jueves, 11 de abril de 2024

Del discurso del desprecio

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. El discurso del desprecio en la esfera política gana terreno, escribe en El País la lingüista Beatriz Gallardo Paúls, pero el reto no es imitarlo sino frustarlo con una respuesta razonable. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Si uno no quiere
BEATRIZ GALLARDO PAÚLS
08 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Patrioterismo, sensiblería, moralina o politiqueo son cuatro disfemismos que añaden negatividad a patriotismo, sensibilidad, moral y política mediante una leve alteración formal. Posiblemente, el recurso verbal más sutil para introducir estos cambios de significado sea la entonación, y desde los inicios de la Transición hemos tenido líderes cuya prosodia despectiva y chulesca funcionaba casi a modo de entonación firmada. Un paso de mayor complejidad supone introducir calificativos e intensificadores (añádase barato a cualquiera de los disfemismos), y otro aún mayor el apoyo en campos metafóricos rebuscados o ironías y sarcasmos; por ejemplo, estos días comprobamos hasta qué punto la palabra concordia puede resultar insultante. Estos usos despreciativos, englobados en el concepto de discurso del odio, parecen ganar terreno en la esfera política, aunque no son tan nuevos como podría pensarse; de hecho, las secciones de Opinión de algunos rotativos y radios españoles conservadores, presuntamente de referencia, llevan años supurando bulos y bilis. Pero en la última década sorprende la rapidez con la que los propios políticos, especialmente en la ultraderecha antidemocrática, han llevado esta retórica a los parlamentos “sin remilgos y sin complejos”, arrastrando en muchas ocasiones a los partidos conservadores tradicionales con resultados desastrosos para ellos.
Los disfemismos aportan matices de significado adscritos al polo de valoración negativa, pero, sobre todo, modifican el qué, el quién y la acción del discurso. Desplazan el tema tratado, desde el que sería el objeto natural de la política (propuestas sobre el bien común) a sus protagonistas, y alteran, además, la acción comunicativa realizada. La argumentación política más o menos razonada es sustituida por un discurso autorreferencial que habla insistentemente sobre los propios políticos, intercambiando ataques y reproches mientras, sorprendentemente, el resto de sus señorías llenan el hemiciclo de risotadas, aplausos y abucheos. Por eso, la repetida excusa que aducen los acusados de estos usos retóricos sobre su derecho a la libertad de expresión es tramposa, porque sabemos bien que lo que reclaman es una libertad para ofender, insultar, deslegitimar y agitar el odio; o, en los agredidos, una libertad para devolver los golpes. La política se puebla así de insultos, libelos y calumnias que, además de compartir la polaridad negativa y activar emociones desagradables, coinciden en que no se refieren a algo (la política), sino a alguien (sus actores).
Nos equivocaríamos, no obstante, si redujéramos estos discursos a la bronca entre políticos, pues la mayor falta de respeto apunta directamente al propio ciudadano. A pesar de que la capacidad inhibitoria del neocórtex (simplificando muchísimo: nuestra capacidad de callar) aporta una de las grandes diferencias entre nuestras lenguas y otros lenguajes animales, esta retórica construye un destinatario que no es persuadible desde la razón, sino desde las tripas y el cerebro límbico. Así que quienes optan por este tipo de expresión están diciéndole a sus votantes que no los consideran dignos del argumento político, sino solo de la interpelación primaria, emocional, instintiva. Por ello, la idea de devolver los golpes es muy arriesgada: los discursos seleccionan sus destinatarios, y adoptar de pronto el discurso insultante y amargado no solo puede fracasar en atraer nuevos votantes, sino que puede alejar a los propios.
Lo que resulta evidente es que estos registros de retórica desinhibida, aun coexistiendo con el discurso sobre propuestas políticas y legislativas, tienen más impacto y parecen dominar la esfera política. En este protagonismo confluyen diversos factores. El primero, que los seres humanos damos prioridad perceptiva a lo negativo, tal y como señala la psicología de la atención: el miedo, la ira y la angustia nos atrapan antes que la placidez o la gratitud. Por ello su difusión es más rápida y más impactante, simplemente destacan más.
