Una nación, España, pretendidamente aquejada de un vicio de origen: su carácter reaccionario y su genética totalitaria. Una serie de naciones oprimidas, dentro del Estado carpetovetónico que las enclaustra, ungidas desde el principio de los tiempos por un carácter esencialmente democrático y progresista. Un supuesto problema territorial de raigambre secular, para el que se ensaya, una y otra vez, el mismo diagnóstico e idéntico tratamiento: contemporización, justificación y servidumbre; encaje, cesión y transferencia. La trastienda del cuento nacionalista sobre la opresión aparece, en este ensayo, diseccionada con la precisión de un cirujano.
No sería exagerado afirmar que nos encontramos ante las páginas más sintéticas, destiladas y conseguidas de Ovejero, lo cual es cosa seria, puesto que la suya es una obra de trascendencia académica internacional, con una extraña solvencia para abarcar saberes multidisciplinares, mostrando un rigor exquisito en todos ellos. Más directo que en otras ocasiones, sin concesiones ni tampoco rebajas en la consistencia de sus tesis, tomándose en serio a uno mismo y a los demás; así es el mejor Ovejero. Como él mismo sostuvo en uno de sus ensayos más queridos, en el terreno pantanoso de las ciencias sociales —donde abundan las tesis de baratillo, las imposturas a granel y los personajes acomodaticios que ocultan lo que piensan por miedo a perder posiciones preferentes para las dádivas y lisonjas del poder—, el verdadero hecho diferencial de los imprescindibles, ese grupo exiguo donde se ubica, es el afán genuino de verdad. La austeridad a la hora de hacer concesiones a las diversas parroquias, donde acechan los integristas de guardia. El compromiso del creador, en palabras de aquella obra.
En La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española, el profesor barcelonés incumple promesas, volviendo sobre el nacionalismo, y difiere proyectos pendientes, más estimulantes, para enfrentar nuestro particular tabú político. España, nación descentralizada hasta límites confederales, con base en una arquitectura territorial con la que Ovejero se muestra consistente y razonadamente crítico, camina por la pendiente del agravamiento de todas las dinámicas «hecho-diferenciales», que horadan la mejor tradición de las izquierdas. Los cuatro principios revolucionarios que hoy se enuncian en forma de tríada, gracias a la amnesia reveladora sobre el primero de ellos: unidad e indivisibilidad de la república, libertad, igualdad y fraternidad. El proyecto emancipador y radicalmente democrático de la mejor izquierda se ensayó, a partir de las revoluciones burguesas, en un marco nacional y, por ende, limitativo de ese horizonte de ciudadanía universalista, dentro de unas fronteras por definición arbitrarias. El mínimo común innegociable venía dado por la inquebrantable unidad de ese perímetro nacional, siempre que dentro de él se garantizaran los derechos de todos. Eso debería ser una nación política, no basada en quimeras esencialistas ni recreaciones identitarias: unidad de decisión conjunta y unidad de redistribución.
Sin perjuicio de que en todas las construcciones nacionales asoman mitos en los que la Historia, esa impostora recurrente, ofrece tergiversaciones, descontextualizaciones e inflamaciones, resulta esencial significar las diferencias entre tradiciones políticas, como hace con maestría Ovejero. La de la izquierda, emparentada con su origen ilustrado y con el concepto de nación cívico-política, acuña un proyecto emancipador. En palabras del propio autor: «Los revolucionarios buscaron borrar las condenas del origen, la historia y, con determinación fanática, apostaron por la razón». La tradición nacionalista-reaccionaria, entre mitos y leyendas, plantea inferir, desde esas recreaciones mistificadas, la inexorable diferencia de derechos: privilegios en nombre de la identidad. De eso van también los etnonacionalismos (anti)españoles.
Para desmontar el cuento nacionalista que abona el relato, Ovejero no escatima detalles concluyentes. Por ejemplo, aquella pirueta editorial de 2008: las memorias de Pasqual Maragall, un libro que firmaban Esther Tusquets y Mercedes Vilanova, llegó a las librerías con veinte páginas menos que en la versión inicial. La razón era simple: se trataba de impedir que el lector conociera las esperanzas que la familia Maragall depositó en los militares desleales y golpistas que derrocaron la II República española. Para muestra, un simple botón, aunque los hitos de connivencia de las elites catalanistas con la dictadura son múltiples. Desde las aclamaciones al dictador en la Ciudad Condal, pasando por el proteccionismo oficial de la industria catalana (y vasca) que permitió sentar las bases de un modelo de crecimiento genuinamente desequilibrado, tanto desde el punto de vista de clase como desde la óptica territorial, hasta llegar al trasvase casi completo, en los albores de la democracia, de los alcaldes franquistas a las filas de Convergencia —buque insignia durante décadas del nacionalismo conservador, si se me permite la redundancia—, ese extinto partido cuyo certificado de defunción se decretó a instancias judiciales, cuando el botín de la cartera, durante décadas envuelto entre banderas, orientaba la brújula del delito hacia Andorra.
El inventario histórico podría ser interminable: aquellos pactos en Santoña del PNV con el fascismo italiano o el comportamiento golpista (y pistolero) de personajes tan oscuros como Dencàs o los hermanos Badía, bajo los auspicios de un partido, ERC, que, también en tiempos recientes, ofreció a la política española racistas tan consumados como aquel Heribert Barrera.
Así se empieza a resquebrajar el relato del agravio: Franco, dictador criminal, no convalida como comodín ubicuo para justificar la falsedad de asimilar a los etnonacionalismos españoles con proyectos de izquierdas o, simplemente, democráticos. En tanto que su razón de ser consiste en convertir al vecino en extranjero, levantando una frontera donde ayer no la había y cribando, con bases étnicas, el perímetro de ciudadanía y redistribución, esas fuerzas políticas sólo pueden ser calificadas como reaccionarias. Incluso cuando sus medios no sean totalitarios, lo cual no ha estado ni mucho menos garantizado en España, durante décadas de sangre y terror, sus fines sí lo son. El verdadero elefante en la habitación no es el encaje territorial, ni la diversidad de la nación española, sino los nacionalismos con mando en plaza, reñidos con los más elementales principios democráticos y entregados a horadar la igualdad y la redistribución. Mientras trituran la posibilidad de una España de ciudadanos iguales y libres, niegan la pluralidad en las regiones que gobiernan, señalan a disidentes, editorializan al unísono y practican políticas lingüísticas abiertamente antidemocráticas que expulsan del mercado laboral a miles de conciudadanos españoles. Acuérdense del estudio de Javier Polavieja: discriminaciones lingüísticas para los aspirantes a un puesto de trabajo que tuviesen «apellidos castellanos».
Terminemos por donde empieza Ovejero: Orriols no es más que la forma descarnada y abrupta de presentar un artefacto democráticamente radioactivo, sublimación del más acabado racismo. No se trata ya de reproducir la inquietante política auspiciada por los reaccionarios de Vox cuando, en la senda del trumpismo global, promueven, frente a los flujos migratorios, fórmulas tan demagógicas y populistas como deportaciones masivas o cierres de fronteras que no están basados en el Estado de derecho o la ciudadanía común, sino en el linaje, los apellidos, la quintaesencia identitaria o la comunidad nativa. Los nacionalismos periféricos plantean ir un paso más allá: no se limitan a bloquear el acceso a la condición de ciudadanos a los extranjeros que llegan a nuestro país, sino que buscan privar de ciudadanía a los que ya la ostentan y convertirlos en extranjeros en su país, por decirlo en palabras de Antonio Robles, otro de los imprescindibles. Porque Ovejero lo es y este nuevo ensayo constituye una muestra inequívoca de ello. En estos tiempos, que tanto turban e intranquilizan, bien haríamos en valorarlo. Reseña del libro La invención del agravio. Nacionalismo y crisis de la democracia española, de Félix Ovejero. Madrid, Alianza Editorial, 2025. Artículo publicado en Revista de Libros, el 20 de marzo de 2026, por Guillermo del Valle es abogado, director de El Jacobino y secretario general de Izquierda Española.


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