viernes, 20 de octubre de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Un cierto cansancio. [Publicada el 31/10/2015]










A mi amigo Óscar Labao

Si las circunstancias no modifican las previsiones, dentro de unos días llegará el blog a la entrada número 2500. Y en mayo próximo, a sus primeros 10 años de vida. Sus siempre amables y generosos lecto]res tienen que haber percibido un cierto cansancio, agotamiento de ideas, reiteración de temas, repeticiones involuntarias. Es cierto, estoy bastante cansado... Son 113 meses seguidos rellenando líneas en el procesador de textos, glosando con mejor o peor arte y fortuna comentarios y visiones del mundo y de su acontecer desde la atalaya de esta pequeña islita en medio del Atlántico, exactamente a 4º,38',39" del Trópico de Cáncer que le da nombre....
Pero de vez en cuando se produce una convergencia de noticias y sucesos que me animan a ponerme ante la pantalla de mi portátil dejando de lado ese cierto cansancio del que hablaba al comienzo. Hace unos días, un antiguo compañero de trabajo, vía correo electrónico, me mandaba un artículo del Diario de Mallorca, de febrero de 2011, titulado "Cataluña. La decepción Azaña", escrito por el colectivo "Ramón Llull", que exponía muy bien la pasión que el que fuera último presidente de la república española, Manuel Azaña, del que el próximo día 3 de noviembre se cumplen los setenta y cinco años de su muerte en el exilio, tuvo y mantuvo siempre por España y por Cataluña. A él le dedicaba unos días más tarde el historiador Santos Juliá, en El País, un sentido artículo titulado "El último Azaña", merece la pena leerlo.
No se merecía mi amigo la escueta respuesta que le di, pero me pilló en un momento de cansancio, y hay momentos en que uno no da para más ni queriendo: "Azaña ha sido la mejor mente política (y humana) del siglo XX español. Por eso lo odia a muerte la derecha: porque la derecha española no piensa; solo embiste. Como los nacionalistas de todo pelaje y condición. Un abrazo", le respondí. Por eso le dedico la entrada a él, para compensarle de alguna manera mi sequedad.
Hace unos años también, exactamente siete este mes de octubre que se acaba, publicaba el escritor y diplomático José María Ridao en el diario El País, mi diario de referencia,  un brillante artículo titulado el "El silencio de Azaña", glosando las emotivas palabras que el presidente de la República española, Manuel Azaña, pronunciara en Barcelona en plena guerra civil pidiendo a los españoles "paz, piedad, perdón". Pero no pudo ser: fue su último mensaje a un pueblo en plena vorágine fratricida. Y se preguntaba Ridao, con cierta angustia, que fue lo que el presidente de la República quiso decir a los españoles con su invocación, y si la invocación al "perdón" no pretendía hacer justicia a las víctimas inocentes de los desmanes de los tribunales populares republicanos. En unos momentos como aquellos de 2008, en que unos hablaban de "revancha" y otros de "procesos inquisitoriales" a cuenta de la Memoria Histórica, yo pensaba y sigo pensando que conviene mirar ese asunto como simple afán de justicia distributiva y no de venganza. Y el emotivo artículo de Ridao creo que puso perspectiva y mesura en su tratamiento.
Unos días antes, el filósofo y profesor de la Universidad de Zaragoza, Daniel Innerarity, había escrito también en El País, con el título de "El retorno de la incertidumbre" y desde un punto de vista más filosófico que político o económico, sobre la crisis financiera internacional que nos asolaba en aquellos momentos, y de la que no parece que hayamos salido aún. Decía Innerarity que mientras estuvo vigente el modelo de la certeza, el mundo estaba configurado por decisiones soberanas que se adoptaban sobre la base de un saber asegurado, pero que ahora nos tocaba acostumbrarnos a la inestabilidad y la incertidumbre, tanto en lo que hacía referencia a las predicciones de los economistas, el comportamiento del mercado o el ejercicio de los liderazgos políticos. Nuestro principal desafío, decía, es la gobernanza del riesgo, que no es la renuncia a regularlo ni la ilusión de que podamos eliminarlo completamente. Y se preguntaba si los gobiernos del mundo podrían decidir bajo condiciones de incertidumbre, incertidumbre que había venido para quedarse y para convertirse en regla y no excepción. Y así seguimos.
Sobre la curia episcopal española también se hablaba en aquellas fechas largo y tendido. Desde luego, la palabra perdón no la pronunciaban ni la pronuncian hoy con excesiva frecuencia. Más bien todo lo contrario: se pasan el día largando andanadas y condenando al fuego eterno a quienes no comulgan con sus doctrinas. Afortunadamente, ese fuego ya no quema, pero no deja de ser molesta tanta desfachatez. No es extraño que de vez en cuando salga alguien con autoridad moral suficiente como para responderles con claridad y poner las cosas en su sitio. Ese fue el caso del editor romano y profesor de filosofía Paolo Flores D'Arcais, que en un artículo titulado "A Su Eminencia el cardenal Rouco Varela", el pasado día 18 de aquel mismo mes de octubre de 2008, le rebatía a monseñor Rouco en El País unas declaraciones suyas ante el Sínodo de los Obispos reunido en Roma, en las que había vuelto a acusar al laicismo de querer hacer realidad la dictadura del relativismo ético, a cuenta de propuestas como la regulación de la eutanasia. Lo irónico de todo este asunto, decía Flores D'Arcais, es que se hable de un Dios que es amor para obligar a los condenados a muerte por una enfermedad terminal a sufrir horas, días, semanas e incluso meses una tortura a la que su libertad desearía poner fin. Es un amor verdaderamente extraño éste que se atribuye a Dios, concluía diciendo, si no fuera porque al atribuir a Dios una crueldad semejante, demuestran ser los herederos claramente no arrepentidos, no de Francisco de Asís, sino del inquisidor Torquemada. ¿Pedirá alguna vez la Iglesia paz, piedad y perdón, como Manuel Azaña, por los sufrimientos que ha infligido a tantos inocentes durante dos mil años de existencia? Tengo mis dudas. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











