viernes, 10 de octubre de 2025

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 10 DE OCTUBRE

 




























jueves, 9 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 9 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 9 de octubre de 2025. Parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy la psicoanalista Lola López Mondejar. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2019, hablaba del abusivo control de nuestras actividades más privadas e íntimas que las nuevas tecnologías ejercen sobre nosotros, y lo que es peor, con nuestro consentimiento tácito. El poema del día, en la tercera, lleva por título Creación, es del poeta italiano Cesare Pavese y comienza con estos versos: Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba./Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora./Mis compañeros duermen todos. La clara jornada/se me revela más limpia que los rostros aletargados. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LA AUTOINCULPACIÓN AL ODIO

 







Parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación, escribe en El País [[De la autoinculpación al odio, 06/10/2025] la psicoanalista Lola López Mondejar. El pasado agosto, comienza diciendo López Mondejar, se publicó en este periódico un amplio artículo, firmado por Ángel Munárriz, titulado ”Abascal gana fuerza entre obreros y parados y se acerca al umbral de Le Pen", donde se informaba del aumento de los apoyos a Vox entre los desempleados, los asalariados y quienes se consideran pobres. Se trata de ciudadanos que no votan políticas progresistas, a pesar de que son estas, precisamente, las que han incrementado el salario mínimo interprofesional, aumentado las pensiones, defendido la sanidad y la educación públicas, o intentado, intento frustrado por la derecha, reducir la jornada laboral. A pesar de todo lo anterior, parte del electorado natural de la izquierda se gira hacia la derecha y culpa a aquella de su situación.

Pablo López Calle ha investigado la subjetividad precaria en las periferias metropolitanas desindustrializadas, mediante entrevistas realizadas a jóvenes trabajadores de Coslada que sufrieron la crisis de 2007. Jóvenes que, en época de bonanza, dejaron pronto la enseñanza en busca de oficios manuales que ofrecían salarios bien remunerados y que, tras la recesión económica, se encontraron en situación de desempleo sin cobertura, abocados a vivir con sus padres o a volver a formarse para acceder a otras profesiones supuestamente mejor pagadas. Su insuficiente formación inicial les impedía optar al escaso trabajo decente disponible, continúa el autor, lo que les llevó a soportar situaciones de “infraempleo y sobreexplotación”. Notemos que se trata de las mismas condiciones materiales que hoy encontramos en los potenciales votantes de Vox a los que se refiere Munárriz.

Hace menos de diez años, López Calle observaba en estas clases populares una subjetividad, es decir, un modo de saber y representarse a sí mismo, que tenía conciencia de su precarización, que sufría el duelo por la pérdida de estatus, y también, y esto es lo que más nos interesa aquí, una subjetividad que se culpaba, psicologizaba y consideraba problemas individuales los conflictos colectivos que le afectaban. Es lo que se conoce como individualizar la queja. Tratar de convertir en problemas personales los problemas sistémicos es una práctica común del neoliberalismo, como sabemos. La crisis económica fue vivida entonces como un episodio traumático, un shock que se interpretó como un conjunto de errores colectivos y personales, un pecado involuntario, lo llama López Calle, vinculado con una naturaleza débil o con elecciones personales equivocadas, entre otros factores.

Lo que quiero destacar es que el desclasamiento, la precarización, la falta de reconocimiento social que la pérdida de un trabajo más digno comportaba era interpretado por los afectados como efecto de una mala gestión de sus recursos personales, con el consiguiente correlato de culpa, depresión y otras patologías del reconocimiento, como son la pérdida de aprecio social, en palabras de Axel Honneth, que afectan a quienes pierden el sostén identitario que el trabajo y el acceso a los bienes materiales e intangibles que este proporciona.

En apenas una década, insisto, una parte de quienes hoy ven disminuidas sus oportunidades laborales y sociales ha pasado de aquella autoinculpación a la exculpación actual. Esta población desfavorecida ya no se instala en la dolorosa rumiación culposa de entonces, sino que identifica primero a un culpable de su situación, para deshumanizarlo y convertirlo en chivo expiatorio después: los inmigrantes y el Gobierno, proyectando sobre ellos el odio que genera su pobreza, el agudo resentimiento que experimentan quienes observan cómo descienden sus expectativas de prosperidad. Un odio que, en ocasiones, incitado por las arengas de Abascal y compañía, se vierte de manera casi letal, como vimos en los sucesos del pasado verano en Torre Pacheco y Hortaleza.

