martes, 23 de diciembre de 2025

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, MARTES, 23 DE DECEMBRO, EN GALEGO.

 






Ola, bos días a todos e feliz martes! Entón, tivestes sorte na Lotería Nacional de onte? Dous días, contando hoxe, e no Nadal. Ata os ateos coma min a disfrutamos. Se vos parades a pensalo, é un mito encantador: un Deus eterno e inmutable que se fai humano ao nacer, crecer e morrer coma calquera de nós, aínda que a relixión dos antigos exipcios xa o empregaba na historia de Isis e o nacemento virxinal do seu fillo Horus. En fin, como dixen ao comezo desta entrada, que teñades un feliz día e unha feliz semana. Merecémolo. Harendt












lunes, 22 de diciembre de 2025

LAS MALDITAS MENTIRAS DE LOS DISCURSOS DE TRUMP. ESPECIAL DE HOY LUNES, 22 DE DICIEMBRE DE 2025





 



¿Qué genio de MAGA pensó que el discurso de “asequibilidad” de Trump era una buena idea?, escribe el premio nobel de Economía, Paul Krugman, en Substack (19/12/2025). Hoy es día de viaje, así que esta publicación será breve, comienza diciendo. Afortunadamente, el tema principal del que quiero hablar es sencillo: el discurso que Donald Trump dio el miércoles por la noche. El propósito del discurso era revertir la caída en la aprobación pública de Trump por su gestión de la economía. También abordaré un tema un poco más complejo: el seguro médico y la total incapacidad de Trump y de los republicanos en general para abordar las preocupaciones públicas sobre la asequibilidad de la atención médica.

Parafraseando a Thomas Hobbes, el discurso de Trump fue desagradable, brutal, pero, afortunadamente, breve. Al parecer, fue breve porque las cadenas le dijeron que solo le darían 15 minutos (aunque no lo cortaron cuando se excedió). Fue un torrente de mentiras. No encuentro ni una sola afirmación veraz de Trump.

Tantas mentiras, tan poco tiempo, y tan poca paciencia por parte del lector. Sin embargo, los principales medios de comunicación están haciendo un buen trabajo de verificación de datos, así que no les voy a dar otra lista de sus mentiras.

Sin embargo, una alucinación que destacaré —en este caso digo "alucinación" en lugar de mentira, porque Trump, rodeado de aduladores, podría creerla— es su persistente afirmación de que el mundo despreciaba la economía estadounidense hace un año y ahora admira sus logros. Del discurso :

Hace un año, nuestro país estaba muerto. Estábamos completamente muertos. Nuestro país estaba a punto de fracasar. Fracasar por completo. Ahora somos el país más caluroso del mundo. Y eso lo dicen todos los líderes con los que he hablado en los últimos cinco meses.

¿Qué decía realmente el mundo sobre Estados Unidos hace un año? Según The Economist , en octubre de 2024: Una persona en un monociclo con una bandera frente a una multitud de personas. El contenido generado por IA puede ser incorrecto. Además, la verdad no fue lo único que faltó por completo en la diatriba de Trump. También faltó algo parecido a una política real para abordar las preocupaciones sobre la asequibilidad.

Cabe destacar que, al afirmar falsamente que los precios generales están bajando, los precios específicos que Trump destacó (con cifras falsas) fueron los de los pavos, los huevos y la gasolina; precios sobre los cuales la política tiene muy poca influencia. Los precios de los huevos, por ejemplo, fluctúan enormemente con el tiempo, no por las acciones del gobierno, sino por las fluctuaciones de la gripe aviar. Y, por cierto, la administración Trump ha cancelado un proyecto de investigación que desarrollaba una vacuna contra la gripe aviar .

La atención médica, en cambio, es un área donde las políticas tienen un gran impacto en la asequibilidad. También es un área en la que Trump dijo disparates.

Esto es lo que debe saber: La Ley de Atención Médica Asequible, también conocida como Obamacare, ofrece a los estadounidenses que no tienen cobertura de Medicare, Medicaid ni a través de sus empleadores la posibilidad de adquirir cobertura de seguro con aseguradoras privadas, y el gobierno federal subsidia las primas de la mayoría de los afiliados. Sin embargo, los subsidios mejorados implementados bajo la administración Biden expirarán el 1 de enero de 2026, lo que provocará un aumento considerable de costos para muchas familias.

