martes, 23 de mayo de 2023

De la decadencia

 





Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Ignacio Peyró, va de la decadencia. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.







Que venga a morir a casa
IGNACIO PEYRÓ
19 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Hacia el final de la cuesta de Saint James’s, la guarnicionería londinense de J. Lobb afirma ser la tienda más bonita del mundo: con un poco menos de romanticismo, podemos al menos convenir en que sea de las más caras. Es un lugar, en todo caso, desconcertante para encontrar un pecio algo triste de la historia de España: hacia el fondo del establecimiento se halla expuesta una silla de montar que, rematada con la corona real española, fue encargada por el rey Alfonso XIII. Una placa explica que —entre el encargo y su conclusión— se proclamó la República en España y la silla nunca se pudo enviar al Palacio de Oriente.
Sportsman elegante, perfil ideal de los años de “la pérgola y el tenis”, la época hubiera podido ayudar a Alfonso XIII a permanecer a modo de estética. Tenía una dosificación muy propia de casticismo y modernidad: el monarca que, continuador de la campechanía borbónica de tiempos del majismo, podía quitar plebeyez al chorizo y la tortilla de patatas, también iba a alentar visiones de modernidad y altura como la Gran Vía o la Ciudad Universitaria, por ceñirnos a Madrid. Pero ni siquiera la elegía de Foxá, al embellecer el ocaso de aquella Corte “preocupada y magnífica” entre “pastores de porcelana de Sajonia”, iba a lograrle una pervivencia benigna entre nosotros. “El rey miró con tristeza su capital hostil”. Al ver la reliquia alfonsina de la tienda de Lobb, de hecho, no resulta de gran frivolidad el pensamiento de que, ya en tiempos de Dámaso Berenguer, se tomasen con más ligereza la cuestión del trono que la de las sillas de montar.
Las estéticas exageradas de la España post-Transición tampoco salvarán a Juan Carlos I ni a “su cara antigua, pintada por Velázquez”. Nada extraño en un país que, desde el desarrollismo, y al contrario que otros —de Alemania a Italia o el Reino Unido— no ha cuajado una estilística moderna positiva. Por lo que hemos ido sabiendo, de hecho, los gustos del Emérito no son más rebuscados que los de cualquier muchacho en plena algidez adolescente: motos con cromados, melenas color platino y hasta viseras para atrás. Pero él es indistinguible de los años ochenta y noventa de nuestra euforia y, como Alfonso XIII con las capitales del norte, Juan Carlos I también encarnaría un gusto epocal que iba a conllevar no poco movimiento de pelotas: Mallorca, Baqueira, las regatas. Recuerden esos años felices en que había que llevar corbatas, como él, con elefantes con la trompa hacia arriba: daban suerte. No olvidemos, en todo caso, que esa fue la Hispania felix que hemos conocido.
Ojalá el reproche a don Juan Carlos hubiera sido solo estético. Infelizmente, la sola descripción desapasionada de su paisaje de comisionistas, tipos perseguidos por la Interpol, cortesanas de alto standing y traficantes de armas quita hasta el filo —un hijo aquí, otra mordida allá— a cada nueva ola de rumores. Esa fue la inmensa corriente de benevolencia que, ganada con su labor como estadista, defraudó de modo personalísimo. El daño ha sido sustancioso, de la erosión en la valoración de la Corona —acuérdense de cuando encabezaba los escalafones— al práctico sabotaje de los primeros años de su heredero. Por suerte, puede pensarse que el daño está hecho ya. No se espera un cambio en la forma de Estado y la cuestión de la inviolabilidad por infracciones privadas aún ha de resolverse. A la vez, con sacrificios sobresalientes, con la inquina familiar de no pocas Cristinas y Froilanes, y con la ceguera de algunos que preferían la defensa de don Juan Carlos antes que la de la Corona, ya hemos visto algo cierto en la institución: un cambio tan tranquilo como determinado para su renovación y la recuperación paulatina de su respetabilidad de acuerdo con estándares internacionales. Ya hay que comenzar a pensar que la Corona se ha transformado en algo que tiene más que ver con Leonor que —convertido en paréntesis— con Juan Carlos.
¿Qué hacer ahora? Al arribar a París, recién exiliado, Alfonso XIII y sus leales se quedaron por breve tiempo en el hotel Meurice, donde algún periodista iba a retratar la cara de estupor herido del monarca. Es, como una cuadratura de dolor, la misma expresión que cuentan aquellos que han ido a Abu Dabi a ver a su nieto, aun con una consideración amarga hacia cuanto separa las decadencias alfonsinas de la rue de Rivoli del pozo negro ético-estético de la compañía de algunos jeques. Por supuesto, si somos capaces de avergonzarnos a nosotros mismos con el protocolo de una simple fiesta autonómica —recordemos el 2 de mayo—, es mejor no pensar en lo mucho que podemos abochornarnos el día que hayamos de enterrar a un rey de España que quizá muera fuera de España. Lo prudente en esta ocasión es ahorrarse el aparato de una nueva tragedia. Hasta el descrédito se agota: que alguien tenga la piedad de traerlo a morir a casa. Ignacio Peyró fue director del Instituto Cervantes en Londres hasta 2022, ahora dirige el centro de Roma. Su último libro es Un aire inglés (Forcola).

































[ARCHIVO DEL BLOG] Gamoneda en el laberinto. [Publicada el 23/05/2015]










Hace unos días escribía de nuevo en el blog sobre los "conflictos", la mayor parte de las veces inducidos con malísima fe, entre las diferentes lenguas españolas. Vuelvo hoy sobre el asunto...
Hay una antigua locución latina de origen medieval, muy utilizada por los letrados en el momento de interrogar a los testigos de la parte contraria con ánimo de confundirles, que proclama que "excusatio non petita, accusatio manifesta"... No creo que necesite traducción porque parece bastante clara, pero en "verso libre" podría traducirse por "excusa no pedida, acusación reconocida"... 
Le dolió mucho hace unos años al poeta astur-leonés, Antonio Gamoneda, Premio Nacional de Literatura 1986 y Premio Cervantes 2006, la utilización que de su firma en el famoso "Manifiesto en defensa de una lengua en común" hicieron algunos medios de difusión y algunos políticos e intelectuales "bienintencionados", como no, entre ellos El Mundo, la COPE, Rosa Díez o Fernando Savater, para tener que presentar "excusatios non petitas". Lo hizo él en un duro, crítico e irónico artículo titulado "El manifiesto ya no es razonable", que publicó en el diario El País. Lamentablemente, la guerra del idioma en España es una guerra única y exclusivamente política, que no tiene traslación alguna a la realidad del país. Y desde esa óptica tiene difícil solución... Lo siento por Gamoneda, que no se lo merecía. Ni tantos otros que de buena fe han caído en la cainita manipulación de los que pretenden enfrentar a los españoles por motivo de "sus lenguas", todas ellas españolas también... ¿O es qué no lo son?... 
Por cierto, fui miembro fundador, a mucha honra,  de la Fundación Pro-Real Academia Española, monolingüe y castellano-parlante orgulloso. "Excusatio non petita...". Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt














lunes, 22 de mayo de 2023

De las campañas electorales

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del periodista José Luis Sastre, va de las campañas electorales. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Los cursis son siempre los demás
JOSÉ LUIS SASTRE
10 MAY 2023 - El País

