El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 24 de enero de 2023
De los adalides del capitalismo
[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Una Constitución mundial? [Publicada el 17/04/2020]
lunes, 23 de enero de 2023
De los narcisistas
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
19 ENE 2023 - El País
De un tiempo para acá, una palabra que antes era especializada, o que formaba parte solamente del léxico de ciertas profesiones, ha estado apareciendo en la prensa y en discursos diversos, como si hubiera descubierto de repente los placeres de vivir al aire libre. La palabra es narcisista; la hemos visto aplicada a Donald Trump, por ejemplo, y, como narcissist es un sustantivo, ha venido acompañado de adjetivos para describir mejor al expresidente: maligno es uno de los más usados. No sé cuándo haya empezado esta palabra a hacerse presente en nuestra conversación de todos los días, pero hace poco me encontré —es la maldición de los que acumulamos revistas— un artículo de Vanity Fair publicado allá por los meses remotos de 2015, cuando el mundo era otro en parte porque Donald Trump no había sido elegido todavía. En él, un grupo de psicólogos y psiquiatras se atrevía a lanzar por primera vez su veredicto: estábamos ante un narcisista de libro de texto, un caso extremo en un oficio —el de los políticos― de casos extremos, y la idea de que un hombre semejante llegara a la presidencia tenía que ser motivo de preocupación.
Todo en el artículo era alarmante. Para George Simon, profesor de seminarios sobre comportamientos manipuladores, Trump era un narcisista tan perfecto que sus apariciones públicas eran inmejorables como ilustración de las características de este desorden; si no tuviera a Trump, decía Simon, se vería obligado a contratar actores y dibujar viñetas. Hablando del bullying, los constantes comportamientos de matón y la tendencia a la humillación del otro que Trump había convertido en estrategia cotidiana, el psicólogo clínico Ben Michaelis hacía un diagnóstico preciso. “El narcisismo es una defensa extrema contra los propios sentimientos de inutilidad”, decía. “Degradar a la gente es en realidad parte de un trastorno de personalidad”. Wendy Behary, que aparecía en el artículo como autora de un estudio titulado Desarmar al narcisista, hablaba de la relación que tienen los narcisistas con la verdad: “Los narcisistas no son necesariamente mentirosos, pero se sienten notoriamente incómodos con la verdad. La verdad significa la posibilidad de sentirse avergonzados”. La vergüenza que les causan sus carencias o sus fracasos es lo que los especialistas llaman la herida narcisista; en el caso de Trump, la herida es del tamaño de su ego.
El artículo de Vanity Fair, recuerdo bien, causó un revuelo predecible. Dar semejantes diagnósticos rompía con un precedente de la vida política estadounidense: la llamada “regla Goldwater”. En 1964, la revista Fact publicó una suerte de encuesta en la que los psiquiatras opinaban sobre la idoneidad psicológica del senador Barry Goldwater, candidato a la presidencia. El senador demandó a la revista y ganó, y desde entonces se instaló un tabú entre los profesionales de la salud mental, que dejaron de emitir diagnósticos sobre los políticos… hasta que apareció Trump, y la inquietud fue demasiada como para quedarse callados. Siete años después del artículo, todo el que haya estado medianamente despierto ha podido ver las consecuencias de poner a un narcisista en posiciones de poder, pues los hay varios y en varios países: donde hay un Trump hay un Putin. No hay nada nuevo en el hecho mismo, por supuesto: desde que Havelock Ellis lo identificó a finales de siglo XIX, el narcisismo como desorden mental nos ha permitido entender mejor a Hitler y a Stalin, y fantasear con la idea de todo lo que no habría ocurrido si alguien le hubiera dicho al uno que pintaba bien y al otro que no era mal escritor.
Pero el diagnóstico de narcisismo es algo serio, y el narcisista es una persona tóxica que hace daño a quienes lo rodean. Pues bien, en los últimos tiempos hemos recurrido al mismo término para describir un fenómeno muy distinto: la emergencia en las redes sociales de un nuevo egocentrismo que hoy nos parece síntoma de algo más. Hay un ensayo de Falso espejo, el libro de Jia Tolentino, que lo explica con elocuencia. Tratando allí de analizar el fenómeno por el cual nuestra actividad en internet suele limitarse a lo que está de acuerdo con nuestras opiniones y prejuicios, Tolentino llega a esta conclusión que me parece inapelable: el problema con las redes sociales tal como están concebidas es que sitúan la identidad personal en el centro del universo. “Es como si nos hubieran puesto en un mirador desde el cual se ve el mundo entero”, dice, “y nos hubieran dado unos prismáticos que hacen que todo se parezca a nuestro propio reflejo. A través de las redes sociales, muchas personas han llegado rápidamente a ver toda nueva información como una especie de comentario directo sobre quiénes son”.
Me gusta ese ensayo porque Tolentino, aparte de ser buena ensayista, es una milenial muy activa en redes, con lo cual habla o parece que hablara desde una autoridad que otros escépticos no tenemos. Pero cualquiera que tenga la mirada lúcida, o que pueda salir a mirar el mundo sin esos prismáticos que todo lo distorsionan, se ha dado cuenta recientemente de que detrás de muchos de nuestros enredos contemporáneos está la misma causa: la hipertrofia de las identidades, que responde también a su fragilidad o a su incertidumbre. En Corre a esconderte, una de las novelas más inteligentes que he leído en los últimos meses, Pankaj Mishra pone a un personaje (no muy simpático, dicho sea de paso) a hablar de estos tiempos en los que todo el mundo se ha convertido en una marca, y, por lo tanto, en promotor de sí mismo. “Nadie”, dice, “ni siquiera los más ricos y bellos y famosos, está seguro de quién es, y todos luchan por ser reconocidos en la economía de la atención de las redes sociales”.
Y esto es un problema. Son esas identidades demasiado frágiles e inciertas las que han desterrado de tantos lugares el debate serio, aunque a veces sea airado y aun hiriente, y han anulado la diversidad de puntos de vista cuando alguno parece escandaloso o simplemente heterodoxo, y han reemplazado el enfrentamiento y el conflicto, tan necesarios y saludables en una sociedad abierta, por la cancelación (otra de las palabras clave de nuestro tiempo) y el silenciamiento del contradictor: que deja de ser contradictor, por supuesto, para convertirse en amenaza y enemigo. Estos individuos exigen al mundo entero que los vea como quieren ser vistos, aunque para ello sea necesario que el mundo cambie su comportamiento, sus opiniones y su lenguaje; tienen una sensibilidad hipertrofiada, y se han convencido de que el mundo entero debe tener como máxima prioridad cuidar sus emociones y protegerlos de las ofensas. Las ofensas pueden ser imaginarias, es decir, sólo existir en la mente del ofendido; pero el ofendido seguirá exigiendo que se le respeten a toda costa, porque son suyas y para él son reales, y eso es lo único que importa.
Un día sabremos medir hasta qué punto estas distorsiones han afectado nuestra forma de dialogar, de negociar y, sobre todo, nuestra forma de votar. Pero si es necesario nombrar el mundo con precisión, habremos de convenir que una cosa son los narcisistas malignos tipo Donald Trump, cuyas patologías y carencias (como lo sabe todo el que haya leído a Shakespeare) tienen un efecto muy real en nuestras vidas políticas, y otra muy distinta el “narcisismo”, entre comillas muy grandes, como rasgo de carácter del mundo virtual. Sin duda los dos están comunicados por pasajes subterráneos. También esto habría que explorarlo alguna vez.
[ARCHIVO DEL BLOG] La democracia en Europa. [Publicada el 20/07/2017]
domingo, 22 de enero de 2023
De monopolios y democracias
JOSÉ ANTONIO y MIGUEL ÁNGEL HERCE
18 ENE 2023 - Revista de Libros
A pesar de lo que parece meridanamente claro, las sociedades ricas, especialmente cuando avanzan por sendas de prosperidad suficientemente compartida, tienden a perder la perspectiva que proporcionan los marcos en blanco y negro, sin matices, como el que da comienzo a nuestra reflexión de hoy.
Y, sin embargo, la realidad del poder, es decir la contradicción que le impide mantenerse intacto indefinidamente, sacude de vez en cuando los cimientos del orden establecido creando procesos que es difícil entender y, aún más, controlar y conducir. Y aunque no nos referimos a procesos políticos en exclusiva, la irrupción y desarrollo de nuevas –o renovadas– fuerzas y tensiones acaban por convertirlos en fenómenos políticos, querámoslo o no.
Etimológicamente, la palabra monopolio significa un único vendedor de un producto o servicio, de forma que controla el precio de mercado junto con la tecnología la innovación que el monopolista está dispuesto a utilizar para mantener su dominio y beneficios. Un pariente cercano del monopolio es el oligopolio, en que el único vendedor se convierte en un grupo reducido de vendedores que consiguen mantener un cierto grado de control sobre precios, tecnología e innovación.
La lucha contra los monopolios viene de antiguo en la mayoría de los países. Curiosamente es el monopolio del Estado el encargado de desarrollar políticas de regulación de monopolios y reforzamiento de la competencia en los mercados, por medio de agencias gubernamentales, leyes y recursos pare que dichas agencias sean efectivas y para que las leyes se cumplan. Si no hay recursos –presupuestos y personal competente– las agencias antimonopolio y las correspondientes leyes serán tigres pe papel y papel mojado.
Pero, con ser importante, leyes, recursos y talento con que dotar a las agencias antimonopolio gubernamentales, hay algo más que es necesario, si no vital en la creación y funcionamiento de esta parte tan importante del buen gobierno.
A ese algo más podríamos llamarle una filosofía del antimonopolio o una teoría de la defensa de la competencia. Y, en cualquier caso, parte de una filosofía o una teoría de la defensa práctica de la democracia.
Durante los últimos quince años, el 75% de las industrias en Estados Unidos aumentaron la concentración de mayores cuotas de mercado unas pocas empresas1. Con casi inverosímil regularidad, los números 4 y 90% se repiten al recitar las cifras relevantes hoy. Proporcionaremos unos brevísimos ejemplos, seguidos de uno más detallado por su interés.
En el sector de la fabricación de bombillas, cuatro empresas controlan el 90% del mercado.
En la industria de fabricación de neumáticos, cuatro empresas controlan el 90% del mercado.
Cuatro grandes empresas de electrodomésticos controlan el 90% del mercado.
La manufactura de papel para uso sanitario y domestico (toallas, servilletas, etc.) está dominada por cuatro empresas que controlan el 90% del mercado.
La industria del ganado vacuno en Estados Unidos abarca a cientos de miles de ranchos familiares de varios tamaños, los fabricantes de piensos, las grandes plantas de procesamiento y empacamiento, las cadenas de distribución y los supermercados que venden el producto a los consumidores. Es una industria que factura unos 67 mil millones de dólares al año. Los cambios que se han producido en esta industria en los últimos cuarenta años proporcionan un ejemplo canónico del impacto de los monopolios.
Hay ranchos de ganado vacuno en Estados Unidos que han estado en manos de la misma familia por más de 100 años. En ese tiempo, muchas de estas familias han visto desaparecer negocios en las calles principales de multitud de pueblos y pequeñas ciudades en el centro de los extensos ranchos. Hoy quedan apenas unos pocos negocios en estos pueblos y pequeñas ciudades, en muchos casos la oficina de correos local tan solo, siempre amenazada por los déficits estructurales de la agencia federal de correos estadounidense.
En el oeste americano, existen hoy medio millón menos de ranchos familiares, un 40%, de los que existían en los años 80 del pasado siglo. Esta es la consecuencia, en parte, de los cambios que han tenido lugar en casi cuarenta años en la industria de la carne bovina en Estados Unidos.
Para los consumidores, la impresión es que esta industria es bastante competitiva en el sentido de que hay muchos rancheros, mucha carne de vaca, y muchas tiendas en que venderla y comprarla.
Pero en realidad, esta imagen no tiene en cuenta las características del segmento de la industria que conecta rancheros con distribuidores y consumidores. Este segmento, constituido por las plantas encargadas de matar, procesar y empaquetar las reses que acaban en los supermercados, es una industria en sí misma que, como un puño que se cierra en el punto de contacto entre rancheros y consumidores, exprime a aquellos y controla a estos funcionando como un monopolio de hecho que está llevando a muchos rancheros, y a las pequeñas comunidades en que viven, a la ruina.
Hoy son grandes cuatro empresas (otra vez cuatro, Tyson Foods, Cargill, National Beef Packing Company y JBS, estas dos últimas de propiedad brasileña) las que controlan un 85% del procesamiento y empaquetado de la carne de vacuno. Los productores (ranchos familiares) reciben 37 centavos por dólar pagado por el consumidor por su producto, poco más de la mitad de los 62 centavos por dólar que recibían en 1977, cuando las cuatro mayores empresas controlaban tan solo un 25% del mercado.
Frente a este empobrecimiento de los ranchos familiares, los consumidores pagan precios cada vez más elevados que han permitido a las cuatro grandes empacadoras triplicar sus beneficios en los últimos dos años. A todo esto se une la presión de las grandes empacadoras para importar vacuno de otros países sin declarar el origen, en un intento claro de confundir al consumidor.
Los ejecutivos de estas poderosas empresas han declarado recientemente en el Congreso de Estados Unidos, insistiendo que los rancheros tienen la elección de no vender sus reses si el precio no es suficiente para cubrir costes. Pero esto no es cierto. Un ranchero no puede dejar de vender una res lista para el matadero por más de dos o tres semanas. Esto no es una elección.
El presidente Biden recientemente hizo declaraciones a favor de una reforma del sistema de oligopolio en esta industria, en un contexto más general, que es el de dotar a la agencia federal de lucha contra el monopolio –la Federal Trade Commission– de más recursos y personal. Además de estos planes, la presidenta de la comisión, Lina Khan, ha venido haciendo importantes declaraciones sobre algo a que el título de esta entrada, y nuestra inicial reflexión, alude directamente: Una nueva, o renovada, idea de la lucha contra los monopolios. Esta idea es que el poder absoluto corporativo se traduce en poder político. En especial, impide la aprobación de leyes o su cumplimiento cuando se aprueban, lo cual es una amenaza a la elaboración de políticas democráticas.
Hace exactamente un año, el 18 de enero de 2022, Microsoft anunció su intención de adquirir Activision Blizzard, creador de videojuegos tan populares como Candy Crush o Call of Duty por 69 mil millones de dólares, tres veces más de lo que Microsoft ha pagado por su adquisición más grande hasta la fecha2. Si la compra se aprueba, algo que podría decidirse a en la segunda mitad de este año, Microsoft se convertiría en la tercera empresa de videojuegos más grande del mundo.
A las pocas horas del anuncio de Microsoft, Lina Khan, la presidenta de la Federal Trade Commission, anunció en un rueda de prensa un programa de modernización de la agencia que preside, centrado en la creación de un nuevo marco legal para hacer frente a la reciente ola de adquisiciones en el sector de tecnología, y en otros sectores, en Estados Unidos. En palabras concisas de Lina Khan, «los monopolios no son solamente malos para los consumidores sino también para la democracia».
Para dar una idea del contexto en que surge el nuevo, o renovado, activismo regulador de la Federal Trade Commission, el sector de la tecnología es un buen ejemplo.
Las agencias reguladoras de la competencia, en Estados Unidos y en muchos otros países, carecen de recursos y personal especializado suficiente para realizar su importante misión. En parte debido a estas carencias, se concentran en casos de considerable tamaño e impacto potencial. Su teoría del daño causado por los monopolios se limita al perjuicio al consumidor, medido por mayores precios, y a la potencial reducción en la investigación e innovación.
Sin embargo, las adquisiciones que se vienen produciendo en el sector tecnológico plantean retos que van más allá de la teoría convencional de las agencias reguladoras de la competencia. Por ejemplo, Microsoft ha adquirido en el pasado pequeñas empresas sin atraer el interés o escrutinio del regulador. Ni siquiera el precio de la transacción era publicado. En el muy dinámico segmento de la Inteligencia Artificial, más de sesenta pequeñas startups, han sido adquiridas por las grandes empresas de tecnología en los últimos diez años. Las plantas, equipos y talento en estas pequeñas empresas son, a diferencia de los conglomerados de antaño, altamente fungibles, es decir, pueden pasar de una tarea a otra, de un producto a otro, con suma facilidad.
Este entorno crea un reto sin precedentes a las agencias reguladoras de la competencia en los países avanzados y punteros en la investigación. Si antes de la disrupción tecnológica de los últimos treinta años, dichas agencias reguladoras cumplían su misión a trancas y barrancas, las carencias hoy se hacen mucho más evidentes y la necesidad de puesta al día, tanto en recursos como en ideas, se hace hoy perentoria.
Facebook adquirió Instagram en 2012 por mil millones de dólares y WhatsApp por 16 mil millones en 2014. En ambos casos, el precio de compra fue un récord en su momento. Y como en muchas otras de tales adquisiciones, la explicación del comprador fue que la experiencia del consumidor mejoraría. En el caso de la adquisición de Activision Blizzard, Microsoft también ha manifestado su convicción de que el consumidor será capaz de acceder a videojuegos desde cualquier plataforma, ya sea una consola, un smartphone, un laptop o una tableta. En todos los casos, los compradores declaran que los respectivos mercados todavía exhiben «fricciones» considerables y que con sus recursos y tecnología, las grandes empresas serán capaces de reducirlas y eliminarlas en beneficio de los consumidores.
Pero ¿y si no es así? ¿Y si el resultado es que las fricciones siguen y el control de la experiencia del consumidor pasa a las grandes empresas? Realmente, no sabemos cual será el resultado de la concentración de cada vez mayor poder de mercado en unas pocas empresas, especialmente en el sector tecnológico. Y las agencias reguladoras de la competencia tampoco lo saben. Pero las nuevas ideas que se vienen desarrollando en la Federal Trade Commission estadounidense se basan en la posibilidad de que, contrariamente a la «visión» de los monopolios tecnológicos convencionales (también llamados «monopolios naturales»), que pone la escala como algo deseable en sí mismo, muchas de estas startups engullidas por sus mayores podrían haber seguido una senda independiente, exitosa e innovadora al mismo tiempo.
Este es un dilema para las agencias reguladoras. Por una parte, van a necesitar más recursos y más talento para entender qué está pasando en el sector tecnológico, por dónde va la actividad comercial, en dónde se está produciendo innovación, de qué forma bloquear o no una adquisición genera más competencia e imaginación. Por la otra, si las agencias reguladoras ignoran las aparentemente inocentes adquisiciones de las grandes empresas tecnológicas, ¿de dónde surgirá el próximo Microsoft, Apple o Google? ¿Y cómo se manifestarán la autonomía y «experiencia» de los consumidores en el terreno social y político?
[ARCHIVO DEL BLOG] Una asamblea constituyente para Europa. [Publicada el 16/08/2012]
sábado, 21 de enero de 2023
De lo obvio
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del periodista José Luis Sastre, va de lo obvio. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
En defensa de la obviedad
JOSÉ LUIS SASTRE
18 ENE 2023 - El País
Matteo Messina Denaro, al que la policía buscó por más de 30 de años, vivía una vida normal en un apartamento normal, a poca distancia de su familia en Sicilia. Bajaba al bar y a la pizzería igual que los demás sin que nadie reparase en que él era el capo de la Cosa Nostra, el hombre más buscado de Italia. Su decisión fue esconderse a la vista de todo el mundo, y funcionó. Porque a veces lo más difícil es caer en lo más evidente: pasa con los hijos y con las infidelidades y pasa en la vida en general siguiendo la premisa de George Orwell: “Ver lo que está delante de nuestros ojos requiere un esfuerzo constante”.
Quizá sea eso lo que necesitemos, en medio de tantas complicaciones: defender lo obvio, y reivindicarlo. Más cuando abundan los estrategas que a todo le quieren dar un relato. Basta con ver los análisis que han empezado a preguntarse a qué responderá este movimiento de Vox en Castilla y León de anunciar un protocolo para presionar a las mujeres que quieran abortar y decidir sobre sí mismas. Se podrá especular sobre las razones y los momentos y hasta a qué partido le conviene, pero no parece que haya mayores vueltas: la ultraderecha hace cosas de ultraderecha. Protocolos como ese ya los patrocina Viktor Orbán en Hungría, y nadie diría de Orbán que tenga interés en beneficiar al PSOE.
Lo obvio hay que mentarlo más, porque se cita poco. Se cita poco que la política es a menudo improvisación, y no estrategia. Que no se discute con quien discute el cambio climático, porque no se puede y no tiene sentido. Que las enfermedades no son luchas, sino procesos cuya cura precisa de sanitarios e investigadores y dinero con el que pagarles. Que el estado de ánimo de una persona no tiene que ver con que esté triste o alegre, sino con las condiciones en las que viva y trabaje. Que los indicadores económicos no miden a una sociedad.
Se cita poco lo obvio y se explica menos aún, en cualquier campo: noté el chasco entre un grupo de estudiantes la tarde en que, en una charla sobre el periodismo, les hablé de la importancia de lo evidente, que todos sabían por supuesto: que no escribieran nunca una frase que ellos mismos no entendieran, que no dieran nada por supuesto, que escribieran sin alargar con artificios las palabras, que pensaran siempre en el oyente o el lector. Percibí la decepción y, sin embargo, me quedé corto. Hoy alargaría la lista y pediría ayuda. Porque eso nos falta: atender a lo evidente. Clamarlo a los gritos, ahora que nos resulta más difícil oír la voz de un sabio que la de un charlatán.



























