La autoinculpación reflexiva caracterizaba el modo en que eran socializadas las mujeres en el patriarcado tradicional; mujeres que nos sentíamos fácilmente culpables de cualquier conflicto, de ahí que la depresión la sufra casi el doble la población femenina. La exculpación, por el contrario, es una característica central de la socialización de los varones, especialistas en culpar a otros de sus errores, eludiendo así la reflexión y el aprendizaje, y manteniéndose en una satisfactoria situación de poder. De ahí que la expresión del malestar psicológico entre ellos se manifieste con irritabilidad, comportamientos de riesgo o aislamiento, antes que con tristeza depresiva, que permanece subyacente.

La autoinculpación es dolorosa, produce una hemorragia narcisista difícil de manejar, genera una pasividad que es fruto de la impotencia, mientras que la exculpación reactiva es consoladora: no soy yo el culpable, es el otro, pudiendo generar actuaciones impulsivas para recuperar el control que se siente perdido. Es el inmigrante quien me quita el trabajo, alarga las listas de espera de los hospitales, me roba los recursos de un Estado que no hace lo suficiente por los suyos y protege a los extranjeros; son los inmigrantes quienes convierten España en un país más inseguro. Reconocerán en estas afirmaciones el argumentario más recurrente entre los dirigentes y los votantes de Vox, tan masculinos ellos.

A efectos de esa exculpabilización gratificante no importa que nada de esto sea cierto. Que los inmigrantes no nos quiten el trabajo sino que desempeñen aquellos que los nacionales no queremos hacer, que tengan una buena salud y no frecuenten los hospitales con la insistencia que ellos afirman, o que no se beneficien de esos recursos que sienten amenazados quienes los acusan, pues los trabajadores extranjeros suponen casi un 14% de las aportaciones a la Seguridad Social. No importa que, según datos del Ministerio de Interior, el aumento de extranjeros no haya incrementado los delitos, sino que la criminalidad en España haya disminuido un 0,3% en el último año. Y no importa porque el uso de la razón está reñido con la exculpación impulsiva, que se instala cómodamente como mecanismo de defensa debido a su capacidad de reparar de inmediato cualquier herida, proporcionando potencia y expulsando de sí la responsabilidad. Al proyectar el odio sobre el chivo expiatorio elegido se mantiene intacta la autoestima, dando un sentido simplista y reparador a cualquier malestar. El mecanismo es muy utilizado por los hombres maltratadores, que culpan indefectiblemente a sus mujeres de los reveses que les proporciona la vida, mientras ellas se autoinculpan. Y la extrema derecha y la derecha extrema han sabido capitalizar el descontento, potenciándolo, para hacerse con las simpatías de miles de jóvenes precarizados por un sistema económico capitalista, caníbal y deshumanizado. La culpa que siguió a la crisis anterior se convierte en acusación y odio, en la separación radical entre un nosotros y un ellos, en una peligrosa designación de un culpable al que estigmatizar y desear destruir.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la ultraderecha y a la derecha de esta dinámica es caer en el mismo error exculpatorio que ellos, pues está claro que los partidos progresistas han contribuido sin proponérselo a este peligroso giro al no atender suficientemente a las condiciones materiales de la población más vulnerable, entre las que la precarización laboral y la falta de vivienda serían las más urgentes, pues privan de agencia y de futuro, aumentando el rencor.

La rectificación está llegando, esperemos que no sea demasiado tarde. Urge para el bien de todos una reflexión profunda que identifique las causas ocultas tras ese malestar desesperado. Urge hacer autocrítica y enmendar. No hay tiempo que perder. Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora, premio Anagrama de Ensayo de 2024 por Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad.












DEL ARCHIVO DEL BLOG. CONEJILLOS 4G. PUBLICADO EL 18/11/2019

 








A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de las autoras cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellas tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy,  de la escritora y periodista Luz Sánchez-Mellado, sobre el abusivo control de nuestras actividades más privadas e íntimas que las nuevas tecnologías ejercen sobre nosotros, y lo que es peor, con nuestro consentimiento tácito. Les dejo con él.

