lunes, 30 de marzo de 2009

En búsqueda de la excelencia

De George Steiner (1) se pueden decir muchas cosas: por señalar únicamente dos, que es uno de los más importantes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX, y que toda su obra viene caracterizada por una insaciable búsqueda de la "excelencia". Excelencia humanística, literaria, académica, y vital. No es extraño, pues, que el crítico literario Martín Schifino titule el comentario de su última obra: "Los libros que nunca he escrito" (Siruela, Madrid, 2008), como "Utopías de la excelencia", publicado en Revista de Libros (2), en el número de marzo de 2009.

Nacido en París, en 1929, en el seno de una familia judía austriaca emigrada por causa del nazismo, en 1940 se traslada a Estados Unidos con su familia, obteniendo su licenciatura por la Universidad de Chicago, el MA (Master of Arts) por Harvard y el doctorado por Oxford (Balliol College, del que sería Profesor Honorario en 1995). Ha enseñado en la Universidad de Princeton (1956-58), en Innsbruck (1958-59), en Cambridge (1961), en el que fue elegido Profesor Extraordinario en 1969. En 1974, aceptó el puesto de Profesor de Literatura Inglesa y Comparada en la Universidad de Ginebra, en la que estuvo hasta 1994, cuando se convirtió en Profesor Emérito al jubilarse. Desde entonces, ha sido nombrado Weidenfeld Professor de Literatura Comparada y Profesor del St Anne's College de Oxford, (1994-95), y Norton Professor de Poesía en Harvard (2001-02). En 2001 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

De él dice Martín Schifino en su artículo citado que aspira a considerar la totalidad de la cultura occidental, donde la palabra se expande hasta incluir no sólo las artes liberales y las humanidades, sino además las ciencias y su historia. Acusado de "todólogo", según Schifino, Steiner responderá que la especialización en las humanidades le parece "una catástrofe". Los campos vallados -dice- son para el ganado. También con motivo de la publicación de "Los libros que nunca he escrito", el escritor y periodista canario, Juan Cruz, entrevistó a George Steiner. Fue una deliciosa y polémica entrevista, titulada "Yo intento fracasar mejor", que se publicó en El País el 24 de agosto del pasado año, que levantó cierta polvareda en España por sus críticos y ácidos comentarios sobre las lenguas autonómicas, por las que Steiner pidió disculpas posteriormente clarificando su primera opinión..

Yo no había oído hablar de George Steiner hasta que, hará diez años, leí su magnífico "Errata: El examen de una vida" (Siruela, Madrid, 1998). Un excepcional libro autobiográfico que me impresionó profundamente, al que llegué gracias a la lectura del comentario del escritor Ángel García Galiano, titulado "El pensamiento como vocación", publicado en Revista de Libros en abril de 1999.

De mi emocionada lectura de "Errata", recuerdo con especial intensidad los capítulos que hacen referencia a la enseñanza universitaria y a su propia experiencia académica, como alumno, primero, y como profesor después, siempre en busca de esa "excelencia" que caracteriza toda su obra. Dice Steiner: "Una universidad digna es sencillamente aquella que propicia el contacto personal con el aura y la amenaza de lo sobresaliente. Estrictamente hablando, esto es cuestión de proximidad, de ver y escuchar. La institución, sobre todo si está consagrada a la enseñanza de las humanidades, no debe ser demasiado grande. El académico, el profesor, deberían ser perfectamente visibles. Cruzarse a diario en nuestro camino". Y continúa más adelante: "En la masa crítica de la comunidad académica exitosa, las órbitas de las obsesiones individuales se cruzarán incesantemente. Una vez entra en colisión con ellas, el estudiante no podrá sustraerse ni a su luminosidad ni al desafío que lanzan a la complacencia. Ello no ha de ser necesariamente (aunque puede serlo) un acicate para la imitación. El estudiante puede rechazar la disciplina en cuestión, la ideología propuesta (…) No importa. Una vez que un hombre o una mujer jóvenes son expuestos al virus de lo absoluto, una vez que ven, oyen, “huelen” la fiebre en quienes persiguen la verdad desinteresadamente, algo de su resplandor permanecerá en ellos. Para el resto de sus vidas y a lo largo de sus trayectorias profesionales, acaso absolutamente normales o mediocres, estos hombres y estas mujeres estarán equipados con una suerte de salvavidas contra el vacío."

Antes de eso, Steiner nos ha contado su experiencia personal como alumno universitario en los años 50. No me resisto a reproducir algunos de esos párrafos: " Ingresé en 1949 en la universidad de Yale. Pero, aunque larvado, allí también había antisemitismo: hasta el año anterior ningún judío se había licenciado en humanidades. Con el curso ya en marcha, me trasladé a la Universidad de Chicago, que resultó ser un lugar muy especial… La providencia –el curso ha había comenzado- puso en mi camino un artículo sobre la Universidad de Chicago y su legendario condottiere. Desdeñando el absurdo infantilismo y la banalidad dominantes en la mayía de los planes de estudio académicos, Robert Maynard Hutchins permitía a quienes lo solicitaban presentarse a los exámenes de cualquier asignatura. Si obtenían una puntuación adecuada, quedaban eximidos de cursar las asignaturas en cuestión. De este modo, y en casos excepcionales, los estudios universitarios podían reducirse a un año. (…)

Siempre y cuando guardasen silencio, los estudiantes podían asistir a seminarios avanzados. Matricularse con Leo Strauss: “Damas y caballeros, buenos días. En esta clase, no se mencionará el nombre de …., que por supuesto es estrictamente incomparable. Ahora podemos ocuparnos de la República, de Platón”. “Que por supuesto es estrictamente incomparable”. Yo no logré captar el nombre en cuestión, pero aquel “por supuesto” me hizo sentir como si un rayo luminoso, frío, me recorriese la espina dorsal. Un amable posgraduado escribió el nombre para mí al terminar la clase: un tal Martin Heidegger. Corrí a la biblioteca. Esa noche, intenté hincarle el diente al primer párrafo de Ser y tiempo. Era incapaz de entender incluso la frase más breve y aparentemente directa. Pero el torbellino ya había comenzado a girar, el presentimiento radical de un mundo absolutamente nuevo para mí. Prometí intentarlo una vez más. Y otra.

Ésa es la cuestión. Llamar la atención de un estudiante hacia aquello que, en principio, sobrepasa su entendimiento, pero cuya estatura y fascinación le obligan a persistir en el intento. La simplificación, la búsqueda del equilibrio, la moderación hoy predominantes en casi toda la educación privilegiada son mortales. Menoscaban de un modo fatal las capacidades desconocidas en nosotros mismos. Los ataques al así llamado elitismo enmascaran una vulgar condescendencia: hacia todos aquellos a priori juzgados incapaces de cosas mejores. Tanto el pensamiento (conocimiento, Wissenschaft, e imaginación dotados de forma) como el amor, nos exigen demasiado. Nos humillan. Pero la humillación, incluso la desesperación ante la dificultad –uno se pasa la noche sudando y no consigue resolver la ecuación, descifrar la frase en griego-, pueden desvanecerse con la salida del sol."

