia y el cambio necesario queda pospuesto por el imperativo primordial de evitar el colapso sistémico. El deseo comprensible de mantener los tanques lejos de las calles y los cajeros abiertos se interpone en el camino de abordar las amenazas a largo plazo a que nos enfrentamos. Una descarga eléctrica que no es tal seguida de una parálisis institucional, y durante todo ese tiempo los verdaderos peligros siguen creciendo. En última instancia, así es como se acaba la democracia. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt