jueves, 5 de octubre de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Un peligro para la democracia. [Publicada el 12/11/2017]











Creíamos que las redes sociales iban a salvar la política. Que la libertad de información acabaría con los bulos y los prejuicios. Pero, en el mundo 'post-Trump', la realidad es distinta: Internet se ha convertido en una amenaza para la democracia, comenta Pablo Pardo, corresponsal de El Mundo en Estados Unidos, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y máster en Política y Economía Internacional por la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland. 
¿Son las redes sociales, fundamentalmente Facebook y Google, empresas que se sitúan prácticamente en una categoría aparte de todas las demás del mundo? ¿El equivalente de las antenas del teléfono? ¿No tienen responsabilidad de lo que se diga cuando se emplea su infraestructura, al igual que una compañía telefónica no puede evitar que los criminales usen sus servicios, mientras paguen la factura cada mes? ¿Son una especie de plaza pública, de ágora ateniense, en la que cada cual puede ir y hablar? Hasta hace un par de años, muchos habrían suscrito esa idea. Ahora, no tanto. En realidad, quienes afirmaban esto no sabían -o no querían saber- el modelo de negocio de las redes sociales y de Google. Si son gratis no es porque, como se dice a menudo, los usuarios seamos el producto. Lo son porque los usuarios somos los trabajadores. Empleados que no cobran, y clientes. Porque Twitter, Facebook y Google venden publicidad al usuario-trabajador en función de lo que lee o escucha o ve ese cliente-empleado. Así es como, en tres meses, Google factura más en publicidad que todos los periódicos del mundo juntos. El 95% del incremento de la publicidad en dispositivos móviles se lo quedan Google y Facebook. Y, sin embargo, no son responsables. Es decir, son como una empresa telefónica en la que usted encontrara anuncios como música de fondo en función de lo que usted habla. O como un ágora ateniense en la que, dependiendo de a qué filósofo se acerque usted a escuchar, le llega un caballero a venderle boniatos, un escudo o un esclavo. Pero ni el filósofo ni el vendedor son responsables de nada. Es como si este periódico que ahora lee no tuviera que dar absolutamente ninguna explicación por sus anuncios. Al menos, mientras no se apruebe un proyecto de ley -presentado el 19 de octubre por los senadores demócratas Mark Warner y Amy Klobuchar y el republicano John McCain- que requeriría que todas las actividades online que tengan más de 50 millones de usuarios únicos informen públicamente de cualquier cliente que gane más de 500 dólares (431 euros) en anuncios en ellas. Claro que las posibilidades de que esa ley salga adelante son, a día de hoy, cero. La radio está regulada en EEUU desde la década de los años 20. Internet es el Salvaje Oeste. Un territorio sin ley. Facebook censura pezones tanto en su web como en Instagram, pero ha dejado durante días a vista de todos el vídeo de una adolescente ahorcándose. La propuesta de ley llegó 18 días después de que Google y Facebook afrontaran una nueva crisis de relaciones públicas tras la matanza desencadenada por Stephen Paddock, que asesinó a 58 personas en Las Vegas. Ambas empresas dieron prominencia en sus webs a páginas de ultraderecha (como Blog Alt Right y el foro 4chan) y al servicio de noticias del Kremlin Sputnik en las que se decía, entre otras cosas, que el asesino era "una persona que odia a Trump" y que, "según el FBI", había "jurado fidelidad al Daesh", es decir, al Estado Islámico.
Todo era mentira. Facebook y Google explicaron que lo que pasó tras la matanza de Las Vegas fue culpa de los algoritmos. Sus programas deciden ellos solos qué información va más arriba y qué información va más abajo. Cuando los empleados vieron esas locuras, las quitaron. Pero las dos empresas saben mejor que nadie que la clave en internet es la facilidad de acceso y la rapidez. Hace un año, el incidente habría sido sólo una nota a pie de página. Pero, ahora, llueve sobre mojado. Más bien, sobre un océano de sospechas. Google, Facebook y Twitter -más pequeña y en números rojos, pero más influyente entre la clase política y los medios de comunicación- están en el centro de una controversia que se puede resumir en lo siguiente: ¿fueron estas empresas los caballos de Troya que Vladimir Putin empleó para apoyar a Donald Trump en las elecciones en las que éste se hizo con la Casa Blanca, hace exactamente un año?
