viernes, 29 de septiembre de 2023

De las lenguas de mi patria

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura para hoy, del poeta Luis García Montero, va de las lenguas de mi patria. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Bilingüismo
LUIS GARCÍA MONTERO - El País
25 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

El poeta Joan Margarit afirmaba que tenía una lengua materna, el catalán, y una lengua casi materna, el castellano. Educado en la España franquista, vivió la represión contra el catalán y la consigna de estudiar en español. Un policía llegó a pegarle un pescozón para que hablase en cristiano. Pero este idioma es lo único que no pienso devolverle al franquismo, decía Joan, porque después de leer a García Lorca o a Neruda ya es mío. Recuerdo que en México, la noche antes de recibir el Premio Poetas del Mundo Latino, le conté la historia de un poema de Cernuda titulado Niño muerto. Se llamaba José Sobrino, uno de los 3.800 niños vascos que fueron evacuados durante la Guerra Civil, a bordo del transatlántico Habana, desde Bilbao al puerto de Southampton.
Cernuda fue uno de los encargados de cuidarlo. Enfermo grave, le pidió que le leyese un poema. Terminada la lectura, el niño dio las gracias y dijo que se iba a volver a la pared por pudor, porque no quería que nadie viera su cara mientras moría. Luis Cernuda escribió un poema, yo se lo leí a Joan en Aguascalientes, en su lengua casi materna, y me emociona descubrir el mismo sentido del pudor en su libro Animal de bosque, el libro que escribió acompañado de su familia mientras se estaba despidiendo de la vida.
Joan tuvo la suerte de ser bilingüe y de compartir el bien común de sus lenguas maternas no como dos sectas obligadas a enfrentarse, sino como una riqueza a la que no debemos renunciar por culpa de los fanáticos sin pudor que no saben vivir, convivir, morir y renacer con dignidad. Estamos acompañados de palabras que nos abrazan, nos reciben y nos despiden, palabras que conviven ahora en libertad y que nos acercan a la verdad histórica de nuestra tierra. Hay que ser muy soberbio para despreciar una lengua materna.






























[ARCHIVO DEL BLOG] Cambio de ciclo: ¿Fin del capitalismo? ¿Hora de revoluciones? [Publicada el 09/10/2014]












A mis nietos Gabriel, Guillermo y Saúl,
aunque aún no puedan entenderlo,
porque ellos representan el futuro


Cuando el Muro de Berlín se vino abajo en noviembre de 1989, y con él todo el sistema de dominación política y económica de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre su propio territorio (que saltaría hecho pedazos dos años más tarde) y sobre el del resto de países del llamado "bloque socialista" de Europa Oriental, pareció a muchos que la Historia (con mayúsculas) se hubiera detenido y que un nuevo ciclo histórico dominado por el sistema capitalista en lo económico y el democrático-liberal en lo político, se hubiera instalado ya para siempre, o para mucho tiempo, en toda la sociedad. Era, el "fin de la historia", ya predicho por Hegel y Marx en el siglo XIX, entendido, en palabras del profesor Israel Sanmartín, como término de un proceso dialéctico que a través de unos estadios comprensibles e incluso predecibles desembocan en uno postrero que otorga sentido y realidad a los acontecimientos. ¿Se equivocaron Hegel y Marx? Parece que sí.
Un año antes de la caída del Muro, en 1988, un joven profesor de Ciencias Políticas estadounidense, Francis Fukuyama, escribió un polémico artículo que alcanzó una enorme difusión en todo el mundo. Se titulaba "El fin de la historia". Y en España mereció el estreno con él de la revista Claves de Razón Práctica, una publicación fundamental para conocer, en español, lo que se cuece en el mundo sobre historia, cultura, filosofía, sociología, economía y política. La tesis central del artículo era que, con el triunfo insoslayable del sistema económico capitalista y el político democrático-liberal, la Historia (de nuevo con mayúscula) había llegado a su culminación. Que nada más perfecto para el desarrollo del hombre y de la sociedad podría sustituir a ambos sistemas. ¿Se equivocó Fukuyama? Parece evidente que sí.
Veinticinco años después el mundo y el sistema económico capitalista y el político democrático-liberal están, como mínimo, trastocados. ¿Cambio de ciclo? ¿De paradigma? (Paradigma es, en palabras del filósofo estadounidense Thomas S. Kuhn, toda una constelación de convicciones, valores y modos de proceder compartidos por los miembros de una socidad dada). Bien pudiera ser...
Lo es, por ejemplo, para el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin, que acaba de publicar un libro (2014) titulado "La sociedad del coste marginal" en el que augura la jubilación del sistema capitalista, una tesis que defiende en un recientísimo artículo titulado "Hacia el Internet de las cosas". Dice en él que para el año 2050 los "prosumidores" (ya no existirán consumidores) dominarán el mundo con una nueva concepción de la economía, la cultura y las artes como productores y consumidores de manera gratuita, o casi, gracias al coste marginal cero. Un penúltimo logro, dice, de la democratización, la autogestión y autoregulación de un nuevo sistema llamado "procomún colaborativo", que habrá derrocado para esas fechas, al capitalismo. ¡Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho!, le dijo don Quijote a su escudero... ¿Será posible? Me gustaría que sí.
¿Será este, ahora, el momento de la Revolución? ¿De ese cambio de ciclo presentido? ¿De ese nuevo paradigma en la historia de la humanidad? Pienso, sinceramente, que no deberíamos dejarnos llegar por las ensoñaciones ni las utopías. Es cierto que sin "utopías" es difícil avanzar, pero las utopías, las más recientes: el comunismo (el dominio de una clase para abolir las clases) y el nazismo (el dominio de una raza para abolir la libertad y dominar a las demás) han causado demasiado sufrimiento, demasiada sangre, demasiadas muertes, como para no tomarlas, al menos, con un cierto escepticismo.
Mi admirada y profusamente citada Hannah Arendt, decía en su libro "Sobre la revolución", que la palabra "revolución", etimológicamente, no significa "cambio hacia delante", sino al contrario, cuando una situación se entiende como defectuosa o necesitada de cambio, como un "volver hacia atrás". Es decir, a una situación que se reconoce como "mejor" y "más justa", basada en la experiencia y el recuerdo del pasado.
Un joven, polémico y famoso filósofo surcoreano, Byun-Chul Han, muy crítico con las ideas de Jeremy Rifkin, ha escrito un reciente artículo titulado "¿Por qué hoy no es posible la revolución?", en el que afirma que quien pretenda establecer un sistema de dominación lo primero que debe hacer es eliminar resistencias. ¿Por qué el régimen  de dominación democrático-liberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres?, se pregunta el profesor Han. Para explicarlo, dice, es necesario comprender adecuadamente como funcionan hoy el poder y la dominación. Y a ello se dedica en el artículo que comento. ¿Tendrá razón Han? 
Como ven sigo planteando más preguntas que respuestas. En todo caso espero que los enlaces les resulten de interés. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












