jueves, 22 de febrero de 2024

De las políticas de Estado

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. PP y PSOE no tienen más remedio que ponerse de acuerdo para asentar un espíritu de pacificación y reconciliación en Cataluña, escriben en El País los catedráticos e historiadores Josep Maria Fradera, Xosé M. Núñez Seixas y José María Portillo Valdés, porque estamos ante una cuestión de Estado, con mayúsculas, y como tal debe tratarse, explicando a la ciudadanía adulta y responsable las razones y las consecuencias de las decisiones que se acuerden. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com












Elogio del desliz de Feijóo o apología de la política de Estado
JOSEP MARIA FRADERA, XOSÉ M. NÚÑEZ SEIXAS yJOSÉ MARÍA PORTILLO VALDÉS
16 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Suponemos que el presidente del Partido Popular no se alegrará de saberlo ni nos lo agradecerá. Con todo, nosotros, los abajo firmantes, sí celebramos el supuesto desliz de “la fuente del más alto nivel” sobre el indulto y —por encima de todo— su apelación a la necesidad de una reconciliación con Cataluña. No es la primera vez que Alberto Núñez Feijóo, o su sombra, parece salirse del surco trazado por los argumentos de su propio partido con respecto a Cataluña y los nacionalismos periféricos. Cuando fue nombrado presidente del PP, un locuaz columnista ya lo tachó de “nacionalista gallego”, lo que en Galicia provoca carcajadas. El PP ha acabado siendo esclavo de su rigidez discursiva en un asunto que ni le permite crecer electoralmente, porque siempre rivaliza con Vox en el terreno que a ellos más favorece, ni le ofrece flexibilidad parlamentaria. Por ello, lleva la bola de hierro de la ultraderecha atada a su tobillo. Ya lo hizo el PP cuando Rodríguez Zapatero negociaba el final de ETA, y no aprende. No ganaron las elecciones porque Zapatero hubiera “traicionado a los muertos”, recordando la vergonzosa fórmula utilizada por Mariano Rajoy en las Cortes, sino porque la crisis de 2008 acabó llevándose por delante a un presidente de acero.
No es la intención de estas líneas aconsejarle al PP cómo regresar al centro, que es donde se ganaban los gobiernos, ni cómo abrirse a una capacidad de cerrar acuerdos a varias bandas, que es como se ganan ahora. Sin duda, en la dirección del PP ya saben cómo deberían hacerlo, como prueban los deslices y filtraciones de ofertas o amagos de oferta a Junts, al PNV y quizá a ERC. Otra cosa es que sean capaces de hacerlo. Tampoco le vamos a pedir a Pedro Sánchez que deje de ser Sánchez, o que un político que puede tocar poder al precio de tragarse sus palabras anteriores, Churchill dixit, sea un alma noble y coherente y se aparte de semejante cáliz. Alguien que ha querido mezclar la física del poder con una indefinida metafísica advertía hace poco en estas mismas páginas de que la obsesión por el poder es un signo de debilidad. Lo que realmente debilita, como dijo aquel cínico italiano, es no tener el poder. Y, si no, que se lo pregunten a Feijóo.
El famoso desliz pone sobre la mesa no solo la consideración por parte de la dirección del PP de un acercamiento al independentismo conservador catalán y al PNV en busca de lo mismo que con tanto escándalo se denunciaba que hiciera Sánchez. Si a Sánchez se le ha acusado de cínico y oportunista, a los inquilinos de Génova habría que reprocharles hipocresía y manipulación. Pero ya aconsejaba Max Weber hace más de un siglo al joven que quiera dedicarse a la política que no se olvide antes de pactar con el demonio. Pues incluso el demonio también puede ser portador de ciertos valores virtuosos: como expresaba con pesadumbre el Mefistófeles de Goethe, “yo soy aquel espíritu que, queriendo hacer el mal, acaba siempre provocando el bien”. Porque lo que dejó caer esa “fuente del máximo nivel”, algo mucho más importante que la concreción jurídica de cómo se consigue, fue un reconocimiento de necesidad de concordia, de reconciliación de España con Cataluña y, sin duda, entre los propios catalanes. Podemos pensar que semejante propósito es ingenuo, porque el independentismo no quiere que nadie se reconcilie con él, si ni tan siquiera es capaz de reconciliarse entre sus distintas facciones. ¿Qué puede esperarse de un mundo que no es siquiera capaz de entender que en una democracia y en la Unión Europa la unilateralidad no cabe?