jueves, 19 de octubre de 2023

De cuando nos quedamos sin matices

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor y académico Antonio Muñoz Molina, va de cuando nos quedamos sin matices. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com







En un paisaje de murallas
ANTONIO MUÑOZ MOLINA - El País
14 OCT 2023 - harendt.blogspot.com

En el breve viaje entre Tel Aviv y Jerusalén se ve un gran muro de hormigón desnudo y alambre espinoso subiendo y bajando a través de un paisaje de colinas áridas, pinares y olivares que se parece mucho al de la Andalucía interior. El muro da una sensación de inmensidad bajo el cielo muy azul, interrumpido por torres de vigilancia, con algo arcaico de fortaleza ciclópea. Es al acercarse a él cuando se advierte su brutal modernidad, como el tajo de un hachazo de nueve metros de altura, del mismo tono gris que las autopistas que discurren a su costado y con frecuencia también son en sí mismas murallas de separación entre palestinos e israelíes. Israel es un país muy pequeño, atravesado por muros visibles e invisibles que vuelven todavía más angosto el espacio, marcado por límites, por puestos de control, por contrastes tan bruscos como los que podrían separar épocas lejanas entre sí y, sin embargo, contiguas. Al llegar a la zona del Muro de las Lamentaciones, lo que sorprende es lo reducido del espacio. Hay que atravesar un pasadizo subterráneo bastante oscuro y de techo muy bajo y un control de seguridad. Justo encima de este lienzo escaso de una antigua muralla contra la que rezan devotos barbudos vestidos de negro, está la Explanada de las Mezquitas, en una yuxtaposición espacial que es el reverso de una insalvable distancia teológica y política. Familias ultraortodoxas tan innumerables como tribus bíblicas desfilan sumergidas en su propio mundo, las miradas ajenas a todo lo que está fuera de él. No muy lejos de allí están las calles muy estrechas y mucho menos limpias de la ciudad musulmana, dentro de las cuales también hay zonas fronterizas: en Jerusalén Este, igual que en Cisjordania, se multiplican los asentamientos de colonos ultraortodoxos, urbanos y no rurales, pero con una idéntica actitud de ocupación y fortaleza asediada. En los paisajes del campo, con su belleza austera, los asentamientos parecen colonias compactas de adosados en un páramo español, también rodeadas de muros y alambradas, con torres y reflectores, con carreteras de acceso exclusivo.
Hay muros visibles que se marcan como cicatrices sobre una tierra inhóspita, y otros que no se ven y pueden ser todavía más radicales. En 2007, la primera vez que yo estuve en Israel, se notaba mucho la distancia entre Tel Aviv y Jerusalén, la capital relajada y cosmopolita junto al mar y la ciudadela de todas las ortodoxias posibles, amurallada en lo alto de su colina desnuda, con sus callejones estrechos y sus expediciones de turismo religioso. La atmósfera urbana de Tel Aviv estaba marcada por el horizonte del mar y por los edificios de la Bauhaus, levantados desde mediados de los años treinta por arquitectos judíos huidos de Alemania. En Jerusalén, por el contrario, ha prevalecido un historicismo que fue impuesto en los tiempos del dominio británico, una fidelidad, a mi juicio funesta, a la piedra blanca como osamenta pulida y a un vago aire medieval. En Tel Aviv reinaba esa atmósfera discutidora y siempre algo febril de las grandes capitales de cultura judía, Nueva York o Buenos Aires. Israel es un país de una informalidad muy desenvuelta, incluso áspera. Pero en Jerusalén se notaba mucho más que en Tel Aviv el peso de lo institucional, la presión creciente del integrismo religioso y político.
Volví a Jerusalén en 2013, y la ciudad me pareció cambiada, con zonas de vida nocturna y restaurantes de aire europeo, con una mayor viveza y libertad en las costumbres, al menos entre la gente laica y progresista con la que me relacionaba. Pero las divisiones políticas se agrandaban cada vez más, por el peso agobiante de la extrema derecha y el integrismo religioso, y por la pérdida de influencia y la debilidad de una izquierda que se había quedado sola en la defensa de una solución justa para la frontera más grave y más cruel de todas, la representada visiblemente por ese muro que corta en dos el paisaje. Hablé con personas que habían perdido a seres queridos o habían sufrido heridas y traumas ellas mismas por culpa de las olas de atentados de 2002 y 2003, cuando los terroristas palestinos se autoinmolaban en mitad de una calle o en el interior de un autobús lleno de gente: hubo cerca de 500 muertos tan solo en 2002. La realidad es dolorosa, y complicada. Personas que habían sufrido en carne propia en esos atentados, y que habían seguido perteneciendo a asociaciones pacifistas y de apoyo a la población palestina, me decían que ese muro de injusticia y vergüenza había servido también para salvar vidas, haciendo más difícil el paso de los terroristas desde los territorios ocupados. Defender los derechos de la población palestina desde el confort de una ciudad europea sin duda es meritorio, pero no muy arriesgado. Hacerlo en Israel, bajo la amenaza permanente de un atentado o de un cohete venido del otro lado de una frontera siempre cercana, requiere un temple moral y físico del que no todos seríamos capaces. Los israelíes ilustrados, agudamente críticos con el poder, activistas del laicismo, sublevados contra las corruptelas, el oportunismo cínico, el extremismo del Gobierno de Netanyahu, también se saben abandonados por una parte considerable de la izquierda internacional, encallada en la fidelidad a sus propios estereotipos y maniqueísmos, tan enfervorizada en la defensa de la causa palestina que confunde a veces a terroristas sanguinarios con luchadores por la libertad, y siente tanta compasión por las víctimas de las agresiones de Israel que ya no le queda ninguna para las otras víctimas israelíes que no son menos inocentes. La derecha sufre una miopía inversa. La melancolía incurable que transpiran los escritos políticos de David Grossman y de Shlomo Ben Ami tienen que ver con esa soledad interior y exterior a la que parecen destinados los ciudadanos israelíes que piensan como ellos.
Ahora que la monstruosidad de la guerra tiende a borrar todos los matices y toda esperanza de concordia es cuando se vuelven más necesarias esas voces de lucidez y templanza. En Jerusalén y en Tel Aviv oí hablar mucho de la muralla de Gaza, y del hacinamiento y la pobreza que hay al otro lado, pero yo no llegué a verla. Era mucho más tecnológica que el muro de Cisjordania, con sus torres de telefonía, sus sensores de movimiento y de calor, sus videocámaras y ametralladoras guiadas por control remoto: un tramo más de la gran muralla que se está erigiendo para proteger a los privilegiados de los pobres, desde los desiertos de la frontera entre Estados Unidos y México a la valla de Melilla, y a las que levantan los países más xenófobos del este de Europa. En Israel advertí que muchas personas se habían acostumbrado a vivir como si al otro lado de las fronteras visibles e invisibles no hubiera nadie. Para los ultraortodoxos el mundo secular no existe. Se puede vivir a unos pasos de una muralla más allá de la cual hierve una población exasperada de dos millones y medio de personas. Ahora el espanto de los ojos abiertos solo ofrece un horizonte de mortandad y de ruinas. Pero más pronto o más tarde llegará el alto el fuego, y habrá que apartar los escombros y reconstruir poco a poco la cotidianidad de la vida, que será más segura en la medida en que se levanten viviendas dignas, escuelas, hospitales y caminos abiertos, y no murallas de hormigón o de tecnología. Ya sé que esto parece imposible, en esta hora de los incendiarios y los vengadores, del ojo por ojo y el diente por diente. Pero la alternativa, tal como está el mundo, da miedo imaginarla.






