jueves, 28 de septiembre de 2023

De los impulsos nocivos

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura para hoy, del politólogo Víctor Lapuente, va de los impulsos nocivos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Cómo muere España
VÍCTOR LAPUENTE - El País
25 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

Desde los tiempos bíblicos sabemos que la ley se escribe en piedra, pero la legitimidad en las venas de la ciudadanía. Y ese es el problema actual de nuestro país: la población está dejando de sentir adhesión hacia sus instituciones públicas. Más allá de los anecdóticos juramentos de algunas señorías al tomar posesión de su cargo, como el “hasta la consecución de la república catalana” o “por la lucha antifranquista”, al Estado español (a su legislativo, ejecutivo o judicial; pero también a su policía, agencia tributaria o cualquier cuerpo funcionarial) se le obedece crecientemente por “imperativo legal”, no por convicción en su legitimidad. Algo de España se nos muere y la culpa es de todos y todas.
Citamos a menudo el ensayo Como Mueren las democracias de los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, como recientemente hizo el presidente interino del Tribunal Supremo, Francisco Marín, en su discurso de apertura del año judicial. Pero nos quedamos con el resumen mediático del libro: que, en nuestros días, las democracias no suelen morir por una repentina revuelta militar o popular, sino por la lenta erosión de las instituciones. Hoy escasean los golpes de Estado y abundan los autogolpes, por los que los presidentes van, poco a poco, acumulando poder y minando los contrapesos. Ahora tenemos pocos Pinochet, de cuyo asalto a la Palacio de la Moneda se cumplen 50 años y el eco de su recuerdo suena lejano, y muchos Putin, cuya represión inspira a cualquier aprendiz de tirano en el planeta.
Es una tesis empíricamente correcta, pero también un argumento éticamente inapropiado para atacar al rival político. Y es lo que oímos continuamente, tanto desde las filas de la derecha como de la izquierda: mire, es que estos (Sánchez pactando con los independentistas; o el PP bloqueando el CGPJ y haciendo lo que los anglosajones llaman lawfare) están acabando con la democracia. Esta instrumentalización partidista está en las antípodas el mensaje de fondo de Levitsky y Ziblatt, que apela a la responsabilidad compartida.
Los autores de este bestseller político nos conminan a todos (no sólo a los de la acera política opuesta) a hacer algo incómodo para nuestros egos, en defensa de la democracia. Reclaman, primero, un ejercicio activo de tolerancia mutua, de respetar el derecho del rival a competir y gobernar. Pero, en la España de hoy, la mayoría de dirigentes políticos consideran que los del bando contrario no son adversarios, sino enemigos de la nación (o nacionalidad). Y que, por ende, casi toda acción está justificada para negarles el acceso al poder. Ha sido el mantra de parte de la derecha durante el gobierno de Sánchez, al que ha intentado deslegitimar por tierra, mar y aire. Y ahora lo es de muchos en la izquierda, que nos repiten que hay que hacer “todo aquello que pueda permitir” un gobierno progresista y “cualquier cosa es preferible al fascismo”.
Más importante todavía es la segunda recomendación de Levitsky y Ziblatt: el “autocontrol paciente”, el abstenerse de llevar a cabo acciones que, aunque encajen con la letra de las leyes, violen su espíritu. Actos que pueden ser perfectamente legales, pero que serán percibidos como ilegítimos por un sector importante de la población. Al leer estos pasajes del libro es imposible no visualizar las imágenes del referéndum ilegal del 1 de Octubre de 2017 que dieron la vuelta al mundo: las porras contra los manifestantes. Porque eso es lo que quedó en la retina de millones de personas de todo el orbe, independientemente del “adoctrinamiento” de los servicios de propaganda del separatismo. Y en