Las zanjas y las reformas, los pasos de cebra recién pintados y hasta la sonrisa impropia del concejal de Hacienda llevan semanas anticipando que la propaganda de partido ―distinta y más burda que la propaganda política― tomará las calles en cuanto empiece la campaña electoral y que, desde la medianoche del jueves al viernes, los candidatos saldrán a buscar selfies con ancianos con el mismo empeño con el que han remozado los jardines en el último trimestre. De camino al trabajo o al colegio, de vuelta del gimnasio o de la compra, sus mejores rostros nos darán los buenos días y las buenas noches desde las farolas o las paredes, porque nadie se fija en los carteles pero los carteles hay que pegarlos igualmente. Los carteles nos dirán cosas con frases pensadas para no decir ninguna; y los leeremos entre indiferentes y descreídos porque qué van a decir ellos de sí mismos. Es raro eso, y singular: que desdeñemos el eslogan del alcalde como si no viviéramos entre eslóganes para nosotros mismos.
Nos decimos que el tiempo pone las cosas en su sitio y esa es una verdad a medias, o sea una mentira. Nos decimos, a nosotros y a los otros, que el tiempo todo lo cura sabiendo que es un desperdicio de sílabas que ni siquiera rima. No llega ni a refrán. Pedimos que se anime el que está desanimado y que se alegre el que está triste siguiendo un impulso subconsciente por el que siempre hay una frase vacía para tapar un vacío. Por algo perviven los tópicos, a menudo más incómodos que los silencios aunque con mejor fama.
No se ha visto nunca un candidato que calle; que suba al estrado para arriesgarse con la verdad. Que diga: “En esta legislatura haré lo que pueda”. Hace años, un grupo de estrategas hubo de pensar un lema para la campaña de José Montilla, conscientes de que su candidato era tan llano y sin relieves que no había marketing suficiente para poder venderlo. Se les ocurrió esto: “El increíble hombre normal”. Montilla perdió, claro. Hubiera sido mejor una foto del aspirante y nada más, pero está mal visto el silencio en la época del ruido.
Ahora la campaña inundará las calles de frases rebuscadas por mucho que la vida ya tenga muchas de esas, herederas de una cultura, de una religión o de una manera de ver el mundo. De nuestros propios vacíos, que va a ser verdad que la política es, en el fondo, un reflejo de lo que somos. Qué son si no lo del trabajo dignifica o el esfuerzo siempre tiene recompensa, si nadie ha demostrado ninguna de las dos cosas. Qué consuelo es ese, que no tiene base ninguna. O la pasión todo lo puede. O la distancia es el olvido o, el peor de largo: si quieres puedes. A veces nos hablamos así, con letras de boleros y ocurrencias de sobres de azúcar, pero los cursis son siempre los demás. Conviene tenerlo en cuenta antes de que empecemos a juzgar las frases que grupos de gente muy estudiosa hayan escrito para los candidatos. Ellos quieren ganar así. Y ojo, que si quieren pueden. José Luis Sastre (Alberic, 1983) es licenciado en Periodismo por la UAB con premio Extraordinario. Ha sido redactor, editor, corresponsal político y presentador en la Cadena SER tanto en Madrid como en Barcelona. Autor de varios podcasts, ha colaborado en El Periódico y eldiario.es. Es subdirector de Hoy por Hoy en la SER y columnista en EL PAÍS. 


































[ARCHIVO DEL BLOG] Bildu y las elecciones del 22 de mayo. [Publicada el 06/05/2011]

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Los amigos que me conocen de antiguo saben que nunca comento ni enjuicio los resultados electorales. Los que no me conocen, que son mayoría abrumadora -para su suerte- y que me lean, pensarán que me curo en salud. Se equivocan. No los enjuicio ni comento porque el pueblo es soberano para decidir con su voto a quien concede su representación. Se que es solo una ficción, pero en democracia, cuando vota, el pueblo no puede equivocarse. Se habrán equivocado los que pierden, los que no han logrado convencer al electorado, los que no han sabido exponer y presentar sus opciones de forma adecuada y comprensible. Los que han provocado con su actuación el rechazo mayoritario de sus conciudadanos. Dicho esto, yo también entro en campaña electoral. Por mí, y con mi voto, no ganará la derecha reaccionaria y meapilas del PP que aspira a gobernarnos. Ni los nacionalistas que no paran de mirarse el ombligo y creerse el centro del universo universal. Podrán ganar con el voto de otros, no con el mío. Dicho queda, por si alguien no se había dado cuenta todavía. Y a quién Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, y que lo disfrute. 
¡Ah!, por cierto, detesto a los miembros de Bildu y a sus votantes, pero ello no implica que no tengan derecho a participar en unas elecciones. Bonita democracia sería esa en la que solo pueden participar aquellos que nos caen bien. No puedo sino alegrarme por la noticia de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre Bildu y su derecho a participar en las elecciones: por fin un poco de cordura y respeto a la democracia y la Constitución de todos, hasta de los que ni creen en ella ni la respetan.
El texto íntegro de la sentencia del Tribunal Constitucional puede leerse aquí, y los votos particulares de los magistrados discrepantes de la mayoría en este otro enlaceSean felices, por favor, a pesar de la que se nos viene encima durante los próximos quince días. Tamaragua, amigos. HArendt











domingo, 21 de mayo de 2023

De los riesgos de la guerra de Ucrania

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del historiador Timothy Garton Ash, de los riesgos de la guerra en Ucrania. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










Tenemos que arriesgar más en Ucrania
TIMOTHY GARTON ASH
17 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