[ARCHIVO DEL BLOG] El "Ulises" de Joyce. [Publicada el 14/03/2011]











Hay una foto de Norma Jeane Baker, la actriz Marylin Monroe, que siempre me ha cautivado. Es esa en que aparece leyendo las últimas páginas del Ulises de James Joyce. Evidentemente es una pose, pero resulta significativo en sí mismo que la hicieran posar con esa lectura en sus manos. Una lectura difícil y compleja, sin duda, pero gratificante. Yo he tardado exactamente veintiún años en leerla. La compré en octubre de 1989 y recomencé su lectura en innumerables ocasiones sin conseguir pasar del primer capítulo. El pasado 3 de noviembre me lancé de nuevo a la aventura y esta vez, sí, he podido concluirla a pesar de alternarla con otras muchas de variada condición, como es mi costumbre, algo en lo que sigo a mi admirado Michel de Montaigne.. Sirva como conclusión al esfuerzo, que me ha sido absolutamente dichosa; ojalá lo hubiera leído mucho antes, pero bien está lo que bien acaba. 
He disfrutado especialmente de los dos últimos capítulos de la novela. El 17.º, que relata la vuelta de Leopold Bloom a su casa, entre la una y las dos de la madrugada, acompañado de Stephen Dedalus, escrito en forma de preguntas y respuestas en un tono objetivo y exhaustivo, de impersonalidad científica, capítulo del que el propio Joyce confesó que era su predilecto. Y el último, el 18.º, que es el monólogo interior de la esposa de Bloom, Molly, en una especia de duermevela  -escrito de un tirón, sin signo alguno de puntuación a lo largo de sus treinta y siete páginas- tan libre de inhibiciones morales que Joyce dijo de él que "era la carne que siempre afirma".
El Ulises que yo he leído (Lumen, Barcelona, 1989) es el prologado y traducido por Jose María Valverde, traducción que le valió el Premio Nacional de Traducción en 1976. Y reconozco que el impulso definitivo para animarme a hacerlo me lo provocó la lectura de una frase del poeta y ensayista norteamericano Ezra Pound que el editor reseña en su introducción, que dice que Dublineses, el Retrato del artista adolescente y Ulises forman un ciclo unitario, que quien no fuera tonto debería leer por gusto, y quien no lo leyera, no debería ser autorizado a enseñar literatura". Yo no soy profesor de literatura -aunque me hubiera gustado- y desde luego no me atrevo a afirmar que no sea tonto, pero si me apasiona la buena literatura, y la obra de Joyce lo es, sin duda alguna.
En esa misma introducción, José María Valverde explica cual es la sencilla trama del Ulises: contar lo que les ocurre a los dos personajes centrales de la novela, Stephen Dedalus y Leopold Bloom, en su deambular por la ciudad de Dublín entre las 8 de la mañana del jueves cuatro de junio de 1904 y las 2 de la madrugada del siguiente día. Y añade el editor que "aunque Joyce no se propone hacer novela social, su Dublín se hace tan palpable como el Londres de Dickens o el París de Balzac o el de Zola, sin ningún ánimo especial -añade- de exponer luchas por el dinero o el poder, o simplemente, por la subsistencia, como los clásicos de las novelas decimonónicas, pero sí sumergiéndonos directamente en las sensación de estrechez de la pequeña clase media dublinesa con el alcohol, la música, y tal vez, la mujer, como únicas aperturas de evasión y olvido".
El sábado pasado saqué de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas el Dublineses de Joyce, una serie de relatos cortos que retratan lo que él mismo definió como la vida paralítica de sus conciudadanos y que algunos críticos consideran con mucho como su obra maestra. Ya había leído con anterioridad el último de ellos, Los muertos, que comenté en el blog en su día en la entrada titulada "Sexo, amor y otras soledades compartidas" y a cuya lectura les remito. Me resultó extraordinariamente atractivo. En estos momentos estoy disfrutando de Dublineses, y espero tener ánimos suficientes como para comentarlo más adelante en el blog. Hasta entonces, sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt










miércoles, 18 de octubre de 2023

De como usar las palabras para narrar una guerra

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura para hoy, de la filóloga Lola Pons, va de como usar las palabras para narrar una guerra. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Israel y Palestina: la guerra del lenguaje
LOLA PONS RODRÍGUEZ - El País
14 OCT 2023 - harendt.blogspot.com

