lunes, 6 de abril de 2009

Sexo, ciencia y educación

¿Recuerdan ustedes la escena de "Annie Hall" o "Manhattan", no estoy seguro de en cuál de ellas, en la que Diane Keaton le pregunta a Woody Allen: "¿Tú es que no piensas nada más que en el sexo?"; la inocente respuesta de éste resulta antológica: "¡Ah!, ¿pero es que hay alguna otra cosa?". Lo cuento porque a pesar de la movidita semana que llevamos: Cumbre del G-20 en Londres, reunión de la OTAN en Estrasburgo, encuentro Obama-Zapatero en Praga, Alianza de Civilizaciones en Estambul, situación económica en el mundo, y crisis de gobierno en España (de mi tierra, Canarias, mejor corremos un tupido velo), un servidor, como la Keaton, se niega a entrar en el juego y no quiere hablar de política y, menos aún, de economía. Les remito a la lectura de lo escrito por los supuestamente entendidos en ambas materias, que no por casualidad, suelen ser los que más notoriamente patinan en sus predicciones.

Me gustaría comentarles varios artículos leídos en estos días sobre ciencia, educación y sexo. Sobre ciencia escribió en su blog un interesante artículo el escritor, divulgador científico y ex-ministro, Eduardo Punset, titulado "El Universo más allá del Big Bang" (1), que comienza con esta reflexión: "El gran divulgador científico y astrónomo Carl Sagan murió de tristeza –dicen las buenas lenguas– al descubrir que no había rastro de vida en el universo, salvo la nuestra en el planeta Tierra. Estábamos solos y no podríamos jamás compartir con otros nuestras vivencias. Es más, no sabríamos nunca lo que realmente somos, puesto que al ser el único ejemplo de vida en el universo no íbamos a poder compararnos con masas y con lo que llamamos constantes de la naturaleza distintas de las nuestras. Al no poder compararnos con otras formas de vida, es imposible definirnos a nosotros mismos". Hay más cosas interesantes en el comentario de Punset, por ejemplo, la pregunta sobre que hacía Dios, de existir, antes del Big-Bang... O los nuevos descubrimientos científicos que nos hablan de la cada vez más probable existencia de universos paralelos similares al nuestro. Les animo a leerlo pinchando en el enlace anterior.

De televisión y educación, leo en otro blog, esta vez el de la escritora y periodista Rosa María Artal, otro ácido comentario titulado: "España, la mala educación" (2), en el que, nosotros los españoles, no quedamos precisamente muy bien parados en materias tales como educación cívica, cultura, lectura de prensa y consumo de horas televisivas. Duele, porque nos mete el dedo en el ojo, pero es instructivo. Se lo aconsejo.

Por último, en la revista Babelia del pasado 7 de marzo, escribían sobre sexo, erotismo y pornografía, Andreu Martín ("Malos tiempos para la erótica") y Ramón Reboiras ("Planeta Eros"), sendos reportajes que reproduzco más adelante. He recordado haberlos leído, casi un mes después, porque el viernes pasado recalé accidentalmente, zapineando, en la porno semanal de Canal Plus, comprobando una vez más lo tremendamente aburrida que es la pornografía cinematográfica en contraposición a la literatura erótica. De la primera habla en su artículo Andreu Martín que se formula una pregunta ya tópica: ¿Que diferencia hay entre erotismo y pornografía?. Él da varias respuestas, todas interesantes, que comparto. La mía es simplemente, el buen gusto, que en cine es difícilmente perceptible pero no imposible de plasmar. Por ejemplo, el polvo entre Victoria Abril y Antonio Banderas en "Átame", o la sodomización de Kathleen Turner por William Hurt en "Fuego en el cuerpo", tienen una carga de sensualidad que nunca podrá alcanzar una película porno por mucha pila "Duracell" que le pongan en la polla al galán de turno.

La literatura erótica es algo bien distinto, pues la expresión escrita permite matices (¡la diferencia siempre está en los matices!) que lo meramente visual no hace posible. El artículo de Reboiras hace referencia a ellos y al impagable papel de la editorial Tusquets con su colección de novelas "La Sonrisa Vertical". De ella, recuerdo dos títulos, para mi, imborrables: "Emmanuelle", de la escritora francesa Emmanuelle Arsan, quizá la mejor novela erótica de la historia, y "Las edades de Lulú", de la escritora española Almudena Grandes, obra primeriza e inolvidable de su gran autora. Ambas llevadas al cine con éxito muy desigual e inferior a sus novelas homónimas, historias escritas por mujeres y sobre mujeres... Se las recomiendo; seguro que las disfrutan. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)



Notas
(1) http://www.eduardpunset.es/blog/?p=187
(2) http://rosamariaartal.wordpress.com/2009/04/05/espana-la-mala-educacion/

Fotos:
(1) Portada de "Emmanuelle":
http://www.fantasticfiction.co.uk/images/n59/n297238.jpg
(2) Portada de "Las edades de Lulú":
http://62.15.226.148/fot/2007/11/25/6550219.jpg
(3) Fotogramas de "Átame":
http://foto.rambler.ru/photos/lookkil/1/atame2/atame2.jpg



http://www.fantasticfiction.co.uk/images/n59/n297238.jpg
Portada de "Emmanuelle" (ed. inglesa)




"Malos tiempos para la erótica", por Andreu Martín

Aquel día en que se me ocurrió abandonar momentáneamente el mundo de la transgresión de verdad, que es la novela negra, para aventurarme por el de la transgresión de mentirijillas, que es la novela erótica, tropecé inesperadamente con una pregunta en la que coincidían todos los periodistas:

¿En qué se diferencia el erotismo de la pornografía?

No era una pregunta fácil para un advenedizo acabado de llegar a la novela inmoral desde la literatura ética por antonomasia, mi buen género negro que habla de buenos y malos, de búsqueda de la verdad y de restaurar el orden desbaratado. Ante el placer que me despertaba lo erótico y las muecas de asco que provocaba en otros el concepto de pornografía, no supe reaccionar de otra forma. Incluso notaba un cosquilleo desagradable en el estómago y me agobiaba la posibilidad de que mi novela Espera ponte así, ganadora de La Sonrisa Vertical, pudiera ser porno y no erótica. Había oído hablar de que el erotismo era insinuación y sugerencia y que dejaba la explícita descripción anatómica para la burda pornografía, pero me parecía que eso era cierto sólo en parte. Obras consideradas emblemáticas de la literatura erótica me resultaban manifiestamente descaradas, exhibicionistas, groseras y agresivas. Y llegué a la conclusión de que no había diferencia real entre un tipo de narrativa y el otro. La única diferencia, dije entonces, radicaba en la connotación ética o moralista que gravitaba sobre el término pornográfico. Lo erótico era bueno, lo porno era malo y punto. Moralina en estado puro.

Hoy, en la distancia, me percato de que la diferencia es mucho más sustancial.

En lo erótico, sea cual sea el tratamiento estilístico que le demos, por explícito y anatómico que sea, hay subtexto, intuición, guiño, análisis, entre líneas, sutileza, travesura, inteligencia. El discurso va más allá del escándalo y la excitación del público y el texto va cargado de subtexto.

Pornográfico es lo inmediato, lo evidente, lo literal, lo obvio, lo primario.

Bien mirado, lo pornográfico es nuestro pan de cada día, sea cual sea la parcela de realidad hacia donde dirijamos la vista. Lo pornográfico es tan falto de profundidad como un eslogan publicitario ("diles cualquier cosa, con tal que compren"), como un discurso de político actual en elecciones ("huye de la ideología, porque es excluyente: quédate en la ambigüedad para que te voten también todos aquellos que no te votarían si supieran lo que piensas"), como un titular de periódico ("no hace falta que te canses leyendo más"), como una película del Hollywood actual ("no hay más mensaje que lo que ves y lo que dicen los personajes, no hay nada que decodificar, nada que interpretar"), como un reality de Tele 5 ("todo parecido con la realidad es mera mala fe"), como la biblia de un ingeniero economista inventor de subprimes ("el fin justifica los medios"), como la vida sentimental de un adolescente, como el psicoanálisis de Patricia Gaztañaga.

El erotismo no tiene ninguna oportunidad en este mundo de inmediatez y de evidencias en que, de pronto, nos ha tocado vivir. Lo abstracto ha quedado relegado a los ámbitos de la fe, de la religión, de la superstición o de la economía especulativa, y no existe ni noción de simbolización. Tal vez se lo cargó de un manotazo aquel bruto que dirigía unos estudios cinematográficos de Hollywood y que dijo a un guionista: "Si necesita colocar algún mensaje, póngame un telegrama". Y unos cuantos brutos, o aprendices de brutos, le rieron la gracia, se sumaron a sus filas y continuaron escribiendo, o filmando, o emitiendo discursos dejando el mensaje aparcado con el coche. Y así nos va. Que ahora constatamos que la literalidad está reñida con la literatura. Que la erótica Sonrisa Vertical ha naufragado en un mar de pornografía fácil de toda clase.




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Portada de "Las edades de Lulú"




"Planeta Eros", por Ramón Reboiras

La década de los ochenta fue en España contagiosa en sentido clínico. El vicio adquirió una dimensión dionisiaca. Muchos tomaron por lema la máxima sadiana de Juliette, "el vicio divierte, la virtud cansa", sin reparar en gastos. Pronto la peste fue primero paisaje y más tarde epidemia. Las drogas, con la heroína a la cabeza, crearon su particular campo de exterminio: los mejores cerebros de una generación, como diría Ginsberg, fueron desahuciados; el rock presidía la contracultura con sus paladines más o menos enganchados a la rueda del exceso (Ramones, Lou Reed, Rolling Stones, The Clash) y el sexo, bueno, el sexo era bastante más popular de lo que ahora es el deporte. En medio de la bacanal había una afición bastante popular: la literatura erótica. Muchos lectores buscaban en las librerías los lomos sonrosados de una colección, La Sonrisa Vertical, que surgió del compromiso de la editorial Tusquets con la contracultura y que alternaba nombres cultos del género (Bataille, Sade, Hoffmann, Apollinaire) con títulos bastante sintomáticos de la antropología naciente: Memorias de una cantante alemana, Cruel Zelanda, La atadura, El cipote de Archidona, etcétera. Por si fuera poco, La Sonrisa (una delicada boca infantil invertida) fue creando adicción a través de un premio anual por el que suspiraba la mayor parte del estamento literario, no precisamente por su dotación sino por su prestigio. El jurado, presidido por un libertino de pro como Luis García Berlanga, repartía sus bendiciones a los autores que buscaban un lugar en el paraíso baudeleriano de la maldición. Entonces ocurrió una cosa. Almudena Grandes, una joven autora (no era normal en el género) y un libro, Las edades de Lulú, irrumpieron como meteoritos en la escena. Beatriz de Moura, primera dama de esta empresa y de otras muchas a través de Tusquets (Kundera, Mankell, Simenon, Murakami), quiere explicar ahora este "síndrome Lulú" con la sensación de que hay mucho de coraje y resistencia al paso del tiempo:

"Sí, hemos disminuido ligeramente el número de novedades al año de La Sonrisa Vertical", matiza, "es una colección que lleva en el mercado ¡treinta y dos años! sin interrupción, y, como todas las colecciones de este tipo que hubo, hay y habrá en el mundo, vive los altibajos propios de tiempos más y menos propicios a la creación y el consumo de un género extremadamente difícil. En 1977, cuando salió el primer título y lanzamos la primera convocatoria del premio, nuestro país no sólo estaba huérfano de lecturas eróticas, sino necesitado, hambriento de ellas, y toda esa literatura de extrema calidad -de Sade a los autores extranjeros contemporáneos, pasando por los grandes clásicos de todos los tiempos y culturas- ¡estaba toda ella por publicar! Además, al lanzarnos en esta aventura, sentimos casi como un deber abrir puertas y ventanas a la imaginación, creación y escritura eróticas de los españoles. A lo largo de los años, bajo la certera y sabia batuta de su director, Luis García Berlanga, y las excelentes sugerencias de Ana Estevan, hemos ido cumpliendo esta función, paralelamente a los cambios que se han producido en ese tiempo en la sociedad española. Hoy, por ejemplo, el sexo, las peripecias sexuales -y nunca mejor dicho: ¡con pelos y señales!-, se expresa libremente por todas partes, y también, como es normal en la literatura no especializada, lo cual es un magnífico síntoma. Por otra parte, siempre ha sido difícil encontrar buena literatura erótica. Si suspendimos el Premio La Sonrisa Vertical fue precisamente por la bajísima calidad literaria de los manuscritos presentados".

La sonrisa de Beatriz de Moura también preside lo que para ella fue más el descubrimiento de un filón literario, Almudena Grandes, que un éxito sin más en el género que nos ocupa: "Una editorial es la suma de todos los libros que ha publicado a lo largo de sus años de existencia, y en 2009 cumplimos los cuarenta. Las edades de Lulú marcó ciertamente un hito en la colección La Sonrisa Vertical y también en la editorial. Es el ejemplo perfecto del descubrimiento de una gran primera novela que, como el tiempo ha demostrado, lanzó a una prestigiosa escritora, hoy autora de otros nueve y exitosos libros, traducida y apreciada en el mundo entero. Fue, además, un claro exponente del buen momento por el que pasaba la literatura erótica española a finales de los años ochenta. Sin duda, esta novela, cuyo merecido éxito parece inagotable, supo como pocas captar perfectamente las preocupaciones y las obsesiones de su época".

Los infortunios de la virtud. Nadie sabe muy bien la razón por la que la literatura erótica ha perdido fuerza y calidad en nuestros días. El caso es que Lulú ya no vive aquí. Muchos atribuyen el descanso del ave fénix a la proliferación pornográfica que proporciona Internet, a la subcultura de blogs y de chats en la red, a los miles de exhibiciones impúdicas a las que cualquier mortal puede tener acceso provisto de una webcam barata. Eso en la superficie. En lo más profundo del análisis está también el declive de una cultura gloriosa y refinada que buscó en el género erótico un campo de acción de la filosofía a la que no fueron ajenos agitadores de los placeres intelectuales como Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, autor de un inolvidable prólogo, El placer glacial, sobre el bibliotecario y borgiano Georges Bataille. El caso es que nombres como el del autor de La historia del ojo o Madame Edwarda, como Pierre Klossowski (La revocación del Edicto de Nantes), hermano del muy erótico Balthus, o Anaïs Nin o Henry Miller forman parte hoy de una nostalgia venida a menos. Queda sin embargo un resistente al naufragio, el Marqués de Sade, incomparable testigo de todas las épocas que sigue proponiendo el uso de la filosofía en el boudoir y que quizá sólo como Edgard Allan Poe ha devenido en el santo de mucha estética oscura y maldita que atraviesa las alcantarillas del cómic, la fotografía, el rock o el teatro alternativo. A los que se adentren por primera vez en las páginas de Justine o de Las 120 jornadas de Sodoma les vamos a recordar un párrafo que resume la importancia de este crápula y de su árbol genealógico. Proviene de la biografía monumental que Maurice Lever le dedicó y que Seix Barral publicó en España en 1994:

"La casa de Sade", el párrafo es largo pero merece la pena, "se distinguió a través de los siglos por sus importantes servicios al Estado y a la Iglesia. Desde los orígenes del linaje hasta el nacimiento de Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, se desarrolla una línea ininterrumpida de prelados, capitanes, magistrados, síndicos, prebostes, consejeros de parlamento, grandes priores, gobernadores, camareros papales, diplomáticos, caballeros de Malta, que contribuyeron a forjar la Francia del Antiguo Régimen y de quienes nuestro héroe conservó toda su vida el orgullo feudal. Sin contar las abadesas y religiosas, que poblaron por decenas los conventos del Condado...". ¿No les recorre un ligero estremecimiento entre tanto blasón? ¿No reconocen ya la estirpe rebelde y arrogante de un señor feudal entregado al vicio? ¿No está ahí el Marqués de Bradomín con sus águilas de blasón y el revuelo en las sayas campesinas? Los amantes del marqués, que tienen bien a gala proclamar su linaje intelectual, tendrán una nueva ración con la publicación en marzo de Juliette o las prosperidades del vicio en la ya mentada colección La Sonrisa Vertical, un libro hipnótico en su irrealidad carnal, uno de esos textos que como decía Baudelaire "explican el mal". Otras dos novedosas aportaciones provenientes de la incombustible caldera filosófica francesa, ambas editadas por Anagrama en su sello Argumentos, del rosa vamos al gris humo, son Los libertinos barrocos, de Michel Onfray, que prosigue su impagable contrahistoria de la filosofía desde el lado maldito y en un periodo, el Barroco, de grandes filigranas viciosas, y Nuestro lado oscuro, la deliciosa y documentada contribución de Elisabeth Roudinesco a los vericuetos del exceso que aquí nos ocupan y que va desde Gilles de Rais hasta hace muy poco.

Salvando las distancias con el divino marqués, Bigas Luna fue también un pionero. Un voyeur que con Bilbao y Caniche divisó perfectamente los atributos de un género que complacía su buena educación contracultural. Dalí y Courbet y Buñuel y Valle-Inclán figuran en su peculiar santuario fetichista en el que son ya iconos populares el debut de Penélope Cruz a pecho descubierto en Jamón, jamón (hace veinte años) o Valeria Marini subida a una enorme mortadela boloñesa. Sus últimas aventuras siguen siendo coherentes con la divisa duchampiana de "desembarazarse de lo serio": Bigas ha recuperado un cabaret legendario de la mitología zaragozana, El Plata, con los mejores atributos del cabaret ibérico (ironía y mucho humor) y avanza ya la continuidad de ese proyecto iniciado con La Juani que le lleva ahora a Hollywood con DD Hollywood, en el que narrará los "infortunios de la virtud" de una actriz de carne y hueso que vive la quimera de triunfar en La Meca del cine (pronto la prensa rosa dirá de quién se trata).

"Hay un cambio de siglo", sostiene, "pero también de época. El erotismo en esos años sesenta y setenta tenía un doble valor añadido en España que eran la prohibición y el peso de la educación judeocristiana. Siempre he creído que el erotismo es un hecho profundamente intelectual y que su desaparición se debe a que se ha desplazado a otros canales, como Internet simplemente. Antropológicamente, el erotismo es hijo de la mirada, la mirada del primate hacia la primera mujer que se da la vuelta. Ésa es la explosión primigenia que todavía sigue intacta. La gran fuerza de lo escrito, de la literatura erótica, es que consigue tantas versiones eróticas como lectores hay de la historia. Ése es el gran privilegio de la literatura".

Un privilegio que Bigas separa muy mucho de la pornografía con una sencilla apostilla: "La pornografía es como un documental clínico, no comparemos, la pornografía tiene algo de médico, el erotismo, repito, es hijo de la mirada y del intelecto".

Bienaventurados los voyeurs. La figura de Benedikt Taschen reúne algo de revolución luterana en el mundo de la edición. Desde Colonia (Alemania) este personaje de la galaxia Gutenberg ha invadido las librerías del mundo con una escala de precios y sensibilidades en la que figuran en el mismo anaquel las duras incursiones sexuales de Richard Kern, Andrés Serrano, Tom of Finland o Araki que las obras artísticas de Michelangelo, Olafur Eliasson, Jeff Koons o Diego Rivera. Democratizar una cultura elitista parece ser su afán, sin detrimento de dos consignas principales: el placer y la belleza.

"Hubo un libro publicado en Alemania en el año 1920", nos dice Benedikt, "su título era El mundo es hermoso. Esto es precisamente lo que queremos comunicar y compartir con nuestros lectores; la diversidad (anthropology) y la inspiración (aphrodesia) son la base de nuestro programa de publicaciones". Taschen ha logrado en las dos últimas décadas crear adicción a muchas ediciones secretas a precios relativamente populares; entre su febril producción el sexo ocupa un lugar destacadísimo, una pasión que le lleva a publicar obras como El gran libro de los penes o esa monumental incursión en los mundos felatrices de la mítica pornostar Vanessa del Rio, por citar sólo dos ejemplos de su pecaminosa producción. Benedikt se muestra un tanto irónico: "Podemos vivir sólo de nuestros lectores, pero los voyeurs son bienvenidos". En el horizonte de 2009 destaca la publicación de la monumental biografía de Hugh Hefner, amo del imperio Playboy, un libro que resultará casi tan exclusivo como acceder a uno de los célebres parties en su mansión de Los Ángeles. Benedikt no olvida su alma luterana entre tanto batín de seda: "Ponemos en todos nuestros libros el mismo cuidado, lo mismo si cuestan diez que diez mil euros y esto es así por dos motivos: nuestros autores y nuestros lectores".

En otro rincón del Planeta Eros, México DF, la peruana Patricia de Souza acaba de desembarcar con todas las armas de mujer en este mundo de acusadas disfunciones eréctiles. Su libro se llama Erótika y salió el pasado año en la editorial Jus y ahora, en España, lo ha editado Barataria. Unas estampas de singular osadía en las que la autora invoca ese fluido al que también aludía Anaïs Nin. "Sé del ímpetu y la fuerza", escribe Patricia, "que estas visiones me han dado y recuerdo esa primera vez, las manos de hombre sobre mis pechos despertando mi deseo y las ganas de perderme en él, sabiendo que cada caricia, cada gesto que yo hiciera para acercarme a los demás, era también un gesto de sexualidad, de mujer, de hembra". Si se quedan con hambre, otra recomendación aparecida aquí con el aval bibliófilo y orientalista de Atalanta: Hombres salmonela en el planeta porno, título a lo Philip K. Dick que responde a un alumno aventajado de los nuevos caminos del erotismo virtual: el nipón Yasutaka Tsutsui, para entendernos casi un fiel reflejo literario de las fantasías animadas de Murakami (el escultor Takeshi, ahora mismo en el Guggenheim de Bilbao): mucha ciencia-ficción, mucho manga y mucho sexo (no explícito) contado a la manera de un cibernauta que ha ingerido una dosis de LSD.

A menudo se nos acusa a los aficionados al género (aquí siempre recuerdo la opinión del pornógrafo José María Ponce que comparaba el porno con el western) de ignorar los misterios y los ministerios de la igualdad. Nada más lejos. La inspiración (aphrodesia) nos lleva cada vez a un territorio en el que de no ser por Salomé, Lulú, Justine o Juliette nos sentiríamos huérfanos de mal, independientemente de la pluma que roza la piel y fustiga suavemente nuestra inclinación al vicio.




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Fotogramas de "Átame", de Pedro Almodóvar




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