1. Entré en casa de la niña cuando acababa el día, pero ella no levantó la vista porque estaba escribiendo una carta a su tía, que cumplía años. Sus piernas se balanceaban bajo la alta mesa de cristal, sentada en una silla de adulto. Estaba rodeada de lápices de distintos colores y dibujaba letras. Mientras las perfilaba con la mano, se pasaba su pequeña lengua rosada por los labios como si necesitara ese gesto para que sus dedos lograran la proeza de la escritura. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Su mayor preocupación era si el trazo de la T mayúscula se parecía al de la F o no. Pero, en realidad, tampoco importaba mucho. Alrededor de las letras había soles, lunas, flores y abejas. Su madre estaba en la cocina, su padre no había vuelto aún, la casa estaba en silencio y pensé en el Génesis. Era la vida que se recomponía, que se reiniciaba, el mundo que volvía a empezar
2. Fue agradable charlar con esa niña distraída, concentrada en la tarea de decorar la carta. Y me sirvió de consuelo. Esa mañana, había oído relatos opuestos. Un grupo de niños de entre 11 y 12 años, durante el recreo, ahora que les han prohibido los móviles, en lugar de jugar al fútbol, hablaban sobre la potencia de las armas nucleares e imaginaban cuál, proveniente de Oriente Próximo o de Asia, podría impactar contra Lisboa, el río Tajo y su propio barrio. Y pensaban en cuánto tiempo les llevaría correr desde sus casas hasta la estación de metro más cercana. Los más audaces anticipaban una represalia de Estados Unidos y se recordaban unos a otros la existencia de un Reloj del Juicio Final en una ciudad de ese continente, sabiendo con precisión que la manecilla de los segundos marca casi la medianoche. Uno de ellos explicaba la clase de emisiones que oscurecerían el día para siempre y cómo desaparecerían los animales, igual que les sucedió a los dinosaurios. Otro sabía algo más, que no quedaría nadie para contarlo. Al final del recreo, acabaron peleándose y pegándose, y algunos volvieron a clase llorando. Por el contrario, yo había ido a visitar a la niña a su casa, y ella dibujaba y escribía letras dispersas en un papel, en paz.
3. Hablando del Apocalipsis, sabemos que, en el siglo I, san Juan de Patmos sufrió una serie de alucinaciones extraordinarias. Ya no era joven, y la proximidad del final de su vida debió de haber generado en él el terrible sentimiento de que todo termina en la Tierra, y ante la angustia de la finitud, el cielo se abrirá al Mundo del Más Allá, donde se concretará la justicia plena. Como se lee en la profecía casi al final: “Dichosos los que laven sus vestiduras, así podrán disponer del árbol de la Vida y entrarán por las puertas en la ciudad. ¡Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras, y todo el que ame y practique la mentira!”. Desde la perspectiva de la justa recompensa, no podría ser mejor.
Lo cierto es que, por alguna razón, las personas religiosas siempre nos recuerdan que apocalipsis no significa catástrofe, sino revelación. Sucede, sin embargo, que la imagen de los Cuatro Jinetes es tan poderosa que se ha apoderado de la palabra y de ella se desprende una síntesis de predicciones sobre la derrota de la humanidad, y no lo contrario. En los tiempos en los que vivimos, en los que se desconoce si la cultura que se nos acerca al galope contiene en su interior un quinto jinete para el que aún no hemos encontrado un nombre adecuado, se multiplican de tal modo las ficciones sobre apocalipsis que nos hacen pensar que, en el mejor de los casos, caminamos junto a un abismo. En poco tiempo, han llegado a mis manos varios libros, todos admirables, desde El Apocalipsis según san Goliat, de Basilio Baltasar, hasta el reciente What Can We Know?, de Ian McEwan, distopías diferentes en distintos tonos, fábulas subversivas o retratos distópicos de advertencia, al estilo de san Juan, como si el tema de lo que va a ocurrir, a la luz de lo que está ocurriendo, obsesionara por completo nuestro pensamiento. Los ejemplos se suceden uno tras otro. Es primavera en Europa y las ferias del libro se multiplican. Las pruebas son visibles y están por doquier.
4. Por ejemplo, el fin de semana pasado, la Feria del Libro de Lisboa estaba abarrotada de visitantes. El sábado, a mi izquierda, Rodrigo Guedes de Carvalho firmaba ejemplares de su último libro, O Meu Primeiro Apocalipse, ambientado en el año 2066. Con agilidad, ironía y riqueza de inventiva, el mundo que el autor vislumbra, prolonga y amplifica las tendencias del presente, lidiando con la disgregación del lenguaje y del texto literario, la subversión del periodismo, la degradación ambiental, la anulación de los valores de justicia y acogida. Parece casi un preludio al libro de Ian McEwan, cuya acción transcurre décadas después, dentro de cien años.
Por pura coincidencia, al día siguiente, bajo el mismo toldo, a mi derecha, se encontraba el escritor caboverdiano Mário Lúcio. Su libro se titula Afrocalipsis. Otro libro increíble. Solo que su apocalipsis no tiene lugar en el futuro, sino en el presente, si bien, al igual que los otros libros que acabo de mencionar, insinúa lo que sucederá a continuación, después de que los dictadores africanos caigan en la abyección. Las dos primeras páginas son como puñaladas en el estómago, las últimas palabras nos dejan un nudo en la garganta, con la certeza de que, dada la semejanza con lo que ocurre en muchos otros lugares del planeta, no se trata de un Apocalipsis de África sino de Apocalipsis mundial. El futuro está ahí, muy bien pintado.
5. Así pues, dado que todo lo que termina tiene un principio, me lancé a la búsqueda de esos principios. Leí fragmentos de los génesis de Malí, de China, de Norteamérica, de Nigeria, de Tierra del Fuego; releí nuestro Génesis, el que aparece en la Biblia, el que nos sabemos de memoria, y otros más, pero al final me centré en el texto de los orígenes de Nepal. Es hermoso y breve, y quiero reproducirlo: “Los nyeshangte vinieron hace mucho tiempo, del Tíbet. Eran un ejército feroz. Mataban todo lo que se movía o se quedaba quieto: plantas, animales, personas. Mataban a veinte muchachas cada tres años, pero acabaron percatándose de que se quedarían sin mujeres y de que no podían procrear. Así que empezaron a matar únicamente yaks. Sin embargo, los yaks pronto se agotaron y los nyeshangte se pusieron a matar cabras. Poco después, se convirtieron al budismo y desde entonces no le hicieron daño a una mosca”. Lo elijo porque es un texto seminal que empieza como un apocalipsis depredador parecido a lo que está a punto de suceder, pero termina anunciando una génesis.
6. Con todo, me apremia volver a esa casa, al final de esa tarde. La madre salió de la cocina, el padre volvió de la calle con comida preparada. Ambos quisieron leer la carta que había escrito la niña: “Tía, te quiero. No llores, el mundo no se va a acabar”. Por supuesto, no había puntuación, y las letras estaban esparcidas entre flores, peces, abejas, soles y lunas con la forma de rostro humano. Los padres decían que tal conversación nunca se había producido; a su tía no le hacía falta tal consuelo. Era la niña, a fin de cuentas, quien lo necesitaba. Lo cierto es que yo no habría escrito este artículo si no hubiera leído ese génesis. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana). El País, 14 de junio de 2026.



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