Por otra parte, los exabruptos parlamentarios recorren sucesivas esferas contextuales en las que podrían encontrar freno, pero, por el contrario, cogen fuerza. Empezando por las propias cámaras. No solo los parlamentarios actúan como si estuvieran fascinados por su propia espectacularización televisada, sino que incumplen las normas. Por ejemplo, el artículo 103 del Reglamento del Congreso señala que diputados y oradores serán llamados al orden “cuando profirieren palabras o vertieren conceptos ofensivos al decoro de la Cámara o a sus miembros, de las Instituciones del Estado o de cualquiera otra persona o entidad”, una llamada al orden que repetida tres veces puede conllevar retirada de la palabra e incluso sanción de no asistir al resto de la sesión. Sin embargo, a lo más que se llega es a pedir educación y solicitar desde la presidencia retirar ciertas palabras, algo que, por otro lado, solo supone unas notas pie de página en la transcripción.
El segundo círculo contextual que da alas a este discurso agresivo y desinhibido es el conformado por los medios de comunicación, cuyos criterios de noticia-espectáculo y clickbait los llevan a actuar casi como mero altavoz ecoico de este tipo de mensajes, sin ni siquiera aclarar su veracidad o proporcionar contexto. Encontramos, además, un ecosistema mediático profundamente asimétrico. La asimetría empresarial —que ya señalaba George Lakoff a finales de los años 90 para Estados Unidos, y que llevó a los franceses Dominique Albertini y David Doucet a publicar en 2016 el libro La fachosfère—, resulta básica porque evidencia una asimetría ideológica. Los verdaderos medios, de cualquier orientación política, formados por profesionales del periodismo acostumbrados a un código deontológico y a la rendición de cuentas, coexisten con una miríada de empresas de comunicación que se presentan como medios informativos, pero que básicamente se dedican a difundir propaganda partidista de ideología reaccionaria, financiada frecuentemente como promoción institucional; la difusión del discurso del odio o el boicot de ruedas de prensa es parte importante de su praxis. Resulta lamentable que esas partidas presupuestarias públicas, existentes en todos los gobiernos, puedan dedicarse a estos fines sin ningún tipo de control, algo que habría podido ser responsabilidad del nunca constituido Consejo Estatal de Medios Audiovisuales anunciado por Rodríguez Zapatero en 2004 y previsto por la ley en 2010. Otra gran asimetría tiene que ver con la especial naturaleza de la difusión digital, cuyos algoritmos de viralización, como se demuestra una y otra vez, dan más visibilidad a los contenidos de polaridad negativa. Es ya un tópico apelar al modo en que las empresas de redes sociales, con su falta de estructura y su ritmo acelerado, han favorecido (y favorecen) la difusión de bulos y discursos de odio. Del mismo modo que Marshall MacLuhan asociaba el éxito del nazismo a la perfecta compenetración de la retórica de Hitler y el medio radiofónico, sabemos que el estilo grosero, simplista y acusador de Trump encuentra en las plataformas como Twitter su medio óptimo de difusión.
En definitiva, la escalada desinhibida del lenguaje político es, simultáneamente, una escalada de su difusión cómplice por parte de otras instancias políticas y comunicativas. Esta difusión era imposible en contextos predigitales y se despliega en un escenario mediático profundamente asimétrico, pero puede revertirse. El reto, enorme, no es imitarlos, sino, muy al contrario, frustrarlos con la respuesta; invertir la tendencia y obligar implacablemente a estos emisores a que hagan su trabajo y debatan sobre política real. Desde la profesionalidad mediática y política debería ser posible. Y sabemos desde el patio del colegio que si uno no quiere, dos no discuten. Beatriz Gallardo Paúls es catedrática de Lingüística de la Universidad de Valencia.
































