viernes, 9 de enero de 2026

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 9 DE ENERO DE 2026

 



























AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN, GAUR, OSTIRALA, URTARRILAREN 9AN, EUSKARAZ

 








Beno, astearen erdialdea igaro da, eta 2025-2026ko Gabonetako oporraldietako ajea, baldin badago, iraganeko kontua da familia bakoitzarentzat. Orain, urtarrileko beheraldi beldurgarria hasten da... Baina gozatu dugunaz baliatuko gara ahalik eta gehien. Gaurko blogeko sarrerak jarraituko ditugu. Lehenengoa, Elvira Lindo idazleak adierazten duen bezala, iraganeko eta etorkizuneko gustuak moldatzen dituzten zerrendei buruzkoa da, lehen epaiketaren independentzia deitzen zenaren menpe ez egoteko. Bigarrena, 2013ko otsaileko artxibatutako blogeko sarrera bat, Juan Pablo Fusi historialariak idatzia, Historiari buruzko ikuspegi ugari aztertzen ditu; Herodoto eta Tuzididesen lanen eta César Vidal eta Pio Moaren lanen artean, adibidez, hogei mende luze daude eta egia erdiz, gezurrez eta eztabaidagai diren ziurtasunez betetako amildegi ulertezinak. Eguneko poema, hirugarren atalean, "Igandeak" izenburua du, eta Piedad Bonnett poeta kolonbiarrak idatzi du. Eta laugarren eta azken atalean, beti bezala, bineta umoretsuak daude. Ondo pasa eguna, ez baitakigu zer ekarriko digun bihar Zorteak. Tamaragua, lagunok. Izan zaitezte zoriontsuak, mesedez. Maite zaituztet. Harendt













jueves, 8 de enero de 2026

DEL SILENCIO DEL INVIERNO

 






Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, es muy instructiva la calma del campo en invierno, comenta en El País (03/01/2026) el escritor y académico de la Real Academia Española, Antonio Muñoz Molina. En la última tarde del año, comienza diciendo, me cruzo con un grupo de adolescentes en el momento en el que uno de ellos dice: “Me voy a agarrar un pedal esta noche…” Lo dice con la misma neutralidad con la que informaría a los otros de que va a tomar un tren o a preparar unas oposiciones. Yo aprovecho esas horas de calma previas a la gran banacal para disfrutar el último silencio del año, que es un adelanto del que llegará mañana, cuando la quietud sea tan completa como la de un paseo por el campo, o por una ciudad deshabitada. En la primera mañana mucha gente se alivia la estridencia nocturna y la resaca con el kitsch lujoso del concierto de Año Nuevo en Viena. Yo prefiero adentrarme en esta especie de lago liso de silencio sabiendo bien que no habrá muchas oportunidades de que se repita en los próximos doce meses, a no ser que uno se retire en pleno campo, o a un pueblo como el que a mí me acoge estos días, en el que hasta los conatos de gran juerga quedan limitados por la media de edad de los habitantes, y quizás también por un sentido de la mesura que induce más a la celebración alimenticia y fraternal que al vandalismo alcohólico. En el pueblo la iluminación navideña es tan comedida como los vasos de plástico y los restos de cotillón que uno encuentra en la plaza de la iglesia al salir esta mañana. De noche, las estrellas de Belén y las guirnaldas de luces rojas y azules se dibujan contra el cielo muy oscuro en los callejones últimos que dan al campo. La plaza de la iglesia se abre a la vega y al horizonte de cerros y montes sucesivos como una de aquellas “altas barandas” de Granada que alentaban la imaginación visual de García Lorca. En la media mañana silenciosa el aire húmedo huele a humo de leña. Ahora me doy cuenta de que en este pueblo de nombre y topografía musulmana las calles estrechas ascienden por la ladera en cuestas difíciles como las del Albaicín, que está tan lejos. En calles así es fácil oír muy cerca pasos y voces de gente que uno no llega a ver. La escasez de los sonidos afila el oído. El viento suave y frío hace rodar vasos de plástico sobre las losas de la plaza.

Buscar los orígenes de las palabras es una arqueología sedentaria. El Jano etimológico que está debajo del nombre de enero es el dios romano de dos caras, una de las cuales mira hacia el pasado, y la otra hacia el porvenir. Es curioso que en portugués la palabra ventana -janela- tenga la misma procedencia. En el silencio duradero de la mañana -hay todavía mucha gente trasnochadora durmiendo detrás de tantos postigos cerrados- la mirada severa del dios no se enfrenta a dos panoramas simétricos, como sus dos caras. Una ventana de Jano se abre a la abundancia abrumadora de los hechos privados y públicos ya sucedidos; la otra ventana da a un gran espacio en blanco, una incertidumbre para algunos esperanzadora y para otros temible. El porvenir de mañana mismo es tan inescrutable como la fisonomía de bronce o de mármol del dios. Y los dioses antiguos no se distinguían precisamente por su compasión hacia los seres humanos. No sabemos qué pasará en nuestra vida ni siquiera dentro de unas horas. Pero no necesitamos el don de la profecía para saber que en el nuevo año se prolongarán muchos de los horrores del anterior, y que la sombra de los desastres climáticos vendrá acompañada de otra más oscura: la conciencia de que dos o tres megalómanos investidos de un poder sin límites tienen la facultad de desatar en unos minutos un apocalipsis nuclear.

Esta primera mañana es la primera página de un cuaderno en el que anotamos la fecha con la ligera extrañeza de escribir por primera vez la cifra del nuevo año. La hoja todavía en blanco se parece al silencio en el que nos recreamos con una conciencia muy clara de su excepcionalidad. En los tiempos de los periódicos solo en papel, que no se vendieran este día era un rasgo singular de la fiesta, y acentuaba la sensación de tregua. Ese reposo breve ya no es posible en esta época en la que todo está ocurriendo siempre a cada momento, a no ser que uno tenga la fuerza de voluntad o el hartazgo o la simple apatía de permanecer desconectado, al menos durante una mañana, durante un solo día hasta el anochecer.

Ernest Hemingway, hombre frenético que sabía de lo que hablaba, decía que no deben confundirse el movimiento y la acción. Hay personas agitadas por una convulsa necesidad de movimiento que no llega a cuajar en ninguna acción firme, sustantiva, lo mismo que hay conferenciantes y charlistas y demagogos que no callan nunca y nunca dicen nada sensato o práctico, nada que no hayan repetido y estén repitiendo siempre los demás miembros de su numerosa cofradía. En este sentido, Lao Zu y Manuel Azaña son de la misma opinión. En el Tao Te Ching, Lao Zu dice: “El que sabe calla; el que habla no sabe”. Menos lacónico, pero no menos certero, Azaña escribió que, si en España cada uno solo hablara de lo que sabe, se haría un gran silencio muy beneficioso para trabajar.

Contra el movimiento sin acción, las palabras sin significado, el ruido sin sosiego, son muy instructivos la calma y el silencio del campo en invierno. En la barra de uno de los dos o tres bares del pueblo, un amigo que dejó la vida de ciudad para hacerse agricultor, me dice: “Aquí es donde puedo apreciar de verdad el paso de las estaciones, y ver cada una tal como es”. En esta comarca de agua abundante y de una biodiversidad que estalla de golpe con la llegada de la primavera y se prolonga hasta la plenitud de las cosechas de manzanas, uvas y membrillos, y los colores del otoño, el invierno profundo es una estación austera, de tonalidades esteparias, con pinares de verdes apagados en los montes de tierra rojiza, con manchas grises de chopos y abedules desnudos a lo largo las orillas del río. Los manzanos, los cerezos, los ciruelos, los nogales, dibujan sus siluetas peladas y oscuras contra una tierra que se quedó exhausta después de la fertilidad incesante de las estaciones anteriores. En algunos huertos quedan todavía las tomateras colgando como trapos viejos de las armazones de cañas que las sostuvieron. Se puede oír algún pájaro aislado que nunca se ve; o los picotazos secos de un pájaro carpintero. A estas alturas del invierno las únicas flores que prosperan son las de los jaramagos blancos, frágiles de apariencia y resistentes a las heladas, capaces de encontrar alimento con sus raíces en la tierra endurecida. El agua del río, que en épocas de tormentas tiene un color de tierra, ahora brilla con una transparencia fría de verde de botella. Solo se oye la corriente briosa, y el viento en las copas verticales.

Es la calma profunda, el apaciguamiento de la vida orgánica, desde los grandes árboles y los corzos y los jabalíes del monte hasta las lombrices, los caracoles, las hormigas en su letargo bajo tierra, las semillas en la catalepsia anterior a la germinación, los microorganismos y los hongos que al descomponer las hojas caídas y la hierba seca van creando la capa delgada de suelo fértil de la que toda la vida depende, incluso la nuestra, en la misma medida que del aire y el agua. En pleno invierno se distinguen mejor las manchas de tierra casi estéril en las que ha crecido -no puede decirse que se haya cultivado – el maíz transgénico tratado con dosis gradualmente más altas de pesticidas, herbicidas y fertilizantes químicos, maíz destinado a convertirse en biocombustibles o en alimento para los pobres animales cautivos de las macrogranjas, en las que el estrépito de la maquinaria productiva no se detiene nunca, ni existen el día ni la noche, como en las fábricas inhumanas de la Revolución Industrial. Traiga el año nuevo lo que traiga, cada uno lo vivirá mejor si se concede de tarde en tarde un santuario de silencio, al menos como el de esta mañana.























ENTRADA NÚMERO 9670

DEL ARCHIVO DEL BLOG: PRINCIPIOS SIN REPUESTO. PUBLICADO EL 18/08/2018

 







En política, los imaginarios son reales y esto ha sido comprendido por la ultraderecha. En un contexto geopolítico global en el que los fundamentos que la definían están siendo tensionados hasta el límite, Europa se enfrenta hoy a una pregunta que parece formulada por la mismísima Esfinge: di quién eres o perece. Lo escribe en El País Alicia García Ruiz, profesora de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid.

El viejo chiste que hacía Groucho Marx en esa notable sátira contra el fascismo que fue Sopa de ganso, comenta García Ruiz, siempre regresa a la vida política de un modo u otro. Hoy tenemos que modificarlo. En vez de “estos son mis principios, si no le gusta tengo otros”, estamos forzados a afirmar: “Estos son nuestros principios, si no les gustan no tenemos otros”. Lejos de poseer una hoja impoluta de servicios a la humanidad, Europa se parece más bien a una casa vieja llena de fantasmas antiguos, aunque desde la II Guerra Mundial la vieja casa se ha empeñado en exorcismos varios para mantenerse a salvo de ser abatida de nuevo por alguna dictadura. Pero lo que eran muros de contención antitotalitaria hoy se están transformando rápidamente en fronteras regidas por el miedo. Fronteras exteriores y fronteras interiores a la propia Europa, entre sus países, erigidas en el fragor de la disputa sobre cómo fortificar más y mejor la casa común hasta que deje de serlo.

Nada será fácil de arreglar en este nuevo contexto, no habrá recetas mágicas ni acuerdos sedosos, pero lo único que parece claro es algo que Jürgen Habermas ha puesto de relieve en un artículo reciente: es preciso definirse activamente, dar forma a la política en vez de estar a la defensiva, a ver venir un miedo sin contornos ni forma, difícil de gestionar y fácil de rentabilizar. Europa debe dar un paso adelante y hacer política común, no dos pasos hacia atrás para improvisar políticas de repliegue.

Los antiguos espectros están saliendo a pasear a plena luz del día, a la vez que el Mediterráneo se llena de cuerpos sin vida. Europa lo contempla atónita incapaz de reaccionar y definirse, pese a la relación que existe entre ambos procesos. Poco importa que diversos especialistas se empeñen en desmentir con cifras y hechos los discursos y nuevos imaginarios sobre una invasión de ultramar: las creencias infundadas o fundadas sobre miedos ancestrales son tozudas y se amplifican en la caja de resonancia de esas redes salvajes que hoy polarizan discursos de odio y temor. Mientras tanto, la casa común se empeña en seguir esperando a los bárbaros del poema de Kavafis, esto es, aguardando a que la defina, a que modele su identidad y sus contornos, una amenaza imaginaria en vez de una política real.

En política, los imaginarios son reales, su realidad consiste en su efecto y esto ha sido perfectamente comprendido por la ultraderecha que hoy día está conectando con los miedos de amplios segmentos de población literalmente machacados por la crisis y por el neoliberalismo salvaje en el que esta se incubó. Tiene razón Nancy Fraser al recomendar a la izquierda que, lejos de enzarzarse en una batalla de desprecio contra estos sectores, comience una rápida operación contra reloj para reconectarlos a un proyecto político que exorcice sus temores en vez de azuzarlos. O eso, o tendremos la alternativa ya conocida: el modelo del Leviatán que neutraliza el miedo a base de ser el que más miedo logra imponer.

Europa nombra a su miedo como “efecto llamada” pero lo que hay detrás es un miedo al cambio, a cómo gestionar la llegada del otro y a si este aceptará o no nuestras costumbres. Hace décadas, Derrida ya meditó sobre la llamada de la hospitalidad y el cambio que produce en el que acoge. No es que el otro que llama a la puerta nos vaya a cambiar, es que nos cambia al llamar a nuestra puerta, antes incluso de traspasarla, porque nos interpela. Según reaccionemos a la llamada nos convertiremos en una cosa u otra, pero en todo caso, en algo diferente. Probablemente el “efecto llamada” no existe pero la llamada desde el Mediterráneo sí nos va a cambiar.

Y aquí es donde entran en juego nuestros principios, nuestra capacidad de hacer política y definirnos en y a través de ese cambio. La apelación al principio de fraternidad hace unas semanas por parte del equivalente al Tribunal Constitucional francés es un paso histórico en esa dirección. Hay quien alberga dudas de su efectividad, pero la fuerza de los principios nunca ha estribado en que sean vigentes en todo momento y lugar sino en la posibilidad permanente que tenemos de apelar a ellos. Reside en la fuerza de las palabras que nos interpelan y nos comprometen, que nos hacen ser lo que somos. No tienen repuesto. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: TUS CRÍMENES, DE JUSTO BRAGA

 







TUS CRÍMENES



Tienes ojos de venganza cuando miras

y un azul

en tu mirada inamovible.


Yo he visto esa mirada


dirigida al enemigo,


descubriendo, desolado,

su pálpito nervioso.


Soplaba,

otra vez,

la fábula del viento.


Y tú,

ni pálida ni débil,

te alegrabas

de tanto crimen,

tan injusto cometido por tus ojos.



JUSTO BRAGA (1959)

poeta español























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 8 DE ENERO DE 2026

 




























SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA, HOXE, XOVES, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e a todos, e feliz xoves. As vacacións de Nadal 2025-2026 por fin remataron. Grazas a Deus. Contra o movemento sen acción, as palabras sen sentido, o ruído sen paz, a calma do campo no inverno é moi instrutiva, comenta o escritor Antonio Muñoz Molina na primeira das entradas do blog de hoxe. Na segunda, unha entrada arquivada de agosto de 2018, a filósofa Alicia García Ruiz dixo: En política, os imaxinarios son reais, e isto foi comprendido pola extrema dereita; e Europa hoxe enfróntase a unha pregunta que parece que a propia Esfinxe se puxo: dime quen es ou perecerás. O poema do día, na terceira entrada, está escrito polo poeta español Justo Braga e titúlase "Os teus crimes". E a cuarta e última entrada, como sempre, é a viñeta de humor diaria. Sede felices, por favor, aínda que sexa difícil. Vale a pena intentalo. Tamaragua, meus amigos. Ata mañá, se a sorte quere. Bicos. HArendt












miércoles, 7 de enero de 2026

DE LA GUERRA O LA PAZ





 



No lo sabíamos, pero ahora todo indica que uno de los próximos objetivos rusos será la UE; es decir: seremos nosotros, escribe en El País (03/01/2026) el escritor y académico de la Real Academia Española, Javier Cercas. Quien no lo ve es porque no quiere verlo: una guerra entre democracia y autocracia se libra en el mundo (o como mínimo en Occidente, o como mínimo en Europa), lo que explica que tanta gente sienta que vivimos una coyuntura semejante a la de los años treinta, comienza diciendo. Y con razón: contra lo que dice Perogrullo, la historia siempre se repite, solo que nunca se repite de manera idéntica; lo hace con máscaras distintas. En los años treinta el frente de la guerra entre democracia y autocracia estuvo durante tres años en España; hoy el frente está en Ucrania (muchos republicanos que pelearon contra Franco no creían en la exigua democracia española, como no creen en la exigua democracia ucrania algunos ucranios que pelean contra Putin; pero unos y otros defendieron o defienden la democracia, nos defienden a todos). En los años treinta las democracias occidentales abandonaron a la república española, y el resultado fueron 40 años de dictadura y una guerra mundial; ahora las democracias occidentales no han abandonado a Ucrania: algo es algo. En los años treinta la punta de lanza del autoritarismo era Hitler, cuyas intenciones estaban claras desde el principio; ahora la punta de lanza es Putin, cuyas intenciones estuvieron desde el principio claras, como llevan años advirtiéndonos quienes mejor lo conocen. En 2015, Svetlana Alexiévich, autora de un libro magistral sobre la caída de la Unión Soviética (El fin del ‘Homo sovieticus’), afirmaba que Rusia “es una amenaza para todo el mundo civilizado, el triunfo de una filosofía incluso más peligrosa que la soviética; están listos para entrar en cualquier conflicto armado, a solucionarlo todo a través de la guerra, a aplastar al otro. Chechenia, Georgia, Siria, Crimea, Ucrania… No sabemos cuál será el próximo país al que Putin envíe el ejército”.

No lo sabíamos hace 10 años, pero ahora todo indica que uno de los próximos objetivos rusos será la UE; es decir: seremos nosotros. No lo digo yo: lo repiten responsables europeos de primera fila, como el ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius, o el jefe del Estado Mayor francés, general Fabien Mandon, que auguran un ataque frontal ruso hacia 2029. Los oblicuos ya han empezado: Moscú emprendió hace tiempo una guerra híbrida contra países europeos fronterizos (y no fronterizos), con drones sobrevolando infraestructuras vitales, explosivos enviados a aeropuertos y ciberataques y campañas de desinformación destinados a sembrar el caos y favorecer a sus comparsas europeos, como la AfD, el partido de extrema derecha alemán. “No estamos en guerra”, ha declarado Friedrich Merz, canciller de Alemania. “Pero ya no estamos en paz”. Y lo peor es que, a diferencia de lo ocurrido en los años treinta, ahora Europa no puede confiar en un Estados Unidos que, con Trump al frente, por momentos deriva hacia la autocracia, o coquetea con ella: lejos de combatir a Putin, Trump se ha aliado con él y con el nacionalpopulismo europeo para desarticular la UE, convertirla en una colonia libre de trabas para los negocios de sus oligarcas (“Hay que abolir la UE”, proclama Elon Musk) y acabar con el fortín más sólido de la democracia en el mundo, o al menos el único que puede hacerle frente —de ahí que esté obsesionado con él—, el pilar básico de un orden internacional regido por las normas del derecho y no por las de la fuerza, que son las que él pretende instaurar.

¿Puede hacer algo la UE ante esta múltiple ofensiva contra ella (con China al fondo)? No solo puede: debe hacerlo; y, además, sabe lo que hay que hacer (solo falta hacerlo): de entrada, respaldar a Ucrania, aplicar los informes Letta y Draghi para concluir el mercado único y mejorar la competitividad, y emanciparse del todo y cuanto antes de Estados Unidos; luego, o mientras tanto, construir una Europa federal, capaz de conciliar la unidad política con la diversidad lingüística y cultural y de convertirse así en el proyecto político más potente, revolucionario y ambicioso de nuestro siglo, el único que puede garantizar, como en los años treinta, la victoria de la democracia sobre la autocracia. Quien no lo ve es porque no quiere verlo.
















ENTRADA NÚMERO 9665

DEL ARCHIVO DEL BOG. HOY: BENÉFICOS. PUBLICADO EL 04/07/2919

 








La izquierda lleva una neurosis considerable: cree que solo la religión hace agradable lo desagradable, y da dignidad al sacrificio, escribe en El País el ensayista y escritor Félix de Azúa. Está demasiado próxima la España que rapaba a las putas y lanzaba cantazos a los maricas para que de la mañana a la noche nos levantemos en un país tan extremadamente tolerante que parece el más avanzado del mundo, comienza diciendo Azúa. Quizás solo en el ámbito de la vida sexual que tanto agobia a los latinos. No se le da igual relieve a los asesinados por terroristas o al acoso de españoles en Cataluña y País Vasco. No hay un día del orgullo para este tipo de víctimas. El caso es que cuando los compasivos llegan al poder, se produce una avalancha de caridad que da muy mala espina. ¿Por qué tanta ansiedad por los lesionados, los menesterosos, los rechazados? Se entiende que sea un asunto de Estado y cada Administración proteja a quienes sufren pobreza y quebranto, pero ¿no hay algo raro cuando se lo apropian los actores del espectáculo democrático?

Valga un ejemplo para que se me comprenda. No es normal que una dirigente (creo que era la portavoz de Podemos) censure a un ricohombre porque donó un puñado de millones para combatir el cáncer. La señora juzgaba una humillación aquel gesto desprendido y le reclamaba que pagara impuestos. Bueno, seguramente los paga, pero lo notable era el rencor de la mujer contra la caridad del rico. No le irritaba, en cambio, la caridad del pobre. Para ella, los múltiples movimientos de ayuda, protección y asistencia, las subvenciones, las ONG, son loables si vienen de su bando. Se advierte un talante clerical en la izquierda reaccionaria. Para esta ideóloga hay una caridad cristiana (la que bendice su partido) y todas las demás son heréticas. La izquierda lleva una neurosis considerable: cree que solo la religión hace agradable lo desagradable y da dignidad al sacrificio. Sólo la Iglesia es piadosa. Y la Iglesia son ellos.y Ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: ENTRE TORMENTAS, DE ALISON LUTERMAN

 








ENTRE TORMENTAS



Anoche llovió a cántaros,

y los árboles perdieron todas sus hojas a la vez.


Hoy, hojas rojas y anaranjadas, como manitas,

yacen por las aceras en montones. Su piel de celulosa


es tan parecida a la nuestra, pero sin carne ni huesos.

Mientras tanto, los vecinos salen en masa,


rastrillando y tirando los restos de la tormenta.

Es lo que hacemos los humanos después de una tempestad;


limpiamos lo que queda, mientras los perros corretean

entre los montones barridos, y el


caos general que llamamos vida salpica el aire.

Este año casi terminado fue una larga deriva, sin frenos,


en la clase de hielo que se endurece en el corazón

de una nación. Hay vecinos que no están aquí,


pero deberían estar, y se ha destruido tanto

que nunca se podrá arreglar, al menos no


en esta breve vida. Dónde está el fondo y cómo

sabremos cuándo lo hemos alcanzado


es la pregunta que ni siquiera el astrólogo vestido de negro

puede responder, pero sí sé que mis amigos están


en Home Despot mientras hablo, haciendo sonar ollas y sartenes

y luchando contra los secuestradores que vienen por los hombres


que solo quieren trabajo, y otros

bloquearon las intersecciones alrededor de las oficinas de ICE


en San Francisco la semana pasada y fueron arrestados.

Estoy preparado, todos lo estamos, para lo que venga después,


para que las ruedas se derrumben por completo.

Mientras tanto, estamos entre tormentas y el aire es suave,


los vecinos tienen un improbable Santa inflado que todavía

preside su jardín, renos de plástico ondeando al viento


y nieve falsa, con un gran ¡ Feliz Navidad !

¡Próspero Año Nuevo! en brillantina verde y roja en su ventana.



ALISON LUTERMAN 

poetisa estadounidense