millones de catalanes fue más allá de la retina, colándose en los intersticios del corazón, el hígado y las entrañas, independientemente de sus preferencias soberanistas. La policía posiblemente cumplió la ley al pie de la letra, pero los responsables políticos que ordenaron las actuaciones podrían haberse atenido al principio de autocontrol paciente. No era difícil anticipar que, en cientos de intervenciones policiales (por impecablemente legales que fueran) contra miles de personas, habría disturbios. Y que eso generaría un malestar que iría más allá del movimiento independentista, calando en segmentos diversos de la España periférica, pero también central.
Hagamos un pequeño ejercicio de fantasía. ¿Qué hubiera pasado si el Estado hubiera aplicado el autocontrol paciente el 1-O, tratándolo como un referéndum de cartón-piedra, una botifarrada popular, y mantenido idénticas el resto de actuaciones frente al desafío separatista? Es decir, aplicando el 155 si hubiera sido necesario, así como persiguiendo las responsabilidades civiles y penales correspondientes para preservar el orden constitucional.
Yo lo tengo claro. La aplicación ciega de la legalidad, a caballo del “¡A por ellos, oé!” (que es la definición más clara de descontrol impaciente), minó la legitimidad del Estado español, tanto en diversos lugares del territorio nacional como en el extranjero. Muchos expatriados nos quisimos meter debajo de las piedras esos días, avergonzados por la acción de unas fuerzas de seguridad a las que tantas veces alabamos por su eficacia y profesionalidad, y no podíamos dejar de concurrir con lo que cualquier observador medio internacional veía: esta represión, innecesaria para su objetivo, no tiene cabida en un estado democrático.
Si hubiéramos visto a los carabinieri haciendo el mismo uso de la fuerza activa contra miles de ciudadanos lombardos participando en una consulta ilegal e intrascendente, España entera lo habría criticado, sin que eso supusiera que exoneráramos a los responsables de organizar ese referéndum. Seguiríamos pensando que quienes hubieran desviado dinero público o aprobado leyes de desconexión de la constitución italiana deberían afrontar consecuencias judiciales. Sin embargo, esa sencilla combinación —aceptación del Estado de derecho y, al tiempo, reprobación del exceso de celo— no la podemos aplicar a nuestro polarizado país. Ni al procés ni a la gestión posterior, de los indultos a hoy.
La falta de tolerancia mutua y de autocontrol paciente por parte de los principales actores políticos están detrás del problema estructural de confianza que, según los datos, sufre España. Todos los países atraviesan momentos de desconfianza hacia el sistema. En tiempos de crisis económicas o escándalos de corrupción, es incluso sano que las personas se vuelvan coyunturalmente escépticas pero, tras los años de vacas flacas, deberían volver a conectarse mentalmente con la res publica de su país. Y en un trabajo de reciente publicación, los expertos Tom van der Meer y Patrick van Erkel señalan que, después de la Gran Recesión, las ciudadanías de Europa occidental recuperaron la confianza en sus sistemas políticos, pero hay dos nítidas excepciones: Francia, una sociedad notoriamente fracturada, y España.
Hay una lesión en el alma política de nuestro país. La raíz del problema no es, como predican muchos altavoces en la derecha, “un boquete irreparable en el Estado de Derecho”. Ninguna actuación, ni del gobierno ni de la oposición, ha roto la Constitución. Y, si alguna lo rompe, será cercenada por el Tribunal Constitucional. El boquete no está en la ley, sino en la legitimidad. No hay tribunal (terrenal al menos) que lo pueda remediar. Y es un agujero negro que no deja de crecer, alimentado por declaraciones políticas de una creciente iniquidad hacia el contrario. Por favor, quieran un poco más a los demás y, sobre todo, repriman sus impulsos mucho más.