En el momento de publicarse este artículo, miles de jóvenes ucranios están llevando a cabo sus últimos ejercicios de entrenamiento, revisando sus armas y esperando el Día D. En la gran contraofensiva ucrania que puede comenzar en cualquier momento, algunos morirán y muchos acabarán heridos. Ninguno seguirá siendo el mismo. Creíamos que todo eso había quedado atrás en 1945, pero esta es la Europa de 2023.
Nadie sabe lo que pasará en esta campaña. Nadie. Pero, por lo menos, podemos tener claro lo que queremos que ocurra y ayudar sin titubeos a los ucranios para que lo consigan. Una victoria decisiva de Ucrania es hoy la única vía segura hacia una paz duradera, una Europa libre y, a la larga, una Rusia mejor. Solo con eso ya celebraríamos el nuevo Día de la Victoria.
Los ucranios tienen una teoría de la victoria. Empieza con el triunfo en el campo de batalla y culmina con un cambio en Moscú. Lo preferible sería un cambio de régimen, quitar al criminal de guerra que ocupa el Kremlin. Ahora bien, si Vladímir Putin reconociera su propio fracaso —algo muy improbable— y retirara sus tropas, aunque permaneciera en el poder, eso también sería una victoria.
¿Cómo piensan los ucranios conseguirlo, con las fuerzas defensivas que tiene atrincheradas Rusia y su gran ventaja numérica y aérea? Una posible respuesta es que de la misma manera que ha ocurrido en otros momentos de la historia rusa, cuando sendos reveses militares desencadenaron las revoluciones de 1905 y 1917. Si el Ejército ucranio consigue avanzar con rapidez hacia el sur, hasta el mar de Azov, rodear a unas tropas rusas numerosas pero desmoralizadas y cortar las líneas de suministro a la península de Crimea, la moral de los militares rusos sobre el terreno podría hundirse y, con ella, la cohesión del régimen en Moscú.
La clave de esta hipótesis es Crimea. Los ucranios quieren llegar hasta la península (pero no intentar ocuparla de inmediato) precisamente por el mismo motivo por el que muchos responsables políticos occidentales prefieren que no lo hagan: porque Crimea es lo único que de verdad le importa a Rusia. Además, añaden los ucranios, su país nunca podrá tener una seguridad duradera mientras Crimea sea un gigantesco portaaviones ruso con las armas apuntadas contra su corazón.
Es una teoría de la victoria audaz y arriesgada, pero ¿hay en Occidente alguien que tenga otra mejor? Muchos políticos occidentales parecen tener casi tanto miedo al triunfo de Ucrania como a su fracaso. Cultivan la confusa idea de que existe una solución propia del cuento de Ricitos de Oro, ni demasiado caliente, ni demasiado fría, que permitirá alcanzar el nirvana de una “solución negociada”. Otros, más cínicos (los que se autodefinen como “realistas”), están dispuestos —en privado— a que Ucrania acabe perdiendo quizá la sexta parte de su territorio soberano, en una partición que puedan considerar “paz”. Sin embargo, en el mejor de los casos, se trataría de un conflicto semicongelado, latente, en espera de una nueva guerra. Es una nueva muestra de la falta de realismo del “realismo”.
La mayoría de los analistas militares occidentales opinan que Ucrania tiene pocas probabilidades de lograr una victoria tan decisiva, por lo que es irrelevante saber si ese sería el detonante de las deseadas consecuencias políticas en Moscú. Cuando hay dos ejércitos exhaustos, es más fácil defender que atacar. Ucrania tiene grandes puntos débiles en su defensa aérea. El hecho de que no haya más que una ruta clara hacia Crimea significa que Rusia se ha preparado para defenderla. (De modo que es posible que Ucrania intente otra cosa distinta; pero ni siquiera recobrar una parte sustancial de Donbás tendría los mismos efectos psicológicos en Rusia).
La contraofensiva puede desplegar nueve nuevas brigadas equipadas y entrenadas por Occidente pero que contienen una combinación de distintas armas occidentales y escasa experiencia en las complejas operaciones de armas combinadas que se necesitan para derribar las defensas rusas. Algunas capitales como Washington y Berlín se han pensado con muchos nervios cada entrega por temor a una escalada y eso ha hecho que los ucranios no dispongan, ni en cantidad ni en calidad, de los carros de combate, vehículos blindados, misiles de largo alcance y aviones de combate que podrían haber tenido si Occidente no hubiera estado frenándose a cada paso.
Estos seis meses van a ser decisivos. Si el próximo invierno,las fuerzas ucranias siguen empantanadas a medio camino, tal vez Occidente no proporcione un refuerzo militar comparable para emprender otra ofensiva la primavera del año que viene. Además de las dificultades objetivas para equipar nuestra industria de defensa con todo lo necesario, es posible que el apoyo político empiece a desvanecerse, sobre todo en Estados Unidos, en vísperas de las elecciones presidenciales de otoño de 2024. Entonces cundiría la desilusión en Ucrania. Putin seguiría en el poder. Podría utilizar su aparato de propaganda interno para justificar su ocupación parcial del territorio ucranio como una restauración histórica del imperio de Catalina la Grande.
La alternativa, quizá improbable pero aún posible, es una victoria ucrania indiscutible. Como eso significaría una derrota que ni siquiera la máquina de mentiras del Estado de Putin podría ocultar, el camino hacia la victoria acarrearía un momento de mayor riesgo. Aunque nadie sabe exactamente lo que está ocurriendo dentro de la caja negra del Kremlin, los análisis de los servicios de inteligencia indican que Putin ha hecho un simulacro y ha rechazado la opción de emplear armas nucleares tácticas, que no aportarían ninguna ventaja militar clara y enfadarían a China e India. Pero la situación en la zona de la central nuclear de Zaporiya es muy preocupante y el presidente ruso tiene a su disposición otras posibles acciones de guerra asimétrica, como un ciberataque o un ataque contra algún gasoducto.
¿Qué debemos hacer al respecto? No tener miedo y sí prepararnos. Ningún camino está libre de riesgo. Evitar un peligro inmediato puede suponer crear otros mayores en el futuro (que es el error que cometió Occidente en 2014). Y entre esos peligros no solo está la guerra recurrente en Ucrania, sino también que China se anime a atacar Taiwán. Ya ni sé la cantidad de veces que los ucranios me han dicho que el mayor problema de Occidente es el miedo. “Hay que elegir entre la libertad y el miedo”, declaró recientemente el presidente Volodímir Zelenski a Anne Applebaum y Jeff Goldberg en una entrevista para The Atlantic. Por consiguiente, tenemos que ser valientes y tener una pizca de la fortaleza que están demostrando esos miles de jóvenes ucranios mientras se disponen a arriesgar la vida para defender su libertad.
Soy muy consciente de que hay que evitar cualquier atisbo de heroísmo de sillón. Aunque de vez en cuando esté yendo a Ucrania durante esta guerra, no corro ni la más mínima parte del riesgo personal que corren los ucranios. Un Gobierno responsable debe identificar, prever y sopesar con cuidado los peligros reales de una escalada. La prudencia no es cobardía. Pero también hay que evitar otra cosa: la palabrería vaga sobre “paz” y “responsabilidad” que, en realidad, significa instar, o incluso obligar, a otras personas a sacrificar su hogar, su libertad y su seguridad para que los ciudadanos de países como Alemania, Francia o Italia puedan seguir disfrutando de los suyos, aunque solo sea por ahora. Occidente ya les ha hecho eso muchas veces a los pueblos de Europa central y oriental. No volvamos a hacerlo. Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador sénior en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Homelands: A Personal History of Europe






