Llegada la lección relativa a los siglos III a V, los libros de Historia españoles hablaban de las invasiones germánicas, e incluso, de las invasiones bárbaras. Libros gemelos, editados en países centroeuropeos, se referían a este periodo como el de “las migraciones de los pueblos”. Contar la propia historia con perspectiva de parte es entendible: quien narra su pasado ofrece una versión subjetiva y ventajosa de los hechos.
Todo lo que ha ocurrido durante décadas entre Israel y Palestina en los metros cuadrados más disputados del planeta ha sido narrado por las facciones en conflicto desde una perspectiva opuesta. Basta acudir a 1948, cuando Israel se proclama Estado independiente. Entre los palestinos, el movimiento de refugiados tras la guerra árabe-israelí fue denominado con la palabra árabe nakba, traducible en español como desastre o catástrofe. Para los israelíes, tal proceso se llama Guerra de la Independencia. A través de la conocida popularmente como Ley de la Nakba, aprobada en 2011, Israel condenó el uso de la palabra nakba en libros de texto y alocuciones públicas. Prohibir una palabra revela que la descripción de la historia ofende al adversario, muestra que etiquetar lo ocurrido es tan importante como que haya ocurrido. Hablar de la guerra supone también, inevitablemente, participar en ella.
El reto para los medios que informan del conflicto es no dejarse contagiar por ese lenguaje de parte, permanecer neutrales al describir los hechos, no entrar en la guerra. Y eso resulta dificilísimo. Al informar, los medios dan voz a fuentes que describen la situación con su terminología y hay que tener la espada de la crítica discursiva muy en alto para evitar que ingresen al discurso informativo externo términos sesgados de un lado y otro.
En 2013, el International Press Institute difundió una guía que listaba las expresiones contaminadas en el conflicto entre Israel y Palestina, las que resultan ofensivas para un lado u otro, y proponía términos neutrales en cada caso. Su título era Use with Care y se redactó tras reuniones consensuadas con expertos israelíes y palestinos. Vemos en ella términos que resultan vejatorios para los palestinos: lo que los israelíes llaman “muro de seguridad” es para ellos “el muro de la segregación” y la guía recomienda que los medios usen la expresión “barrera de separación”; igualmente, se exhorta a que los medios hablen del “lado oeste” (West Bank) y no de Judea o Samaria al nombrar áreas en disputa, ya que estos topónimos aparecen en la Biblia y usarlos justifica una posesión histórica israelí de los territorios. Hay palabras que son ofensivas para los israelíes: un ejemplo es hablar del “Gobierno de Tel Aviv” en lugar de decir Israel, un nombre que se evita en sectores propalestinos por suponer una legitimación del Estado creado en 1948; otra muestra es referise a las “fuerzas de ocupación israelíes” en lugar de decir simplemente “ejército”. La lista roza el centenar, pero es desalentador ver que para muchos términos se nos da la versión palestina y la israelí, y no se ofrece posibilidad alguna de expresión neutra que las sustituya, porque no la hay: hay cosas de las que es imposible hablar sin posicionarse. La lengua también revela el camino sin salida que parece ser este conflicto.
A una categoría más particular pertenece una palabra que no está en esa guía y que es en mi opinión muy definitoria de la respuesta verbal que desde Occidente damos a esta guerra ajena: talmudístico. El Talmud es el extenso código que entre los siglos III y V se elaboró entre eruditos hebreos, un conjunto de libros que codifican las leyes civiles y canónicas a partir de la interpretación bíblica. El Talmud ha sido explicado e interpretado en cientos de libros y comentarios: talmudistas son quienes se dedican a su estudio, los que acuden a la letra escrita del pasado para justificar decisiones o guías de conducta en el presente.
En una visita a Washington en 1984, el ministro Simón Peres señalaba que los asentamientos en el lado oeste obedecían a una política compleja y terminó excusándose por sus dificultades para justificar los hechos: “Lo siento si sueno talmudístico” (en inglés, talmudistic). Desde los años setenta, en diplomacia se usaba esa palabra en inglés para aludir a aquellas soluciones prácticas que tratan de resolver problemas actuales y que salvan la propia imagen justificando decisiones a partir de una interpretación, digamos, creativa de los textos y hechos pasados.
Quienes han medido sus condenas a la barbarie de Hamás o al abuso de derecho del Estado de Israel para no contravenir sus simpatías hacia un lado u otro del conflicto suenan talmudísticos. Hablar de muertes más condenables que otras es insultante para las víctimas. Todo lo que ha ocurrido en Israel y Palestina desde los esperanzadores acuerdos de Oslo ha mostrado, en mi opinión, lo peor de cada casa. Y ahora, lo narremos como lo narremos, a ver cómo se endereza esto.