Cuando el 11 de noviembre de 2016 le hicieron esa pregunta al fundador, dueño, presidente, y consejero delegado de Facebook, Mark Zuckerberg, su respuesta fue que ésa era "una locura bastante grande". Sin embargo, la semana pasada, el máximo responsable del Departamento Legal de Facebook, Colin Stretch, admitió en el Senado de EEUU que 126 millones de estadounidenses -el 38% de la población total del país- habían recibido mensajes procedentes de Rusia a través de su red. Que nadie piense que esto no va con él, que se trata sólo de peleas entre Rusia y Estados Unidos. El jueves de la semana pasada, el senador demócrata por Nuevo México, Martin Heinrich, dijo disponer de información acerca de la interferencia rusa a través de redes sociales en la crisis de Cataluña. «Ahora mismo, con las elecciones catalanas acercándose, España tiene que ser muy consciente del impacto de las redes sociales», declaró Brett Bruen, ex responsable de Comunicación Estratégica del Consejo de Seguridad Nacional con Barack Obama, donde coordinó la iniciativa contra la propaganda rusa que EEUU lanzó en 2014. Bruen, que dirige la consultora Global Situation Room, cree que "España tiene que estar lista para un esfuerzo online procedente de Rusia que va a ser largo y sostenido, y que va a seguir mucho después de que se hayan celebrado las elecciones catalanas del 21 de diciembre".
La cuestión no sólo es si Rusia está o no detrás de estas campañas de desinformación. El asunto es si estas empresas, que están entre las más caras del mundo por su valor en bolsa (sólo Facebook y Google juntas valen casi tanto como toda la economía de España) son responsables o no. Ahí, las opiniones difieren. "Las redes sociales han sido usadas por fuerzas que pueden minar nuestra democracia. Pero han sido usadas de forma involuntaria y debido a su ingenuidad", declaró Stephen Balkam, fundador y máximo responsable del Instituto para la Seguridad de la Familia Online -FOSI, según sus siglas en inglés, busca hacer el mundo de internet más seguro para los menores- y también miembro de los consejos asesores de seguridad de Facebook y Twitter. Otros lo ven de manera diferente. "Las redes sociales y, en general, las empresas de internet, no pueden reconocer mucha responsabilidad en materia de información política. Porque, si lo hacen, entran en una carrera cuesta abajo ya que se les va a exigir responsabilidad por muchas cosas, desde violación de los derechos de propiedad intelectual hasta pornografía infantil", explica uno de los responsables de una organización involucrada al máximo en la controversia de la trama rusa de Donald Trump y que no puede dar su nombre por consejo de sus abogados. Otro asunto es que gran parte del modelo de negocio en internet se basa en no tener empleados y dejar que los algoritmos decidan. El problema es que, por muy sofisticado que sea un programa informático, éste siempre es consecuencia de las personas que lo han hecho y, también, reflejo de los contenidos de la propia Red que, a su vez, son realizados por miles de millones de individuos. Pero al final, siempre, están las personas. Es algo de lo que se dio cuenta Rob Speer, de la empresa de inteligencia artificial Luminoso, de Massachusetts, donde desarrolla el trabajo de director de Ciencia (por increíble que parezca, hay empresas que tienen ese cargo). Luminoso se especializa en ordenar y categorizar toda la cuasi infinita cantidad de información que hay en la web. Big Data a la máxima potencia. Y ahí es donde Speer descubrió, en algo tan inocente como la opinión de los clientes de los restaurantes, que el Big Data, dejado a sus anchas, es muy racista. Todo sucedió cuando Luminoso desarrolló un algoritmo que evaluaba los restaurantes en función de las opiniones que habían colgado los clientes en páginas web, como Google y Yelp. Hasta ahí, todo normal. Como mucho, una tarea técnica complicada. O eso suponía Speer. Entonces, empezó a ver, como relataba