¿Cuarenta años son mucho tiempo? Supongo que depende del punto de vista del observador... A mi se me han pasado volando. Lluís Bassets, subdirector de El País y responsable de su sección de Internacional recuerda en su blog "Del alfiler al elefante", lo que significó Mayo del 68 para él y para su generación, que es la mía, en un artículo titulado Después de Mayo. Yo tenía que ser un poco raro en aquel entonces, porque recuerdo que leí a Marcuse con interés y me aburrí soberanamente... Y también a Mao (me leí el "Libro Rojo" de arriba a abajo), que encontré tan esotérico como el "Camino", de monseñor Escrivá, que también leí. Me ilusioné y lloré con el trágico final de la Primavera de Praga. Y me desesperé con la matanza de Tlatelolco en Ciudad de México... En octubre de ese año nació mi primera hija y 1968 pasó también a formar parte de mi historia personal en letra grande.. Dice ahora monsieur Sarkozy que hay que acabar con la herencia de Mayo del 68... No creo que pueda. Además, a pesar de su precocidad en muchos aspectos, él tenía en aquel entonces 13 años; no da la impresión de que hable con conocimiento de causa... Sean felices. HArendt
El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
miércoles, 15 de febrero de 2023
martes, 14 de febrero de 2023
Del esperpento
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Antonio Muñoz Molina, va del esperpento. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com
Novela negra y esperpento de 1981
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
11 FEB 2023 - El País
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Tal vez la incertidumbre permanente en que vivíamos hace que el recuerdo sea todavía más borroso, como una de esas fotos movidas de colores dudosos que hacían las cámaras de entonces. Son los colores de 1981, de las vísperas del verano, cuando el susto del 23 de febrero se iba quedando lejos pero no se atenuaba, porque no faltaban ni un día las sospechas inquietantes de un nuevo golpe militar, y parecía que el país entero estaba desmoronándose, que no había sosiego en nada, ni en la política ni en la vida cotidiana, sino un sinvivir continuo, alimentado por la saña criminal de los terroristas de diverso pelaje, cada grupo con sus siglas siniestras, todos empeñados en ahogar en sangre y furia el edificio tan frágil de una democracia que parecía tenerlo todo en contra, la ruina económica, la irrupción de la heroína, la delincuencia violenta.
En medio de aquel vértigo cada uno se buscaba la vida y la normalidad como podía. Salvo momentos de gran drama, los hechos públicos son en el presente un ruido de fondo. Aquellos años que resultaron ser después la Transición cobran con el paso del tiempo la coherencia de un proceso histórico, resumido en interpretaciones terminantes, en gran medida incompatibles entre sí, pero despojadas por igual de toda incertidumbre: el tránsito seguro hacia la democracia pilotado por las eminencias de la sabiduría política; el pacto de las élites para cambiar lo justo y mantener su hegemonía en un simulacro de sistema democrático carente de legitimidad verdadera.
En realidad nadie sabía nada. Lo inmediato era tan angustioso que no quedaba tiempo para acordarse del pasado ni calcular el porvenir. Los que recordamos el año 1981 nos fatigamos queriendo desvelar todavía los últimos detalles del conato de golpe del 23 de febrero, pero intuimos que para explicar aquel tiempo necesitamos fijarnos en las cosas más comunes, en las más terrenales, los desechos que no llegan al relato histórico, lo que se veía no en los noticiarios, sino en los anuncios, y no en las páginas de política, sino en las de sucesos. Todo el mundo fumaba en todas partes. Barrios trabajadores en los que hasta poco tiempo atrás habían prevalecido los movimientos vecinales estaban siendo arrasados por la doble epidemia del paro entre los adultos y la heroína entre los jóvenes. Ladrones adolescentes de coches y atracadores de bancos eran estrellas populares y protagonizaban películas en las que hacían de ellos mismos. Los quioscos eran catedrales lujuriantes de nuevos periódicos que tiraban centenares de miles de ejemplares y de revistas con portadas de mujeres desnudas.
Vivíamos una atmósfera de novela negra canalla en la que no estaba claro muchas veces quiénes eran los policías y quiénes los ladrones, quién disparaba las pistolas, quién estaba o no estaba detrás. Credenciales democráticas se urdían a toda velocidad y antiguos verdugos se paseaban con la cabeza alta a la vista de víctimas que no habían podido olvidar sus caras. Ejecutores a sangre fría con capucha y pistola eran saludados como héroes por sus vecinos y bendecidos por párrocos patriotas. En Almería, a unos pobres desgraciados que iban a una boda los confundieron con terroristas y los hicieron desaparecer después de torturarlos, al darse cuenta de su error los guardias civiles que los habían detenido.