Los costos se dispararán por dos razones. Existe el efecto directo de la pérdida de subsidios. Pero también hay un efecto indirecto, ya que la pérdida de subsidios llevará a millones de personas a cancelar su cobertura, y quienes la cancelen estarán, en promedio, más sanos que quienes no lo hagan, lo que agravará el riesgo. Las aseguradoras, anticipándose a este efecto, ya han aumentado drásticamente las primas.

Los gráficos de KFF muestran los efectos en algunas parejas representativas. Más de 20 millones se verían afectados, pero los más afectados serían los estadounidenses mayores, con ingresos moderadamente acomodados, cuyos ingresos apenas superan el límite para seguir teniendo derecho a los subsidios. Por ejemplo, una pareja de 60 años con ingresos de $85,000 se enfrentaría a un aumento de la prima equivalente a más de una cuarta parte de sus ingresos antes de impuestos.

¿Qué debería hacer la administración Trump? Aquí está Trump: También me enfrento a las gigantescas compañías de seguros médicos que se han enriquecido con miles de millones de dólares que deberían ir directamente a la gente. El dinero debería ir a la gente. Es decir, a ustedes, para que puedan comprar su propio seguro médico, que les ofrecerá beneficios mucho mejores a precios mucho más bajos.

Trump dice que reemplazará el sistema actual, en el que la gente compra su propio seguro médico con subsidios del gobierno, por un sistema en el que el gobierno da dinero a la gente para que lo use. ¿En qué se diferencia?

De hecho, no es diferente, salvo por un detalle devastador: los republicanos en el Congreso nunca aprobarán subsidios suficientes para que el seguro médico sea asequible. Dado que el plan republicano sería mucho más tacaño que el actual, millones de personas se verán obligadas a cancelar su seguro. Y, como dije, dado que son los más jóvenes y relativamente más saludables los que cancelarán su cobertura, quienes la mantengan serán mayores y estarán más enfermos. Y ya saben lo que pasa después: las primas suben aún más. No es de extrañar que cuatro congresistas republicanos en distritos morados desafiaran a Mike Johnson y votaran a favor de extender los subsidios del Obamacare.

¿Qué debemos pensar entonces del discurso de Trump? Muchos comentaristas lo describen como un discurso sin importancia , porque es improbable que tenga un impacto político. (PD: El precio de los discursos sin importancia ha subido un 18 % desde que Trump asumió el cargo).

Permítanme comentar algo sobre el último informe sobre precios al consumidor, que mostró una inflación menor a la esperada. La opinión general entre los economistas que sigo es que este informe se vio gravemente distorsionado por los efectos del cierre gubernamental, aunque desconocemos en qué medida. Por ahora, lo más probable es que la inflación preocupante, y con ella la preocupación pública por la asequibilidad, persista.

Pero dejando de lado la política a corto plazo, el discurso reveló algo importante: Trump no tiene ni idea de cómo gobernar. Ante la adversidad, es incapaz de proponer políticas para mejorar la situación. Lo único que puede hacer es seguir engañando al público y afirmar que todo está bien, mientras difama a sus oponentes.

Fue un discurso breve, pero presagia unos próximos tres años muy largos para el ciudadano común. Y para los republicanos del Congreso, presagia un noviembre de 2026 muy feo.













DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 22 DE DICIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 22 de diciembre de 2025. Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora y filóloga Irene Vallejo. En la segunda, un archivo del blog del 22 de diciembre de 2024, la escritora Ana Iris Simón comentaba que su hijo mayor acababa de tener su primera duda teológica. El poema del día de hoy, en la tercera es un texto en prosa, poética, del autor teatral Natalio Grueso, se titula Cuento de Navidad: El poeta maldito de Coayacán, y comienza así: Y por fin sucedió. Yo sabía que tarde o temprano acabaría pasando, que era sólo cuestión de tiempo. Estaba preparado para todo, para aceptar que fuese un mendigo ilustrado, una dama de alcurnia arruinada o algún estudiante sin posibles. Y la última entrada del día, como siempre, son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt













DE LA DESVENTURA DE LOS VENCIDOS

 







Terminar las guerras concediendo al más fuerte todo el botín y la impunidad absoluta solo abre la puerta a nuevas violencias y venganzas, comenta en El País (14/12/2025), la escritora y filóloga Irene Vallejo. La paz a la fuerza es la última incorporación a nuestro repertorio de paradojas cotidianas, comienza diciendo. La convivencia se cimenta en la violencia; los nuevos paraísos, sobre los escombros de la destrucción. El abuso y el absurdo del poderoso se aplauden, sin tapujos ni disimulos, como logros diplomáticos. Quien está en posición de debilidad solo tiene la libertad de capitular. La clave de la negociación es halagar al líder, árbitro arbitrario que forja pactos para hacer negocios y colocar una medalla más en su pecho tintineante. La humanidad, tras un breve paréntesis de fe en una imperfecta comunidad internacional, regresa a las viejas costumbres del dominio arrollador de las grandes potencias.

Ciertos gobernantes adornan su afán pacificador con humillaciones públicas, amenazas a los más débiles, agasajos entre líderes autoritarios y declaraciones propias de villanos cinematográficos. Como en una timba de tahúres, recriminan al atacado porque tiene malas cartas. Estos nuevos políticos, tan antiguos, deciden un futuro que tendrá que gustarles a los países invadidos: en boca cerrada no entran bombas. Para ellos —tan defensores de la ley y el orden—, la devastación de ciudades, la destrucción de hospitales, los niños asesinados o los periodistas incómodos descuartizados son, simplemente, cosas que pasan.

En su ensayo Lo llamaron paz, Lauren Benton investiga un patrón habitual en los conflictos bélicos: después de los armisticios y las aclamaciones, suelen continuar las agresiones, amparadas en frases sonoras pero nebulosas, como “derecho a la autodefensa”, “ataques preventivos”, “objetivos estratégicos” y “operaciones especiales”. Los antiguos romanos fueron tal vez los primeros en utilizar el eslogan de la Pax Romana para justificar sus abusos imperiales. Desde entonces, “pacificar” un territorio ha significado con frecuencia conquistarlo. El historiador Tácito dejó constancia de las críticas a la expansión de una Roma soberbia, codiciosa y despótica. Lo hizo a través de las palabras de Calgaco, jefe de las tribus caledonias, en la actual Escocia: “A la rapiña, el asesinato y el robo llaman los romanos por mal nombre gobernar; y donde crean un desierto, lo llaman paz”.

Una máxima latina advierte: Vae victis! –¡ay de los vencidos!–. Cuando el ganador posee poder suficiente para aplastar, no existe la compasión: los derrotados sufren todas las injusticias. Los romanos alcanzaban acuerdos con quienes aceptaban su dominación sin rechistar, pero cuando encontraban resistencia eran despiadados. En Numancia o Cartago dejaron huellas milenarias de su crueldad. Después de derrotar a los cartagineses en las dos primeras guerras púnicas, Roma provocó con pretextos una tercera para acabar la tarea y destruirlos por completo. Incendiaron la ciudad, masacraron a la mayoría de la población y vendieron como esclavos al resto. Se dijo que sembraron la tierra con sal para que nada volviera a crecer en el solar de su victoria. La paz del páramo, como denunciaba Calgaco.

Ya desde tiempo de los romanos, el ideal de los imperios camina sobre el filo —de una espada—. Por un lado, les gusta presentarse como adalides de las leyes y civilización —bárbaros y eje del mal, ya lo sabemos, son los demás—. Por otra parte, imponen la lógica de la fuerza desnuda y la paz a palos. Frente a la metrópoli invasora, que se exhibe como benefactora, surgen siempre voces indignadas que desenmascaran las contradicciones chirriantes, los abismos entre la justificación moral y la verdadera conducta. En esas rebeldías tempranas brota el germen del derecho internacional. Avergonzado ante la crueldad de las huestes romanas, Séneca escribió: “Los homicidios individuales los castigamos, pero ¿qué decir de las guerras y del glorioso delito de arrasar pueblos enteros? Elogiamos hechos que se pagarían con la pena de muerte porque los comete quien porta insignias de general”.

El desembarco español en América, rápidamente convertido en sueño de conquista, alumbró una de las más tempranas ―si no la primera— defensa pública de los derechos humanos. En 1510 llegaron a Santo Domingo, sede del Virreinato, los primeros frailes dominicos. Alojados en una choza pequeña, vivían en extrema pobreza. Fray Antonio de Montesinos, graduado en oratoria por la Universidad de Salamanca y fogoso predicador, pronunció el 21 de diciembre de 1511 su célebre sermón de Adviento: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”. Allí se encontraba Bartolomé de las Casas, un encomendero que, como después admitió, trataba injustamente a los taínos. Conmovido por la recriminación, se convirtió en testigo comprometido y defensor de la causa. En su Historia de las Indias, recogió aquellas encendidas palabras de Montesinos.

La guarnición española reaccionó con furia. Sin embargo, el domingo siguiente los frailes no solo no se retractaron, sino que añadieron nuevos cargos contra las autoridades, negándoles la absolución mientras no enmendaran su conducta. El virrey Diego Colón se apresuró a enviar una queja a la Corte. Fray Antonio de Montesinos fue llamado a España a rendir cuentas. Un memorial escrito en 1516, probablemente por el cardenal Cisneros, atestigua su persistencia en denunciar y sus exigencias alarmantes acerca del oro: “Un Fray Antonio, dominico, hizo un sermón en la ciudad de Santo Domingo en que dijo que los indios no los podían poseer ni servirse dellos, e que todo el oro que con ellos habían ganado e sacado, lo habían de restituir”. Los frailes obtuvieron una cierta victoria legal: las Leyes de Burgos de 1512, el primer código de ordenanzas para proteger a los pueblos originarios y limitar las demandas de los colonizadores. Pero el oro, claro, nunca se devolvió —esas, en cambio, son cosas que no pasan— y, en la práctica, los abusos continuaron. En 1540 Antonio de Montesinos fue asesinado en la Provincia de Venezuela por un oficial debido a su firme oposición a la explotación de los indígenas. El sermón de Adviento, como el de la Montaña, demuestran que la ley del más fuerte siempre tuvo insubordinados.

Líderes iracundos nos aseguran que vamos a la guerra para hacer del mundo un lugar más seguro, nos hacen creer que las armas abrirán paso a la democracia, nos aleccionan para imponer la paz sin escatimar violencia. En tono condescendiente, invitan a los agredidos a callar y claudicar: vae victis. Sin embargo, “paz” y “pacto” son palabras que comparten raíz y sentido; sin la coherencia de los hechos, no sobreviven los derechos. Terminar las guerras humillando a los derrotados y concediendo al más fuerte todo el botín en la bandeja dorada de la impunidad absoluta solo empedrará el camino hacia nuevas violencias y venganzas. ¿Seguimos en ese sueño tan letárgico dormidos? Cuando los vencedores imponen las condiciones más letales en vez de las legales, nadie está a salvo. Vivir en esa clase de mundo seguro es muy peligroso.























DEL ARCHIVO DEL BLOG: DE LA NAVIDAD DE UNA CREYENTE. PUBLICADO EL 22/12/2024

 






Mi hijo mayor tuvo esta semana su primera duda teológica. Dando un paseo nos encontramos con varias ventanas decoradas con estandartes del niño Jesús que le llamaron la atención, así que le recordé que estaban ahí porque en Navidad celebramos que Dios ha nacido. Sin soltarme la mano y desde abajo ―ojalá se pudieran guardar esas miradas―, frunció el ceño y me respondió que no, que Dios no había nacido. Que quien había nacido era Jesús, comenta en El País [Nuestro Dios anduvo en pañales, 21/12/2024] la escritora Ana Iris Simón.

Tenía dos opciones: intentar explicarle la Santísima Trinidad a un niño de tres años o pasar por alto lo que acababa de ocurrir y decirle “¡mira, un perro con abrigo!”, táctica que utilizo cuando no me conviene el cariz que está tomando alguna situación. Opté por la primera y, como bien pude, le expliqué que Jesús era el hijo de Dios y Dios encarnado, pero él seguía poniendo pegas. Su argumento final fue que Cristo no podía ser Dios porque era un bebé, y comprendí que el germen de su arrianismo igual no era la incomprensión de la Santísima Trinidad sino que Dios pudiera andar por ahí en pañales. Para mi hijo, que le cuenta a todo el que se preste a escucharle que él ya va al colegio y que su seño se llama Nerea, los bebés son el escalón más bajo de la sociedad, así que, ¿cómo iba a ser Dios uno de ellos?

Esa misma tarde leí una columna de Sergio C. Fanjul en la que exponía dos cuestiones: cómo el capitalismo ha fagocitado el sentido de la Navidad y las consecuencias de la secularización en las generaciones más jóvenes. “Nunca imaginé que iba a requerir tanto esfuerzo que mi hija conociese la antes ubicua figura de Cristo. Más bien pensaba que tendría que protegerla del adoctrinamiento”, confesaba, en la línea de otro artículo en el que Sergio del Molino contaba: “Nunca pensé que me fuera a preocupar algo así, pero sin una cierta familiaridad con el catolicismo (...) casi toda la cultura occidental se vuelve incomprensible”. Cabe preguntarles qué solución proponen. Si es la del laicismo ―relegar la educación religiosa al ámbito privado―, la brecha cultural entre clases se acrecentará, pues, en una sociedad secularizada como la nuestra, sólo los hijos de las clases ilustradas acabarán sabiendo decodificar su propia cultura.

Pero, volviendo a la columna navideña de Fanjul, en ella no daba el paso de relacionar la propuesta económica del liberalismo ―el hedonismo consumista― con la antropológica ―la muerte de Dios, el laicismo, el desencantamiento del mundo―. No sólo los mercaderes han expulsado a Cristo de su cumpleaños; también lo han hecho quienes se empeñan en borrar su nombre y su huella, los de los belenes laicos y el felices fiestas en nombre de la inclusión, que no parecen plantearse que para integrar a alguien a una cultura antes hay que tenerla.

Fanjul no tiene fe, pero eso no le impide entristecerse al observar que casi nadie se acuerda de Cristo en Navidad. Y yo, que no es que empezara a creer en Dios sino a dejar de negar su existencia hace unos años, tengo que decirle que no se preocupe. Que no somos pocos los que, como canta Pablo Martínez, estos días celebramos ese escándalo para los poderosos que es que Dios anduviera en pañales. Que no naciera en un palacio lleno de oro sino en un pesebre. Que se presentara ante nosotros sin cetro, con la fragilidad y la ternura de un recién nacido, señalándonos así el camino. No somos pocos y he de confesarles, aunque los datos me contradigan, que creo que cada día seremos más. Porque es del frío de donde surge la necesidad de una lumbre. Feliz Navidad.












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CUENTO DE NAVIDAD. EL POETA MALDITO DE COAYACÁN, DE NATALIO GRUESO

 






CUENTO DE NAVIDAD. EL POETA MALDITO DE COYOACÁN



Y por fin sucedió. Yo sabía que tarde o temprano acabaría pasando, que era sólo cuestión de tiempo. Estaba preparado para todo, para aceptar que fuese un mendigo ilustrado, una dama de alcurnia arruinada o algún estudiante sin posibles. De hecho, esta era la opción que me parecía más probable. Pero resultó que no, que era una chica de una belleza tan limpia que ni mi disparatada imaginación hubiera sido capaz de concebir en las largas noches de humo e insomnio.


El plan era el siguiente: me sentaba a la mesa de un café o en la terraza de un bar de paso, preferiblemente en chaflán, y dejaba abandonado un libro de poemas. Ese libro era mi posesión más valiosa, no porque costara mucho dinero, sino porque lo había escrito yo y era el único ejemplar existente. Tenía, por tanto, el valor de lo único. Poesía en carne viva, poesía desangrada –me gustaba decir- porque embarcados en los versos iban de polizón las pavesas de una vida destartalada. Ese tipo de cursiladas decían mis poemas.


Entonces pagaba el café, me levantaba de la mesa, y dejaba olvidado el libro, con la misma desidia con la que se abandonan en verano a los perros en las gasolineras, o a la ropa que ya no está de moda en el fondo de los cajones del armario. Buscaba un lugar discreto desde el que pudiera observar sin ser visto, cazador al acecho de la presa, esperando que apareciese alguien que se llevase el libro. Pero nada, no había manera, a nadie interesaba.


Había hecho experimentos con guantes, bufandas, paraguas o sombreros, y les aseguro que ninguno de ellos tardaba mucho en desaparecer. Incluso objetos más extraños, un exprimidor de zumo, por ejemplo, una tostadora usada, una raqueta de tenis descordada o una armónica desafinada. Y todo volaba. El gesto del nuevo dueño del objeto, del hurtador ocasional, siempre era el mismo, lo tomaba entre sus manos, miraba a uno y otro lado –quién sabe si buscando al verdadero propietario o asegurándose de que nadie lo viera- y se llevaba el inesperado regalo. Unos lo hacían con disimulo. Otros con descaro. A unos se les notaba que les costaba, que lo estaban pasando mal. Otros, en cambio, disfrutaban. A veces un camarero eficiente y honrado llegaba antes y rompía el encanto, llevándose tras la barra del bar el objeto olvidado, esperando a que el descuidado volviera a reclamarlo. A veces un camarero eficiente y poco honrado se lo llevaba directamente a su casa.


Nunca fallaba, al cabo de unos minutos no quedaba sobre la mesa ni la propina. Sólo había una excepción, mi libro de poemas, que a nadie parecía importarle. Pero yo no desfallecía, sabía que algún día ocurriría, que no podía ser el único ser de la tierra que se alimentaba de belleza y melancolía, que un alma gemela a la mía debía existir en algún lugar, y que el azar, que es bastante soberbio y caprichoso, aún no había querido juntarnos.


Y el día había llegado. Y a juzgar por aquel rostro angelical y por las manos de acariciar, la espera había merecido la pena. La seguí calle arriba, hasta Insurgentes, imaginando cómo sería su voz, cómo sus labios, imaginando cómo sería su risa, cómo sus abrazos. Caminaba rápido, con la agilidad y el desparpajo que da la juventud, ignorante de la artrosis que castiga a las caderas y rodillas de los que pasamos de la media centuria.


Me pareció extranjera, no me pregunten por qué. Quizás por la piel blanquísima, o por el corte de pelo, a lo garçon, dejando desnuda la nuca. O quizás porque los seres tan hermosos no pueden ser de este mundo, al menos del mundo en el que yo vivía, y antes que alienígena hube de conceder que fuera forastera.


Llevaba mi libro en las manos, madre de Dios, ni siquiera lo había guardado en su bolso. En un semáforo lo hojeó. Se detuvieron los coches, supongo que porque el disco se tornó rojo, aunque yo quise creer que los conductores lo hicieron en cuanto la vieron, una mujer capaz de parar el tráfico. La lluvia, que al verla quiso regarla, comenzó a caer, remojando de paso mis ideas. No les he contado que esa misma mañana había tonteado con el suicidio, harto de quemar los días sin obtener recompensa alguna. Pero aquella chica, el ángel que por fin apreció mi poesía, lo había cambiado todo, y ahora no tenía más horizonte que conocerla, seducirla y enamorarla. Alguien que roba libros de poesía tiene que entenderme –pensaba- y tras comprenderme, quizás, algún día, amarme. Hasta recuperé las ganas de escribir, pensando que debía regalarle el cuento más hermoso del mundo.


Todas esas cosas pasaban por mi cabeza, bajo el agua de la lluvia, la misma que impulsó a mi ángel a subirse a un taxi y desaparecer, cuando apenas estaba a unos pocos pasos de ella. La llamé a gritos, ángel mío, ángel mío, pero el coche ya había arrancado. Busqué desesperado otro taxi, pero ninguno apareció. Y allí, en la avenida que comenzaba a teñirse con las luces de los autos que anunciaban la llegada de la noche, empezando a calarme hasta los huesos faltos de calcio, la perdí.


 


A partir de ese día mi vida no tuvo otro sentido que buscarla. Volví por la terraza del café, con la esperanza de encontrarla con una taza en la mano a la vera de una ventana. Incluso le pregunté al camarero, describiéndole con detalle su belleza, convencido de que era imposible que alguien que hubiera tenido la dicha de contemplarla no la recordara. Pero nadie fue capaz de decirme nada, ni una pista, ni un indicio, oscuridad absoluta.


Y la lluvia siguió lavando las calles y los parques, alimentando a los árboles. Un otoño que dio la alternativa al invierno más frío que recuerdo, y eso que hacía calor. Las luces de colores de los escaparates invitaban a comprar lo que no necesitabas. Era Navidad, y la felicidad había sido instaurada por decreto. Pero yo siempre he sido de natural rebelde, objetor de leyes absurdas, y lejos de ver la bonhomía de Santa Claus, para mis adentros pensaba que el mundo estaba gobernado por un Mr. Scrooge implacable que no te daba dinero ni para las medicinas del niño.


Volví a las andadas, a las drogas y al alcohol, a la absenta y al vino barato, a comer macarrones de madrugada, al vacío de la cama. Hasta que una noche, harto de cenar soledad, salí a la calle a buscar refugio entre los brazos de una princesa de esas de ocasión a tanto la hora. La encontré en una callecita recoleta, esquina con Bucareli. Un tercer piso sin ascensor, pasamanos de madera, escalones de piedra, y luz la justa. Espere aquí, me dijo la madame, ¿tarjeta o efectivo? Pagué mi propio regalo de Navidad en billetes de varios colores, y ese arco iris de papel moneda me llevó hasta una habitación oscura y lóbrega en la que entró el sol en cuanto apareció ella, mi ángel, con su pelo corto, a lo garçon, que dejaba su nuca desnuda, sólo que ahora lo que quedaba al desnudo era todo su cuerpo de diosa.


Lloré. Lo confieso. Lloré. Pero no de emoción y alegría, sino de pena y tristeza. Busqué con la mirada mi libro de poemas, el que se había llevado mi alma gemela, y allí estaba, en la mesa. Pero no sobre ella, abierto como debería, mostrando endecasílabos sin pudor, sino bajo ella. Mi ángel no había robado mi libro para leerlo, sino para forrar una pata coja de la mesa sobre la que me dijo, con marcado acento extranjero, que dejara mi ropa. No pude evitar la súbita arcada. Me miró sorprendida, estupefacta, ¿qué le ocurre, señor? Nada, respondí. Y como había entrado me fui. Nunca se pagó tanto por tan poco.


Contra todo pronóstico decidí seguir viviendo. Volví al café que hacía chaflán, pedí un mezcal, pagué la cuenta, y dejé sobre la mesa unas cuartillas garabateadas a mano con la esperanza de que, ya que a nadie le gustaba mi poesía, al menos le gustase mi prosa. Así que si está leyendo la historia de este poeta maldito residente en la colonia Coyoacán, en el Distrito Federal, será porque algún alma gemela la rescató de su destino: la papelera. Yo la dejé allí, con la misma fe con la que los náufragos escriben sus mensajes en una botella lanzada al mar. Y si este cuento llegó a sus manos será porque, al final, de forma misteriosa y por improbable que parezca, todo salió bien. Quién sabe, quizás eso sea lo que los optimistas llaman el espíritu de la Navidad.



NATALIO GRUESO (1970)

autor teatral español





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 22 DE DICIEMBRE DE 2025

 



























SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, LUNES, 22 DE DICIEMBRE, EN CASTELLANO

 








Hola, buenos días de nuevo a todos. Tres días más y en Navidad. Los estudiantes de vacaciones; las familias atareadas en los preparativos de la comida y/o la cena especial de ese día; los papás y mamás, con las compras de Reyes, según las posibilidades de cada uno; los políticos aparcando por unos días sus invectivas; los pueblos y ciudades de este viejo país, adornados; los creyentes pidiendo a Dios paz y perdón, y todos, suspirando por unos días de felicidad general, que no suele ser tan general como nos gustaría a la mayoría. Pero en fin, ese es el ambiente habitual de la Navidad. Sean felices, por favor. Por lo menos inténtelo. Besos. HArendt

















domingo, 21 de diciembre de 2025

DESPUÉS DE CASI UN AÑO DE TRUMP II: ¿DE QUÉ SE TRATA REALMENTE? ESPECIAL 2 DE HOY DOMINGO, 21 DE DICIEMBRE DE 2025

 






La elección fundamental es la democracia, el estado de derecho, la justicia social y la igualdad de derechos políticos versus el nacionalismo cristiano masculino blanco, escribe en Substack (19/12/2025) Robert Reich, profesor en la Universidad de California en Berkeley.

19 de diciembre de 2025

Amigos, hoy, tras casi un año del segundo régimen de Trump, quiero hablar sobre el desafío que Trump y su régimen representan para el propósito moral de Estados Unidos. La mejor manera de abordar el tema es, creo, plantear algunas preguntas sobre lo que ha estado sucediendo y luego ofrecer una respuesta a todas ellas.

Preguntas:

— ¿Por qué la última Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, publicada este mes, no hace distinción entre despotismo y democracia?

— ¿Por qué Trump abandona Europa y se pone del lado de Putin en el asunto de Ucrania?

— ¿Por qué Trump también se muestra atento con el príncipe heredero de Arabia Saudita, MBS, con Viktor Orban de Hungría y con Benjamin Netanyahu?

— ¿Por qué el régimen de Trump está tan empeñado en detener o deportar a personas indocumentadas en Estados Unidos que no han cometido ningún delito y han sido miembros productivos de sus comunidades durante años?

— ¿Por qué el régimen de Trump prohíbe el ingreso a Estados Unidos a personas cuyos países de origen son predominantemente musulmanes o cuyos habitantes tienen mayoritariamente piel negra o morena?

— ¿Por qué el régimen de Trump permitió que Andrew y Tristan Tate —arrestados en Rumania en 2023 acusados ​​de trata de personas, violación y formación de un grupo criminal organizado para explotar sexualmente a mujeres— vengan a Estados Unidos?

— ¿Por qué el régimen de Trump admite en Estados Unidos a sudafricanos blancos como refugiados, pero no a personas negras o morenas que están en grave peligro en todo el mundo?

— ¿Por qué el régimen de Trump ha tomado medidas enérgicas contra las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión en las universidades, el sector público y el sector privado?

— ¿Por qué Trump ha perseguido o intimidado a tantas mujeres de color que ocupan o han ocupado recientemente puestos de poder en Estados Unidos?

Responda a todas las anteriores:

Trump y su entorno no están interesados ​​en proteger los ideales democráticos estadounidenses de sus enemigos globales. Rechazan el progreso que Estados Unidos y el resto del antiguo "mundo libre" han logrado en el avance de la democracia, el Estado de derecho, la justicia social y los derechos humanos.

El mundo que buscan es el de la supremacía blanca, el dominio masculino, la superioridad de la tradición judeocristiana sobre todos los demás credos y el nacionalismo que prioriza a Estados Unidos.

El nacionalismo cristiano masculino blanco se centra en el poder. Busca otorgar a los hombres cristianos blancos poder sobre las personas negras y morenas, sobre las mujeres, sobre las personas no judeocristianas, sobre las personas nacidas fuera de Estados Unidos y sobre cualquiera que no se ajuste perfectamente a la estructura y los roles de una familia tradicional.

El nacionalismo cristiano masculino blanco tiene más en común con Vladimir Putin, que condena a las personas LGBTQ+ y se burla de los derechos humanos; con Arabia Saudita, que confina a las mujeres a un estatus de segunda clase y asesina a los críticos del régimen; y con Viktor Orban, que ve a los inmigrantes musulmanes como amenazas directas a los valores cristianos de Europa, que con los aliados tradicionales de Estados Unidos.

Así pues, cuando Trump y su régimen se refieren a la "seguridad nacional" de Estados Unidos, no se refieren a la seguridad contra regímenes autoritarios que ignoran la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos. Su visión de la "seguridad nacional" se refiere a la seguridad contra fuerzas —tanto dentro como fuera de Estados Unidos— que defienden la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos (que describen con desdén como "woke" o "diversidad, equidad e inclusión"), en lugar del nacionalismo cristiano masculino blanco.

El nacionalismo cristiano masculino blanco es un retroceso al mundo anterior a que la Ilustración del siglo XVIII se arraigara en Occidente; anterior a que los ideales fundamentales expresados ​​en la Declaración de Independencia, la Constitución y la Declaración de Derechos sirvieran de faro a Estados Unidos y al mundo; anterior a que Thomas Paine escribiera Los derechos del hombre.

Estados Unidos no siempre ha estado a la altura de estos ideales fundamentales de la Ilustración, pero al menos se ha esforzado por afrontar sus deficiencias y superar sus hipocresías morales. Luchó en una terrible guerra civil que puso fin a la lacra de la esclavitud. Extendió el derecho al voto a las mujeres. Promulgó las Leyes de Derechos Civiles y de Derecho al Voto para garantizar la igualdad de derechos políticos a las personas negras y morenas. Se comprometió con la igualdad de derechos en el matrimonio.

Nuestro sistema de derechos se ha basado en una cultura cívica que exige respeto mutuo, adhesión a los principios igualitarios consagrados en la Constitución y la Declaración de Derechos, rechazo a la intolerancia y al odio, dedicación a la libertad y la justicia y una profunda sospecha del poder centralizado, ya sea en el gobierno o en la economía.

Después de casi un año del segundo mandato de Trump —aún más violento y extremo que el primero— el desafío moral que él y su régimen plantean al alma de esta nación se ha vuelto claro: la pérdida de nuestros ideales fundamentales, el deterioro de nuestros principios fundadores y la abdicación de la autoridad moral de Estados Unidos en el mundo. ¿Qué opinas?