lunes, 2 de junio de 2008

Mayo del 68: ¿Inicio o fin de ciclo?




La cultura es la inversión de la vida (París, mayo del 68)



¿Cuarenta años son mucho tiempo? Supongo que depende del punto de vista del observador... A mi se me han pasado volando. Lluís Bassets, subdirector de El País y responsable de su sección de Internacional recuerda en su blog "Del alfiler al elefante", lo que significó Mayo del 68 para él y para su generación, que es la mia. Yo tenía que ser un poco raro en aquel entonces, porque recuerdo que leí a Marcuse con interés y me aburrí soberanamente... Y también a Mao (me leí el "Libro Rojo" de arriba a abajo), que encontré tan esotérico como el "Camino", de monseñor Escrivá, que también leí. Me ilusioné y lloré con el trágico final de la Primavera de Praga. Y me desesperé con la matanza de Tlatelolco en Ciudad de México... En octubre de ese año nació mi primera hija y 1968 pasó también a formar parte de mi historia personal en letra grande.. Dice ahora monsieur Sarkozy que hay que acabar con la herencia de Mayo del 68... No creo que pueda. Además, a pesar de su precocidad en muchos aspectos, él tenía en aquel entonces 13 años; no da la impresión de que hable con conocimiento de causa... Sean felices. HArendt



No es tan fácil borrar la Historia, monsieur...





"Después de Mayo", por Lluís Bassets

Puesto que estamos ya en junio, voy a escribir sobre mayo. Mayo de 1968. Mi mayo de 1968. Una época, qué queréis que os diga, que marcó la vida de toda aquella generación, nuestras vidas. "Nunca ha habido un año como 1968 y es poco probable que vuelva a haberlo", ha escrito Marc Kurlansky ('1968. El año que conmocionó al mundo', Destino), que lo compara con las revoluciones democráticas de 1848 en Europa. Pero el 68, nuestro 68, fue todavía mucho más que aquella cadena de revoluciones democráticas que atravesaron nuestro continente a mitad de siglo. En nuestro annus mirabilis fue el mundo entero el que crujió con aquel desplazamiento tectónico que acompañó a la irrupción de una generación. Por primera vez, ese mundo interconectado y sin barreras que hoy vivimos de forma natural se presentaba ante los ojos atónitos de los adultos: los jóvenes franceses y norteamericanos, japoneses e italianos, checos y mexicanos vivían un mismo mundo y se convertían en protagonistas de una misma historia de impugnación de las instituciones, de la autoridad y de una realidad congelada por la Guerra Fría.

En el debate sobre el 68 se confunde con frecuencia la parte con el todo. Y más en concreto, el Barrio Latino con París, París con Francia y Francia con el mundo. Pero el 68 fue mucho más que todo esto. En el límite Daniel Cohn-Bendit y su Movimiento del 22 de marzo, iniciado en Nanterre para reivindicar que las chicas pudieran entrar en los dormitorios masculinos de las residencias, puede interpretarse como el aleteo de la mariposa que provoca la catástrofe al otro lado del planeta. Pero también puede entenderse como el protagonismo del personaje más astuto y mediático que supo ponerse al frente hasta convertirse en su portavoz y emblema.

Lo que sucedió en Francia, a fin de cuentas, proporcionó la mitomanía de la generación, que era y sigue siendo mayúscula, pero el tsunami del 68 trascendía a todo esto, a Cohn-Bendit y a Francia, a la entera generación y a su mitomanía. A fin de cuentas, fue el canto del cisne de París como capital internacional de la cultura y de la intelectualidad y significó la partida de De Gaulle un año después, el hombre que había inventado el mito de Francia como potencia internacional en una época en que ya había empezado de forma irremisible su decadencia. Sí, canto del cisne, pero de una época. Imaginado como pórtico de entrada lo era de despedida y cierre: barricadas y simulacro de una revolución para clausurar la era de las revoluciones. Se anunciaba todo lo nuevo, pero con los métodos viejos.

La huella del 68 norteamericano, un movimiento también de mayor amplitud y extensión temporal, es mucho más profunda, hasta el punto de que las próximas elecciones presidenciales se juegan sobre asuntos que entonces quedaron en carne viva. Vietnam, por supuesto. El movimiento por los derechos civiles. La revuelta negra. Los valores de la contracultura. Temas todos ellos que han servido de fundamento para la contrarevolución neoconservadora que será enjuiciada ahora, de una forma u otra, en las próximas elecciones. Mientras Sarkozy vence en Francia contra el mito del 68, Obama puede alcanzar la Casa Blanca con la pretensión de superar y reconciliar lo que en aquel entonces quedó dividido y desgajado.

Pero el 68 fue también crucial en México, en Alemania, en Italia y en Japón, dentro del mundo occidental. Y lo fue asimismo, en una misma dirección antiautoritaria, en Praga, donde el comunismo tropezó por segunda vez con una revolución surgida desde sus propias filas, pero en esta ocasión con un efecto de arrastre sobre las izquierdas europeas, que apoyaron en su gran mayoría el movimiento democrático y abominaron de los carros de combate soviéticos. Todo empezó a rodar mal para la Unión Soviética a partir de entonces.

Mao Zedong, en cambio, empezó en mayo de 1968 a mandar a los jóvenes guardias rojos al campo, para que se reeducaran mediante el trabajo agrario. Ésa fue la otra cara del desplazamiento tectónico de la época. Los jóvenes chinos poseían las mismas energías antiautoritarias, el mismo desprecio por una burocracia y por unos gobernantes que no habían sabido ni siquiera acercarse a los ideales con que educaban a las nuevas generaciones. Algo del impulso que movió a los jóvenes de todo el mundo se hallaba también en aquel país entonces pobre y agrario, sometido a una dictadura estéril que no conseguía moverlo ni un ápice del subdesarrollo.

La Revolución Cultural, lanzada por Mao Zedong contra la estructura del partido, es el modelo más afinado de utilización de la lucha generacional por parte del máximo dirigente para desembarazarse de sus enemigos y rivales. El viejo y astuto comunista supo escuchar el terremoto generacional que se preparaba y lo utilizó para sus intereses y ambiciones. Y luego lo embridó hasta castigar a la entera generación que actuó como protagonista. La bandera antisoviética que levantó Mao iba a prender de forma fascinante entre una parte de la juventud occidental, que encontró así un totalitarismo de pedernal para combatir al otro totalitarismo más aburguesado.

El colofón de aquella operación en China fue que casi 16 millones de jóvenes pasaron por campos de reeducación agraria desde 1968 hasta 1979, dejando una huella de sufrimiento y un vacío de formación que ha marcado profundamente a todas las clases de edad universitaria durante más de una década. Mientras los sesentayochistas occidentales estuvieron finalmente al servicio de sí mismos como individuos y como generación, los guardias rojos chinos fueron inmolados individual y generacionalmente para mantener en el poder a un monstruo dictatorial en su última fase de decadencia: los utilizó primero y los tiró después. No se puede entender la China contemporánea sin aquel amargo escarmiento que sigue traumatizando todavía a varias generaciones de ciudadanos.

Cuando Richard Nixon visitó a Mao Zedong, en 1972, el dragón de la revolución cultural todavía seguía dando coletazos. "Yo voté por usted en las elecciones", le dijo Mao. "Me gustan los derechistas", añadió. No era la primera vez que manifestaba opiniones de este tenor. Justo después de la victoria electoral de Nixon había dicho: "Me gusta tratar con derechistas. Dicen lo que de verdad piensan, no como los izquierdistas, que dicen una cosa y quieren decir otra". En París y Roma aparecieron hace 40 años grupos de jóvenes que reivindicaban las ideas de Mao para alejarse de la Unión Soviética, pero nadie como el dictador chino supo captar el espíritu de la época y supo someterlo y domarlo. Desde su mausoleo en la plaza de Tianamen, donde preside el crecimiento capitalista chino, el espíritu de Mao podría estar orgulloso de que algunos de sus jóvenes seguidores europeos hubieran llegado tan lejos en su ambición de poder. Aunque hubiera sido -o incluso porque había sido- bajo las siglas y la ideología de partidos derechistas.

Me había dicho que un día empezaría a escribir sobre 1968, sin terminar de creérmelo. Hoy es este día. Quizás es sólo el comienzo. ¿Continuaremos el combate? Puede ser. El de la escritura, por supuesto. Hay todavía mucha tela que cortar sobre Mayo del 68 y su época. (El País, 02/06/08)




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"La policía en la Televisión es como la policía en casa" 
(Cartel de Mayo del 68 en París)




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