Pero el tricornio, el exabrupto cuartelario, el pistolón y los bigotes del teniente coronel Tejero eran indicios de que nuestra pobre historia convulsa estaba derivando hacia el terreno del esperpento, la pringosa mezcla española de lo trágico y lo grotesco. Vivíamos en el miedo y en la esperanza: también en la payasada y el ridículo, en la broma macabra de un país a medio hacer. Lo he recordado leyendo estos días un libro que tiene la urgencia de un reportaje recién hecho, Asalto al Banco Central, de Mar Padilla. Tres meses justos después de la mascarada castrense del 23 de febrero, el atraco al Banco Central de Barcelona empezó teniendo la gravedad sísmica de un nuevo golpe contra la democracia y acabó en una farsa cuya mayor consecuencia fue el penoso ridículo de la autoridad del Estado. Una banda de chorizos con descaro y arrojo, esgrimiendo pistolas de saldo y un taladro Black&Decker, más apropiado para colgar cuadros que para traspasar blindajes de bancos, mantuvo secuestradas durante dos días a más de 300 personas, bloqueado el centro de una gran ciudad, sometidos a la tensión máxima y al desconcierto y al chantaje a todos los poderes civiles y militares del país, ocupadas todas las primeras páginas de los periódicos y el arranque de los noticiarios. Mar Padilla cuenta todo el rosario de explicaciones conspirativas que envolvieron el atraco, algunas de las cuales duran todavía: la extrema derecha, los servicios secretos, reuniones clandestinas en el sur de Francia, cuentas numeradas en Suiza, un maletín con documentos comprometedores sobre el 23 de febrero. Es un argumento de parodia de novela negra, no de Raymond Chandler y ni siquiera del Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán, sino del mamarracho admirable que inventó Eduardo Mendoza, justo por aquella época, en El misterio de la cripta embrujada.
El 23 de mayo en Barcelona es el reverso y el complemento del 23 de febrero en Madrid, la escenificación del esperpento de aquella vida española en la que no había nada seguro y nadie parecía del todo de fiar. En las imágenes documentales se ve que los coches y las furgonetas de la Policía son modelos baratos que no tienen blindaje. Voluntarios de la Cruz Roja suministraban a los encerrados en el banco bolsas de bollería industrial y cartones de tabaco. La plaza de Cataluña era una romería de periodistas, policías, guardias de tráfico, políticos de toda graduación, curiosos y holgazanes. En un momento dado apareció delante del banco una tanqueta de la Guardia Civil, de la cual salió una voz dirigiéndose a los asaltantes a través de un micrófono defectuoso que se acoplaba. Alguien disparó desde el interior, y la tanqueta amenazadora retrocedió a toda la escasa velocidad que le permitían sus muchos años, y acabó varada contra un árbol o un bordillo, y tuvo que venir a retirarla una grúa municipal.
Es muy difícil captar el tono de un tiempo que uno no ha vivido. Mar Padilla lo hace con agudeza e ironía, con el asombro de descubrir el grado de penuria, desmadre y confusión que reinaba en esos años. Casi nadie se resiste a profetizar con aplomo el pasado. Pero lo cierto es que no entendíamos gran cosa de lo que sucedía en aquel presente sin sosiego, y que los dirigentes, los serios y los frívolos, los intrigantes y los honrados, estaban tan perdidos como todos nosotros, como aquellos generales, comisarios, gobernadores, altos mandos, que discutían, muy apretados en torno a una mesa, entre nubes de humo, explicaciones y remedios posibles para el órdago de los asaltantes al Banco Central. Leyendo el libro de Mar Padilla vuelvo a asombrarme de que la democracia acabara prevaleciendo, de que aquel Estado tan débil no sucumbiera a los muchos enemigos ensañados contra él, a la pura inoperancia de sus defensores. Se ve que personas innumerables, públicas y anónimas, cumplieron con su deber y mantuvieron la racionalidad y la calma, y que tuvimos suerte en momentos cruciales. Una imagen se sobrepone en mi memoria al recuerdo del miedo: en la noche del 24 de febrero de 1981 me veo caminando en una multitud inmensa que llena las calles de todas las ciudades de España, en una marcha silenciosa, firme, una determinación unánime de amor por la libertad, de repulsa contra la fuerza bruta y el esperpento nacional.
[ARCHIVO DEL BLOG] Nación, nacionalismo y nacionalistas. [Publicada el 21/03/2009]
Hay una frase muy utilizada en política que cada vez que la oigo me deja bastante descolocado. Y es la de: "No comparto sus ideas, pero las respeto". ¿De dónde ha salido eso de que haya que respetar las ideas ajenas que no se comparten? De la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no, desde luego; y de la Constitución española , tampoco. En ambas está, y comparto su criterio, el inalienable derecho de las personas a expresar libremente su opiniones y sus ideas sin ser perseguido, sancionado o molestado por ellas. Pero eso es una cosa, y el que tengan que respetarse sus opiniones e ideas es otra cosa, muy distinta. Porque, a ver si lo aclaramos de una vez por todas: lo que merece respeto, siempre, es la persona; sus ideas y opiniones, no necesariamente.
No soy nacionalista, detesto el nacionalismo, y respeto a las naciones. El "Diccionario de Política" (Siglo XXI, Madrid, 1994, séptima edición), dirigido por Norberto Bobbio, Nicola Matteuci y Gianfranco Pasquino, dice en la entrada correspondiente a "nación" (Tomo II, págs. 1022-1026): "La nación es normalmente concebida como un grupo de hombres unidos por un vínculo natural, y por lo tanto eterno -o cuando menos existente "ab inmemorabili"-, y que, en razón de este vínculo, constituye la base necesaria para la organización del poder político en la forma del estado nacional. Las dificultades comienzan cuando se trata de definir la naturaleza de este vínculo o incluso solamente especificar los criterios que permitan delimitar las varias individualidades nacionales, independientemente del vínculo que lo determina".
En ese sentido, no tengo ningún problema en reconocer la existencia de una nación canaria, castellano-manchega, catalana, gallega, madrileña, murciana, vasca, etcétera, etcétera, (las he citado por orden alfabético para evitar susceptibilidades), pero también española y europea. Y desde luego me parece correcto definir a España y Europa como naciones de naciones.
Los dos últimos párrafos de la entrada "nación" (óp. cit.) llevan el subtítulo de "La superación de las naciones", y dicen así: "Si la nación es la ideología del estado burocratizado centralizado, la superación de esta forma de organización del poder político implica la desmitificación de la idea de nación. La base práctica de esta desmitificación existe. Es un dato real que la actual evolución del modo de producir en la parte industrializada del mundo, después de haber llevado la dimensión "nacional" al ámbito de interdependencia entre las relaciones humanas, está ahora ampliándolas parcialmente más allá de las dimensiones de los actuales estados nacionales y hace aparecer con siempre más inmediata claridad la necesidad de organizar el poder político sobre espacios continentales y según los modelos federales.
Es entonces previsible que la historia de los estados nacionales está llegando a término y está por iniciar una fase en la cual el mundo estará organizado en grandes espacios políticos federales. Pero si el federalismo significa el fin de las naciones en el sentido ahora definido, ello significa también el renacimiento o la revigorización de las nacionalidades espontáneas que el estado nacional sofoca o reduce a instrumentos ideológicos al servicio del poder político y, por tanto, el retorno de aquellos auténticos valores comunitarios de los que la ideología nacional se ha apropiado transformándolos en sentimientos gregarios".
Espero haber aclarado, si alguna duda había al respecto, porqué digo en la presentación del mi blog eso de que soy hijo de la Ilustración y de sus valores universales, socialdemócrata, federalista, antinacionalista, y tan ciudadano de Maspalomas, como grancanario, canario, español y europeo.
El profesor César Molinas, matemático, economista, fundador de la consultora "Multa Pacis", escribía días pasados (El País, 17 de marzo) un provocador e interesante artículo, "España en la Historia (así, con mayúsculas)", que comenzaba con estas palabras: "España no es un Estado-nación, y nunca lo será. Lejos de ser un lastre, esto supone capacidad de adaptación, una gran ventaja para encarar los desafíos de la globalización y la posmodernidad." No podría decir que lo comparta plenamente, pero esta vez, y sin que sirva de precedente, no me importa decir que lo respeto. Disfrútenlo. Y sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt
lunes, 13 de febrero de 2023
Del pacifismo
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la politóloga Estefanía Molina, va del pacifismo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
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Ser pacifista hoy es apoyar la victoria de Ucrania
ESTEFANÍA MOLINA
10 FEB 2023 - El País
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En un acto de este diario celebrado en diciembre, un lector preguntó si, una vez acabe la guerra en Ucrania, haremos como si jamás hubiera ocurrido. Nuestro enviado especial Jacobo García respondió que no, pues la agresión del Kremlin es un camino de no retorno para la juventud ucrania. Y nada podrá ser como antes, tampoco en la Unión Europea, porque nuestra idea de paz depende ya de la derrota de Rusia. El pacifismo hoy es enviar al país gobernado por Volodímir Zelenski las armas que precise como dique de protección de nuestras libertades y modelo de convivencia.