Da igual. El Estado, la Democracia Española —con mayúsculas—, el espíritu generoso y a la vez riguroso con las leyes, con el proceso legislativo y su aplicación por parte de los jueces, propio de un Estado liberal-democrático, debe saber que su misión y su sentido consiste en colocarse por encima de resentimientos y querellas enquistadas. Nada es Puigdemont comparado con la democracia española y las políticas que la pueden engrandecer y sustentar. Sería deseable por parte del PP asimilar esta idea, aunque sea con un tercio del supuesto oportunismo que ve en Sánchez. También que ambos partidos llegaran a la conclusión de que, como aconteció con la aplicación del artículo 155 de la Constitución, no tienen ahora más remedio que ponerse de acuerdo con el fin de asentar, desde los poderes del Estado, ese espíritu de pacificación y reconciliación. La política española adquiriría otra dimensión si se asumiera esta responsabilidad, en vez de maniobrar pensando en el partido propio a costa de la decencia política. Motivaciones para definir sus posiciones ideológicas no les faltarán a formaciones políticas enfrentadas. Y, si la política interior no les basta, ya habrá quien se las proporcione desde la internacional.
Una dimensión que, como mínimo, ni crispase ni alterase más de la cuenta a la ciudadanía, con razón perpleja, hastiada y confundida salvo en sus extremos. Se dirá también que mostrar tanta generosidad ante el independentismo —catalán, y por extensión y emulación, vasco y, tal vez, gallego— supone dejar esas comunidades autónomas en manos de quienes solo buscan borrar cualquier presencia del Estado central en ellas, lo que perseguirían ERC, y quizá PNV y BNG (Junts no está claro que tenga más plan que el regreso del amado líder). Pero a eso el Estado debe responder con políticas inteligentes y democracia, mediante la deliberación pública y el veredicto de las urnas, no a golpe de sentencias y cárcel jaleadas con rosarios patrióticos ante las sedes de los acusados de vendepatrias.
Tanto aquellos que simulan ver una Cataluña dominada por una banda de pseudoterroristas desalmados como quienes niegan la gravedad de lo sucedido en las fases más aciagas del procés deben comprender las consecuencias de sus posiciones, tristemente simétricas. Ni la justicia está para solventar la papeleta política, ni la voluntad política ensordecer la voz de la justicia. Es cuando menos irritante que todo lo que se proponga a la ciudadanía consista en optar entre reclamar a machamartillo presidio sin compasión o ver en el desafío secesionista un inocente vodevil que nunca puede acabar mal, medallas amarillas incluidas.
Estamos ante una cuestión de Estado, con mayúsculas, y como tal debe tratarse, explicando a la ciudadanía adulta y responsable las razones y las consecuencias de las decisiones que se acuerden. Así se hizo en otras fases de la historia española en el último siglo, empezando por la tan invocada y poco leída Transición. Habrá que tragar sapos para vivir mejor. Pero de eso se trata, siempre fue esta la salida. Así se hizo durante los durísimos años del terrorismo etarra, cuando gobiernos de derecha o de izquierda sondearon posibilidades de terminar con él, como acabó sucediendo. Y, recordemos: digan lo que digan algunos autos judiciales, en Cataluña no murió nadie en 2017. Y las calles estuvieron revueltas, pero no fueron escenario de desórdenes que no se hayan visto en otras ocasiones y lugares. La democracia y el Estado de derecho ganan cuando se reconoce y se mira la verdad a la cara. Y se actúa en consecuencia. Josep Maria Fradera es catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra. Xosé M. Núñez Seixas y José María Portillo Valdés son catedráticos de Historia Contemporánea de las universidades de Santiago de Compostela y del País Vasco, respectivamente.
























































[ARCHIVO DEL BLOG] El caso Salman Rusdhie. [Publicada el 16/09/2016]












Lo políticamente correcto está de moda. La censura mediática y social, pero también la autocensura personal. Todo el mundo, con las excepciones pertinentes al caso, mide sus palabras a la hora decir lo que piensa por miedo a pasarse o a quedarse corto,  a que le tachen de reaccionario o de revolucionario, de fascista o de comunista. Salvo en las redes sociales, donde la cantidad de tonterías escritas y leídas es tan abrumadora que localizar lo realmente importante es tarea imposible. Pero es lo que hay...
Carlos Blanco, periodista y filólogo, publicó hace un tiempo en su blog un artículo recordando que un 14 de febrero, día de San Valentín, de 1989, el imán Jomeini, líder espiritual y político del régimen islámico y revolucionario iraní, había dictado una fetua condenando a muerte al escritor británico de origen indio Salman Rusdhie. Su delito, haber escrito una novela, Los versos satánicos, en la que a juicio del imán iraní se ofendía gravemente al profeta Mahoma y a la fe musulmana.
Veintisiete años después de esa fatídico día, Salman Rushdie sigue viviendo a escondidas, protegido por la policía de los países que visita, y especialmente en Gran Bretaña, su lugar de residencia. La condena de Jomeini sigue vigente, y cualquier musulmán que lo ejecute habrá ganado su lugar en el paraíso.
Hace veintisiete años yo no tenía ni idea de quien era Salman Rushdie, ni me importaban lo más mínimo sus escritos. Pero cuando se produjo la condena de Jomeini, un gesto de solidaridad para con el escritor recorrió como la pólvora Occidente. Y yo me apunté a él. Una veintena de editoriales españolas, como en otros lugares del mundo libre, editaron conjuntamente Los Versos Satánicos. Fue todo un gesto de libertad, de defensa de la libertad de expresión, que no estoy muy seguro de que hoy se repitiera por estos lares y estos tiempos en que imperan el integrismo y el pensamiento reaccionario como norma suprema de comportamiento político. Compré la novela, la comencé a leer, no me gustó, y la dejé abandonada por un algún anaquel de la biblioteca familiar. Pero no me arrepentí, ni entonces, ni luego, ni ahora, de mi gesto de solidaridad para con Salman Rushdie. Volvería a repetirlo con gusto. Sólo años después me atreví con ella y la leí por vez primera. Y de nuevo cinco años después. Y por tercera ocasión al cumplirse los veinticinco años después de la malhadada fetua. Y como en las dos ocasiones anteriores me volvió a encantar. Me reí hasta la carcajada con ella, con su ironía, unas veces fina y elegante, y otras de brocha gorda; con su realismo y con su fantasía desbordante; con su tremenda humanidad y respeto por los seres vivos y con su crítica, divertida, pero despiadada y feroz, de la intransigencia de las religiones, de todas, no sólo del Islam.
En febrero de 2009, con motivo del 20 aniversario de la fetua de Jomeini contra Rusdhie, el gran periodista francés Jean Daniel, director de la revista Nouvel Observateur, publicó en el diario El País un emocionado artículo titulado La lección de Rushdie en el que se hacía eco de la efeméride y reivindicaba a Salman Rushdie y su afamada novela, criticando de paso, a quienes desde Occidente, justificaron la condena de Rushdie, en aquel entonces y aun hoy, por su presunta ofensa a los sentimientos religiosos de una comunidad de creyentes.
Dos semanas antes del artículo de Daniel el mismo periódico había publicado un reportaje del periodista Eduardo Lago, bajo el título de Soy un contador de historias, todo lo demás da igual, en el que el escritor británico contestaba con humor y sinceridad a las preguntas del entrevistador sobre su acontecer vital, como persona y como escritor, desde aquel fatídico día de febrero de 1989.
Les recomiendo la lectura de los encales citados, y si tienen ocasión, también Los versos satánicos, que pueden descargar desde el enlace de más arriba. Estoy seguro de que les encantará. Y de paso le harán un fenomenal corte de mangas a la corrección política y al trasnochado integrismo religioso que corroe nuestra hipócrita y cínica sociedad bienpensante. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




















miércoles, 21 de febrero de 2024

Del periodismo de verdad

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Cuando dejas de contar lo que le pasa a la gente para jugar a destruir personas, escribe en El País el periodista Idafe Martín Pérez, cuando crees que tu papel es hacer caer a un presidente o a un líder de la oposición, dejas de ser periodista para convertirte en otra cosa. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











No somos compañeros
IDAFE MARTÍN PÉREZ
15 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Juan Cruz, quien vivió décadas en estas páginas y todavía las lee con fruición, cuenta que Eugenio Scalfari, fundador del diario italiano La Repubblica, decía que “periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Tan sencillo. Así, periodista puede ser gente que le dice a la gente que cada vez más periodistas de cada vez más medios les mienten e intentan hacerles creer que sus bulos no son bulos, que el olor a pescado podrido es un corte de atún fresco, rojo y sabroso.
El corporativismo mal entendido hace daño a la profesión, nos convierte a todos en cómplices de la basura de unos pocos. La inmensa mayoría de los periodistas es gente honrada, que va a la Redacción o enciende el portátil en casa agobiada por esa pieza que no termina de cerrar, por ese fallo que cometió ayer, porque le falta un dato. Porque aquella toma no sirvió, porque aquel teléfono no responde.
El periodista que miente sin pudor, el que pone en marcha campañas contra personas, es la peor enfermedad del periodismo. El que no tiene que comprobar nada porque todo lo inventa, el que escribe noticias que no se producen, el que insulta, el que retuerce gráficos hasta hacerlos ininteligibles, nos ensucia a todos. Si no se cura, si esa infección se esconde porque “somos compañeros”, terminará por gangrenarse. El artículo 20.1d de la Constitución protege el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. Para la Real Academia Española sinónimos de veraz son sincero, franco, auténtico, fiel, honesto, verídico o verdadero. Antónimos son falso, mentiroso o embustero. Los bulos no están protegidos por la Constitución, por eso no eres compañero.
Ser más o menos crítico con el Gobierno o con la oposición, ser más o menos amable, entra dentro de la libertad de prensa. Todos tenemos nuestras ideas y, mientras no engañemos al ciudadano, podemos ver la realidad según la graduación de nuestras gafas ideológicas. Pero cuando dejas de contar lo que le pasa a la gente para jugar a destruir personas, cuando crees que tu papel en este mundo es hacer caer a un presidente o a un líder de la oposición, dejas de ser periodista para convertirte en otra cosa. No somos compañeros si tu negocio es el del pescado podrido.
El perro no muerde perro no nos hace inmunes a la rabia. Al contrario, permite a esta propagarse. Cuando la mentira sale gratis, cuando la mala praxis no la corrigen ni las direcciones de los medios (algunas las alientan), cuando en las facultades de Periodismo los jóvenes ven que se dan premios a periodistas que llevan años soltando bulos, cuando quien pide que le quiten la columna al nuevo, porque molesta, se vende ante los reyes como depositario de las esencias de la profesión, cuando a la crítica se responde con el insulto y la amenaza, cuando creemos que protegiendo nuestro escritorio estaremos a salvo, entonces no veremos llegar la ola de mugre que nos llevará también a nosotros por delante. Cuando el ciudadano cree que todos mentimos, ganan los mentirosos.
Los periodistas no merecemos el respeto de nuestros compañeros por el mero hecho de ser periodistas. Como los policías corruptos no deben ser protegidos por sus compañeros o los jueces corruptos ser absueltos por los suyos. El respeto se gana haciendo un trabajo honesto, seas Pedro Piqueras o el becario de un diario regional. Más o menos brillante, pero honesto. Y el respeto se pierde. Quien ensucia, quien miente, defienda a quien defienda, no merece respeto. Los Ortega Smith del periodismo merecen lo mismo que los Ortega Smith de la política.
Nadie nos pide ser de una neutralidad y una objetividad acrisoladas. Todos tenemos filias y fobias, somos del Rayo o del Tenerife, somos más o menos europeístas, más o menos ayusistas, más o menos sanchistas. No engañamos a nadie. Podemos ser todo eso y a la vez elaborar información veraz. Sería suficiente con no mentir y no creer que estamos a salvo de la crítica, porque la crítica no es censura, ni un ataque al compañero ni la retirada de un carnet de prensa que cada vez vale menos. Idafe Martín Pérez es periodista.

































Y para terminar por hoy...






Putin delendum. Amen