sábado, 14 de marzo de 2026

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LAS TINIEBLAS, DE LORD BYRON

 







LAS TINIEBLAS




Tuve un sueño, que sueño no fue en absoluto;

el brillante sol habíase extinguido, y las estrellas

vagaban a oscuras en el espacio eterno,

sin luz y sin sendero, y la helada tierra

oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;

llegó el alba y pasó y llegó de nuevo sin traer el día,

y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror

de ésta su desolación; y todos los corazones

se enfriaron en una plegaria egoísta por la luz;

y vivieron junto a hogueras; y los tronos,

los palacios de los reyes coronados, las cabañas,

las morada que habitan bajo techo,

fueron quemadas para iluminarse; las ciudades se consumiéronse,

y los hombres se juntaron alrededor de sus ardientes casas

para volverse a examinar los rostros;

felices eran aquellos que vivían dentro del ojo

de los volcanes, y su antorcha montañosa;

una esperanza pavorosa era todo lo que el mundo contenía;

incendiáronse los bosques, pero otra tras hora

cayeron y se apagaron y los troncos crepitantes

se extinguieron con un estrépito

y todo se hizo negro.

Las frentes de los hombres a la luz que desesperaba

tenía un aspecto sobrenatural, mientras intermitentes

los rayos les embestían; unos se dejaban caer

y escondiendo los ojos lloraban; otros descansaban

sus mentones sobre sus manos crispadas y sonreían;

y otros se apremiaban de aquí para allá, y alimentaban

sus piras fúnebres con combustibles,

y alzaban la vista

con loca desazón al apagado cielo,

palio de un mundo pasado; y luego de nuevo

con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,

y rechinaban los dientes y aullaban; las silvestres aves temblaban,

y, aterrorizadas, aleteaban en el suelo,

y batían sus inútiles alas; las bestias más salvajes

hacíanse dóciles y medrosas; y las víboras se arrastraban

y retorcíanse entre las multitudes,

sibilantes, pero sin veneno; las mataban para alimentarse.

Y la Guerra, que por un instante desapareciese,

volvía a hartarse: la comida se compraba

con sangre, y cada uno se hartaba hoscamente aparte,

engullendo en la penumbra: no quedaba amor;

toda la tierra no era sino un pensamiento

y éste era muerte,

inmediata y sin gloria; y la punzada

del hambre se alimentaba de todas las entrañas: los hombres

morían, y sus huesos no tenían tumbas,

y tampoco su carne;

el magro por el magro era devorado,

hasta los perros atacaban a sus amos,

todos menos uno,

y éste era fiel a un cadáver, y mantenía

a raya a los pájaros, a las bestias y a los hombres famélicos,

hasta que el hambre los asió, o el caído muerto

sedujo sus enjuntas mandíbulas; el perro no

buscó alimento,

pero con un gemido perpetuo y digno de lastima

y un raudo y desolado grito, lamiendo la mano

que no le respondió con una caricia, murió.

El hambre de la multitud aumentó paso a paso;

pero dos de una ciudad enorme sobrevivieron,

y eran enemigos: se encontraron junto

las moribundas ascuas de un altar

donde habíase amontonado una pila de objetos sacros

para un uso sacrílego; rascaron,

y temblando escarbaron con sus frías manos esqueléticas

las débiles cenizas, y sus débiles alientos

soplaron, buscando un poco de vida, e hicieron una llama

que era una burla; luego elevaron

sus ojos a medida que aquella se avivaba, y contemplaron

sus semblanteas: se vieron, temblaron y murieron:

hasta de su mutuo horror murieron,

sin saber quién era aquel sobre cuya frente

el hambre había escrito demonio.

El mundo estaba vacío, lo abundante y lo poderoso era un terrón,

sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida

un terrón de muerte – un caos de dura arcilla.

Los ríos, lagos y océanos estaban inmóviles,

y nada se agitaba en sus silenciosos abismos;

barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,

y sus mástiles caían haciéndose pedazos; y al caer

dormían en el abismo sin levantar oleadas;

muertas estaban las olas; las mareas en sus tumbas,

pues en la muerte, su amante, la luna, las había precedido;

los vientos se marchitaron en el aire paralizado,

y perecieron las nubes: no las necesitaban

las tinieblas: ellas eran el universo.




LORD BYRON (1788-1824)

poeta británico




***




George Gordon Byron (1788-1824), conocido como lord Byron, fue un poeta británico del Romanticismo. Fue sexto barón Byron, miembro del partido político whig. Entre 1809 y 1810 estuvo viajando por Portugal, España, Grecia, Albania y Turquía. Saltó a la fama con Las peregrinaciones de Childe Harold en 1812, con cantos inspirados en estos viajes. En 1816 abandonó definitivamente Inglaterra entre polémicas por su vida personal. Se instaló primero en Suiza y meses después en Italia. Su mayor poema fue Don Juan, escrito a partir de 1818. En 1820 formó parte de los carbonarios en Rávena y desde 1823 participó en la guerra de Independencia de Grecia. Su única hija legítima, Ada Lovelace, fue una figura fundacional en el campo de la programación de computadoras, basándose en sus apuntes para la máquina analítica de Charles Babbage. Los hijos extramatrimoniales de Byron incluyen a Allegra Byron, quien falleció en la infancia, y posiblemente a Elizabeth Medora Leigh, hija de su media hermana Augusta Leigh. Fuente: Wikipedia.


























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