viernes, 2 de enero de 2026

ODIO 2.O. ESPECIAL DE HOY VIERNES, 2 DE ENERO DE 2026

 








Amigos, si una palabra pudiera resumir la ideología del segundo régimen de Trump, sería “odio”, comienza diciendo en Substack (30/12/2025) el economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich. Pensemos, por ejemplo, en Paul Ingrassia, que empezó como enlace de la Casa Blanca de Trump con el Departamento de Justicia y luego con el Departamento de Seguridad Nacional, antes de que Trump lo nominara en mayo para dirigir la Oficina del Asesor Especial de la Casa Blanca.

Politico publica hoy un artículo sobre Ingrassia, digno de mención porque ilustra claramente las prioridades de Trump en materia de personal.

Antes de su nominación, Ingrassia supuestamente le dijo a un grupo de compañeros republicanos: "Tengo una veta nazi en mí de vez en cuando, lo admito".

Ha escrito sobre el ex candidato presidencial republicano Vivek Ramaswamy: “Nunca confíes en un chino o un indio… NUNCA”.

Dijo que los negros se comportan como “víctimas” porque “ese es su estado natural… No se les puede cambiar”, y agregó: “Prueba: toda África es un desastre y siempre lo será”.

Ha instado a que la festividad de Martin Luther King Jr. sea "arrojada al séptimo círculo del infierno". Utilizando un insulto italiano para referirse a los negros, escribió : "Nada de festividades del moulignon... Desde Kwanza [sic] hasta el Día de Martin Luther King Jr., pasando por el Mes de la Historia Negra y el Juneteenth", y añadió: "Hay que destriparlo todo".

Ha escrito : “Necesitamos hombres blancos competentes en puestos de liderazgo… Los padres fundadores se equivocaron al afirmar que todos los hombres son creados iguales… Debemos rechazar esa parte de nuestra herencia”.

Ha respaldado la ley marcial . Se ha referido a la candidata presidencial republicana de 2024, Nikki Haley, como una "perra insoportable ". Calificó el ataque de Hamás del 7 de octubre contra Israel como una " operación psicológica".

Tiene vínculos con el antisemita declarado Nick Fuentes. Poco después de que hiciera el comentario "nazi", Ingrassia asistió a un mitin en apoyo de Fuentes.

La intolerancia manifiesta de Ingrassia fue demasiado incluso para los republicanos del Senado, quienes se opusieron a su nominación para dirigir la Oficina del Asesor Especial, lo que resultó en que Trump retirara la nominación en noviembre.

Pero Ingrassia no fue expulsado de la administración Trump. De hecho, tras retirar su nominación, Trump lo invitó a reunirse con él en la Casa Blanca y le ofreció otro puesto en la administración: asesor general adjunto de la Administración de Servicios Generales. Actualmente es asesor general interino y supervisa a más de 100 abogados.

A Trump no le molesta la intolerancia de Ingrassia, ya que es un fiel seguidor de Trump que durante años lo ha elogiado en X y Substack . (Después de que Trump republicara más de 100 de los comentarios aduladores de Ingrassia sobre Substacks, Ingrassia se autodenominó "el escritor favorito de Trump").

En el mundo de Trump, la lealtad aduladora siempre triunfa sobre la intolerancia y el odio.

En contraste con la amabilidad de Trump hacia Ingrassia, el régimen de Trump ha estado tratando de librar a Estados Unidos de personas que buscan detener la propagación del discurso de odio en línea.

El jueves, un juez federal de Nueva York impidió temporalmente que Trump detuviera a Imran Ahmed, fundador y director ejecutivo de una organización sin fines de lucro que trabaja para detener la propagación del odio y la desinformación en línea, a quien el régimen de Trump acusó de promover la censura de "puntos de vista estadounidenses".

Ahmed, quien se encuentra legalmente en Estados Unidos, con una tarjeta verde y una esposa e hijo estadounidenses, es una de las cinco personas excluidas por el régimen de Trump porque han estado analizando el discurso de odio en plataformas de redes sociales como X de Elon Musk.

Musk intentó sin éxito demandar al grupo de investigación de Ahmed en 2023 cuando documentó un aumento del discurso de odio en X después de que Musk comprara la plataforma, entonces llamada Twitter. Cuando el Departamento de Estado de Trump le prohibió la entrada a Estados Unidos a Ahmed, Musk publicó : «Esto es genial».

Así que ahí lo tienen, amigos. La intolerancia y el odio están bien dentro del régimen de Trump, siempre y cuando los intolerantes sean leales a Trump.

Mientras tanto, el régimen está intentando librar a Estados Unidos de gente que lucha contra la intolerancia y el odio. El odio es la ideología definitoria del régimen de Trump.






















DEL MENSAJE DEL REY, TRANSICIÓN Y RETROTOPÍA

 







Ya no estamos para gestas, pero sí ante un cúmulo de problemas que afectan tanto a la legitimidad de la democracia como a nuestra capacidad para solucionarlos. escribe en El País (28/12/2025) el politólogo Fernando Vallespín. Todos los países necesitan de algún mito fundacional, algún acontecimiento histórico más o menos edulcorado a partir del cual dotar de legitimidad a un determinado orden nacional o un sistema político. En nuestro caso, el más integrador y eficaz fue, sin duda, la Transición. Pasó a sustituir a aquel erigido sobre la victoria en una guerra fratricida, que a su vez trató de asociarse a una visión de España montada sobre sus supuestas gestas históricas, su homogeneidad y unidad inquebrantable y la identidad católica. Precisamente por eso, por su carácter integrador de un país plural y diverso, la Transición y el orden emanado de la Constitución del 78 fueron vistos siempre como el punto cero a partir del cual ordenar nuestra convivencia.

Su lado fuerte fue que renunció a los esencialismos nacionales para convertirse en un medio de cohesión y legitimidad cívica, representó ese momento “en el que supimos entendernos”, tan excepcional en nuestra historia. Contrariamente a lo que hoy se cree, no estuvo, sin embargo, libre de problemas ni fue ajena a los complejos datos del contexto. Fue un acontecimiento político y, por tanto, cuestionable en sus resultados, con cesiones mutuas entre las partes, todas ellas bien conscientes de que no se trataba de construir su democracia ideal, sino aquella que fuera posible dadas las circunstancias. Pero tampoco puede ignorarse que el consenso resultante habría sido inimaginable sin las movilizaciones contra el régimen anterior. Sacralizar este periodo es tan ridículo como criticarlo en nombre de una supuesta estrategia lampedusiana del franquismo, cambiarlo todo para que todo siga igual.

Traigo esto a colación por las palabras del Rey en su discurso de Nochebuena, con su reivindicación del espíritu de la Transición: la predisposición al diálogo y la búsqueda del entendimiento. Es la estrategia que Maquiavelo sugería para momentos de “crisis de la república”, recordar y resintonizarse al momento fundacional del orden político; como diríamos hoy, resetearlo a partir del programa de convivencia que lo hizo grande. Dada la temperatura de la confrontación política, puede parecer una quimera. Entre otras cosas, porque se ha diluido ya uno de los elementos fundamentales de aquel contexto. Entonces pocos dudaban de cuál era la hoja de ruta a seguir: instaurar una democracia liberal e integrarnos en los países de nuestro entorno. Había un diseño de futuro. Eso es justo de lo que hoy carecemos, aquí y en otros lugares, desgarrados casi todos por la polarización, el desencuentro y las dudas —el miedo, incluso— sobre el porvenir.

Sin embargo, las alusiones del monarca a la Transición carecieron de esa visión retrotópica (Zygmunt Bauman) tan habitual en los populismos, eso de buscar el refugio en un pasado idealizado ante un futuro incierto. Las referencias a aquel momento histórico fueron de puro sentido común, lealtad al sistema y ciertas dosis de pragmatismo. Ya no estamos para gestas épicas, pero sí ante un cúmulo de problemas que afectan tanto a la legitimidad de la democracia, erosionada por el creciente divorcio entre clase política y ciudadanía, como a nuestra capacidad para buscarles una solución adecuada. El espíritu cívico ha dado paso a la desconfianza, el cinismo y a una encarnizada lucha partidista incapaz de ponerse de acuerdo sobre los mínimos necesarios para una gobernabilidad eficaz y la adopción de reformas duraderas. Y, añadiría, sin que se haya encontrado un modelo de convivencia capaz de generar un consenso alternativo al que viene de aquellos años. No es un momento para las añoranzas o para revivir los antagonismos, sino para reencontrar una fórmula de volver a entendernos. Tan simple de definir como difícil de ejecutar.


















DEL ARCHVO DEL BLOG: LOS INTELECTUALES DESCARRIADOS. PUBLICADO EL 26/09/2016

 








Del libro La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (Los Libros de la Catarata Madrid, 2016), de Ignacio Sánchez-Cuenca, se ha hablado y escrito profusamente en lo que va de año en prensa y sobre todo en las redes sociales en las que he participado modestamente, en mi caso, bastante críticamente con el libro y no tanto con su autor. Juan Francisco Fuentes, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, hace una crítica de ambos, de libro y de autor, en un enjundioso artículo del último número de Revista de Libros que no me resisto a subir hasta el blog.

Desde que los intelectuales hicieron su aparición en el mundo moderno, comienza diciendo, han abundado las críticas a su protagonismo en la vida pública desempeñando funciones y asumiendo una representación que, según sus detractores, nadie les había otorgado. La mayor parte de esas críticas procede de autores conservadores que han denunciado la propensión de los intelectuales a militar en la izquierda, cuando no en la extrema izquierda, y a ejercer su función crítica a partir de un doble rasero que a menudo comportaba una doble moral, bien patente en su disposición a justificar las atrocidades de los suyos. Ejemplo de esta literatura de denuncia sería el libro de Raymond Aron El opio de los intelectuales (1955), sobre su adicción al marxismo durante la Guerra Fría, y, más recientemente, Intellectuals (1988), del escritor británico Paul Johnson. Pero tampoco han faltado quienes, desde la izquierda, hayan criticado algunos rasgos característicos del gremio, como su falta de sentido de la realidad y su oportunismo. Julien Benda les dedicó su célebre La trahison des clercs (1927), dirigido en particular contra Charles Maurras y Maurice Barrès, y, en nuestro país, Indalecio Prieto llegó a lamentar el trato de favor que les dispensó la Segunda República, repartiendo prebendas entre ellos y metiéndolos con calzador en las candidaturas electorales de la izquierda. «¡Cómo se lo pagaron!», exclamará al recordar que algunos estuvieron en el origen de Falange y otros acabaron apoyando la sublevación militar.

Todo empezó a finales del siglo XIX, continúa diciendo, cuando surgió en Francia y España, con una sorprendente sincronización, el nuevo sustantivo intelectual, que Miguel de Unamuno utilizó, acaso por primera vez en español, en una carta a Cánovas del Castillo fechada en noviembre de 1896 a propósito de los llamados procesos de Montjuïc, que concluyeron con varias penas de muerte a presuntos terroristas. En Francia, el sustantivo adquirió carta de naturaleza tras la intervención de Émile Zola con su célebre J’accuse, publicado en enero de 1898, en la polémica por el affaire Dreyfus, que plantea similitudes de fondo y forma con los procesos de Montjuïc en España. El llamativo paralelismo en la aparición del término a uno y otro lado de los Pirineos sugiere la existencia de un sustrato histórico común, propicio al protagonismo de los intelectuales, generalmente a través de la prensa, como contrapeso a los poderes públicos. El fenómeno podría hacerse extensivo al resto de la Europa mediterránea y a la Rusia zarista, donde, a mediados del siglo XIX, surgió la voz intelligentsia para definir, en palabras de Isaiah Berlin, una suerte de «sacerdocio secular» imbuido de una idea de redención colectiva que con el tiempo definiría el papel del intelectual en el siglo XX, no en vano calificado como «el siglo de los intelectuales».

«No sé nada de eso. Yo no soy un intelectual, soy un escritor», contestó Graham Greene al requerirle un periodista su opinión sobre Alexis de Tocqueville. La respuesta del novelista británico, añade, es un caso de modestia poco frecuente entre los de su profesión y un recordatorio de la diferencia que, pese a todo, subsiste entre el escritor y el intelectual, sobre todo en el mundo anglosajón. El libro que acaba de publicar Ignacio Sánchez-Cuenca mantiene, como se aprecia en el subtítulo, la distinción entre estas dos figuras y carga las tintas principalmente contra los escritores, carentes en la mayoría de los casos de preparación para opinar sobre los grandes temas de la actualidad, pero provistos de poderosas tribunas mediáticas que les permiten comunicar sus ocurrencias a una ciudadanía indefensa. No son verdaderos intelectuales, nos dice el autor, sino meros literatos que actúan y opinan con la arrogancia propia del «macho discursivo» que llevan dentro.

La mayoría de ellos han asumido en los últimos años posiciones muy activas en el debate político español, en un sentido contrario a las inquietudes y simpatías de Sánchez-Cuenca, conocido en su día por su pertenencia al círculo intelectual del socialismo zapaterista, continúa más adelante. El índice onomástico permite graduar la importancia que otorga a estos «figurones con egos inflados» contra los que va dirigido el libro. Ordenados de más a menos, según el número de páginas en que aparecen, el ranking de los diez primeros sería el siguiente: Fernando Savater (31 páginas), Antonio Muñoz Molina (30), Félix de Azúa (22), Mario Vargas Llosa (14), Javier Cercas (12), Jon Juaristi (12), César Molinas (11), Luis Garicano (9), Javier Marías (9) y Arcadi Espada (5). A partir de esta lista, puede establecerse un retrato-robot del tipo de escritor que sufre las iras de Sánchez-Cuenca. Predominan los novelistas, pero hay también profesores de universidad y economistas, acusados no de diletantismo, como los demás, sino de practicar un rancio arbitrismo en su diagnóstico de los males de la patria y en sus propuestas de regeneración. Salvo estas pocas excepciones, se trata sobre todo de renombrados escritores que utilizarían sus columnas de opinión en la prensa como puertas giratorias entre la realidad y la ficción. Esa condición de literato entrometido y sabelotodo es una razón de peso para figurar en la lista negra de Sánchez-Cuenca, pero no la única ni la más importante. Hay otros dos factores que, en diverso grado, determinan su adscripción al lado oscuro: su evolución a lo largo de los años de la extrema izquierda a una izquierda establecida, e incluso a la derecha neocon, y su actitud crítica hacia los nacionalismos vasco y catalán. Al menos en la mitad de los casos citados, podría añadirse su vinculación al periódico El País.

«El fenómeno de la derechización, señala que afirma Sánchez-Cuenca, es especialmente agudo entre intelectuales que hoy tienen más de sesenta años». Y lo ilustra con una larga nómina de escritores, profesores y periodistas cuyos nombres aparecen acompañados de las organizaciones en que militaron en su juventud, desde el PCE hasta ETA, pasando por el GRAPO. Hay amplios y jugosos extractos también de lo que decían entonces sobre ETA y su entorno intelectuales que con el tiempo asumieron posiciones intransigentes no sólo ante el nacionalismo radical, sino en contra de los nacionalistas de toda condición y de quienes, sin serlo, han buscado una solución pactada al problema terrorista. Esta parte del libro, esa yuxtaposición entre el pasado y el presente de autores inconstantes en sus ideas, pero contumaces en el error, recuerda un panfleto de los años sesenta publicado con el título de Los nuevos liberales. Florilegio de un ideario político, sin autor ni pie de imprenta, pero auspiciado, según todo los indicios, por el Ministerio de Información y Turismo, e inspirado probablemente por el ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne. La técnica era la misma que ahora utiliza Sánchez-Cuenca: se cogía a seis intelectuales que habían cambiado de bando, pasando del falangismo al antifranquismo –Laín, Tovar, Maravall, Ridruejo, Aranguren y Montero Díaz–, y se comparaban sus puntos de vista antes y después de mudar de chaqueta, con el consiguiente escándalo del lector, que no podía dar crédito a tanta desvergüenza. Como el planfleto franquista, La desfachatez intelectual tiene mucho de «florilegio» de pasajes escogidos de sus protagonistas en su tránsito por las distintas formas de equivocarse que han jalonado su vida. Su propensión al error, nos dice Sánchez-Cuenca, responde a veces a motivaciones tan primarias como la pereza mental o el gusto de apropiarse de lo ajeno, como demuestra una nota a pie de página dedicada al turbio fenómeno del plagio. La nota no tiene desperdicio como ejemplo del doble rasero del autor, porque sorprende que en una relación de «escritores pillados copiando a otros» no figure el nombre de Manuel Vázquez Montalbán, ese gran referente moral de la izquierda, condenado por un juez en 1990 por haber firmado como suya una traducción de Julio César, de Shakespeare, que plagiaba el 40% de otra ya publicada por un especialista. Se dirá que, al tratarse de un autor ya fallecido, su caso estaba de más en una obra dedicada a la actualidad. Esta piadosa razón no impide, sin embargo, que se incluya al también fallecido Camilo José Cela, junto a dos exaltos cargos del PP, entre los escritores conocidos por su «manga ancha con el plagio».

Más importante aún que el eje derecha/izquierda para explicar esta peculiar forma de impartir justicia, añade el profesor Fuentes, es la tendencia de estos autores a sufrir lo que Sánchez-Cuenca llama «la obsesión nacional» o, simplemente, la «obsesión con el terrorismo», que podríamos definir como esa manía de algunos de no dejarse matar. Critica sobre todo su afición a denigrar al nacionalismo vasco y catalán, planteando una analogía con el fascismo que él considera completamente fuera de lugar. No es una cuestión baladí, porque hay argumentos que justifican al menos un debate sobre los elementos simbólicos y las prácticas políticas que comparten los nacionalismos entre sí y estos a su vez con el fascismo, que vendría a ser un nacionalismo sin bozal. Una persona tan poco sospechosa de neocon como el histórico dirigente anarquista José Peirats, al regresar a España tras largos años de exilio, no dudó en calificar de «lenino-fascistas» a los miembros de ETA. No era sólo el recurso al asesinato como parte de una política de exterminio, sino la utilización de una violencia cotidiana que buscaba un efecto intimidatorio entre la población, obligada a elegir entre su tranquilidad y sus principios, cuando estos eran contrarios al credo nacionalista. De la misma forma y con parecida efectividad actuaron las SA hitlerianas en la fase final de la República de Weimar, practicando la kale borroka contra sus adversarios y facilitando el triunfo electoral del nacionalsocialismo en un clima de fuerte presión sobre la ciudadanía, que optó finalmente por claudicar ante los violentos. Ya lo dijo Xabier Arzallus, en frase que, según el interesado –lo recuerda Sánchez-Cuenca, siempre al quite–, se ha interpretado de forma aviesa: «Unos agitan el árbol y otros recogen las nueces».

El caso catalán, añade Fuentes, es, sin duda, distinto, pero no se puede afirmar, como hace el autor, que la trayectoria del nacionalismo en Cataluña, de la Transición a nuestros días, haya estado presidida por la «ausencia de violencia». No hay más que recordar que la oposición a la política lingüística de la Generalitat por parte de un nutrido grupo de escritores, periodistas y profesores, firmantes en 1981 del llamado Manifiesto de los 2000, llevó a la organización terrorista Terra Lliure a secuestrar a uno de sus promotores, Federico Jiménez Losantos, y a dispararle un tiro en la rodilla. El mensaje estaba claro: quien se opusiera al nuevo modelo lingüístico ya sabía a lo que se exponía. Quién sabe si este hecho no influyó en la escasa contestación social que ha suscitado la inmersión lingüística, prueba irrefutable, según los biempensantes, de su aceptación general en el marco del llamado «oasis catalán». Hay ejemplos muy recientes de la existencia de una violencia de baja intensidad, pero sumamente eficaz para conseguir la invisibilidad de quienes cuestionan la inmersión identitaria impuesta por el nacionalismo. Recientemente, dos ciudadanas fueron apaleadas en el centro de Barcelona por defender a la selección española de fútbol. Las autoridades municipales y autonómicas llevan años justificando sus trabas a la celebración pública de los triunfos de la selección por su escaso arraigo en Cataluña. Y, a este paso, acabará siendo cierto, porque el efecto combinado de la coacción desde abajo y el obstruccionismo administrativo desde arriba puede conseguir, como en otros terrenos, que el sentimiento español se convierta en una especie de herejía tolerada, como mucho, en el ámbito privado. La afirmación de Sánchez-Cuenca de que en un futuro «Estado catalán no tendría por qué haber exclusivamente identidades catalanas» resulta de una ingenuidad asombrosa, a la vista del control casi absoluto que el nacionalismo ejerce ya sobre el espacio público y simbólico, antes incluso de haber conseguido un Estado propio.

El exceso de celo del autor en su defensa de los nacionalismos, sigue diciendo, le juega alguna mala pasada. Como ejemplo del juego sucio de «los antinacionalistas más primarios», aduce su insistencia en presentar el ideario nacionalista como un regreso a la tribu. No parece, sin embargo, que anden tan errados, si se recuerda que Anna Gabriel, la dirigente de la CUP y pieza clave en el procés independentista, se ha declarado partidaria de que a los hijos los eduque «la tribu». Sánchez-Cuenca considera temerario prejuzgar la calidad democrática de una futura Cataluña independiente. ¿Quién puede asegurar que se produciría un recorte de libertades, y no lo contrario? Aquí le convendría ser más consecuente con el legado histórico de la izquierda española, que pasó ya por un trance parecido en los años treinta. «No hago la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino», declaró el doctor Negrín en 1938, siendo presidente del Gobierno. Cualquiera que haya leído a Manuel Azaña, como sin duda es el caso del autor de este libro, debería tener presente su autorizado testimonio sobre la deslealtad de Esquerra Republicana con la República española, por ejemplo, cuando Azaña reprocha a los dirigentes de ERC «ese sentimiento deprimente de pueblo incomprendido y vejado que ostentan algunos de ustedes», cuando señala las «enormes y escandalosas […] pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de “chantajismo” que la política catalana de estos meses ha dado frente al Gobierno de la República», o cuando denuncia la existencia de «delegaciones de la Generalidad en el extranjero». Las «extralimitaciones y abusos de la Generalidad» eran de tal índole, según el presidente de la República, que no cabían «ni en el federalismo más amplio». Hay una base histórica, por tanto, para «prejuzgar», en contra de lo que aconseja el autor, los derroteros que puede seguir el procés en un futuro no muy lejano y para comprender el alarmismo de aquellos «machos discursivos», como los llama Sánchez-Cuenca, que abordan el tema con una «mezcla de frivolidad política y mala leche».

Las marrullerías y el victimismo del nacionalismo, señala más adelante, denunciados ya en su día por Azaña, obligan a ser prudentes ante una posible consulta a la ciudadanía, una opción que en sí misma podría considerarse una salida razonable al atolladero en que se encuentra el contencioso catalán. Huelga decir que el autor es firme partidario de «un referéndum que establezca con claridad cuál es el nivel de apoyo popular a la causa de la independencia». El problema consiste precisamente en fijar y hacer cumplir unas reglas del juego claras. Por lo pronto, no parece fácil traducir en una pregunta concreta y en un porcentaje de votos predeterminado, ya sea sobre el censo electoral o sobre el total de votos emitidos, el gran sofisma del «derecho a decidir». Habría que preguntarse si el principio de autodeterminación que se invoca frente a España se aplicaría también en el interior del «ámbito de decisión», respetando el derecho a decidir de aquellas unidades territoriales –municipios, comarcas, provincias– que mostraran una voluntad contraria a la del conjunto del territorio. Cabría el riesgo, asimismo, de que los partidarios del referéndum rechazaran un resultado que les fuera adverso y siguieran reclamando nuevas consultas hasta salirse con la suya. Aquí Sánchez-Cuenca podría alegar de nuevo que no deben formularse juicios de intención para desacreditar reivindicaciones plenamente legítimas. Pero la historia reciente ofrece una vez más elementos de juicio que hay que tomar en consideración. Valga como aviso a navegantes la respuesta que, en una entrevista en La Vanguardia dio una ministra del Gobierno autónomo de Quebec, partidaria de la independencia frente a Canadá, a la pregunta de si un hipotético triunfo de la secesión en un tercer referéndum, tras su derrota en los dos anteriores, podía ser revisable en un referéndum posterior: «No. ¿Para qué, si ya lo habríamos ganado?» Preguntada por la posibilidad de que el pueblo «cambiase de opinión», contestó lisa y llanamente: «No hay precedentes». Conviene informarse bien sobre esta cuestión de los «precedentes», no sea que alguno se lleve un chasco cuando descubra que el derecho a decidir no comporta el derecho a desdecirse y que la autodeterminación caduca, al parecer, cuando sus partidarios consiguen su objetivo.

Hace poco, señala el profesor Fuentes, una periodista de la televisión pública catalana prendía fuego a un ejemplar de la actual Constitución española en un programa de gran audiencia. Quemar la Constitución no es una práctica tan novedosa como podría parecer. La Inquisición hacía lo mismo con la de Cádiz tras su derogación en 1814. Que, al cabo de doscientos años, pueda considerarse retrógrada la defensa del sistema constitucional y progresista a quien lo vulnera y lo denigra es un fenómeno digno de estudio. Sería un error, por ello, considerar el libro de Sánchez-Cuenca una versión castiza de La trahison des clercs o un simple ajuste de cuentas, tipo Los nuevos liberales, contra aquellos escritores que, según él, se han pasado al enemigo. La desfachatez intelectual es sobre todo un síntoma del extraño síndrome que aqueja a ciertos sectores de la izquierda: la creencia de que los nacionalismos periféricos representan una fuerza progresista y que merecen por ello ser tratados con un respeto reverencial. En cambio, la crítica a los nacionalismos históricos, en parte herederos del viejo carlismo, y la defensa de la Constitución serían el rasgo indeleble de eso que el autor llama «el macho discursivo» y su reaccionaria visión de la política española. Cuesta creer, sin embargo, que semejante desatino pudiera ser compartido por las figuras históricas del republicanismo y del socialismo, especialmente tras el profundo desengaño que sufrieron en los años treinta. Parece urgente que los actuales líderes e intelectuales orgánicos de la izquierda vuelvan a leer a Azaña, Negrín, Prieto, Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Araquistáin y demás «machos discursivos» que pasaron ya en su día por una experiencia similar a la nuestra. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: CONVERSIÓN, DE TENTE GARRIDO

 






CONVERSIÓN



Yo también me escondo

entre la gente,

empaño el cristal transparente del mostrador

que separa mi voz

de un receptor impertinente.

Yo también he decidido

ser culpable sin remordimiento,

consecuente con mis delitos,

aceptar y relativizar

mis pequeños fascismos

de cada día.

Poco tenaz, poco elocuente.

Yo también cuento monedas,

barro pelusas debajo del sofá,

piso con las suelas sucias.

Me olvido de reponer el papel higiénico,

niego obviedades y me rasco

entre los dedos de los pies.

Yo también lloro cuando me acuesto

—a veces no estoy solo—

y me como los mocos cuando

nadie me ve.



TENTE GARRIDO (1980)

poeta español





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 2 DE ENERO DE 2026

 




































SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA, HOXE, VENRES, 2 DE XANEIRO, EN GALEGO

 







Ben, xa estamos no segundo día do novo ano e seguimos con forza. Hoxe, ademais das viñetas humorísticas que son o prato diario do blog, publico un poema do poeta español Tente Garrido titulado "Conversión". Tamén se inclúe unha entrada arquivada do 26 de setembro de 2016, que trataba sobre intelectuais españois involucrados na política. E como prato forte do día, un artigo do politólogo Fernando Vallespín, sobre a multitude de problemas que afectan tanto á lexitimidade da democracia como á nosa capacidade para resolvelos. Ben, iso é todo por hoxe. Ata mañá, se a sorte quere. Quérovos a todos. Harendt












jueves, 1 de enero de 2026

HERITAGE Y MAGA TIENEN PROBLEMAS. ESPECIAL DE HOY JUEVES, 1 DE ENERO DE 2026

 





 



La Fundación Heritage muestra cómo morirá MAGA, porque incluso las instituciones corruptas pueden llegar a un punto de inflexión, escribe en Substack (30/12/2025) el premio nobel de Economía, Paul Krugman. El director del Proyecto 2025 dimite en la Fundación Heritage. ¿Lo cambiarán a “The Trump Heritage Foundation”?, comienza diciendo.

Nunca, por decirlo suavemente, he sido un gran admirador de la Fundación Heritage. Desde que empecé a prestar atención a su trabajo —algo que hice cuando empecé a escribir para The New York Times, hace 26 años—, la fundación ha sido un centro de propaganda que se hace pasar por un think tank, un productor de "investigación" deshonesta que pretende justificar una agenda derechista de desregulación, desmantelamiento de la red de seguridad social y recortes de impuestos para los ricos. Escribí extensamente sobre el deplorable historial de Heritage en noviembre .

Aun así, Heritage podría haber sido peor. Y, efectivamente, ha empeorado en los últimos meses, con Kevin Roberts, presidente de la fundación y artífice del Proyecto 2025, dejando claro que no le importan los antisemitas nacionalistas blancos como Nick Fuentes .

Y ha ocurrido algo curioso. Resulta que incluso en una institución fundamentalmente corrupta como Heritage hay límites que no se pueden cruzar. De repente, Heritage está experimentando un éxodo masivo de personal . En la última oleada de salidas, más de una docena de empleados se fueron para unirse a una organización dirigida por el exvicepresidente Mike Pence. Heritage está, esencialmente, perdiendo a todos los que son mínimamente competentes o tienen alguna reputación que proteger.

Supongo que desde hace tiempo hay mucha gente en Heritage que, en privado, estaba disgustada con la situación en la que se había convertido la organización. Nunca dije que fueran estúpidos. Pero les faltó el coraje para irse hasta que vieron a sus colegas abandonar el barco. Entonces hubo una multitud corriendo hacia la salida. Roberts puede imaginar que él y Heritage pueden capear esta tormenta, pero no creo que puedan hacerlo.

Heritage nunca ha sido una fuente de investigación creíble, pero su función en el movimiento conservador ha sido la de proporcionar un barniz intelectual al producir lo que a los crédulos —es decir, a muchos periodistas— les parecía investigación creíble. Por ejemplo, en 2002, David Broder , ampliamente descrito como "el decano de la prensa de Washington", elogió a Heritage por su "honestidad intelectual". Eso fue una tontería incluso entonces, pero no creo que nadie lo diga ahora.

Pero ahora que su ilusión de credibilidad ha desaparecido, ¿para qué sirve Heritage? No es que MAGA quiera ver ninguna investigación política genuina, ni que un Heritage vaciado sea capaz de realizarla incluso si lo intentara.

Pence podría imaginar que su organización sin fines de lucro, Advancing American Freedom, puede asumir el papel que Heritage solía desempeñar. De ser así, creo que se equivoca, al menos mientras MAGA siga gobernando a la derecha estadounidense. A Donald Trump no le interesa la experiencia, ni siquiera la ilusión de experiencia, y es poco probable que quien venga después piense diferente.

Pero el gobierno de MAGA podría no durar para siempre. De hecho, aunque quizás le esté dando demasiada importancia a la desaparición de una organización, veo la caída de Heritage como un anticipo de cómo MAGA, como movimiento político, eventualmente implosionará.

El nacionalismo cristiano blanco —que ahora es claramente la esencia de MAGA— sigue siendo una postura muy minoritaria. Estas son las estimaciones del PRRI para 2023:

Los extremistas han logrado alcanzar tanto poder solo gracias al apoyo de los conservadores comunes. En el pasado, se trataba principalmente de codicia: quienes buscaban políticas económicas de derecha promovían a los nacionalistas cristianos porque creían que podían utilizarlos. De hecho, la creación de la Fundación Heritage y la de la Sociedad Federalista —que llenó los tribunales de jueces ultrarreligiosos, porque los conservadores seculares se habían vuelto moderados al llegar a la magistratura— formaron parte de la misma apropiación del poder .

Hoy en día, la codicia, aunque todavía forma parte de la historia, ha sido cada vez más suplantada por el miedo: los conservadores que no son nacionalistas cristianos, que en privado detestan mucho de lo que está haciendo la administración Trump, han comenzado a tener miedo de disentir.

Lo que la debacle en Heritage sugiere, sin embargo, es que muchos de estos compañeros de viaje tienen límites. Como dije, hay límites que ni siquiera las instituciones corruptas pueden cruzar sin provocar deserciones masivas. Y creo que estas deserciones son la forma en que MAGA acabará relegado al olvido.

¿Cómo sería una implosión de MAGA al estilo Heritage? Implicaría que un gran número de republicanos que en secreto desprecian a Trump y al trumpismo se declararan públicos y retiraran su apoyo.

No sé qué forma adoptaría su deserción. ¿Implicaría un esfuerzo serio para recuperar el control del Partido Republicano de manos de los extremistas? ¿Implicaría que los republicanos electos cooperaran con los demócratas? ¿Significaría abandonar el Partido Republicano por completo? Estados Unidos no ha visto surgir un nuevo partido político importante desde, bueno, el auge del Partido Republicano en la década de 1850, pero esto no significa que no pueda volver a ocurrir.

Solo puedo decir que es imprudente asumir que los republicanos no partidarios del MAGA se mantendrán dóciles indefinidamente ante la corrupción y la intolerancia cada vez más extremas en la cúpula de su partido. Y su rebelión es inminente. Por ahora, las victorias electorales de los demócratas son nuestra única esperanza de salvar la democracia estadounidense. Pero a largo plazo, necesitamos dos partidos políticos decentes y sensatos. Así que esperemos que la implosión de Heritage sea un presagio de la des-MAGAficación que está por venir.












DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 1 DE ENERO DE 2026

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 1 de enero de 2026, comienzo de un nuevo año. Francesca Albanese no se enfrenta únicamente a la persecución de Estados Unidos, sino también al señalamiento de Italia y al silencio de la UE, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor y miembro de la Real Academia Española, Antonio Muñoz Molina. Desde niño he tenido la firme convicción de que el Azar (así, con mayúsculas) es el elemento fundamental de la existencia y de la vida, dice HArendt en la segunda, un archivo del blog del 5 de diciembre de 2011; sí, ya sé, afirma,  que eso también lo dice la física cuántica, pero es que yo soy de letras y sólo sé plantearlo literariamente y no con fórmulas y guarismos. El poema del día, en  la tercera el primero del año, se titula Sobre el azar del mapa, es del poeta español Álvaro Valverde y comienza con estos versos: El misterio de esta ajada ciudad/se refleja en los ojos de esa niña/que ahora nos observa con tristeza/desde el mural pintado en la fachada/de una casa cualquiera de Sofía.