"El 9 de octubre, -comienza diciendo Sánchez-Mellado-, entre el petardeo de whatsapps, el goteso¡o de gmails y los trinos de Twitter, recibí una notificación de Google Maps que me dejó de fibra óptica. Que sí, que vale, que ya supongo que he debido de aceptar hasta que me empalen, y que puedo evitar estos episodios si cancelo la ubicación, el micrófono, la cámara y los datos y vuelvo a usar el teléfono como si fuera un teléfono y no un criado para todo a cambio de dejarme analizar hasta las heces. Pero ese es otro debate. Lo que me dejó de grafeno fue el contenido y no el continente. “Tus actividades de septiembre”, se titulaba el mensaje, y, al abrirlo, casi me obro encima. Según el geolocalizador, ese mes estuve en siete ciudades, visité 15 establecimientos, anduve seis kilómetros y pasé 59 horas a bordo de un vehículo con el móvil a cuestas. O sea: de casa al coche, del coche al atasco, del atasco al curro y del curro a casa, pasando por la gasolinera y el supermercado. Qué pena me di de mí misma. Además de constatar que mi vida es una mierda y de jurarme que el lunes vuelvo al gimnasio que llevo dos años pagando sin ir por si me animo, confirmé mis peores sospechas de que mi móvil me conoce mejor que mi tocólogo.

Recordaba todo esto el martes, cuando transcendió que el INE va a pagar a las operadoras para que nos rastree, saber cómo nos movemos y poder articular soluciones logísticas. A pesar de que dicen que se trata de información anónima y en bruto, la indignación ha sido un tsunami. Pertinente. Pero me plantea la paradoja de por qué rechazamos que un organismo público sepa nuestros movimientos mientras que a Google le damos nuestra sangre si nos la pide. Sobre el éxito del rastreo, será parcial en cualquier caso. Las grandes preguntas —¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿por qué empieza esta noche la tercera campaña electoral en un año?— seguirán sin respuesta. En cuanto acabe la turra vuelvo al gimnasio".























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CREACIÓN, DE CESARE PAVESE

 







CREACIÓN




Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.

Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.

Mis compañeros duermen todos. La clara jornada

se me revela más limpia que los rostros aletargados.


A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo

o a gozar la mañana. No somos distintos,

idéntica claridad respiramos los dos

y fumamos tranquilos para engañar el hambre.

También el cuerpo del viejo debería ser sano

y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.


Esta mañana la vida se desliza por el agua

y el sol: alrededor está el fulgor del agua

siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al

descubierto.

Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto

y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,

y la inmovilidad. Estará la compañera

-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su

voz.

No hay voz que quiebre el silencio del agua

bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca

bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.

Estremece sentir la mañana que vibre,

virgen, como si nadie estuviese despierto.




CESARE PAVESE (1908-1950)

poeta italiano

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 9 DE OCTUBRE DE 2025

 



























miércoles, 8 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 8 DE OCTUBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 8 de octubre de 2025. El escritor y cineasta israelí Etgar Keret escribe en la primera de las entradas del blog de hoy: Cuesta creerlo, pero han pasado dos años desde el 7 de octubre de 2023; veinticuatro meses de terror y furia, de discursos en los que nos dicen que no falta nada para la victoria total; y aquí estamos hoy, sin despertar de ese sueño escalofriante. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2017, el filósofo Manuel Cruz, decía: La consigna dominante en determinados sectores de la izquierda parece ser esta: regresemos al punto en el que todavía no existían los males que hoy nos azotan. El poema del día, en la tercera, se titula Resplandeciente oscuridad, es del poeta español Javier Almuzara, y comienza con estos versos: No hay nada que no sea luminoso,/incluso la ceguera y el vacío/que oscuramente abolen el desorden. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LOS DOS AÑOS PASADOS DESDE EL 7 DE OCTUBRE

 






Seguimos sin despertar de ese sueño escalofriante, sino viviéndolo a diario como nuestra nueva rutina, dice en El País [Dos años del 7 de octubre, 05/10/2025] el escritor y cineasta israelí Etgar Keret. Cuesta creerlo, pero han pasado dos años desde el 7 de octubre de 2023. Veinticuatro meses de terror y furia, 104 semanas de discursos en los que nos dicen que no falta nada para la victoria total, 730 días de muerte, bombardeos y hambruna. El tiempo vuela cuando está detenido. Hace solo dos años, una nación entera vio con impotencia cómo de la oscuridad surgía una pesadilla; y aquí estamos hoy, sin despertar de ese sueño escalofriante, sino viviéndolo a diario como una parte continua y asesina de nuestra vida: nuestra nueva rutina.