en el blog de la empresa el abril pasado, "algo raro y sorprendente": el algoritmo "ponía a todos los restaurantes mexicanos peores que a los demás". Speer se puso a mirar los datos y llegó a una conclusión sorprendente: "Era la presencia de la palabra 'mexicano' lo que hacía que el restaurante saliera peor en las críticas. No es que a la gente no le guste la comida mexicana, sino que los sistemas que toman inputs de toda la Red han captado a mucha gente asociando las palabras 'mexican' con 'ilegal'". Con esa tecnología, quien quiera crear trastornos en la web lo tiene fácil. Y ésa es la razón de que Facebook haya anunciado que planea contratar a 4.000 personas para supervisar contenidos sólo este año, y a otros 6.000 en 2018. La pregunta viene rápido: ¿será suficiente? Porque las informaciones periodísticas publicadas en EEUU en los últimos meses acusan a Rusia, a través de empresas que actuaban como tapadera, de manipular las redes hasta extremos que serían casi de risa si no se tratara de cosas tan serias. Hay ejemplos para llenar un tren. ¿La página de Facebook Texas Heart, que apoyaba a Trump? Rusa. ¿Una web en esa misma red social del movimiento negro Black Lives Matter que animaba a los afroamericanos a armarse? Rusa. ¿La manifestación anti Trump de Union Square, en Nueva York, de hace un año? Organizada desde San Petersburgo. Suma y sigue. Acaso la mayor paradoja sea que Silicon Valley es un bastión demócrata, que las redes sociales fueron las empresas que acudieron en ayuda de Barack Obama en sus primarias contra Hillary Clinton en 2008; que Google llenó el Gobierno de ese presidente con sus ex directivos. En la actualidad, esas mismas compañías son acusadas por los demócratas de haber puesto a Donald Trump en la Casa Blanca y de haber dado primacía a la cuenta de resultados sobre la ética.
Un estudio publicado la semana pasada en Estados Unidos afirmaba que sólo un 37% de sus ciudadanos se fía de la información que recibe a través de las redes sociales, aproximadamente la mitad de la cuota de confianza que reciben periódicos y revistas. Ahora, la responsabilidad de plataformas como Facebook, Twitter y Google pasa por ajustar su credibilidad y remarcar cuando una información proviene de una fuente de confianza. Una posibilidad es que, cuando se comparta un contenido en uno de estos sitios web, se informe -o se recuerde- el daño que la desinformación puede llegar a causar en quien la termina recibiendo. También podrían diseñar algoritmos que releguen el clickbait a la parte más baja del timeline. Son cambios difíciles porque afectan a su eficacia comercial, de modo que quizá precisen de un empuje legislativo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












miércoles, 4 de octubre de 2023

De la alegría de vivir

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura para hoy, del físico nuclear Manuel Lozano, va de la alegría de vivir. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Los átomos y la alegría de vivir
MANUEL LOZANO LEYVA - Babelia
30 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

Muchos grandes pintores recrean la imagen de Demócrito riendo, sin embargo, fue Epicuro el primero que relacionó los átomos con la alegría de vivir. La historia de esta extraña concordancia, tan sorprendente este tórrido verano cuyo colofón ha sido la tremenda película sobre Oppenheimer, seguramente la inició Zenón de Elea al poner de manifiesto que ni el espacio ni el tiempo podían dividirse infinitamente. El atlético héroe Aquiles jamás alcanzaría a la parsimoniosa tortuga.
Primero Leucipo y luego Demócrito concluyeron que con la materia debería suceder lo mismo, y lo mínimo en que se podía dividir se denominaría átomo. Y, lógicamente, tiene que haber un vacío en el que se muevan esos átomos. El tiempo permite que estos generen paso a paso o, mejor, golpe a golpe entre ellos, todo lo que llamamos mundo. Estamos entre 400 y 500 años antes de Cristo.
Un siglo más tarde, Epicuro estableció una relación pasmosa: los átomos permitían alcanzar la ansiada alegría de vivir. Al morir, el cuerpo y el alma se extinguen esparciéndose en el vacío los átomos que agrupados los formaban; no hay nada más allá de la muerte salvo la reagrupación de los átomos dando lugar a nuevas cosas en danza perpetua de la naturaleza. Mucho menos hay premios o castigos. Conclusión: no hay que temer a la muerte sino al dolor y, por lo tanto, a vivir que son dos días, dicho todo esto en unas 42 obras escritas de mayor o menor extensión. Al parecer, porque se perdieron casi todas. Hasta que llegó Tito Lucrecio Caro un par de siglos después con su grandioso poema de 7.400 versos: De rerum natura, aunque también se perdió (lo perdieron), pudo llegar íntegro a nosotros.
El físico matemático italiano Lucio Russo publicó en 1996 La revolución olvidada, cómo la ciencia nació en 300 a. C. y por qué tuvo que renacer. Demuestra, con todo rigor científico, que la ciencia griega y la tecnología romana del siglo V estaban preparadas para dar lugar a la ciencia moderna incluidos el uso del vapor y la electricidad. El historiador estadounidense Stephen Greenblatt ganó el Premio Pulitzer en 2011 con The Swerve (en español se tradujo como El giro) sosteniendo que lo que hizo renacer la ciencia 1.000 años después de que se extinguiera fue la recuperación del poema de Lucrecio.
Tras la caída de Constantinopla, al esparcirse por Europa, los monjes romanos más ilustrados vieron horrorizados que el latín de las copias de los textos clásicos era un desastre. Se desató una noble cacería de obras ilustres y uno de los más afortunados ojeadores fue Gianfrancesco Poggio. Encontró De rerum natura, lo copió y tradujo apropiadamente. La imprenta de Gutenberg hizo el resto, es decir, que llegara a sabios inquietos como Bruno, Galileo, Copérnico, Kepler, seguidos por muchos más. Y la ciencia renació.
El paréntesis de 1.000 años se debió a que las mentes más brillantes de Europa se dedicaron a poner en pie la religión única y verdadera, oficializada por las monarquías, pero de fundamentos poco razonables: Dios era uno y a la vez tres; el más cercano a nosotros nació de una Virgen; su sacrificio para salvarnos se conmemoraba con la extraña transustanciación; el sufrimiento era inevitable e incluso loable en el valle de lágrimas que es la vida, ya vendría la recompensa, si se daba el caso, después de la muerte; y cosas así.
La formidable teología que construyeron era opuesta de raíz a lo que se desprendía de De rerum natura: el universo no tiene creador y todo es resultado de los movimientos y agrupaciones de los átomos que suceden al azar sin causa (aunque pueda sorprender, Lucrecio no era ateo, pues el poema empieza invocando a Venus); el universo no se generó para los humanos y por eso no son únicos; las sociedades humanas y las especies animales no empezaron siendo tranquilas y felices, sino que hubieron de entablar batallas por la supervivencia; el alma muere, no hay vida más allá de la muerte; todas las religiones son supersticiones organizadas e inevitablemente crueles; no hay ángeles, demonios y fantasmas; entender la naturaleza de las cosas genera profundo asombro y bienestar; el mayor objetivo de la vida humana es aumentar el placer y disminuir el dolor; los deseos inalcanzables y el miedo a la muerte son los principales obstáculos para alcanzar la felicidad, pero pueden superarse ejercitando la razón. Sería interminable describir, ni siquiera enumerar, los desarrollos científicos y tecnológicos desprendidos del conocimiento de los átomos y sus núcleos, desde la medicina hasta las comunicaciones. Incluso la paz global alcanzada (hasta ahora la más prolongada) es gracias a la disuasión nuclear. Pero permítaseme antes del posible vilipendio, recordar un pasaje entrañable en mi vida.
Hace años, cuando mi padre, según sus palabras, estaba listo, me pidió que hiciera lo necesario para que lo incineraran. No quería convertirse en un pingajo. Averigüé que el cementerio de Sevilla tenía lo apropiado para ello. Su reacción cuando se lo dije no se me olvidará jamás: sonrió ampliamente. Ni él ni yo habíamos leído a Lucrecio. Manuel Lozano Leyva es catedrático emérito de Física Atómica y Nuclear de la Universidad de Sevilla. 






























[ARCHIVO DEL BLOG] España también es latina. [Publicada el 11/09/2019]









En enero de 1918 Ramón Menéndez Pidal escribió una carta a El Sol en protesta por que el periódico diera el nombre de América Latina a una de sus secciones de política internacional, afirma el escritor Arcadi Espada en  El Mundo. El filólogo creía que ese nombre desleía la presencia española en el continente. Elvira Roca (Imperofobia, pag. 413) data la acuñación en 1856 y señala dos candidatos: el filósofo chileno exiliado en Francia, Francisco Bilbao, y el poeta colombiano José María Torres Caicedo. El sintagma arraigó por el interés de Francia y de la política expansionista de Napoleón III: latina colaba la influencia francesa, que se reducía a Haití y parte de las Antillas. Sin embargo, que el nombre surgiera de dos americolatinos simboliza la complacencia general de las élites del continente para con la marca. Al subsumir la abrumadora importancia del origen ganaban soberanía y formalizaban su trato edípico con la Madre Patria dando a luz a una nueva criatura. Menéndez Pidal destacaba, entre sus múltiples argumentos, que los americanos del sur no recibieron su lengua del Lazio sino de España. Mariano de Cavia, que terciaría al día siguiente en el mismo periódico, recordaba cómo el escritor y político romántico portugués Almeida Garrett sostenía que los portugueses podían llamarse perfectamente españoles porque España era un nombre geográfico. La dirección de El Sol, en aquel momento a cargo de Félix Díaz, Heliófilo, contestó a estas objeciones con un gran realismo, argumentando que los pueblos iberoamericanos se sentían fecundados por mil leches. En realidad, decía simientes. Y antes de anunciar que, a pesar de todo, cambiarían el nombre de la sección y la llamarían Ibero-América, concretaban el que, a su parecer, era el origen del problema: "Ni nuestros pensadores ni nuestros prelados ni nuestros políticos han hecho esfuerzo alguno por dar valoración universal al iberismo". Heliófilo era el que más cerca estaba de advertir que respecto a Iberoamérica o Hispanoamérica, América Latina era una emancipación.
Un siglo después América Latina ha completado satisfactoriamente su viaje. Ya no es que el sintagma enmascare lo español sino que resueltamente lo expulsa. Solo así se explican las críticas que han recibido los MTV Video Music Awards por haber premiado a Rosalía en el apartado latino. Críticas como las que hace poco soportó la edición mejicana de Vogue cuando dedicó su portada a la cantante (fotografiada por Peter Lindbergh) símbolo de esos 20 cantantes latinos que, según cuentas de la revista, han puesto a bailar el mundo. A propósito de los MTV decía Billy Nillestabloid: "Hay un océano entero entre ella y las personas latinas, que ciertamente no son monolíticas. Pero su innegable privilegio eurocéntrico significa que hay mucha experiencia de vida que ella nunca compartirá con los cantantes colombianos y puertorriqueños con los que trabaja desde hace solo un año". En la NBC, algo así como la Sexta, un Eric Duran ponía el dedo en la llaga de los graves problemas identitarios de la cantante: "Rosalía, originaria de Barcelona, puede considerarse hispana debido a su idioma español (a pesar de que el idioma en su región es técnicamente el catalán). Y aunque España y América Latina comparten muchas similitudes en cultura e idioma, la cantante no es latinox [adjetivo sin género] por definición". Observarán de paso lo que este Duran ha resuelto así, de un papirotazo. Ni propia ni autóctona: el catalán es la lengua técnica de Cataluña. Me gusta.
Este tipo de comentarios, que van a reproducirse corregidos y aumentados el 17 de octubre en Hollywood cuando Rosalía gane alguno de los AMA latinos para los que está nominada, no discuten que la hija de Sant Esteve Sesrovires haga música latina. Billboard, canónico semanario, ya ha sentenciado que una canción latina es aquella que lleva al menos el 51% de palabras en español, lo que deja en graves problemas a Pérez Prado, maaaammbo, pero salva a nuestra anómica princesa. (Casi siempre la salva, porque Fucking money, justamente cantada en catalán, la identifica irrevocablemente como una cantante sesrovira). Ahora bien, que haga música latina no quiere decir que sea latina: por su privilegio eurocéntrico. Así la colocan, pobrecita, en el limbo de alguien que hiciera rock y no pudiera ser rockero o que hiciera flamenco sin poder serlo. Lo más interesante del caso, sin embargo, es el definitivo desgajamiento del idioma del ser: dejaron de ser españoles hablando español y ahora son latinos sin hablar latín. Como cualquiera sospechará yo estoy encantado con esta escisión. Siempre defendí que tenía mucho que ver con Montaigne y mucho menos con un camarero puertorriqueño. Y muy poco también, aunque no sé exactamente, con Carlos Slim, que ha mantenido fieramente su latinidad contra todo privilegio eurocéntrico. Si la lengua española es un idioma importante es porque ya no designa mecánicamente una identidad. Hablando español se puede ser cualquier cosa; y una de ellas, y notoria, antiespañol: lo que evidentemente no sucede con el catalán o el vasco, que son lenguas que no han perdido todavía la placenta. Por lo demás, si es que Rosalía tiene capricho -aunque más parece firme e indiferente como un roble- no va a dejar fácilmente de ser latina. Una que lleva los cafés en el edificio del Times repetía su balido en twitter: «Rosalía es europea. Rosalía no es latina», sin atender a la temible lógica de que Rosalía es europea por ser latina. ¡Azares de la etimología, siempre colonialista! Lo que debería decir esa es que Rosalía no es latina latina y así hasta El Valido la entendería.
No hay debates lingüísticos. Cuando se habla sobre la lengua siempre se habla de otra cosa. En este caso, además, la discusión sobre el llamarse o no latino apenas oculta la verdadera intención de los querulantes contra Rosalía: denunciar a la europea por apropiación cultural. Rosalía no podría cantar como los latinos porque no vive (no sufre, más bien) las privaciones de los latinos. Eso es exactamente lo que quieren decir los privilegios eurocéntricos. Algo parecido se dijo y aún se dice en el flamenco cuando se pone como condición del cante el haber pasado hambre. Una cláusula realmente tenebrosa que indica que el hombre saciado matará al arte, pero que está inscrita de distintos modos en la visión romántica del artista: para ese tipo de enfurecido diabólico, si no hay hambre que al menos haya morfina o absenta, sucedáneos. No es la primera vez que acusan a Rosalía de ladrona. La primera en hacerlo debió de ser Mala Rodríguez (que actúa, por cierto, el 5 de octubre en Cádiz como telonera de la gran Luna Ki, apunta), una gitana que fue al Bronx y a Harlem y les robó el rap y ahora denuncia, tan puesta en su condición, que la de Sesrovires le ha robado la flamenquería. Detrás de lo que con el habitual retorcimiento eufemístico llaman apropiación cultural no hay más, en fin, que los viejos y putrefactos asuntos del racismo y la xenofobia, que no cambian su naturaleza y su mala intención por más que los practiquen los humillados y los ofendidos, sean presuntos o no. Y hay algo más, y lo que les resulta verdaderamente intragable. El caso, por ejemplo de aquel Dylan de 19 años, escúchalo, cuya niñez parecía mecida en una cabaña de Tennessee por Bessie Smith, y que en realidad era nieto de judíos del Este, comerciantes de bata gris. Y va y reinventa el folk, el country rock y el blues de un golpe. Y es que lo intolerable, reconocedlo, no es que se lo apropien sino que os lo devuelvan mejorado aquellos que no podrán jurar nunca por la leche que mamé. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













martes, 3 de octubre de 2023

De los políticos

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor Martín Caparrós, va de los políticos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









La palabra políticos
MARTÍN CAPARRÓS  El País Semanal
23 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

Hay palabras cuyo plural se fostia con su singular. La hostia es una cosa, unas hostias muy otra. La esposa y las esposas, el carácter y los caracteres, la masa y las masas. Así que no es raro que políticos —como en “los políticos”— sea tan distinto de político.
Hace tanto un filósofo heleno dijo que el hombre era un zoon politikon, un animal político: un ser hecho para vivir en la polis o ciudad y compartir con los otros su manejo, su gobierno. La idea duró poco: ya los romanos dejaron de aplicarla y la cambiaron por el poder total de uno, el imperator, césar o zar, el rey.
Y así nos fue durante siglos: no había políticos o, por lo menos, en nuestras sociedades nadie los llamaba así. Gobernaba un pequeño grupo de confabulados que habían conseguido ese lugar gracias al mérito indudable de haber nacido en él y dedicaban su tiempo a un doble juego: aliarse para conservar el poder del grupo, pelearse para decidir quién tenía más poder dentro del grupo. Esos “nobles” fueron los únicos que tuvieron la posibilidad de ciertas decisiones hasta que la política y los políticos volvieron: la insurrección americana, la francesa y otros levantamientos, tan políticos, armaron un mundo en que ser político, hacer política, era la única forma de ejercer el poder del Estado —salvo cuando lo secuestraba un general desaforado.
Ya hace dos siglos que, de una forma u otra, son “los políticos” los que conducen nuestras naciones. Los políticos son un subproducto —ahora repudiado— de una de las mejores conquistas de la humanidad —ahora repudiada—: la convicción de que podemos y debemos intervenir en la cosa pública y que para eso tenemos, supuestamente, la posibilidad de elegir quien la gobierne.
Nos costó mucho —mucho tiempo, muchos esfuerzos, mucha sangre— conseguirlo, pero ya no nos parece un logro. Ahora la participación política de la mayoría consiste en votar a alguien sin grandes averiguaciones y después sentirse decepcionado porque ese señor hizo lo que cualquiera podía saber que haría y entonces dedicarse a odiarlo como si fuera el clásico marciano recién bajado de su dron descapotable. Las sociedades, en general, no se hacen cargo de lo que hacen: pocos ejemplos más burdos, más brutos que su relación con los políticos que encumbran. Como si les llovieran, como si fueran conquistadores en sus caballos de madera.
Porque lo importante es poder echar culpas. Nosotros somos los buenos, ellos los perversos. En épocas más cristianas, lo mismo decían los curas del famoso Diablo: todo estaba bien, pero el Malo solía meter la cola y arruinarlo. La gran diferencia es que estos Malos no estarían ahí si no los eligiéramos. Su única razón somos nosotros —por presencia o ausencia, acción u omisión.
Así que los políticos, nuestros representantes, se convirtieron en una raza —una “casta”— odiosa y odiada. La política está tan desprestigiada que se ha vuelto un coche-escoba de mediocres: casi ningún joven despierto piensa, cuando piensa su vida, que quiere ser político, porque serlo es ser uno de esos seres oscuros que nos manipulan desde salones y sillones. Un ejercicio que queda para los más perversos o los que no se ven capaces de medrar con otra cosa: premio consuelo para desconsolados.
Entonces los pensamos —por qué será— como personas que usan el pretexto del bien común para conseguir su propio bien, saciar sus apetitos de famas o dineros, encontrar la mejor forma de engañarnos. El desprestigio les sirve: gracias a él nos distanciaron de la política, se la quedaron ellos. Es un recurso cruel, muy eficaz, tan cerca del suicidio: nos convencieron de que la política es eso —tedioso, retorcido, un poco hediondo— que hacen los políticos.
Y es tanto más. La política es, para empezar, la única forma conocida de mejorar nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestro modo de estar en el mundo. Pero, para eso, tenemos que creer que no es esas reyertas y querellas, barullos y chanchullos que ellos montan en sus despachos y sus restaurantes. Que la política debería ser reunirse y organizarse para conseguir cosas, desde una buena sanidad hasta la posibilidad de gobernarnos entre todos o aumentar la frecuencia del tren, desde una justicia justa y útil hasta la creación de un parque o el fin de los grandes privilegios. Recordar que la política es mucho más que eso que hacen los políticos, recuperarla, es la única esperanza de salvarnos. O de empezar, al menos, a intentarlo.