[ARCHIVO DEL BLOG] Lo primero que haremos. [Publicada el 10/05/2020]







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01. Antes. "Hubo —¿aún lo recuerdas?— una antigua normalidad en la que todo encajaba según un desorden que ahora se nos antoja tranquilizador, comienza diciendo en el Especial de este domingo [Babelia, 2/5/2020] el escritor Manuel Rodríguez Rivero. Los seres humanos morían en su orden prescrito por el destino, y recibían las honras fúnebres a las que se habían hecho acreedores desde el Neolítico, y los ricos de la Tierra iban ampliando cada vez más el abismo que los separaba de sus hermanos (eso decían) desfavorecidos. Un ejemplo de entonces acerca de su meteórico progreso: en 1965, los CEO de las 350 mayores compañías de EE UU ganaban 20 veces más que la media de sus trabajadores, y en 2018 esa proporción ya era (stock options incluidas) de 278 a 1. El turismo, que tanto dinero producía y tanto dañaba nuestra casa común, también progresaba a buen ritmo: en 1950 se movieron 25 millones de personas, y en 2018, 1.400 millones, al tiempo que los quejidos de la Tierra se escuchaban de uno a otro confín en forma de catástrofes “naturales”.
Podríamos hacer la nómina de lo que ya no hacemos, al modo en que la plantearon Joe Brainard en Me acuerdo (1970; Sexto Piso) o Georges Perec en otro libro fascinante con igual título (1974; Impedimenta). Incluso, en esa época que aún permanece en el recuerdo de los impenitentes nostálgicos, como el polvo de oro en las alas de Campanilla, las librerías permanecían abiertas de diez a ocho, y en no pocos lugares eran al menos lugares de encuentro para curiosos, letraheridos y solitarios en busca de consuelo negro sobre blanco. Ahora, los que mandan nos anuncian una “nueva normalidad” en la que todo cambia para que todo pueda volver a ser igual que antes, para lo bueno y para lo malo; pero ustedes, cada vez más improbables, y yo sabemos que ya nada va a ser lo mismo, nunca. Algunos optimistas, como el siempre dicharachero Zizek (pongan por mí sendas pequeñas uves sobre sus zetas) se aventuran a afirmar que la epidemia está suponiendo para el capitalismo que nos mata un impacto como el que consigue la “técnica de cinco puntos para explotar un corazón”, el más letal de los golpes de las artes marciales, el mismo con el que la vengadora Beatrix (Uma Thurman) acabó finalmente con el villano Bill (David Carradine) en Kill Bill: volumen 2 (2004), la película de Tarantino. No lo creo: ya dije en algún momento que tengo la impresión de que, aunque el capitalismo caerá algún día, aún tiene los siglos contados.
02. Después. Quien más, quien menos, todos hemos imaginado qué será lo primero que hagamos cuando nos dejen salir (gradualmente) de la habitación del pánico. Unos, supongo, intentarán primero desintoxicarse (el consumo de “espirituosos”, incluido mi Johnnie Walker, se ha incrementado un 93,4% durante el confinamiento, perdón por la rima); otros saldrán al exterior, tan ansiosos y perturbados por la novedad como aquel niño de La habitación (2015), la claustrofóbica película de Lenny Abrahamson, basada en la novela de Emma Donoghue (Debolsillo), que solo ha conocido las cuatro paredes entre las que su madre, confinada por su asqueroso maltratador, le parió y le fue explicando el mundo de allá afuera; habrá, también, quienes salgan tambaleándose, como esos patéticos zombis de campus, abrumados por el sufrimiento que no haber podido permitirse despedir a amigos y familiares muertos (¿no conoces a ninguno, tú, pobre habitante de las grandes ciudades?).
Y habrá algunos, muy pocos, que pedirán la vez (los mayores tienen preferencia) para que les atiendan en una librería que no esté cerrada y a la que no hayan producido irreparables quebrantos los mogules del comercio electrónico. Los beneficios de la “nueva normalidad” (inevitable pensar en la “nueva objetividad”, con aquellos resplandecientes lienzos del verista Christian Schad) pueden retroceder —según los comportamientos cívicos y el cronograma de fases del que hablan los únicos que parecen tener voz—, pero ya hay libreros que se plantean provocar una cola delante de su establecimiento ofreciendo a los que esperan —distancia física: dos metros— una copita de licor. Y se apoyarán, para atraer a la menguada clientela, en la sobrevenida rentrée libresca: los editores han tenido que reservar y desprogramar algunos de sus peones, al tiempo que han acelerado la producción de alfiles para que actúen, como dicen los franceses, de “locomotoras” (chu-cuchú, chu-cuchú) y aceleren las ventas; porque los libreros no pueden vivir solo de La madre de Frankenstein (Tusquets), de Almudena Grandes, o de sus compañeros del palmarés anterior al 14 de marzo (una eternidad para la vorágine de la rotación libresca).
Entre los nuevos que se anuncian a bombo y platillo destaca, por ejemplo, El enigma de la habitación 622 (Alfaguara), de Joël Dicker, quien dejó tan buen sabor de caja con La verdad sobre el caso de Harry Quebert (ahora, en Debolsillo), y de cuya nueva novela los editores franceses lanzan 400.000 copias. Y, por poner otro ejemplo, Alianza tiene su locomotora en el controvertido A propósito de nada, de Woody Allen, que llegará a las librerías el 21 de mayo, al tiempo que estará disponible el audiolibro correspondiente, que en Estados Unidos está leído por el propio Allen y aquí, creo, por su doblador habitual, Joan Pera. Hay mucho más esperando en esta rentrée en la que los grandes editores parecen moverse al grito de tonto el último, o de deprisa, deprisa. Quizás, para entonces, el Ministerio del ramo ya sepa y nos pueda decir, por fin, qué va a hacer con la cultura, con el cine, con el teatro, con la música, con la danza, con las bibliotecas, con los editores, con los libreros y con todo el puto alimento que no se consigue en Mercadona, ni en las terrazas con mesas separadas, ni en las barras con mamparas. That’s life, como cantaba el inolvidable Sinatra". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt