viernes, 27 de marzo de 2026

LA CONSCIENCIA, AL OTRO LADO DEL ESPEJO. ESPECIAL TRES DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 







No es ninguna novedad que el yo y la consciencia siguen siendo, después de miles de años, elementos clave de un eterno filón literario. Es la base del quiénes somos, así que desde que el ser humano se reconoció a sí mismo en un espejo (por supuesto, después de haberlo inventado), no halla la paz hasta que no encuentre unas respuestas o, más bien, las respuestas que espera encontrar. Bueno, tampoco hay que generalizar: una grandísima parte de la humanidad ni se plantea la pregunta, y vive automáticamente su programa evolutivo sin más, ejecutando los dictados de la selección natural sin necesidad de considerar o contemplar cuestiones que, al fin y al cabo, no aportan directamente al éxito reproductivo. No olvidemos que los animales que más éxito siguen teniendo en este planeta (como las cucarachas, las moscas, o el plancton) con toda probabilidad no se rompen la cabeza con acertijos filosóficos. Sin embargo, otros tenemos una misteriosa inquietud por meternos donde no nos llaman y, perteneciendo a un linaje que ha invertido en un gran cerebro, sentimos una compulsión profunda hacia asuntos que ponen a prueba nuestros límites intelectivos. En el caso de la consciencia, por el momento, sin grandes resultados: a pesar de que las mentes más brillantes se hayan enfrentado a sus pesquisas en los últimos milenios, no han logrado ningún acuerdo, ni de lejos. De hecho, estas mentes brillantes han llegado a conclusiones a menudo opuestas e incompatibles, antagonistas, la mayoría de las veces siguiendo un proceso lógico que tira más de intuición y de corazonadas que de evidencias. Así que tenemos que reconocer que, si decidimos deleitarnos con el tema de la consciencia, es mejor hacerlo sin demasiado afán, sin demasiadas expectativas y, sobre todo, tratando de evitar frases tajantes y concluyentes.

En el panorama actual sobre neurociencia de la consciencia, Anil Seth (Oxford, 1972) es, sin duda, uno de los actores principales. Tras graduarse en ese templo que es la Universidad de Cambridge, desarrolló parte de su formación con Gerald Edelman, un premio Nobel de inmunología que, además, dejó una huella importante sobre la ciencia y la filosofía de la mente. En su libro La creación del yo (Sextopiso, 2023), Seth resume muchos años de investigación y de perspectivas sobre la que llama «una nueva ciencia de la conciencia». El libro (una ampliación de su propia Ted Talk sobre el tema) se divide en cuatro partes, que abordan el problema del nivel de conciencia, del contenido de la conciencia, del yo, y de la interacción con los otros. En la traducción en español, se omite el eterno problema lingüístico del castellano, que confunde consciencia (con «s») y conciencia (sin «s»), usando, en este caso, el segundo término. En inglés, sin embargo, se pueden emplear los términos consciousness y awareness para definir la identificación metacognitiva de uno mismo y la capacidad atencional de darse cuenta, respectivamente. Esta «s» en español genera mucha confusión, porque los dos términos acaban usándose como sinónimos. Para más inri, a veces se añade un matiz moral que aumenta el margen de desconcierto semántico. Desde luego, está bien conocer esta diferencia, por lo menos para estar en alerta a la hora de leer una traducción, o cualquier otra fuente escrita en español sobre este tema.

El libro presenta la consciencia como un equilibrio cognitivo entre orden y azar, o mejor, entre orden y desorden, por lo que atañe al flujo de información que manejan nuestros sentidos, y a la diversidad de señales que llegan a nuestro cerebro. Evidentemente no sería un proceso asociado a un elemento concreto de nuestra biología, sino un conjunto de elementos, enraizados en la experiencia, en la fenomenología del ser y en la exploración de la realidad. Estados alterados de consciencia, condiciones patológicas y drogas se usan mucho para considerar qué pasa cuando los patrones normales sufren alteraciones de este conjunto de percepciones. Seth considera atentamente estos tipos de evidencias, confiando tal vez demasiado en ellas. Al fin y al cabo, habría que tener cuidado a la hora de evaluar cómo funciona un proceso complejo tomando como referencia, precisamente, los estados en los que ¡no funciona!