Es la doctrina que Sanna Marin deslizó en Davos para alertar del peligro de no frenar a tiempo la expansión rusa. “Enviaríamos el mensaje de que se puede atacar a otros países y salir ganando”, dijo la primera ministra finlandesa, representando el sentir de los Estados bálticos y orientales. Son quienes se han implicado con mayor contundencia en esta guerra por su pánico atávico a sufrir una agresión futura, tras padecer la bota de la Unión Soviética.
Aunque nada pasará como una anécdota, tampoco en Europa occidental, vista la rapidez con que Bruselas se ha ido moviendo tras asumir que la política de apaciguamiento de Angela Merkel frente a Vladimir Putin ha resultado un fracaso, y no sólo por la invasión en curso. Dirigentes de varios partidos de ultraderecha, cuya ideología viene desestabilizando nuestras democracias, se fotografiaban paseando por el Kremlin. Rusia demostró su habilidad atenazando a la locomotora alemana en su dependencia del gas barato, una forma de chantajear al continente entero. Sabemos que la desinformación rusa es capaz de penetrar hasta los tuétanos del sistema.
En consecuencia, ser pacifista hoy en la UE es apoyar la victoria de Ucrania frente a Rusia para alcanzar una paz justa. El pacifismo actual no está en esa izquierda que niega a los ucranios su legítimo derecho a defenderse, llenándose la boca con una falsa moral de que “las guerras son malas”, como si Bruselas fuera la culpable de algo, con lo que ampara al agresor ruso y desprotege nuestros intereses. El pacifismo real hoy es aceptar que, mientras algunos se oponen al envío de tanques, misiles o aviones de combate para que Kíev dé la vuelta definitiva a la invasión de Putin, obvian que más grave sería enviar soldados, de producirse una eventual agresión en el territorio de la OTAN.
Generaciones enteras de jóvenes europeos asisten a la constatación de que su idea de paz quedará irremediablemente atada, durante décadas, a la creciente necesidad de reforzar nuestra seguridad y la independencia energética. El antiotanismo se ha convertido así en un fósil de la Guerra Fría, que sólo deleita a quienes viven empeñados en creer que nuestra idea de democracia comparte algo con el régimen ultranacionalista y de desprecio a las minorías ruso, simplemente porque odian a Estados Unidos. Olvidan quién sostendrá nuestro auxilio si vienen mal dadas.
Sin embargo, la UE no debe autocomplacerse sin antes reflexionar sobre los dilemas que existen en sus Estados miembros a la hora de forjar nuestro propio anillo defensivo. Polonia ha ejercido sin complejos el liderazgo de apoyo a Ucrania, pese a que venía suponiendo un quebradero de cabeza para Bruselas en cuestiones como su sistema judicial y la obediencia a ciertas normas comunitarias. Esa misma Europa del Este, en cambio, es capaz de empujar el envío de los tanques Leopard, de la mano del Reino Unido pos-Brexit, mientras que en Europa occidental, estandarte moral de la Unión, vivimos en continuo rebufo sobre nuestra propia protección.
Dicha dualidad explica por qué algunas voces ven con suspicacia la integración ucrania en el espacio comunitario. Existen recelos de que el país se acabe convirtiendo en una especie de Polonia o Hungría, cuya noción de pertenencia a la UE se base en tildar de “injerencias” ciertas obligaciones de acatar los valores de nuestro modelo. E incluso, que los ucranios alteren los equilibrios de poder francoalemanes, máxime por el peso que su población y tamaño le daría dentro de las instituciones europeas.
Aunque Bruselas demuestra tener la esperanza puesta en Ucrania, vista la rapidez con que se le ha asignado el estatus de candidata a entrar a la UE y el plan para acelerar la integración económica, no debe interpretarse sólo como un gesto solidario, sino defensivo y de interés mutuo. Cuando acabe la guerra, el continente podría sumar otro Ejército, entrenado en el campo de batalla en algunas de las tecnologías más modernas. La diferencia con respecto a otros países del Este es que Ucrania necesitará tanto apoyo para la reconstrucción que sus instituciones podrán partir de cero, también, en la exigencia política que simboliza nuestra bandera azul de estrellas, progreso que tanto anhelan.