¡Qué envidia!... Si encuentran algún parecido entre esa "experiencia" y la de nuestras masificadas universidades actuales, será por una excepcional casualidad. No la desaprovechen, porque es difícil que se repita... Espero que disfruten con estas lecturas que les propongo. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)


Notas:
(1) http://es.wikipedia.org/wiki/George_Steiner
(2) http://www.revistadelibros.com

Fotos:
(1) George Steiner:
http://www.punksunidos.com.ar/operaciondelacruz/uploaded_images/George_Steiner%5B1%5D-769650-769677.jpg
(2) Portada de "Los libros que nunca he escrito":
http://www.punksunidos.com.ar/operaciondelacruz/uploaded_images/George_Steiner%5B1%5D-769650-769677.jpg
(3) Portada de "Errata. El examen de una vida":
http://www.fantasticfiction.co.uk/images/x1/x8372.jpg
(4) Universidad de Chicago:
http://contenido.sugerimos.com/contenido/uploads/224537f652007141812a.JPG





http://www.punksunidos.com.ar/operaciondelacruz/uploaded_images/George_Steiner%5B1%5D-769650-769677.jpg
George Steiner




"Utopías de la excelencia", por Martín Schifino
(Revista de Libros nº 147 · marzo 2009)

George Steiner
LOS LIBROS QUE NUNCA HE ESCRITO
Trad. de María Cóndor
Siruela, Madrid 240 pp. 18,90 €

En Las lecciones de los maestros (2004), un estudio sobre la transferencia intelectual entre mentores y discípulos, George Steiner señala que una definición de genialidad artística «apunta a la capacidad de originar mitos, de crear parábolas». La alquimia personal del creador concentra deseos o pasiones, creencias o temores, en densas unidades simbólicas: las narraciones seminales como los mitos platónicos, o «Ante la ley» de Kafka, «dan lugar a inagotables multiplicidades y potencialidades interpretativas», al tiempo que «desconciertan el espíritu». Menos exaltada, la tarea del crítico, según la frase de Pushkin que Steiner invoca a menudo, sería la de «llevar la correspondencia» de los artistas. Las cartas no se entregan solas. Y es por eso que, aunque la poesía no necesite de la crítica, ambas sean fundamentales para la cultura, como también sugirió Pushkin. No hay cultura sin comentario viviente. Una definición de talento crítico apuntaría a la capacidad de iluminar no sólo los mitos clave de las obras, sino, además, de la civilización en que están insertas. El crítico sería un mitógrafo de la vida intelectual.
La obra de Steiner aspira a considerar la totalidad de la cultura occidental, donde la palabra se expande hasta incluir no sólo las artes liberales y las humanidades, sino además las ciencias y su historia. Las polémicas «dos culturas» de C. P. Snow son, para Steiner, caras de la misma moneda. «Es absurdo hablar del renacimiento sin conocer su cosmología y los sueños matemáticos que presidían entonces la elaboración de teorías sobre el arte y la música. Estudiar la literatura y la filosofía de los siglos XVII y XVIII sin tener en cuenta el desarrollo de la física, la astronomía y las matemáticas, es limitarse a una lectura superficial», ha escrito, en oraciones características. Steiner puede empezar perfectamente un ensayo sobre el giro lingüístico hablando de la crisis en los fundamentos de las matemáticas a principios del siglo XX. Lo que llama «la naturaleza híbrida de mis intereses» y «anárquicas inoportunidades» lo ha llevado a interrogar la «interfaz entre la poética y la filosofía», de Parménides a Heidegger, considerando las fronteras disciplinarias como intrínsicamente porosas. Acusado de «todólogo», Steiner responde que la especialización en las humanidades le parece «una catástrofe». «Los campos vallados [fields] –ha dicho– son para el ganado».
Steiner publicó su primer libro, Tolstói o Dostoievski, en 1960, en un momento en que, como empezaba a vislumbrarse, las ideologías agonizaban; pero el alza de la contracultura no hizo que disminuyera su interés por los grandes relatos. De hecho, intuyó que había allí otro gran relato en formación, el del fin del canon clásico como marco de referencia. En el castillo de Barba Azul: notas para la redefinición de la cultura (1971) –un tour d’horizon mirando a la civilización europea de posguerra– aborda precisamente ese problema, haciendo hincapié en la disociación entre cultura y progreso moral que acompañó a las atrocidades del nazismo y el estalinismo. El volumen, breve y abigarrado, se ha convertido en un clásico de la crítica cultural, al tiempo que señala un momento cardinal en la obra de Steiner. Los setenta fueron sin duda su década más fructífera. Además de un acreditado libro sobre Heidegger, docenas de ensayos para The New Yorker (que aparecerán recopilados por primera vez este año), un libro sobre ajedrez y potentes ficciones, Steiner escribió la que quizá sea su obra más importante, Después de Babel (1975), un estudio que guarda con la disciplina hoy conocida como translation studies una relación análoga a la que Orientalismo, de Edward Said, mantiene con respecto al poscolonialismo.
En la última década, Steiner ha escrito libros que pueden pensarse como epílogos a sus ideas fundacionales (también se ha acentuado su preocupación por el final de la cultura; en Gramáticas de la creación, de 2001, se denomina a sí mismo un «terminalista» y llega a confesar que le obsesionan las «sombras de Occidente»). Con la excepción de Errata, una autobiografía tan exquisita como esquiva, aquellos libros reúnen ensayos publicados o conferencias; Las lecciones de los maestros, quizás el más original del conjunto, se desprende, por ejemplo, de las Charles Eliot Norton Lectures, dictadas en Harvard. El talento de Steiner para el epigrama, la comparación imprevista, la frase impregnada de historia literaria, están como siempre presentes pero, quizá por su oralidad o fragmentariedad inicial, muchos de estos textos acusan cierta falta de rigor. Steiner, superinformado, flota a veces a un nivel de generalidad o presentimiento anhelante que es lo contrario del verdadero análisis. Esta obra tardía suscita la pregunta de qué queda después de los epílogos.
De acuerdo con una metáfora popular, el saber es una esfera: cuanto más se expande, más aumentan sus puntos de contacto con lo desconocido. Aunque infinito, lo desconocido presenta un límite tangible. Steiner sugiere que algo similar ocurre con lo no escrito, lo intelectualmente inexplorado: «Un libro no escrito es mucho más que un vacío. Acompaña a la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste». Los libros que nunca he escrito nos ofrece siete de esas sombras. El título español, debe reseñarse, es uno de los aciertos de la fluida traducción de María Cóndor. La palabra clave es «nunca», cuya dirección temporal hacia el pasado y el futuro reproduce muy bien la duplicidad del original, My Unwritten Books. Steiner deja bien claro que estos libros ya no se escribirán; para retomar una frase de Gramáticas de la creación, he aquí un «in memoriam de los futuros perdidos». En varias ocasiones Steiner ha señalado la relación entre los tiempos y modos verbales de la irrealidad –futuros, subjuntivos, optativos– y la capacidad humana de pensar a contrapelo de los hechos, de imaginar, con toda la fuerza etimológica del verbo. «La esperanza y el miedo –ha dicho– son ficciones supremas que reciben su poder de la sintaxis». La melancolía también recibe su poder de la sintaxis («qué hubiera pasado si...»). Y, en más de un sentido, éste es un libro melancólico.
Hay una relación de contigüidad, o de continuidad, entre la melancolía y la envidia. La sensación de «no haber hecho todo lo posible» es comparativa. Lo que uno no ha logrado fecunda los laureles de otro. Al mismo tiempo, según Steiner, la envidia es un mal necesario, el carbón de la caldera intelectual, tanto al ser sufrida como suscitada. Un aforismo de Gore Vidal viene al caso: «No basta con triunfar, hay que ver fracasar a otro». Steiner estudia esta dinámica en el capítulo titulado «Invidia», que empieza hablando de un libro planeado sobre el poeta Cecco d’Ascoli, rival de Dante y hereje condenado a la hoguera. «Me imagino que no son muchos hoy –reconoce Steiner, en un típico floreo de erudición– los que leen las obras de Francesco degli Stabili, más conocido como Cecco d’Ascoli». Steiner imagina bien (¡«más conocido»!). Las obras de Cecco, como nos informa, «ya sólo por razones lingüísticas [...] son casi inaccesibles al lector común». De todas formas, aparece como un caso paradigmático (envidiaba corrosivamente a Dante) que permite el paso a consideraciones generales. El capítulo habla además de la resignación personal. Steiner se siente, en comparación con los creadores, parte de una «élite de segunda categoría». Y cualquier ensayista que sea sincero consigo mismo –aventura– habrá de reconocer que «años luz separan al poema o a la ficción imperecedera del mejor discurso crítico». Steiner exagera al definir el tema como «casi tabú», aunque sin duda ha sido controvertido. La negación de la deconstrucción y corrientes afines a distinguir entre texto primario y secundario, la voluntad de disolverlo todo en la sopa primigenia de l’écriture, le parecen escándalos de apreciación que, al abolir las jerarquías, caen en la ofuscación.
«Invidia» vuelve además sobre cuestiones estudiadas en Las lecciones de los maestros. «Al maestro no solamente hay que reconocerle sus enseñanzas. Hay que superarlo. En ninguna parte es más gráfica la dramaturgia freudiana de lo edípico». Pero Steiner, que confiesa tener una «pasión casi vergonzosa por la enseñanza», también va más allá de estos parricidios simbólicos y se pregunta, en el capítulo «Cuestiones educativas», cuál sería el mejor currículum académico desde la escuela primaria en adelante. Hay aquí también mucho de experiencia personal: Steiner fue profesor durante más de treinta años, en cuatro idiomas y en universidades de diversos sistemas educativos, fundamentalmente el suizo, francés, inglés y norteamericano. Una vez más, reconocemos viejas ansiedades. La caída en desuso de la memoria como herramienta de aprendizaje es enérgicamente condenada. También el empobrecimiento de la competencia matemática. En respuesta, Steiner invoca la leyenda suspendida sobre las puertas de la Academia de Platón –«Que nadie entre aquí si no sabe geometría»– y propone un «programa fundamental de estudios en matemáticas, música, arquitectura y ciencias de la vida» (biogenética y biología evolutiva). Fuera de este quadrivium moderno quedan, sorprendentemente, los estudios literarios.
De cualquier manera, se trata de «un proyecto de locos». El autor agrega: «Ojalá lo fuera todavía más». Un sentimiento admirable, aunque no necesariamente acertado. El ensayo critica sistemas educativos utópicos como el de los liberales ingleses del siglo XIX, que cifraban la esperanza de un acceso generalizado a la cultura, pero la propuesta con la que responde revela, por su parte, una soberbia falta de realismo. Las implicaciones son problemáticas. Si la educación en Europa y Estados Unidos, como argumenta Steiner, está pasando por un momento de crisis, harían falta programas para revertir la falta de capacidad crítica que padecen los alumnos secundarios y universitarios. No obstante, las necesidades educativas de una sociedad civil funcional no son ni serán nunca las mismas de un erudito que vive de contemplar las cumbres del intelecto humano. Steiner, como ha dicho en otra parte, se ha pasado una «vida de trabajo insistiendo sobre las correlaciones entre las humanidades y lo inhumano», pero parece incapaz de resignarse a que la educación conduzca «meramente» a lo humano. Desmesurado, impracticable, su programa es en realidad una utopía de la excelencia.
Steiner, en cierto modo, lo reconoce. Pero la excelencia o la grandeza lo hipnotizan, por no decir que él se somete a autohipnosis con sus propios ensalmos, como vemos en el capítulo «Chinoiserie». En el castillo de Barba Azul contenía la noción, enigmáticamente provocativa, de que «el verdadero sucesor de Proust es Joseph Needham. À la recherche du temps perdu y Science and Civilization in China son resultado de un desarrollo continuo, calculado, de la intelección del pasado». Uno de los libros que Steiner nunca escribió habría sido sobre Needham, un biólogo de Cambridge apasionado por China, que escribió la historia mencionada de las ciencias en ese país. En los años setenta, pese a su «falta de cualificación», Steiner proyectó una «aproximación al hombre y a su obra»: «llevaba mucho tiempo hechizado por la titánica empresa de Needham [...]. ¿Había existido un espíritu y un propósito más eruditos desde Leibniz?». Pero el encandilamiento no es necesariamente el mejor escolta de la crítica: comparando peregrinamente a Needham con Proust, Steiner llega a identificar su Historia con un género que se remonta a la Anatomía de la melancolía (1621) de Burton y tiene tanto de ficción pedantesca como de erudición creadora. La magnitud demencial de la empresa, su «estructura cristalográfica», parecía interesarle más que los verdaderos descubrimientos históricos. Steiner exalta la «omnívora sensibilidad», la «visión panóptica» de Needham, preguntándose: «¿Hubo algo que no hubiera leído y retenido?». Es una pregunta insinuante, que uno se hace constantemente con respecto a Steiner.
La fascinación por la glosa, la cita, el comentario del comentario, el libro interminable, es uno de los temas centrales del capítulo «Sión», que trata de la identidad judía. «La adicción a la textualidad ha caracterizado y sigue caracterizando la práctica y el sentimiento de los judíos», escribe Steiner. Se trata casi de un lugar común («los judíos son el pueblo del libro»), pero los ejemplos son concluyentes. Walter Benjamin soñaba con un libro compuesto únicamente de citas; para Steiner «no hay nada más judío que [ese] desiderátum». Tampoco ha habido «nunca una doctrina ni un programa político o social más [...] talmúdico en su táctica de debate» que el marxismo. Steiner nota que la preponderancia de judíos en el campo de la lingüística y filosofía del lenguaje, desde Mauthner hasta Chomsky, pasando por Derrida, Roman Jakobson y Wittgenstein, guarda relación con el lugar fundamental de la palabra en el judaísmo. Pero, paradójicamente, «para los judíos, la textualidad ha sido supervivencia y servidumbre, liberación y restricción». El efecto menos nocivo de esta saturación de comentarios o «textualidades parasitaria» es la inhibición de una creatividad artística autónoma (alumbrada en el mandato mosaico de no hacer «esculturas ni imágenes»), una limitación que Steiner, supremo comentarista, siente en carne propia. Pero el autor va más allá y repite su idea de que, en esta relación sagrada con la palabra, en este pacto íntimamente verbal con Dios, está el origen profundo del antisemitismo. El judaísmo, con su reflexividad y perpetuo diálogo interno, plantearía exigencias morales insoportables. «El judío es odiado no por haber matado a Dios sino por haberlo inventado y creado». El texto revelado en el monte Sinaí es, asimismo, una carga.
La idea es interesante, aunque indemostrable, como toda noción de fundamento teológico. El fantasma de la teología ronda siempre la casa de Steiner. En el capítulo final del libro, «Petición de principio», el autor lo aborda de manera más directa que nunca, examinando sus convicciones en un terreno del que su obra da pocos signos, su (falta de) fe religiosa. «Hasta en sus cimas metafísico-poéticas, las expresiones que tratan de definir lo divino son sublime cháchara» o inspiradas tautologías, escribe. Pero no hay aquí una condena, sino la aceptación de un «problema perenne», una aporía: no podemos saber qué es lo divino. Steiner se confiesa –el verbo es particularmente apto– no creyente («he llegado a sentir con una convincente intensidad la ausencia de Dios»), pero su rechazo de la religión es religioso. La fe personal, en última instancia, se traslada a las artes, a la apuesta de que la creación verdadera albergue una trascendencia, una «presencia real». Aunque la apuesta es dudosa, suscita imperiosas invocaciones.





http://www.letraslibres.com/imagen.php?id=5627&dw=200
Portada de "Los libros que nunca he escrito"




"Yo intento fracasar mejor", Juan Cruz entrevista a George Steiner
(El País, 24/08/08)

A sus casi ochenta años ha logrado escandalizar a sus colegas con las experiencias sexuales que relata en su último libro. Una lúcida mirada de un gran filósofo, crítico literario y ensayista, premio Príncipe de Asturias en 2001.

George Steiner está a punto de cumplir ochenta años y acaba de publicar Los libros que nunca he escrito (Siruela), que ha escandalizado en muchos sitios, pero sobre todo en Inglaterra, en cuya Universidad de Cambridge ha sido un destacadísimo profesor. A él le divierte el escándalo, porque tiene que ver, imagina, con la sorpresa que algunos se llevaron cuando observaron que en ese volumen el profesor Steiner, uno de los grandes filósofos europeos, cuya edad avanzada queda desmentida por su mente despiertísima, relata experiencias sexuales muy explícitas (y propias) sin que su pudor le cortara un pelo. El ensayo que ha sido piedra de escándalo tiene que ver con el lenguaje, supone una defensa de las lenguas minoritarias, algunas de las cuales imagina él que deben ser excelentes para practicar sexo, y comienza de este modo tan contundente: “¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Con qué incitaciones y cadencia se masturba? ¿Cómo experimenta el sordomudo la libido y la consumación?”. Claro, la obra no es sólo eso (y no es sólo ese ensayo), sino que es una inteligente mirada sobre los asuntos a los que él alguna vez quiso dedicar un libro (siete, exactamente) y que se le quedaron por el camino. Ése, Los lenguajes de Eros, precisamente, había sido arrinconado por él entre los miles de papeles que guarda en la biblioteca donde trabaja, en el jardín de su casa de Cambridge, ordenada y amplia, donde comparte la vida con su mujer, la historiadora Zara Steiner, en una atmósfera cuya felicidad se refleja precisamente en ese libro y hasta en la cocina de la casa a la hora de celebrar el verano con una copa de jerez, galletas, café y humus.

Ha sido un profesor (y un tutor) codiciadísimo en esta universidad, y aún llegan alumnos a requerir su asistencia doctoral, y él asume su edad con el esmero de quien colecciona el tiempo. Pero preserva la jovialidad de su escritura en sus ojos pícaros y divertidos, y muestra su exhaustiva erudición (como hace en los libros, “doce, y para qué más”) como si fuera un narrador de historias, sin darte la impresión de que te apabulla.

En el rato ese que hubo tras la entrevista, en la cocina, hablamos de todo, y él nos preguntó a nosotros: por la situación en España, por el paro, que le parece la amenaza más grande del futuro, por Javier Marías (a quien considera uno de los grandes escritores de Europa, “y además me honró haciéndome parte de su Reino de Redonda”), por Europa… En algún momento salieron a relucir las artes, que si la poesía es más grande que la narrativa, o la pintura, etcétera, y entonces se levantó de la silla de madera, ensayó algunos movimientos de su mano izquierda, como si dirigiera música, y exclamó: “¡La melodía! ¡Nada hay más perfecto que la melodía! Tú escuchas a Schubert y ahí está el misterio, no hay más”. Y en algún momento, en medio del brindis que hubo después de la entrevista, Steiner dijo: “En todas las casas hay un pequeño tesoro”. Y se fue. Regresó con una pequeña tarjeta en la mano y la depositó en la encimera. Era la tarjeta que el doctor Freud y su esposa enviaron a sus padres (“Con los mejores deseos”, en alemán) cuando éstos contrajeron matrimonio en Viena, el 3 de abril de 1921… Y allí donde hablamos, silencioso, el piano que fue de Darwin. Te lo enseña como si te mostrara un sueño, y luego te guiña un ojo, “vamos a tomar jerez”. Durante la entrevista, cuando le insistimos sobre el dolor histórico (es hijo de la diáspora judía, sus padres padecieron la guerra mundial y la persecución nazi, él es consecuencia de la gravedad política de la época, y también de la nutritiva cultura de entreguerras), Steiner dejó claro que ese asunto ya estaba dicho, liquidado, y cuando pasó la hora, su reloj mental, el del profesor estricto que además no usa cronómetro, levantó el dedo y dijo, tajante: “Se cumplió la hora”.

Pero si subrayamos esos dos detalles de la larga conversación estaríamos manipulando ese rato, que fue cordial y hondo, una conversación en la que este premio Príncipe de Asturias de la Comunicación se comportó como si fuera en efecto, y él lo dice, el cartero de un conocimiento y de una disputa intelectual que tiene pocos parangones en Europa. Y no te arroja ese conocimiento, lo comparte. Esa actitud es lo que hace de este ensayo de ensayos, Los libros que nunca he escrito (editado también en catalán por Arcadia: Els llibres que no he escrit), una obra que parece la caja negra de su pensamiento, y de sus diversiones. Como él, es divertido y hondo, extraño, como la prolongación de su autobiografía, Errata, y como el anuncio de más polémicas que prolonguen su idea sobre Europa, sobre la crítica literaria, sobre el terrorismo, sobre el Estado de Israel y sobre los judíos. Este hombre es como un río que además se ríe. Y se ríe sobre todo por lo que ha escandalizado a sus colegas, y no sólo, con este libro.

Así que se han escandalizado… Sí, muchos. Nunca se ha preguntado nadie cómo es la vida sexual de un sordomudo. Lo han hecho acerca de la de los ciegos, pero jamás sobre la de los sordomudos.

Una pregunta inquietante. Porque las preguntas importantes muchas veces son inquietantes. Hay un comentario bellamente desagradable de Heidegger sobre por qué la ciencia resulta tan aburrida. Él dijo que era porque sólo tiene respuestas.

Había una pintada en Ecuador que decía: “Cuando por fin teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas”. Es verdad. Pero las preguntas pueden ser inquietantes, y las preguntas en torno a lo erótico lo son. Aún no tengo ninguna teoría, pero quisiera que este ensayo sirviera en un futuro a psicólogos, sociolingüistas y gente preparada para que comenzaran a estudiar estos asuntos o por lo menos a seguir preguntándose sobre ello.

Pero lo que usted ha escrito no es sólo un ensayo; es algo más autobiográfico. A mí me gusta llamarlo ficciones. Borges consideraba que las ficciones eran verdades. Pero también son verdades imaginarias.

Al leer este ensayo en particular, ‘Los lenguajes de Eros’, uno podría pensar que usted no tiene ningún pudor, ningún miedo a las posibles consecuencias. ¡Por eso no escribí el libro, ja, ja! Escribí un ensayo, siete ensayos en lugar de siete libros. Estoy a punto de cumplir los ochenta años, y como no estoy para escribir siete libros, escribí ensayos sobre lo que me hubiera gustado escribir y por qué no lo hice. La mejor definición de la vida la hizo Samuel Beckett: “Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Yo quise fracasar mejor, y es lo que intento decir con este libro.

Esa frase de Beckett la usa usted en un contexto en el que habla sobre la tristeza y el pesimismo. La tristeza y el pesimismo…, sí. ¿Sabe por qué soy tan poco popular entre mis colegas académicos? Hay una razón muy sencilla. Siendo joven ya dije que había una diferencia abismal entre el creador y el profesor, o editor, o crítico. Y a los colegas no les gusta escucharlo. El capítulo más difícil de escribir en este libro, Envidia, es precisamente sobre esa relación con los profesores. Fue una pesadilla escribirlo. Sudé en cada frase. ¿Cómo se siente uno al vivir rodeado de los grandes sin serlo? Fui el miembro más joven de la Universidad de Princeton, ahí vivía al lado de Einstein y de Oppenheimer, y ahí supe qué eran los gigantes. Fíjese en ese pequeño retrato que hay ahí [un retrato dibujado de él en su juventud; debajo pone, en italiano, Il postino, el cartero]. Yo quiero ser el cartero, quiero que me llamen El Cartero, como ese personaje maravilloso en la película sobre Pablo Neruda. Es un trabajo muy hermoso ser profesor, ser el que entrega las cartas, aunque no las escriba. Mis colegas detestan escuchar eso. ¡La vanidad de los académicos es enorme! Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto, Beckett no es un pretexto, no lo es Neruda, no lo es Lorca…

Se enfada usted con Derrida. Lo del pretexto es un chiste de mal gusto. Somos los carteros y somos importantes. Los escritores nos necesitan para llegar a su público. Es una función muy importante, pero no es lo mismo que crear.

No, no es lo mismo. Me gustaría contarle una anécdota. Hubo un poeta contemporáneo llamado Nash que tradujo al poeta francés François Villon. En su famosa balada Las nieves de antaño había una línea en la que Villon venía a decir que la mujer ha envejecido: su pelo, escribía en francés, ya no es dorado, sino gris. Nash, en su manuscrito, lo tradujo así: “El brillo le cae del pelo”. El impresor cometió un error y escribió: “Un brillo cae del cielo”. Es una de las frases más hermosas de la poesía inglesa, ¡y se debe al impresor! Cada noche le pido a Dios que me envíe un impresor que cometa un error que me haga grande.

En este libro en concreto, que no es una autobiografía, casi todo lo que se dice se puede relacionar con su vida. Por ejemplo, cómo su padre le enseñó a aprovecharse de los libros. Recuerde que vengo de una tradición judía muy antigua. La palabra rabino significa profesor, y en el judaísmo la figura del profesor es inmensamente valorada. Han sido cuatro mil años de una tradición de profesores excelentes, y mi padre quiso que yo fuera profesor. Se alegraba cuando publicaba poemas, pero eso no es lo que él quería para mí. He escrito ficción, y ha sido muy traducida, pero es una ficción intelectual, cerebral, alegórica. Son novelas que contienen ideas. Pero otra cosa es ser creador. Ah, la inocencia de un gran creador, el misterio de crear…

Un misterio distinto que el misterio de enseñar. En la universidad en la que trabajaba solía venir a cenar Henry Moore, el escultor británico. Cuando abría la boca para hablar de política o de otros temas, decía estupideces. Pero cuando hablaban sus manos, te dabas cuenta de que era un gran creador. El misterio de un gran creador es un misterio. No sabemos cómo ni por qué se crea una gran melodía o cómo o por qué se pinta un cuadro. Produce una gran alegría el poder explicar esto y hacérselo llegar a la gente. Pero nunca mezclo la creación con la enseñanza. Un profesor es un profesor.

En algún momento dice usted, con respecto a la novela, que hoy ése puede parecer a veces un género prehistórico. No, yo colocaría a Proust, Mann, Joyce… entre los mayores creadores. Lo que quiero decir es que quizá las novelas estén llegando a su fin, porque en el mundo de hoy nos llegan infinitas imágenes e historias directamente a casa. Dudo mucho de que tengamos otro Proust, otro Faulkner. Los grandes maestros contemporáneos escriben de manera breve. Fíjese en Kafka, lo fragmentario que es. Hoy Shakespeare sería un guionista.

¿Y quiénes serían los novelistas de hoy día? Hmmmm, es muy difícil contestar a esa pregunta. Creo que Mario Vargas Llosa lo es. La fiesta del chivo es indudablemente de las mejores novelas de hoy. También lo es Cien años de soledad, de García Márquez. El tambor de hojalata, de Günter Grass. Hijos de la medianoche, de Rushdie. Philip Roth es quizá la persona más inteligente que haya, y su trilogía sobre la política norteamericana es magnífica. Pero la forma en sí misma de la novela está peligrando. La gente busca formas más experimentales. ¿Por qué resultan mejor escritos los libros de historia, de sociología o incluso las biografías? La prosa de Lévi-Strauss es mejor que el libro de cualquier novelista francés. Incluso hay economistas que tienen más estilo escribiendo que los propios novelistas. Los historiadores, como sir John H. Elliott, escriben de maravilla. Han aprendido de la novela, y lo aplican. Pero mire lo que sucede ahora. Un chico escribe un libro; si tiene suerte, se lo publican, y está dieciséis días en las librerías, y de inmediato lo retiran del mercado. Así, ¿cómo se van a hacer escritores? Si esto hubiera ocurrido en tiempos de Joyce, él nunca habría resistido. Sin embargo, fíjese en el caso de J. K. Rowling, que nadie entiende.

¿Usted tampoco lo entiende? No. He mirado los libros y me parece que emplea un vocabulario difícil, una sintaxis difícil. Hasta ella, J. K. Rowling, muy humildemente, tampoco se explica el porqué de su éxito. Mi pregunta es la siguiente: un niño que ha leído todos los volúmenes de Harry Potter, ¿leerá luego La isla del tesoro, Los viajes de Gulliver, Oliver Twist, los clásicos? Mis colegas que han estudiado este fenómeno dicen que no, que los niños que hayan leído a Potter no leen después a los grandes clásicos. Y eso es triste.

Ella misma se hace sus preguntas, nos lo dijo en Edimburgo. Todos teníamos la esperanza de que con Harry Potter se iba a volver a los clásicos con los que se empezaba a leer. Pero no lo creo. ¿Sabe que la Unesco tiene una lista de libros más leídos del mundo? Y sólo hay un título francés.

Déjeme adivinar: ‘Madame Bovary’. Oh, no, qué dice usted. El principito. Y eso es alarmante. Se venden millones de ejemplares todos los años. Pero la gente no lee Madame Bovary.

¿Cree que debemos estar preocupados por esas listas? Sin duda. Indican qué libros y en qué momento fueron best sellers. Hubo un tiempo en que fueron Balzac y Dickens. Hay una diferencia abismal entre el genio experimental de escritores como Borges o Beckett y el público en general. Es muy probable que millones de personas lean literatura en formato de cómic. Hace poco leí una versión de Hamlet en formato de cómic y me resultó brillante. Redujeron el texto a momentos esenciales, y seguro que Shakespeare habría dicho: “No está mal. Mi texto era demasiado largo”. Ja, ja, ja.

Esa reflexión se parece a algunos aspectos de su libro, donde discute la confrontación cultura-medios y el futuro de la cultura. La cultura del futuro no será nuestra cultura. La cultura elitista y humanista que conocemos sólo pertenece a unos cuantos. Recuerde que voy a cumplir ochenta años y empecé antes de cumplir los veinte a publicar artículos sobre por qué la cultura no se enfrentaba al fascismo o a los nazis ¿Qué ocurrió? Aquí tenemos países con culturas superiores, tenemos las mejores escuelas, el mejor teatro, la mejor música. Y estos países nuestros se han convertido en infiernos. Y no sólo los países, sino que hay artistas grandes que se unen al fascismo. Nunca he dejado de hacerme esta pregunta, y aunque no tenga la respuesta, sí puedo decir que la cultura y el humanismo no son enteramente inocentes ni positivos. Walter Benjamin decía que toda gran obra está colocada encima de una montaña de inhumanidad. Es una verdad incómoda.

Lo es. Pero no seamos enteramente pesimistas. Fíjese en la cantidad de gente que asiste a las exposiciones, los museos están llenos de personas, en los conciertos no se cabe. Son signos muy positivos. Sí, lamento la cantidad de librerías que se están cerrando, y que sean más rentables ahora las industrias de la pornografía y de la droga. Esto es lo que uno debería preguntarse: ¿cómo puede ser que estas industrias sean las más poderosas en el universo del que estamos hablando? Estamos en peligro, sí, pero también es cierto que hay signos positivos. Nunca debemos olvidar que durante el esplendor de Florencia, en los tiempos de Miguel Ángel, Leonardo y los Medici, cada mes morían asesinadas muchas personas bajo el Ponte Vecchio. Nos olvidamos de cuánta salvajada ha existido en las grandes culturas.

¿Y el futuro? ¿Qué nos depara el futuro si evitamos la guerra? Evitar la guerra supone problemas de superpoblación. Mire los jóvenes: se aburren, un día van a acabar con los viejos, no sabrán qué hacer con ellos. Somos un animal muy primitivo. Hay peces y virus que son más antiguos que el hombre. Tal vez estemos sólo al principio de nuestra historia. Quizá no hayamos aprendido a unir nuestro instinto y nuestro raciocinio.

Qué panorama. Es muy fácil sentarse aquí, en esta habitación, y decir: “¡El racismo es horrible!”. Pero pregúnteme lo mismo si se traslada a vivir a la casa de al lado una familia jamaicana que tiene seis hijos y escuchan reggae y rock and roll todo el día. O cuando mi asesor venga a casa y me diga que desde que se mudó a mi lado la familia jamaicana el valor de mi propiedad ha caído en picado. ¡Pregúnteme entonces! En todos nosotros, en nuestros hijos, y por mantener nuestra comodidad, nuestra supervivencia, si rascas un poco, aparecen muchas zonas oscuras. No lo olvide. Mire el problema vasco. ¡Cuánto me equivoqué con este tema! Cuando el asunto del IRA estaba llegando a su fin, publiqué un artículo considerando que con ETA pasaría lo mismo. Y no, ETA sigue matando.

¿Qué pasa? ¿Cuál es su opinión? No lo sé. Ese idioma tan misterioso es muy raro, muy poderoso. Quizá por eso a alguna de esa gente le resulta tan imposible aceptar el mundo exterior. Pero no estoy seguro de nada. De lo que sí que no tengo dudas es de que es un problema gravísimo.

¿Insinúa que el idioma es la raíz del problema? Quizá. Pero, cambiando de tema, me han dicho que hay una universidad en España en la que es obligatorio hablar en gallego.

Igual que es obligatorio en Cataluña compartir el catalán con el castellano. ¡Pero no me compare el catalán con el gallego! El catalán es un idioma importante, con una literatura impresionante. Pero el gallego ¿por qué ha de ser obligatorio en una universidad?

Porque dicen que es una parte esencial de su identidad. Pero eso significa que vamos a seguir dividiéndonos en pequeños grupos regionales, y eso despierta el odio étnico, como el que existe en los Balcanes. ¡Fíjese también en lo que está ocurriendo en Bélgica!

En España también hay nacionalismos muy potentes, y en algunos de ellos, como en el vasco o en el catalán, hay fuerzas queriendo independizarse de España. Yo vivo en cuatro idiomas, escribo y pienso en cuatro idiomas, sueño y hago el amor en distintos idiomas. Así que no soy la persona más adecuada a la que preguntar por los nacionalismos.

De eso, de hacer el amor en varios idiomas, habla usted también en su libro. Por eso defino la traducción simultánea como un orgasmo. Estoy muy orgulloso de esta idea. Es divertida y quizá lleve a un mejor entendimiento de la situación. El orgasmo compartido es raro. Normalmente, la mujer simula tener un orgasmo al mismo tiempo que el hombre. Son demasiado generosas. Pero cuando ocurre ese orgasmo simultáneo es verdaderamente un milagro.

En el caso de España, ¿tendremos que vivir siempre con nuestras divisiones? Puede que vaya a peor. Porque el Gobierno tiene muy poca elección. Lo que ocurrió en Irlanda es un milagro; puede que no le guste Tony Blair, pero si a ese hombre no le dan el Nobel de la Paz… Estuvo negociando durante diez años sin perder los nervios ni la paciencia. Que eso no se pueda hacer igual con los vascos, no lo entiendo.

Lo han intentado. Es muy trágico… Ahora bien, déjeme volver a Cataluña. Hay tres lugares en los que uno está realmente en Europa. Son Dublín, Barcelona y Milán. Cuando te sientas en un café en La Rambla o en un pub de Dublín o en La Galleria de Milán, Europa funciona. Madrid está mucho más aislado de Europa que Barcelona. Madrid es una ciudad fantástica, una de las capitales del arte en el mundo, pero sigue estando aparte. Barcelona está abierta al mundo entero, y creo que es porque tiene el mar.

En este libro, que es compendio de libros fracasados, usted habla de la maldad humana, pero lo compensa hablando del lado solidario de los seres humanos, de la compasión, de la amistad… Sí, todo eso está en cada uno de nosotros, y depende de las circunstancias. Si nos hacen pasar hambre, nos volvemos unos salvajes. Si hacen daño a nuestros hijos, somos capaces de matar a sangre fría. No olvidemos que somos animales.

Y otro asunto que le preocupa es que esos personajes, precisamente, están siendo relevados por estrellas mediáticas. Hegel decía que toda nueva tecnología es una nueva filosofía. Bill Gates o sus ingenieros han cambiado el mundo. Google ha cambiado la percepción, la memoria, el cómo nos comunicamos. La tecnología es la fuerza más creativa del momento. Del mismo modo que el cine y la televisión son las formas más creativas de expresión. Sí, están llenos de basura, pero toda gran cultura ha tenido mucha basura. Hay una o dos revoluciones que se avecinan y tienen que ver con el trasplante de la memoria. Según estudios recientes sobre la memoria, no estamos muy lejos de implantarles chips de memorias a personas con alzheimer. Les darían un pasado artificial. Si eso ocurre, ¿qué pasa con el yo?

¿Y la otra revolución? Está por llegar, me da mucho miedo y francamente prefiero no estar vivo. Podremos vivir una media de 120 años. Muy pronto podrán rejuvenecer células. Seremos reemplazables, como el motor de un coche. Hoy, ser un investigador de biogenética es estar subido a una escalera mecánica que va cada vez más rápida. ¿Qué pasará cuando los jóvenes tengan que cuidar y alimentar a tanta gente mayor? La próxima guerra civil puede ser ésta.

Parece el tema de una novela de Saramago. De una novela, y de una pesadilla. Los jóvenes de hoy tienen que pagar impuestos, residencias de ancianos, la comida, la casa. Hay cada vez más ancianos. Creo firmemente en el derecho a la eutanasia. Es un horror envejecer sin dignidad. Antes, las familias más o menos se podían hacer cargo de sus ancianos. Pero ya no pueden. Quizá la próxima crisis sea generacional.

¿No la hay ya? No, estamos conteniéndola, hoy los jóvenes no andan por ahí asesinando a los viejos. En ciertas culturas esquimales lo hacen. Cuando llega el invierno, los jóvenes obligan a los mayores a salir de la casa o del iglú, a morir, para que puedan sobrevivir los jóvenes.

¿Y existe alguna luz, profesor, se ve algo después del túnel? Hay países emergentes, culturas que se van imponiendo, China, por ejemplo. Creo que el próximo poder artístico, intelectual y científico vendrá de la India. Tenemos muchos alumnos chinos y son muy buenos tomando notas y diciendo sí a todo. Sin embargo, los indios discuten, te preguntan…

Por cierto, ¿usted usa nuevas tecnologías? No. Mi mujer tiene un procesador de textos e Internet, pero yo no. Escribo a mano. No creo que se pueda escribir literatura importante en un procesador de textos, porque siempre te parece bonito lo que has hecho.

En las nuevas tecnologías es curioso que lo que determina el futuro se llame ‘ratón’. Ahí está, conduciendo a millones de niños a conocer, sin moverse de casa o del colegio, todo el Louvre o la primera versión de un soneto de Góngora. Eso es maravilloso. Pero soy un optimista de la catástrofe. Le voy a poner un ejemplo. En las trincheras, durante el blitz, la gente leía a Dickens, a Homero y a Shakespeare. Cuando las cosas van mal, la gente vuelve a la calidad. Sienten un vacío enorme y un ansia de calidad.

Su padre le enseñó a aprender, a gozar aprendiendo, y usted sigue aprendiendo. Todos los días.

Se le nota, sus libros transmiten entusiasmo por aprender. Fui muy afortunado, porque me enseñaron a usar los músculos de aquí arriba [de la cabeza]. Aprender es usar los músculos del alma y de la mente para que no se duerma. El cerebro está tan bien organizado que si uno lo ejercita, se producen cosas maravillosas. Y llega un momento en el que se empiezan a abrir puertas hacia dentro. Si eres un buen profesor, ése es tu trabajo: abrir las puertas hacia dentro. Fui muy feliz haciendo ese trabajo.





http://www.fantasticfiction.co.uk/images/x1/x8372.jpg
Portada de "Errata. El examen de una vida"




"El pensamiento como vocación", por Ángel García Galiano
(Revista de Libros nº 28 · abril 1999)

GEORGE STEINER
Errata. El examen de una vida
Trad. de Catalina Martínez Muñoz Siruela, Madrid, 1998 224 págs. 1.800 ptas.

Cada nuevo libro del profesor Steiner es un aldabonazo en la conciencia cultural de nuestra globalizada república de las letras: hace diez años, en Presencias reales, expulsó de su república contraplatónica a críticos y reseñadores y argumentó de nuevo a favor del sentido y del «significado del arte» contra las logomaquias ingeniosas del nihilismo deconstruccionista. En su anterior libro, un volumen de ensayos reseñado ya en nuestra revista, Pasión intacta, imperaba una vez más la valentía, la independencia y el pensamiento políticamente incorrecto, sobre todo allí (sus «obsesiones») donde sabe que habrá de encontrar más detractores, vale decir: En su irrenunciable búsqueda del sentido, en su concepción de la hermenéutica y la crítica en general como un rastreo (aunque inagotable) en busca de la verdad, y no en una suerte de instrumento mágico en las manos del analista para hacer fuegos artificiales, epatantes y fatuos, con las obras de los grandes autores cuyos textos son sólo el pre-texto para el lucimiento onanista del «intérprete». Y, en segundo lugar, su incesante y punzante rastreo en las relaciones, literarias, históricas, entre judaísmo y cristianismo, desde los orígenes fundacionales (el rechazo judaico del «Mesías» crucificado Jesús, anterior, incluso, a su conversión helenizante en Logos y en Cristo) hasta el final cataclismo antisemita de la historia de Occidente encarnado en el horror de la Shoah (Holocausto es palabra griega que Steiner rechaza por incapaz de describir aquel espanto). Sostiene Steiner, en unos análisis brillantes que rozan siempre la maestría y el íntimo temblor de lo verdadero, que la cultura occidental no resurgirá de aquellas cenizas, mientras el cristianismo no responda de su propio papel seminal en el surgimiento de la Shoah. Libro en verdad admirable, nos reconcilia con la crítica literaria, con el pensamiento humanista y nos acerca, revisitados, los mitos fundadores de nuestra cultura occidental que, al fin y al cabo, nace en dos cenas (el banquete o simposium y la eucaristía) y en dos ejecuciones: las de Sócrates y Jesús. Pocos meses después nos ofrece este Errata, en el que Steiner, como el protagonista de su relato Prueba, o el personaje de Saramago en Historia del cerco de Lisboa, observa el curso de su vida como si de un libro en galeradas se tratara. Repasa así su vida intelectual, desde su etapa fundacional en la infancia tirolesa, al calor de los textos homéricos; el exilio americano durante los años de la guerra en el liceo francés de Manhattan: su encuentro con Racine, Shakespeare y Virgilio; la posterior consagración intelectual y universitaria en Chicago, capítulo en el que Steiner relata, prácticamente, el único episodio cabalmente biográfico y no intelectual: su turbio descubrimiento, algo tardío, de la sexualidad. Y, finalmente, su magisterio extendido a miles de lectores y un puñado de continuadores de su labor. A estos temas han de sumarse otros muy visitados ya en sus páginas, en tanto que este texto es cifra, resumen y glosa de todas ellas: el descubrimiento de su vocación docente, el natural plurilingüismo, su condición capital de «extrañado», como judío, como exiliado y como políglota sin «lengua madre», la perplejidad ante el hecho milagroso de poder «decir algo» y de significar con lo que decimos, al arte de la traducción, el «estigma babélico» como bendición cultural y como «indicio de sentido», la reflexión sobre la incapacidad del arte para mejorar al hombre, pasión (el hombre, el arte) tan inútil como innegociable. No es Errata una biografía en sentido convencional, las ciudades, los maestros, la familia del crítico aparecen sólo allí donde sirven para corroborar una idea, para remarcar una presencia intelectual, para justificar una anécdota. El libro es sobre todo un viaje alrededor de sus ideas, de sus más queridas obsesiones: la música como demostración «evidente» de los límites del lenguaje y, por tanto, de la razón, incapaz de acceder en su totalidad al misterio de Dios o de la muerte. La música en tanto que lenguaje del silencio, palabra de lo trascendente, no se deja parafrasear y, en ese sentido, se asemeja a la experiencia mística, imposible de ser descrita con palabras: la anécdota de Schumann interpretando de nuevo la sonata que sus discípulos pedían les fuera explicada con palabras comienza a ser recurrente. En otro orden de cosas, buena parte de la reflexión de Steiner, como es sabido, ha ido encaminada a la pedagogía y didáctica de la literatura: la delicada y difícil cuestión órfica, en su trasfondo mítico, del papel civilizador de la literatura merece, verdaderamente, un muy serio planteamiento. Aparte de que, sin duda, en Steiner late obsesivamente la pregunta de Adorno, a propósito de si se puede escribir poesía después de Auschwitz, es prioritario saber si son humanas las humanidades, porque, si lo son, ¿cómo es que fracasan ante la barbarie? La ciencia puede y debe ser neutral, ahí radica su esplendor y, también, su limitación. Un humanismo neutral, en cambio, o es un pedante artificio o es un preludio de lo inhumano. Todo acto mediador entre el texto y el lector es siempre un acto moral. Queda bien claro que para Steiner, la crítica y la enseñanza de la literatura, en el caso de que sean posibles, son un ejercicio muy complicado y transgresor (trascendente, pues). En el fondo, se trata de llevar a la práctica la tesis de Kierkegaard: «No vale la pena recordar un pasado que no puede convertirse en presente». La gran pregunta inquietante, que late bajo las concepciones «optimistas» sobre el papel civilizador del arte, es si la literatura tiene la función de «civilizar» o si no será, precisamente, el gran instrumento de subversión, aquel que pone a la sociedad en tela de juicio al re-presentarla en sus hábitos, prejuicios, ritos y miedos más íntimos. ¿No será ese poder revulsivo de los libros (de «las biblias») el que hace enojosa la enseñanza de la literatura para nuestra sociedad tecnificada y posdogmática? En una sociedad tal, la literatura no tiene ya prestigio alguno y, por tanto, su transmisión no surge del magisterio del profesor ni de la relevancia de los textos; todo se trivializa y cualquier escala de valores se califica de elitista y aristocrática: se equiparan, funcionalmente al menos, los poemas de Petrarca con las letras de rock urbano. Errata relata con verdadera emoción el momento y la hora en que su autor supo que se convertiría en maestro, que su vocación era la enseñanza. A propósito de este ejercicio (pues es más que un oficio, por decirlo a lo Juan de Yepes), Steiner había tenido ya palabras muy duras sobre la trivialización de las humanidades en nuestra sociedad posmoderna del todo vale. Enseñar literatura como si de un oficio superficial se tratara es peor que enseñarla mal, enseñarla como si el texto crítico fuera más importante o más provechoso que el poema, como si el examen final fuera más esencial que la aventura del descubrimiento privado y de la digresión apasionada es para él lo peor de todo: «Leer la gran literatura como si ésta no nos afectara, ser capaces de contemplar impertérritos el discurrir del día tras haber leído el Canto LXXXI de Pound, equivale, más o menos, a hacer fichas para el catálogo de una biblioteca». Recuérdese, por supuesto, la frase de Kafka citada en otras ocasiones por el propio Steiner: «Un libro debe ser como un pico de alpinista que rompa el mar helado que tenemos dentro». Pero volvamos a otra de sus más queridas «obsesiones», que antes citamos tan sólo de pasada: el misterio del mal. El Steiner racionalista exige un ateísmo existencial ante la tripleta occidental de fabulaciones explicativas: un dios torpe, un dios malvado, un dios compensatorio, en fin, encarnado en su propio hijo por mor del respeto a la «libertad» humana: «Ninguno de estos tres argumentos se encomienda a la razón. A su manera, cada uno ofende a la inteligencia y a la moral. La respuesta que se da a la pregunta formulada mientras se torturaba y ahorcaba a un niño medio muerto de hambre en Auschwitz ("¿Dónde está Dios en este momento?", "Dios es ese niño") es un bocado nauseabundo de panteísmo antropomórfico». Y, sin embargo, es esa «fantasmagoría humana», el «Dios al final» de Rilke, que aparece cuando inventamos el futuro, quien (¿paradójicamente?) fundamenta el sentido de «lo que decimos», esto es, de lo que nos constituye socialmente como homo loquens y, por tanto «zoón politikón» o, lo que es lo mismo, animal moral, en su sentido más aristotélico. De hecho, el propio Steiner se califica como una suerte de «marxista metafísico», categoría fundada no tanto en un acto racional cuanto en un principio de esperanza: Steiner se niega a creer que la Shoah, el hambre o la miseria sean la última finalidad, el télos, de la especie humana. Por eso, frente al gélido y desesperanzado análisis de la razón, Steiner prefiere aferrarse pascalianamente a las razones del corazón, «al amor y al futuro como verbo», el gran invento, junto al descubrimiento del fuego, de la raza humana: «Cada momento de odio difiere la posibilidad de la percepción de Dios, el cual sólo será accesible a nuestra intuición cuando el amor ahogue en su superabundancia al odio», declaraba Steiner recientemente en un periódico italiano. Como puede verse, nos encontramos con el Steiner de siempre, lancinante, inteligente, contradictorio, verdadero revulsivo intelectual que admite su «fracaso», sus erratas, pero lo hace desde el orgullo, la soberbia (la hybris) y un cierto desprecio poco matizado aquí, no ya hacia sus adversarios, sino incluso a los discípulos que han intentado seguir caminos propios a partir de sus enseñanzas y a los que consigna en el libro con la humillación paternalista de las siglas. Son estas (¿verdaderas?) contradicciones de las que se sirven sus múltiples detractores (no sólo posmodernos deconstructivistas) para cebarse en su aparente o real diletantismo (del que él mismo se arrepiente: debajo de este brillante y lúcido recorrido late siempre una extraña amargura, su lucha contra la especialización y su interés intelectual por tantos campos del saber le han dejado, ahora que lo observa desde la penúltima vuelta del camino, un poso de insatisfacción por no haber profundizado realmente en ninguno), en su irracionalismo solapado, en su tan arbitraria como categórica descalificación generalizada de la teoría literaria «científica» en general y las doctrinas posestructurales en particular. Véase, como botón de muestra, la despiadada reseña de Anthony Gottlieb en la sección de libros del New York Times (12 de abril de 1998) con motivo de la publicación del texto que ahora nos ocupa. Pero vaya el lector sobre todo a las intensas páginas de este Errata. Un buen libro para acceder a los pensamientos del autor, si es aún desconocido, y un título ideal para sus seguidores en tanto que cifra, glosa y mea culpa tácito de uno de los críticos más importantes del siglo.




http://contenido.sugerimos.com/contenido/uploads/224537f652007141812a.JPG
Imagen de la Universidad de Chicago (Illinois, USA)




(E-1126) .../...

No hay comentarios: