miércoles, 22 de octubre de 2025

DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿TIENE LA DEMOCRACIA FECHA DE CADUCIDAD? PUBLICADO EL 06/01/2020

 










¿Tiene la democracia fecha de caducidad?, se pregunta la profesora Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, añadiendo a continuación que, frente al capitalismo estadounidense, capaz de producir riqueza, pero con inequidad, y al modelo chino, la Unión Europea e Iberoamérica debería seguir apostando en serio por un crecimiento con equidad. 

"Desde hace algunos años -comienza diciendo Cortina- el mundo académico inunda las librerías y plataformas con títulos inquietantes, que auguran un mal futuro a la democracia. Contra la democracia (Brennan), Cómo mueren las democracias (Levitsky y Ziblatt) o El pueblo contra la democracia (Mounk) son algunos de ellos y todos convienen en alertar sobre una posible defunción de la democracia como episodio último de una historia que empezó a mediados del siglo pasado. Tras las dos guerras mundiales se generó un amplio consenso acerca de la superioridad de la democracia sobre cualquier otra forma de gobierno, consenso que no hizo sino reforzarse desde los años setenta al hilo de lo que Huntington ha llamado la tercera ola de la democratización. Pero en el cambio de siglo empezó a producirse una recesión, que, según Diamond, consistiría en que se congela el número de nuevas democracias, disminuye la calidad de las democracias en algunos de los países emergentes como democráticos, dando paso a nuevas formas de autoritarismo, y decrece la calidad democrática incluso en los países tradicionalmente democráticos.

El índice de calidad de la democracia de The Economist 2018 arroja datos poco alentadores como los siguientes: de los 167 países analizados, 20 son democracias plenas, 55 son democracias imperfectas, 39 son regímenes híbridos y 53 son países autoritarios. De donde se sigue que el 43% de los países son democracias defectuosas y sólo el 5% de la humanidad vive en democracias plenas. Por si faltara poco, estudios como la Encuesta Mundial de Valores descubren un aumento del número de ciudadanos que da por bueno tener “un líder fuerte, que no moleste con Parlamentos o elecciones”, un Gobierno autoritario y expertos no elegidos, incluso están dispuestos a aceptar un Gobierno militar y a no respetar las normas democráticas. El afán de seguridad sería entonces un signo de los nuevos tiempos.

De todo ello se suele extraer un diagnóstico, ya generalizado: la democracia puede morir, y no por golpes de Estado, sino por depauperación y degradación silenciosas. Si en 1996 Linz y Stepan apuntaban que la estabilidad de la democracia liberal se ha debido en gran parte a su habilidad para persuadir a los votantes de sus ventajas, de que es “el único juego de la ciudad”, sucedería ahora que hay más juegos en competencia y la democracia ha perdido su atractivo. Pero ¿es verdad esto?

Evidentemente, la respuesta debe darse en cada contexto y en cada país, y en el caso de España no es así. Y no sólo porque es una democracia plena, en la que se respetan los derechos civiles y políticos, sino también porque el conjunto de la ciudadanía no cuestiona el valor de la democracia como forma de organización política. Lo que ocurre, sin embargo, es que aumenta la desafección hacia la política por dos razones al menos: porque no satisface las expectativas legítimas de la ciudadanía y porque los partidos políticos no merecen confianza. El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema. ¿Qué hacer?

Como primera providencia, mantener los pilares básicos de la democracia liberal, es decir, el imperio de la ley, la separación de poderes y las elecciones regulares desde el marco de un Estado constitucional de derecho. Pero también fortalecer los pilares del Estado social de derecho, de ese Estado de justicia, que protege los derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. Ciertamente, la democracia es sólo una forma de régimen político, y no una doctrina de salvación que pretende absorber la vida toda, pero está obligada a sentar las bases de lo justo que conforman lo que, a mi juicio, es una democracia liberal-social. Ésta sí que sería una democracia atractiva y estable, capaz de atender a las expectativas legítimas de los ciudadanos.

Frente al capitalismo estadounidense de corte neoliberal, capaz de producir riqueza, pero con inequidad, frente al capitalismo comunista chino, que se desentiende de los derechos humanos, la Unión Europea e Iberoamérica deben seguir apostando en serio por la economía social de mercado, por el crecimiento con equidad, que era —y es— la clave de la justicia y de la cohesión social. La atención cuidadosa a inmigrantes pobres y refugiados va de suyo, ayudando a erradicar las causas de los desplazamientos en los países de origen.

Según el barómetro del CIS del pasado mes de septiembre, si la primera preocupación de los españoles es el paro, la segunda son los políticos, los partidos y la política, que no parecen ocuparse de los intereses de la ciudadanía. Este problema, agudo en nuestro país, preocupa también en otros, hasta el punto de que están teniendo éxito los políticos virtuales. Recordemos cómo Michihito Matsuda, un robot ginoide, se presentó en abril de 2018 a las elecciones municipales de Tama New Town, en Japón, y quedó en un honroso tercer puesto en la segunda vuelta. ¿El secreto de su éxito? Según su creador, Matsumoto, el algoritmo podría sustituir las debilidades emocionales de los seres humanos, causa de malas decisiones políticas, corrupción, nepotismo y conflictos, por un análisis objetivo de datos sobre las opiniones, expectativas y preferencias ciudadanas. El sesgo emocional y motivacional de los seres humanos (el autointerés y la maximización del beneficio) les estaría arrastrando a la extinción; una inteligencia artificial sin rasgos emocionales sería capaz de predecir hechos y consecuencias y aplicar políticas basadas en el bien común.

Realmente, la medida parece atractiva en tiempos de política emotivista y polarizada si no fuera porque el hecho de que Michihito carezca de emociones no garantiza que sus decisiones estén exentas de sesgos. La ha creado una persona con un bagaje emocional que sin duda le ha traspasado sus sesgos; con el agravante de que averiguar la trazabilidad de sus decisiones es bien difícil, si no imposible. Pero sobre todo hay una pregunta crucial: ¿consiste la democracia en que un preferidor racional, contando con el cúmulo de big data y con un potente algoritmo matemático tome una decisión imparcial? ¿O la democracia debe ser un ejercicio de personas que expresan a través de ella su autonomía, participando en la vida pública y eligiendo representantes que se comprometen a buscar el bien común y a rendir cuentas?

Bien pensado, los políticos virtuales deberían valer para ciudadanas virtuales como Sophia, otro robot ginoide, que en 2017 obtuvo la ciudadanía saudí entre grandes protestas, dada la situación de las mujeres en el país. Sophia, igual que Michihito, carece de emociones y por eso ninguna de las dos nos sirve como gobernante y ciudadana de una sociedad democrática, sino sólo como ayuda en la toma de decisiones. La vida política humana necesita personas, hechas de razón y emociones, capaces de justicia y compasión.

Desde ellas es necesario que los gobernantes asuman su modesto papel de facilitadores de la vida pública, que los partidos dejen de ser agencias de colocación y presenten propuestas diferenciadas de lo que de verdad creen que quieren y pueden hacer para servir a la ciudadanía y que lo cumplan, que no viajen todos hacia los caladeros de votos con palabras vacías. Si pedimos a la inteligencia artificial que sea confiable, más aún hay que exigírselo a la política, que también tiene una ética". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LOS NIÑOS NO VEN FÉRETROS, DE OMAR FONALLOSA

 







LOS NIÑOS NO VEN FÉRETROS




No tienen que decir:


Mi más sentido pésame.


Comparto tu dolor.


Siempre es triste perder a quien se quiere.


 


Los niños se divierten; quieren tener un perro;


ven a los Reyes Magos; no perdonan un postre.


 


Quien ha crecido


no entiende –pero acepta–


que todo es pasajero:


los ataúdes, nuevos dormitorios


que viajan al espacio,


a un cielo, a la nada.


 


Para ellos toda muerte


no es más que vida nueva que se ignora.


 


Los niños no ven féretros.


Seamos niños.




OMAR FONOLLOSA (2000)

poeta español
























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MIÉRCOLES, 22 DE OCTUBRE DE 2025

 






























martes, 21 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MARTES, 21 DE OCTUBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 21 de octubre de 2025. Es el tiempo de los monstruos, y ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2022, se hablaba del fracaso como escuela de democracia. En la tercera, el poema del día es de una joven poetisa española y comienza con estos versos: El bien es una estrella o una isla/sin puentes con el mal,/y el camino es amargo/por el mundo dormido. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt











DE LA ELECCIÓN ENTRE DEMOCRACIA O AUTOCRACIA

 






Es el tiempo de los monstruos. Ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia, comenta en El País el escritor Javier Cercas. La frase se ha citado muchas veces, casi siempre mal; pero, como a menudo sucede, mal citada la frase es mejor que bien citada, porque el tiempo y el uso la han pulido, comienza diciendo Cercas. La escribió Antonio Gramsci en 1930, en la cárcel fascista de Turi, cuando el autoritarismo se cernía sobre Europa tras el estallido económico de 1929. “El viejo mundo está muriendo”, dice. “El nuevo tarda en aparecer. En ese claroscuro nacen los monstruos” (El original es pálido y prolijo; literalmente: “En ese interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”). ¿Vivimos como Gramsci el tiempo de los monstruos?

No lo sé. Lo que sí sé es que, al concluir el siglo XX, el mundo parecía avanzar en todos los frentes hacia la democracia; esta era ya the only game in town y todo indicaba que el orden global iba a regirse por ella: Francis Fukuyama lo llamó el fin de la historia. Veinticinco años después, ese optimismo se ha evaporado y, sobre todo tras el estallido económico de 2008, el mundo parece avanzar en todos los frentes hacia el autoritarismo. Estados Unidos, hasta hace poco pilar de la democracia occidental, ha caído en manos de un delincuente que descree de ella; pero el mayor peligro no es Donald Trump, que carece de ideología (su única ideología son su ego y sus negocios): el mayor peligro es su vicepresidente, J. D. Vance, y la corte de oligarcas de Silicon Valley que lo rodea, empezando por Peter Thiel, fundador de Paypal junto a Elon Musk, libertario radical y ultraconservador cristiano, consejero y amigo de Vance (éste lo considera: “Probablemente el hombre más inteligente que yo haya conocido”). Thiel sí es un ideólogo, y, como ha estudiado Bernard Perret, su pensamiento parte de la convicción una y otra vez reafirmada de que los valores de la Ilustración —la igualdad, la democracia, la confianza en el Estado de derecho— son mentiras basadas en el escamoteo de verdades fundamentales sobre la naturaleza humana y la violencia. Thiel no engaña a nadie: “Yo no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. En el polo opuesto del mundo, la fe en la democracia es más precaria todavía. No se trata solo de que China sea una autocracia de hierro; se trata de que considera que la autocracia es superior a la democracia y de que hay que revertir el orden planetario instaurado por los vencedores de la II Guerra Mundial hasta que resulte seguro para regímenes autoritarios como el suyo o como los de las grandes potencias del llamado sur global, de las que se considera líder; y con razón: basta repasar la lista de mandatarios presentes en el intimidante desfile militar con que a principios de septiembre Xi Jinping celebró en la plaza de Tiananmén los 80 años de la victoria china sobre Japón (Vladímir Putin destacaba entre ellos). Así las cosas, con uno de los dos grandes poderes mundiales inclinado peligrosamente hacia la autocracia y el otro instalado orgullosamente en ella, el último gran bastión de la democracia debería ser Europa. Pero, por una parte, Europa está desunida, debilitada y amenazada: desunida por su propia estupidez, debilitada por la deslealtad de Washington y amenazada por Rusia (mientras escribo estas líneas, Rusia y Bielorrusia llevan a cabo unas maniobras militares, llamadas Zapad, como las que precedieron a varias de las recientes invasiones rusas de países vecinos, incluida la de Ucrania en 2022; días antes del inicio de las maniobras, 19 drones de combate rusos atacaron Polonia: la primera vez en la historia que un miembro de la OTAN es agredido por un rival). Por otra parte, se ha desencadenado en el continente entero una ola autoritaria que, respaldada a la vez por Estados Unidos y Rusia, parece por momentos un tsunami: un tsunami que debilita todavía más Europa y amenaza con llevarse la UE por delante.

¿Nuestro tiempo es el tiempo de los monstruos? Si lo es —y, a juzgar por lo anterior, nada indica que no lo sea—, ya no debemos elegir entre derecha e izquierda, sino, como en época de Gramsci, entre democracia y autocracia. Y, como en época de Gramsci, la disyuntiva está clara: o nos unimos frente a los monstruos o los monstruos nos devorarán. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.













DEL ARCHIVO DEL BLOG. DEL FRACASO COMO ESCUELA DE DEMOCRACIA. PUBLICADO EL 11/09/2022

 






La democracia consiste en fracasar, dice el escritor Sergio del Molino en El País [07/09/2022]. Ante un malentendido, las personas elegantes suelen decir “me he explicado mal”; como los amantes que, al abandonar a su pareja, subrayan “no eres tú, soy yo”, o el editor que rechaza un manuscrito que pondera magnífico, casi una obra maestra, pero no encaja en la línea editori[al. Casi todas estas personas elegantes creen que la culpa es del otro, pero le conceden la dignidad de la retirada. La política no gasta estas delicadezas. En el mejor de los casos, cuando un gobernante se envaina una ley o pierde unos comicios recurre al “no me he explicado bien”, pero a poco que se caliente dirá que el pueblo ha votado mal. Desagradecido, ignorante, alienado por los poderes oscuros, gañán y embrutecido, el pueblo (o la gente, como se dice ahora) se resiste a ser salvado por expertos en Antonio Gramsci y directores de departamentos de estudios culturales, que no entienden qué ha podido fallar en sus teorías tan elocuentes.

El presidente chileno, Gabriel Boric, ha sido mucho más autocrítico que sus compañeros de viaje, y parece haber entendido algo que a los activistas más contumaces les parece inverosímil: que la democracia consiste en fracasar. No en perder, que es lo que ha hecho el Gobierno de Chile. Fracasar es otra cosa. El fracaso requiere una predisposición a la impureza y a reconocer el derecho a la existencia del otro. Exige renunciar a los ideales y a los programas de máximos para trabajar en el ingrato campo de lo posible. Quien no es capaz de aceptar la imperfección del mundo escribirá cartas muy bellas a los Reyes Magos, pero muy malas constituciones.

Los otros son una lata. No el infierno, como decía el filósofo francés, pero sí una molestia. Las cosas serían más fáciles si todos se parecieran a nosotros y soñaran con el mismo mañana. En nuestra vida individual podemos elegir a los amigos y hasta renegar de nuestra familia, para fabricarnos un mundo a nuestro gusto, pero los países democráticos no son clubes privados que seleccionan a sus miembros. Ningún grupo político puede ignorar a una parte de la sociedad, por muy antipática que le caiga. Los ciudadanos de una nación no tienen que quererse, incluso tienen derecho a odiarse, aunque reconociéndose siempre el mismo derecho a habitarla. Una buena Constitución es aquella que dice que el único triunfo del todo es el fracaso de las partes. Si Boric y sus aliados no renuncian a vencer de antemano, perderán siempre, y esa enseñanza sirve para todos los países.















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL TIEMPO ESTÁ CAMBIANDO, DE MARÍA MARTÍNEZ BAUTISTA

 







EL TIEMPO ESTÁ CAMBIANDO




El bien es una estrella o una isla

sin puentes con el mal,

y el camino es amargo

por el mundo dormido.


No va hasta allí la sensación ardiente

de que la vida va a ninguna parte,

ni la nieve grisácea de las viejas costumbres.


Habrá un desfiladero,

un bosque de dudosas decisiones,

tantas bifurcaciones como pasos.


Aléjate de aquello que siega la inocencia,

y de los perezosos barrizales,

y del perno cautivo.

Nunca elijas el mal ni por inercia,

ni por placer, ni por las muchedumbres.

No ignores la virtud si la conoces.


Cuando llegues al borde del abismo,

piensa que la inocencia es el vacío,

el lago sin maldad que lleva al bien,

la destrucción de toda la miseria.

De esta manera aceptarás la muerte.




MARÍA MARTÍNEZ BAUTISTA (1990)

poetisa española













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY MARTES, 21 DE OCTUBRE DE 2025

 




























lunes, 20 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 20 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 20 de octubre de 2025. La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2008, en el que HArendt confesaba: Desconfío, por decirlo suavemente, de todos aquellos que hablan de Dios o la Patria en primera persona y poniéndolos siempre por delante como justificación de sus acciones; me dan miedo; y me repelen, pero desde luego mi antipatriotismo no llega a los límites de exacerbación que refleja algunos otros. El poema del día, en la tercera, está escrito por una poetisa rumana, y comienza con estos versos: Iglesias cerradas/Como casas cuyos propietarios se han marchado/Sin decir por cuanto tiempo,/Y sin dejar dirección. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt






DE LECTURA Y DEMOCRACIA

 






La decadencia de la capacidad de lectura en la era digital conlleva una peor comprensión de la realidad y una oportunidad para el populismo, señala en El País [Declive de la literatura, amenaza para la democracia, 14/10/2025] el escritor Antonio Scurati. “Es indudable que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía, sin embargo, sabe que no lo hará. Pero quizá su tarea sea aún mayor: consiste en evitar que el mundo se destruya”, comienza diciendo Scurati. Así se expresaba Albert Camus al recibir el Premio Nobel de Literatura en un discurso que se ha convertido en emblema de compromiso intelectual. Era 1957, y el gran escritor franco-argelino hablaba en nombre de una generación que nació con la Primera Guerra Mundial, entró en la edad adulta con la Segunda y alcanzó más tarde la madurez “en un mundo amenazado por la destrucción nuclear”. Ninguno de nosotros puede imaginar siquiera lo que debe significar vivir a la sombra de esa inmensa devastación y, sin embargo, creo que sería poco honesto negar que muchos de nosotros, pese a haber vivido el más largo período de paz y prosperidad que ha conocido Europa Occidental, exponentes de una generación tan fatua como trágica fue la de Camus, suscribiríamos hoy, con razón o sin ella, su dramática afirmación.

Respecto a la naturaleza del compromiso con el que la literatura debía contribuir a impedir la destrucción, el autor de El extranjero y La peste no tenía dudas: ponerse al servicio de la verdad y de la libertad, rechazar la mentira y resistir a la opresión. Y aquí Camus nos deja atrás porque, en ese sentido —hay que admitirlo con la misma honestidad—, nosotros, en cambio, albergamos muchas dudas. ¿Qué significa servir a la libertad en una época en la que la política soberanista triunfa por doquier reivindicando precisamente de manera obscena la libertad de suprimir y humillar la libertad ajena? ¿Y cómo podemos servir a la verdad en una era de posverdad, cuando no se trata ya de contrarrestar la falsedad, sino de evitar ahogarnos en una avalancha mediática de emotividad, prejuicios e ideología que niega en su propia raíz los hechos objetivos, la ciencia y el conocimiento como fundamento de las creencias colectivas, sustituye el contacto con la realidad por las burbujas informativas de las redes sociales y multiplica exponencialmente noticias falsas e imágenes falsas del mundo hasta el punto de volver la verdad no solo indetectable, sino incluso irrelevante, o mejor aún, impertinente?

No se trata de preguntas retóricas; no hay una respuesta implícita en ellas. Si acaso, suenan a plegarias sin respuesta. Mientras tanto, a medida que las certezas del siglo XX se van entenebreciendo, el nuevo siglo y milenio hacen cada vez más evidente la conexión entre literatura y democracia. Quizá valga la pena reiterarlo.

Es bien sabido que, durante los últimos cinco siglos, el proceso de alfabetización de masas, combinado con la difusión de la práctica de la escritura y la lectura, creó las condiciones para el nacimiento de la democracia. Entre las diversas formas de expresión generativa de soberanía popular, quizá el periodismo y la novela se cuenten entre las que han hecho la mayor contribución a ello. El periodismo, porque la opinión pública occidental —que cuestiona y critica el poder— nació a principios de la era moderna del encuentro entre periódicos y cafés, entendidos como lugares de debate público abierto sobre temas de interés colectivo. La novela, porque hereda el aliento de la épica, por más que reemplace la poesía con la prosa, y las espléndidas y memorables hazañas de los héroes con los sucesos cotidianos y oscuros de la gente humilde y común. La novela —el paraíso de los individuos— prospera, por lo tanto, como una forma literaria eminentemente democrática, que afirma el principio sin precedentes de que toda vida merece ser contada, y por si fuera poco, en cualquier forma, incluso y sobre todo mediante un lenguaje popular, en consonancia con sus modernos antihéroes.

Menos conocido, en cambio, es el hecho de que, en tan solo veinte años de este nuevo siglo, el triunfo de las redes sociales ha generado ya un masivo resurgimiento del analfabetismo literario. Y, sin embargo, es una realidad. La neurociencia ha demostrado desde hace tiempo que la lectura rápida de atención superficial y la lectura orientada —las modalidades que la web requiere y promueve— incapacitan, incluso al nivel de los circuitos neuronales, las habilidades de lectura profunda exigidas y cultivadas por textos complejos, ya se trate de novelas literarias, artículos periodísticos de profundización o ensayos científicos. El declive de la capacidad de lectura profunda se ve acompañado por un verdadero declive de las capacidades intelectuales fundamentales: los niños nativos de entornos saturados de información digitalizada al instante, o los adultos con un resurgido analfabetismo funcional, no solo no comprenden ya lo que leen, sino que pierden asimismo las capacidades cognitivas para analizar y seleccionar información, para reflexionar sobre los niveles de significado, para extraer inferencias, concentrarse, sintetizar y recordar, para ejercer el pensamiento crítico. Ya ni siquiera son capaces de empatizar con personajes y autores de narrativas complejas; es decir, ya no son capaces de identificarse con las vidas ajenas.

En definitiva, masas cada vez mayores de contemporáneos nuestros no solo no son aptos ya para las prácticas de lectura que han favorecido en los últimos cinco siglos el desarrollo de la democracia liberal en Occidente, sino que han perdido incluso las facultades mentales que han moldeado el desarrollo intelectual de la especie humana durante los últimos 5.000 años. Atrapados en cámaras de eco donde los algoritmos de los motores de búsqueda solo les proporcionan fragmentos de información que refuerzan opiniones previas, a merced de miedos paranoicos, de creencias irracionales y de emociones evanescentes que los aíslan de perspectivas alternativas, del conocimiento, de la memoria del pasado, de la esperanza en el futuro y, en última instancia, del mundo, los “analfabetos digitales” vegetan, olvidadizos y crédulos, agresivos e ignorantes, oprimidos y opresores, como idiotas cósmicos.

Y no, no es esta una fantasía de un futuro distópico. Es la realidad de nuestro distópico presente. Los resultados de un reciente estudio realizado por la Universidad de Florida y el University College de Londres sobre hábitos de lectura indican que, en los Estados Unidos, el número de personas que dedican parte de su tiempo, aunque sea mínimo, a la lectura, siempre que lo hagan por libre elección y no por motivos de estudio o trabajo, ha disminuido un 40% en 20 años. ¿Es, entonces, casualidad que Estados Unidos, bajo la segunda presidencia de Trump, represente la punta de lanza del vasto movimiento occidental para demoler la democracia liberal?

Esta sí que es una pregunta retórica. La respuesta está implícita e implica un juicio: no, no es casualidad. No es casualidad porque existe un vínculo, causal e histórico, entre el desarrollo de la literatura (en la acepción más amplia del término) y el desarrollo de la democracia. Y también existe un vínculo entre el declive de ambas. Por primera vez desde hace cinco siglos, la base de la pirámide de lectores no está ampliándose, sino reduciéndose. No puede caber ninguna duda de que la capacidad de leer en profundidad ha acompañado, a lo largo de las edades moderna y contemporánea, el advenimiento de una sociedad abierta y de los sistemas democráticos. No es menos indudable que la pérdida de esa capacidad acompaña y contribuye, hoy en día, a su ocaso.

Por lo demás, hace cien años, el auge del fascismo, en Italia y más tarde en Europa, se vio preparado por una astuta, vigorosa y aciaga operación lingüística de brutal simplificación ideológica de la complejidad de la realidad moderna. Benito Mussolini, antes de ser cabecilla de una banda y dictador, fue un periodista brillante y disruptivo. Revolucionó el lenguaje de la comunicación política de la época, imponiendo una simplificación brutal pero tremendamente efectiva. De oraciones cortas —sujeto, verbo, objeto directo— siempre precedidas del pronombre “yo”, lo que introdujo la pretendida identificación total entre líder y pueblo, desprovista de cualquier preocupación por la coherencia ontológica con la realidad o por la coherencia cronológica con lo dicho ayer o lo que se diría mañana. Cada frase, un eslogan; cada eslogan, una gota de odio. Era un lenguaje al servicio de una política del miedo, vehículo para una propaganda tan tosca como efectiva: todos los problemas del mundo reducidos a uno solo, ese problema a un enemigo, ese enemigo a un extranjero, ese extranjero a una amenaza existencial y, por lo tanto, susceptible de ser eliminado. Cien años después, el populismo soberanista se hace eco de ello en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Y así, como glosa ante todo esto, para retomar las palabras de Camus, ¿en qué consiste hoy “la misión del escritor”? Sigue consistiendo en servir a la verdad y a la libertad, en resistir a la opresión y en disipar las mentiras. Sabiendo —con melancólica conciencia— que, al hacerlo, el siglo lo condena a dirigirse a una minoría. Una minoría numerosa, no cabe duda, compuesta por millones de personas, no por miles, pero una minoría, al fin y al cabo. Y, además, una minoría en declive. Sin esperanza de convertirse en mayoría. Al comienzo de la era moderna, y durante un largo período de esta, los lectores eran una minoría de privilegiados. Al final, se han convertido en una minoría de derrelictos, abandonados por las despiadadas corrientes —políticas y tecnológicas— de la nueva era.

¿Sugiero entonces una aristocracia de lectores? En absoluto. Confío y creo, más bien, en una democracia de los lectores. Vislumbro un presente, y un futuro próximo, en el que ciudadanos aún capaces de leer con profundidad —y, por tanto, de analizar, discernir, criticar, pensar, incluso de empatizar con los demás, con esa humanidad ajena a la que todo autor siempre dedica y destina su libro—, por más que en minoría, logren, con la memoria del pasado, la inteligencia de las cosas y el fervor de la lucha, salvaguardar la democracia. ¿Puede y debe la democracia ser salvada por una minoría? No lo sé, pero espero que sí.

Me parece un auspicio coherente con el deber que sentía Camus cuando afirmaba que el escritor, por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia porque está al servicio de quienes la padecen. Ya sean estos los últimos lectores de Occidente o incluso los nuevos analfabetos digitales que se engañan a sí mismos pensando que la dominan. Antonio Scurati es escritor. Su último libro es el ensayo Fascismo y populismo (Debate). Este texto es su el discurso de aceptación de la medalla del Círculo de Bellas Artes de Madrid