miércoles, 18 de enero de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Miedo a la libertad. [Publicada el 01/06/2009]










En 1973 la escritora norteamericana Erica Jong escribió una novela que es ya un clásico de la literatura erótica feminista. Se titulaba "Miedo a volar" (Plaza & Janés, Barcelona, 1992). Y es evidente que no se refería con ese título a lo denominado por los psicólogos como aerofobia, sino que constituía una metáfora sobre el miedo de muchas mujeres a vivir en libertad, sin dependencia psicológica, emocional, física o material del hombre-macho. Pero no voy a hablar de ese miedo ancestral, sino de libertades generales, colectivas, de todos, que nos afectan individualmente. ¿Le tenemos miedo los españoles a la libertad? A pesar de las aparentes pruebas históricas en contrario, yo diría que sí. Y me atrevería a más, no sólo le tenemos miedo: le tenemos pavor. El "¡Vivan las caenas!" de nuestros absolutistas de principios del siglo XIX sigue omnipresente en nuestra vida cotidiana. Y eso en la patria del anarco-sindicalismo ácrata. O quizá precisamente por eso: porque a los españoles se nos cae la boca reclamando a voz en grito "nuestro derecho a" o el "yo tengo derecho de"... El individualismo tiene carácter hispano. Pero el reconocimiento de ese mismo derecho a "los otros", es ya otro cantar. Todo esto viene a cuento de la polémica suscitada por el proyecto de ley enviado por el gobierno a las Cortes sobre la modificación de la Ley del Aborto, en línea con los países de nuestro entorno. Que se oponga la jerarquía católica, me parece normal e inobjetable, siempre que no pretenda imponer su opción al resto de los ciudadanos que ni son ni se sienten católicos, o que simplemente mantienen una posición contraria a la de la jerarquía en ese asunto. Que las secunde el cabeza de lista del partido popular español al Parlamento europeo, me parece reaccionario, pero es lo que hay. La oposición del partido popular al proyecto de ley, se centra mucho más en el derecho que se reconoce a las españolas mayores de 16 años, pero menores de edad legal, a abortar sin consentimiento paterno, que en el asunto específico de los plazos. Y según las encuestas, la mayoría de los españoles tampoco están por la labor de reconocer a las jóvenes mujeres españolas ese derecho. Precisamente hoy leo en el blog del cronista parlamentario Fernando Garea, "El Patio del Congreso", el último de sus comentarios, titulado "Bibiana Aído y el Tribunal Supremo británico", que hace referencia a un caso muy similar al del controvertido supuesto impugnado por el partido popular, y resuelto por el Tribunal Supremo en favor del derecho de las jóvenes británicas para abortar sin permiso ni conocimiento paterno. Respecto a las también polémicas declaraciones de monseñor Cañizares de hace unos días, afirmando que el reconocimiento del derecho al aborto es mucho más condenable y execrable que los cientos de casos de corrupción de menores por parte de religiosos, sacerdotes y jerarcas de la iglesia católica que salen a cada día a la luz pública en todo el mundo, no acabo de entender las razones del asombro. Por simple cuestión fisiológica, los sacerdotes, religiosos y jerarcas de la iglesia católica no pueden abortar, así que no es su problema, y por eso hablan de él desde la altura, presunta, de su posición ética. El abuso y corrupción de menores, la sodomización de niños y jóvenes seminaristas por parte de sus miembros, y el silencio y amparo de los culpables por parte de la cúpula eclesial, sí que lo es, así que, mejor no menearlo, dice monseñor. Yo lo llamaría cinismo e hipocresía, pero en fin, allá ellos. 
Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt











martes, 17 de enero de 2023

De la función de la escritura en China

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la filóloga Lola Pons, va sobre la función de la escritura en China. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








China contra la escritura
LOLA PONS RODRÍGUEZ
13 ENE 2023 - El País

Entre las paradojas evidentes que genera cualquier régimen dictatorial, está la que China nos ha ofrecido en los últimos meses: el símbolo de la protesta de una sociedad con una escritura milenaria ha sido justamente no usarla. La protesta de los chinos hacia las medidas anticovid de su Gobierno ha consistido en salir a la calle con un folio en blanco entre las manos.
Que una protesta en China se haga no escribiendo es un curioso levantamiento. Desde el siglo XX y, sobre todo, desde la etapa comunista, el país asiático emprendió de forma deliberada un proceso de planificación lingüística. En una nación extensísima que habla al menos ocho lenguas ininteligibles oralmente entre sí y con decenas de variedades internas, el régimen comunista trató de hacer su revolución lingüística interviniendo sobre los dominios de uso de la lengua en la vida social, el tipo de escritura y la variedad lingüística utilizada. El proceso no es muy distinto al que se ha vivido en otros Estados de otros signos políticos: se escoge una variedad como base de la lengua oficial (para el caso de China, el mandarín, que es la lengua que se habla en la capital) y se promueve su uso en la Administración y en la educación escolar.
Lo que sí resultaba singular en el caso de China era la cuestión de la escritura. Los caracteres chinos inventariados alcanzan la cifra de 50.000. Cada uno de esos caracteres equivale a una sílaba dentro de una lengua que suele tener palabras de dos o más sílabas. Al menos 3.000 de ellos aparecen en el uso común y son necesarios para estar alfabetizado. Son muchos. Con distinta pronunciación según provincias y regiones, los caracteres son compartidos en el uso escrito por las distintas lenguas chinas, lo que supone un factor de unidad por encima de la diversidad lingüística interna. Una de las reformas lingüísticas emprendidas en la República Popular China fue la simplificación de los caracteres reduciendo el número de trazos en cada signo: mientras que la China continental promovía el uso de estos caracteres simplificados, regiones administrativas especiales como la de Hong Kong, bajo dependencia británica, continuaron con el uso de la escritura tradicional. La escisión política se hacía escisión gráfica.
Más éxito unificador logró, en cambio, el sistema que la República Popular China apoyó para la escritura de los sonidos chinos con nuestro alfabeto, el latino, a través de un sistema llamado pinyin. El pinyin, introducido oficialmente en las escuelas de la República Popular China, era más fácil que los sistemas de romanización usados hasta el siglo XX. Este sistema pinyin se ideó para que aumentase el grado de alfabetización de la población y también ayudó a consolidar escolarmente el mandarín como lengua escrita. Pero el pinyin traía otras ventajas: su adopción permitía que el chino se aprendiera más fácilmente entre los extranjeros, que no tendrían que estudiar un nuevo sistema de escritura, sino solo una nueva lengua. El pinyin, además, cambió los sonidos de algunos nombres de lugar o persona que no se pueden traducir y que en Occidente pronunciamos, con alguna adecuación, en chino: que Pekín empezara a ser llamada Beijing, con una adaptación más ajustada al sonido original es una consecuencia del pinyin.

En ese proceso cabe destacar el nombre de Zhou Youguang, creador del pinyin, cuya larga vida (murió con 111 años: este viernes es el aniversario de su nacimiento en 1906 y este sábado se cumplen seis años de su muerte) se esmera en ser un espejo de la historia de China. Zhou trabajaba en Nueva York y volvió a China en 1949 al llamado comunista; lideró el proceso de gestación del pinyin, escribió numerosas obras pero eso no lo libró de sufrir dos años de purga en campos de arroz. Zhou envejeció como muchos de esos abuelos que admiramos porque dicen con desfachatez lo que se les viene en gana: al universalizador del chino la edad le fue achicando el esparadrapo en la boca. Cada vez más libre, declaraba públicamente contra la represión y, él mismo, viudo y superviviente de sus dos hijos, decía que le daba igual que se lo llevaran preso. El hombre que comunicó por escrito a China con el resto del mundo, envejeció sin miedo de hablar contra su país. Hasta ahí no llegó la intervención lingüística oficial.
La escritura es aquí la radiografía de lo implanificable de las decisiones de un régimen sin libertades plenas. Inventado un sistema de comunicación, no se puede controlar su uso: el pinyin ayudó al acceso del chino a los teclados de teléfonos y ordenadores, clave en estos últimos años para escapar de la censura gubernamental china.
La esforzada planificación lingüística del régimen comunista no ha podido evitar dos imágenes distintas de protestas basadas en el silencio: la reciente del folio en blanco y la ya histórica del hombre parado en 1989 ante la columna de tanques de Tiananmen con sus dos bolsas del supermercado. No ha hecho falta usar el pinyin para que la queja china nos llegue a Occidente. Qué elocuente puede ser no hablar.

















 





[ARCHIVO DEL BLOG] Bloqueado [Publicada el 12/1/2009]









Llevo nueve días bloqueado, nocaut, fuera de combate... Me siento ante la pantalla del ordenador y no puedo escribir ni una sola línea coherente... ¿Por qué?, no lo sé... No entiendo como una buena parte de la izquierda europea se lanza a la calle, legítimamente, quizá con justicia, pero con bastante hipocresía, para condenar las acciones de Israel en Gaza, olvidándose de la responsabilidad de Hamas en esa acción; una organización terrorista que tiene secuestrada, literalmente, a un millón y medio de personas en ese territorio palestino. No entiendo que no pare de hablarse de la crisis financiera y económica que aqueja a medio mundo -que no pongo en duda, ¡faltaría más!, pero que también tiene mucho de virtual y prefabricada- pero todos los comercios, restaurantes, zonas de ocio, y supermercados están llenos a rebosar de gentes que consumimos lo que no necesitamos a manos llenas. No entiendo porqué los nacionalistas canarios, gallegos, vascos, catalanes, navarros, murcianos, madrileños, etc., etc., etc., niegan la existencia de la "nación española" y proclaman la "suya" respectiva como pre-existente desde el inicio de los tiempos. No entiendo como se puede producir un caos en el aeropuerto de Madrid-Barajas como el de hace unos días, y que no hayan caído aún una docena de cabezas: desde la de la ministra del ramo, a la de los responsables del SEPLA (¡hay que tener poca vergüenza para llamarle a "eso" un sindicato!) de los controladores aéreos y de la compañía Iberia. No entiendo nada, lo juro. Y eso me tiene absolutamente bloqueado. Aunque espero salir pronto de la situación; quizá a partir del 21 de enero próximo, con suerte... Y es que yo creo más en la genética y el genio individual que en la genética y el genio de los pueblos...
El domingo pasado hablaba con una sobrina y su marido, ambos investigadores y catedráticos en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria sobre el proceso de convergencia de Bolonia y las enormes dificultades que está encontrando para su implantación. Los tres coincidíamos en una cuestión fundamental, que sabemos va contracorriente y es políticamente incorrecta: la universidad no puede ser una fábrica de títulos, la universidad debe ser una institución elitista por principio a la que se va a "aprender por aprender", no para ganarse la vida; al menos, no como fin último.
Y esta misma mañana leía en el número de Revista de Libros de este mes de enero, un interesante artículo titulado "Panfletos antidemagógicos", escrito por Jesús Hernández, profesor titular de matemáticas en la Universidad Autónoma de Madrid, comentando sendos libros de Ricardo Moreno ("Panfleto antipedagógico", Lector, Barcelona, 2008) y de Xavier Pericay ("Progresa adecuadamente. Educación y lengua en la Cataluña del siglo XXI", Tentadero, Barcelona, 2008).  
El artículo se abre con una cita del también profesor y matemático Ventura Reyes y Prósper (1863-1922), que dice así: "Enseñar al que no sabe, es obra de caridad. Enseñar al que no quiere, es una barbaridad". Y en el que se dicen cosas como estas: "La secta pedagógica se está infiltrando en la universidad, y así como ha destrozado la enseñanza media va a destrozar también la superior". O esta otra: "Los alumnos (universitarios) casi consideran un derecho que la última asignatura se les tenga que aprobar por que sí". O esta, tremenda: "La universidad empieza a semejarse ya a un parvulario. La enseñanza actual, así la inferior como la superior, no posee otro objetivo que el de entretener a los usuarios de las aulas". Y para terminar, añade, "se dan detalles, citando documentos, de la reunión organizada en 1995 en un hotel de San Francisco por la Fundación Gorbachov, donde se habría planificado lo que podemos llamar, abreviando, el entontecimiento global".
Asumo personalmente con todas sus consecuencias la cita de Ventura Reyes que abre el artículo y que me ha traído el recuerdo de algo dicho por Hannah Arendt (1906-1975), también citada en el artículo que comento, sobre la diferencia entre "educar" y "enseñar". Está extraída de su artículo "La crisis de la educación", incluido en su libro "Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política" (Península, Barcelona, 2003).
Dice Hannah Arendt: "No existe una regla general que fije la posición de la línea divisoria entre la niñez y la edad adulta; esa posición cambia a menudo, según la edad, de un país a otro, de una civilización a otra e incluso de una persona a otra, pero la educación, diferenciada del aprendizaje, ha de tener un fin predecible. En nuestra civilización, ese fin quizá coincide con la licenciatura universitaria más que con la graduación en el instituto, porque la formación profesional que dan las universidades o las escuelas técnicas, aunque relacionada con la educación, es en sí misma un tipo de especialización, en la que no se busca introducir al joven en el mundo como un todo, sino en un segmento limitado, específico, de él. No se puede educar sin enseñar al mismo tiempo; una educación sin aprendizaje es vacía y por tanto con gran facilidad degenera en una retórica moral-emotiva. Pero es muy fácil enseñar sin educar, y cualquiera puede aprender cosas hasta el fin de sus días sin que por eso se convierta en una persona educada".
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











lunes, 16 de enero de 2023

De la renuncia a pensar

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Amanda Mauru, va sobre la renuncia a pensar. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.











Žižek y los peligros de no pensar
AMANDA MAURI
12 ENE 2023 - El País

El filósofo Slavoj Žižek firmaba días atrás en este diario una reflexión sobre la “decadencia de la ética”. Aunque este era el punto de partida, el argumento se encarrilaba por cauces insospechados —del Kremlin a Irán, de Netanyahu al Estado Islámico—, hasta desembocar en un alegato contra la “izquierda woke” con más aires de berrinche que de propuesta crítica. No sabemos con certeza a qué o a quiénes se refiere Žižek cuando habla de ese “nuevo orden woke”; él se limita a plantar el término y a esperar a que germine en la interpretación del lector. Pero a juzgar por el motivo que subyace a la queja del pensador —a saber: “Ahora, todas las orientaciones sexuales e identidades de género son aceptables a menos que usted sea un hombre blanco cuya identidad de género coincide con su sexo biológico al nacer”—, no es muy difícil entrever tras lo woke a mujeres, personas racializadas e identidades queer. Que evite ser claro al respecto, a pesar de su patente indignación, es significativo.
Žižek pasa lista a varios ejemplos de “cancelación” —o lo que es lo mismo, o así lo parece en el texto, de discriminación y exclusión del vejado Homo albus—. Después de verle enredarse en una peregrina comparativa entre los derechos de las “minorías sexuales” y las prácticas de regímenes totalitarios, es inevitable mirar al autor con cierta perplejidad.
Sin embargo, hay una idea en la reflexión de Žižek que merece ser rescatada del embrollo. El pensador abre con ella el artículo, aunque se limita a mencionarla sin profundizar. Así dice: “El avance ético produce una forma benéfica de dogmatismo”. Y sigue: “Una sociedad normal y sana no discute sobre la aceptabilidad de la violación y la tortura, porque la gente, de forma ‘dogmática’, acepta que son inadmisibles”. Lo contrario, afirma, es señal de decadencia ética.
Pero ¿lo es? ¿Es cierto que siempre y en todos los casos el cuestionamiento o el debate sobre los ideales establecidos, y aceptados como “benéficos”, conduce a la debilitación del compromiso ético? ¿Qué se entiende como “benéfico” y qué se entiende como “ética”?
Si algo hemos aprendido de los legados filosóficos de la segunda mitad del siglo XX, Hannah Arendt en cabeza, es que plantear preguntas incómodas y debates poco pertinentes para las apacibles pretensiones del small talk es una tarea fundamental en cualquier sociedad que se quiera crítica, plural y libre. Fue precisamente la renuncia al pensamiento, la irreflexión, lo que Arendt señaló como potencial precursor de la maldad. Las peores atrocidades pueden cometerse de forma sistemática y colectiva bajo unas coordenadas concretas: avivar la paranoia; señalar al chivo expiatorio; deshumanizar la otredad; racionalizar el fanatismo; higienizar el odio; burocratizar la violencia. La banalización del mal es una cadena de producción.
Es crucial establecer ideales en torno de la igualdad y el respeto, pero el afán de enraizar una definición inamovible, inalterable e incuestionable de los principios éticos corre el riesgo de lograr todo lo contrario a lo que estos proponen. Por supuesto que la violación o la tortura son inadmisibles, pero debemos saber por qué lo son, debemos ser conscientes de la necesidad de repudiarlas. La violación y la tortura no son fines absolutos, sino síntomas de unas estructuras de dominación sexual y política: es ahí donde hay que apuntar. Si se trata solamente de adiestrar a ciudadanos de manera irreflexiva, ¿cómo garantizar que estos no acaben sometiéndose con igual grado de sumisión a cualquier otro adiestramiento, aun de propósito contrario?
La condena de la reflexión y de la duda siempre es contraproducente en un escenario democrático, tanto como peligrosa es la celebración del dogma. La bondad por imposición, o por falta de reflexión, es un arma de doble filo: quien hace el “bien” por falta de alternativas y no por propia elección y convencimiento carece de capacidad crítica, es un ser manipulable y susceptible de hacer el “mal” con la misma pasividad. Esa sociedad “normal y sana” que Žižek invoca no depende de predicamentos absolutos sino de pensamiento crítico.
El miedo a perder propiedad y movilidad social puede suscitar recelo al debate, incluso cierto antintelectualismo. Y aunque podríamos estar hablando del miedo de las “minorías” a perder dignidad y libertad, lo cierto es que “la violencia y la intolerancia”, a las que Žižek hace referencia, se esgrimen de forma brutal y sistemática por parte de las “mayorías”, del statu quo, de quien ostenta el poder, lo acumula y teme perderlo, de quien ve el cuestionamiento de las jerarquías impuestas y de la desigualdad de privilegios como un ataque personal, de quien confunde la crítica con la cancelación.
Una propuesta ética empieza, o debería empezar, por el reconocimiento radical del otro, de la otredad; la negociación constante de las fronteras entre ambos; el debate crítico y la infinita posibilidad de respuesta. Sólo así evitamos el discurso totalitario.


















[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Hay algo bajo el tupé de Trump? [Publicada el 25/03/2017]











A la vista de sus más recientes decisiones lo que yo me pregunto (implícitamente, para no ofender en exceso) es si el presidente Trump tiene cerebro, y si lo tiene, si le sirve para algo más que para mover el tupé que recala sobre él. El expresidente del gobierno español entre 1982 y 1996, Felipe González, afirmaba hace unos días con moderación contenida en un artículo en El País que el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos, aventurando que sus políticas proteccionistas y el rechazo a la globalización llevarán a su país a la decadencia como “primera potencia”. 
La política como gobierno del espacio público que compartimos está atrapada entre la arrogancia tecnocrática y la osadía de la ignorancia, dice González. Entre los “brillantes” posgraduados que creen que la complejidad de los problemas sociales se resuelve con algoritmos infalibles de laboratorio; y los necios, los que no saben, pero no saben que no saben y ofrecen respuestas arbitristas que simplifican y distorsionan la realidad.
Ni unos ni otros dudan cuando incursionan en el espacio público, como portadores de la “verdad” o de la “posverdad”, sigue diciendo. Y aunque mi reflexión hoy está dedicada a los segundos, no deja de preocuparme la arrogancia distante de estos supuestos sabios que nunca explican sus errores, porque para ellos es la realidad la que falla.
El necio puro (ne scio) es bastante inofensivo, incluso positivo cuando sabe que no sabe y busca apoyo para cubrir su ignorancia, añade más adelante. El necio peligroso es el que tiene poder sobre los demás y, como no reconoce su ignorancia, menosprecia la opinión de los otros. Trata de imponer su “posverdad” simplificadora, se busca enemigos como responsables de la realidad que se inventa, aunque aproveche algunos elementos de la verdad y los miedos que esta genera siempre.
Los muros más peligrosos de Trump están ya construidos y petrificados en su cabeza, comenta. Son los que más deberían preocupar en Estados Unidos, en México o Latinoamérica, en la Unión Europea y en el resto del mundo, porque este personaje está al frente de la “todavía” primera potencia del globo. En su mente nunca hubo un proyecto para gobernar la diversidad que hace fuerte a su país. Nada parecido a un programa de gobierno en su campaña y, menos aún, en su discurso de investidura. Porque este señor solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos.
Si cualquier mandatario del mundo hubiera descrito la “realidad” americana como lo hizo Trump en su discurso de toma de posesión, lo habríamos descalificado como sectario y fanático cargado de odio hacia Estados Unidos, señala. Merece la pena analizar esa “oratoria” digna de un autócrata que se siente por encima de las instituciones, que desprecia a su propio pueblo, que busca enemigos y culpables en los que no son como él, sean inmigrantes, mujeres o minorías de cualquier tipo. En esa pieza inaugural se comprenden qué tipo de muros anidan en su cabeza y orientan sus abundantes decretos presidenciales o sus constantes tuits.
Habría que esperar que una parte de los “apaciguadores” que afirmaban (todavía quedan muchos) que no haría lo que proponía en su campaña o en sus muchas medidas de estas semanas de ejercicio efectivo de la presidencia estuvieran ya apercibidos de lo que se propone, dice González. Porque demuestra una audaz ignorancia de la realidad interna y externa sobre la que trata de proyectar su poder.
También es lógico esperar que sus imitadores se crezcan y multipliquen complicando la gobernanza de la democracia representativa, la única que ampara nuestras libertades, en los espacios del mundo en que existe, señala. Y poco importa que se presenten bajo el paraguas, más supuesto que real, de ideologías de izquierdas o de derechas. Lo que los une, o los junta en “manada”, es su posición etimológicamente reaccionaria ante el vértigo de los cambios inducidos por la revolución tecnológica y su aprovechamiento fraudulento de miedos comprensibles en conjuntos sociales sensibles.
Porque estamos viviendo una transformación a nivel global que, como lo fuera la Revolución Industrial, no es reversible, que genera una interdependencia creciente, que cuestiona al Estado nación como ámbito de realización de la soberanía, de la democracia o de la identidad, afirma. La diferencia con la Revolución Industrial es la vertiginosa velocidad de la implantación de la actual.
Los reaccionarios aprovechan el miedo al cambio, cierran fronteras, rechazan al otro, al que es diferente, se atrincheran en el nacionalismo sin memoria de la destrucción que provocó en el siglo XX, continúa diciendo. Vuelven al proteccionismo y las guerras comerciales. Una revuelta contra la revolución tecnológica que utiliza los medios de esta para negarla y enfrentar a la defensiva sus consecuencias.
Pero hay algo detrás del triunfo electoral de personajes como Trump que revela la necesidad de introducir elementos de gobernanza en la globalización, para hacerla más previsible y, sobre todo, para hacerla más justa en la redistribución, para replantearse el modo y tiempo de trabajo disponibles, señala poco después. La función de la política progresista no es rechazar o negar el cambio tecnológico, ni instrumentalizar los miedos que genera para replegar a nuestras sociedades en busca de “utopías regresivas”, sino prepararnos para enfrentar ese cambio aprovechando lo que ofrece de bueno y minimizando los riesgos que comporta para no dejar a nadie en la cuneta.
La primera sociedad que va a pagar el precio de los muros mentales de Trump es la americana, afirma. La buena noticia es que esta sociedad está reaccionando inmediatamente, movilizándose para combatir desde dentro las pulsiones reaccionarias y discriminatorias instaladas desde el 20 de enero en la Casa Blanca. Son conscientes de que estas políticas niegan la diversidad de la propia sociedad americana, la que le da complejidad pero también fortaleza. Son conscientes de que EE UU es una sociedad de minorías entrelazadas en las que la imposición de una de ellas sobre otras los lleva a una nueva “caza de brujas”, al aumento de los delitos de odio contra el que ven como diferente y, por eso, culpables. Son conscientes de que están en peligro derechos civiles dolorosamente conseguidos. Una sociedad construida por y desde la inmigración que no puede satanizarla.
Tal vez no sepan, todavía, los efectos económicos y sociales de estas políticas aislacionistas y amenazantes, señala. En la mente amurallada de Trump no entra la comprensión de lo que es una empresa global y Estados Unidos tiene las principales empresas globales del mundo. Son empresas que producen en el mundo, buscando economizar costes y buscando talento allá donde lo encuentran. Son empresas que venden en el mundo y prefieren un comercio abierto. Claro que la obligación de la política es limitar los abusos con marcos regulatorios razonables, pero no cerrar las fronteras y provocar guerras comerciales.
Como no es posible ser una potencia global sin empresas globales, en la era Trump Estados Unidos iniciará su decadencia como “primera potencia”, afirma rotundo. No puede esperar que sus empresas produzcan en EE UU, que los americanos consuman lo que allí se produce y que los demás países sigan consumiendo lo que venden sus empresas globales.
¿Cómo va a combinar política de aranceles altos y desplazamientos de producción mucho más costosos a Estados Unidos sin encarecer los precios para el consumidor americano y empobrecerlo en la práctica? ¿Cómo bajará los impuestos y aumentará el gasto (infraestructuras y defensa) sin desequilibrar las cuentas públicas?, se pregunta. Seguramente pensará que él mismo puede servir de ejemplo evadiendo impuestos. Claro que eliminará gastos sociales (en salud y en otros rubros), rompiendo todos los resortes de la cohesión social.
La democracia no garantiza el buen gobierno, concluye diciendo, pero nos permite cambiar al que lo hace mal. Por eso, a la larga, es siempre mejor. ¡Mantengamos la esperanza! 
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











domingo, 15 de enero de 2023

De la empatía

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Nuria Labari, va sobre la empatía. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








La empatía dijo Kate Winslet
NURIA LABARI
11 ENE 2023 - El País

Contemplar un instante de empatía profunda en los medios de comunicación o en las redes sociales es un ejercicio tan difícil como perseguir auroras boreales en el Polo Norte. Estamos casi seguros de que existen, pero sabemos que no es fácil encontrarlas. Por eso es tan hermoso cuando, de repente, aparecen. Y eso es exactamente lo que nos ha regalado Kate Winslet: un instante de “empatía absoluta” que se ha convertido en milagro y trending topic.
Sucedió durante la promo de Avatar 2. Winslet estaba en Alemania cuando se le acercó Martha, una niña reportera con la misión de entrevistarla para un programa infantil de la emisora DZB. “Es mi primera vez”, se escucha a la chiquilla aterrada mientras un móvil graba la respuesta de Winslet en primer plano. “¿Es tu primera entrevista?”, pregunta la actriz. “¿Sabes qué? Cuando hagamos esta entrevista, nos va a salir la mejor de la historia”, continúa mirando tiernamente a su interlocutora. “¿Y sabes por qué? Porque lo hemos decidido así. Tú y yo hemos decidido que va a ser una entrevista fantástica”. Y entonces lo sentimos, una dulzura inesperada en la punta de la lengua. Es la empatía, que se deshace como el algodón de azúcar de una feria.
Empathia, en griego antiguo, vendría a significar algo así como estar en el pathos del otro, es decir, estar en lo que le desborda, en lo inmanejable. Significa reconocer el vértigo de la niña y compartirlo. La empatía vale tanto para la alegría como para el dolor, pero es obligatorio educarla. Me refiero a que este reconocimiento del otro no es automático, al contrario, exige un aprendizaje que casi siempre se produce porque alguien ha hecho lo mismo con nosotros antes. Si no, la empatía se convierte en un sentimiento desconocido e incluso es fácil que aparezca su reverso: la necesidad de hacer daño.
Es verdad que es más fácil la empatía con el débil que con el fuerte. No es extraño que Winslet despliegue la suya con una niña, pues la infancia es uno de los últimos bastiones del sentimiento. Esto es así por dos razones. La primera es que el débil siempre podemos ser nosotros y la segunda, que al fuerte nos sentimos sometidos y no le concedemos nada. Pero ¿quién es tan poderoso que no merezca nuestra empatía? ¿Quién tan adulto? ¿Quién tan amado? Desgraciadamente, la empatía está en vías de extinción en nuestra sociedad. Por eso queremos ver el vídeo de Winslet en bucle y sentir que sus palabras nos acarician. “¿Es tu primera vez en la Agencia Tributaria?”, “¿es la primera vez que te rompen el corazón?”, “¿es tu primer empleo?”, escuchamos decir a Kate Winslet. E inmediatamente nos preguntamos por qué no encontramos ninguna empatía en el trabajo, en la Administración y, si me apuran, ni en el amor… Porque resulta que cuando nos sentimos frágiles —es decir, todo el tiempo— no somos capaces de habitar el desbordamiento ajeno y solo queremos ser mirados y reconocidos. Y así sucede que todo el mundo mendiga la empatía ajena mientras nadie parece capaz de desplegar la propia.
El problema es que este sentimiento no se basa en el interés ni en la utilidad de las relaciones sino en el sacrificio, en la exigencia que la vida de los otros impone a la nuestra. Y, en este sentido, resulta incompatible con la sociedad contemporánea, por eso ya casi nunca la vemos. Salvo algunas veces, como cuando Kate Winslet nos recuerda que las auroras boreales siguen existiendo en el más frío invierno.



















[ARCHIVO DEL BLOG] Cuando el Estado es quien asesina. [Publicada el 29/01/2018]










El pasado viernes, día 27 de enero, la Organización de las Naciones Unidas celebraba el Día Internacional en Conmemoración de las Víctimas del Holocausto y el escritor y periodista Fernando Palmero, doctor por la Universidad Complutense y coautor de Guía didáctica de la Shoá (CAM, 2013) y Para entender el Holocausto (Confluencias, 2017), escribía al respecto en el diario El Mundo.
Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, comienza diciendo Palmero, pero no como consecuencia de sus numerosos estallidos bélicos. Porque el Holocausto no fue sólo una matanza masiva de personas. Abundan los ejemplos de destrucción de población civil durante esos años, desde las provocadas por los bombardeos del Reich sobre Londres, o los de los aliados sobre Colonia, Hamburgo y Dresde (que dejaron las ciudades reducidas a cenizas), hasta las prácticas genocidas del Japón imperial en China y el Pacífico Sur o la masacre de oficiales del Ejército polaco a manos del NKVD soviético. Por supuesto, el criminal acto que supuso el lanzamiento por la aviación estadounidense de dos bombas atómicas sobre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki. 
Lo específico del Holocausto, sin embargo, aquello por lo cual puede y debe ser estudiado como un hecho histórico diferenciado de la lógica del conflicto de potencias que se da entre septiembre de 1939 y agosto de 1945, es que se trata de una práctica asesina que un Estado lleva a cabo sobre su propia población, sobre sus ciudadanos, o sobre aquellos que quedan bajo su jurisdicción. Es lo que hizo el Estado nacional socialista alemán. Pero también, el Estado Independiente de Croacia. Ambos, fundamentalmente el primero, son los responsables de los asesinatos (ya que se cometieron al margen de la ley) de unos 100.000 enfermos mentales y/o crónicos polacos, alemanes y austriacos; de más de dos millones de prisioneros de guerra soviéticos; de unos 322.000 serbios; de alrededor de 250.000 gitanos; y de más de cinco millones de judíos. Por tanto, la aniquilación de los judíos europeos, la Shoá, forma parte del Holocausto, pero no lo agota, ya que eso supondría ignorar a los miembros de otras minorías que fueron víctimas de la violencia asesina del Estado. 
La Shoá, término hebreo cuya traducción literal es catástrofe, representa, además, el paradigma esencial para entender el Holocausto. Aquella catástrofe fue posible, en primer lugar, por el sentimiento judeófobo ampliamente extendido en Alemania, que en modo alguno significaba una anomalía de lo que ocurría en Europa. Históricamente, la judeofobia se había manifestado de tres formas diferentes. Durante la formación del cristianismo como ideología de poder, la judeofobia tuvo un carácter religioso: los judíos eran presentados como deicidas, como los asesinos de Dios; tras la constitución de los medievales reinos cristianos de Occidente, se desarrolló una judeofobia económica relacionada con las tareas fiscales que los monarcas habían asignado a los miembros de las comunidades judías. Finalmente, cuando surgen los Estados-nación, los judíos pasan a convertirse en una nación sin Estado que amenaza la identidad política. 
Para cada una de esas manifestaciones del odio al judío se propuso una solución. En un primer momento, el judaísmo se curaba mediante la conversión; cuando fue visto como una amenaza para la unidad religiosa en las monarquías cristianas, se decretó su expulsión; por último, para combatir su carácter infeccioso y parasitario en las nuevas naciones europeas, se pensó en la aniquilación. Al Estado alemán, heredero de esa larga tradición antisemita, le cabe haber franqueado una línea hasta entonces no concebida por nadie. Había solventado la cuestión religiosa otorgando un carácter racial al judío, imposibilitando así su conversión; por costosa y difícil había descartado la deportación; diseñó, entonces, una solución final: la eliminación física de todos aquellos que significaban una amenaza real para la salud e higiene del Estado. Y esto es lo que determina la especificidad histórica de la judeofobia nazi, como el odio al Estado de Israel, desde 1948, caracteriza el antisemitismo contemporáneo. 
Pero la Shoá no es sólo la consecuencia de la fobia racial e ideológica que representaba el arraigado antisemitismo de la Europa de finales del XIX y principios del XX. Ésta es una condición necesaria, pero no suficiente. En La utopía nazi (Crítica, 2006), Götz Aly define el exterminio judío como "el más consecuente atraco homicida de la historia moderna". Gracias a él, sostiene el historiador alemán, el Reich pudo sufragar parte de los desmesurados gastos de guerra a los que tuvo que hacer frente. Fueron muchos los países europeos que compensaron los gastos de ocupación alemana mediante los bienes (muebles, inmuebles, artísticos, comerciales, financieros...) de los judíos que, en contraprestación, Alemania se encargaba de eliminar para imposibilitar una posible reclamación futura. También, ante la incapacidad del Partido nacional socialista de extender sus promesas utópicas de progreso e igualdad social a toda la población, el Estado decidió deshacerse de una parte de los ciudadanos que le suponían un coste inasumible (deficientes mentales, enfermos crónicos...), y de otra, los judíos, a los que retiró sus derechos civiles, les impidió el acceso a determinados puestos de trabajo (lo que ayudó al descenso del paro entre la población aria) y les expropió sus bienes. 
En los años 30, los judíos en Alemania representaban un porcentaje mínimo de la población, pero los proyectos de anexión territorial diseñados por el Reich elevaban la cifra total a los 11 millones de personas que aparecen en las actas de la Conferencia de Wannsee (Berlín, 20 de enero de 1942), donde se coordinan y ultiman los preparativos para la ejecución de la Solución Final. "El 95% de los alemanes", concluye Aly, "se beneficiaban de lo robado (...) Las víctimas de los bombardeos se vestían con la ropa de los asesinados, y dormían en sus camas, aliviados por haberse salvado una vez más y agradecidos al Estado y al partido que les habían ayudado tan rápidamente". Durante los años de la Guerra, los ciudadanos alemanes pudieron mantener su alto nivel de bienestar gracias a que podían disponer de las cosechas incautadas y comprar a bajo coste vajillas, cuberterías, mantelerías, instrumentos musicales, libros, lámparas, juguetes infantiles, sillones, colchones, obras de arte... de judíos que ya no podrían reclamarlos nunca. Ante el silencio cómplice e interesado de sus antiguos vecinos, habían sido aniquilados por un Estado que se definía como jurídicamente garantista y que había construido el primer régimen de bienestar. La confluencia, por tanto, de los factores ideológicos y económicos dan lugar a un proceso de exterminio de población que se desarrolla, según expone Raul Hilberg en La destrucción de los judíos europeos (Akal, 2005) en cuatro fases, que no están de antemano fijadas, sino que se van desarrollando, a veces de forma caótica, otras, con estricta racionalidad. 
En la primera de ellas, mediante una minuciosa legislación racial elaborada en Nüremberg en 1935, el Estado alemán determinó quiénes de entre sus ciudadanos dejaban de serlo porque pasaban a tener la condición de judío que sus relaciones de parentesco le imponían. En un segundo momento, para aquellos que habían sido clasificados administrativamente como judíos se determinó su separación paulatina de la sociedad y la expropiación de todos sus bienes. En una tercera fase, todos los judíos del Reich fueron encerrados en guetos y en campos de concentración y trabajo, a lo largo del cada vez más extenso imperio germano. Por último, a partir de finales de 1941, en los territorios de la Polonia ocupada, se diseñaron unos centros especiales, los campos de exterminio, en los que las víctimas pasaban, en unas pocas horas, de la vida a la muerte, como resultado de una minuciosa planificación industrial. El artefacto que permitió aquella operación fue la cámara de gas, alimentada por gases de combustión en los campos de Bélzec, Sobibór, Chelmno, Treblinka y Majdanek, y con Zyklon B, un potente gas antiparásitos, en éste último y en el mayor de los centros de muerte: Auschwitz.
Y es en Auschwitz donde, a partir de 1943, cristaliza la síntesis del modelo nacional socialista. Inaugurado como lugar de reclusión, gracias al perfeccionamiento de las técnicas de exterminio, se convierte en el más eficaz lugar de muerte industrial del Reich. También en una inmensa fábrica de esclavos que pasaban a la cámara de gas cuando sus cuerpos se agotaban. Un modelo que se presenta hoy como tentación en nuestras sociedades capitalistas sometidas a una continua revolución tecnológica que produce excedentes de mano de obra y en las que las sucesivas crisis han demostrado la dificultad para mantener un Estado de bienestar sostenible y justo.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt