El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 21 de febrero de 2025
[ARCHIVO DEL BLOG] Lo pedante y lo cursi. Publicado el 14/02/2020
El poema de cada día. Hoy, Hola, soy un bot de Adrienne Rich (en fase beta), de Luis Eduardo García
HOLA, SOY UN BOT DE ADRIENNE RICH
(EN FASE BETA)
Imagina que quieres escribir un poema
sobre una mujer que entreteje el cabello
de otra mujer. Mejor sería que supieras
si las mujeres del poema podrían respirar
y permanecer unidas o si sus cuerpos
podrían pertenecerles realmente.
El lenguaje puede pisarnos el cuello, puede
ocultarnos en sitios estrechos.
La tentación de lustrarlo es muy grande, ¿pero
existe un impulso interior o algo
nos controla a distancia?
¿Te darías cuenta si ambas mujeres
quisieran escapar?
¿Te darías cuenta si perdieras
todo rastro de filo?
Tienes que saber esas cosas.
Luis Eduardo García (1984)
poeta mexicano
miércoles, 19 de febrero de 2025
De las entradas del blog de hoy miércoles, 19 de febrero
El Munich de Trump
La maniobra de apaciguamiento que ha llevado a cabo Donald Trump con Vladímir Putin ha hecho que, a su lado, Neville Chamberlain parezca un personaje realista, valiente y lleno de principios. Por lo menos, Chamberlain estaba intentando evitar una gran guerra europea, mientras que Trump está interviniendo en medio de una guerra que ya es realidad. El Múnich de Trump (es decir, el equivalente al acuerdo de 1938 con el que el Reino Unido y Francia traicionaron a Checoslovaquia) se produce en vísperas de la gran Conferencia de Seguridad en la capital de Baviera, en la que sus emisarios van a reunirse con los aliados occidentales. Esta Conferencia de Seguridad de Múnich debe marcar el comienzo de una decidida respuesta europea que tenga en cuenta las lecciones de nuestra trágica historia para no [. Lo dice en El País [La respuesta de Europa al ‘Múnich’ de Trump, 14/02/2024] el historiador Timothy Garton Ash.
El próximo paso que propone Trump es, en la práctica, un nuevo Yalta (la cumbre celebrada entre Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido en febrero de 1945 en la ciudad de Yalta, en Crimea, en la que las superpotencias decidieron el destino de los países europeos sin contar con ellos). En este caso, su propuesta es que Estados Unidos y Rusia decidan el destino de Ucrania con una participación mínima o inexistente de Ucrania y otros países europeos. Salvo que, esta vez, los ocupantes de la Casa Blanca y el Kremlin se reunirán primero en Arabia Saudí y después en sus respectivas capitales, mientras que Yalta quedará en manos de Rusia. Porque, en el mundo feliz de Trump y Putin, el poder tiene siempre la razón, y la expansión territorial es un comportamiento natural de las grandes potencias, ya sean Rusia en el caso de Ucrania, Estados Unidos con Canadá y Groenlandia, o China con Taiwán.
Todas las analogías históricas tienen sus límites y de las de Múnich y Yalta se ha abusado mucho. Pero aquí, por una vez, parecen verdaderamente apropiadas si somos capaces de destacar, junto a las semejanzas, las diferencias que hay entre ellas.
Después de la elección de Trump, pasaron unas cuantas semanas en las que tuvimos una tenue esperanza de que, en relación con Ucrania, su Gobierno fuera fiel al lema que tanto había cacareado de “la paz mediante la fuerza”, en el sentido de que la fuerza es el único lenguaje que entiende Putin. Ahora vemos que Trump solo se comporta como un matón con los amigos de su país y, en cambio, se muestra servil ante sus enemigos.
El supuesto hombre fuerte es débil a la hora de la verdad, cuando tiene que enfrentarse a los autócratas hostiles de todo el mundo. En un solo día, hizo cuatro concesiones inmensas, innecesarias y nocivas. En primer lugar, no solo entabló unas conversaciones exploratorias con Putin a través de un intermediario, lo que podría resultar comprensible, sino que hizo públicamente unos elogios absurdos y desmesurados del dictador ruso, a quien calificó de líder mundial. “Los dos reflexionamos sobre la Gran Historia de nuestras respectivas Naciones”, dijo, en una publicación que hizo en las redes sociales, a propósito de su larga charla telefónica. Ambos hablaron sobre “los grandes beneficios que obtendremos algún día si trabajamos juntos. Pero antes, hemos coincidido, queremos acabar con los millones de muertes que está provocando la guerra entre Rusia y Ucrania”. Imaginemos que, en 1941, en vez de entrar en guerra contra la Alemania nazi en el bando del Reino Unido y otros países europeos aliados, el presidente de Estados Unidos hubiera llamado a Hitler, hubiera reflexionado sobre “la Gran Historia de nuestras Naciones” y los dos hubieran decidido acabar entre ellos con “la guerra entre Alemania y el Reino Unido”.
En segundo lugar, Trump ofreció al líder ruso una negociación bilateral entre Estados Unidos y Rusia sin contar con los ucranios, justo una conferencia al estilo de Yalta como la que siempre ha querido Putin. Y, por si fuera poco, en tercer y cuarto lugar, declaró que Ucrania debe renunciar a parte de su territorio y que Estados Unidos no apoyará su ingreso en la OTAN. Ya hace tiempo que se han dicho estas dos cosas en privado, en Washington y otras capitales occidentales, pero proclamarlas en público y antes de empezar supone una lección magistral de cómo no practicar el “arte de la negociación”. Ya hizo algo parecido en las negociaciones con los talibanes sobre el futuro de Afganistán, cuando desde el principio fijó un calendario para la retirada de Estados Unidos, en lugar de dejarlo para el final. Los historiadores actuales disponen de las notas y los recuerdos de los colaboradores más cercanos de Hitler, que ponen de manifiesto hasta qué punto le encantó el pacto que arrancó a Chamberlain. Quizá algún día tengamos pruebas similares del regocijo que habrá sentido Putin por las concesiones que ha hecho Trump.
Eso no quiere decir que vaya a haber nada que merezca ni remotamente el nombre de paz a corto plazo. La primera interpretación pública que ha hecho el Kremlin de la llamada entre Trump y Putin es extraordinariamente prudente, con la advertencia de que resulta “esencial resolver las razones del conflicto”. Con toda probabilidad, lo que Putin preferiría es seguir hablando de paz con Trump en una serie de reuniones sin prisas en Arabia Saudí, Estados Unidos y Rusia, para que, mientras tanto, Rusia siga avanzando en el campo de batalla, demoliendo las infraestructuras energéticas de Ucrania y destrozando la economía, la sociedad y la unidad política del país de todas las maneras posibles. (Cuando se le preguntó a Trump sobre la participación de Ucrania en las conversaciones, respondió que antes debe celebrar elecciones presidenciales, en consonancia con la línea de ataque rusa sobre la legitimidad del presidente Volodímir Zelenski).
Hay una enorme diferencia entre la Europa de la época en la que se firmaron los acuerdos de Múnich y Yalta y la Europa actual. La Europa de hoy es rica, libre y democrática y constituye una comunidad estrechamente integrada de socios y aliados. Es cierto que, como han vuelto a demostrar las últimas encuestas del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, también está dividida y confundida sobre cuál es el mejor camino para Ucrania. Ahora bien, con una coalición suficientemente decidida de países dispuestos y capaces de actuar, entre los que, desde luego, se encuentra el Reino Unido, Europa todavía puede hacer posible que Ucrania estabilice la línea del frente, resista económicamente y consiga llegar a una negociación en una posición de fuerza, no de debilidad. Por eso, la Conferencia de Seguridad de Múnich de este fin de semana debe ser el comienzo de una respuesta europea al Múnich de Trump. Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford e investigador sénior de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Su último libro es Europa. Una historia personal (Taurus).
[ARCHIVO DEL BLOG] La tercera dimensión de la democracia. Publicado el 01/02/2019
El poema de cada día. Hoy, Hablando con Ofelia, de Diego Doncel
HABLANDO CON OFELIA
Ofelia, me conoces tanto como yo a ti.
Floto muerto en la misma agua que tú flotas.
Junto a nosotros, las sombras de la noche
se mueven veloces como la paleta de un
sepulturero.
También yo fui devorado por la espera de un amor
imposible.
También yo tuve que aprender a vivir con promesas
vacías que ni siquiera el tiempo mitigó.
En la orilla, cerca de edificios tapiados del color de la
metadona,
la hierba está podrida por el influjo de la muerte.
Los pájaros ensucian los parques
con la música de los móviles del más allá.
Desde lo profundo de los extrarradios,
muy drogada, la niebla viene
de ver cómo se cuelgan los suicidas.
Finalmente supiste que el mundo era un lugar extraño
para las almas dóciles, oíste la furia de la melancolía
crecer dentro de ti, abrasándote la carne como la bala
de un asesinato, haciéndote explotar las venas,
violenta y roja, como un acto terrorista.
Somos pasto de leyes equívocas.
Somos lo que han creado nuestras heridas y nuestra
tragedia.
Corriente abajo, donde se refleja
el óxido del alumbrado público
y las sombras de las estaciones abandonadas, no van
nuestros cuerpos
sino nuestros sueños perdidos.
El viento mueve ya las lápidas en las que estarán grabados
nuestros nombres que después el invierno sepultará.
Amamos y fuimos traicionados por el amor.
Buscamos y estamos solos con los restos de nosotros
mismos.
Intentamos interpretar y acabamos poseídos por la
locura.
Las cosas tienen la dimensión de la ausencia,
la fatalidad del engaño.
Nunca tuvimos consuelo.
Somos aquello que no pudo vivir, que nunca pudo amar,
que se derrumbó por dentro y nadie lo pudo sostener.
Somos frágiles: nuestros sueños se perdieron
como se pierden las grandes pasiones, calladamente.
Ahora ya sabemos que el amor es un sentimiento
peligroso.
Sin embargo, te cojo la mano fría, te susurro al oído
las palabras que él no te dijo, los pequeños secretos,
las pasiones más íntimas.
Te acaricio la cara antes de que te vayas para siempre,
dejo en el agua el rastro de ceniza de mis dedos para que
puedas volver.
Diego Doncel (1964)
poeta español



















