[ARCHIVO DEL BLOG] Máscaras y personas: ¿solo somos humo? [Publicada el 29/10/2014]













A mi hija Myriam, que hoy cumple años

"Prosopon" es palabra griega y con ella se designaba a la máscara que los actores usaban en el escenario para representar un personaje en las tragedias clásicas. De allí pasó al etrusco como "phersu", y de éste al latín, ya convertido en "persona". Es decir, que los antiguos ya tenían claro que ser "persona" lo que significa realmente es representar un papel en la vida. Nada más, o nada menos..., según se mire. Pero las personas se mueren y con la muerte se acaban actor y representación.
Decía mi siempre admirada Hannah Arendt que "morir es el precio que todos tenemos que pagar por haber vivido". Sin duda es un precio razonable por el placer que supone ver pasar los años y la vida aprendiendo y sorprendiéndose a cada instante.
Hoy me puede la melancolía, aunque no sabría explicar muy bien el por qué. El nuevo diccionario de la lengua española, recién salido de la imprenta, la define en su primera acepción como "tristeza vaga, profunda sosegada y permanente...". No suelo ser dado a ella, pero hoy me ha dado por pensar en la futilidad de la existencia. Quizá, solo quizá, movido por la que nos está cayendo a los españoles; algo que no creo que nos merezcamos, sinceramente. Pero es lo que hay y tenemos que apechar con ello.
Hace unos años representaron en el teatro Cuyás de Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad donde vivo, una obra de Juan Carlos Rubio titulada "Humo". Guardé la reseña que de la misma hizo la revista "La Luna del Cuyás", editada por la empresa que gestiona el teatro. No tiene autor, pero me parece que merece la pena reproducir sus primeros párrafos porque se pueden aplicar al ámbito general de la vida, y no sólo al del teatro.
Dice así: "El escenario es un ámbito mágico donde se descubren dimensiones escondidas de la existencia: sueños pesadillas, ilusiones, anhelos, recuerdos, deseos ocultos, esperanzas y temores... El enigma de la vida, que se escapa tantas veces a los argumentos de la razón, se muestra en el escenario con toda su grandeza. En ese gigantesco espejo tratamos de reconocernos y, al actuar, sentimos que existimos. Lo mismo hace cada ser desde que nace hasta que muere; repetir concienzudamente su papel durante toda su vida. Apariencia y simulacro, eso es "Humo". Si alguna vez llegamos a comunicarnos con los demás es sólo por azar. La máscara es la existencia posible. Sin ella los tigres del pasado que esconden nuestra conciencia nos comerían por dentro. Sólo si nos alejamos de nosotros mismos podemos ver, y burlarnos, como representamos ante el mundo nuestro absurdo y tonto papel. Algunos incidentes aparentemente triviales marcan nuestro destino, nos guste o no, y después dedicamos el resto de nuestra vida a defendernos como víctimas, haciendo el papel de culpables, ante el gran jurado del mundo. La única forma de sobrevivir sin caer en la locura es reírnos de nosotros mismo". O escribirlo, pienso yo, aunque sólo lo leamos nosotros... Hoy la melancolía me ha resuelto la entrada. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt













miércoles, 27 de septiembre de 2023

De un nuevo idioma universal

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura para hoy, del físico Manuel Lozano, va de un nuevo idioma universal. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com






Un nuevo ‘idioma universal’: el proyecto más ambicioso y humanista de la historia de Europa
MANUEL LOZANO LEYVA - El País
08 AGO 2023 - harendt.blogspot.com

