En el catálogo de frases insufribles que los andaluces estamos condenados a soportar cuando revelamos nuestra procedencia están las pronunciadas por quienes, supongo que con voluntad empática, nos reciben con un “¡Ozú, de Sevilla!”, o “¡Arsa, de Cádiz!”. Aunque palabras como ozú y arsa son reales y se pueden localizar en contextos concretos de la vida andaluza, ni son frecuentes ni conforman la banda sonora de nuestra existencia. La primera es una evolución desde Jesús dicha admirativamente y con ceceo. La segunda, arsa, proviene de la pronunciación vulgar del imperativo alza. Quizá en un tablao flamenco, genuino o montado para disfrute de turistas ante paellas fluorescentes, podrán sonar ambas voces en una sola velada; en mi día a día apenas las he escuchado. Por eso, suelo responder con una mueca de resignado hartazgo cuando me toca encajarlas como contraseñas de una identidad andaluza otorgada externamente.
Que arsa me parezca la cristalización verbal de un tópico que nos ha reducido a los andaluces al papel de comparsa jaleadora no significa que el vocablo no exista o que carezca de plena legitimidad dentro del idioma. En la lengua española, varias palabras que vienen de verbos en imperativo con tuteo (anda, dale, mira, toma) o sin él (vaya y venga) han dejado de funcionar estrictamente como verbos para convertirse en partículas (técnicamente son marcadores discursivos) con las que se apela de alguna forma a nuestro interlocutor. Aunque hoy ya no tiene el uso de otros imperativos nacidos del mismo esquema de exhortación, alza debió de usarse antiguamente para dar ánimo entusiasta a quien estaba ante el hablante y conminarlo, en un entorno claramente festivo, a que alzase los brazos, la falda o los pies al zapatear.
El aspecto mismo de la palabra ha quedado asociado a un contexto folclorizado y, en su forma, presenta dos marcas que se suelen identificar apresuradamente con Andalucía: el seseo y la conversión de l en r que en los manuales de dialectología se conoce como rotacismo (arcarde, farda). Ninguno de estos dos fenómenos es exclusivamente patrimonio de los andaluces: el seseo es general en Canarias y América; una buena parte de los hablantes americanos y los europeos meridionales altera de alguna forma las consonantes l o r cuando les sigue una consonante. Donde en zonas de España es común decir arcarde o farda, en ámbitos caribeños lo normal es escuchar amol y Nueva Yol, como nos ha martilleado recientemente el puertorriqueño Bad Bunny. Si el Papa, anglohablante de crianza, ha prestado atención a los sonidos que lo rodeaban en su estancia en España, puede haber coleccionado para su lema Alza la mirada pronunciaciones diversas en tres de las ciudades españolas que ha visitado: en Barcelona un alza pronunciado con la ele velarizada, pronunciada atrás, muy característica del español de Cataluña; en Santa Cruz de Tenerife alsa y quizá arsa, porque el rotacismo se da también en Canarias; en Madrid alza. El propio Pontífice, diciendo alsa (aprendió español en Perú) ha contribuido a mostrar que el seseo es mayoritario en la pronunciación de nuestra lengua y que quien piensa que hay solo una forma de ser hablante de español no es pecador, pero sí ignorante.
Por otra parte, al usar el catalán en varias partes de sus discursos en Barcelona, León XIV ha mostrado también que quien cree que solo el español es válido en el uso público en España sigue extraviado en el catecismo falso del monolingüismo. Al hablar catalán en Cataluña, el Papa no incurre en nada peregrino ni revolucionario. Se ha limitado a actuar como vienen haciéndolo el rey Felipe VI o la princesa Leonor desde hace años cuando comparecen ante catalanohablantes: hablando en catalán.
Por eso, aunque entiendo que rozar a un papa tiene que provocar en algunos espíritus una mezcla conmovedora de emoción y trascendencia, no entendí que una diputada nacionalista de Junts, interceptase esta semana al Pontífice en un pasillo del Congreso, le impusiera la propia mano en el brazo y le hiciera saber que, por respeto a su nación (la de ella) él debía hablar catalán en Cataluña. Pedirle justamente al papado, veterano campeón del poliglotismo desde Pentecostés a las bendiciones urbi et orbi, que tenga consideraciones lingüísticas es recordarle al mar la necesidad de la marea. Cierto es que la diputada le habló en inglés, mostrando una encomiable solidaridad con los habitantes de Gibraltar, pero revelando que el monolingüismo del catalán es tesis central en el cisma independentista.
Ustedes dirán, y no les faltará razón, que si esto es lo que me ha quedado de la visita del Papa a España. Y sí, es lo que me ha quedado, porque veo el mundo como lo veo, solo hecho de palabras. Pero el lema, más allá de la reflexión dialectológica a la que me arrastra, también me interpela: hay que subir los ojos, alcemos la mirada. Alcémosla para no caer en el tópico provinciano de pensar que nuestra lengua (sea el español o el catalán), encerrada en la capilla de nuestras certezas políticas, constituye la única medida legítima de todas las cosas. Y sobre todo hay que alzar la mirada para no contemplarnos el ombligo ni, menos aún, tenerlo como horizonte. Lola Pons es filóloga. El País, 13 de junio de 2026.



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