Como señaló este jueves Zelenski en el Parlamento Europeo, donde fue recibido entre ovaciones: “Estamos defendiéndonos y defendiéndoles a ustedes (…) de la fuerza más antieuropea del mundo”. La UE ha encontrado en su firme apoyo a Ucrania, en la defensa de su libertad, de su soberanía nacional y de su derecho a existir como pueblo, el rumbo moral que hace años parecía haber perdido.
[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar. [Publicada el 03/05/2014]
Lo prometido es deuda, y las deudas siempre acaban por pagarse; unas veces gustosamente, y otras, las más, a la fuerza... Así pues, como prometía en mi entrada anterior hoy voy a hablar con gusto del por mí siempre respetado profesor, ensayista y escritor Fernando Savater, catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. O para resultar un poco más concreto de su libro "Figuraciones mías" (Ariel, Barcelona, 2013), que lleva como subtítulo el que he dado yo a esta entrada de hoy. Es un precioso librito de apenas un centenar y medio de páginas, recopilación de otros artículos suyos, que se lee con sumo placer y en los que me veo reflejado, por supuesto pálidamente, dada la inconmensurable distancia intelectual que nos separa, al compartir muchas de las opiniones expuestas en el mismo.
Escribí sobre el libro, sin haberlo leído, en mi entrada del pasado 15 de marzo, al reseñar la crítica que del mismo se hacía en el número de ese mismo mes de Revista de Libros por parte del escritor y bibliotecario Sergio Campos. Y por mor de mi proverbial vaguería por naturaleza y por que otros saben hacer las reseñas críticas mucho mejor que yo, a los enlaces citados más arriba me remito.
Savater se muestra en sus artículos deudor y admirador de autores como Emile Cioran, amigo personal suyo; Ralph Waldo Emerson, Pío Baroja, William Shakespeare, Virgina Woolf, Dante, André Gide, Ray Bradbury, George Orwell y otros muchos que van salpicando las páginas del libro. No voy a citarlos a todos, pero hay bastantes historias y anécdotas sobre los mismos que resultan emotivas, entrañables y en todo caso, afortunadas.
Es en la segunda parte del mismo, la que titula "La dificultad de educar", en la que Savater se encara con los problemas fundamentales de nuestra sociedad: la española, la europea y la universal. Hay en ella dos artículos que me han llamado la atención especialmente por mi identificación personal con lo expuesto en ellos.
Uno, dedicado al "escepticismo", en el que comenta no compartir la puesta en cuestión del concepto de "verdad" en esta era posmoderna en que nos encontramos. Es evidente, dice en él, que la verdad no es absoluta, como tampoco lo es la belleza, el bien o la justicia, pero esa limitación no implica, añade, que no exista realmente para todos nosotros y que no tenga, sea donde fuere, elementos comunes. La verdad no la determina las diferencias culturales, sino las exigencias epistemológicas, pues no será la misma en matemáticas, historia o meteorología, dice, lo que debería llevar desde el escepticismo de cada cual a desconfiar del "escepticismo" mismo...
El segundo artículo del libro que me animo a comentar es de absoluta actualidad; se titula "Que decidan ellos", y va, como no, del tan traído y llevado concepto del "derecho a decidir". Tras mostrar su reconocimiento a lo dicho al respecto por el escritor Antonio Muñoz Molina en su libro "Todo lo que era sólido", del que ya escribí en una entrada de febrero pasado, dice Savater: "En una democracia el derecho a decidir es tan intrínseco a los ciudadanos como el derecho a nadar a los peces. De ello se prevalen los separatistas para vender su mercancía averíada: ¿quién va a querer renunciar a su "derecho a decidir"? Ahora bien: ¿por qué reclamar esa obviedad con el énfasis del que aspira a una conquista, como si hubiese en este país ciudadanos de cualquier latitud que carecieran de él? Sencillamente, porque lo que solicitan los separatistas no es el derecho a decidir que ya tienen, sino la anulación del derecho a decidir que tienen los demás. Lo que se exige no es el derecho a decidir de los catalanes sobre Cataluña o de los vascos sobre el País Vasco, sino que el resto de los españoles no pueda decidir como ellos sobre esa parte de su propio país. O sea, que acepten provisionalmente la mutilación de su soberanía hasta que se les imponga de forma definitiva". Se podrá compartir o no su opinión, faltaría más, pero a mí me parece acertada.