Hace unos años se celebró en París una de las innumerables reuniones generadas por el Brexit. En esta participábamos un estadounidense, tres británicos, tres franceses y dos españoles. El asunto a tratar entonces es irrelevante ahora, para lo que se desea proponer en lo que sigue. En aquel momento, me sorprendió sobremanera la propuesta previa de los representantes franceses: ellos iban a llevar intérpretes profesionales inglés-francés y nos proponían a los españoles que nos uniéramos a ellos en ese sentido. Yo conocía a los tres franceses y sabía que dominaban el inglés.
Hablé con mi compañero y, tras pasar de la sorpresa a la broma y de ahí a la discusión seria de la propuesta, estuvimos de acuerdo con los franceses. La ventaja de utilizar la lengua materna en una negociación con interlocutores que no son hablantes nativos es tan enorme que puede ser decisiva. Aquella reunión fue inicialmente un galimatías, por la falta de costumbre (finalmente fueron seis los intérpretes), pero poco a poco los continentales nos fuimos sintiendo más seguros y los isleños más inquietos.
¿Por qué de alguna manera el inglés sigue, y parece que seguirá siéndolo por mucho tiempo, la lingua franca europea y casi mundial? Por muchas razones, que todos intuimos que se desprenden del resultado de la Segunda Guerra Mundial. Pero la idea no es debatir esa cuestión, sino proponer una lingua franca mundial generada en Europa (que es la más necesitada porque en ella, creo recordar, se hablan 67 idiomas). ¿El esperanto? ¿Quizá el latín? No, todas. Pero todas, exactamente en el mismo pie de igualdad y, además, englobando poco a poco los más de siete mil idiomas del mundo. Veamos la viabilidad de tan descomunal propósito.
Situémonos en una sala de cine en Alemania o en Italia donde proyectan un western clásico. A nadie le sorprende ver a Clint Eastwood revólver en mano y escucharle advirtiendo en alemán o italiano a su oponente. En España el doblaje cinematográfico está tan desarrollado que es frecuente que el mismo doblador le dé voz, casi de por vida, a un actor estadounidense concreto. ¿Qué fases técnicas e incluso artísticas han de cubrirse para lograr semejante milagro? La primera, lógicamente, es la traducción; la segunda es la optimización de la sincronía entre el movimiento de los labios del actor principal y el de doblaje; luego vienen los elementos de dramatización y, finalmente, cubriendo todos ellos, una cierta variedad de técnicas más o menos sofisticadas, pero todas dominadas desde hace muchas décadas.
La pregunta es si se pueden fundir todas esas etapas y juegos para hacer que varias personas puedan comunicarse directamente, independientemente del idioma de cada una de ellas. Solo tendríamos que colocarnos unos auriculares, comprobar que el micrófono no quede lejos de la boca, escoger los idiomas a doblar y accionar el dispositivo (posiblemente, un teléfono inteligente con otras muchas aplicaciones). Podríamos incluso mantener nuestro tono de voz natural e inflexiones propias.
Con el futuro desarrollo de la inteligencia artificial, quizá de la computación cuántica, algunos elementos de la realidad virtual y un buen conjunto de innovaciones técnicas, todas previsiblemente viables, esto se puede conseguir. De hecho, la primera etapa la está cubriendo Meta (Facebook) con su sistema NLLB-200 (No Language Left Behind o Ningún Idioma Quedará Olvidado, empezando por la traducción de 200 de todo el mundo). Digamos que la máquina de vapor ya se ha desarrollado y ahora afrontamos no solo construir una locomotora, sino una gran red ferroviaria. La escala del sueño ha de ser estatal y concretamente europea, apartando las manos privadas del liderazgo del plan. Esto no por razones ideológicas (o sí), sino porque la cantidad de recursos a destinar al desarrollo de semejante proyecto, y el número de investigadores científicos y técnicos de distintas instituciones y empresas puede ser impresionante.
¿Por qué de alguna manera el inglés sigue, y parece que seguirá siéndolo por mucho tiempo, la lingua franca europea y casi mundial?
Pero hagámonos la siguiente consideración. El inquietante proyecto Manhattan, tan de moda estos días por la película sobre Oppenheimer, supuso una inversión equivalente a unos 25.000 millones de dólares actuales, el número de participantes fue de más de 100.000 y se desarrolló en 13 sedes a lo largo y ancho de EE UU. Se culminó en unos dos años y medio. El proyecto Apolo permitió llegar a la Luna tan solo seis décadas después de que se aprendiera a volar a motor (recorriendo apenas unos 100 metros a una altura de pocas decenas). El virus posiblemente más endiablado de todos los descubiertos, el VIH, se domeñó contra todo pronóstico; hasta tal extremo de convertir en pocos años el novedoso y malvado sida en una enfermedad crónica. El genoma humano se descifró en mucho menos tiempo del que se esperaba, que muchos suponían infinito. Otros grandes éxitos científicos y tecnológicos, como el bosón de Higgs, la Estación Espacial Internacional y todos los telescopios orbitales, los sistemas de satélites GPS y Galileo, y un espléndido y asombroso etcétera, tuvieron tres denominadores comunes: un objetivo perfectamente definido, unos presupuestos escalofriantes y una organización eficiente de nutridos recursos humanos.
Europa tiene sobrados recursos como los anteriores y solo le falta la voluntad política, la formulación exacta del proyecto y el diseño detallado del mismo. ¿Hay una propuesta más ambiciosa y esperanzadora que esta por parte de la presidencia española de la Unión Europea, para incluir en posición estelar en el próximo Programa Marco de Investigación e Innovación que comenzará en el 2027?
Con decisión y consultas a una amplia panoplia de expertos, posiblemente no haya ni que esperar a ese año para iniciar el más humanista, cultural y ambicioso proyecto propiamente europeo: Europa lingua franca.





























[ARCHIVO DEL BLOG] La falacia de la excepción vasca. [Publicada el 05/07/2018]










En una conferencia pronunciada en el Senado con motivo de la conmemoración de los veinticinco años de la Constitución, el hispanista Sir John Elliott constataba que «para un historiador de la España de los siglos XVI y XVII [...] la característica más sorprendente de la España posterior a 1978 es la vuelta a un sistema político parecido en rasgos generales al de la monarquía española bajo la dinastía de los Austrias». Lo decía hace unas semanas en Revista de Libros el abogado e intelectual vasco José María Ruiz Soroa, reseñando el libro Entre tiros e historia. La constitución de la autonomía vasca. 1976-1979 (Barcelona, Galaxia Gutenberr, 2018), de José M. Portillo Valdés.
Un tal retorno al austracismo histórico constituía, comienza diciendo Ruiz Soroa, desde luego, un fruto inesperado en un régimen institucional nacido de una Constitución que, ante todo, se presentaba en 1978 como un texto racional normativo. No como una ordenación nacida de la facticidad histórica y sus contingencias, sino como una impulsada por un esfuerzo racionalizador consciente y deliberado para crear un nuevo orden de convivencia. Paradójico: arrancando de la ley como razón común, habríamos llegado en España a la ley como prescripción de la historia particular. Un retorno muy propio de un país en cuya evolución política la verdad de la historia ha tenido un peso elevado, no tanto por su propia fortaleza como por la tradicional debilidad de la verdad de la razón.
Y así ha sido: presa de la dialéctica entre historicismo y racionalidad normativa, la evolución del sistema territorial español ha ido decantándose con bastante nitidez por la historicidad, algo que se comprueba con facilidad en la redacción de los nuevos Estatutos del siglo XXI, preñados todos ellos, tanto en sus preámbulos como en sus disposiciones orgánicas, de elementos identitarios y derechos históricos que fungen como útiles perchas de las que colgar diferencias, distinciones o privilegios (y esto se aplica al Estatuto catalán, pero también al valenciano, aragonés o castellano-leonés). El historicismo estatutario está ganando la partida a la racionalidad constitucional, escribía con ánimo polemista José Tudela Aranda hace pocos años (El Estado desconcertado y la necesidad federal, Madrid, Civitas, 2009, p. 51). Lo refleja la doctrina progresiva del Tribunal Constitucional acerca del alcance y significado de los derechos históricos de la Disposición Adicional Primera de la Constitución, o la modificación en la opinión de intérprete tan autorizado como Francisco Tomás y Valiente sobre la trascendencia de los elementos historicistas en el desarrollo del régimen territorial español. Y, sobre todo, lo refleja la realidad política hispana de los últimos decenios: véase que las reivindicaciones de un mayor autogobierno se legitiman discursivamente en una historia separada que, con su sola invocación, convertiría a los pueblos de España en dueños exclusivos de su destino. La historia vuelve por sus fueros, la razón abstracta se retira. La tan denostada falacia naturalista se demuestra muy viva en la política española: de un hecho puede deducirse un valor, de un ser un deber ser, y de la historia una norma.
Bueno, pues el libro que presentamos, escrito con agilidad y brillantez por José M. Portillo Valdés, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco, estudia precisamente la génesis del agujero concreto por el cual comenzó esa penetración de la historia en el régimen constitucional español actual. Cuenta, en efecto, el cómo, el porqué y el para qué, reapareció en la Transición española el gen foral vasco-navarro que tan desaforado juego ha dado (y no es un juego de palabras) hasta llegar a contaminar la comprensión toda del sistema territorial. Cuenta cómo llegó a admitirse en la Constitución una declaración tan inaudita (para el constitucionalismo español y comparado), y a la vez tan ambigua e indeterminada, como la de que ella «ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales». Nos explica qué se buscaba con esa arriesgada y calculada oscuridad y qué poco se consiguió en un primer momento con ella, salvo poner en marcha otra paradoja: pensada para integrar al nacionalismo vasco en el consenso constitucional, su consecuencia fue la contraria, a saber, que el PNV se abstuvo en el referéndum. Concebida como concesión para animar el fin del terrorismo, resulta que ETA siguió matando, y más que antes. La clausula de apertura a la foralidad histórica quedó en el texto como el pecio de un naufragio. Pero el pecio retoñó poco después y sirvió al nacionalismo, en el siguiente paso, para montar un régimen estatutario auténticamente confederal que no parece tener más límite que la voluntad de un «pueblo vasco» proclamado por el Estatuto como verdadero sujeto que trata de tú a tú con el Estado en virtud del principio de bilateralismo pactista propio de la foralidad soñada y recreada.