La mente que propone Seth es informativa (intenta discriminar lo que es de lo que no es) e integrativa (intenta juntar todas las informaciones en un modelo único y sensato). Sobre todo, es esa máquina predictiva que muchos están intentando perfilar en estas últimas décadas. Una máquina entrenada para minimizar el error de predicción, y producir así su «mejor conjetura». Esta máquina, según una visión materialista y reduccionista, es un cerebro que, encerrado a oscuras en una caja, intenta adivinar el mundo sobre la base de las señales bioquímicas de los sentidos, transductores imprecisos pero muy funcionales de lo que pasa ahí fuera. El resultado de este proceso es una alucinación, controlada y controladora. Controlada porque está garantizada por millones de años de evolución y por un chequeo constante de toda la información, llevado a cabo en múltiples niveles. Controladora porque nos creemos ciegamente sus resultados, respondiendo como marionetas a sus escenarios y a sus conclusiones.

Por supuesto, todo ello no se puede ver ni tocar, así que no queda otra que buscar trazas indirectas de este proceso misterioso. De hecho, nadie investiga «la consciencia», sino sus correlatos biológicos, es decir, las respuestas asociadas que presentan las células y las moléculas de la vida. Y esto delata un problema de fondo: las teorías sobre la consciencia son especulativas, con lo cual «creer» en una de ellas es muchas veces más una cuestión de confianza que de demostración. Creemos en una u otra teoría porque nos suena, porque avala algún sesgo o algún prejuicio que tenemos, porque decidimos pertenecer a su grupo intelectual o, sencillamente, porque es chula y está de moda en un determinado momento.

Dicho esto, confieso que no he logrado disfrutar de este libro, y que más bien lo he vivido como una monumental recopilación de vicios que, en mi personalísima opinión, aumentan la confusión sobre temas tan importantes como la consciencia y, sobre todo, el yo. Para empezar, llevo años haciendo notar cómo muy frecuentemente (por no decir casi siempre) quien habla de consciencia o de yo, en un contexto tanto divulgativo cómo técnico, lo hace sin haber dado previamente una definición de estos términos. No hablo de «la» definición, sino de una definición cualquiera, una suya, que, por muy imprecisa, incompleta o incluso equivocada que sea, nos ayude a entender, lexical y semánticamente, a qué se refiere el autor cuando, en su texto, utiliza estas palabras. Sin una definición, es difícil interpretar el mensaje o la teoría de alguien, sobre todo si hablamos de conceptos tan complejos, vagos y, sobre todo, polisémicos como estos. Empecé el libro con la curiosidad de ver cuál era su estrategia en este sentido, y me quedé bastante extrañado cuando leí, al principio del libro, que no iba a dar ninguna definición, para no sesgar la búsqueda, para no influir en el lector, y porque sería demasiado complicado. Es decir, Seth, al contrario de los que entran a saco sin definiciones, sí que menciona el problema, pero solo para declarar que va a pasar de él. Desde luego, discrepo: sin una definición, cualquier afirmación puede ser sensata o no, cualquier resultado se puede interpretar de una forma u otra y, por supuesto, ninguna hipótesis científica podrá ser valorada.

Otro aspecto que creo que no ayuda mucho es el nivel de resolución de todo el ensayo que, en trescientas y pico páginas de reflexiones, no llega a ninguna novedad en concreto. Confieso ser una persona muy pragmática: me gusta llevar los conceptos y los criterios a la vida real, a algún tipo de transformación cognitiva o cultural que altere (y mejore) la forma de relacionarse con el mundo. Es un camino intermedio entre dos extremos que no llego a apreciar: el reduccionismo más materialista y simplón de las células y de las moléculas, y la filosofía más abstracta y general de la lógica conceptual descolgada de la experiencia real. Este libro, sin embargo, está integralmente basado en estas dos aproximaciones extremas. Seth declara apoyar una visión fisicalista y materialista de la consciencia, lo cual es normal, siendo un «hombre de laboratorio» hecho y derecho. Y se deshace de las alternativas con pocas palabras, una crítica rápida y superficial, y pocas justificaciones, supuestamente avaladas por el rigor de la ciencia. En el libro, el materialismo reduccionista se lleva a sus clásicos excesos, con tediosos experimentos descritos con todo detalle, sobre aspectos tan específicos y concretos del mecanismo neuronal que difícilmente pueden restituir un resultado significativo sobre algo tan complicado como la consciencia, a no ser que uno le eche mucha fantasía y una avalancha de especulaciones. Lo cual nos recuerda que, aunque el reduccionismo usa la palabra «ciencia» como escudo para todo, al final sus conclusiones necesitan algo que se parece demasiado a la «fe», si uno quiere defender sus ideas sin cuestionarse mucho los métodos. Al mismo tiempo, en este libro, este reduccionismo intenso se acompaña con su opuesto: la más abierta y generalizada especulación filosófica. Como se estila en los tradicionales contextos de evangelización, se abusa de la analogía como panacea para sesgar la visión más que para orientarla. Desde la molécula se pasa de repente a lo terriblemente general, abstracto, posible, en un vaivén continuo entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente vago. Un proceso anclado en aquella posibilidad de la lógica, de la religión y de la política, que frustra la más sana y sensata probabilidad de los científicos rigurosos.

Además, a lo largo de todo el libro hay una estrategia bastante impropia para un científico. Por un lado, todo se presenta por lo que es: una especulación, una corazonada. Hay muchos «tengo la sensación de que», «yo intuyo», y confesiones de que las conclusiones son el fruto de una apuesta a ciegas. Pero luego, pocas páginas después, las mismas afirmaciones ya se presentan como certezas, como hechos, como conocimientos claros y adquiridos, y los «tengo la sensación de que» se sustituyen por un «ahora sabemos que». No creo que esta forma de presentar las evidencias científicas sea muy rigurosa, y me ha dejado un poco con un sabor de manipulación poco respetuosa. Certezas basadas en creencias, donde las segundas son legítimas, y las primeras, no.

Todo esto viene aliñado con un tono coloquial (quizá demasiado) pero muy complicado (embebido de filosofía densa y cábalas matemáticas) y glamurosos momentos autobiográficos donde el autor recorre sus intercambios con la crema del mainstream internacional. No ayuda, en esta edición, un doble sistema de notas, algunas a pie de página y otras al final del libro, que hace la lectura aún menos coherente y fluida.

En resumidas cuentas, Seth está convencido de que existe una verdad que podemos descubrir viajando en un laberinto lógico-filosófico muy especulativo mezclado con reduccionismo y materialismo científico. Lo cual, en mi forma de ver, acaba delatando que este libro no es sobre la consciencia, sino sobre su propia y personal aproximación a ella. Considerando el peso de este autor a nivel académico, y su indudable experiencia, este libro es una importante fuente de información, pero hay que tener cuidado en no leerlo como fuese, literalmente, una biblia.

Además de estas críticas generales, quiero también mencionar cuatro puntos que, en mi opinión, representan carencias importantes de este ensayo. El primero es, precisamente, el que atañe al «yo», que Seth considera una ilusión al interpretarlo (o sentirlo) como indivisible e inmutable. Tampoco en este caso se proporciona definición alguna, y se concluye que el yo no es más que otra alucinación controlada y controladora. Como a menudo ocurre en este tipo de literatura, en mi opinión también en este caso se confunde el yo (la unidad consciente) con el ego (el protagonista ficticio de nuestra vida), dando además por hecho que si una entidad es impermanente e interconectada entonces no puede existir. Quien trabaja con la ecología o con las teorías de sistemas sabe perfectamente que no es así. Dicho sea de paso, esta misma actitud (el yo/ego como ilusión) está presente en muchas tradiciones filosóficas, sobre todo en el budismo, y sorprende un poco no encontrar ninguna mención a ello a lo largo de todo el libro. Finalmente, con una aproximación estrictamente lógica, Seth relaciona el yo (sin definir) con la consciencia (sin definir), introduciendo aspectos que podrían tener un peso en su recíproca relación. Entre ellos, lenguaje e inteligencia (sin definir), factores cruciales para el yo pero que, según él, no son necesarios para la consciencia. Lo cual lo lleva inevitablemente a mojarse sobre la condición no humana (animales e inteligencia artificial), con un lacónico y politically-correct «creo que todos los mamíferos son conscientes».

La segunda carencia tiene que ver directamente con el marco neurobiológico: como en las tradiciones más convencionales, conservadoras y ortodoxas, todo el proceso neuronal se focaliza en la centralidad de estos mágicos y todopoderosos lóbulos frontales, sede impepinable de la razón, del buen sentido, y de la sensatez. Esta actitud, contra toda evidencia, ha aguantado un siglo, pero ya a estas alturas la mayoría de los neurocientíficos saben que el cerebro actúa como una orquesta, y no es sabio intentar localizar funciones y habilidades de una forma demasiado estricta. Por ejemplo, hoy en día se reconoce la importancia del sistema fronto-parietal, donde la corteza parietal proporciona algo fundamental para el ego, el yo, la consciencia y la percepción: un cuerpo. De hecho, por fin la comunidad científica reconoce que el proceso cognitivo puede que no se limite a un cálculo cerebral, sino que necesite de un flujo de información entre cerebro, cuerpo y ambiente (lo cual incluye la cultura y la tecnología). Conceptos como el embodiment o la extensión cognitiva representan grandes ideas de las ciencias cognitivas modernas, al poner el cuerpo y las herramientas directamente en el marco del sistema mental. Pero de todo ello no hay rastro en este libro. Seth admite que sentir, pensar y actuar forman parte de un mecanismo integrado, pero sin llegar a mencionar la posibilidad de un yo que vaya más allá de la frontera del cráneo, una opción probablemente demasiado esotérica para un «materialista fisicalista». Curiosa la situación del cerebelo: a pesar de tener cuatro o cinco veces el número de neuronas del cerebro, parece que a la consciencia no le aporta mucho.

La tercera laguna atañe a un nervio descubierto de la ciencia y de la filosofía: el libre albedrío. Como ocurre con la consciencia, también en este caso grandes mentes han llegado a conclusiones opuestas, y no esperamos que un libro desvele sus íntimos secretos. Pero me habría gustado leer en este ensayo algunas afirmaciones más originales, por muy especulativas que fueran. Sin embargo, el autor no se moja, aunque deja caer un impersonal «depende». Habla de la volición o, mejor dicho, de su supuesta percepción, la cual depende de lo que quiero hacer, de que podría haber hecho algo distinto y de que esta sensación viene «desde dentro». Para luego desmontar (junto con el yo) la libertad de esta cadena, no sin dejar claro que, de todas formas, aún queda un espacio para la decisión. Es decir, guiñando un ojo a la moda corriente que rechaza la existencia de una libre voluntad, deja abiertas las puertas, sabiendo que estas modas siempre son pasajeras.

Finalmente, la última carencia tiene que ver con una total ausencia de perspectiva evolutiva. Sabemos que al reduccionismo le interesan más las causas próximas (células y moléculas) quelas remotas (la historia evolutiva), pero he echado en falta por lo menos un marco general. De hecho, todavía no sabemos si la consciencia, sea lo que sea, es una «adaptación» (es decir, un rasgo seleccionado para aumentar el éxito reproductivo) o un imprevisto (por ejemplo, una función emergente de un sistema evidentemente complejo). Seth se limita a insistir en que todo lo que la biología de un ser viviente genera tiene el único fin de «mantenerlo vivo». Poca cosa para un tema donde grandes mentes como Stephen Jay Gould u Oliver Sacks han sentado cortésmente las bases para un análisis algo más profundo.

En 1973, el mismo año en que recibió el premio Nobel para la etología, Konrad Lorenz publicó el excelente ensayo La otra cara del espejo, donde consideró las bases del comportamiento animal, humano y social. Lorenz interpretaba el comportamiento como un proceso de adquisición y procesamiento de información, orientado a optimizar la integración entre un animal y su medioambiente. Estas funciones cognoscitivas tienen escalas diferentes, pero en realidad también comparten bases comunes que moldean, con muchos parecidos, la evolución de los protozoos y de las grandes civilizaciones humanas. A la hora de enfrentarse a este reto intelectual, Lorenz invocaba la necesidad de un realismo hipotético, un equilibrio entre realismo científico y escepticismo, mediado por la poderosa herramienta de la humildad epistemológica: nuestros modelos son funcionales (sirven para mejorar nuestras interpretaciones) y provisionales (duran lo que duran, hasta que vengan modelos mejores). Medio siglo después de aquel ensayo, sigo pensando que esta es la mejor forma de acercase al yo y la consciencia. Sin considerar que, como recuerda Seth hablando del misterianismo de Colin McGinn, no podemos olvidar que puede que haya cosas que nuestra mente, excepcional pero limitada, no pueda ser capaz de modelar. Lo cual nos lleva al viejo chiste sobre los excesos de la lógica: hay que tener cuidado cuando se busca un gato negro en un cuarto oscuro, porque puede que, sencillamente, no esté ahí. Reseña del libro La creación del yo. Una nueva ciencia de la conciencia, de Anil Seth. Ciudad de México, Sextopiso, 2023. EMILIANO BRUNER es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Publicado en Revista de Libros del 20 de marzo de 2026.






















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