[ARCHIVO DEL BLOG] Por una España y una Europa federales. [Publicada el 12/11/2012]











Se dice, y con razón, que en el matiz está la diferencia. Quién no entienda las diferencias de matiz, pero fundamentales, que hay entre Estado autonómico y Estado federal (en el primero la soberanía es única y está residenciada en el Estado y el pueblo en su conjunto; en el segundo la soberanía es compartida entre el Estado federal, los Estados federados, el pueblo de la Federación y el pueblo de los Estados federados) es que no ha entendido nada del asunto en cuestión. Les recomiendo la lectura de un libro clásico al respecto: El Federalista (Fondo de Cultura Económica, México, 1994) escrito por tres "ilustrados" estadounidenses, Alexander Hamilton, John Jay y James Madison a finales del siglo XVIII.
Sobre el federalismo como teoría política y las posibilidades de organizar España y Europa como entidades federales vengo escribiendo en el blog con asiduidad. Me gustaría destacar solo dos de mis entradas al respecto: "España: crisis total o reforma constitucional" y "Federalismo mejor que nacionalismo", e invitarles a su lectura.
Precisamente hoy hace un mes "El Hufgington Post" escribía sobre  la presentación en la sala central de la London School of Economics, llena a rebosar, de una propuesta de federalización de la Unión Europea: "Manifiesto por una Europa postnacional y federal" que permitiría sacar a la Unión del marasmo y la inoperatividad e ineficacia en que se encuentra sumida. La presentaban conjuntamente los eurodiputados Guy Verhofstadt, líder del grupo liberal y exprimer ministro de Bélgica, y Daniel Cohn-Bendit, líder de los Verdes y antiguo y combativo mayo-sesentaochista con el apelativo de Dany el Rojo. Unos días después, y sobre el mismo asunto, publicaba "El País" un artículo titulado "¿Qué es exactamente la unión política?", firmado por Olaf Cramme, director de "Policy Network", y la profesora Sara B. Hoboit, catedrática de Instituciones Europeas en la London School of Economics. 
Sobre las posibilidades y dificultades de ese proceso de federalización de España y Europa me gustaría animarles a la lectura de otros dos textos. El primero, de nuevo en "El País", con el título de: "¿Federalismo sin federalistas?", de Pablo Beramendi, profesor de Ciencias Políticas en la Duke University; sin duda el mejor y más certero análisis que he leído en bastante tiempo al respecto. El segundo, hoy mismo, en el diario "Público": "Cinco propuestas para una España federal", del profesor de Derecho Constitucional y exdiputado socialista, Elviro Aranda. Son opiniones con las que coincido en gran manera.
No quiero hacer de glosador de unos textos a los que ustedes mismos pueden acceder, así que a ellos les remito. El vídeo que acompaña la entradare coge la presentación, de la que les hablaba al comienzo, del "Manifiesto por una Europa postnacional y federal", en la London School of Economics. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt












miércoles, 10 de abril de 2024

Del ombligo de los sueños

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. La historia, afirma en El País la escritora Irene Vallejo, sigue entretejiéndose hoy con los mimbres de los símbolos más que de los hechos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











