El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 31 de enero de 2025
jueves, 30 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy jueves, 30 de enero de 2025, y cumpleaños de S.M. el rey Felipe VI
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 30 de enero de 2025. La descripción del escudo de Aquiles fue la primera inteligencia artificial, de dice en la primera de las entradas del blog de hoy, pues Homero narra en la Ilíada cómo era ese escudo y lo que en él aparecía representado en relieve. La segunda es un archivo del blog de septiembre de 2022, sobre el arte de la traducción, que fue el último artículo de Javier Marías antes de morir. El poema del día, en la tercera, se titula Momentos felices y comienza así: Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo/tirando todo al fuego: poemas incompletos,/pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,/fotografías, besos guardados en un libro,/renuncio al peso muerto de mi terco pasado. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y felicidades, Señor, por vuestro 57 cumpleaños.
De Homero y la inteligencia artifical
La descripción del escudo de Aquiles fue la primera inteligencia artificial. Y nos enteramos ahora. Homero dedica en la Ilíada un buen segmento de su relato a narrar cómo era ese escudo y lo que en él aparecía representado en relieve; figuran estrellas, emboscadas, ciudades, asambleas, personas que desempeñan profesiones, campos de cereales en los que ocurren escenas costumbristas y hasta elementos que difícilmente podrían estar plasmados en el escudo si este hubiera existido: ganado mugiendo, un niño que canta con delicadeza... En el escudo de Aquiles parecía haber toda una representación del cosmos entonces conocido. Para el lector de la Ilíada, en medio de un relato de ardores guerreros, la descripción de cómo era ese escudo grande y pesado forjado por los dioses como una obra de arte era una especie de respiro narrativo, escribe en El País [Homero y la inteligencia artificial, 25/01/2025] la filóloga Lola Pons.
El pasaje fue muy bien recibido en la tradición posterior y dio lugar a todo un género en la escritura: la descripción de obras artísticas, lo que las retóricas y los tratados llamaron con la voz griega écfrasis. La écfrasis es la representación de una representación, la versión en palabras de una obra artística: el poema que versifica sobre un cuadro, la pieza literaria que alaba una escultura... No se describía un paisaje o una persona, sino la forma en que la obra artística los representaba. Distinta de la paráfrasis y menos conocida que ella, la écfrasis fue también un ejercicio retórico de escuela: los estudiantes tenían ante sí una obra que habían de convertir en palabras con la indicación precisa de que, para que la tarea fuera exitosa, tenían también que interpretar, sacar fuera aspectos de la obra artística y sumar a ellos su propia visión. Odas a urnas griegas o relatos breves sobre una escultura de Apolo son productos verbales nacidos de piezas artísticas, en algún caso con resultados memorables que han pasado a la historia de la literatura.
La inspiración de este movimiento estuvo en el escudo de Aquiles, que quizá nunca existió, pero que terminó siendo creado, primero con palabras y luego con materia. Porque la celebridad de ese pasaje de la Ilíada hizo tentador recrear el antecedente de la descripción, seguir los datos de Homero como si fueran instrucciones y esculpir escudos de Aquiles en cerámica (algunos se exponen hoy en museos) o pintarlos en escenas mitológicas para imaginar cómo quedaría en los brazos del héroe tan bello instrumento.
El camino inducido por la Ilíada fue que de la palabra se llegó a la imagen, en una especie de écfrasis inversa. Y eso es lo que hoy, en versión simple y automática, tenemos a nuestra disposición con algunas herramientas de inteligencia artificial. Sí, podemos pedir a una aplicación que genere una imagen donde, me excuso, Cleopatra esté sentada a los pies de las ruinas incas de Machu Picchu acompañada del primer ministro británico actual comiendo ambos gofio canario. Y la imagen sale. Y podemos instar a que en ella aparezcan enfadados, o sorprendidos porque ha empezado a nevar, o leyendo EL PAÍS. Y la imagen, de nuevo, saldrá. Podemos sugerir un escorzo, un encuadre determinado, una paleta cromática específica... Y si seguimos empeñados en hacer proliferar este uso de la inteligencia artificial, ya no será el mejor artista quien diseñe o pinte bien, sino quien mejor hable, quien mejor describa, quien más atinadamente sepa dar instrucciones con palabras a la máquina robótica que crea.
Si antes, en la écfrasis que practicaban nuestros antepasados, la creación visual era previa a su representación con palabras, el procedimiento automático actual se levanta a la manera homérica: primero se explica y después se recrea visualmente, en un proceso que relega al autor en favor de la herramienta. Se describe para crear, y esto tiene consecuencias. Porque ante estas aplicaciones que crecen veloces y que nos hacen temer estafas, sesgos y malversaciones éticas, estamos cediendo la interpretación de nuestras palabras y la creación final a la máquina. Nos limitamos a describir.
Confiar la invención a las máquinas hace decrecer nuestra facultad de inventar, ya acorchada por nuestra incapacidad para concentrarnos, deslumbrados ante el brillo de las pantallas. Han crecido la escolarización, la educación, la lectura y el número de países que declaran ser democracias. Pero ha menguado nuestra disposición para interpretar, diluida entre consignas y mensajes simples, maniqueos, fáciles de entender. Ya no estamos en la época de Homero, pero nuestro cosmos, siendo mayor, parece no haber engrandecido nuestras posibilidades. Se ha rebajado nuestra capacidad de abstracción, de figuración, de reflexión profunda sobre las emociones, los problemas o las debilidades que no se pueden describir si no es interpretativamente. ¿Se le ocurriría a una máquina representar todo un microcosmos en un escudo, como hizo Homero? ¿Cómo se representan la turbación, el hastío o la renuncia? Miedo me da pedirle a la aplicación que me genere una imagen de chantaje o de desfachatez o de falta de escrúpulos. Temo obtener una foto de la política española de estas últimas semanas. Y sería una imagen real, no inventada.
[ARCHIVO DEL BLOG] Del arte de la traducción. Homenaje a Javier Marías. Publicado el 11/09/2022
Si hay una actividad que echo de menos, esa es la traducción. La abandoné hace ya décadas, con pequeñas excepciones (un poema, un cuento, las citas de autores ingleses y franceses que aparecen en mis novelas), y nada me impediría regresar a ella, salvo mis propios libros y lo mal pagada que sigue estando esa labor esencial, sin duda una de las más importantes del mundo, no sólo para la literatura; también para las noticias que llegan, los descuidados subtítulos de películas y series, el bastardo doblaje de hoy, los avances médicos, las investigaciones científicas, las conversaciones entre los gobernantes…, dice en El País de hoy [El más verdadero amor al arte, 11/09/2022] el escritor y académico Javier Marías. Pero la que yo añoro es la literaria, a la que dediqué casi todos mis esfuerzos. Siempre he sostenido que se parece tantísimo a la escritura que es agotador compaginarlas. La “única” diferencia es la presencia de un texto original al que uno ha de ser fiel —pero no esclavo de él—. Ese original ofrece inconvenientes y ventajas. Entre los primeros, que uno nunca es muy libre —pero sí bastante— porque debe reproducir lo mejor posible, en su lengua, lo que en las suyas escribieron Conrad o James, Proust o Flaubert, Bernhard o Rilke; es decir, uno no puede inventar. En una novela sí, de la primera a la última línea, hasta el punto de que a veces uno no sabe cómo continuar, y es entonces cuando desearía disponer de un original que lo guiara y le dictara siempre lo que le toca poner. El texto original, como la partitura musical, está ahí y es inamovible, aunque tanto el traductor como el pianista tengan amplio margen de elección. La dicción, la preferencia por un vocablo o su descarte, el tempo, el ritmo, las pausas, son responsabilidad de ellos. Y pueden destrozar una obra maestra, eso también.
A menudo recuerdo, a la vez con sudores fríos y enorme placer, mis meses o años empleados en traducir los tres textos más difíciles de mi vida: El espejo del mar, escrito en el fantástico pero extraño inglés de un polaco; Tristram Shandy, obra monumental del siglo XVIII no menos laberíntica que el sobadísimo Ulysses de Joyce; La religión de un médico y El enterramiento en urnas, de Sir Thomas Browne, sabio inglés del XVII con una prosa tan majestuosa como sublime como alambicada, que suscitó la admiración incondicional de Borges y Bioy. Ante ella me rendí: no me sentía capaz de proseguir. Al cabo de unos meses, pensé que era una lástima que los lectores de lengua española se quedaran sin conocerla y, con renovado brío, reanudé y concluí la tarea. ¿Por qué me importaba tanto el conocimiento de esos lectores, que en ningún caso iban a ser cuantiosos? Ni yo lo sé. Sencillamente juzgué que esa maravilla merecía existir en mi idioma, aunque fuera para disfrute y provecho de unos pocos curiosos.
Algunos traductores no viven de la traducción —los que sí, pobres, se ven obligados a empalmar trabajos malos, regulares y buenos, y a acabarlos todos a gran velocidad—. Los primeros poseen un superfluo y desinteresado sentido del deber para con sus compatriotas. Si pensamos en la primera traducción del Quijote, del dublinés Thomas Shelton y de 1612, sólo siete años después de su publicación en español, ¿qué tuvo que impulsar a aquel hombre para embarcarse en una novela española, larga y nada fácil, de un completo desconocido? Lo ignoro, pero cabe imaginar que Shelton fue tan generoso como para no querer privar a los demás irlandeses ni a los ingleses del placer que él habría experimentado durante su lectura en castellano. Si alguna vez fue adecuada la expresión “trabajar por amor al arte”, es para la labor de esos traductores. Al fin y al cabo, un escritor alberga la esperanza, por remota que sea, de vender mucho y triunfar. Al traductor nunca lo aguardan tales glorias, y aún hoy bastantes editoriales se permiten no poner su nombre en la cubierta, como si Ali Smith o Zadie Smith no hubieran necesitado de un concurso. Y si hablamos de emolumentos, es para echarse a llorar. ¿Cómo va a pagarse igual una versión de Dickens que una del enésimo chisgarabís americano actual? Y sin embargo así sucede. Hay editores que se han hecho de oro merced al trabajo de un traductor, al que retribuyeron con una rácana tarifa por página y se acabó, mientras el título en cuestión vendía cientos de miles de ejemplares en español.
No sé, sí: también una hija puede cuidar a su madre por el amor que le profesa, pero eso no obsta para que su ímproba dedicación se vea remunerada, sólo sea para que no se muera de hambre mientras renuncia a ganarse el sustento con un empleo. Desde ese punto de vista no puedo sentir nostalgia de mis años de traductor. Me ha ido mucho mejor con mis novelas. He gozado de una inmensa suerte que poco tiene que ver con el mérito ni con el talento. Y aun así, aun así… Recuerdo cómo me satisfacía y emocionaba “reescribir” en mi lengua un texto mejor que ninguno que yo pudiera alumbrar, como fue el caso de mis tres traducciones mencionadas. Leer, corregir y releer cada página y pensar (siempre sujeto a equivocación, uno es mal juez de lo que hace): “Sí, sí, así lo habrían escrito Conrad, Sterne o Browne de haberse expresado en español”.
Esta es la última columna que Javier Marías escribió para EL PAÍS, un homenaje a los traductores. El novelista la había dejado escrita en julio para ser publicada a la vuelta de su habitual parón de agosto. Este septiembre, su estado de salud impidió que volviera a su cita semanal con los lectores en ‘El País Semanal’. Esperábamos poder iniciar la nueva temporada con esta columna cuando se recuperase, pero tras la muerte del escritor este domingo, se convierte en la última entrega de ‘La zona fantasma’, la número 939 desde que Javier Marías comenzó a escribir en el diario en febrero de 2003.
Del poema de cada día. Hoy, Momentos felices, de Gabriel Celaya
MOMENTOS FELICES
Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?
Cuando salgo a la calle silbando alegremente
—el pitillo en los labios, el alma disponible—
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?
Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?
Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?
Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?
Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?
Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
«Estaba justamente pensando en ir a verte.»
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?
Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?
Gabriel Celaya (1911-1991)
poeta español
miércoles, 29 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy miércoles, 29 de enero de 2025
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 29 de enero de 2025. La narración del fracaso, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, se enfrenta al sentido dominante de modernidad como época que rechaza todo principio de autoridad y de verdad que no hayan sido previamente sometidas al tribunal de la razón. La segunda del día es un archivo del blog de agosto de 2015, y titulado Reiterpretando a Platón, contra políticos e historiadores que parecen ver la Historia con anteojeras, es decir, que solo ven de la Historia la parte que les interesa, obviando la complejidad de la misma. El poema del día, en la tercera, se titula Insomnio, y comienza con estos versos: Tú y tu desnudo sueño. No lo sabes./Duermes. No. No lo sabes. Yo en desvelo,/y tú, inocente, duermes bajo el cielo. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.
De la narración del fracaso
El Glosario del fracaso, editado por Valerio Rocco Lozano en la colección Pensamiento de la Editorial del Círculo de Bellas Artes, supone uno de los resultados del proyecto de investigación «Fracaso. Revertir las genealogías del fracaso; siglos XVI-XIX», financiado por la Unión Europea, escribe en Revista de Libros [Narrando el fracaso, 07/01/25] la profesora de la UNED Marcela Vélez León, reseñando el libro Glosario del fracaso, de Valerio Rocco Lozano (ed.), Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2021. La obra, que en su construcción colectiva refleja la interdisciplinariedad del equipo del proyecto, aborda conceptualmente la noción de «fracaso» desde una óptica transversal y novedosa, partiendo de interpretaciones alternativas e inusitadas de la modernidad. Y es que, ya desde la «Introducción» (pp. 9-27), Rocco señala la línea directriz de la obra, a saber: en tanto la modernidad puede ser dicha de muchas maneras, la propia noción de «fracaso», en cuanto plenamente moderna, también habrá de serlo.
Frente al sentido dominante de modernidad como «la época histórica, el gesto político y la actitud científica que aglutina el rechazo de todo principio de autoridad y toda fuente de verdad que se quieran legitimadas sin haber sido previamente sometidas al tribunal de la razón» (p.10) —sentido que está en la base del paradigma reduccionista que comprende la modernidad como puramente científica—, la pregunta que orienta las contribuciones de quienes participan en este volumen colectivo apunta a la posibilidad de comprender la Neuzeit en otros términos. Ya importantes aproximaciones filosóficas del siglo XX tomaron este hecho en cuenta, apuntando a la existencia de una dialéctica de la ilustración (cfr. Adorno y Horkheimer), por ejemplo, o a una crisis de las ciencias de europeas (cfr. Husserl) como explicación coherente de las paradojas de la modernidad. No obstante, ampliando la reflexión hacia la experiencia propia del individuo concreto, el ser de carne y hueso que es, al fin y al cabo, quien fracasa, las contribuciones de este libro toman como punto de partida un tercer sentido de modernidad, a saber, la modernidad literaria que, tal como señalara Milan Kundera, supone la emergencia de un paradigma alternativo en el que la literatura, como saber narrativo, abre parcelas de lo real más allá de la abstracción de la modernidad racionalista, y, en definitiva, muestra el fracaso como condición vital e indisociable de la existencia humana. Así, la noción de «fracaso» deja de ser subsidiaria del éxito, entendido como el triunfo cuantitativo y cuantificable, instrumental y útil. El objetivo principal de la obra es, pues, la narración del fracaso, y en ese sentido, se propone una «metaforología del fracaso» (cfr. Rocco Lozano, p. 150), es decir, una narración de las «figuras del fracaso» (cfr. Zazo, p. 233) que incorpora nuevos terrenos semánticos y existenciales sin los cuales resulta incompleta la comprensión del fracaso en la modernidad.
El volumen recorre conceptual, etimológica, literaria, filosófica e históricamente las nociones de «bancarrota» y «pobreza» (cfr. Martínez Bermejo, pp. 29-42 y pp. 263-279 respectivamente), «caída» y «tropiezo» (cfr. De los Ríos, pp. 43-58 y pp. 313-326 respectivamente), «culpa», «declive» y «deuda» (cfr. Arroyo, pp. 59-69, pp. 71-86 y pp. 131-138 respectivamente), «derrota» y «exilio» (cfr. Sánchez Usanos, pp. 87-100 y pp. 157-168 respectivamente), «desastre» y «pérdida» (cfr. Castro García, pp. 101-114 y pp. 249-262 respectivamente), «desengaño» (cfr. Aranzueque, pp. 115-129), «error» y «naufragio» (cfr. Rocco Lozano, pp. 139-155 y pp. 201-216 respectivamente), «mancha» y «ruina» (cfr. Garrocho Salcedo, pp. 169-181 y pp. 281-294 respectivamente), «monstruo» y «ocaso» (cfr. Blanco Martínez, pp. 183-199 y pp. 217-230 respectivamente), así como «olvido» y «suicidio» (cfr. Zazo, pp. 231-248 y pp. 295-312 respectivamente); un conjunto de conceptos que, en cuanto constelación de sentido, permite una aproximación profundamente rica y singular a la modernidad del fracaso.
Comenzando, en la mayoría de las ocasiones, por la exposición etimológica de cada uno de los términos, los capítulos navegan por los vericuetos lingüísticos, pero también sociales, históricos, e ideales, de cada uno de los términos abordados. O dicho de otro modo: aproximándose tanto desde la historia de la experiencia como desde la historia conceptual, el Glosario ofrece un plexo de sentido que permite pensar, por las proximidades y distancias léxicas de la familia semántica que compone la obra, en nuevas narrativas del fracaso. Ahora bien, para llevar a cabo esta tarea hay una pregunta inicial que es de recibo destacar: ¿desde dónde abordar la narración del «fracaso», teniendo en cuenta su carácter moderno, pero sin caer en los habituales clichés o lugares comunes sobre la modernidad? Este «desde» tiene una connotación temporal que hay que tomar en consideración cuando se piensa el «fracaso» en relación con un período histórico —esto es: temporal— bien concreto. Esto no implica, como supondría una perspectiva simple y reduccionista, que el conjunto que propone el Glosario haya de limitarse a la época que en general se denomina moderna, sino que, precisamente, ese cuerpo propiamente moderno hunde sus raíces en tiempos, pensadores, lugares y palabras que se remontan hasta Platón y Aristóteles, pero también a Aristófanes, Esquilo, Eurípides, Hesíodo y Homero. Entrecruzando literatura, ciencia, política, economía, filosofía, o historia, el Glosario recoge los hilos de esa antigüedad que se lee en la modernidad de Dante, Maquiavelo, Shakespeare, Montaigne, Kant o Hegel, tanto como en la de Borges, Heidegger, Machado, Marx, Foucault o Derrida. Las innumerables briznas contempladas y atendidas por los diferentes capítulos ofrecen a quien se asome al Glosario un nuevo universo de significación del fracaso, cuyo sentido aparece ahora plenamente atravesado por el carácter vitalista y existencial de aquella otra modernidad que explora los rincones de cada ser humano en su cruda facticidad, emotividad y aventura. En definitiva, el Glosario del fracaso ofrece, además de un diccionario, muy bien seleccionado, del campo semántico del concepto de «fracaso» —que aporta, en primera instancia, una aproximación conceptual y etimológica para expertos y especialistas del campo de la historia—, una perspectiva de conjunto cuya principal riqueza es la narración alternativa al propio autorreconocimiento de la modernidad que, desde nuestra contemporaneidad, se hace cada vez más necesaria e indispensable en cuanto saberes de nuestras historias, narraciones de nuestros fracasos.
Marcela Vélez es profesora en el Departamento de Filosofía de la UNED. Doctora internacional en Filosofía y Ciencias del lenguaje, ha realizado estancias de investigación en Goldsmiths College de la Universidad de Londres y en el Institut für Philosophie de la Friedrich Schiller Universität de Jena. Es directora de la revista académica Antítesis. Revista iberoamericana de estudios hegelianos y vicepresidenta para España de la Sociedad Iberoamericana de Estudios Hegelianos. Sus líneas principales de investigación son Filosofía de la historia, Idealismo alemán, Teoría Crítica y Filosofía política.


















