Dos años de abrir los ojos cada mañana para encontrarnos con un día más de rehenes encerrados y hambrientos en túneles; un día más de bombardeos, muerte y privaciones para hombres, mujeres, niños y ancianos en Gaza; un día más de listas en los periódicos con los nombres de los soldados muertos, un gran círculo de dolor que se agranda de forma constante y amenaza con devorarlo todo.

En las playas de Tel Aviv, los culturistas sudorosos y la gente que hace pádel surf prosiguen con su ritual mientras el ruido lejano de las detonaciones llega a la orilla como un mensaje en una botella, la sordina de las noticias sobre lo que ocurre en Gaza, que los bañistas prefieren ignorar. Al fin y al cabo, aquí no podemos oír los gritos ni los llantos; y esas explosiones lejanas producen un sonido al que resulta que el oído humano se acostumbra con facilidad. Después de dos años, uno se habitúa a todo. Especialmente cuando cada día es igual al anterior y de noche nos desvelamos contando los rehenes vivos, los gazatíes muertos y los discursos llenos de odio y miedo de un líder acosado en cuyas palabras ya no cree nadie. Hoy promete que los israelíes vivirán en una Esparta en guerra permanente y no hace falta ser profeta para saber que mañana servirá el mismo plato de veneno y terror —sazonado con la sal y el amargor del sudor y la sangre— y el victimismo de nación perseguida que se ha convertido en la reacción invariable de Israel ante cualquier crítica.

Todavía recuerdo el día —dentro de unos días hará dos años— en el que estuve en un parque de un pintoresco pueblo, sentado en estado de shock, en medio de supervivientes de los ataques del 7 de octubre contra las comunidades de la frontera de Israel con Gaza, que estaban tratando a duras penas de sobreponerse a la pérdida de todo lo que tenían una semana antes y que había desaparecido en un instante. Hablé con una niña cuyo padre había muerto asesinado. Sus ojos eran un pozo profundo, oscuro e insondable, y recuerdo que los míos, que solo querían mirar, cayeron en él. También recuerdo que le prometí, en el tono más convincente que pude, que, al cabo de un año o incluso menos, la niebla negra que la rodeaba se disiparía. Que seguiría sintiendo dolor y miedo, pero solo como un recuerdo, una cicatriz que iría cerrándose poco a poco. No era más que una niña que acababa de quedarse huérfana. Una superviviente. Y vi en sus ojos que me creía. Eso fue hace mucho tiempo: han pasado dos años. En aquel entonces, yo mismo me creía mis palabras.

Escribo este artículo casi dos semanas antes del 7 de octubre. Podría haber esperado, pero confío en que, para cuando se publique, ya sea irrelevante. No es un temor, sino un deseo. En mi fantasía, recibo un incómodo correo electrónico del responsable de Opinión del periódico en el que me explica que los recientes acontecimientos políticos y militares han dejado obsoleta mi columna: ahora que se ha firmado un alto el fuego y tanto los rehenes israelíes como los habitantes de Gaza están regresando a casa, mis desesperados lamentos y quejas son innecesarios.Así que aquí estamos, unos días antes, y Donald Trump, autoproclamado candidato al Premio Nobel de la Paz, ha anunciado su “plan de paz de 20 puntos” para acabar con la guerra, devolver a los rehenes y encontrar una solución política al conflicto. La Bolsa israelí se ha disparado, como si el plan ya se hubiera llevado a la práctica y con éxito, pero yo sigo aferrándome a mi artículo original. Quizá porque este no es el primer plan de Trump que veo —¿quién puede olvidar la “Riviera de Gaza”?—, o porque la mayoría de los 20 puntos son de una vaguedad extrema, sin calendario ni mecanismo de aplicación. Por ejemplo, ¿Hamás depondrá las armas o las entregará? Y, en ese caso, ¿cuándo? Cada “punto” suscita más preguntas y temas de negociación, así que no parece que la rutina letal de la guerra vaya a terminar pronto. Mientras seguimos con ansiedad cada nuevo titular, los rehenes israelíes encerrados bajo tierra y los habitantes de Gaza entre los escombros de la superficie tendrán otro día más de sufrimiento y muerte constantes, sin que se vislumbre aún el final. Etgar Keret es escritor y director de cine israelí. Su último libro traducido al castellano es Avería en los confines de la galaxia (Siruela).























DEL ARCHIVO DEL BLOG. UNCIDOS, PODEMOS. PUBLICADO EL 08/09/2017

 







Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados señalaba hace unos días, refiriéndose a la consigna dominante en cierta izquierda de reescribir el pasado, deteniéndose en un punto determinado del recorrido en busca de culpables de los males de hoy y encerrándose en el marco de los buenos frente a los malos, que caminamos con paso firme hacia el pasado. 

La consigna dominante en determinados sectores de la izquierda, comenzaba diciendo, parece ser esta: regresemos al punto en el que todavía no existían los males que hoy nos azotan. No es por casualidad que en el lenguaje parlamentario los verbos más utilizados desde hace ya un tiempo entre nosotros sean “revertir” y “derogar”. Al principio parecía que hacían referencia únicamente a las nefastas políticas del Partido Popular y no nos llamaba la atención tanto uso, pero nos hemos ido adentrando en lo pretérito con desenvuelta determinación y ya se ha empezado a ampliar el espectro de las actuaciones que también se nos insta a deshacer. Bien pronto ha alcanzado la querencia a alguna de las llevadas a cabo por José Luis Rodríguez Zapatero (artículo 135 de la Constitución aparte, ha habido quien ha puesto en la picota su entera reforma laboral). Es de suponer que, a este ritmo, transitaremos rápidamente por lo llevado a cabo por Aznar y resulta altamente probable que la gestión de Felipe González sea despachada en un plis-plas (a fin de cuentas es para algunos —últimamente, incluso desde sus propias filas— el epítome de las puertas giratorias). De ahí a situarnos en el escenario del inicio de la Transición, como algunos desean, solo quedará un suspiro.

¿De qué depende detenerse en uno u otro punto del recorrido? De la posición política de cada cual. Se diría que, en el seno de la izquierda, las diferencias entre sus diferentes sectores la marca el punto del pasado en el que se detendrían (y por cierto que esto mismo rige para esa específica variante de la izquierda que últimamente ha virado en Cataluña hacia el independentismo: en su caso el retroceso alcanzaría hasta 1714). O, lo que viene a ser lo mismo, su especificidad pasa por el lugar en el que cada uno coloca el origen de todos nuestros males. Benjaminianos sin saberlo, se ven empujados hacia delante, como el ángel de la historia de Paul Klee, por el transcurrir de los acontecimientos, pero con el rostro vuelto hacia el pasado, incapaces de mirar de frente lo que se les avecina.

Esta actitud contiene una profunda contradicción. Los buenos tiempos siempre quedan atrás pero, por otro lado, quienes se reclaman de ellos se declaran, en el mismo gesto, inaugurales. Se empeñan en reescribir el pasado —dicen que para no repetir sus errores—. Pero el propósito en cuanto tal constituye una declaración de impotencia. Entre otras razones porque quien viaja imaginariamente al pasado en cuestión lleva a cuestas su presente. El ventajismo de criticar desde hoy las posiciones que los adversarios antaño mantenían para, a renglón seguido, certificar el rosario de presuntos renuncios y contradicciones en que estos últimos habrían incurrido tiene un fácil antídoto: el de preguntarse qué pensaban y qué defendían los predecesores de los mencionados hipercríticos en aquel mismo momento. Quizá, de aplicar el antídoto, nos encontraríamos con que también aquellos incurrieron en lo que sus herederos ahora tanto critican (la aceptación de la monarquía o la actitud hacia la amnistía podrían ser ejemplos ilustrativos).

Pero la falacia tiene doble fondo y por debajo de este primer nivel, en última instancia casi metodológico, subyace otro de mayor importancia. Porque este imaginario viaje al pasado, además de revelar una impotencia política, es en sí mismo imposible. A dicho lugar no se puede regresar porque ya no existe. Pretenderlo es hacer como si nada hubiera sucedido entretanto, como si el tiempo transcurrido desde entonces no hubiera alterado en modo alguno la realidad. Pero es a la realidad actualmente existente a la que hay que dar respuesta, la que, en lo que proceda, urge modificar. Todos esos ejercicios de intensa melancolía política (de la añoranza de lo que pudo haber sido y no fue) a los que venimos asistiendo de un tiempo a esta parte, toda esa dulzona autocomplacencia ante el heroico espectáculo de las ocasiones perdidas al que se dedican de manera sistemática quienes no las vivieron, deja sin pensar precisamente aquello que más debería importarnos, que es la solución de los problemas que hoy tenemos planteados.

Reivindicar, pongamos por caso, la socialdemocracia sueca de los sesenta cuando no solo no somos suecos sino que nos separa de aquella década medio siglo únicamente puede ser considerado, en el mejor de los casos, un mero flatus vocis. Si se quiere reivindicar un modelo de semejante tipo no basta con utilizar como argumento mayor frente a los escépticos el tan contundente como romo de que tal cosa fue posible y extraer luego, como mecánica y simplista conclusión, que podría volver a darse. Se impone, en primer lugar, dar cuenta de los motivos por los que se torció el proyecto, qué hizo que fuera degradándose hasta quedar muy lejos de su diseño originario. Y, a continuación, mostrar lo que hoy, en nuestras actuales condiciones, resulta viable.

Pero proceder así probablemente desactivaría en gran medida la eficacia de un discurso más cargado de emociones que de razones. Se diría que algunos rehúyen la posibilidad misma de encontrarse con la evidencia de que tal vez buena parte de las respuestas ofrecidas en el momento en el que, según ellos, las cosas tomaron la senda errónea eran las adecuadas, o las menos malas, o acaso las únicas posibles. Pero aceptar eso dejaría sin referente su indignación, que no tendría a quien dirigirse. Necesitan pensar (contraviniendo a Platón, dicho sea de paso) que aquello no solo se hizo mal, sino que se hizo mal a sabiendas. Corolario ineludible a partir de semejantes premisas: quienes actuaron de tal modo, no solo son responsables de lo sucedido sino que, sobre todo, son culpables de cuanto ahora nos pasa.

El cuadro (¿o quizá deberíamos mejor decir el marco, el famoso frame?) queda de esta manera cerrado. Ellos frente a nosotros, los de arriba frente a los de abajo: los buenos frente a los malos, en definitiva. Pero los dualismos los carga el diablo, y del maniqueísmo al cainismo apenas hay un paso, que en el calor de la polémica no cuesta apenas nada dar. Hace no mucho, en el transcurso de un agitado pleno en el Congreso, un diputado de izquierdas le espetaba a la bancada del Partido Popular estas sonoras palabras: “España es un gran país, pero sería mejor sin ustedes”. Excuso decir el entusiasmo con el que fueron acogidas por parte de los correligionarios del diputado en cuestión. Sin embargo, he de confesar que a mí no me sonaron tan bien. Quizá fuera porque la memoria, siempre tan traviesa, decidió gastarme una mala pasada y trajo a mi cabeza dos versos de una canción que interpretaba un cantautor, de izquierdas por cierto, en los albores de la tan denostada Transición. Decían así los versos: “aquí cabemos todos/ o no cabe ni Dios”.












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, RESPLANDECIENTE OSCURIDAD, DE JAVIER ALMUZARA

 







RESPLANDECIENTE OSCURIDAD




No hay nada que no sea luminoso,

incluso la ceguera y el vacío

que oscuramente abolen el desorden.

Los fantasmas del sueño nos devuelven

la fe en una vigilia inconsistente,

y la paz del olvido augura a todos

un descanso final sin sobresaltos.

Con su sirena urgente, herida y duelo

no dejan que la vida se nos vaya

sin sentir. A la exánime pereza

nunca le falta tiempo para nada.

La ociosidad inclina a la belleza,

y la ausencia de dios es clamorosa

caja de resonancia para el rezo.

A la sed de los cuerpos le debemos

el amor, ese imán de soledades.

La envidia no consiente que los méritos

se queden al albur de ser premiados.

Para el odio no hay nadie indiferente

y el miedo es nuestro ángel de la guarda.

Lo oscuro solo oculta su virtud

a unos ojos cansados de buscarla.

También tiene su brillo esa pobreza:

la opacidad es don de la ignorancia,

y la noche, el misterio de la luz.




JAVIER ALMUZARA (1969)

poeta español