Este es un blog en el que tiene, por deformación profesional de su autor, un peso determinante la "Historia" como disciplina académica, y las "historias" de los otros como vocación escribidora del mismo autor. Termino, pues, con una reflexión que tampoco es mía, pero que también comparto, del que fuera mi profesor de Historia de la Filosofía en la UNED, don Emilio Lledó, en su libro "El origen del diálogo y la ética" (Gredos, Madrid, 2011). Dice así: "Hacer historia es saber preguntar al pasado. Y saber preguntar consiste en formular continuamente aquellas encuestas que necesita la soledad del presente, para encontrar compañía y solidaridad en todo lo que aconteció. Hacer historia es reivindicar la continuidad, humanizar el tiempo, al aceptar las modulaciones que en la monotonía cronológica ha marcado la voluntad humana. Por eso, hacer historia es, además, proyectar el futuro, orientarlo en la clarividente recuperación de lo que otros hombres hicieron para traernos el presente desde el que historiamos".
En eso se empeña este blog, con escasa o mayor fortuna, cada día, cada entrada, cada enlace..., aun a riesgo de equivocarse.
Y ahora, sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt
Uno, dedicado al "escepticismo", en el que comenta no compartir la puesta en cuestión del concepto de "verdad" en esta era posmoderna en que nos encontramos. Es evidente, dice en él, que la verdad no es absoluta, como tampoco lo es la belleza, el bien o la justicia, pero esa limitación no implica, añade, que no exista realmente para todos nosotros y que no tenga, sea donde fuere, elementos comunes. La verdad no la determina las diferencias culturales, sino las exigencias epistemológicas, pues no será la misma en matemáticas, historia o meteorología, dice, lo que debería llevar desde el escepticismo de cada cual a desconfiar del "escepticismo" mismo...
El segundo artículo del libro que me animo a comentar es de absoluta actualidad; se titula "Que decidan ellos", y va, como no, del tan traído y llevado concepto del "derecho a decidir". Tras mostrar su reconocimiento a lo dicho al respecto por el escritor Antonio Muñoz Molina en su libro "Todo lo que era sólido", del que ya escribí en una entrada de febrero pasado, dice Savater: "En una democracia el derecho a decidir es tan intrínseco a los ciudadanos como el derecho a nadar a los peces. De ello se prevalen los separatistas para vender su mercancía averíada: ¿quién va a querer renunciar a su "derecho a decidir"? Ahora bien: ¿por qué reclamar esa obviedad con el énfasis del que aspira a una conquista, como si hubiese en este país ciudadanos de cualquier latitud que carecieran de él? Sencillamente, porque lo que solicitan los separatistas no es el derecho a decidir que ya tienen, sino la anulación del derecho a decidir que tienen los demás. Lo que se exige no es el derecho a decidir de los catalanes sobre Cataluña o de los vascos sobre el País Vasco, sino que el resto de los españoles no pueda decidir como ellos sobre esa parte de su propio país. O sea, que acepten provisionalmente la mutilación de su soberanía hasta que se les imponga de forma definitiva". Se podrá compartir o no su opinión, faltaría más, pero a mí me parece acertada.
Este es un blog en el que tiene, por deformación profesional de su autor, un peso determinante la "Historia" como disciplina académica, y las "historias" de los otros como vocación escribidora del mismo autor. Termino, pues, con una reflexión que tampoco es mía, pero que también comparto, del que fuera mi profesor de Historia de la Filosofía en la UNED, don Emilio Lledó, en su libro "El origen del diálogo y la ética" (Gredos, Madrid, 2011). Dice así: "Hacer historia es saber preguntar al pasado. Y saber preguntar consiste en formular continuamente aquellas encuestas que necesita la soledad del presente, para encontrar compañía y solidaridad en todo lo que aconteció. Hacer historia es reivindicar la continuidad, humanizar el tiempo, al aceptar las modulaciones que en la monotonía cronológica ha marcado la voluntad humana. Por eso, hacer historia es, además, proyectar el futuro, orientarlo en la clarividente recuperación de lo que otros hombres hicieron para traernos el presente desde el que historiamos".
En eso se empeña este blog, con escasa o mayor fortuna, cada día, cada entrada, cada enlace..., aun a riesgo de equivocarse.
Y ahora, sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt
domingo, 12 de febrero de 2023
De la idea de patria
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la filóloga Lola Pons, va de la idea de patria. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
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Lengua, lealtad y patria
LOLA PONS RODRÍGUEZ
10 FEB 2023 - El País
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En noviembre de 1921 un crucero acorazado de la Marina sueca arribaba al puerto de Málaga. Lo recibieron autoridades militares españolas y suecas entre salvas; el féretro que sacaron del buque envuelto en las banderas de los dos países era el de Rafael Mitjana (1869-1921), un diplomático malagueño fallecido en Estocolmo que fue enterrado con honores en su tierra natal.