Portillo es un probado especialista en los dos lados que componen la narración de su libro. Por uno, es un experto acreditado en la disección de los momentos y textos constituyentes de nuestra historia (Revolución de nación. Orígenes de la cultura constitucional en España. 1780-1812, Madrid Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2000) y, por otro, domina el discurso propio del foralismo vasco y sus imbricaciones con el constitucionalismo decimonónico español (El sueño criollo. La formación del doble constitucionalismo en el País Vasco y Navarra, San Sebastián, Nerea, 2006). Ello le autoriza sobradamente para presentarnos ahora el cuadro, a la vez narrativo y analítico, de ese reciente momento histórico en el que se produjo algo tan inusitado y sorprendente como que, por vez primera, el sintagma «derechos históricos» (nombre moderno para designar lo que hasta 1925 más o menos eran «los fueros») anidase en una Constitución, y que no lo hiciera de una manera decorativa, sino sumamente fructífera y envidiada, como luego se vería.
Se trata de una historia en la que se mezclan –el propio título lo anuncia– una determinada forma de entender la historia vasca sustentada por el partido hegemónico en la transición vasca (el Partido Nacionalista Vasco) con los disparos asesinos de la autodenominada revolución vasca propulsada por el terrorismo ultranacionalista de ETA. Son los dos factores principales que propician el resultado constitucional y estatutario en clave historicista y confederal.
Los fueros, la foralidad, o los derechos históricos, llámelos el lector como prefiera, fueron traídos por el PNV al momento constituyente español de 1978 en su concepción más esencialista y extremosa: no como la manera particular de «estar» en España de las provincias vascas y el reino de Navarra a lo largo del período histórico de la modernidad (que es lo que realmente habían sido, recuerda Portillo), sino como una manera especial de «ser» de un pueblo vasco particular y único. Esta es la comprensión del Derecho característica de la escuela histórica alemana desde Savigny, para la cual «el derecho está en conexión orgánica con la esencia y carácter de un pueblo, crece y se forma con él y muere cuando éste pierde su individualidad». El Derecho no es, así, fruto de la voluntad racional, ni de un diseño deliberado inspirado en la utilidad o la justicia, sino que es la transubstanciación de un pueblo individual y concreto, que por eso lleva en sí mismo una justificación inmanente y absoluta. A esta comprensión cerradamente historicista de los derechos históricos, el PNV unió en este momento su formulación más extremosa, la sabiniana: los fueros entrañan la independencia originaria de los vascos con respecto a la monarquía castellana, católica o española. Es decir, que la «unión» (nunca «unidad») entre las provincias y el Estado fue pactada y, por ello, supone un estatus de independencia originaria que siempre podría volver a actualizarse.
Curiosa llamada a la importancia del estudio de las ideas: la de que todo ello fue en parte posible porque en 1977 no existía una historiografía vasca mínimamente seria y crítica con sus relatos fundacionales: la ausencia de una universidad en la historia moderna del País Vasco se pagó ahora con el triunfo momentáneo de la apologética esencialista de José Lasa Apalategui, Federico Zabala y aita Barandiarán. Ahí es nada.
Para el PNV, el reconocimiento por el texto constitucional de los derechos históricos vascos debía dejar claras su precedencia y ajenidad: eran derechos anteriores a la Constitución que no estaban sujetos al contenido normativo de ésta porque, al final, eran la forma de existir de un sujeto político distinto de la nación España. Sujetarlos en su actualización al rasero constitucional –como exigió la UCD y consiguió imponer en el texto– era algo inadmisible para el nacionalismo. Así que en ese fielato del segundo párrafo de la Disposición Adicional Primera («la actualización de los derechos históricos se llevará a cabo en el marco de la Constitución»), encontró el PNV la excusa perfecta para negarse a aceptarla y así deslegitimarla para el futuro ante los vascos. No tanto por rechazo a su contenido (que el PNV veía como una ocasión más que interesante para una devolution y un sólido autogobierno, como al año siguiente se constataría) como por el afán de preservar intacto el título que funda la soberanía vasca. El pueblo vasco puede pactar con el Estado, pero nunca será parte integrante de la nación española ni de su Constitución: es un cuerpo separado, y este es el meollo del asunto.
Claro que éstas eran ideas. Y que como decía George Sabine, la política no la hacen sólo las ideas, ni siquiera fundamentalmente las ideas. Hay que añadir a éstas las situaciones políticas que permiten su entrada en juego. Y la situación se dio en la Transición: el carácter de fuerza hegemónica del PNV desde las primeras elecciones de 1977, así como la facilidad con que los demás partidos políticos vascos asumieron como algo poco menos que «natural» los rasgos esenciales proclamados por el foralismo clásico. Se añadió el hecho de que el mismo franquismo hubiera conservado viva la veta de la foralidad en Navarra y Álava, así como la sensación miedosa o exaltante de gran parte de la sociedad vasca de vivir aquel momento casi al borde de una posible ruptura revolucionaria.
Y, cómo no, estuvo el terrorismo ultranacionalista que se ensañaba en este momento con los militares, los funcionarios españoles y con los políticos de los partidos «estatalistas» (prácticamente fue ETA la que disolvió la UCD en Euskadi). La política de la ruptura violenta con el hostis extranjero, diversa de la del PNV, pero de alguna forma interconectada.
Precisión obligada: la ayuda del terrorismo a la reivindicación nacionalista de un régimen constitucional o estatutario particular y diverso no operó de manera directa. Salvo el apoyo de una fracción terrorista a la negociación del Estatuto en 1979 (concretamente la fracción de ETA político-militar), la ETA primigenia y brutal estuvo siempre y en todo momento en contra de cualquier enganche de Euskal Herria con el régimen constitucional español, dedicando sus mejores esfuerzos a hacer naufragar la incipiente democracia española por medio de su desestabilización vía muertos militares. Lo que jugó fue la habilidad cautelosa del PNV para presentar la violencia etarra como fruto del sempiterno y criminal centralismo hispano e insinuar, consecuentemente, que podría ser curada y superada con generosidad, mucha generosidad, por parte de Madrid. Una visión del denominado por entonces «problema vasco» que fue comprada sin discutir por el progresismo y la izquierda española, cargados a gusto con una curiosa mala conciencia de culpa y deuda para con los pobres vascos, siempre tan reprimidos. Lo cual, dicho sea de paso, era rigurosamente al revés: la represión franquista fue más severa en provincias conservadoras y agrarias como Burgos o Zamora (no digamos ya en las rojas andaluzas) que en Vasconia.
El 28 de octubre de 1978, al tiempo que el PNV sentaba definitivamente su postura de abstención para el próximo referéndum constitucional, se convocó por vez primera en Bilbao una manifestación contra la violencia. Iba a ser contra ETA, pero el PNV la recondujo y la declaró contra todas las violencias y excluyó expresamente de la participación en ella a UCD. Porque gran parte de la responsabilidad por la violencia –dijo– recae sobre el Gobierno de Madrid, el de antes y el de ahora: una forma escasamente sibilina de manifestar su repudio moral, pero también, al tiempo, su comprensión y justificación del terrorismo. Todo sumaba para el convento. Así se consiguió la socialización y aceptación generalizada de las razones del terrorismo en Euskadi, el fenómeno que más directamente afectó a la política ya antes de empezar a discutirse el Estatuto.
Todo ello se concreta a la hora de redactar en la Asamblea de Parlamentarios vascos, trasladar a Madrid (en aerotaxi para llegar antes que los catalanes) y discutir luego negociadamente, el Estatuto de 1979. Es en esta hora cuando el PNV consigue que el proyecto se negocie, no en la Ponencia constitucional del Congreso y por todos los partidos, sino directamente entre la Moncloa y el PNV; entre Adolfo Suárez y Carlos Garaikoetxea. El primero, ya en horas bajas y abandonado por su baraka transicional, así como por una desgarrada UCD, cedió todo lo posible y algo más, apostilla Portillo. Era la consigna democrática y progre del momento: ceder ante el nacionalismo para pacificar Euskadi. Portillo trae a colación textos de El País de aquellos días. Los núcleos esenciales del autogobierno para el nacionalismo (la lengua, la enseñanza, la financiación y la policía propia) quedaron más que satisfechos y ello gracias, precisamente, a la anterior cláusula sobre los derechos históricos de la Constitución, interpretada ahora libremente y que fungió de percha para todo, así como a la consigna de que al terrorismo se lo vencía cediendo competencias.
Y no sólo eso: el nacionalismo consiguió simbólicamente imponer en el Estatuto lo que en la Constitución había marrado. Porque entonces, para el PNV (como ahora para Íñigo Urkullu, y así lo recuerda Portillo), era éste, el Estatuto, y no la Constitución, el que marcaba el punto de arranque constitucional en Euskadi. En efecto, aquí es donde aparece por fin un sujeto político autoconstituyente («el Pueblo Vasco») que en su artículo primero y «como expresión de su nacionalidad» se constituye en Comunidad Autónoma dentro del Estado español (no de la nación española). Los hasta entonces sujetos titulares de la foralidad, es decir, las provincias, nunca hubieran podido exhibir nacionalidad alguna; para ello hacía falta un nuevo sujeto superador de la clásica foralidad: se creó. Estableciendo enfáticamente, además, que no renuncia a ninguno de los derechos que le corresponden por la historia (Disposición Adicional del Estatuto). El fuero y el huevo, aunque el fuero sea nuevo y no se corresponda con la historia cierta del sistema foral.
Y es que, como concluye irónicamente Portillo, «la historia aquí no pintó mucho, como suele ser norma en los discursos historicistas. Se trata, se ha tratado siempre, de otra cosa, de la magia de la política, de su capacidad para, cual Penélope, tejer y destejer la historia». De la política y de los tiros, recordaría yo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt