viernes, 5 de junio de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG. DE LAS MÁQUINAS QUE NOS VIGILAN, POR GUILLERMO ALTARES. PUBLICADO EL 10 DE JUNIO DE 2019

 





Uno de los indicios claros de que algo inquietante está ocurriendo se produce cuando las distopías comienzan a llegar al mundo real y las máquinas que nos vigilan comienzan a ser de uso general, escribe en El País el periodista Guillermo Altares.

Desde las novelas de Philip K. Dick, comienza diciendo Altares, hasta la serie Black Mirror, la ciencia ficción ha especulado sobre los límites de la tecnología y el momento en que deja de ser una ayuda para convertirse en un problema. Uno de los indicios claros de que algo inquietante está ocurriendo se produce cuando las distopías comienzan a llegar al mundo real. Y ese es el problema que plantean ahora mismo los sistemas de reconocimiento facial, una revolución tecnológica que amenaza la privacidad de todos los ciudadanos en los espacios públicos.

Un hombre fue multado recientemente en Londres por cubrirse ante una cámara para evitar el reconocimiento facial, un incidente que fue filmado por la BBC. El Parlamento Europeo ha aprobado la creación de una base de datos con los rostros de los 500 millones de habitantes de la UE, mientras que la Estación Sur de autobuses de Madrid, por la que pasan 20 millones de personas, cuenta con un sistema de este tipo. China es el país donde el reconocimiento facial está más desarrollado (hay una cámara por cada siete habitantes) y se utiliza para el control de la población en una situación que se parece cada vez más al Gran Hermano de George Orwell.

Primero se multiplicaron las cámaras en los espacios públicos y luego se introdujeron sistemas cada vez más sofisticados para poner un nombre a cada uno de esos rostros de la multitud. Esta tecnología no es solo capaz de reconocer a una persona de cerca —como ocurre para desbloquear algunos móviles, en tiendas o en cajeros automáticos—, sino que también puede localizar a alguien y conocer sus movimientos y los lugares que visita.

La reciente prohibición de estos sistemas por parte de la ciudad de San Francisco, donde están basadas muchas de las multinacionales tecnológicas, ha lanzado la voz de alarma sobre las derivadas indeseadas de estos sistemas que, si bien es cierto que pueden ser un instrumento muy útil contra el crimen, también tienen la capacidad de laminar la privacidad. Este paso de San Francisco se produjo mientras algunos inversores de Amazon trataban de que la multinacional frenase la distribución de su sistema Rekognition, uno de los más eficaces del mercado, pero fracasaron. El debate sigue, pero el ojo del Gran Hermano se hace más grande y más preciso.


























DEL POEMA DE CADA DÍA. MANUAL DE ARENAS, POR ANA MELGOSA. 5 DE JUNIO DE 2026

 






MANUAL DE ARENAS




Espectacular arenoso manual

La poesía es una herida que se recorre con la pluma

Ella nos tantea con la memoria cuando

chequeamos

nuevas síntesis de imágenes


Ultraísmo y Creacionismo


Así se calman el mar y el alma:

Eliminando la rutina y la mala costumbre,

los usos repetidos y otras ornamentaciones

Negando frases confirmantes, obstaculizando

palabras confinantes, taponando adjetivos

baldíos y limitando a los confidentes aleatorios


Amar es tener una brecha que no cierra

un arañazo se cura con metáforas

una rozadura se calma con aplicaciones frescas

de sugerencias

y apósitos de libertad


Pero ser…, ser es poseer poesía

es tener un reloj de arena cuyo arsenal da para

construir tiempo infinito con cada pequeño

fragmento como mampostería de la vida


«Quiero oír cada grano de arena que voy pisando»


Medir la lejanía y el horizonte con un compás

de curvas planas

y aguardar olas, espumas y marea

como revolución íntima


La geografía extraña al que no viaja

El mar exilia a quien no naufraga


Ser es tener un reflector

un faro, una grúa, una tolva, bahía, eco, espumas,

navíos y un piano

Y como Dante, un largo estudio y un gran amor


Allí también me entraron ganas de dibujar

a la luz del farol del borracho

en la calle con luna

Y en la noche bahía

sentada al borde del dique o en el rompeolas

ir desatando todos los barcos que pudiera


La geometría del alma evoca la melancolía

y extraña a quien no viene de lejos


El mundo confina a quien no viaja por el tiempo

y el horizonte expulsa a quien no naufraga




ANA MELGOSA (1975)

poetisa española




***



.