A cinco grados bajo cero, con el cielo bastante oscuro aunque son las tres de la tarde, entro en la Biblioteca Carolina, en Upsala, Suecia. Sin rebuscar demasiado, en una vitrina vertical dentro del pequeño museo que se visita dentro de la biblioteca, veo un libro impreso en Venecia en 1556 del que solo se conoce un ejemplar, el que tengo delante de mí. Rafael Mitjana, diplomático en la legación española en Estocolmo a principios del siglo XX y gran musicólogo, lo descubrió en 1907 y lo bautizó con el nombre del lugar que lo conserva: estoy delante del Cancionero de Upsala y algo me sobrecoge como filóloga. Contiene 70 composiciones musicales, muchas anónimas, 54 de ellas con letras (en español, en gallego y catalán); que exista nos ayuda a conocer más la música que se cantaba en las calles y cortes españolas de la época imperial. De las manos que compilaron las piezas y de cómo llegó a Suecia este impreso sabemos muy poco, pero el nombre propio de Mitjana, su descubridor, es clave en la conservación de este cancionero cuya estirpe, difusión y circulación es oscura.
Piso la nieve al salir de la biblioteca y una vaga analogía me trae a la memoria el recuerdo del documental de David Trueba Si me borrara el viento lo que yo canto (2019). Varios componentes se repiten: en lugar de un cancionero del siglo XVI nos referimos al vinilo de 1963 del que se habla en ese documental. De nuevo hay música, hay anonimia y hay una conexión entre España y Suecia. Esta vez no hay un buque imponente, sino un Renault 4 en cuyos bajos cruzó escondido un magnetófono desde Madrid a Estocolmo. Dos periodistas suecos hicieron un viaje de ida y vuelta desde la capital sueca a Madrid para grabar clandestinamente las canciones de protesta del genial Chicho Sánchez Ferlosio y difundirlas en un disco que triunfó en Escandinavia bajo el título Canciones de la resistencia española. Su compositor y cantante fue presentado en el disco como anónimo, su identidad se reveló al instaurarse la democracia en España. La sensibilidad de los suecos con la situación de España bajo el franquismo se despertó con ese disco y mientras que en España nos deslumbrábamos con las rubias suecas y sus bikinis, desconocíamos que al aterrizar de vuelta en Estocolmo los turistas suecos se topaban con que muchos de sus paisanos los esperaban en el aeropuerto con carteles de reproche en que los acusaban de estar regalando divisas a Franco.
Yo misma estoy en ese aeropuerto ahora, ya de vuelta de las jornadas sobre enseñanza del español que me han traído a Suecia y que me han hecho conocer a decenas de profesores provenientes de España, de México, de Rumania, de Argentina... y de Chile. Por este mismo aeropuerto, a partir de 1973, en Suecia entraron miles de chilenos. Con el decidido apoyo del Gobierno de Olof Palme, muchos chilenos se instalaron en Suecia, huyendo del garfio de la represión de Pinochet. El embajador sueco en Chile, Harald Edelstam, fue en Santiago el providencial Schindler de los chilenos atemorizados por la dictadura militar y facilitó que huyeran de su país y escaparan a Suecia. Cerca de 60.000 chilenos o descendientes de chilenos viven actualmente en Suecia; sus casos nos sirven para estudiar científicamente eso que en la Lingüística llaman “lengua de herencia”, la lengua que se aprende en casa dentro de un entorno social que tiene mayoritariamente otro idioma. El español de los chilenos suecos es una de esas lenguas de herencia. El término es científico y, al mismo tiempo, poético y entendible.
Otro de esos términos científicos que resultan claros para el no especialista es “lealtad”. Cuando los hablantes salen de su zona de origen y llegan a una sociedad que no comparte su lengua, los lingüistas estudiamos si la mantienen en casa, si la usan con sus hijos en el nuevo territorio, si los nietos terminan olvidando la lengua de herencia y la cultura de la que procedían. Suele ocurrir que la condición socioeconómica de partida y la cultura lingüística que se trajera de casa determina la conservación de la lengua de herencia, la lealtad a ella, en las segundas o terceras generaciones. Medir la lealtad lingüística ayuda a valorar la relación con la sociedad de procedencia y de destino.
Aunque la palabra “lealtad” tenga en la lengua común resonancias positivas, en Lingüística se emplea como un elemento medible y cuantificable que se estudia a partir de las historias de vida de las familias. Pero hoy quiero desposeer a esta palabra de su valor técnico y quiero hablar de las lealtades que personas concretas, hispanohablantes o no, han tenido con elementos fundamentales de nuestra historia cultural: nuestros impresos antiguos, nuestras disidencias, nuestras penalidades.