El ombligo de los sueños
IRENE VALLEJO
07 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Mil veces he escuchado el estribillo. Contar historias no nos sacia el hambre ni protege del frío o del peligro, no nos reviste de visión nocturna ni decisivas ventajas en la lucha por la vida. No sirve para nada. Y, sin embargo, desde los albores del tiempo recordado, los seres humanos sentimos el ímpetu irresistible de urdir relatos. Esta terquedad narrativa es un resorte misterioso. ¿Por qué son tan duraderos los mitos, los poemas, los cuentos? Las invenciones útiles cruzan despreocupadas las aduanas de los siglos, pero ¿qué pueden alegar en su favor las creaciones inútiles?
La ensayista británica Karen Armstrong afirma que buena parte de la historia humana ha estado presidida por dos formas de pensar, hablar y lograr conocimiento del mundo: el mythos y el logos. La primera no es una mera fase primitiva de la segunda. Ambas son rutas complementarias y esenciales para buscar la verdad. Según Armstrong, el logos se ocupa de los logros prácticos; el mythos, del significado. Los seres humanos –escribe– somos criaturas en perpetua búsqueda de sentido. Si carecemos de él, caemos de bruces en la desesperación. Los mitos y la literatura permiten que la gente atisbe realidades más hondas, cobijos simbólicos para nuestro precario existir. Necesitamos encaminar hacia un horizonte revelador nuestras vidas y persuadirnos de que tienen un sentido y valor palpables, pese a los errores y extravíos, más allá de cada disparate reincidente, de cada trompicón y traspiés.
A menudo pensamos que las leyendas pertenecen a tiempos tribales y que nos llegan —en nuestro mundo moderno, racional y evolucionado— como un rastro de humo procedente de hogueras encendidas en el amanecer de los tiempos. Pero la historia sigue entretejiéndose hoy con los mimbres de los símbolos más que de los hechos. El siglo XX creó mitos extremadamente destructivos, que gestaron terroríficas masacres y genocidios. No podemos oponer resistencia a esos mitos solo con argumentos lógicos, razones que no hablan el lenguaje de los temores, deseos y rencores profundamente enraizados. Se necesitan otros relatos poderosos, en son de paz. Gracias a las narraciones forjadas al calor del encuentro logramos —a veces, tal vez— afrontar juntos las ansiedades de las que está constelado este nervioso presente.
Las historias son al mundo lo que el ombligo a nuestro cuerpo: carecen de función o tarea vital, pero nos anudan a lo más esencial, ya que señalan nuestro vínculo carnal con los antepasados. En la antigua Delfos, la piedra omphalós indicaba el exacto centro del universo. Todo ser humano cuenta con ese orificio en el vientre, propio e intransferible, un sello aduanero de su entrada al alborotado paisaje terrestre. De hecho, durante siglos comentaristas y eruditos bíblicos han debatido con tenacidad si Adán y Eva fueron creados con o sin ombligo. Es quizá nuestro rincón más extraño, a la vez lírico y humorístico, arrugado y cóncavo, recubierto de pelusa, en espiral, misterioso, besado, mordido, enjoyado e ignorado. El ojo de una cerradura, una cicatriz. Como la literatura misma, un nexo con el cordón umbilical de las palabras.
En una de las novelas más antiguas, Genji Monogatari, publicada en el siglo XI, ya se debate sobre la inutilidad –o perversidad– de las ficciones. En el Japón de la Era Heian, las historias imaginarias se consideraban falsedades, embustes y artimañas propias de mujeres. Los hombres, ocupados en tareas serias como la política y las leyes, eran sus más severos detractores. La autora del libro, Murasaki Shikibu, a través de su protagonista Genji, osa defender las verdades de su invención. Las crónicas históricas, dice, muestran solo una parte de la verdad, y es en los relatos de ficción donde descubrimos las causas profundas de lo que sucede. La humanidad fabula cuando, en su paso por el mundo, sucede algo bueno, conmovedor o terrible, algo en definitiva demasiado maravilloso como para permitir que desaparezca al acabar sus vidas.
Según los neurólogos, curiosamente, tenemos un cerebro quijotesco, propenso a procesar de forma semejante relatos y realidad. Al escuchar una historia o leer una novela, intervienen todos los sentidos, y se activan las regiones cerebrales correspondientes a lo que sucede en el torrente de palabras. Términos como “cloaca” o “perfume” estimulan las áreas cerebrales relacionadas con el olfato; ante el verbo “huir”, se electrizan las neuronas del movimiento. Nuestra mente, en cierto modo, no distingue ficción de realidad y, gracias a ese titubeo, es capaz de experimentar las peripecias que narra la lectura. Aunque sí somos capaces de diferenciar un entorno ficticio de uno real, las respuestas de la emoción son idénticas. Por eso hacemos algo tan estrafalario como llorar o reír, preocuparnos o aterrorizarnos en el cine, el teatro o ante un libro, sabiendo que se trata de ilusiones y quimeras. Francisco Mora, experto en neurociencia, afirma que “cada persona cambia no solo en función de lo vivido, sino también de lo leído”. Las historias son el simulacro más persuasivo donde ensayar las inclemencias de la vida y aprender nociones valiosas sobre esos misterios ambulantes que son las otras personas.
Tal vez puedan incluso salvarnos incluso de nosotros mismos. Como explica David Farrier en su ensayo Huellas, uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo es el almacenamiento seguro a largo plazo de los residuos nucleares. Diversos países llevan décadas y miles de millones invertidos en construir almacenes subterráneos que puedan servir como depósitos fiables de basura radioactiva. Comunicar el riesgo que anida en esos territorios, dentro de miles de años, a generaciones que aún no han nacido, entraña un reto sin precedentes. Cómo avisar del peligro a los biznietos de nuestros tataranietos. Necesitamos concebir un mensaje que siga siendo útil —interpretable y, por lo tanto, eficaz— en un futuro en el que, quién sabe, podría no haber señales de tráfico, leyes o escritura.
Las primeras propuestas consistían en paisajes de púas, zanjas en forma de relámpago e inmensos laberintos de alambradas erizadas, como si fueran obra de una raza de gigantes dementes. Sin embargo, esas señalizaciones podrían quedar sepultadas por la arena de los siglos. El problema dio pie a la creación de la rama de investigación lingüística más extraordinaria jamás concebida: la semiótica nuclear. Su fundador, Thomas Sebeok publicó en 1984 un artículo donde defendía que la forma más sólida de proteger un mensaje frente a la erosión del tiempo profundo consistía en crear una leyenda. Sebeok depositó su fe en el poder y la pervivencia de los mitos. Los almacenes de residuos nucleares debían convertirse en lugares legendarios, malditos, amurallados por una invisible hilera de relatos. Nada es tan resistente y duradero como una historia alojada en la mente humana.
Umberto Eco escribió cierta vez que quien lee vive al menos cinco mil años: la lectura es una inmortalidad hacia atrás. Y, podríamos añadir, hacia delante, porque de nosotros quedarán ecos, susurros, relatos en boca de otros. Cuando ya solo nos sobrevivan destellos narrativos, cuando nuestros mitos sean un legado de asombro y advertencia, formaremos parte de esa urdimbre inútil de historias. Por suerte, nuestros descendientes sabrán, como la humanidad ha sabido desde los tiempos más remotos, que se necesitan muchas ficciones para aprender unas pocas verdades. Irene Vallejo es filóloga y escritora.




















[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre libros y bibliotecas: filias y fobias. [Publicada el 11/12/2011]













¿Cómo se definirían ustedes: cómo bibliópatas o cómo bibliófobos? Si lo primero, ¿cómo prefieren los libros: en papel o electrónicos?  "Leer por gusto, para matar el rato y así ganarse tal vez la eternidad, ha sido siempre el motivo de esa búsqueda de la felicidad y el conocimiento que es la lectura, y como en todos los actos humanos innecesarios o superfluos -a la vez que trascendentales- el acompañamiento personalizado, irrepetible (aunque tu ejemplar sea uno entre un millón que otros desconocidos leen en ese momento), fungible, de un libro físico, añade al acto de leer un componente sensual y sentimental infalible. El tacto y la inmanencia de los libros son, para el "amateur" (amador), variaciones del erotismo del cuerpo trabajado y manoseado, una manera de amar tradicional que, justo es reconocerlo, no pocas personas rechazan, prefiriendo el contacto sexual con aparatos, figuras de holograma y voces pregrabadas, lo que antes se conocía como telephone sex y pronto será, no lo dudo, digital sex, seguramente operado, como la telefonía móvil de alta gama, sin manos". 
Transcribo con placer el párrafo anterior de Vicente Molina Foix, porque sintetiza muy bien lo que se siente, lo que yo siento, cuando tengo un libro entre mis manos... Está en un artículo suyo en El País: "El siglo XXV. Una hipótesis de lectura", escrito como réplica a otro del escritor mexicano Jorge Volpi, "Requiem por el papel", publicado en el blog literario El Boomeran(g), en el que se pronunciaba rotundamente por la edición digital en lugar de la de papel. 
Ha sido la lectura de otro espléndido artículo, éste del escritor José María Merino en Revista de Libros, "Bibliofobia", lo que me ha llevado a esta reincidente reflexión personal sobre los libros, a la que no aporto nada que no haya dicho anteriormente, por ejemplo, en la entrada de este blog titulada "Bibliopatía". 
Ni que decir tiene que comparto las tesis de Vicente Molina Foix, (y de Anne Fadiman, en la citada "Bibliopatía"), sobre el amor y la pasión por los libros: Ya no es esa pasión compulsiva propia de la edad de iniciación, ahora ya morigerada por los años, la experiencia lectora, el cultivo del gusto literario, y... el precio de los libros. También para mí, el libro, todos los libros, son objetos sensuales y sentimentales; y hasta en el más insulso y prescindible, puede uno encontrarse una frase, un giro, una idea, que lo hacen atractivo... Puedo entender que haya gente a la que no le guste leer; ¿pero odiar a los libros?... Escapa a mi comprensión. Y sin embargo, el odio a los libros, la bibliofobia, como ilustra muy bien José María Merino en su artículo, es una constante histórica en todas las civilizaciones y culturas. Basten al efecto las citas sobre la destrucción premeditada y alevosa de bibliotecas como la de Babilonia, por los asirios, hace 4000 años, o la de Bagdad, por los bombardeos norteamericanos ya en el siglo XXI, pasando por la de la Alejandría de Hipatia; o los bibliocaustos eclesiales varios (Savonarola o el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum, entre otros); o los de la última guerra civil española; o el nazi, en el pasado siglo. Les recomiendo su lectura; estoy seguro que los disfrutarán. 
Acompaño la entrada con el vídeo del capítulo que la serie de televisión "Cosmos", de Carl Sagan, dedicó a la Biblioteca de Alejandría. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











martes, 9 de abril de 2024

De predecir el pasado

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Las plataformas y redes sociales, escribe en El País la historiadora Berta Ares, se empeñan en cultivar una mirada retrospectiva sin apenas advertir de que ese objeto de nostalgia es solo artificio. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Predecir el pasado
BERTA ARES YÁÑEZ
06 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Según un refrán ruso predecir el pasado es aún más difícil que predecir el futuro. Svetlana Boym parte de esta premisa al abordar el peliagudo tema que plantea en su libro El futuro de la nostalgia. Arranca el análisis relatando la siguiente noticia que lee en un diario: tras años en el exilio, aprovechando que se abren las fronteras soviéticas, una pareja de alemanes decide visitar la antigua ciudad de Königsberg, ahora Kaliningrado. En su paseo por el que un día fue su hogar nada les resulta familiar, hasta que llegan al río. Entonces, el anciano se arrodilla para remojarse la cara y al instante retrocede dando gritos de dolor: las aguas le habían abrasado la cara. La crónica finaliza con un sarcasmo: “Pobre río, imagínense la cantidad de basura y de desechos tóxicos que se habían vertido en él”. Ni rastro de compasión con el anciano que, poseído por el anhelo de regreso, había obviado el pasado real de la ciudad.
A partir de esta noticia, la pensadora desgrana sus observaciones en torno a la nostalgia. Un concepto paradójico, porque parece indicar el anhelo por un lugar, pero, de hecho, expresa el anhelo por un tiempo. Según Boym, este fenómeno manifiesta el desajuste que se produce cuando la modernización (tecnológica, industrial, capitalista) provoca un cambio radical en la experiencia del tiempo y en el ritmo de vida. Es decir, la nostalgia surge y se hace intensa cuando el avance y la consecuente agitación histórica imprimen una aceleración del tiempo. Ahora bien, esta celeridad se puede experimentar y proyectar de dos formas drásticamente diferentes. De forma reaccionaria, haciendo hincapié en la primera parte del concepto, el nostos, que significa regreso, para acometer la restauración del pasado. O de forma creativa, centrándose en la segunda parte del concepto, el algia, dolor y anhelo, lo cual obliga a realizar una reflexión no exenta de cuestionamiento, pues primero debe predecirse el pasado, es decir, hay que responder a la pregunta: ¿qué se añora concretamente?
Esta es la perspectiva del brillante ensayo de Barbara Cassin La nostalgia. Ulises, Eneas, Arendt. La filóloga y filósofa se pregunta de qué es nostalgia la nostalgia, ¿de lo igual o de lo otro? Relaciona este escurridizo sentimiento con el concepto de hogar (en el sentido de patria), el de exilio y el de lengua materna. Para hacerlo parte de la experiencia de desplazamiento (viaje, éxodo, exilio) de los héroes Ulises y Eneas, de la filósofa Hannah Arendt y de ella misma, aún conmovida por la hospitalidad recibida en una isla que nunca había sido su hogar.
Aunque su nombre así parezca indicarlo, no fueron los griegos, sino un médico suizo alemán quien acuñó el concepto nostalgia, a finales del siglo XVII. Sin embargo, sí existió en la literatura griega antigua el género del nostos, cuyo motivo es el regreso de los héroes a sus tierras patrias. El máximo exponente es la Odisea, uno de los grandes relatos que conforman nuestro pensamiento e imaginario occidental. Pues bien, Cassin destaca un detalle importante que tantas veces se nos escapa u olvida: Ulises nunca termina de no volver. Tras regresar a Itaca, reconquistar su identidad y el lecho de Penélope, el héroe parte de nuevo, debe viajar a “lo más lejano”, a “lo más otro”, a “lo más ajeno”. Algo nos dice ahí Homero.
Desde que el médico suizo diagnosticara en los soldados la enfermedad que acuñó como nostalgia, el avance de este fenómeno no ha parado de propagase. Boym señala que las revoluciones modernizadoras siempre provocan brotes y ahora la tecnología lo excita, pues acelera de forma exponencial la velocidad del tiempo. Hay algo despiadado en su ritmo frenético. Como el personaje MacNamara de Un, dos, tres, de Billy Wilder, nos apura: next, next, next! Hoy en día este desquiciante ritmo afecta hasta a los más flemáticos.
La tecnología, tal como la estamos manejando, lo acelera todo, lo acapara todo y deja muy poco margen a la filosofía, a las artes, a la literatura e incluso a la política para amoldar unas estructuras y unas condiciones de hospitalidad, de acogida y de arraigo mental, fundamentales para disfrutar una relación saludable con el tiempo y también con nuestras identidades.
Ahora que el mundo emprende una nueva carrera armamentística que tanto recuerda a esa guerra fría de la película de Wilder, y que las plataformas y redes sociales se empeñan en cultivar la mirada al pasado sin apenas advertir de que ese objeto de nostalgia es solo artificio, es buen momento para pulir nuestra mejor arma de resistencia: la humana y fascinante capacidad de imaginación. Ante la velocidad aún podemos oponer firmeza, alejarnos de ríos tóxicos, cultivar la curiosidad y el asombro, ese “más lejos y más otro” de Ulises, insistir en crear perspectivas para un mundo que no tiene por qué cerrarse. No podemos predecir el pasado, no conviene ser esclavos del regreso, pero sí podemos imaginar futuros. Berta Ares es historiadora.