Ana Melgosan (1975) estudió arte en Leku-Eder (Bilbao), diseño de interiores en la escuela de Artes Aplicadas de Bilbao y Zaragoza. Se formó como artista plástica en la academia de dibujo y pintura del Museo de Reproducciones de Bilbao y en el atelier modèle vivant del Circulo de Bellas Artes de Madrid; aprendió técnicas antiguas de pintura y restauración con Nicolai Nicolaievich Senin, y actualmente tiene su estudio en Santander.





































DEL ASUNTO DEL DÍA. CÓMO DOS EMPERADORES TROPEZARON CON CON LA GUERRA, POR XAVIER COLÁS. 5 DE JUNIO DE 2026

 






Una lección común sobre la historia de los emperadores de ayer y hoy es que no suelen tropezar al primer paso. Tropiezan cuando un éxito anterior les enseña una conclusión falsa.

El problema de los emperadores es que acaban creyendo demasiado en su propia biografía. Vladimir Putin siente que sabe mucho sobre historia, aunque no siempre predice bien lo que va a pasar: creyó que 2022 sería 2014, una victoria ineludible aunque con más tanques. Donald Trump confía en sus instintos, y calculó que la batalla de Irán sería como la de Caracas pero con más portaaviones desplegados en esas aguas. Ahora están ambos entrampados en guerras que parecían menos complejas, y condicionan la política europea.

Para Europa, Putin es abiertamente una amenaza, aunque en algunos sectores sigue siendo visto como el proveedor barato de energía al que alguna vez habrá que recuperar. Con Trump aparece ante nosotros el aliado norteamericano malogrado por la putrefacción política, y los europeos dudan si señalar la desnudez populista y temeraria del emperador o ponerse de perfil para conservar los vínculos que hicieron florecer la relación durante el siglo XX.

Europa contempla las humaredas del campo de batalla con espanto. Trump y Putin entraron en la guerra con la memoria de un éxito anterior, y los dos descubrieron demasiado tarde que la historia no se repite a voluntad del hombre que manda.  La resistencia de Europa en su apoyo a Ucrania ha hecho que Moscú señale a los europeos como participantes en la guerra. Y la renuencia de los socios de la UE a seguir a Trump en su aventura iraní ha dado al voluble emperador americano una excusa para cargar contra el continente europeo precisamente por no querer participar.

El problema es cómo se puede influir sobre jefes de Estado que parecen diseñados para ser herméticos ante cualquier presión.

Serguéi Lavrov, preguntado por un empresario sobre si Putin le consultó antes de invadir Ucrania, musitó: «Putin tiene tres consejeros: Iván el Terrible, Pedro I y Catalina II». En el caso ruso, la trampa estaba en Crimea. Fue precisamente Catalina quien convirtió Crimea en trofeo imperial ruso en 1783, después de arrancarla de la larga mano otomana y vestir la anexión como destino histórico. Potemkin, su hombre en el sur, transformó la península en pieza central de la expansión rusa hacia el mar Negro. Por eso cuando Putin habla de Crimea invoca el glorioso 1783, la vieja frontera sur de Catalina, la fantasía de Nueva Rusia y la idea de que la historia rusa avanza corrigiendo humillaciones.

La anexión de 2014 fue rápida, barata y sancionada por Occidente con más indignación que castigos inmediatos. Putin leyó aquel episodio como una prueba de debilidad ucraniana y de cansancio –o poca resistencia – occidental. Ocho años después, más aislado, más ideologizado y con un círculo de decisión cada vez más estrecho, convirtió ese chute histórico en un descabellado plan militar. Ucrania no sería una guerra, sino una corrección histórica. Kyiv no lucharía, pues no opuso resistencia a perder Crimea, y el Estado se partiría como ocurrió con Donbas. Europa protestaría y después seguiría comprando gas y petróleo, igual que hizo tras 2014. Así fue cómo la guerra de 2022 empezó como una aventura emprendida desde un palacio mal informado. Putin no subestimó solo al Ejército ucraniano. También subestimó la existencia política de Ucrania, la capacidad europea de reaccionar y el coste de convertir una operación de decapitación en una guerra nacional. Desde entonces el Kremlin ha ido moviendo el objetivo de la victoria. Primero era tomar Kyiv. Luego liberar el Donbás. Después resistir a lo que en Moscú llaman «Occidente colectivo». Hoy la guerra que debía demostrar la grandeza rusa consume soldados, presupuesto, industria, alianzas y futuro. Moscú puede avanzar, bombardear y aguantar más que una democracia, pero ya no puede fingir que no es una guerra de verdad sino una «operación militar especial» contra unos nazis sueltos.

Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo

Donald Trump tropezó con otra analogía. Caracas le ofreció una imagen demasiado perfecta de su poderío: una operación fulminante, un enemigo personal capturado, una capital sobrevolada con impunidad por sus Delta Force, dejando un régimen descabezado. Durante los días posteriores el rey bravucón se mostró capaz de vender la acción como restauración del orden. El precedente venezolano alimentó una idea muy trumpiana de la guerra, pero la verdad es que Irán no es Venezuela. No es un régimen dependiente de un solo hombre ni una crisis caribeña contenible en la lógica del patio trasero. Irán tiene profundidad estratégica, mucha población, un sólido aparato ideológico, redes regionales que no ayudan a descabezar a distancia, misiles escondidos, drones probados en Ucrania y una palanca económica que ha demostrado ser formidable: Ormuz.

El resultado es que la guerra que empezó con maximalismo –destruir capacidades, imponer condiciones, insinuar cambio de régimen– se está encogiendo hacia los términos clásicos de toda salida imperfecta: un alto el fuego, la esperada reapertura del estrecho, mediadores y sobre todo propaganda de victoria para todos.

Los dos errores nacen de la misma enfermedad imperial: confundir el precedente con una ley escrita en mármol. Putin pensó que Ucrania seguía siendo el país fracturado y vulnerable de 2014. Trump pensó que la intimidación que funcionó en Caracas podía trasladarse al Golfo Pérsico. En ambos casos, el enemigo fue menospreciado antes de ser atacado.  La propaganda hizo el resto. Rusia no invadía: se defendía de una cosa invisible. Estados Unidos no lanzaba otra guerra: prevenía un peligro nuclear y castigaba a un régimen hostil aunque lejano.

La diferencia está en el tiempo: Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo. El trumpismo puede asimilar golpes de fuerza, imágenes de superioridad y negociaciones disfrazadas de rendición ajena. Pero una guerra cara, con petróleo alto, división interna y objetivos cambiantes, amenaza el centro mismo de su relato: que basta con querer para imponer. No olvidemos que Trump tiene elecciones legislativas en noviembre.

En Europa hay inquietud sobre cómo las tensiones del trumpismo pueden dañar las garantías de seguridad del viejo continente. «Desde mi punto de vista es horrible las declaraciones de activistas Maga cuestionando los vínculos euroatlánticos», admite un diputado polaco que prefiere hablar desde el anonimato: «Si queremos revivir nuestras relaciones euro atlánticas tenemos que asumir el peso de nuestra seguridad». Pero en todo caso, recuerda que «tenemos muchos vínculos como para estar pendientes de cada reacción de Trump».

También difieren los riesgos. Para Putin, Ucrania es el lugar de su régimen en la historia. La guerra ha concentrado a Rusia alrededor de la industria militar, la represión y la dependencia de China. Una derrota clara pondría en duda veinticinco años de autoridad personal y una paz mala dejaría a la vista que la sangre no compró kilómetros para el imperio. Por eso Putin puede preferir una guerra interminable a una conclusión humillante. El peligro es perder el derecho a explicar Rusia, porque durante los últimos 10 años se ha erigido en principal intérprete.

Para Trump, Irán no es existencial para Estados Unidos, pero puede ser corrosivo para su presidencia. El riesgo no es el colapso del Estado, sino la fractura. Sobre todo porque prometió fuerza sin pantano, castigo sin ocupación, victoria sin coste. Si termina aceptando un acuerdo parecido al tipo de pacto nuclear que antes despreciaba, podrá llamarlo triunfo, pero sus adversarios lo llamarán retirada. La política estadounidense permite cambiar de relato con más facilidad que la rusa. Y también castiga más deprisa cuando la factura llega al bolsillo.

Los clásicos ayudan a entender el problema. Roma no hacía la guerra sin vestirla antes con compases de ceremonia: los sacerdotes de la diplomacia y de la guerra, envolvían el conflicto en ritos, reclamaciones y fórmulas de justicia… la violencia necesitaba un lenguaje solemne. Aquello no impedía el imperialismo, pero obligaba a presentarlo como necesidad. En Atenas la guerra se discutía en la asamblea, y aun así la democracia ateniense se precipitó sobre Sicilia en una expedición desastrosa: de nuevo encontramos mucha retórica, mala inteligencia, objetivos hinchados y una derrota que cambió la guerra del Peloponeso.

«Si Putin pensaba que con la invasión iba a recuperar el prestigio de Rusia en el mundo, está claro que se equivocó», explica José María Faraldo historiador y autor de Sociedad Z. La Rusia de Vladimir Putin. Faraldo señala que «ni siquiera los países que le apoyan ven a Rusia como un líder o un modelo de futuro». Salvo en pequeños aspectos como la reacción conservadora o represión de minorías, no hay «nada en lo que Rusia parezca poder liderar a las autocracias menores».

¿Hay solución para los desmanes de dos hombres tan poderosos? Edward Lucas, periodista y autor de The New Cold War (La Nueva Guerra Fría, 2008) no es muy optimista: «Creo que los países solo cambian de verdad cuando sufren un shock político o económico profundo». En el caso ruso, «si la prosperidad económica de Rusia dejara de depender de recursos naturales vulnerables en un modelo depredador y pasara a basarse en una economía mucho más descentralizada y de servicios, donde el Estado no tuviera tanto control, quizá eso cambiaría algo».

Putin aprendió de Crimea que Ucrania era vulnerable y Europa manejable. Trump aprendió de Caracas que la audacia podía sustituir a la estrategia. Ambos descubren ahora que una guerra empieza en el despacho del líder, pero después a la mesa se sienta el enemigo, bajo los nubarrones de la economía, con el eco de los muertos, el condicionante del tiempo y la tozudez de los hechos. Pero todo esto será en todo caso una lección para los siguientes emperadores. Xavier Colás es periodista. Ethic, 1 de junio de 2026.























BOS DÍAS. SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 5 DE XUÑO DE 2026

 





Ola, bos días de novo a todos e feliz venres 5 de xuño. Toda a illa fala do mesmo: da visita do Papa León XIV a Gran Canaria e Tenerife. É unha mágoa que as preocupacións de seguridade fixesen inviable a súa visita á illa de El Hierro; iso tería sido realmente histórico. É bo que, mesmo para un ateo (grazas a Deus) coma min, sexa un xesto que a boa xente destas illas euroafroamericanas, que son a maioría, nunca esquecerá. Outro día, se estou de humor, contareivos a historia da miña familia e da illa de El Hierro. Novas de hoxe: 1. A UCO (Unidade Central Operativa da Garda Civil) pídelle ao xuíz que recolla todas as transaccións bancarias do PSOE (Partido Socialista Obreiro Español) en 2024 e 2025 e os datos de Facenda do Partido Socialista e do PSC (Partido Socialista de Cataluña); 2. Ayuso (esa muller que é presidenta da comunidade autónoma de Madrid), poucas horas antes da chegada do Papa a España, afirma con énfase sobre a regularización dos migrantes: "Está a importar pobreza masiva". Mellor garde os meus pensamentos para min, pero xa o imaxinades... nada bo, desde logo. 3. A ministra de Cultura de Ayuso ri da calor que sofren os nenos na escola: "É unha fonte de inspiración". Pódese ser máis parvo? Si, ​​por suposto, por iso os parvos votan por eles. Adeus, amigos meus. Que teñades un bo día. Espero que as entradas do blog de hoxe sexan do voso interese. Vémonos mañá, se a sorte quere. HArendt





















ENTRADA NÚM. 10698

jueves, 4 de junio de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY JUEVES, 4 DE JUNIO DE 2026

 







Hola, buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de jueves, 4, a viernes, 5 de junio. Pues hoy sí salimos de casa a dar nuestro paseo habitual de cada semana por Triana; un día espléndido, para variar, con la calle llenita de turistas, con pantalones cortos y viseras; con niños pequeños en cochecitos y trotando detrás de las palomas; y de parejas mayores cogidos de la mano, sentadas en las terrazas…Hermoso. Dan ganas de gritar: ¡la vida es bella!, pero no es verdad: el mundo,  como lo están dejando los Trumps, los Putin y los Nethanyaus locales, nacionales y europeos, es una p.m. gracias a las ingestas de racismo, odio, desvergüenza y cinismo de que hacen gala, arropados por una notable cantidad de ciudadanos con derecho a voto cada vez más idiotizados. Por lo demás, todo bien, los cafés con leche y sus sendos trozos de tarta nos supieron a gloria. La semana próxima, repetimos… Y mañana, desde las 06:00 (hora de Canarias) tendrán en el blog las nuevas entradas del viernes, 5 de junio de 2026. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt





















DE LA TARDE QUE CAE. ESPAÑA AL BORDE DE UN ATAQUE DE ALGORITMOS, POR CARMELA RÍOS. 4 DE JUNIO DE 2026

 






No se extrañen si este verano, cuando se lancen al primer bailable en la verbena de su pueblo, reconocen la voz de la exvicepresidenta del Gobierno María Jesús Montero en un pegadizo montaje musical medio tecno que reproduce una y otra vez dos palabras: “Me opongo”. O, más bien, “Mopongo”, la contracción que surge inevitablemente cuando se habla con cierta velocidad. Lo que en otro tiempo hubiera resultado anecdótico puede, en la era de las redes sociales, contener el germen del que nace una marea de conversación y una moda. Es exactamente lo que ha sucedido. Durante la campaña andaluza algunos internautas recuperaron una intervención de Montero durante un mitin de 2025 en Málaga en el que acusaba al PP de oponerse a todo, de ser el partido “Mopongo”. Poco después la frase ya no le pertenecía. En el último mes ha habido quien ha recortado el vídeo, acelerado el audio, otros le han añadido música. Lo que empezó siendo una intervención política ha terminado convertida en meme, en remix, en sonido viral. En TikTok y X circulan cientos de montajes humorísticos y vídeo con “Mopongo” como leitmotiv. Algunos usuarios han inventado coreografías. Otros la utilizan para acompañar escenas cotidianas o bromas políticas. La candidata socialista sufrió una estrepitosa derrota en las urnas, pero se ha coronado, muy a su pesar, como la reina de la viralidad.

El “Mopongo” de Montero es ahora una especie de identidad digital paralela. Queda solo el personaje y con él nace una caricatura. Algunos vídeos resultan divertidos y la cancioncilla se pega como una lapa. Convendría, sin embargo, mirar un poco más allá. Este caso esconde una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo. Las redes sociales poseen la capacidad de reescribir emocionalmente una reputación, de aupar o derribar figuras políticas sin utilizar un solo argumento. Basta con el humor, la ironía, una campaña de risas compartidas. La crueldad contemporánea rara vez se presenta como crueldad. Se instala disfrazada de buen rollo.

Para las democracias es todo un desafío asistir a esta mutación de los mecanismos que condicionan la percepción sobre las personas y las cosas. ¿Dónde queda el debate de los temas de fondo? Un reciente análisis publicado en Le Monde advertía del riesgo de que las próximas elecciones presidenciales francesas, que se celebraran el año que viene, queden condicionadas por los salseos y los conflictos permanentes en detrimento de una conversación digital pública con fundamento. Los temas esenciales corren el riesgo de quedar relegados por los algoritmos, que tienden a premiar el mero conflicto emocional. El rotativo francés se preguntaba cómo abordar los debates esenciales, la vivienda, la sanidad, el clima, los incendios o el coste de la vida en un ecosistema donde la atención política está cada vez más controlada por plataformas privadas.

Si los franceses temen unas elecciones presidenciales demasiado tumultuosas desde el punto de vista digital, qué decir de España, un país instalado al borde del ataque de nervios a base de investigaciones policiales sobre corrupción, filtraciones y un enfrentamiento parlamentario cada vez más áspero. Hace años, el filósofo Byung-Chul Han ya advirtió de que las sociedades digitales terminarían agotadas por el exceso de exposición, velocidad y reacción permanente. Basta pasar unos minutos en X para comprender hasta qué punto aquella intuición era correcta. Todo ocurre demasiado rápido y parece diseñado para convertir la conversación pública en un combate emocional continuo.

No es la primera vez que España se instala en una grave crisis política pero quizás esta es la ocasión en la que las redes sociales, liberadas de moderación, actúan como los esteroides de una tensión social in crescendo. Ignoro cómo acabaremos después de todo esto. Por cierto, me gustaría invitarles a responder a una duda para la que no encuentro respuesta. Si mañana hubiera un cambio de Gobierno, ¿desaparecería esta atmósfera de agotamiento emocional permanente? ¿Volverían las redes a un estado de mayor serenidad? ¿O la lógica del enfrentamiento seguiría intacta porque el problema ya no depende solo de la política, sino del ecosistema digital que organiza nuestra conversación pública? Será estupendo leer sus impresiones. Carmela Ríos. Periodista experta en redes sociales y desinformación. El País, 2 de junio de 2026.






























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. PETER THIEL NO JUEGA AL AJEDREZ, POR MARTA PEIRANO. 4 DE JUNIO DE 2026

 







Un verano mi padre se detuvo delante de lo que ahora es la FNAC de Madrid y dijo, abrazando a un señor: ¡pero maestro, qué hace usted aquí solo! Yo debía de tener nueve años. Lo calculo, más que recordarlo, pero estoy segura de que era así porque en aquel momento era tal mi obsesión por tener una guitarra que di por hecho inmediatamente que el maestro era Andrés Segovia, autor de Recuerdos de la Alhambra, el origen de mi obsesión. El profesor de música del colegio la había tocado una vez durante las fiestas de carnaval y desde entonces yo lo perseguía para que me enseñara a tocarla, tratando de entender qué le hacía a las cuerdas para que vibraran como si estuvieran a punto de llorar. Me pareció extraño que mi padre reconociera al compositor y que lo interpelara con tanta reverencia. Me dio hasta un poco de rabia. Era yo la que tocaba la guitarra y no él. No me extrañó que Segovia conociera a mi padre y le respondiera con educada ternura, apretándole la mano, porque la fama no era la categoría jerárquica que es ahora. Después llegó una mujer joven que se lo arrancó a mi padre de las manos y se lo llevó sin contemplaciones. ¿Te das cuenta de quién era ese señor?, me preguntó con una gran sonrisa. Yo asentí fervientemente y caminamos un rato en silencio, repasando la experiencia.

Muchos años después, en el que sería el último verano de mi padre, yo recordé la anécdota durante una comida. Estábamos con mi mejor amiga y su marido, que iban de excursión a las Cíes y habían aparcado el coche en la casa de mis padres en Nigrán. Conté cómo nos cruzamos con el compositor y cómo su hija se lo había llevado casi indignada, pero mi padre no se acordaba. Conté la anécdota otra vez con detalles nuevos. Mi padre me miraba parpadeando, tratando de recordar, cuando algo lo iluminó y dijo riendo: yo no conozco de nada a Segovia pero ese ¡era Borges! Y la hija no era su hija sino María Kodama, su mujer. Y así es como descubrí, bien entrados los cuarenta, que mi padre se había hecho amigo de Jorge Luis Borges en Buenos Aires porque los dos eran habituales del Club Argentino de Ajedrez.

Mi padre había llegado a España diez años antes con dos cosas en el bolsillo: un título de ingeniero químico y varios trofeos de ajedrez. Le gustaba decir que el Club de la calle Paraguay, en el barrio de Recoleta, era la institución más prestigiosa de la ciudad porque allí el dinero no valía nada, y tampoco la fama ni el poder. Era el único lugar donde un estudiante de 20 años podía codearse con el más importante de los escritores. Donde su maestro, un polaco superviviente del Holocausto que vivía con su mujer en un cuarto ruinoso, era tratado como un príncipe, por la belleza de su juego y su generosidad para enseñar.

Yo sólo estuve una vez, cuando era muy pequeña, pero heredé por absorción su nostalgia de aquel club. Por eso me enfurece tanto descubrir que el lugar donde Alekhine derrotó a Capablanca, donde Fischer tumbó a Petrosian y donde mi padre conoció Borges ha dejado entrar a Peter Thiel, un hombre que no juega ni admira el juego, y que llega a Argentina a imponer un régimen donde sólo importan la fuerza bruta, el dinero y el poder. Marta Peirano es escritora. El País, 31 de mayo de 2026.