El avión está bajando en altura. La escritura me asegura lo que quiero honrar como recuerdo de este viaje, la memoria de todas estas personas leales en Suecia: los dos diplomáticos, el español Mitjana y el sueco Edelstam, los suecos anónimos que iban con carteles de denuncia al aeropuerto y que no veían en España solo el sol maravilloso que a ellos les faltaba sino la libertad que nos faltaba a nosotros, los periodistas que viajaron a España para grabarle un disco a un disidente, los suecos chilenos que cerraban la puerta de casa y escuchaban a Víctor Jara, una profesora balear que me contaba allí que sigue usando el catalán con sus niños en casa. No siempre tengo claro qué es la patria pero estas lealtades se acercan mucho a mi idea de patria.
[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre bancos y banqueros. [Publicada el 30/08/2012]
Reedito mi entrada de fecha 1 de marzo de 2009. No creo que haya perdido la más mínima actualidad; al contrario, pienso que con el tiempo, tres años y medio después de su publicación, la catástrofe que se anunciaba como probable se ha cumplido y ha sido mucho peor de lo previsto. Casandra, una vez más, tenía razón.
"Al principio los bancos sabían lo que vendían, y los clientes lo que compraban. Después pasamos a una fase en la que los bancos sabían lo que vendían pero los clientes no sabían lo que compraban. Y desde hace tiempo ni los bancos ni los clientes tienen idea de nada". Quién pronunció tan rotunda frase fue nada menos que Pedro Solbes, exvicepresidente del gobierno español y exministro de Economía y Hacienda. La cita está en El País del 1 de marzo de 2009, en un artículo firmado por J.G., titulado "Nacionalización o bancarrota", que reproduzco más adelante, y al que he añadido el titulado "Regla número 1: no compre nada que no entienda", escrito por David Fernández y publicado también en El País del día 13 de ese mismo mes y año.
No hace falta ser Charles Darwin para darse cuenta de que la vida es "cambio". Tampoco hace falta ser muy listo para percibir que esos cambios unas veces salen bien y otras salen mal. Cuando yo comencé a trabajar en la banca (con dieciocho años recién cumplidos) en las oficinas no había calculadoras electrónicas, ni fotocopiadoras, ni ordenadores. Todo se hacía a mano o con unas impresionantes máquinas de escribir, que no fallaban nunca. Íbamos todos al trabajo con chaqueta y corbata, tratábamos a los clientes de usted, les respetábamos porque eran de quiénes comíamos, les vendíamos lo mejor de nosotros y de nuestros productos, y no les engañábamos jamás. Se pagaban las horas extras que se hacían (mal, pero se pagaban). Y cuando se entraba a trabajar a un banco, sabías que era para toda la vida a menos que metieras la mano en la "caja"... ¡Qué tiempos! Los empleados de una oficina eran como una gran familia. Claro, como en todas las familias, había algún cabrón que otro, pero se podía lidiar con ellos...
El cambio llegó, pero no fue con las calculadoras electrónicas, las fotocopiadoras multifunción o los ordenadores y las pantallas de última generación: llegó cuando se estableció la convicción que el cliente estaba para explotarle, el personal para estrujarlo, las oficinas para vender vajillas y electrodomésticos, los directivos para manipularlos con las retribuciones por objetivos, y los jefes y jefecillos para hacer cualquier tarea, reconvirtiéndolos en "oludis" (Objetos Laborales de Uso Discrecional). El caso era ganar dinero como fuera, con buenas prácticas, malas prácticas, o mediopensionistas prácticas. La más usual, hacer creer al cliente que lo que el banco le ofrecía era lo mejor para él... Y lo era: para el banco, por supuesto; no para el cliente. Si salía bien, y colaba, ascendías un puesto; si salía mal, y no colaba, a la calle. Recursos Humanos y Dirección Comercial miraban para otro lado y se ponía a buscar otros mirlos (entre el personal y entre los clientes). Ellos nunca eran responsables de nada. Supongo que era de esperar que aquellos lodos trajeran estos barros... Estamos en la Tercera Fase que enunciaba Pedro Solbes . Y tengo la impresión de que ni Dios sabe que va a pasar. Personalmente pienso que la nacionalización no garantiza que la banca se gestione mejor; quizá que se corrompa más aún. Pero pase lo que pase, espero que sea para bien y que volvamos a la Primera. La vida no es más que un eterno retorno. No creo que los banco vayan a escapar a esa ley.
Sean felices, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt
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